XIII
MIGUEL LLOBET y sus compañeros habían sido incorporados a la 13 División. El día 3 de septiembre, estas y otras fuerzas rompieron el frente en la carretera de Gandesa a Villalba de los Arcos y fueron avanzando a lo largo de la carretera de Venta de Camposines hasta más allá de Corbera. Simultáneamente, la 1.ª de Navarra avanzó por la margen derecha de esta carretera siguiendo la trayectoria del Riu Sec, bajo las últimas vertientes de la Sierra de Cavalls, desde la que era hostilizada por las fuerzas republicanas.
A dos kilómetros de la Venta de Camposines, a lo largo de unos cinco kilómetros de carretera polvorienta, los soldados tardaron cerca de un mes en cubrir la distancia que va desde Corbera hasta el Coll del Coso. A pesar de que los aviones nacionales bombardeaban constantemente las posiciones, sin dejar un solo palmo de terreno sin batir, del suelo ardiente parecían surgir nuevos combatientes con arrestos nuevos, supervivientes milagrosos de aquella hecatombe, dispuestos a dar guerra otra vez y a reconquistar los palmos de terreno perdidos. Se dijo que los rojos presentían los momentos en que iban a ser bombardeados y se guarecían en las arrugas y desmontes del terreno, para volver a salir tan pronto como había cesado el fuego; así, una y otra vez las fuerzas republicanas dieron réplica a los ataques nacionales, hicieron inútiles los esfuerzos de la infantería atacante y redujeron a cero el efecto de la copiosa preparación artillera a que eran sometidas.
Miguel Llobet avanzó con sus compañeros salvando las sinuosidades que ofrecía un terreno largo, pródigo en bancales y quebraduras; tierra de cereales y de olivares, cruzada por torrentes secos y por cauces de rieras, abundante en desmontes y caseríos, ofrecía para la batalla mil relieves donde esconderse. A veces, incluso se lamentaba de la parca seguridad que ofrecía alguno de aquellos escondrijos, por unos momentos o por unas horas, porque de algún modo había que salir de allí para proseguir la lucha; y una vez encontrado, era arduo el poner de nuevo pie en la superficie llana. Así había ocurrido a Miguel y a dos docenas de sus compañeros en el barranco de Bremoña, donde sostuvieron una lucha encarnizada contra los rojos que duró una mañana entera; al fin de ella, cuando salieron y empezaron de nuevo a avanzar, les parecía que les faltara el parapeto natural que había constituido para ellos la pared del barranco, en la que habían dejado los cuerpos de algunos de sus compañeros.
En Corbera, él con cuatro soldados recibieron del alférez ayudante el encargo de custodiar el botiquín y la impedimenta de la Plana Mayor. Para ello, había que quedarse toda la noche en el pueblo. Los cuatro compañeros eran: el bizco, un andaluz llamado Arcos, un gallego llamado Álvaro y Andrés Tendido, el cocinero de la compañía. Corbera, aniquilada por los bombarderos, no era más que un conjunto de piedras sueltas y dispersas por la tierra. Las paredes de algunas casas emergían del suelo como restos de molares derruidos. La silueta del campanario de la iglesia, medio destruida y carcomida por las bombas, se elevaba al cielo con patética desnudez. A su lado, solo una casa se mantenía relativamente sobre sus cimientos. En ella pernoctaron nuestros cinco hombres.
Durante la noche, en un par de ocasiones tuvieron que alcanzar los fusiles, que tenían muy cerca de la mano. Las bombas estallaban a su lado y creyeron que los ataques rojos terminarían por volver a afectar al pueblo entero. Pasaron algún tiempo ante los ventanales de la casucha, oteando al exterior. Miguel y el bizco salieron después a contemplar el curso de la batalla. Se asomaron a un ligero declive que daba a la carretera y vieron muy cerca las señales del tiroteo y de las explosiones. Pero ese rastro de la guerra se fue alejando de nuevo y los dejó otra vez relativamente tranquilos, como únicos guardianes de aquellas ruinas.
Al amanecer llegaron al pueblo tres parejas de camilleros que llevaban otros tantos heridos. Uno de estos era un alférez y estaba muy grave; tenía el vientre perforado por una bala. Entraron en la casa, le hicieron una cura elemental y le taponaron la herida.
Los camilleros dijeron que la batalla era encarnizada, que en la compañía habían caído sesenta o setenta soldados y media docena de oficiales. No sabían cómo podía acabar. Andrés Tendido, que por no tener articulación en una pierna había sido destinado a la cocina de la compañía, era, sin embargo, el más aguerrido de todos ellos y el que con mayor tesón propugnaba por dejar Corbera e incorporarse al campo de batalla. «No podemos dejar que los otros mueran mientras nosotros quedamos aquí». «Pero tú mismo escuchaste las órdenes del alférez…», interrumpió Miguel.
«¡A paseo las órdenes!», replicó.
Los camilleros prosiguieron su marcha. Los vieron partir velozmente por la carretera, llevando su heroica carga y con los cuerpos inclinados para sortear las balas que silbaban en el aire. El sol empezó a calentar todo el panorama. El cocinero y el gallego amenazaban con partir ellos solos cuando llegó al pueblo un enlace con la orden de que fueran requisados unos mulos y que se presentaran con ellos y con lo que ya llevaban en el puesto de mando. Miguel Llobet, como veterano, asumió el mando del pequeño pelotón. Fue el primero en salir del perímetro del pueblo y notó que, nada más salir, las balas silbaban por todos lados. Saltaron a la carretera y luego emprendieron camino por un sendero que bordeaba una extensión de cultivo en la que había unos olivos alineados; el campo abierto estaba cortado de vez en cuando por una pared de piedras, que parecía destinada al paso de las aguas cuando se agolparan por la lluvia. Por todo el campo, por la carretera, por los caminos, se veía a la tropa que avanzaba y que se movía. A la derecha había unos soldados que acarreaban unas ametralladoras. Otros se parapetaban detrás de un largo muro de piedra. Por la carretera se veían de vez en cuando algunos cadáveres. Unos tenían la cara horriblemente destrozada, pero otros miraban fijamente, con unos ojos mates y abiertos, de un fulgor verde cuando les daba el sol. Más adelante un cadáver parecía permanecer con vida al lado de una fuente. Estaba acomodado en el poyo, como si estuviera a punto de levantarse, y con el fusil a un lado.
Miguel Llobet y sus compañeros avanzaron, pasaron por delante de un grupo de soldados que parecían retroceder, pero no era eso: iban en busca del sargento Arapiles: ese era el nombre que dieron. ¿No le habían visto? Salieron corriendo. «Oíd, ¿dónde está el puesto de mando de la Segunda Compañía?». Los soldados pasaron de largo. El ruido era tan estrepitoso que apenas podía oírse su voz. «Ahí, ahí. En esa casa encontraremos los mulos». Era una casa que se veía a lo lejos, en mitad del llano, y que presentaba un aspecto de masía rica. Pero Miguel Llobet seguía a unos tanques que con un ruido horrísono pasaban por la carretera. Iban como ciegos, pisando cadáveres, y Llobet pretendía reprender a los que los conducían. Les gritaba sin que los otros le hicieran el menor caso. Y con los brazos indicaba que se salieran de la carretera, que sortearan a los muertos. Uno de los cadáveres había quedado prendido de las cadenas y su cuerpo hecho jirones se metía y volvía a salir entre los engranajes, completamente chafado. Una mano pendía y se asomaba entre las cadenas, daba vueltas por todo el mecanismo y volvía a salir. Pero era inútil seguir a los carros y llamar la atención a los carreros; la masía se iba acercando, era cuestión de cumplir la orden recibida. A medida que iban acercándose advertían que lo que les parecía una gran vivienda no era tal; quizá no había sido más que una ilusión óptica, puesto que de las cuatro paredes la masía no tenía más que dos, y por el otro lado aparecía absolutamente derruida. En cambio, debajo de unos olivos parecían pacer pacíficamente un par de mulos.
Se acercaron lentamente a esos árboles cuando descubrieron que al cuidado de los mulos había un hombre de edad, un viejo de carnes magras, que tenía la cara llena de pelos y que miraba con unos ojillos entre maliciosos y atemorizados. Miguel Llobet se acercó a él y le conminó a que entregara los mulos. El hombre ponía dificultades.
—Vivo allí, en el bosque —dijo, señalando a la derecha un macizo que se encaramaba por el monte, lleno todo él de pinos y de encinas—. Otros soldados ya me han quitado dos mulos más; estos son lo único que tengo.
—No protestes. Si salimos con vida te los devolveremos. En aquel momento, muy cerca de ellos, hizo explosión un obús y todos ellos se echaron al suelo, menos el viejo. El obús había venido del sector nacional y Miguel Llobet empezó a rezongar. El gallego gritaba.
—Esos bestias a ver si nos atizan a nosotros. ¡A nosotros! Veamos quién les hace afinar la puntería ahora. ¡Ea, ea, para allá! —gritaba, haciendo inútiles y vehementes signos con el brazo y como si los invitara a echar sus píldoras más hacia delante. —Por favor, por favor, soldados.
Dejadme los mulos… —insistía el viejo, como si no le afectara el ruido de las explosiones.
—Parece imposible que te preocupes por los mulos ahora; lo que está en juego es nuestra vida, ¿no lo ves?
—Una cosa no va con la otra —se lamentaba el viejo. En medio de la barahúnda Miguel Llobet estaba a punto de echarse a reír.
—No te apures, en cuanto acabe esto yo iré a verte a tu casa. ¿Dónde has dicho que vives?
—Allí, allí, en una cabaña, en el monte. Debajo de la ermita de Santa Madrona. ¿Vendrás?
—Seguro que sí —respondió Miguel, mientras tiraba por la brida a uno de los mulos, que se resistía cabeceando furiosamente.
Se los llevaron, entre el fregado de los tiros. Se pusieron al otro lado de sus corpachones grises, amparándose así de la rociada de balas que los estaba silueteando.
—Eh, tú, ¿dónde está el puesto de mando de la Segunda?
—Creo que ahí. Detrás de esta loma.
Él y sus cuatro compañeros se iban arrimando a un muro de piedras que impedía ver el monte al otro lado. Unos aviones pasaron en vuelo rasante por encima de sus cabezas. Delante de ellos, un pelotón de soldados había surgido del mismo centro de la tierra y lanzaba bombas de mano contra un reducto abierto en una quebradura, junto a un desmonte. Dos de los atacantes se habían puesto en pie y hacían señales con los brazos a los otros para que avanzaran. A uno de ellos se le había enredado una pernera del pantalón en los pinchos de la alambrada y los movía, zarandeándola a golpes impulsivos. Se notó que una bala detenía sus movimientos. Con una lentitud de comparsa dejó que la pierna cayera, que volviera a su posición natural y todo él se ovilló alrededor de su estómago.
Miguel y los otros cuatro saltaron a la cuneta, y de la cuneta, en un salto acrobático, por encima de la cerca, al campo en que les había dicho que estaba el puesto de mando. Miguel Llobet había hecho que el mulo y el botiquín quedaran resguardados al otro lado, protegidos por un saliente del mismo muro.
Apostados en una loma cercana, alrededor de una mesilla, vio al alférez ayudante junto al comandante y otros oficiales, que miraban detenidamente en unos planos.
—A sus órdenes, mi alférez. Al otro lado hay dos mulos, los únicos que hemos podido encontrar, la impedimenta y el botiquín.
El alférez llamó a un gastador y le ordenó que se hiciera cargo de todo ello.
—Quedaos a descansar. Allí debajo de aquellos almendros estaréis a cubierto. Hemos pasado muy mal rato, pero ya lo hemos superado.
El comandante le llamaba en aquel momento. Andrés Tendido, el cocinero, quería de todos modos incorporarse a los que estaban en primera línea.
—Que se vaya —dijo el alférez—. De todos modos hoy no hay rancho —y dijo esto con una risa maliciosa; luego se acercó a la mesilla a que se sentaba el comandante.
En aquel momento descubrió Miguel que junto al comandante había otro jefe alto, delgado, con el pelo blanco y que llevaba sobre la nariz unas gafas de concha. Le costaba descubrir las insignias que lucían sobre una boina caqui, de soldado, cuando de pronto, al volverse, descubrió que eran unas insignias de general.
¡Un general en la posición, en el puesto de mando! Miguel no había visto nunca en persona a un general, y con la voz entrecortada puso sobre aviso a los otros.
El bizco era quien entendía de eso. Los conocía a todos por las fotografías.
—Es el general Vigón, el jefe del Alto Estado Mayor. ¡Menuda se está cociendo aquí!
Vieron como el general cambiaba impresiones con el comandante. De vez en cuando miraban hacia delante y señalaban con el dedo alguna incidencia de la operación guerrera, después de consultar los planos sobre los que se abocaban. Miguel se acercó inconscientemente al grupo, hasta quedar sentado debajo de unos almendros, cerca de la mesilla. Vio al general, que decía unas palabras al comandante, tras las que este dio una orden a unos soldados que, junto a ellos, manipulaban en una cajita de hierro que contenía un aparato transmisor.
«Apresuren ocupación cota 341, que parece que abandona el enemigo».
En efecto, a la izquierda, y a unos centenares de metros de distancia, se veía saltar por el parapeto, uno tras otro, a los soldados rojos. Inmediatamente después de esta orden se vio levantarse a los soldados nacionales que estaban enfrente y avanzar hacia la loma.
Otra orden: «Avancen el tiro de las baterías del 15,5».
Luego observó que los dos jefes conversaban de nuevo, mientras miraban a la derecha y a lo alto, en dirección a la loma donde estaba la ermita de Santa Madrona. El comandante preguntó a los soldados de Transmisiones si habían contestado a una llamada. Estos dijeron que no y volvieron a insistir, garrapateando en el aparato. Escucharon durante unos segundos y volvieron a hacer un signo negativo con la cabeza.
El general volvió a hablar en voz más baja con el comandante. Después de escucharle, el comandante se dirigió al alférez. Fue entonces cuando este miró a Miguel Llobet y se dirigió a él. Miguel Llobet le escuchaba cuadrándose.
El general indicó que aguardaran un poco. Estaba escribiendo en una hoja de papel. Una vez que hubo acabado de escribir, arrancó este papel del bloc, lo dobló y dijo unas palabras al alférez. Este recibió el papel y se lo entregó a Llobet.
—Tienes una misión delicada. Primero tienes que cruzar el valle y alcanzar como sea las posiciones que hay debajo de la ermita de Santa Madrona. Hablas con el capitán o el comandante que encuentres allí y le dices, de parte del General Jefe del Estado Mayor, que tienen que tomar la ermita antes de una hora a partir del momento en que des el aviso. En seguida, que coloquen la artillería contra el Coll del Coso y que disparen sin descanso. Una vez dada la consigna, te vas al Cuartel General y le entregas en mano al general Dávila este papel.
Miguel Llobet preguntó dónde estaba y cómo encontraría el Cuartel General.
—Vas por la carretera de Caspe; a unos cinco o seis kilómetros de Gandesa verás un desvío en el que pone: «Radio Requeté de Campaña. Emisión y talleres». Entre unos cuantos camiones verás las tiendas del Cuartel General.
Miguel Llobet salió apresuradamente de la loma en que estaba el puesto de mando y volvió a meterse en el difícil vericueto de los tiros. Estos silbaban de un lado a otro sin remisión. De vez en cuando echaba el cuerpo a tierra; luego se incorporaba de nuevo, para correr unas docenas de metros más; por encima de su cabeza silbaban con horrendo sonido los obuses que disparaban del lado de Gandesa y que al cruzar el aire parecía que levantaran un temporal furioso.
La loma en que estaba el acceso a la ermita de Santa Madrona se hallaba muy cerca. En la ladera se veían los matojos del bosque y un pequeño sendero, que enfilaba casi verticalmente por la sierra. Hacia allí se encaminó Miguel, con la espalda hundida para no ofrecer blanco, el pecho jadeante y el rostro encendido y sudoroso.
—¿Adónde vas, soldado?
—Llevo una orden del general para la ermita.
—Me parece que no podrás subir. Están los rojos aún.
—Lo intentaré.
Era un teniente de Regulares el que le había interceptado. Empezó a escalar por el sendero.
También en el bosque silbaban los tiros. Algunos se incrustaban en el tronco de los pinos, provocando un estallido y levantando una explosión de pequeñas aristas en el aire. Otros se metían entre el follaje y daban la impresión de un escalofrío mortal. También en la ladera se veían algunos cadáveres que se estaban pudriendo, despachurrados en la sombra o medio arrumbados al sol. Junto al cadáver de un rojo, un perro estaba ladrando con un largo quejido. Sintió un estremecimiento, un pavor mortal y se detuvo jadeando. Se mantuvo unos instantes parado, pero volvió a avanzar.
A media altura del monte le interrumpieron los silbidos de unas balas que iban dirigidas contra él, no lo dudaba. Se agachó y se fue retirando con sigilo. A poco estalló a unos metros una bomba de mano, que casi levantó su cuerpo y luego lo hundió entre cascotes y escombros. Mantuvo su cara contra el suelo, esperando a que estallara otra, pero no ocurrió nada. Su corazón daba tumbos, parecía que no podía respirar. Pero poco a poco se fue alejando del lugar, avanzando sobre sus codos hasta alcanzar el borde de un barranco sobre el cual se deslizó. Cayó sobre un matojo de brezos. Sintió la erosión de los espinos sobre su piel ardiente. A su lado había dos cadáveres boca arriba.
Se irguió y fue caminando por el barranco en dirección a Gandesa. Un conejo le miraba astutamente, fijamente, y luego echó a correr como disparado. Encima de su cabeza se oía el eco de unas voces. Se detuvo y estuvo sin cambiar de lugar mucho rato, en espera de que los dos desconocidos interlocutores se marcharan. Cuando lo hicieron, siguió su camino por el torrente.
De pronto oyó que alguien le llamaba. Preparó su fusil, pero pronto advirtió que se trataba del viejecito de los mulos. Estaba extrañado de verle por allí. Tuvo que indicarle que no se trataba de ir entonces a visitar su cabaña, sino de llegar a la ermita.
—Es lástima. Pero ven conmigo. Te diré por dónde tienes que pasar.
Le hizo avanzar unos cien metros más por el torrente y luego le llevó, ya por el monte, hacia una abertura que se dibujaba sobre los matorrales y que iba ascendiendo por los riscos. Al final de este sendero, que las muchas pisadas habían improvisado, se veía un claro, como una mancha de luz más suave.
Luego descubrió los indicios de otro paso, un nuevo barranco. En lo alto estaba la ermita. Era allí, en aquel barranco, donde debía dar su orden.
En efecto, allí descubrió algunos hombres vestidos con la camisola verdosa del Tercio y algunos feces y caftanes de las tropas de Regulares. Les gritó: «Viva España» y se fue acercando. Observó unos rostros curtidos que le estaban contemplando. Preguntó por algún jefe. Se presentó un capitán. Una vez que le hubo comunicado el motivo de su enlace, aquel le invitó a acompañarle hasta el comandante.
El comandante en plaza estaba en una cabaña de madera, parecida a las que imaginaba que había en California o en Canadá y que salían en las novelas de Zane Grey. En una de las paredes colgaba la efigie de un zorro disecado, que miraba con unos ojos despiertos y astutos. El comandante estaba reclinado en un camastro y se incorporó. Escuchó lo que Miguel decía.
—Bien. Tomaremos la ermita. Pero a condición de una preparación artillera que sea eficaz. Vamos.
Salió de la cabaña y por una trinchera alcanzó a los soldados de transmisiones. Estos empezaron a conectar con el puesto de mando, que prometió el apoyo de la artillería. No habían pasado cinco minutos cuando se escuchó un zambombazo que por poco parte los tímpanos de todos ellos. El comandante estaba junto a los transmisores.
—Bien, pero más adelante. Treinta metros más allá.
Se retiró de la trinchera y ordenó a los alféreces que hicieran desplegar unos paneles para orientar a la aviación. Los soldados saltaron el parapeto y empezaron a distribuir en el suelo unas grandes tiras de tela blanca para indicar a los del aire su posición.
—¿Manda usted algo, mi comandante?
El militar le hizo signo de que podía retirarse.
Por los barrancos y quebradas de la sierra de Pándols, Miguel Llobet pudo alcanzar nuevamente la carretera de Gandesa y, volviendo a cruzarla, llegó otra vez al campo. Fue atravesándolo, dando marcha hacia atrás, hasta llegar al puesto de socorro que había al pie del Cerro dels Gironesos. Allí esperó a que pasara un vehículo. Se trataba de un camión de Sanidad que llevaba unos heridos al hospital de Alcañiz. Pidió que le llevaran hasta la Estación de Radio de los Requetés.
Por la carretera, ardiente por los reflejos del sol, el camión fue arrastrándose a lo largo de los cinco kilómetros que le separaban del Cuartel General. Superada Gandesa el camino se iba haciendo cada vez más solitario. Se escuchaba el retumbar de la artillería, pero el fragor se iba volviendo cada vez más lejano. Al llegar al cruce en que estaba el cartel indicador, el camión aminoró la marcha y Miguel dio un salto al exterior, desde la cabina del chófer, en la que se había instalado. Subió por una cuestecilla a la que daban sombra unos pinos bajos y descubrió, en una meseta, un conjunto de tiendas de campaña amparadas en un semicírculo formado por algunos autocares. En el centro de una especie de plazuela había una mesilla con unos papeles encima. Un soldado, tocado con una gran boina colorada de cuyo centro pendía una borla amarilla, le cerró el paso:
—Alto, ¿quién vive?
Cuando Miguel le dijo que era un enlace, el soldado se retiró. A poco llegó acompañado de un capitán, que rogó a Miguel que le acompañara.
Era curioso que allí, en aquel recinto al aire libre, las formas fuesen protocolarias, casi urbanas. La cortesía que se advertía no era una cortesía de campaña. Tenía algo de urbanidad social y no denunciaba la proximidad de la lucha, la cercanía de las explosiones, el olor de la pólvora.
Miguel siguió a capitán hasta el extremo de un montículo en el que se hallaban algunos militares. Sin abrir la boca, Miguel notó en seguida que se trataba de un conjunto de peces gordos.
Estaban mirando con un telémetro el curso de la batalla. En efecto, allí al fondo, como en un escenario teatral, se mostraba el campo entero cuya suerte se estaba debatiendo. Una teoría inacabable de cotas y peñascos, de cumbres y encrucijadas se desparramaba ante los ojos en sucesión infinita, como una revelación del paisaje vestida de gris. Enfrente mismo, la sucesión urbana de las casas de Gandesa era el punto de referencia central de todo el panorama. En el monte y al fondo se advertía una larga cenefa de humos y explosiones. Por encima de esa extensión fluctuaban unos puntos de luz, que se bamboleaban en el cielo. Eran los puntos de luz del reflejo móvil de los aviones, que circunvalaban el cielo como milanos altísimos y arrogantes. Miguel Llobet estuvo un instante pendiente de sus rápidas y apenas perceptibles evoluciones.
En la mitad del grupo se destacó uno de los militares. Se cubría la cabeza con un sombrero de campaña de alas anchas, en el que no lucía insignia alguna. Era delgado, tenía cara como de burócrata y cultivaba debajo de la recta nariz un espeso bigote, que no servía más que para acentuar la naturalidad de toda su expresión. Se fue acercando a Miguel Llobet.
—Creo que me tiene que entregar un mensaje.
—Sí, mi general —dijo el otro, al observar las insignias de la bocamanga—. Me ha dicho el general que lo entregara personalmente al general Dávila.
—Soy yo —dijo alargando la mano, en la que Llobet depositó el papel.
El general leyó detenidamente el mensaje y se acercó al grupo, del que se destacó otro militar, algo más bajo que los otros. Este militar se cubría de los rayos del sol con un salacot; llevaba, rodeándole el cuerpo y ajustando su guerrera, un fajín de cuero rojo.
Este general, al que los demás parecían rendir acatamiento, se alejó del grupo y se dirigió con el general Dávila a la mesilla que estaba en la embocadura del terraplén. Allí se sentó en una banqueta y empezó a estudiar unos mapas, en los que iba indicando datos y caminos con un lápiz como puntero. Mientras hablaba, el general Dávila asentía o disentía de él. El otro levantó la mirada y observó unos segundos al soldado que estaba enfrente, aguardando órdenes. Miguel Llobet sintió que la mirada de aquellos ojos, penetrante, directa, le fulminaba. Desvió su vista a otro lado. Se acercó al general Dávila.
—¿Manda usted algo más, mi general?
—No, nada… Puede usted retirarse.
Aún aturdido, Miguel Llobet descendió por la pendiente, para alcanzar de nuevo la carretera de Gandesa. No pasaba ningún vehículo y se sentó en un poyo de la cuneta, en espera de ser trasladado.
No tardó en llegar un camión, que se cuidó de llevarle carretera adelante. A medida que avanzaba se iba agrandando el eco de los disparos. Otra vez se encontró en Gandesa y hubo de emprender la marcha hasta la posición. En ella había un gran desconcierto. Un obús rojo había explotado en el cerro donde estaba el puesto de mando. El cuerpo del alférez ayudante estaba tendido en tierra, muerto. Habían malherido a un teniente y a un brigada, que acababan de ser evacuados por Sanidad, y el comandante tenía en la pierna una herida leve que le estaban curando.
El comandante Santelmo era un caballero alto y quebradizo como un Quijote; tenía el pelo gris, casi cano, y maneras de aristócrata, que acentuaban con el uso de un monóculo en el ojo izquierdo que le daba una estampa de ser de otra época. Se dejaba vendar pacientemente mientras, dejando que el monóculo colgara de una cinta sobre su estómago, se dedicaba a mirar por las lentes del telémetro.
—Ahora, ahora. Por fin ponen la bandera en la ermita.
En efecto, en lo alto de la ermita de Santa Madrona estaban izando la bandera española. El comandante Santelmo veía a un soldado que la clavaba en lo alto del campanario de la pequeña iglesia. En aquel momento los cañones empezaron a batir en el Coll del Coso. A través del telémetro se veían los nimbos de las explosiones y la polvareda que levantaban.
—Ahora empezaremos a avanzar otra vez. ¡Dios sea loado! —exclamó el comandante.
Arriba, en las posiciones que rodeaban la ermita, el capitán Eguizábal, director de aquel asalto, también estaba radiante.
—¡Viva España! ¡Adelante!… —gritaba mientras escalaba, él el primero, por los riscos de Santa Madrona, cubiertos de yedra. Sus años —ya cuarenta y cinco— y una ligera hidropesía le impedían correr como un chaval, pero así y todo no dejaba de escalar con ligereza, pese a los resbalones. Le agradaba aquel paisaje. Había algún pino y abundaban los matorrales de boj y de brezo. «¡Más arriba, más arriba! Así, valiente…», dijo para sí, advirtiendo que pasaba por delante de él un legionario con la bandera, la adelantaba y seguía progresando, gritando como un loco, borracho de verdad o de patriótica ira. «Así se camina, valiente».
El capitán Eguizábal, de la Tercera Bandera, pensó en aquel instante, como una ráfaga, en una expresión de su hijo Santiaguito, de once años, cuando le preguntaron qué sería cuando fuera mayor y dijo: militar. «¿Por qué?» —«Para llevar la bandera y ganar la guerra». —«Así, valiente», repitió, mientras veía la cara del abanderado, un jabato cuyas patillas negras en forma de hacha le llegaban hasta el mentón y que parecía tener en los ojos fulgores reprimidos. Y en aquel momento sintió una quemadura profunda en las entrañas; le pareció que le mordía el vientre aquel zorro disecado de la cabaña y estuvo a punto de proferir un grito; a punto, pero sentía que la vida se le escapaba como en un vértigo, que huía la vida a trompicones. Y Santiaguito estaría corriendo en su casa, alborotando. «Calma, calma, no es nada… Ya han llevado la bandera». Y la luz iba huyendo de él.
El capitán Eguizábal quedó tendido de bruces a pocos metros de la ermita, mientras Lucio el Zurdo izaba la bandera con parsimonia y unos legionarios estaban dando vuelta dificultosamente a los cañones, en dirección al Coll del Coso.
—Eh, ¡para, aquí! Han herido al capitán —y los camilleros se dirigieron corriendo al lugar en que estaba.
No había nada que hacer. Estaba muerto. El teniente Fresneda tomó el mando.
—Aprisa, aprisa. Parapetaos allí, en aquel montículo. Venga, aseguraos… —gritaba, indicando a la izquierda de la ermita una zanja que los rojos estaban abandonando—. Sí, con las bombas de mano. Sí, una detrás de otra, no paréis… —Y se decía que por fin, por fin habían llegado…
Un soldado tropezó con él; iba alocado. Llevaba la cabeza vendada y huía, corriendo para atrás, sin saber hacia dónde.
—Oye, soldado, ¿qué haces?, ¿adónde vas? —el teniente lo cogió por el cuello de la camisa y el otro forcejeó para huir—. Pero ¿adónde vas, caloyo?
Era un soldado de las quintas, debía de ser de la 4.ª de Navarra; no era del Tercio, en una palabra. El soldado apenas podía hablar. «Cálmate, muchacho, dime qué te pasa». Se sentó, aún alborotado, en el suelo. Contó atropelladamente lo que acababa de ocurrirle. Avanzaba y se vio sitiado por los rojos; le habían herido en la cabeza. Unos rojos lo cogen y lo llevan al puesto de socorro. Allí lo curan. Vienen un jefe y el comisario político, mientras el Tercio iba avanzando. Los aviones empiezan a bombardear. Los rojos deciden irse. Preguntan qué van a hacer con él. El comisario quiere pegarle dos tiros y saca la pistola. El comandante, o lo que fuera, se le pone enfrente. ¿A qué pegarle un tiro? Eso va contra la convención de Ginebra. Mientras discuten, nuevo bombardeo. Se echan todos al suelo y él aprovecha para correr. Y aún estaba corriendo. «Anda, muchacho, que has tenido mucha suerte. Ahora cálmate y vete a descansar…». «Sí, mi capitán, digo, mi teniente…»
Miguel Llobet contemplaba desde el llano cómo las baterías (le la ermita iban batiendo inexorablemente las posiciones del Coll del Coso. Los puestos atrincherados eran descoyuntados por las explosiones uno tras otro. Y de pronto advirtió que venían los cazas de la escuadrilla de Morato en apoyo de aquella acción artillera. Los conoció y los definió el comandante Santelmo, que casi los saludó —tan bajos pasaron— llevando su mano al gorro que cubría, ladeado, su blanca cabellera. Luego se afianzó el monóculo en el ojo izquierdo. «Vista, suerte y al toro», exclamó, haciendo con la cabeza un vertiginoso vaivén para seguir con la vista el paso de los aviones a la velocidad requerida. Y estos empezaron a pasar una y otra vez sobre las trincheras del Coll del Coso. Disparaban por delante, al pasar, y por detrás, al alejarse. Se veía el polvo que levantaban en el suelo, uno tras otro, con sus disparos. Los de las trincheras rojas debían de estar aplastados.
—Adelante —gritó el comandante irguiendo su alta y finísima corpulencia, avanzando su pierna vendada y apoyándose en una caña de bambú. Se calzó el monóculo en la mejilla y empezó a caminar, como si fuera de paseo.
No se agachaba. «Nosotros, los de caballería, no nos agachamos», respondió una vez, cuando alguien le llamó la atención. «Esperemos que la bala le dé solo en el belfo, o en la cola», respondió el otro. Pero el comandante Santelmo no se alteraba. Fue avanzando, como si diera codazos al estrépito, muy lentamente, apoyándose en su bambú. En mitad del llano sacó de su bolsillo una pitillera de plata, y de ella un cigarrillo negro, ya liado; un teniente se puso a su lado y le ofreció fuego con un chisquero.
—Dé usted la orden de ataque cuerpo a cuerpo —dijo echando al aire su primera bocanada de humo, mientras volvía a avanzar, renqueante.
El teniente se apartó de su lado, y correteando por el campo se acercó al corneta. Se oyó el alarido de la corneta como un grito radiante.
Vio a un alférez levantarse del suelo; luego otro y otro. Se fueron incorporando de la tierra hasta ocho, diez, doce figuras. Empezaron a correr por el campo, seguidos de infinidad de sombras grises, polvorientas, fusil en mano y con la bayoneta calada. Fueron correteando y acercándose a las trincheras del Coll. Uno de ellos cruzó las alambradas; luego otro y otro. Fueron cruzándolas a trompicones, sin cejar. Ya estaban casi en su objetivo. Algunos de ellos caían heridos, otros no se levantarían más. No importaba; la oleada era incontenible, sucesiva.
—Así se hace. Hoy vamos bien. La guerra es de los que tienen la moral. ¡Bravo, muchachos!
Fue caminando sobre su cañita de bambú sin detenerse y cuando llegó a las alambradas un sargento le abrió paso en una de ellas, como si fuera el portal de un castillo. Pisó fuerte y entró en la trinchera. Los soldados estaban mirando fuera, por la parte de allá. Veían a los republicanos que huían por el campo hacia la Venta de Camposines, que estaba unos dos kilómetros más allá, unas cuantas casuchas apiladas y polvorientas.
—¡Alto! No moverse de ahí. Hay que dejarlos reposar —dijo, mientras echaba al aire una nueva bocanada de humo. Luego sacó su pañuelo y empezó a frotar su monóculo. Preguntó si habían llegado los de Transmisiones o si se habían quedado en el puesto. Le contestaron que se habían quedado allí.
—Que comuniquen en seguida que hemos tomado el Coll del Coso.
El sargento salió disparado a dar la orden.
Miguel Llobet había llegado a la trinchera sin haber disparado un solo tiro. Se puso al mismo nivel del comandante y echó a andar. Mientras avanzaba sentía los silbidos de la fusilería y cierto escalofrío a ras de piel. Los tiros de los enemigos parecía que fueran perfilándole, pero no le encontraron. Daba la impresión de que eran ya fusilería desconcertada, que apuntaba sin ton ni son. Unos cuantos obuses estallaron en el campo, lejos de él y cuando ya el grueso de la tropa había pasado.
Habían tardado cerca de un mes para acercarse a la Venta de Camposines y ya se podía decir que habían llegado a dicha encrucijada. Todo en ella estaba hundido en polvo, en humo y en pedregal. ¿Por qué no avanzaban más? Veía al comandante, con su facha impecable como si estuviera en un hipódromo, y pensaba que quizás aquel hombre estuviera haciendo la guerra como haría una partida de golf. Tantos agujeros, un poco de descanso, una limonada, otro paseíllo, otro rato de calma, y volver a empezar. Pero una guerra no era un deporte, ni un campo de batalla ni un campo de golf. Eso mismo debía de estar pensando un teniente cuando se acercó al comandante Santelmo para decirle:
—Mi comandante, los rojos están rebasados, ya no dan golpe, están huyendo. ¿Los seguimos, mi comandante?
—No, no. Alto ahí. Hay que darles reposo. Esta es una batalla de desgaste. Hay que dejarles tiempo para que se vayan hundiendo. Y dio una nueva chupada a su cigarrillo.
Una semana entera tardaron todavía en apoderarse del cruce de la Venta de Camposines. Una semana de calor destemplado, en que parecía imposible respirar. Como aquel calor impedía conciliar el sueño durante la noche, cuando la toma del cruce de Camposines se consumó hubo necesidad de dar un descanso a los supervivientes. Estos fueron retirados a Prat de Compte, unos tres kilómetros de la línea del frente. En este pueblo vacío y casi indemne los soldados se echaron por la noche a dormir en plena calle. Estuvieron tres días prácticamente tumbados, hasta que se les ordenó volver a pelear.
Entonces subieron por las cuestas del sur de la sierra de Pándols para incorporarse a la 4.a de Navarra. Acamparon en un sitio conocido por Racó del Abadejo, en la cima del monte. Enfrente tenían una masía en la que los rojos estaban parapetados y que era conocida por la Casa del Tronc. Este era uno de los puntos más encrespados y agrestes de la sierra. La artillería y la aviación empezaron a batirlo masivamente.
Comenzaron a discurrir los días sobre una tierra calcinada que empezaba a presentir el otoño y en la que parecía que latieran más que nunca la incertidumbre y el resquemor. Aún hubo días de calígine, en los que parecía desprenderse un vaho turbio a ras del suelo. Había ratos en que, cansados de actuar, se detenían los cañones y las ametralladoras. Parecía que el silencio vistiera aquellos tramos con una nueva luz. Las vertientes de Pándols se iban volviendo azules y moradas. Los atardeceres caían sobre la roca con mayor lentitud. Unos grandes pájaros, de vuelo pausado, cruzaban el aire. Regresaban a otras lomas, a otras latitudes. Luego se encrespaba de nuevo la turbamulta de la pólvora: empezaba a crepitar días y noches, sin interrupción. Elevaba su bramido entre la oquedad de los montes, levantando enormes masas de polvo. Los coches de Sanidad trasladaban a pelotones los heridos al hospital. Pero la situación de las posiciones enterradas en el suelo permanecía inmutable.
Un grupo en el que figuraba Miguel Llobet pasó a ocupar trincheras que otros habían perforado tiempo atrás en la roca. Allí pasaban un día y otro día, en espera del rancho que Andrés Tendido, el cocinero belicoso, les subía en un mulo. Parecía que los guisos eran más gustosos, más sazonados. ¿Encontraría en el monte el cocinero un laurel tierno con que ilustrar la sazón del estofado? ¿Habría mejorado su pulso de cocinero con la participación intrépida en la toma del Coll del Coso? ¿Actuarían benéficamente los aires del monte sobre su prontitud y su disposición de atinado gastrónomo? Nadie podría decirlo.
Miguel Llobet y todos ellos dormían en las chabolas roqueras como enjambres de insectos o como larvas en la tierra. Por la noche, cuando estaban de puesto, su misión era otear en la oscuridad los frecuentes movimientos de los republicanos por la zona. De la Casa del Tronc partían a veces, con el destello luminoso de una ráfaga, algunos soldados rojos que escalaban la montaña en la oscuridad y que, en dos ocasiones, habían amanecido en la retaguardia, a las espaldas, acosando a la trinchera por la parte de atrás, en situación incómoda para los acosados, porque había que disparar entones hacia arriba y se hacía difícil repeler la agresión con las bombas de mano; los rojos, en cambio, parecían entonces los dueños del cotarro. Les bastaba con lanzar las bombas al vacío, sin apenas fuerza, para que estas explotaran prácticamente en el interior de la trinchera. Había habido que salir fuera de ella, arrastrarse por la cumbre, escalar la ladera y luchar cuerpo a cuerpo para obligar a los rojos a retirarse, en el amanecer. Luchar, luchar, luchar sin descanso, volver a luchar y terminar en el sitio donde se había empezado. ¿Para qué?
A fines de mes, una tarde el aire se fue cargando y el cielo se cubrió de densas nubes grises. Empezó a llover. Sonaron los ecos de unos truenos, que parecían venir a romper y aliviar la atmósfera. Aquellos estampidos semejaban una liberación. Cayeron primero unos goterones gruesos, que rebotaron pesadamente en el suelo, como si fuera plomo. Se chafaban sobre la roca y levantaban y abrían en ella multitud de reguerones de polvo. Pronto cayó sobre el contorno una densa oleada de agua. El agua barría los senderos, castigaba la vegetación, inundaba los riscos. La noche se cerró con esta lenta y pesada cortina de agua, que caía maciza sobre la tierra; al amanecer persistía aún. Todo el día estuvo cayendo el intenso caudal, y otro día y otro, hasta una semana entera. El cielo no aclaraba, por el monte y por el valle no se oía más que el ruido de la densa lluvia; todo parecía que estaba a punto de morir anegado; las nubes grises seguían oscureciendo el panorama; la Casa del Tronc parecía que no hubiera conocido los días de la guerra, seguía enhiesta en mitad del monte abrigada por telas de saco y ornada por las colgaduras de los capotes chorreantes. La tormenta no concluía y todo el panorama rebosaba de agua y parecía que no pudiera resucitar.
Miguel Llobet estaba tendido en su manta, sobre un lecho de hierbas, y escuchaba caer la lluvia mientras tenía en la mano una Antología de poesía catalana y saboreaba versos de Guerau, de Carner, de Alcover, de Riba, de López Picó, de Sagarra… Pensaba que para él la guerra no solo no había hecho claudicar el valor y la vigencia de estos versos, sino que lo había subrayado, tornando más dulce la miel de algunas expresiones, agudizando el sentido y la intención de modos y de rimas. El paisaje parecía que se pusiera nuevamente en pie, solo que más lustroso y más fino, al conjuro de una voz, la voz de una cantata:
Llebres pastaren per vostre quintar,
llebres d'esquerpa tirada;
si les aborda el cà
o les erreu de burlada
no trigarán a collar
pels rasos de Liost, on l'herba es arranada…
Llevaba días, meses, en que no le era posible pensar en su país y en las cosas suyas. La inmediatez del peligro, la constante urgencia de las acciones de guerra le habían impedido ponerse a reflexionar sobre la trascendencia de las cosas y el contexto de todas sus razones íntimas. Lo importante era ganar. Pero ¿qué pasaría después?
Si se conseguía entrar en el país, en Cataluña, sin el ánimo turbio y sin espíritu de revancha, era posible que todavía pudieran salvarse, al margen de toda posible implicación política, los valores sustanciales de la cultura catalana. ¿Qué mal podía haber en que los catalanes estimaran su lengua, se preocuparan por ella, la valoraran, quisieran recamarla con las sutilezas y los hallazgos de la poesía? ¿Quién podía hallar que eso era malo, que iba en contra de un concepto hispánico general? No obstante, pensaba Miguel Llobet en cómo se podría convencer a tantos como estaban luchando solo porque imaginaban que los catalanes habían inventado su lengua y acababan de ponerla en circulación por el placer de fastidiar y de perjudicar a una España más fuerte y superior. ¡Cuántos equívocos, aprovechados por unos y otros, qué serie de malentendidos monstruosos, qué cuadro tan dramático de sospechas, de resquemores, de falsos puntos de partida, qué embrollo histórico tan deplorable! En aquel momento, hundido en la certeza de su desilusión, se esforzó en comprender el sentido estricto de unos versos y no más; se esforzó en no sentir más que una simple emoción artística directa e irrazonada; se esforzó en desprenderse de toda la lucubración que arañaba su alma, que rascaba incontenible en su corazón, y que hacía que todo en su ser le doliera intensamente. Su misión consistiría en comprometerse, a lo sumo, a hacer que las generaciones futuras supieran como él valorar unos versos, valorar un paisaje y resumir en ellos el valor de una cultura eterna y muy antigua…
De pronto advirtió con claridad diáfana lo siguiente: si uno solo de los combatientes catalanes de su bando conseguía hacer que el caudal de belleza y de amor que contenían aquellos versos llegara a las generaciones futuras, ese combatiente habría hecho por su país mucho más que toda la turba de intelectuales que, al otro lado, habían prestado su apoyo a la República. Después de la guerra, a todas las gentes de la catalanidad, incluso a aquellas dotadas de buena fe que aún creían luchar por Cataluña, las esperaba el éxodo, el destierro y la derrota. Entrar en el país al rítmico batir de los endecasílabos de Carner, confundiendo su son con el del paso victorioso, era en cambio asegurar la supervivencia de Cataluña, programar su futuro, ganar su porvenir. Miguel Llobet pensaba en aquel momento que bien podría considerarse como el paladín de su tierra, quizás el único que podría considerarse continuador de su permanencia en la historia, puesto que los otros estaban siendo barridos por los comunistas y los socialistas y pronto iban a ser derrotados como ellos. Y quien llevara el mensaje eterno desde aquel bando, sería el único que aplastaría los acentos jeremiacos de los filoseparatistas, el único que podría levantar una bandera nueva, no condenada de antemano a fracasar, como habían hecho los intransigentes y cerrados cuadros del catalanismo irredentista. El Estado que había de nacer de aquella guerra los respetaría si le descubrían que hay una forma de ser español sin dejar de ser catalán; y si, desligándose de cualquier solicitud política, le demostraban que eran profundamente españoles en lengua catalana y que no aspiraban a secesionismos ni a desquites, sino a engrandecerse y a engrandecer a España.
Creyó que empezaba a formular las bases y los arquetipos de un nuevo catalanismo, surgido de las trincheras, apto para las gentes que no consideraban a Cataluña como un mal irremediable de España. Aquella teoría comportaba el propósito de no torcerse nunca en este camino, la decisión irrevocable de transmitir españolidad viva a través de Cataluña y en lengua catalana. En aquellos momentos sentía el dolor de la muerte de José Antonio Primo de Rivera como una tortura física; si hubiese vivido él, aquel maestro intrépido y limpio, hubiera sido capaz de comprenderlo.
Parecía que los estragos de la lluvia y la lluvia misma tenían tendencia a aminorar. En efecto, a través de la mirilla de la trinchera empezaban a advertirse en el cielo los asomos de un espectro más claro. Aquí y allí se iban abriendo, en la claridad de la bóveda, claridades dispersas y paneles que ya apuntaban un colorido mágico, azul. El agua caía de un modo más manso, y en algunos trechos empezaba a secarse en el suelo. Desde la pinocha que pendía en los árboles hasta los troncos, se deslizaba la humedad en gruesos canales. Se escuchaba de vez en cuando el estruendo de algunos disparos de cañón. El atardecer se cernía sobre las cosas, desparramando en ellas multitud de pinceladas de una tinta cárdena y azulada.
Miguel Llobet paseó unos instantes por la trinchera, para estirar las piernas, que se le habían entumecido. Luego entró nuevamente en la chabola. Se sacudió de la guerrera las gotas de agua que había recibido en el exterior. Entonces oyó al bizco, que le gritaba.
—Eh, Miguel, que ahí preguntan por ti.
Y entró en aquel momento un alférez en la chabola. Era un alférez moreno, alto, arrogante con su gorrillo, y con la estampilla relumbrante en su camisa, encima de la tetilla. Tardó un instante en reconocerle.
—¡Carlos! ¡Carlos Rius! —prorrumpió con inmensa alegría, levantándose—. ¿Qué haces aquí? ¿Cómo has llegado?
Carlos se acercó a él impetuosamente y se abrazaron con fuerza.
—Ha sido Quiroga, el alférez Quiroga. Le encontré en Gandesa y me dijo que en su sección había un muchacho catalán. Cuando me aclaró que se llamaba Miguel Llobet, me pareció que me volvía loco. Ya ves; no he parado hasta encontrarte. ¿Sabes que yo estoy muy cerca, ahí en la esquina, en el Puig de Aliga?
El alférez que tenía delante era más ancho, parecía más hombre que aquel muchacho del que se despidiera un día en el Casino de Burgos.
—¡Carlos, Carlos Rius, mi amigo, mi alférez! ¡Alabado sea Dios!