XXII
EL PASO DE LA UNIDAD de Carlos Rius por Barcelona fue un paso breve. Al día siguiente de su visita a los Llobet, el joven Rius tuvo que incorporarse al batallón y seguir la marcha hacia Valencia. A la altura de Peñíscola se incorporaron a las tropas que avanzaban. Carlos Rius se embebió en el hechizo de la villa. Se hubiera quedado muchos días en su recinto amurallado, henchido por la pervivencia en ella de aquel Papa Benedicto XIII, cautivo y tenaz, que había sido víctima de las intrigas del siglo XV, frente a un mar proceloso. El comandante Santelmo, que era historiador y erudito, ilustró a sus oficiales sobre la figura y la personalidad de este Papa proscrito. Los informó de los procedimientos y protocolos de su Corte y les dijo que su propio lugar no estaba en este siglo; a él le hubiera agradado ser un familiar del Papa Luna, participar de sus cuitas y hacer honor a sus pompas.
Siguieron, en marcha incontenible, hacia Valencia. Cruzaron la ribera castellonense, por las pálidas playas adormecidas al sol, en las que la arena era ardiente como la de los aduares, y penetraron en la vega lustrosa de las tierras de Valencia, con los bordes del camino cuajados de naranjos. Pese al descuido de la guerra, los almendros mostraban los primores de la flor. Unas motas como de nieve comenzaban a cuajar en sus ramas, que rebullían la irisada luz a la brisa que transitaba y bruñía la mañana soleada. Llegaron a las vistas de Sagunto y les sorprendió el perfil y la estructura de esta ciudad, donde los saguntinos habían empeñado su voluntad y habían resistido en ella a los cartagineses, tras una lucha feroz. Los soldados durmieron sobre las ruinas del histórico recinto. Un eco de pisadas de centurias antiguas parecía respaldar su propio paso por estos andurriales.
Pocos días después llegaban a Valencia. Antes de entrar en la ciudad se enfrentaron con una ligera resistencia, que pudieron vencer animosamente con el arrojo de las fuerzas de avanzada. Se instalaron en un cuartel y Carlos pidió entonces permiso para volver a Barcelona.
Estaba impaciente por secundar a su abuelo en el rescate de la fábrica y ayudarle a reemprender la vida normal. También deseaba ver de nuevo a Isabel Llobet. Durante los días de su marcha no había hecho más que evocar su figura y la suavidad de su rostro y de sus maneras. Pensaba en sus ojos como si los viera y le parecía que tenía enfrente su rostro rubicundo, enmarcado por los largos ríos de sus trenzas anudadas en la nuca. Sentía no haberle pedido que le dejara guardar la fotografía que durante tantos días le había acompañado.
Se subió a uno de los camiones militares que hacían diariamente el trayecto Valencia-Barcelona y cubrió en una jornada la distancia que mediaba entre una y otra capital. El estado de la carretera era lamentable. Los firmes ondulados de Tortosa estaban abollados por el paso de los pesados tanques que habían participado en la batalla del Ebro. Algunos puentecillos de la carretera estaban cortados y había que torcer por los desvíos para volver a ponerse en buen camino. En Amposta tuvieron que cruzar el río en unas grandes barcazas, en las que cabía incluso el camión.
Cuando llegó a Barcelona encontró la ciudad renovada y en trance de rehacerse. Los días habían sido bien aprovechados. La ciudad presentaba un aspecto distinto. Las calles estaban limpias, los establecimientos y las tiendas parecían volver a sentir la coquetería del comercio: los escaparates eran otra vez muestrarios dignos para las mercancías, que se mostraban al público tras los cristales impolutos. Esa higiene renovada afectaba también a los ciudadanos. Aquella gente de gesto hostil y mal vestida del día de la entrada se había transformado en una población de adecentada toilette y bien dispuesta. Parecía que todos ellos acabaran de lavarse y de peinarse. Los rostros de los hombres habían descubierto de nuevo las gracias de la hoja de afeitar y parecía que olieran a jabón fresco y a loción de perfumería. Las mujeres ajetreadas y malhumoradas que se veía por las calles a fines de enero, parecía que hubieran cedido el puesto a un equipo de féminas atentas otra vez a su condición de mujer, en las que renaciera de nuevo el gusto de embellecerse y de agradar a los hombres.
El piso de la calle de Caspe, merced a los esfuerzos de Josefina, aparecía limpio, impecable, como en sus mejores tiempos. Los muebles antiguos brillaban con la frotación que sobre sus superficies de nogal o de caoba había hecho la doncella, con trapos finos y bayetas sutiles. Todo volvía a su orden tradicional. No por raído el uniforme del portero dejaba de ofrecer su solemnidad ni de imponer su respeto. Hasta el puño de plata del bastón de paseo de don Joaquín había vuelto a conocer lustres antiguos. Parecía que sobre él se reposara mejor y que con él fuera posible caminar con más garbo.
Incorporado nuevamente a la vida de Barcelona, por un tiempo que dependía de las circunstancias de la guerra, Carlos Rius se dispuso a ofrecer a su abuelo el término de las gestiones necesarias para poner en marcha la industria familiar. Fue a la Delegación de Industria, realizó las gestiones preliminares para obtener los permisos correspondientes, se personó en la Delegación Sindical en espera de órdenes, y para la obtención de obreros especializados, y empezó a mover los hilos de la organización textil. En el primero de estos organismos les había sido adjudicado un cupo preliminar de materia con que atender a las primeras necesidades de la fabricación, y así empezaron a mover los telares. Los operarios contratados no eran más que una docena y con ellos emprendieron los primeros pasos.
Carlos Rius propuso a su abuelo trasladarse a Santa María para comprobar el estado en que los refugiados habían dejado la finca. Habían ido demorando esta visita, temerosos de comprobar un grave quebranto en la tierra o en las instalaciones. Por Rita Arquer y Josefina conocían algunos de los pormenores de la estancia de los refugiados en la casa solariega. La última vez que Josefina había estado allí no había conseguido siquiera entrar en la casa; pero a través de una de las ventanas le había parecido ver el estado de lamentable incuria en que vivían aquellos huéspedes. Al fin, Carlos y su abuelo decidieron salir hacia Santa María un lunes, a fines de febrero.
Para ir a la finca era preciso volver a utilizar los sistemas que el viejo Rius recordaba como propios de sus primeros viajes, cuando aún era soltero. Había que tomar el tren hasta Granollers y allí, en una tartana, cruzar el Coll de la Manya y trasladarse a Santa María. Así lo hicieron. Tomaron el tren a las nueve de la mañana. Era un tren que también parecía de fin de siglo. Los ruidos estrepitosos de la máquina, ruidos de hierro y de caldera crepitante, iban acompasados con unos zarandeos bruscos, que parecían convertir las vías en engranajes de funicular. Al fin, tras dos horas de síncopes y sustos, pararon en Granollers, que tenía el aire de los días del lejano noviazgo del viejo Rius. Solo las modas eran distintas. Las muchachas actuales tenían un aire más deportivo y desenvuelto que las mujeres de otro tiempo.
A la salida subieron a una tartana que estaba esperando en la plazuela. El tartanero era un viejo que pareció reconocer a Rius y que debía de ser uno de sus contemporáneos. Se llamaba Fidel. Emprendieron la marcha al paso cansino de un caballo tan viejo como él.
Granollers apenas había cambiado, desde los días anteriores a la guerra. Pasaron ante la «Porxada», antiquísimo dosel de piedra que todos los jueves del año servía de umbráculo a los tratantes del mercado. Detrás de tales porches se veía asomar la torre de la iglesia, en la que abuelo y nieto habían oído las misas de los domingos, durante las jornadas en que, años atrás, estuvieron en la finca.
A un trote ligero y alegre la tartana cruzó el río, que estaba seco, dejando tras sí una larga estela de polvo blanco. Luego la carretera seguía al lado de la vía del tren y se unía a la carretera principal, la que llevaba a Barcelona.
Parecía que el viaje, tal como estaba desarrollándose, le quitara años a Joaquín Rius, como si al fin del camino tuviera que esperarle Mariona. No sabía por qué aquel rodar de la tartana le recordaba de manera tan vívida su primer viaje a la finca, en el que todos los incidentes que le salían al encuentro representaban para él una novedad. Un perro se puso a ladrar persiguiendo el carricoche y Joaquín Rius le espantó: «Fuera, Canelo; marcha ya». Y, cosa curiosa, el perro se marchó, como si efectivamente se llamara Canelo. En la cumbre del Coll de la Manya columbró la totalidad de aquel paisaje tan entrañable: a la derecha, cubriendo la extensión de la tierra, el amplio bosque, de un verde oscuro; robles, pinos, encinas, los árboles se sucedían, uno tras otro, hasta colmar la superficie del suelo. De vez en cuando emergían en la superficie las chatas y sólidas estructuras de las casas de payés, sobre algunas de las cuales flotaba una leve humareda, que emergía de su chimenea y tiznaba un poco de transparencia azul de lo alto. Allí, al fondo, asomaba el torreón románico de Can Coll, con su cruz de hierro elevada al cielo. Y, más lejos aún, el espectáculo del pueblo, Las Casetas, apuntalado en el declive, con las casitas escalando el promontorio, junto a la carretera vecinal, más arriba de la riera.
Joaquín Rius estaba gozando del paisaje como si lo viera por primera vez, pero acentuándolo con el cariño y los recuerdos de quien lo ha visto y vivido muchas veces. Hacía ya cerca de cincuenta años que había realizado su primera visita a la finca. Mariona le había descrito antes de su viaje cuáles eran cada una de las incidencias del camino. Y después de cincuenta años, salvada una guerra atroz que los había salpicado a todos, aquellos parajes seguían siendo los mismos. Allí estaba el Portazgo, la pequeña casita de los peones camineros, y allí, al fondo del torrente, la Fuente de la Perdiz, con su álamo torcido, de tronco doblegado sobre el suelo, donde le había contado Mariona que siendo ella niña habían descubierto una serpiente. ¡Qué entrañable era todo! ¡Cuántos recuerdos y qué nítidas evocaciones suscitaba aquella tierra inmóvil, fértil, olorosa de romero, viva de todas sus fuentes, ubérrima de vid y de frutales!
Faltaba únicamente que apareciera la gran masía, rodeada por su contorno oscuro de bosque. Había que descender hasta el cruce de los caminos y luego volver a subir por una pequeña cuesta hasta que se entrara en el camino de los avellanos y, desde allí, se manifestara en su esplendor la totalidad del valle, del que la masía era centro. A la derecha se veían ya los declives de la viña, con las cepas ahora desnudas y retorcidas, pero que contenían ya la savia que habría de acabar fermentando en los lagares el oloroso zumo de la vid, dorado o violeta. A la izquierda, la inacabable hilera de plátanos de la carretera de Sabadell mostraba al cielo sus ramas desnudas en patética exultación.
Entraron por el camino de los avellanos y subieron la pequeña pendiente. A uno y otro lado estaban dormidos los macizos de los árboles, alineados en formación, hasta perderse en el horizonte en hileras y cruadrángulos. De su fronda escapaban de vez en cuando unos gorriones, que se perdían luego más lejos, entre los pinos.
Al fondo estaba el conjunto de casas. La casa solariega presidía a las demás, sobre una teoría de tejados que parecían darle guardia unos adosados a ella, los otros distribuidos más allá, hasta las lindes del bosque. Lentamente la tartana se fue aproximando al bloque, fue descendiendo por el camino, que a su lado bordeaban los pinos espesos y al otro la ringlera geométrica de los avellanos.
Entraron por el gran portalón encarnado, por el porche. Las casas estaban cerradas y el barrio absolutamente solitario. Pasó una ave dando un graznido que impuso al silencio un punto de zozobra y de angustia. Lejos se oía el rumor que hacía un regato al vaciar su caudal en la dula.
Joaquín Rius y su nieto descendieron al patio y se dirigieron a la puerta de entrada. El viejo sacó de su bolsillo una gran llave y la metió en la cerradura. No tardó en abrirse la puerta. Penetraron en el interior.
El ancho vestíbulo, que antes servía de comedor a la familia, presentaba un aspecto lamentable. La que antes era una amplia mesa familiar, estaba en un rincón, pero reducida a una mínima parte. Los tablones del centro de la mesa se apoyaban en la pared convertidos en astillas. En medio de la habitación había un fogón de arcilla, que debía de haber servido al grupo de refugiados para cocinar sus alimentos. En el techo se advertían los rastros del humo de esta labor doméstica; estaba absolutamente tiznado, con desconchones producidos por el fuego. A los lados del cuarto, en total mescolanza, se amontonaban colchones y somieres, trozos de mantas, cacerolas, botijos, fragmentos de la vajilla de la casa, ollas de barro; los cuadros, que antes colgaban de las paredes, estaban despojados de sus marcos, que a su vez habían servido de leña.
Joaquín Rius y Carlos se miraron sin decir palabra. Entraron en los cuartos laterales; allí no había nada. Los refugiados no habían dejado rastro de los muebles ni de los demás objetos. Únicamente en una de las habitaciones descubrieron el piano que antes estaba en el comedor y que los refugiados habían tenido la ocurrencia de destripar. Las entrañas del piano estaban al aire. Sus cuerdas se balanceaban al aire desguitarradas y libres. Carlos puso su mano en el teclado y se movieron un conjunto de piezas que remedaron en silencio los sones de un arpegio inexistente. Luego cerró la tapa como para ocultar aquella profanación.
Subieron a los pisos. El primero debía de haber sido estancia del encargado de la expedición, porque las habitaciones estaban de hecho incólumes. Las grandes camas de caoba seguían en su lugar. La única diferencia que había con la situación original de aquellos cuartos era que en las paredes aparecían pegados con chinchetas carteles de la guerra, y que sobre algunos de ellos ciertos huéspedes debían de haber hecho ejercicios de tiro, a juzgar por los orificios y desgarraduras que había en la pared. Joaquín Rius y su nieto echaron una ojeada a los cuadros y luego subieron al tercer piso de la finca.
Descubrieron que en él habían almacenado los refugiados parte del mobiliario que habían sustraído al piso inferior. ¡Menos mal! Las camas de aquellos cuartos estaban plegadas y adosadas a la pared, los canteranos, los relojes, las cómodas; todo estaba allí. Después de revisar rápidamente los diversos objetos almacenados, los dos hombres se dirigieron de nuevo a la planta baja.
Iban a observar el estado en que estaban las masías laterales, pero encontraron completamente obstruida la entrada que estas tenían por el servicio de la casa grande. Alguien había colocado, clavados contra la puerta, maderos y vigas que era imposible cruzar. Habría que intentar entrar por la casa de atrás, llamada de l’Estadant, que en tiempos normales estaba vacía y que servía como lagar y donde estaban las prensas del mosto, que solo se utilizaban en la época de la vendimia.
Joaquín Rius y su nieto fueron hacia allá, saliendo al exterior y dando un rodeo por el barrio entero. La puerta de la casita de l’Estadant estaba abierta. A un lado había un antiquísimo llar de piedra. Las huellas de aquel fuego, apenas visibles, debían de ser de varios siglos. Al fondo de la estancia, que era fría y lóbrega, estaba el gran lagar, que olía todavía a mosto viejo y cuyos maderos y herrumbre parecían el torso de un monstruo siniestro. Caminaron hasta el fondo y abrieron la puerta.
La estancia siguiente estaba absolutamente a oscuras. Por las ventanas, completamente cerradas, no se filtraba un solo rayo de luz. Joaquín Rius y su nieto fueron avanzando en la oscuridad. A medida que avanzaban iban sintiendo sobre sus rostros y sobre la piel de las manos el tacto de unas espesas telarañas que colgaban del techo y que parecían querer impedirles el paso con un tacto blando, pegajoso, inconsútil. Uno y otro intentaban sacudirse aquel extraño acoso, limpiarse del tacto deletéreo de aquella materia misteriosa que pretendía atraparlos. Era inútil. Las telarañas caían sobre sus cuerpos formando una espesa red, con la fuerza viva de un animal ciego que intentara devorarlos. Pasaron a la otra estancia y aún duraba el tenaz asedio. Finalmente entraron en el zaguán central de la casa de los colonos, por donde hubieran tenido que entrar desde el patio si hubieran conseguido la llave. Aún seguían las telarañas, pero allí, en cambio, se filtraba un poco de luz. Pudieron pasarse la mano por los cabellos y por el rostro y desgajaron filamentos y urdimbres como de lana, que quedaban pegados un momento en sus manos, para desprenderse luego hasta el suelo.
Por la ranura de la puerta que daba al hogar de la masía se filtraba un poco de luz. Era una luz que fluctuaba, como de leños encendidos, y sospecharon que allí debía de haber alguien. Los dos Rius se acercaron a la puerta y escucharon el rumor que, en efecto, alguien hacía al sorber algún líquido. Empujaron la puerta y vieron que la lumbre estaba encendida. Sentado en un poyo, junto a la lumbre, había un hombre.
Era un hombre muy viejo, más viejo que el viejo Rius, y tenía en las rodillas un cazo de cocina; con una cuchara de madera extraía de él un líquido espeso y viscoso que iba engullendo con lentitud, llevándolo con calma a la boca con mano temblorosa. Una parte de esa materia entraba en su cuerpo, pero otra se derramaba sobre su barba, lacia y sucia, dejando en ella filamentos que brillaban con multitud de reflejos, a cada una de las eclosiones de la llama de la lumbre. Cuando sintió que ellos entraban, el viejo no se movió ni se inmutó; siguió comiendo sin mirarlos.
Permanecieron unos instantes inmóviles, esperando que el viejo diera unas señales de vida distintas a las que se deducían de su función gástrica. Pero el viejo, en un momento en que dejó de comer, quedó con su mirada fija y ausente dirigida a algún lugar del muro de enfrente, sin darse por enterado de la presencia de los dos Rius. Luego eructó sonoramente y volvió a su condumio.
Carlos estuvo a punto de carraspear, para darle noticias de su presencia allí, pero al fin optó por decir:
—Díganos quién es, por favor, y qué es lo que hace aquí. El otro pareció no inmutarse. Expresó con un gruñido algo que ellos no pudieron entender y luego siguió comiendo.
—¿Ha estado antes de ahora en esta casa? ¿Es usted uno del valle? Díganos su nombre. Si es un mendigo que está de paso no tiene que temer. Le dejaremos estar aquí hasta que pueda seguir su camino…
El otro se mantenía silencioso. Pero dirigió su mirada hacia ellos y estuvo observando mientras seguía comiendo. Tomó la palabra el viejo Rius.
—¿No ha oído hablar del señor Rius? Ese soy yo.
El viejo pareció como si reconociera a Rius. En todo caso, su nombre provocó en él un movimiento de atención. Hizo un arrumaco con todos los músculos de su cara decrépita. El borde de su barbilla, blanca, pareció que le llegara a las cejas. Luego lanzó un nuevo gruñido, como si se diera por enterado. Pero siguió comiendo.
Las telarañas del camino mortificaban a Carlos Rius. Se pasaba la palma de las manos por el rostro, por las cejas, por los labios, sin lograr ahuyentar la sensación de agobio que había sentido. Era como si hubieran caído encima de ellos miles de años. Le parecía que de pronto se había vuelto tan viejo como aquel mendigo que tenía delante. Era una sensación incalificable e irremediable.
Pareció entonces como si el viejo Rius reconociera al viejo que tenía delante. Por lo menos se acercó a él con ánimo amistoso, como si fuera un conocido muy antiguo.
—¿No recuerda? Joaquín Rius. Yo soy el que fue marido de la dueña de esta finca. Sí, de la señorita Mariona Rebull…
El viejo mostró entonces un atisbo de lucidez, como si acabara de atrapar un rasgo largamente olvidado en su memoria. Carlos Rius vio mudarse aquella cara inexpresiva con unos signos de entendimiento y comprensión. Se le vio iluminado por una ráfaga de entendimiento.
—Mariona. Mariona Rebull. Sí… —y parecía que de pronto se hubiera hecho la luz en su memora—. Se entendía con otro, allí, en la mina. Se entendía con uno que había venido de Barcelona. Era una señorita muy guapa. Me dio cinco pesetas por avisarla.
También a Rius se le iluminó la cara. En un instante apareció ante sí la imagen de aquel tartanero asesino llamado Jaime, a quien la pareja de la Guardia Civil se había llevado un día camino adelante. Las llamas crepitaban en el hogar, levantando oropeles de fuego. Parecía como si el tiempo se hubiera detenido.
Al propio tiempo sintió dentro de sí una oleada de ira, un impulso de odio contra aquel mendigo lenguaraz que inesperadamente aireaba delante del nieto algo que Rius creía definitivamente enterrado. Nadie, salvo él mismo, conocía hasta entonces la historia inconfesable del desvarío de su mujer. Creía que el único testimonio de aquel lance era él mismo; nunca hubiera podido sospechar que tantos años después, resucitara otro testigo en la insospechada persona del viejo que allí comía. Le creía muerto y enterrado desde hacía muchos años. Pero, como un fantasma que surge de pronto, allí estaba para echarle encima una paletada de tiempo, cargada de lodo y estiércol.
Miró al viejo con ira infinita. La tez de Joaquín Rius había enrojecido y su pulso se había agitado; la sangre le asaltaba el corazón a trompicones. Un vendaval parecía azotar sus sienes y era incapaz de balbucir una sola palabra. No sentía más que el impulso de saltar sobre el agresor, de lanzarse al cuello de aquel mendigo y de apretar su garganta hasta ahogar su respiración y arrancarle el último suspiro. Nunca había sentido Joaquín Rius un impulso semejante ni bullir su sangre con tanta vehemencia.
El mendigo seguía engullendo su sopa espesa, pero en sus labios se apuntaba una risilla sardónica y traidora, como satisfecho del daño que acababa de causar y regodeándose de la herida provocada. De vez en cuando salía de sus grasientos labios una especie de risilla contenida, que se manifestaba en un hipido sordo y agudo que daba escalofríos.
Carlos Rius permanecía al lado de su abuelo y le vio alterarse y enrojecer. Observó la crispación de todo su ser, que se manifestaba en el temblor de la mano y en la palpitación de una arteria que se transparentaba en su cuello. Vio al viejo engullendo indiferente su plato de sopa y observó la risa que escapaba de sus labios. Carlos había escuchado las palabras del mendigo y, aun sin acabar de descifrarlas, comprendió que había herido mortalmente a su abuelo.
La atmósfera del pequeño aposento era caliente. El fuego del hogar iba creciendo mientras unos grandes leños crepitaban y lanzaban al aire mil destellos de oro. Todo parecía bailar alrededor del fuego vivo y luminoso que iluminaba el aire con reflejos cárdenos. Carlos Rius sintió que, a su lado, su viejo abuelo se tambaleaba, que iba a caer. La risilla sarcástica del mendigo le sacaba de quicio.
Carlos Rius llevó lentamente su mano, joven y nervuda, a la funda de su pistola. Sacó el arma de su funda y la dirigió, apuntándole, hacia la figura del mendigo. No sabía quién era ni qué hacía allí, pero le consideraba como una personificación de todos los que les habían causado dolor, de todos los que habían atropellado aquella casa y habían atormentado y perseguido a su abuelo. Iba a matarlos a todos de una vez.
Pero en aquel momento sintió una mano que se posaba en su antebrazo. Era su abuelo. Al mismo tiempo, como si aflojara de golpe toda la tensión, el fuego cayó, entre pavesas. Hubo un derrumbamiento de los troncos que crepitaban, una deflagración repentina de aquella llamarada, y el fuego volvió a crepitar, pero de un modo distinto. Hasta la luz que propagaba había cambiado. Aquella luz era más sosegada, había perdido su acometividad. Un rumor sordo de leños que crepitaban pausadamente vino a sustituir al ruido agresor y a la violencia de los troncos. —Pensar que anteayer eran todavía un árbol —dijo Jaime, el viejo, que miraba la fogata—. Yo mismo fui a talarlo.
Carlos y su abuelo se retiraron en silencio. Fueron hasta la puerta sin volver la espalda al mendigo. Había en aquel momento en los ojos del tartanero una mezcla extraña de astucia y malignidad, a la que les hubiera sido imposible volver las espaldas. Aquella mirada tenía algo de acuciante y de exigente. Eran los ojos de un loco. Dejar de mirarlos quizá fuera despertar su ira. Cruzaron de nuevo la sala donde colgaban las telarañas. Aquellos colgajos eran el tiempo huido. De este lado, más allá de ellas, todo parecía haber vuelto atrás.
En el viaje de regreso el viejo Rius no dijo una sola palabra. Se le notaba muy afectado por las palabras que el mendigo había dicho. Carlos no había captado su significado. No podía sospechar que el mendigo se refiriera a hechos concretos ocurridos medio siglo atrás. Y en cualquier caso no quería penetrar en ello.
A los pocos días Carlos recibió de Sevilla una participación de boda. Pepa Cortina se casaba; se casaba con su pariente, el capitán que ella le había presentado durante la tienta, en los primeros días de su destino en Carminal. La participación iba acompañada de unas líneas de Pepa, invitándole a la boda. Carlos Rius le contestó en seguida, excusándose. En aquellos días no podía marcharse de Barcelona; estaba en plenas gestiones para la puesta en marcha de la fábrica y unos días de ausencia serían una grave extorsión para sus proyectos. Naturalmente, no dijo eso en la carta; inventó una excusa cualquiera —los cuidados que requería su abuelo— y felicitó a la muchacha.
En efecto, la fábrica necesitaba de una acción continuada y de una gestión permanente. Carlos Rius se reunió en varias ocasiones con el gremio de fabricantes; cambiaron impresiones sobre el estado general de la industria y entre todos trazaron las líneas maestras de una acción conjunta.
El último día de marzo terminó la guerra. Madrid, tras de unos días de lucha intestina entre las distintas facciones, había capitulado. Allí se instaló el Gobierno; a primeros de mayo Carlos Rius y (los compañeros más, comisionados por el gremio, se trasladaron a Madrid para poner en regla su situación ante los organismos oficiales. Aquel fue el primero de los muchos viajes que tendría que hacer en lo sucesivo a la capital, tanto en nombre del gremio como para pedir permisos de importación de algodón con el que dar trabajo a sus telares en los años sucesivos.
A mediados de mes, Carlos Rius acompañó a Isabel Llobet y a su madre al pueblecito de Els Monjos, para visitar la tumba de Miguel. Era un día de primavera muy soleado y el campo estaba vivificado por la flor blanca del almendro y por el amarillo de la retama, que brotaba en los recodos del monte. Carlos Rius pasó ante los escenarios de la guerra, por los lugares en que las tropas se habían detenido en los días anteriores a su entrada en Barcelona. Reconoció la casa que asaltaron, en la que se habían hecho fuertes por última vez unos soldados rojos. La casa estaba en ruinas; pero a todo lo largo del trayecto veían las chimeneas de las masías coronadas de humo, signo de la continuidad de la vida y del ejercicio de la paz.
El guarda del cementerio, que cuando murió Miguel le había facilitado la entrada en el recinto y le había acompañado en el acto del entierro, le reconoció en seguida y les abrió la puerta del camposanto, con grandes expresiones de condolencia y de respeto que tributó a las damas. A la madre de Miguel se le saltaron las lágrimas cuando se arrodilló ante el modestísimo nicho, en el que se leía el nombre de su hijo, en una piedra garabateada por mano de Carlos Rius. Habría que colocar una lápida sobre el basto espacio. A las dos mujeres les agradó más aquella tumba rústica que un lugar en el cementerio de la ciudad, a todas horas importunado por el tráfago de visitantes inoportunos.
Habían hecho el viaje en un autobús de la línea que unía a Barcelona con Villafranca. Comieron en una fonda del pueblo, adonde les llevó el hombre del camposanto. Después de comer, el mismo hombre les acompañó de nuevo hasta la parada del autobús.
La madre de Miguel se había vuelto una mujer obesa, en cuya naturaleza se notaba el paso de los años. Al andar respiraba con dificultad y aquel trayecto se le hacía demasiado largo. Al regreso viajaron en el autocar algunas mujeres del pueblo, que bajaban a Barcelona llevando en las manos pollos o cestos con legumbres. Doña Gertrudis se adormeció en su asiento y Carlos Rius contempló entonces a sus anchas el rostro suave y bello de Isabel, que se balanceaba con los zarandeos que el coche iba dando por una carretera desigual. Ella no eludía su mirada, sino que la sostenía desde el fondo de sus ojos azules, de un azul transparente, mientras en voz muy baja, como un susurro, le decía:
—¿Por qué me miras tanto?
—Porque te quiero…
No supo cómo esta confesión escapó con tanta sencillez y con tanta seguridad de sus labios. Desde los días en que estuvo en el frente con Miguel Llobet, Carlos Rius no había dejado de pensar en Isabel. No era una evocación tortuosa ni complicada. Era la aparición de una imagen que se llama y que viene, a la que se pide ayuda y la da. Era una compañía constante, un socorro infinito. Después de decir a Isabel que la quería, sentía la trascendencia de aquella manifestación de su espíritu. Jadeaba ligeramente. Notó que ella jadeaba también, emocionada por aquella expansión.
Isabel estaba sentada frente a él y al lado de su madre, que se había dormido en el asiento y cabeceaba con los tumbos del vehículo. Se levantó y se puso en el asiento al lado de Carlos. Este pasó su brazo por la espalda de la muchacha, que apoyó la cabeza en su hombro. El paisaje del Panadés se iba deslizando por su lado. Veía cómo pasaban los enormes pinos del Ordal y cómo la carretera comenzaba a zigzaguear en pendiente. Todo ello daba noticia de una inmensa paz y Carlos sintió que verdaderamente la guerra había acabado.
—Yo sabía que acabaría diciéndote esto. Empecé a quererte desde el día en que Miguel me habló de ti. Es una bendición. A veces pienso que no podía ser de otro modo.
—Yo te quiero desde mucho antes. Te quiero desde que te vi en la fábrica, hace muchos años, con un traje de marinero. Pero no podía imaginar que te fijaras en mí.
En uno de los baches, el ómnibus se zarandeó y la madre de Isabel entreabrió los ojos y observó con asombro la actitud que habían tomado los dos jóvenes. No sabiendo hacia dónde mirar, optó por adormecerse de nuevo. Pero al cabo de un rato no pudo aguantar más y abrió de nuevo los ojos.
Carlos e Isabel habían recobrado su posición de viajeros normales, pero doña Gertrudis descubrió en sus actitudes, en el modo de mirar, en la ternura de sus expresiones, en el leve sonrojo de la tez de la muchacha, en la respiración profunda del joven Rius, que algo había ocurrido entre ellos. Carlos Rius despejó aquella incógnita.
—Doña Gertrudis, Isabel y yo hemos descubierto que nos queremos y yo deseo pedirle que autorice a que nos casemos muy pronto.
La mujer no sabía cómo reaccionar. La revelación había sido tan inesperada, tan brusca y sorprendente, que cortó su respiración. Nunca hubiera imaginado que en un asiento de autobús le pidieran la mano de su hija. Miró a Isabel pensando que quizá Carlos hubiera querido gastarle una broma pesada. Pero la muchacha la miraba impertérrita, como si ratificara las palabras que tan sencillamente acababa de pronunciar Carlos Rius. La madre hubo de preguntarle:
—Bueno, ¿qué dices tú, Isabel?
—Carlos y yo hemos decidido casarnos pronto y él te pregunta si tienes algún inconveniente.
—¿Inconveniente? No, pero… ¿qué dirá don Joaquín?
Carlos e Isabel lanzaron a la vez una sonora carcajada. No porque les pareciera mal la pregunta de la viuda de Llobet, sino porque a la vez se dieron cuenta de la inmensa alegría que iban a dar al viejo.
—¡Es verdad! —dijo Carlos—. ¡El abuelo! ¡Daremos al abuelo una alegría inmensa! —y apretó fuertemente, intensamente la mano de Isabel.
Entonces doña Gertrudis comprendió; se dio cuenta de que los chicos habían hablado de verdad y sintió que una emoción incontenible pugnaba por asomar a sus ojos. Carlos e Isabel vieron que estos se licuaban ligeramente y que su rictus leve modificaba los rasgos de aquel rostro, en las comisuras de los labios.
—No llore, madre. Se han acabado las lágrimas. Hoy es un día de alegría, ¿no le parece?
Y Carlos se incorporó un poco en el asiento, se acercó al rostro de doña Gertrudis y estampó un beso en su mejilla. Ella llevó la punta de su pañuelo a los ojos, para secar aquellas lágrimas inoportunas.
Cuando Carlos llegó a su casa se encontró al viejo que estaba leyendo el diario a la luz verde de la lamparita de su despacho. Se quitó las gafas y observó a Carlos. Le preguntó por la excursión y si se habían emocionado mucho ante la tumba. Su nieto le contó los pormenores del viaje.
—¿Qué te pasa, Carlos? Pareces alterado. ¿Te ha ocurrido algo? —le preguntó, alarmado, viendo la alacridad con que le contestaba.
—Sí. Me ha ocurrido algo importante y quisiera decírtelo. Pero ¡prohibido emocionarse! ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
—Tengo novia.
El viejo Rius tardó unos instantes en reaccionar.
—¡Caramba! Muy aprisa me lo dices. ¿Tan rápido ha sido? ¿O es que te lo tenías callado?
—No, no. Ha sido como el rayo. Me he dado cuenta hoy.
—Bueno, bueno… ¿Y se puede saber quién es?
—Sí. ¿No lo adivinas?
—No, francamente, no —dijo el abuelo que, sin embargo, comenzaba a sospechar que entre la hija de Arturo y Carlos hubieran tramado algo—. Dime quién es.
—Pues… Isabel.
Joaquín Rius se incorporó lentamente del asiento en que estaba. Cogió su bastón y dio unos pasos por el despacho.
—¿Isabel? —repetía, sin acertar a creerlo todavía.
—¿No te gusta?
—Sí, sí. Me gusta. Me gusta mucho. Te diré que me gusta tanto que no me atrevo a creérmelo. Oye, Carlos. Ven, siéntate —invitó para prolongar el diálogo, para humanizarlo.
Y él mismo volvió a sentarse en uno de los butacones que había enfrente. Carlos se sentó frente a su abuelo.
La voz de don Joaquín se volvió entones más grave aún que de costumbre. Puso su mano cariñosamente sobre la rodilla de su nieto.
—Confío en que habrás madurado este propósito. Las resoluciones de este tipo no pueden ser producto de una corazonada. ¿No te arrepentirás?
Él negó con un movimiento de cabeza.
—Piensa que sería muy grave, gravísimo, quedar mal con esa muchacha. Nosotros no podemos quedar mal con ellos.
—Nunca me he sentido tan seguro al tomar una determinación.
—¿Y se lo has dicho?
—Sí. Y a su madre también.
—¡Virgen Santísima!
—¿Por qué? ¿Es que no lo apruebas?
—Sí, claro que lo apruebo. Pero quisiera estar seguro de que responde a una convicción firme, de que es una determinación seria, de que tus sentimientos son auténticos y de que nunca te echarás para atrás. Me parece que… que sería lamentable que te hubieras precipitado.
—No, de ningún modo. Ella y yo nos hemos dado cuenta de pronto de que nos queremos desde niños. Cuando su hermano me enseñó en el frente la fotografía de Isabel, yo presentí que aquella habría de ser la compañera de mi vida. Lo noté de una manera confusa, que hoy se ha revelado del todo. Estoy seguro de quererla y nunca me arrepentiré de haberlo dicho. Te podría jurar que es verdad.
En la vehemencia y el ardor con que Carlos Rius se lo confesó descubrió don Joaquín los signos de su convicción y la lealtad de sus palabras. Entonces la mano empezó a temblarle sobre el puño del bastón. Se incorporó y se alejó hasta el timbre, que pulsó llamando a Josefina. Cuando esta entró en la habitación el viejo le dijo:
—Josefina, vamos a celebrar ahora mismo, los tres, una buena noticia. Traiga tres copitas y la botella del vino rancio.
Josefina le miraba extrañada y por unos momentos pensó que se había chiflado. Pero vio en sus mejillas y sobre sus barbas unas lágrimas. Y el viejo dijo:
—¿No sabe que el chico se nos quiere casar?
Josefina se precipitó hacia Carlos, que la abrazó sin chistar.
Pareció que aquella noticia inesperada viniera de pronto a dar un sentido nuevo a la vida de Joaquín Rius. Nunca hubiera podido esperar un beneficio semejante. Dio gracias a Dios por el regalo inmenso que el noviazgo y la boda representarían para él. Dios había querido que se juntaran en una sola las dos familias que, desde antiguo, habían colaborado en la empresa. Después de tantos quebrantos, tras de tantas inquietudes, aquello venía a significar un final feliz de todas las cuitas. Tres generaciones sacrificadas con la vida, en provecho de los Rius, venían a reunirse en la figura de Isabel, que se disponía a prestar a los Rius la colaboración suprema: la de la sangre. Realmente, el viejo Rius no se hubiera atrevido nunca a esperar tanta gracia. Dios era bondadoso con él.
En los últimos tiempos, desde su visita a Santa María, había notado una deflación, un hundimiento. El encuentro que había tenido con Jaime, el asesino, en el hogar de los colonos, había dejado en su ánimo un rastro de decepción y de dolor. No se había atrevido a hablar con Carlos de este episodio. Temía que su nieto fuera a descubrir parcelas de su vida que él mismo hubiera querido olvidar. Se sentía mortificado por una comezón que le hablaba del pasado y le encalabrinaba. La imagen de Mariona, que durante años había sido un simple espectro, volvía a renacer con colores vívidos y con toda su fuerza vital. Era una Mariona todavía joven, frenética, irascible, agresiva, que le echaba en cara la monotonía y la mediocridad de su vida, que le inculpaba a él de su propia traición, como si esta hubiera sido irremediable. Una noche soñó con ella tan realmente que despertó de pronto creyendo que ella estaba a su lado. Era curioso que al cabo de tantos años, y después de haber dormido en silencio sin su recuerdo, en su vejez renaciera la figura y la realidad de ella como si viviese, en una lucha semejante a la que había tenido con él en vida. Notaba entonces el valor inmenso que tienen las palabras. Los altercados, las discusiones sordas sostenidas en vida de su mujer eran más fuertes que el tiempo en que duraban en su corazón como cicatrices sangrantes. El dolor de aquellos encuentros renacía, y todo él se sentía alterado por una dolorosa transgresión de sus sentimientos. Ella le inculpaba aún; creía que nunca sería capaz de olvidar los desvíos de su voluntad, su autoritarismo, la ley de su trabajo, el afán de dinero. Y a aquellas alturas de la edad, Joaquín le decía que se arrepentía y que le perdonase. Mariona se aleja entonces, en sueños, con una risa detonante, se colgaba del brazo de otro hombre y huía. Aquella historia no tendría nunca retroceso.
En otras ocasiones, durante la jornada, por la calle le parecía que una figura femenina cualquiera, al doblar una esquina o paseando bajo los plátanos del paseo de Gracia, fuera la figura de su mujer y se acercara lentamente a él sin dejar de sonreír, con el destello peculiar de su expresión y de sus labios, que el tiempo no había alterado. Los años transcurridos eran muchos, las modas habían cambiado; pero era Mariona la que se acercaba sonriendo hasta llegar a pocos pasos de él, cambiaba entonces su faz por la de una damisela cualquiera y se alejaba indiferente entre los transeúntes. Tenía que esforzarse para estar seguro de que Mariona ya no existía, para llegar a la convicción de que había muerto muchos años atrás y que ya no sería más un amasijo de podredumbre en el cementerio.
La nostalgia de los años pasados le había arremetido cuando habían concluido las persecuciones físicas, cuando los días de la guerra habían pasado ya sin hacerle daño y todo en derredor volvía a aparecer con los caracteres de la normalidad. Pensaba que aquel retroceso hacia Mariona era el último esfuerzo, el postrer tesón de una fuerza maligna dispuesta a no dejarle todavía en paz. Pero que a medida que su vida se normalizara, a medida que los sucesos de la fábrica volvieran a agobiarle con su exigencia y su presión, la imagen de la mujer, la tortura de los sucesos antiguos irían suavizándose.
Así sucedió. Poco a poco la fábrica fue organizándose; después de la puesta en marcha de la primera nave volvieron a funcionar las dos restantes y la sección de Tintes y los Aprestos, hasta cobrar nuevamente el aspecto de las jornadas anteriores a la guerra. Fueron contratados nuevos operarios. La dificultad estaba en encontrar gente para los mandos intermedios. La guerra se había llevado sobre todo a la gente preparada, con lo que resultaba difícil encontrar a los futuros contramaestres, o a los salidos de la Escuela Industrial de Tarrasa, cuya actividad había sido suspendida durante la contienda. De los antiguos mandos no volvieron más que los más antiguos, hombres a pocos pasos de la jubilación. Carlos Rius organizó en el interior de la fábrica unos cursillos acelerados para la gente joven, donde aprendieran en poco tiempo, sin perjuicio de revalidarlo luego en la escuela oficial, todo lo que era necesario saber para ocupar un cargo de responsabilidad junto a las máquinas.
Muy pocos de los antiguos obreros volvieron a su trabajo en «Tejidos Joaquín Rius». De la mayoría de ellos se ignoraba su paradero. De otros se sabía que habían cruzado la frontera en la riada humana de los fugitivos. Algunos habían muerto durante la guerra y otros habían quedado malparados. Al cuidado de contramaestres hubo que improvisar unos cursillos para la instrucción de los nuevos operarios: unos eran gente nueva en la ciudad, hombres llegados a Barcelona con los ejércitos de ocupación y que aceptaban de momento tal trabajo en espera de perspectivas más halagüeñas. Otros provenían de esferas distintas a la textil. Eran oficinistas o empleados mercantiles que no encontraban acondicionamiento en sus antiguos puestos de trabajo y «recalaban» en la condición de obrero textil para salir del paso. Estos solían convertirse en buenos operarios, cumplidores de su deber, y se resignaban a su retroceso social. Finalmente estaban los aprendices, muchachos en quienes no se notaba la «tristeza» de la guerra y que campaban por la fábrica como una nueva generación alegre y descuidada; eran el germen laboral del día de mañana.
Joaquín Rius y Carlos no habían vuelto a pensar en el hecho que ocurrió el día de su entrada en la fábrica, cuando sorprendieron a Antonio, pistola en mano, que huía y los amenazaba. El abuelo y el nieto estaban hasta tal punto saciados de lucha y de calamidades, que se hallaban dispuestos a pasarlo todo por alto, incluso la proximidad de un asesino del calibre del chófer, autor material de la muerte de Arturo Llobet. Tampoco Juanita, la portera, había vuelto a hablar del asunto. Pero poco después de que los dos Rius volvieran de Santa María, cuando aún estaba viva en el ánimo del viejo la impresión que le había causado el encuentro con Jaime el tartanero, Joaquín Rius recibió en su casa una citación de la auditoría de guerra para que fuera a declarar en el proceso que se seguía contra Antonio Jiménez Gil, por delitos de sangre cometidos durante la guerra.
Joaquín Rius fue a la portería, donde Juanita le dijo lo que sabía de su ex novio. Este había sido detenido cuando pretendía cruzar a pie la frontera. Juanita parecía abrumada por el peso de las atrocidades que se imputaban a Antonio. Había sido uno de los elementos al servicio del SIM para la tortura de los prisioneros de las checas. No se sabía aún cuál era la pena que iba a solicitar el fiscal, pero probablemente no bajaría de la pena máxima.
Era curioso lo que estaba ocurriendo con Juanita. Después de haberle denunciado a Joaquín Rius el día en que le descubrió en la cola del hospital de Milicias, parecía resuelta a defender a Antonio por encima de todo y revolvía Roma con Santiago para exculparle. Cuando don Joaquín le mostró el papel que acababa de recibir, la portera empezó con una retahíla de súplicas.
—Lo que le dije aquel día no era cierto. Antonio puede haberse equivocado, pero por ideal. No ha matado a nadie. Por favor, señor Rius, declare a su favor, haga que le indulten. Yo no podré vivir si le matan.
Joaquín Rius vio que eran tales la vehemencia y el ardor que Juanita puso en su súplica, que se mostró indeciso unos instantes, y se retiró sin abrir la boca. Se fue al despacho de su nieto y le explicó lo que estaba ocurriendo.
—Ella no es un testimonio válido —dijo el nieto—. Tienes que encontrar a alguien que explique la verdad de lo que pasó aquella mañana. Y ese alguien debe de estar aquí, quizá entre los que trabajan con nosotros. Vamos a ver la lista.
Fueron señalando en ella los operarios que estaban en la fábrica antes del 19 de julio: Balart, Camós, Fonoll, Ramírez, Ruescas, Silvestre, Suriá, Tellería, Valls, Vizcaíno y Zúñiga.
—Les hablaré yo uno a uno —dijo el nieto—. Vamos a ver si alguno estaba aquel día en la fábrica.
Durante toda la semana Carlos fue recibiendo a cada uno de aquellos obreros. Muchos se hacían los desentendidos. Aparentaban no recordar o sencillamente negaban. A Carlos empezaba a parecerle bastante curioso que nadie se acordara qué había hecho en la fecha de la revolución. Pero no quería tampoco forzar la cosa ni poner en un aprieto a los obreros.
Por fin el llamado Silvestre, sin dudar un momento, contestó que sí, que él estaba el día 19 de julio cuando mataron al apoderado.
—¿Y me puede usted contar cómo ocurrió?
Tampoco entonces titubeó Silvestre.
—Quien lo mató fue el chófer de la señora Rius. Me parece que se llama Antonio.
—¿Usted tendría algún inconveniente en decir esto ante el juez?
—No. Si es necesario lo diré, diré la verdad. Oiga, señor Rius: yo en aquel momento era de los de ellos. Pero durante la guerra los comunistas nos pasaron a todos por la piedra. A mí me tuvieron un año en un campo de concentración y luego me lanzaron a conquistar lomas en el Ebro. Quisieron atarme a una ametralladora, para que no pudiera huir y tuviera que estar disparando. Pero pude huir. De modo que no les debo nada. Ahora, que pague cada cual con sus actos. ¿Qué quiere que le diga?
Era un hombre de unos treinta años, que se veía alterado por la persecución y por la guerra.
—A nosotros nos han hecho migas los de aquí y los de allí. Pero puesto a elegir, me quedo con Franco y los fascistas.
Carlos Rius hizo que compareciera Juanita y los sometió a un careo. Silvestre se mantuvo firme en sus afirmaciones. La portera, en cambio, comenzó a exasperarse y a chillar. Tuvieron que llevársela.
—Ella estaba juntada con el Antonio —dijo Silvestre—. Toda la guerra vivieron juntos, pero cada dos por tres se tiraban los platos a la cabeza. Ella no es mala mujer, pero está completamente perdida por él. También durante la guerra tan pronto le denunciaba como vivían otra vez juntos. Es un caso perdido.
Carlos Rius contó el resultado de esta conversación a su abuelo. Después de ello don Joaquín se fue a la Auditoría a declarar.
Poco tiempo después se enteraron de que Antonio había sido condenado a dos penas capitales y que la sentencia iba a ser cumplida de un momento a otro.
En aquellos días no se vio, como de costumbre, a Juanita abocada al balcón, viendo como entraban o salían los obreros.
Las ventanas (le su vivienda estaban cerradas y la puerta entornada. Fila debía de estar en el interior, madurando su congoja.
Supieron que el día de la ejecución Juanita no había dormido en la portería. Había ido a Montjuïc, en espera de poder asistir al acto de la ejecución. Pero no le permitieron la entrada al recinto del Castillo. Solo escuchó desde el exterior los sucesivos estampidos que indicaban el cumplimiento de las penas.
A media mañana, un empleado de oficinas que volvía de hacer unas gestiones en la Delegación de Industria, al cruzar el patio de la fábrica le pareció escuchar un gemido prolongado en la portería. Era un chico joven y muy curioso y se aventuró a asomar la cabeza en las habitaciones de Juanita.
Se encontró a esta en medio de un charco de sangre, tendida en el suelo de su comedor. Tenía clavado en el pecho un largo cuchillo de cocina. Lanzaba gemidos espasmódicos.
Él salió al patio y empezó a gritar y vocear con espanto. Desde las oficinas llamaron a una ambulancia, que trasladó aquel cuerpo al hospital.
Juanita se había clavado el cuchillo a la altura del corazón. Pero su hoja no había llegado hasta él y pudieron salvarla.