VIII

NICOLÁS BORREDÁ conocía a fondo la situación en que se hallaban. En el curso de los últimos meses no había personaje relevante del exterior con quien no hubiese tenido ocasión de dialogar. Había visto la mudanza sutil que habían experimentado respecto a la República ciertos ánimos liberales de Europa. Había observado la mezcla de reserva y de sorna con que ciertos hombres de la tercera fuerza habían acogido las supuestas victorias de los republicanos, mientras en realidad estos iban retrocediendo en el frente de Aragón; la tibieza que iban experimentando los entusiasmos de los expertos del Foreign Office o las buenas palabras con que de un tiempo a esta parte le rociaban los entendidos del Quai d'Orsay. No cabía duda de que las atrocidades y los desmanes de las masas populares en los comienzos de la guerra habían sido una seria advertencia para los antiguos amigos de todo el mundo. Aquellos desmanes, de ocurrir en cualquier otra parte del mapa, habrían pasado inadvertidos. Francia y Gran Bretaña habrían pasado por alto ciertas manifestaciones, ciertos altercados, la quema de los conventos, los asesinatos en masa, si estos hubieran tenido lugar en cualquier parte de los Balcanes o en la misma Grecia. En aquellos lugares los siniestros no hubieran alterado la seguridad particular de Francia o de Inglaterra. Pero España estaba demasiado cercana. Un poco más, y el reguero de pólvora podía prender en su propio suelo, en terreno francés o inglés. El matiz por el que se hacía necesario localizar el conflicto, aislarlo de cualquier concomitancia o negociación no era claro, pero tampoco difícil de marcar. A todo ello había venido a sumarse la ineficacia militar. Así, pues, tanto Francia como la Gran Bretaña autorizaban a la República a que hiciera su guerra contra el fascismo, a condición de que no las mezclara a ellas en el conflicto. No querían siquiera recibir de él la más leve salpicadura.

En este sentido, las atemorizaba la inclinación creciente que la República mostraba hacia las formas y las estructuras de la Rusia soviética. No había pasado por alto a los expertos en política exterior de los dos países occidentales el tinte «rojo» de que se había teñido la República, pese a las buenas formas y a las afables maneras de algunos de sus capitostes. Se hacía más difícil cada día apoyar a un régimen que se mostraba, a través de sus slogans de guerra, como una imagen fiel del régimen de los soviets, del que en el proceso de su nacimiento venía este a ser a veces una copia exacta. Era, pues, preciso acentuar el carácter nacional y español de la aventura republicana. Era preciso que la acción de guerra que se preparaba naciera de un numen español, fuera llevada a cabo por Estados Mayores españoles y tuviera, desde su planteamiento hasta sus consecuencias, un marchamo neta y exclusivamente español, para que así convenciera a las potencias de Occidente.

A fines de abril Negrín encargó al Estado Mayor del Ejército la confección de un plan de ataque en un sector muy amplio del frente, cuyas consecuencias pudieran ser irreversibles. Borredá y el presidente habían estado estudiando los planos en compañía del coronel Rojo, Uno de los pocos jefes del ejército en quien se reunía la doble condición de ser leal y eficaz. Después de mucha meditación, el coronel Rojo había elegido para el ataque una zona del Ebro cercana a su desembocadura que, siempre que la acción se llevara a término con fortaleza, con energía y con sigilo, podría constituir para el enemigo un golpe irremediable.

Se hallaban reunidos los tres personajes en el palacete donde estaba oficialmente instalada en Barcelona la Presidencia del Gobierno, en la esquina del paseo de Gracia con la calle de Mallorca. Allí estaban también instalados algunos despachos del Alto Estado Mayor. El coronel Rojo tenía desplegados sobre una amplia mesa unos mapas del sector, que iba señalando y recorriendo con la punta de un lápiz.

—Se trata de abordar la otra orilla del río con desembarcos desde Amposta, Cherta, Benifallet, Mora de Ebro, Ribarroja y Flix, y de ocupar tantos kilómetros como sean necesarios para situar en la otra orilla un número no inferior a diez de nuestras divisiones. El éxito de la operación está en su sorpresa.

Negrín y Borredá seguían atentamente la explicación del coronel. A este le acompañaba uno de los oficiales que debían llevar a término la operación: el coronel Modesto.

—Esta será la primera fase de la operación de la batalla del Ebro. Si conseguimos montar una cabeza de puente al otro lado del río, tendremos el campo abierto para una operación sobre las unidades de choque del enemigo, desmontaremos todo su potencial y al mismo tiempo obtendremos en condiciones óptimas el desgaste de toda su fuerza en poco tiempo.

Preguntó Borredá cuál era a su juicio el punto clave de la ofensiva. Cuándo se podría decir que estaría lograda.

—La señal de que la cabeza de puente ha sido lograda será sin duda la ocupación y la fortificación de Gandesa por nuestras tropas. Gandesa ha de ser la base de las operaciones futuras —concluyó Rojo, señalando con su lápiz el contorno de esta población dibujado en el mapa.

Después de la reunión, y por encargo de Negrín, Borredá acompañó hasta el frente al coronel Modesto, para observar cómo este empezaba a poner en práctica los prolegómenos de la operación.

Hicieron el viaje en el coche de Borredá, pilotado por un chófer. Borredá dejó su pequeño equipaje en una fonda de Tortosa y fueron siguiendo en el coche el curso del río por su orilla izquierda. Al otro lado del Ebro se advertían las posiciones del enemigo. Se veía incluso la cabeza de algún soldado asomar por encima de los parapetos. El ambiente era de calma. En los puentes de Amposta y de Tortosa un muro de sacos terreros seccionaba el paso a un lado y a otro del río.

Pasaron por Cherta, por Benifallet. Eran pueblos que parecía que no podían estar en guerra, tal era la silueta apacible que reflejaban, movediza, terrosa y truncada, en la superficie del agua que se iba deslizando a sus pies. Mora la Nueva tenía una extensión mayor; al pie de la corriente estaba Mora de Ebro. Los muros y los cimientos de algunas casas habían sufrido la mordedura de la guerra y se advertía en ellos el paso de la batalla. Por sus calles transitaban soldados, aislados o en grupo, y todo tenía cierto aire de expectativa y de pausa. El ambiente de aquellos lugares parecía haber sido detenido a mitad de un gesto de paz, perpetuando por unos instantes una estampa de sosiego.

Modesto era un hombre silencioso, un poco retraído, metido en sí. A Borredá a veces le daba la impresión de que no tendría dotes de mando; por lo menos costaba descubrir en él al capitoste que había escalado el puesto que ocupaba en el Ejército surgiendo de las milicias como simple voluntario. Pero esta impresión quedó desmentida al llegar a Mora la Nueva. Pararon en una plaza que era como una encrucijada del camino por el que se desviarían luego al interior. Modesto bajó del coche y se dirigió a un grupo de milicianos que estaban charlando en la plaza. Se metió entre ellos y Borredá vio cómo les preguntaba algo.

Ellos no le prestaron atención y siguieron con sus bromas. Se empujaban unos a otros y uno de ellos, en un traspié, por poco hace caer al coronel, distraídamente.

Entonces notó Borredá como Modesto cambiaba de actitud. Oyó que profería algunos gritos. Los demás le reconocieron. Se pusieron firmes en el acto, saludándole con el puño a la altura de la sien. Uno de ellos se estaba brindando a acompañarle. Los otros le indicaron con el brazo un recodo a la derecha, por el camino que el coche se disponía a tomar. El coronel los dejó plantados en mitad de la plaza; ellos no dejaban de saludar, hasta que el coche hubo partido de nuevo.

Dejaron la primerísima línea cuando el sol empezaba a reverberar entre cálidos nubarrones por occidente. Se deslizaba como una pincelada de miel sobre la piedra gris de los montes, haciendo brotar llamas de plata en la fronda de los encinares y en las ramas de los olivos.

Modesto había indicado en la reunión, como sitio ideal para instalar su cuartel general, la cima de un monte que estaba a las afueras del pueblo de La Figuera. Según dijo, había estado ya en aquel lugar; y por la ancha perspectiva que esta situación permitía descubrir, puesto que desde allí se dominaba la vastedad del llano hasta mucho más allá del río —hasta los caminos que llevaban a Gandesa—, le parecía el lugar apropiado para instalar el mirador y el puesto de mando.

Comenzaron a subir la pendiente hasta la cima y una vez en el pueblo de La Figuera empezaron a caminar hasta aquel balcón.

En La Figuera, Borredá sintió que su ánimo se ensanchaba un poco con el recuerdo de tiempos viejos. Eran tiempos en que él era mucho más joven e iba por el monte con un par de perros que retozaban y gruñían a sus pies, y una escopeta en la mano. Ilusoriamente se paraba ahora, apuntaba imprevistamente a un punto del infinito y luego elevaba su vista a lo alto, a lo alto, para dejarla caer verticalmente. Le pareció ver a Canelo y a Colom traerle cada uno entre los blancos dientes el palpitante botín de unas perdices color de perla.

Todo aquello había pasado. Ahora la caza era otra. Caminaba con Modesto hacia su cubil, un palomar arisco en la punta del monte, desde donde avizorar los movimientos de todas las tropas: las propias, que irían avanzando, y las de los otros, que retrocederían envueltas en horrísonas llamaradas de humo y de fuego.

Llegaron al punto elegido. En efecto, tendida al sol declinante se mostraba la inacabable extensión del llano de un extremo a otro de cuanto podía abarcar la mirada. Se veía serpentear al río hasta muchos kilómetros más arriba, perdiéndose en meandros y vueltas entre montes de olivos. El color de la tierra era pardo, fuerte, un color agrio y duro, de un moreno tostado por el sol. Lejos, muy lejos, se veían las aristas de unas chimeneas que elevaban sus rectas saetas al cielo. La luz reverberaba y se encendía en la superficie del agua. El lecho del río estaba solitario. Docenas de pueblos y casas de labor se extendían por toda la llanura. Luego, hacia la izquierda, se veía que el río se iba ensanchando para depositar su inagotable carga plateada y terrosa en las aguas del mar. Este se extendía al fondo, extrañamente azul, de un azul pálido y dormitante, como un monstruo en infinita paz. Las aguas del río caían en él silenciosamente, levantando una onda muy ancha de ciénaga y calina.

—Este es el lugar —dijo Modesto—. Excavando en esta roca se puede hacer aquí una plataforma inexpugnable. Hay que cavar aquí un orificio y abrir unos canales de una longitud corno de treinta metros.

Avanzó unos pasos hasta el extremo de la piedra, allí donde la roca quedaba cortada en el infinito.

—Aquí se abren las mirillas. Se cubre todo con un techo de hormigón y se camufla con vegetación y con ramaje. La posición no la descubrirán nunca. ¿Qué le parece?

Borredá asintió. Realmente el lugar estaba soberbiamente elegido para presidir, dominar y dirigir una operación ofensiva de gran estilo. Se lo dijo a Modesto.

—¿Puedo ordenar que empiecen las obras?

—Sí, mañana mismo —contestó Borredá.

—¿No quiere consultar con el Presidente?

—No, no es necesario.

Contempló el panorama que se extendía a sus pies. En aquella inmensidad, tan cruzada entonces por aves sin rumbo, en éxtasis fluctuante y dorado, se jugaría poco después la suerte de todos ellos y la suerte del país. Cuando las obras de aquella fortificación quedaran listas, empezarían a bajar del Pirineo las aguas que serían testimonio de la más grande batalla de la guerra. Todo el material que se necesitaría en aquella batalla, estaría empezando a ser transportado a los depósitos del interior. Lo llevaba anotado en su agenda: ciento cincuenta barcazas, ocho puentes sobre flotadores, cuatro puentes de vanguardia, dos puentes de madera para grandes cargas, dos puentes de hierro, tres compuertas… Todo esto tendría que llegar en el momento justo, ni antes ni después; y tendría que ser montado en el curso de un día. Por todos aquellos caminos tendría que canalizarse la gran ofensiva.

Borredá y Modesto descendieron de nuevo. Se despidieron en Mora la Nueva; desde allí el primero se dirigió de nuevo a Tortosa, donde pernoctó.

Borredá tenía una comisión que hacer cerca de Ronald Howes. Esta persona había ocupado un puesto importante en las Brigadas Internacionales. Había sido el jefe de la primera expedición de voluntarios británicos, que había llegado a España en septiembre de 1936. En aquellas fechas había entrado en relación con Borredá; habían tenido entonces ocasión de departir sobre muchos aspectos de la lucha. Ronald Howes era un idealista, un intelectual, y a Borredá algunas de sus expresiones y muchos de sus gestos le recordaban los de un lord Byron en Missolonghi. En ninguna otra boca ondeaba tan airosamente como en la suya la palabra libertad. Era un romántico impenitente y cultísimo, que parecía venir a la guerra de España como a un ejercicio literario que hubiera que escribir con sangre.

Borredá había estado hablando con Negrín de la necesidad de hacer coincidir la ofensiva del Ebro con una campaña en la prensa y en la radio de los países amigos del mundo occidental que pusiera una vez más de relieve el heroísmo de los soldados republicanos, que subrayara la cohesión de todas las fuerzas de la España libre y lanzara una llamada al apoyo y a la ayuda total por parte de los gobiernos; la presión debía ser tan fuerte que los gobiernos se vieran precisados a abrir la espita por la que entrar armas, aviones, hombres… La ofensiva del Ebro debía hacer girar del revés las conclusiones que prevalecían en el Comité de no intervención. Ronald Howes era el hombre en cuyas manos estaba levantar en Inglaterra estos entusiasmos. Era un profesor muy estimado, y su prestigio y amistad con los jefes de las agencias y los editores de los diarios eran muy grandes.

Encontró a Howes esperándole en el jardín —amparado por sacos terreros— de la Comandancia de Mora, sentado en un banco de piedra y leyendo un libro cuyas tapas le mostró: la Anábasis de Jenofonte.

Estuvo de acuerdo en apoyar al máximo la idea que había ido a proponerle Nicolás Borredá. Le pidió únicamente autorización para trasladarse a Londres.

—Estas gestiones hay que hacerlas personalmente. Te pediré que me informes del máximo de detalles que puedas, a propósito de esta operación; y que me digas, aproximadamente, en qué fecha se espera realizarla. No hay que decir que la gestión la haré con el máximo sigilo, de momento sin citar siquiera lugar ni fecha. Pero yo mismo sí quiero conocerlos, para mi gobierno particular.

Borredá le dio aproximadamente esos datos; la fecha ideada era la de la primera quincena de julio.

—Bien; pues otra de las condiciones que exijo es la de participar personalmente en esa batalla.

—Concedido: iremos los dos juntos.

—No, no. Tú irás de observador, como corresponde. Pero yo quiero ir de miliciano, esto es, con un fusil al hombro.

—Ten en cuenta que ya no eres miliciano. Además, estás baldado. Te destinaré a uno de los Estados Mayores. Es allí donde puedes ser más útil. ¿No te parece?

Ronald Howes asintió sonriendo. Se mesaba la aguda barbilla rojiza que fluía de su mentón y se la acariciaba con los dedos largos y táctiles, como de aristócrata, en los que lucía un anillo con una esmeralda.

—Otra cosa te pediré quizá —añadió—. Y es poder reclamar a cierta persona…

—¿Reclamar?…

—Sí. Si llegara el caso. Una española, una mujer.

—¿Quieres llevártela contigo?

—Si realmente ha podido escapar de los nacionales, la llevaré conmigo.

—¿Estás inquieto por su suerte?

—Sí. No sé lo que ha podido ocurrir en Tarne desde que me dieron de alta. Realmente recordarás las protestas que yo hacía en contra del trabajo intelectual compartido. Me habías oído decir que el verdadero intelectual no necesita compañía, más bien que esta le estorba. Pues bien: una enfermera de aquí, una muchacha llamada Blanca, me ha hecho cambiar de opinión. ¿Me ayudarás?

—Claro que sí; en lo que yo pueda.

—Te advierto que no será fácil. Jurídicamente, hay que ponerla en regla.

—¿Qué significa eso?

—Que hay que regularizar su situación. Fue hecha prisionera en Teruel y hay que revisar sus papeles. Pero ha venido a parar aquí y no dejaré que la toquen hasta que yo pueda llevármela, si es que ha podido escapar de Tarne. Yo respondo por ella.

—Tu palabra me basta. Pero en este caso tendré que extremar mis propias precauciones — bromeó el otro, aunque no sin un punto de alacridad—. Por de pronto te ruego que ante ella olvides todo lo que hemos hablado.

—Naturalmente. Todo lo que te he dicho es para cuando yo regrese del Estado Mayor a que vas a destinarme.

—De acuerdo.

Aquella misma tarde emprendió Borredá el camino de regreso. Se sentía fatigado y con ganas de llegar a Barcelona. El paisaje que pasaba por las ventanillas del automóvil iba modificando lentamente sus estructuras y sus tonos. Del cadmio negruzco de aquellos parajes hasta el suave color a miel que presagiaba la marisma, transcurrieron valles de una tonalidad glauca y sonrosada en los que parecía flotar como una tenue neblina. Luego la noche se fue cerrando por encima de las vertientes. El automóvil dejó atrás los riscos abruptos del campo de Tarragona. Vinieron unas horas largas solo iluminadas por el foco de los faros del coche, monótonas, inacabables. De vez en cuando se paraban ante las exigencias de un control de carretera. Unos rostros ariscos, iluminados por una lámpara vacilante, y el camino otra vez.

Borredá vivía muy cerca del lugar donde tenía su oficina, que era el mismo palacete de la Presidencia. Tenía una suite en el hotel Majestic, en el paseo de Gracia, a una travesía de distancia del Palacio gubernamental. Cuando llegó al hotel, el conserje le pasó un aviso que tenía en el casillero. El doctor Negrín le rogaba que pasara a verle en el acto al despacho presidencial.

Miró su reloj. Eran casi las cuatro de la madrugada. Sin embargo, volvió a salir y se fue caminando hasta el lugar en que estaba el Presidente.

Encontró a este abrumado en la mesa de su despacho, sobre un enorme mapa desplegado. La luz de la lámpara de mesa iluminaba únicamente con su cono de luz el extenso cuadrilátero. De debajo del mapa extendido sobresalía el bulto de una botella de whisky a medio vaciar. Tenía al alcance de la mano un vaso medio lleno.

—¿Ha visto a Howes?

—Sí. Está conforme. Él mismo se trasladará a Londres para orquestar la campaña. Por cierto, quiere tomar parte en la lucha. Le he prometido un puesto en un Estado Mayor.

—En el de El Campesino. Por lo menos le infundirá un poco de las humanidades y de la estrategia de Julio César —dijo el Presidente, no sin sarcasmo—. ¿Y de lo demás?

—Modesto me parece un excelente jefe. Creo que cumplirá su cometido.

—He estado repasando todos estos datos. Si podemos cruzar el río por Amposta, llegaremos a amenazar las fuerzas que Franco tiene preparadas para atacar Valencia. Entonces sí que haremos variar totalmente sus dispositivos. No hay más que un punto en el que puede hacernos fracasar: la aviación. Además de ganar en tierra, estamos obligados a ganarles en los aires. Todo dependerá de las fuerzas de que pueda disponer. De todos modos, le daremos un disgusto.

Se quitó las gafas de concha que ocultaban una buena parte de su faz. Quedó con rostro casi infantil, de expresión miope y medio risueña.

Estuvieron un rato en la vasta sala, distendidos, sorbiendo lentamente su whisky y sin chistar. Hasta que el Presidente levantó su vaso.

—A su salud, Nicolás. Que una madrugada como esta podamos vivirla en paz y en compañía de unas buenas mujeres, cualquier día, en el Pitt’s de Londres. Ahora vámonos a dormir.

Cuando Matías Palá llegó a Barcelona, Borredá había dispuesto simplemente que fuera seguido por un agente del SIM. A través de ese agente, que le rendía cuentas periódicamente, conocía Borredá al detalle todos los pormenores de la existencia barcelonesa del transportista: sus visitas al local de la avenida de Mistral, sus entronques con el agente fascista Guadiana, siempre en el banco de una plaza pública que se iba turnando en la toponimia de la ciudad.

Cuando Borredá llegó a su despacho aquella mañana encontró esperándole al agente encargado del asunto. Borredá no le había visto nunca, ni había hablado con él, hasta entonces, más que a través del teléfono.

—Tomás Hortuna, para servirle.

Era un tipo joven, bien vestido, como con aire de gigoló o de bailador de tangos. Borredá se preguntaba por qué los espías, los detectives, los policías y demás ralea andaban siempre por el mundo con un aire tan «profesional». Hizo que se sentara. Azaraba al policía no poder dar a Borredá un calificativo preciso: ni «ministro», ni «mayor», ni «general», ni «subsecretario»; ningún tratamiento concreto con que subrayarle en la conversación. Optó por tratarle de «compañero Borredá», aunque ese vocabulario repelía en la molicie de aquel amplio salón y se desdecía del aspecto señorial que Borredá presentaba, con su cuello almidonado, la corbata de vivos colores y los ojos sesgados y centelleantes bajo una tumultuosa cabellera blanca, que le daba un aspecto de senador romano.

—Compañero Borredá, si desea conocer mi opinión personal, yo no dejaría más tiempo suelto a un sujeto así; sabemos que está reuniéndose con enemigos de la República, que está conspirando con ellos. En el SIM nos preguntamos por qué hay que dejar libres a Guadiana, al llamado Santillana del Mar y a toda esa tropa. ¿A qué se espera? Vallmajor los está esperando.

—Calma, amigo… Nadie ha pedido todavía su opinión. La redada se hará solo cuando sepamos que están todos, no antes. Dígame las últimas novedades respecto a Matías Palá.

—Se ha visto dos veces con Guadiana: una en la plaza de Medinaceli y otra en los jardincillos de Soler y Rovirosa. En las dos ocasiones han estado juntos cosa de media hora. Guadiana dio a Palá unos papeles.

—¿No se sabe qué papeles eran?

—No, compañero. Teníamos prohibido…

—Sí, lo sé. Bueno: de momento le seguirán observando, a condición de que él no se dé cuenta de que le persiguen. Entretanto, voy a citar a Palá. Voy a citarle aquí, para que entre en contacto directo conmigo. De modo, que no se extrañen los del SIM de que él y yo nos veamos. Hay algo que le quiero sonsacar y que no puedo hacer más que personalmente. ¿Está entendido?

—Sí, señor —y el «señor» se le escapó irremisiblemente—. ¿Debemos hacer algo en concreto?

—Nada, nada. Yo me ocuparé de citarlo de una manera normal.

Cuando el agente se hubo marchado, Borredá hizo que su secretario llamara a la pensión de la calle de Vergara donde se aposentaba el transportista y que le invitara a ir a verle a su despacho el martes siguiente, a las once de la mañana.

Borredá se sorprendió de ver a Matías Palá tan cambiado. Su pelo, enteramente gris, apenas si lograba cubrir la superficie lisa y brillante de su cráneo, descubriendo una frente ancha y noble, pero visiblemente decaída. Sin duda no habían pasado en balde los días del campo de concentración. Creyó advertir también que Matías Palá no andaba como antes; le pareció como si cojeara.

También Palá observó en su amigo signos de decrepitud. El pelo enteramente blanco, «patas de gallo» en torno a los ojos, que eran sin embargo negros y brillantes, dominadores. Nicolás Borredá llevaba además, de vez en cuando, su mano al pecho, a la altura del corazón, como por instinto. Se saludaron cordialmente.

—Me ha parecido —dijo Borredá una vez transcurridos los momentos iniciales de su encuentro, en el que se intercambiaron unas frases triviales— que quizá yo podría serte útil para resolver el asunto de tu sobrina, que sé te preocupaba hace un tiempo. Dime, ¿qué fue lo que le ocurrió?

Matías Palá explicó a su interlocutor una parte de la odisea de Blanca.

—Bien. Y se ha perdido toda noticia de ella, ¿no es así? ¿Cómo se llama?

Matías le dio su nombre. Al escribirlo, Borredá pareció como si recordara algo. Pero no dijo nada. Remitió a más tarde la ocasión de determinar si recordaba algo relativo a aquel apellido o era una mera coincidencia, un simple azar.

Borredá quería tener cerca a Matías Palá; pretendía atarlo por alguna razón personal, porque sospechaba que estaba en comunicación con alguien de importancia en la zona nacionalista. Si eso era así, quizás a través de él fuera posible pasar al otro lado noticias distintas a las que ellos esperaban. Una serie de mensajes falsos, oportunamente disparados al otro lado, ¿no serían también una forma de estrategia eficaz y bien montada? Y de todos modos, la proximidad de Matías Palá, quién sabe si iba a ser útil en los últimos momentos, cuando los propósitos de la República resultaran torcidos. Entonces, para una última tentativa, no estaría de más contar con Matías Palá…

Luego charlaron de diversas cosas. Los dos aparentaban dar a su conversación un aire intrascendente, como si lo que dijeran no afectara a ninguno de sus sentimientos profundos. Palá explicó con cierto humor algunas anécdotas de su paso por el frente y de su vida en el campo de concentración.

—Si no te digo nada, en adelante te ruego que vengas a visitarme dos veces por mes; y ello, por muchas razones, entre ellas porque así podremos ir siguiendo las trazas de tu sobrina. Mandaré hacer una investigación a fondo.

Cuando Matías Palá salió del aposento, no le cupo a Nicolás Borredá la menor duda de que la misión de este era teóricamente importante en zona republicana. Le había visto azorarse imperceptiblemente ante esta última requisitoria. Es decir: que estaba conectado con alguien de primera magnitud al otro lado y que sería posible utilizarlo como agente doble. Todo dependía de la habilidad con que se le supiera manejar. El hecho de que estuviera interesado por la suerte de aquella sobrina suya, Blanca, era un detalle que iba en provecho de los propósitos de Borredá. Por cierto, ¿no era Blanca el nombre de la enfermera por la que Ronald había demostrado tanto interés? Si era así, habría que saber sacar partido de esa coincidencia.

En cualquier caso, consideró que sería una insigne torpeza dejar que triunfaran los impulsos de los agentes del SIM para encarcelar a Matías Palá. Lo que había que hacer era aislarle de todas sus compañías, pero dejar que siguiera actuando por sí mismo. Cogió el teléfono y llamó al agente del SIM.

—¿Oiga? Sí. Buenos días. Haga detener a Guadiana y a Santillana del Mar. No, no. Al nuestro, no, de momento. Solo a esos otros. Al nuestro nos interesa mantenerlo aislado. Después se verá.

Colgó el auricular. Por la tarde le comunicaron que Guadiana y Santillana del Mar habían sido recluidos en Vallmajor, para su interrogatorio…

Blanca Maravall sentía cómo se iban aproximando a Tarne las fuerzas nacionales. El rumor del avance había sido primero un susurro bronco y lejano; luego se convirtió en una repetición de estampidos aún distantes, pero que apenas era posible discernir uno de otro. Finalmente, cada obús se destacó de los demás. Fue posible saber a qué distancia estallaban uno por uno. A Blanca le parecía que algunos estallaron en el interior de la misma habitación en que se hallaba. También la fusilería se distinguía con claridad: había balas perdidas en el tumulto general, que se sumaban anónimamente al coro de la refriega. Otras se destacaban de las demás y pasaban con un silbido peculiar, que recordaba el de un reptil en el momento en que lanza su lengua deletérea. Todo esto hacía ya horas que lo percibía Blanca Maravall desde su escondrijo.

No estaba sola. A su lado había otra enfermera y varios enfermos de los que habían podido saltar de sus camas y conseguido andar hasta aquel depósito, en el jardín donde se habían refugiado. El cuarto no llegaba a ser un sótano, pero estaba a un nivel un poco más bajo que el resto de las habitaciones del hospital. Había que descender unos pocos escalones para llegar a él. En el local se apiñaban regaderas, azadas, legones y almádenas de toda índole. Entre ellos se habían acurrucado enfermeras y enfermos y esperaban a que pasara el temporal de plomo.

Blanca adivinaba que el término de aquella situación no podía estar lejano. En realidad, ¿quién oponía resistencia a los atacantes? Hacía ya un rato que había pasado por las salas del hospital un enviado con la orden de evacuar. El ruido de las bombas se oía aún a lo lejos cuando empezaron a salir de sus camas y a agitarse hacia la puerta muchos de los hospitalizados, a quienes parecía paralizar el miedo a ser apresados por los fascistas. Algunos de ellos parecía que no pudieran siquiera tenerse en pie, no obstante lo cual se vistieron y salieron a toda prisa, llevando colgados del hombro sus macutos y fusiles. ¿Adónde irían a parar? ¿Quién los atendería? Pero no había tiempo para pensar en ello. Más bien era uno mismo en quien había que pensar. Y Blanca se puso de pronto a pensar en ella. Se vio tan desvalida, tan acosada de nuevo por los acontecimientos, que hubiera deseado ceder su voluntad a otros para que decidieran por sí. Pasó como una ráfaga por su memoria la imagen de Ronald, que había marchado del hospital ocho días antes. «No te apures: hablaré con mis amigos y te rescataré de aquí. Quiero que seas mi compañera para siempre».

Pero ¿dónde sería capaz de encontrar ya nunca al inglés de la barbilla rojiza? Le parecía que habían pasado años desde que salió del hospital. Nada hace tan largas las distancias entre un tiempo u otro como el fragor de una batalla. Era como si esta que se estaba desarrollando hubiera empezado meses, años atrás. La incertidumbre volvía a cernirse sobre todos ellos. Blanca estaba rogando que aquello acabara de una vez; suplicaba que le apartaran ya la imagen de los tiros, el espectro de los heridos, la fogata de las explosiones. En breve tiempo había quedado saturada de ellas, desde los lejanos días de Villaviciosa de Odón, pasando por Teruel y su asedio. Recordaba con espanto su propia odisea, mientras alrededor estallaban una y otra vez los proyectiles; y hundía la cara en las palmas de sus manos con un estremecimiento total.

Poco a poco les pareció que el ruido de las explosiones se iba alejando otra vez, al tiempo que las bombas estallaban a intervalos más largos. Más tarde creyeron oír voces en la explanada y el ruido de unos pasos de hombre por el jardín. Después se oyeron unos gritos, unos vivas estentóreos. Los enfermos y los heridos tenían la cara todavía más lívida por el espanto. Pero ¿qué podía temer ella? Al contrario, esos que entraban eran sus liberadores y con ellos empezaría a vivir de nuevo en paz.

El fragor de las bombas se iba alejando. Decidió salir de su escondrijo de una vez.

Al primero que encontró en el jardín fue a un legionario de cara hosca: llevaba el fusil cogido con una sola mano y apoyaba el cañón en la espalda de uno de los prisioneros; tenía las patillas cortadas en forma de hacha, tan largas que casi le llegaban al mentón. Con voz ronca chillaba a los demás que siguieran adelante e intercalaba en su grito algunas blasfemias muy elocuentes. Cuando vio a Blanca se paró un momento.

—¿Dónde hay más hombres? ¡Di, enfermera!

Blanca titubeó unos momentos; pero optó por decir:

—Ahí en el depósito hay algunos, pero son enfermos y heridos.

—Que vayan al interior del hospital. ¿Me has oído?

Pero Blanca siguió al grupo que se introducía en las salas.

Había allí un oficial, pistola en mano, que hacía que se alinearan los prisioneros. Se fijó en Blanca.

—¿Cuántas enfermeras erais?

—Éramos doce.

—¿Cuántas habéis quedado?

—No lo sé. Aproximadamente la mitad.

—Reúnelas a todas y poned otra vez en orden a los heridos. El hospital no ha sufrido con las bombas. De modo que adelante…

Su voz quedó ofuscada por la explosión de un obús un poco más allá del hospital. Debía de haber estallado en las afueras de la ciudad, pero el ruido de la explosión era muy fuerte. Blanca hizo lo que el oficial acababa de ordenarle. Fue recorriendo las salas y reuniendo a las enfermeras disponibles.

Vio como los enfermos y heridos eran a su vez acumulados en la entrada del centro sanitario. Unos doctores con uniforme militar estaban investigando cada caso. A unos se los enviaba de nuevo a las salas del hospital; a otros se les tenía de pie, en grupo, a la expectativa. Pronto serían dispuestos en cuerda y enviados como prisioneros a algún punto del interior. Muchos de ellos no hablaban español y no entendían lo que les preguntaban.

Entre tanto, los tiros se oían silbar todavía al exterior del edificio, junto con algunas explosiones de obuses. Pero la batalla empezaba a alejarse del recinto, que apenas había sufrido daño con los disparos; todos los hombres que acababan de entrar parecían no pensar ya en ella. Como encargada de las seis enfermeras, Blanca se presentó al militar.

—De un momento a otro llegarán los servicios de «Frentes y Hospitales» y los de Sanidad. Entre tanto, atended a los heridos como siempre. Poneos en contacto con los sanitarios y buscad sitio para los que vengan nuevos. ¿Y adónde fueron los evacuados?

—Creo que los llevaban a Tarragona, pero no sé si habrán podido llegar. Algunos heridos estaban muy mal.

—Hemos cogido algunos en una ermita que hay a ocho kilómetros de aquí: la llaman San Julián del Cerro. Los están trayendo.

En efecto, antes de medianoche eran reingresados varios de los que habían huido a media mañana: Ulrich Talsberg, el alemán; Paul, Simon, Charles y Jacques, los franceses; Arnaldo y Orazio, los italianos. Con ellos venían algunos más. Llegaron echados en la caja de un camión, medio derrengados por el viaje, la falta de asistencia y la angustia. Fueron revisados por el equipo médico y vueltos a ingresar en las salas.

De pronto Blanca se quedó atónita, conteniendo el aliento y a punto de sufrir un desmayo. Acababa de acercársele un jovenzuelo, de mirada despierta y agresiva, que le preguntó si era la enfermera de Teruel, Blanca de nombre. Llevaba un alzacuello como el de los clérigos, pero tenía la piel curtida y morena de los que han estado larga temporada a la intemperie. Apretó su mano fuertemente, como con deseo de asirla y llevársela.

—Me ha hablado de ti Máximo, tu guardián —le susurró—. No temas, chica. Yo no soy de su cuerda. Yo era seminarista, ¿sabes? Lo que pasa es que las cosas se me han torcido.

La miraba sin cesar con unos ojos sedientos, que parecían ascuas en mitad de su piel rubicunda.

—Si no dices nada a nadie podré ayudarte, hazme caso. Tampoco esta gente es de fiar.

Ella jadeó a la sola idea de volver a encontrarse con el de Teruel. Decidió hablar con el oficial que acababa de entrar.

—Mi capitán, yo fui hecha prisionera en Teruel. Luego quisieron llevarme presa a Barcelona; pero antes de llegar conseguí escapar de la caravana y emboscarme en este hospital. Necesito que me traslade de nuevo al interior, donde estaba.

—Calma, señorita —hablaba un capitán de artillería muy comedido, que llevaba en la bocamanga el distintivo de haber sido herido cuatro veces—. ¿Es que teme usted algo? ¿Le han hecho algún daño?

Blanca no se atrevió a confesar toda su desgracia. Pero empezó a descubrir su secreto.

—Había un miliciano, un tal Máximo, que quiso forzarme y… desde entonces estoy viviendo en pleno sobresalto.

—No tiene por qué sufrir más. A las tropas que hemos llegado, usted las conoce. Somos gente decente. Aquí no le puede pasar ningún mal —dijo el otro, como si tomara a broma lo que ella acababa de decir—. Ea, vamos al trabajo. Quédese conmigo, en mi oficina, si usted quiere. Ayude a los oficiales de información a hacer la que deben en este hospital. Dígame: ¿cuánta gente era?

—Entre pacientes y servicios, unos ciento veinte. La mayoría de aquellos pertenecían a las Brigadas Internacionales.

—Veo que estaba aquí un tal, un tal Ronald Howes… —comentó, echando la vista a unos papeles.

—Sí, creo que sí —repuso Blanca enrojeciendo. Pensaba que si alguna de sus compañeras delataba la relación que ella había tenido con el inglés, o el oficial había sido informado de ella, sus protestas de lealtad y todo cuanto aparentaba podía ser puesto en entredicho.

—¿Qué tipo de hombre era?

—¿Qué quiere decir?

—Si hablaba con la gente, si se interesaba por las cosas que ocurrían, en fin, de qué sujeto se trataba…

—No hablaba mucho. Siempre estaba leyendo.

—Es un tipo de cuidado —comentó el oficial, como si le conociera.

Blanca, que durante todo el diálogo había sentido que se le aceleraba el pulso, para evitar que la conversación se prolongara pretextó algo que hacer en la sala quirúrgica y salió hacia allá.

Empezó a pensar cómo habría dado con ella el seminarista; dónde podía haber hablado de ella con Máximo y si este se hallaría cerca o lejos del hospital de Tarne. Había creído que nunca más oiría hablar de él, pero se había equivocado.

El seminarista recordaba por su cuenta aquel episodio.

Estaban discutiendo en la ermita de San Julián del Cerro si enviar alguien a Tarne, para enterarse de lo que había ocurrido en la ciudad. Los propios heridos daban nombres de las personas que en el hospital podrían ayudar, no solo para informar de la situación, sino eventualmente para entregar algunos medicamentos y hasta un poco de comida. Uno de los heridos, un francés llamado Jean Leonard, citó el nombre de Blanca.

—¿Blanca? ¿Blanca has dicho? —inquirió el seminarista.

—Sí. La amiga de Ronald Howes, el inglés de la barba roja.

En los días siguientes, Máximo fue madurando su plan. Se trataba de interesar a sus compañeros en el rescate de la enfermera. Para Crisóstomo y su camarada no había problema. La curiosidad, la vertiente erótica del asunto, el espíritu de aventura garantizaban por sí mismos la adhesión de los seminaristas a cualquier proyecto de apoderarse de la mujer. Eran los otros, los extranjeros, los italianos y también el francés y un compañero suyo yugoslavo, llamado Stefan Milik, que querían juntarse al grupo, los que presentaban alguna dificultad. Pero Máximo logró interesarlos en el rapto.

—O mucho me equivoco, o esa tipa debe de ser alguien muy importante entre los fascistas. Cuando estuvo en Teruel la visitaba un tío suyo que era pariente de un general o algo así; eso me lo contaron en el hospital de donde la saqué. Esa mujer tiene buen precio. Si conseguimos raptarla conseguiremos con ella ganar mucho dinero, o bien obtener buena compensación.

Los dos comunistas recién incorporados aguzaron el oído.

—Si hay que raptarla, mejor será que probemos antes si ella es capaz de venir por las buenas.

—¿Por las buenas? ¿Tú crees que ella vendría por las buenas?

—Es posible. Le haremos creer que la llama desde aquí el inglés; en una palabra, que está con nosotros y que quiere verla.

—¿Qué tiene que ver el inglés con ella?

—Estaban todo el día dándose la lengua, que yo les he visto. Y hasta oír una noche cómo él le prometía que vendría a buscarla antes que acabara la guerra. Ella le escuchaba encantada.

—¡Si será p…! —se lamentó Máximo lanzando un escupitajo—. No se hable más. ¿Quién irá a convencerla?

—Yo mismo —se ofreció Crisóstomo.

Entre tanto, la vida del hospital se fue organizando bajo el nuevo mando. También fue renaciendo la vida en la pequeña ciudad. El frente quedó alejado de su contorno y los antiguos resortes de la vida social fueron animándose bajo el mando nacionalista.

A los pocos días de pacificada la zona fue nombrado alcalde de Tarne don Remigio Núñez, el que había estado en el monte con don Nicanor, el cual tomó posesión a su vez de la iglesia local. Ambas personas se resarcían de sus días de exilio y de intemperie con la organización de diversos actos patrióticos. El primer acto que organizaron fue un solemne tedeum en la iglesia, con homilía pronunciada por el monseñor, que puso de manifiesto en ella una gama de sus mejores recursos oratorios.

—Las huestes del Maligno, que entenebrecieron los días de esta muy ilustre y leal ciudad, no han salido aún del perímetro de Tarne. No basta con haber sacudido a la villa del yugo de los rojos; no basta con haber apagado la hoguera. Ahora hay que aventar las cenizas, para que no quede rescoldo humeante de la perversidad. Las almas puras de las doncellas, el espíritu candoroso de los jovenzuelos, han de ser levadura de caridad y de bien, para que nunca más pueda volver a prender la semilla del mal. Venid, acercaos al Sagrado Altar, almas sencillas, arrodillaos ante el Sagrado Misterio y expresad con vuestra devoción el santo anhelo que anida en vuestros corazones. Orad por vuestros hermanos, héroes de la sacrosanta España, que derraman su sangre con el mismo impulso que tuvieron las figuras legendarias de un don Juan de Austria, de un Hernán Cortés, de esa raza de conquistadores y de guerreros que otrora llevaron el mensaje de la Cruz a los cinco continentes…

Una onda de emoción sacudía el pecho del auditorio en pleno cuando el cura, ascendido a fuerza viva, rememoraba los días adversos de la estancia en el monte.

—Allí, a merced de las fuerzas ciegas de la naturaleza, sin un techo bajo el que cobijarse, sin más colchón que el duro suelo donde durmiera el pueblo de Israel en su éxodo hacia Egipto, pasamos los días y las noches de nuestro castigo, muchas veces sin un mendrugo que llevarnos a la boca y sujetos a todas las plagas del Apocalipsis. Dios ha querido, en Su infinita misericordia, que sobreviviéramos a semejante prueba. Dios fue misericordioso para muchos de nosotros, y particularmente para el señor alcalde y la humilde Reverencia que os habla. Dios quiso demostrar de nuevo, a través de nuestra persona, que las fuerzas del infierno no prevalecerán. Y no prevalecieron, antes bien, tuvieron que huir espantadas por el arrojo de nuestros bravos soldados nacionales, que entraron en Tarne llevando desplegada la bandera de la tradición, que es la bandera de Cristo Rey.

A don Nicanor los chiquillos del pueblo le llamaban San Cristobalón, y por su enorme corpulencia a veces coreaban a su paso una canción popular que decía:

San Cristobalón,

patazas, manazas,

cara de c…

En estas ocasiones don Nicanor se enfurecía y empezaba a dar voces contra los chiquillos, a cuyo «espíritu candoroso» ya no volvería a aludir en sus homilías.

Con su nariz prominente y sebosa, su calva reluciente en mitad de los mustios pelos que tenía a cada lado, y que con la liberación había vuelto a teñir, y su voz potente y gangosa, atronaba el aire de anatemas contra todos aquellos que se negaran a la labor redentora. Su furia se desataba, sobre todo, contra don Eugenio y don Miguel, los diputados de Izquierda Republicana nacidos en Tarne, librepensadores y masones. Ambos señores habían huido hacía tiempo, pero la memoria del clérigo era muy viva.

—Dios ha de pedir cuentas a los que, por ambición o por ignorancia, hicieron posible la hecatombe. Dios los sumirá en el mayor de los castigos, siempre que ellos se resistan a hacer, a su tiempo, abjuración de los errores que han cometido. No hay quien pueda huir de la vara justiciera de Dios. Ella se abatirá contra los autores de los pecados y en especial del pecado de escándalo.

De pronto corrió por la localidad la noticia de que en el monte seguía viviendo una partida de desertores que tenían amedrentadas las casas de labor de la comarca. Don Nicanor fue a ver al capitán y se puso a sus órdenes para efectuar una batida en terreno que conocía tan bien.

—Si son los que pienso, yo puedo desarmarlos. A menudo se obtienen más beneficios de una buena elocuencia que del uso de la fuerza. Autoríceme a subir al monte con un piquete de soldados, que conmigo no se verán en trance de usar las armas.

El capitán le autorizó a acompañar a los soldados. Él mismo iría al mando de un pequeño pelotón. Don Nicanor podía sumarse a la descubierta.

Pero la partida hizo el viaje en balde. Después de recorrer una buena porción de la montaña no consiguieron dar con los desertores, a pesar de que el arcipreste los llevó a los lugares en que había pasado su exilio montaraz. En ninguno de aquellos sitios se descubrió rastro de la partida de vagabundos. A la vuelta entraron en la ermita de San Julián del Cerro; penetraron en las ruinas de la iglesia y en el cementerio sin encontrar huella del clan.

Lo que ocurría era que Máximo, informado de la presencia de Blanca en Tarne, había abandonado sus antiguos cuarteles para acercarse a Tarne sin que nadie se diera cuenta. Su grupo había sido aumentado con la presencia de los dos nuevos elementos: el croata Stefan Milik y el francés Jean Leonard. Todos ellos habían urdido entrar al atardecer en Tarne, dar con Blanca en el hospital y llevarla consigo a lomos de un caballo que los nuevos elementos habían aportado a la comunidad. En aquel caballo la trasladarían a un paso abrupto de difícil acceso, en mitad del Maestrazgo, al que había decidido ir a parar.

Estaban refugiados en una casa de campo en la meseta que dominaba Tarne, junto al bosque. La familia que habitaba la masía había huido, y no quedaba en ella más que un solo hombre, un anciano que no había querido moverse y que los dejó dormir en el pajar a cambio de que fueran a cazar de vez en cuando alguna pieza o que le trajeran del río alguna carpa que llevar a la sartén. El viejo se llamaba Anselmo.

Stefan y Jean salieron una tarde con el caballo. Llevaban en el bolsillo cada uno su pistola, que no mostrarían a nadie. Al llegar al hospital se metieron en la sala en que estaba Blanca. Esta no tardó en llegar. La llevaron a un lado y le dieron un supuesto recado de Ronald.

Ella pareció titubear. Estaba demasiado tranquila entonces para jugar con su situación de un modo tan elemental. Primero quiso saber qué era lo que Ronald quería de ella.

—Ha vuelto exclusivamente para verte —le dijo el francés en su idioma—. Todo lo tiene en regla para llevarte consigo.

Blanca los miró a la cara. Pareció adivinar la falsedad de su treta o no quiso caer en ella. Les dijo:

—Decid a Ronald que no puedo ir con él. Que le deseo mucha suerte, pero que vuelva con los suyos. Su camino y el mío no pueden encontrarse.

Cuando los dos emisarios regresaron a la masía y expusieron a Máximo el resultado de su gestión, este pareció fuera de quicio.

—Perra maldita, mala p… Que no es este su camino… Ya verá qué camino la hago yo seguir…

Aquella noche, a lomos del caballo, llegó Máximo hasta el hospital. Iba amparándose en los muros de las casas con extremado sigilo. Entró en la sede hospitalaria saltando por la verja al jardín. Quedó pegado a los muros de la tapia hasta que vio que se iban apagando las luces de las distintas salas. No quedaron más que unas cuantas velas, una en cada uno de los departamentos. Miraba por la ventana de uno de ellos y de pronto vio a Blanca, que andaba por la sala y se acercaba a una de las camas, con una jeringa de inyectables en la mano. Luego, la enfermera salió de la sala.

Pasó gran parte de la noche adosado a la pared, con la mirada fija en el interior de aquella sala. Antes que se hiciera de día, Máximo saltó por la ventana al interior. Los heridos dormían cada uno en su cama. Se trasladó sin hacer ruido hacia el centro del edificio. Al abrir la puerta del vestíbulo vio a una enfermera muy joven que estaba leyendo un libro a la luz de una pequeña lamparita, en una mesa cercana a la puerta de entrada.

De pronto, al otro extremo del vestíbulo vio una puertecilla que se abría y por ella entró Blanca, que se aproximó a la enfermera de la mesilla. Empezaron a hablar en voz baja.

Era su momento. Saltó de su escondrijo y se abalanzó sobre la joven enfermera, a la que dio un golpe en la cabeza con la culata de su revólver. Cayó desvanecida, sin pronunciar palabra. Máximo vio ante sí la mirada entre asustada y sorprendida de Blanca. Al mismo tiempo le tapó la boca para que no pudiera chillar. Forcejeaba con ella. Sacó de su bolsillo un largo pañuelo, pero no conseguía cubrir sus dientes. Blanca le mordía en la mano.

Al sentir el olor inconfundible de su cuerpo, pese al formol y a las drogas, pensó que ella había sido la que le había echado del vagón a la cuneta y que por ello no tenía derecho a vivir. Cruzó un instante por su cabeza la idea de matarla, pero al sentir la palpitación de su carne y el vigor excitante de su forcejeo decidió mantener su propósito y llevarla consigo. Empezó a golpearla en la frente, en la sien. Logró pasar el pañuelo alrededor de su boca y tapársela con todas sus fuerzas.

Pronto la tuvo totalmente amordazada, la derribó al suelo y, sentándose a horcajadas sobre su espalda, con un trozo de cuerda que llevaba en su bolsillo le ató las manos por detrás. Ella forcejeaba y lanzaba quejidos y gritos que quedaban ahogados por la presión de aquella especie de bozal que atenazaba su boca. No obstante, el tumulto que se había originado en la lucha debió de haber desvelado a alguno de los enfermeros, porque uno de ellos abrió la puerta por la que Blanca había entrado. Quedó estupefacto al ver a Blanca en aquella situación y, después de una indecisión, se acercó a Máximo dispuesto a luchar. Parecía un simio que se dispusiera a atacar, metido en la bata blanca de enfermero.

Pero Máximo, sin decir palabra, había sacado de su bolsillo la navaja y la manejaba de cara a él. Se le vio dar un golpe veloz, de abajo arriba, y al enfermero hacer un gesto de dolor, contraerse y llevar sus brazos junto al vientre, para protegerlo. La bata empezó a teñirse de sangre y el enfermero dio un tumbo y cayó ovillado sobre las multicolores baldosas del suelo.

Blanca se debatía horrorizada; pero entonces, al ver la sangre, no resistió más, se dejó conducir; avanzaba con un paso indolente, dando traspiés, hacia el exterior del hospital. Máximo la iba empujando, mientras con el cañón de la pistola le daba golpes en la espalda para que avanzara.

El caballo estaba atado a un poste de conducción eléctrica, justo a la entrada del hospital. Máximo puso a Blanca doblada sobre la silla y trepó hasta ella desde el estribo. Luego obligó a Blanca a que se sentara, las dos piernas a un lado, y aguijoneó al potro con los talones, que golpeaban sus ijares. El caballo empezó a galopar.

Cuando salieron del pueblo el horizonte empezaba a clarear con luz lechosa. Los bultos del camino empezaban a cobrar una rotundidad majestuosa. Se advertía el macizo de jaras y de brezos que coronaba la planicie, la extensión de la comarca puntillada de jaramagos y zarzales y el punto oscuro de algún árbol solitario, que emergía de la noche con los reflejos de plata de la escarcha y la humedad.

Al fondo se hallaba el rincón en que estaba la masía de Anselmo. Máximo sentía el cuerpo firme de la mujer en su tórax y lo apretaba contra sí con una fricción que era como una venganza. Sentía sobre su epidermis el roce benigno que hacían los cabellos de ella y mordió un mechón que bailaba en su nuca frente a sí. El caballo trotaba por la campiña, casi oscura y solitaria.

Descabalgaron a la puerta de entrada de la masía. Los otros estaban durmiendo en el porche. Cuando llegaron, Enzo, el italiano, abrió los ojos.

Porca miseria… É venuta con lei…

Los otros fueron despertando, conjurados por estas exclamaciones. Se fueron acercando a Blanca. La miraban como se mira a un fenómeno sobrenatural, a una especie de diosa. El más asombrado era Crisóstomo. Su cutis, quizá por el cierzo mañanero, se había aureolado y presentaba un tinte carmín muy vivo, que le daba un aspecto de bebé. Quiso llevar la mano a la mejilla de la enfermera cuando Máximo le quitaba el pañuelo que cubría su boca.

—Alto ahí —conminó el anarquista, al tiempo que daba al seminarista un bofetón que le hizo tambalearse—. Eso se mira, pero no se toca. Al que intente rozarla…

—¿Qué? —preguntó bravucón el croata Milik desde el otro lado.

—Esto —indicó Máximo, abriendo de golpe la hoja de su navaja, que centelleó un instante a la luz del crepúsculo, ya del todo viva.

Blanca se mantenía erguida, con las manos atadas a la espalda. Le había pasado ya el miedo, la zozobra que sentía en el hospital desde que se enteró de que Máximo la rondaba de nuevo. Le tenía enfrente y ya no le daba miedo. El hombre se le acercó con paso hosco.

—Conque ¡ya lo ves! El mundo es pequeño. El mundo es como un pañuelo. ¡Quién te había de decir que volveríamos a encontrarnos! ¿No es así?

La miraba mientras daba una vuelta lentamente alrededor de su cuerpo, como un escultor que contempla su obra.

—Pero esta vez no me confiaré. Esta vez te tendré atada hasta que se te rompan los huesos. ¿Lo entiendes? ¿Lo entiendes bien, guapa?

Y acercaba su rostro al de la enfermera, que le miraba a los ojos sin cejar.

En un momento determinado Blanca escupió fuertemente contra la cara de él. El salivazo se derramó por mejillas y barba y pendió de sus labios amarillentos, que olían a tabaco y a hojarasca.

Le dio un guantazo y el cuerpo de la enfermera fue a parar al suelo. Pero luego Máximo se echó a reír. Todos le corearon; pronto las risas atronaron la mañana que nacía, fueron como un manantial que no se puede contener. Al cabo de un rato, Máximo cortó en seco aquellas explosiones.

—Basta, amigos. Para traerla, en el hospital he tenido que pinchar a uno. No creo que palme; por algo está en un hospital. Lo que tenemos que hacer es poner punto y aparte, ¿entendido? Hay que ahuecar el ala, marchar cuanto antes. Yo me voy ahora mismo con ella y vosotros, cada uno a su aire, vais acercándoos. Me llevo el caballo.

—Alto ahí —interrumpió Stefan—. El caballo es mío. Y soy yo quien dispone lo que se vaya a hacer con él.

Todos le observaron. Máximo le miraba con encono.

—Y he aquí lo que va a hacerse con el caballo. Que sirva solo para la señorita. A ver si aprendes modales de una vez. Todos volvieron a reír.

—Vamos, pues. ¿En marcha?

—En marcha, andando.

Y uno tras otro, en fila india, empezaron a andar por los riscos, camino del Alto Maestrazgo.