II

—¿DÓNDE ESTÁ MI MADRE? —preguntó Carlos Rius en la Conserjería.

El conserje le señaló el hall.

—Debe de estar allí, señor. Esta mañana no ha salido de casa. Y en la habitación no contesta.

Había muchedumbre de personas para las cuales el hotel María Cristina de San Sebastián era «la casa». Una de esas personas era Cristina Rius. Se había instalado allí en enero de 1937, poco después de liberada la ciudad. Allí transcurrían, entre postulaciones benéficas, chismes de retaguardia, soflamas patrióticas y partidas de bridge, los duros días de la guerra.

Carlos Rius se dirigió al llamado hall. En realidad este no era un salón peculiar, sino un ancho pasadizo entre columnatas jónicas que doblaba en semicírculo por la fachada posterior del edificio. A lo largo del pasadizo, como en los departamentos de un pullman monumental, se iban sucediendo tresillos, canapés, sofás y tumbonas. Cada grupo de estos cómodos segmentos de la decoración se llenaba de los conspicuos del hotel y de sus amistades. Era aquel un mentidero multitudinario, desde media mañana hasta medianoche. Había un continuo trasiego de gente que pululaba en uno u otro grupo, principalmente alrededor de alguna figura de militar que estuviera de permiso o de los gerifaltes que entraban o salían por la frontera de Francia con misiones específicas.

Crista Rius —como entonces la llamaban, o se hacía llamar, para subrayar así su condición de refugiada y nimbarse con la aureola del éxodo— tal vez no fuera un elemento importante en las conversaciones graves del momento, pero era una figura indispensable en cualquier ocasión. Estaba metida en «Frentes y Hospitales», era del patronato local de la Cruz Roja y acababa de ser propuesta para el ingreso en la Cofradía de la Virgen de Aránzazu, a cuyo cargo correspondía una intensa actividad benéfico-social. En cuanto su ingreso quedara cumplimentado, se proponía organizar una función de gala en el Teatro Principal, con espectáculo de «Coros y Danzas» de la Sección Femenina y charla de García Sanchiz, que engrosaría sustantivamente los fondos locales de «Frentes y Hospitales».

Esta situación preeminente se la había facilitado a Crista Rius el coronel Oscar Andrade, del Cuerpo Jurídico Militar, persona influyente, muy bien vista en Burgos y admirador respetuoso de la Crista renaciente que, como nueva ave fénix, había surgido rutilante de las cenizas de la revolución barcelonesa. En efecto, esta revolución le había venido a ella al pelo. Le habían permitido en un santiamén rehacerse moralmente, volver a emprender la senda de la virtud y del decoro, que llevaba un tiempo algo extraviada, y adquirir, cuando ya estaba a punto de perderla, noción de su dignidad y de sus deberes para con la patria y con los demás.

Incluso la posición más que equívoca de Desiderio Rius, su marido, había venido a favorecerla. Desiderio no se había movido de París. Las noticias que de él le llegaban eran contradictorias. Sabía que unos le tachaban de rojo, seguramente basándose en sus amistades republicanas y catalanistas. «¿Rojo él? —se decía Crista—. Quizá sea un poco de color de rosa, qué sé yo… Pero rojo, rojo, nunca…». Sabía que vivía en un ático de la rive gauche, como un bohemio. Hasta le habían dicho que pintaba. Se atrevió a hablar de ello a Oscar Andrade, una tarde en que estaban solos en el hall. «Deja a tu marido, Crista, déjale que viva su vida. No te haría ningún favor un contacto con él en estos momentos. Ha firmado un manifiesto antifascista con Picasso y otros. Comprendo tus sentimientos, pero no quieras ser abnegada con él. Lo importante es que tu hijo, lo tienes ya a tu lado. ¿No es así?».

Y así era. Lo curioso es que Carlos estaba a su lado precisamente por consejo de su padre. El propio Carlos se lo había contado a su madre al llegar. Al saber que su padre estaba en París, Carlos Rius se marchó de Suiza con el ánimo de regresar a Barcelona y hacer algo por su abuelo, del que no tenía noticias. Pero Desiderio lo disuadió. «Sobre todo, te lo suplico, no vayas a Barcelona. A pesar de lo que dicen los diarios, aquello es una olla de grillos. Vete con tu madre a San Sebastián. Ella te ayudará a que no te pase nada. De tu abuelo me ocuparé yo desde aquí».

En efecto, ¿qué más podía pedirle Crista Rius a la realidad —a una realidad sangrante, trágica, pero que le resbalaba por encima de la piel— que la situación en que se encontraba? Que cada cual viviera a su manera, capeara el temporal como pudiese y sacara de las circunstancias el mejor provecho posible.

Una sola cosa provocaba en ella de vez en cuando una desazón, la mortificaba con una punzada aviesa. Cuando pensaba en su madre, sentía que algo parecido a los remordimientos la atosigaba y torturaba. Doña Evelina había permanecido en Barcelona, a sus años —setenta, ochenta, noventa, ciento, ¿quién podía saberlo?—, sin querer abandonar su piso del paseo de Gracia. Pero Crista se sacudía la inquietud, se tranquilizaba, sin querer ahondar demasiado en las cosas, con la siguiente excusa: «Yo le propuse que viniera y no quiso. Por otro lado, allí está Rita. Está con ella para cuidarla. Y Rita lo salvará todo».

Carlos Rius se dirigió al hall. Era un mocetón alto y espigado; sus ojos negros parecían asombrarse en un rostro juvenil, lampiño, de facciones claras, bien diseñadas. Llevaba en la cabeza su boina roja de requeté, inclinada sobre una frente noble y alta. Iba enfundado en el uniforme de cuero de los enlaces motoristas.

Al llegar de Francia, su madre, por consejo de Oscar Andrade, le había comprado una Harley y le había hecho ingresar sin dificultad en el Cuerpo. Cruzaba las calles de San Sebastián, del Estado Mayor al cuartel o a Capitanía, como un centauro hecho una sola pieza con la máquina. Cuando doblaba una esquina, inclinándose sobre el asfalto, las muchachas se volvían a mirarle.

Acababa de terminar en Suiza la ampliación de estudios textiles y el cursillo de prácticas cuando sobrevino la revolución. Esperó unos días hasta ver qué pasaba. Nunca, empero, pudo llegar a sospechar que aquello se prolongaría hasta convertirse en una guerra. Un día, a mediados de agosto, recibió un cable de su padre desde París. Su padre había podido salir de España y quería hablarle. Preparó su traslado a Francia y se presentó en el Hotel Lutetia, donde Desiderio le había indicado que iba a vivir.

—Esto va a durar más de lo que sospechamos —le dijo su padre, al que encontró más viejo, con el pelo entrecano, con más arrugas en los pómulos, que sombreaban ligeramente sus negros ojos—. El Gobierno ha tenido que valerse de los sindicalistas y ahora no los puede dominar. Estuvo en un tris que también a mí me cortaran el cuello. Aquello es una algarabía, un desmán. Es inútil que pienses en que puedes ir allí.

Advertía en su padre desgana, desapego por todo lo que ocurría. La cuestión de España no tenía remedio.

—Somos un país de cafres, una cabila, ¿no lo ves?

—¿Y el abuelo?

—He dejado al abuelo bien, dentro de lo que cabe. Josefina estaba con él. Vivían en casa de tu abuela.

Durante unos días, Carlos Rius se quedó a vivir con su padre en el hotel. No se veían más que por la mañana, en que Carlos entraba en la habitación de Desiderio. Sobre la mesilla había invariablemente una botella de whisky medio vacía. A veces, cuando llamaba, su padre no había despertado aún. Entonces Carlos Rius salía a dar una vuelta por las calles de París. Se admiraba de que aquella muchedumbre viviera ajena a la lucha que estaba ocurriendo un poco más allá, casi a la vuelta de la esquina. Las muchachas esbeltas modulaban con su paso por las aceras la eterna canción de la vida. Las terrazas de los cafés estaban llenas de un público abigarrado e indiferente, que parecía madurar como el fruto de un árbol en la atmósfera del templado septiembre. Los voceadores de los diarios gritaban la voz de la actualidad. España aparecía en las primeras páginas. A juzgar por lo que leía, la situación no tardaría en quedar normalizada; parecía que el Gobierno llevaba tensas las riendas del mando. Pero se advertía que algo no funcionaba según estos esquemas. Franco avanzaba por Extremadura. En el Norte, las tropas de Mola amenazaban con llegar a la frontera. En el centro, los fascistas habían detenido a los republicanos en la sierra de Guadarrama. Algo estaba indeciso y, por mucho que los acontecimientos se adelantaran, seguramente no sería posible volver a casa antes (le Navidad.

Un día leyó asombrado la toma de Irún por los nacionales. 1 a frontera con Francia, por el Oeste, estaba abierta a los sublevados.

—No obstante —dijo su padre en pijama y desde la cama, donde estaba desayunándose, con Le Temps desplegado frente a él—, no hay que hacer caso de estas victorias ocasionales. Ayer estuve con Martí Alfaro, que es un hombre de la Generalitat y ha venido aquí a comprar armas. La ayuda del Gobierno francés es absoluta. No dejarán que Franco gane. Tenemos que llegar a la conclusión de que esto no es una sublevación, sino una guerra, una guerra civil muy complicada. Probablemente será larga; tan larga como tarde el Gobierno en adueñarse otra vez del poder y en poner las cosas en su sitio.

Las tropas del Sur habían ido escalando el mapa y, sin que nadie lo presumiera, acababan de liberar a Toledo. En el Alcázar encontraron una partida de heroicos supervivientes, que salieron de las ruinas como fantasmas.

—Desde luego hay que reconocer que solo los españoles son capaces de hacer esto —transigió Desiderio.

El otoño parisiense desembocaba en el invierno con rachas de viento helado. Carlos Rius se aburría en París. Su padre salía del hotel después del mediodía y ya no volvían a verse hasta el día siguiente. A veces Carlos le descubría en el hall en compañía de otros hombres, la mayoría de ellos españoles. Alguna vez estaba con él una mujer francesa; era una rubia ondulada y postiza de unos cuarenta años, que hablaba y pontificaba como un hombre. También su atuendo tenía algo de masculino. El primer día se la presentó.

—Esta es Ivette, una buena amiga.

La mujer le miró con unos ojos grandes, azules, casi metálicos.

Ah, c'est un beau garçon… —comentó.

Pero Carlos se aburría. Quería decidir su futuro, tomar una determinación. Le abrumaba el sentimiento de estar desarraigado, de no saber nada de su madre ni de su abuelo Se lo dijo a Desiderio.

Era una de las pocas noches que este se había quedado en el hotel. Estaba bebiendo whisky en el hall. Desiderio le miró con ojos distraídos, ausentes.

—¡Bah, no te preocupes por ellos! En estos tiempos, cada cual debe arreglarse a su modo.

Carlos observó a su padre. Estaba ligeramente ebrio.

—Papá —le preguntó—, ¿por qué bebes tanto?

Desiderio entornó entonces los ojos y le miró fijamente.

—¿Por qué? —contestó—. Te lo diré: hay gente que se droga, hay gente que va a misa, hay gente que tiene una fulana, hay gente que se pega un tiro. Yo bebo. ¿Te parece mal?

Carlos no contestó. Hubo un largo silencio. Desiderio prosiguió:

—Si yo no bebiera, ya estaría muerto. Estaría muerto de tristeza, muerto de hastío o de aburrimiento. ¿No te aburres tú, que eres joven? No te preocupes por mí. A mí no me necesita nadie.

—Padre, no es cierto. Te necesita mamá. Te necesita el abuelo. No hay nadie que no sea necesario.

—¡Ah, tu madre…! Te aseguro que ella no me necesita. Vive para sí misma, vive a su modo. Es como una planta, un cacto hermoso. No necesita que lo rieguen. Pero pincha.

Carlos se sonrojó un instante. Desiderio lo advirtió.

—No me hagas caso, Carlos; estoy bebido.

Su madre estaba al extremo del hall, en compañía de otras señoras. Una de ellas era Olga Campa, alavesa de buen ver, a cuya iniciativa se debía, según la voz popular, la reciente implantación en toda la zona nacional del «plato único» un día por semana. Naturalmente, dicho plato era único solamente en lo relativo al continente, no al contenido. Ni las Pocholas de Pamplona, ni la Nicolasa, ni ninguna de las innumerables fondas y tascas del mapa nacional, de Cádiz o La Coruña, habían disminuido la ración. Habían limitado, sencillamente, la vajilla.

Crista, madre de Carlos Rius, tenía aún una bella figura, más bella y atrayente si cabe que años atrás. Era como si la guerra hubiera pasado sobre sus aristas un cepillo suave. El seno era punzante y sugestivo, marcado sobre una cintura flexible y ágil, que había perdido en gravidez y daba a toda la línea un aplomo seguro. Su tez era blanca, luminosa, y en ella fulgían como (los alegres faros un par de ojos deslumbrantes, marcados por el rimmel. Las manos, largas, coronadas por unas hermosas uñas en punta, de color violáceo, sostenían en aquel momento un largo cigarrillo americano.

Carlos se acercó y le dio un beso en la mejilla. Saludó a sus acompañantes.

—Fifí ha preguntado por ti, cariño. ¿No la has visto? «¿Quién es Fifí?», se preguntó a sí mismo, un instante, Carlos Rius. Pero se apresuró a contestar que no, que no la había visto.

—Quería que la acompañaras en moto a Zarauz para lo de la postulación del 23. Le encanta ir contigo.

Cayó entonces en quién era Fifí. La hija del vicepresidente de la Diputación donostiarra. Una criatura de veintitrés años más ardiente que un mediodía del trópico y a la que, cierto, le agradaba agarrarse detrás de él en la Harley y, a ser posible, pararse un rato a descansar en un claro del bosque.

—No sé si podré ir. He recibido una carta de Burgos en la que un amigo me cita allí. Tendré que salir en seguida, hoy mismo. —Pero… ¿y la oficina?

—Me han dado ocho días de permiso.

La forma tajante con que lo dijo sorprendió a Crista. En general, no toleraba que le llevaran la contraria. Pero, por respeto a las concurrentes, no objetó nada. Únicamente preguntó:

—¿Y de qué amigo se trata?

—Verás… es un chico de Barcelona. Recordarás a los Llobet, de la fábrica de papá. Es el hijo de Llobet, el que mataron.

La verdad es que Crista no recordaba que hubieran matado a nadie y apenas recordaba quién era ese Llobet.

—Bueno… ¿y para eso tienes que ir a Burgos? ¿No podría él venir aquí? Al fin y al cabo es… ¿cómo te diré yo? Ya me entiendes…

Carlos no contestó. Sabía lo que su madre quería significar con aquel «ya me entiendes». Con ello complicaba a todo aquel a quien conceptuara indigno de rozarse con ellos. «Si es un empleado —barruntaba Crista—; ni clase media siquiera».

—Me parece que no deberías dejarlo todo de pronto para ir a ver a ese Llobet, por mucho que los rojos hayan matado a su padre, que en paz descanse. Cada cosa en su lugar.

—Se acaba de pasar y trae una carta del abuelo.

—Que la envíe. Los correos funcionan.

—Quisiera hablar con él.

—Yo creo que lo que tiene el muchacho son ganas de airearse un poco —terció la del plato único con ánimos de quitarle plomo al asunto—. A su edad, la libertad es un don inestimable. ¿No habrá una faldita de por medio?

—¡Ca! Si Carlos no es faldero… Cree que me pareces un poco raro. Con lo ilusionada que estaba Fifí por ir a Zarauz. Dime, ¿y cuándo te irías?

—Después de comer.

Crista hizo una mueca de fastidio.

Carlos besó nuevamente a su madre y se despidió con unas frases triviales; pidió en la conserjería la llave de su habitación.

Hizo a trompicones un equipaje de circunstancias. Metió en una bolsa lo más indispensable y volvió a bajar. Pensaba salir en aquel mismo instante. Algo tomaría por el camino.

Pronto la Harley cruzó San Sebastián. Bordeó la Concha. Los tamarindos ponían en el paisaje grumos de esmeraldas y, al fondo, jadeaba el mar; un mar azul, reposado, que a veces salpicaba con sus olas la calzada, por la que sin embargo se aventuraban parejas de novios, algún badulaque de provincias o el abúlico guarda de jardines que, apoyado en su bastón, observaba el buen orden de la urbe. Más al centro, un grupo de amas de cría, enjaezadas como yeguas, paseaban ostentosos cochecitos en los que asomaba la cabecita rubia de un futuro conde o de un marqués, todavía ajena a la noción de su privilegio… Por el camino cruzaban coches oficiales y autobuses.

Pasó el túnel de Ondarreta, cuyo suelo viscoso le hizo aminorar la marcha, y se encontró de lleno en la carretera, libre de obstáculos y de cara al aire salino, que ponía en sus mejillas un arrebol de frío y humedad. Las crestas y los picos de las montañas parecía que se le vinieran encima. Arriba, en la cumbre, se veía de vez en cuando la silueta noble de una casuca, alrededor de la cual revoloteaban con vuelo pausado unos milicianos. Aquí y allí, sobre el verde campo, mullido como el terciopelo, pacían resignadamente docenas de vacas. Unas, extrañadas por el zumbido del motor, levantaban y volvían hacia él su testuz y le seguían mirando largo rato con unos ojos grandes.

Serían más de las dos cuando llegó a Vitoria. Se paró a tomar un par de bocadillos y un café en la plaza de la Virgen Blanca. Luego siguió su camino. El aire se había tornado gélido; subió las solapas de piel de su tabardo hasta las orejas y se cubrió la boca con el embozo del pasamontañas. Aún duraron crestas, curvas y barrancos; festoneó el lecho de un río, cuyo rumor de agua saltarina le acompañó un buen rato. Luego el paisaje se fue desliendo, de la curva y la altura hasta la recta y el llano. Los verdes se fueron convirtiendo en un panel de tierra parda, primero ocre, luego casi blanca, en la que se advertía la huella del arado y, en algún lugar, la caligrafía del rastrojo. De la tierra de pastos se entraba en el reino del cereal. Las casonas encaramadas eran solitarios bastiones en mitad de una inmensa llanada; del fondo, casi donde el muro gris de unos montes ponía cima al horizonte, llegaba como un lejanísimo eco el traqueteo de un tren, su agudo silbido, y se advertía una levísima humareda que avanzaba de una punta a otra del confín.

Llegó a Burgos cuando anochecía. Nunca había estado en la ciudad. Se le apareció como una mole de piedra inesperada, rotunda sobre el llano. Las solemnes agujas de la catedral resplandecían al ocaso. Parecían agudas lanzas esgrimidas contra el rojizo esplendor de unas nubes largas que dominaban toda la tierra, reflejando la luz del poniente. El atardecer había cobrado un tinte violáceo y transparente. Las gentes caminaban aprisa, ateridas por el frío. Carlos Rius entró en un café situado en el Espolón. La sala estaba llena a rebosar. Soldados, señoritas, oficiales, unos moros — que sorbían lentamente una taza de té—, algunos alemanes. En un instante tuvo Carlos la impresión de que ya estaba «mezclado» en la guerra. La algarabía era muy fuerte. La gente se movía de otro modo que en San Sebastián. Entraron unos oficiales de Regulares, con la roja gorra de plato en la cabeza. Uno de ellos iba herido, andaba con muletas y en su rostro había un tic nervioso, una especie de mueca extraña. Se fijó en su guerrera, que lucía la medalla militar individual. Unos soldados se levantaron de su mesa y le cedieron el sitio.

—Perdón, ¿no sabe usted de un sitio donde pasar la noche? —preguntó al camarero que le sirvió detrás del mostrador.

El camarero no le contestó. Iba sirviendo de un modo automático, como si fuera una máquina.

—¡Tres combinados!

—Oiga, por favor —intentó retenerle—. ¿Sabría usted de un sitio donde pasar la noche?

A su lado estaba un alférez de Infantería, que le miró un instante. Se tomaba una copa de ginebra sin chistar. De pronto entabló conversación con él.

—Ese va a lo suyo. Oiga, si quiere un sitio donde pasar la noche lo mejor es casa la Duendes, detrás de la catedral. Se le paga a la puta para que duerma en el suelo, si ella se aviene. Lo malo es que no todas se avienen.

—¿Qué decía? —preguntó entonces de pronto el camarero, que volvía a estar frente a él.

—Un sitio para pasar la noche —vociferó él entre el tumulto.

—Tome —y le entregó una tarjeta. «Eufrasia Hernández Lomas. Todo estar. Cama y desayuno. Precios módicos. Trato esmerado. Paseo del General Mola, 15, 3.°».

—¡Gracias! —Carlos pagó y se fue. Un transeúnte le indicó dónde estaba el Paseo del General Mola. Era el del otro lado del río. El número 15 estaba mucho más a occidente, cerca de la estación.

Doña Eufrasia Hernández Lomas era una mujer guapetona, que no alcanzaría los cincuenta años y que tenía una acogida maternal y cariñosa. El precio, para cama y desayuno, eran cuatro pesetas, pero tendría que dormir en una habitación con otros cinco. Le enseñó la habitación. Las camas estaban, a tres por lado, una junto a otra, como en un hospital.

—De todos modos, si no vuelve el comandante, le daré por una noche la habitación de él, que da al Arlanzón, y le cobraré solo una peseta más.

—¿Dónde está el comandante?

—Salió hace tres días hacia el frente de Madrid. Va y viene de este modo. No acostumbra a estar más de tres o cuatro días en cada salida.

—¿A qué hora lo sabré?

—Bueno, tendrá que ser a partir de las diez. Va usted a cenar, se mete un rato en el cine y a la vuelta… No se preocupe por mí. Yo estoy levantada hasta las doce.

Carlos Rius dejó sus bártulos y volvió a salir. Dejó la moto en un garaje cercano. Tomaría unos bocados y se metería en el cine.

El paseo y las calles estaban casi a oscuras, solo iluminados por esporádicas bombillas que pendían tristemente de unas largas pértigas. A esa escasa luz los hombres y las figuras eran borrones de sombras huidizas. Se acercaban y alejaban en silencio, como aparecidos. Cruzó el puente. El silbo agudo del viento le azotó las sienes, garabateaba en sus ojos. Por su lado pasaban gentes apresuradas. Frente a sí vio una fachada noble, un arco suntuoso de piedra gris, ornada por infinidad de figuras. Era el arco de Santa María, que adquiría una singularidad que subrayaba su hechizo y su relieve. En lo alto del cielo, entre las nubes, acababa de asomar una luna majestuosa.

Se quedó parado un instante, pese al frío. Nunca en su vida había tenido una sensación semejante. Ni en Zurich, ni en Ginebra, ni en París, ni en San Sebastián, ni siquiera en Barcelona la piedra le había sugerido de pronto el acopio de historia y la realidad del tiempo detenido como en aquel instante. Aquello era la puerta de una ciudad, pero era a la vez el pórtico de una andadura. No sabía quien fuera aquel doncel, el guerrero, el purista que le tenía absorto con su gesto de piedra en la súbita claridad del aire. Un airón trascendente acababa de arrastrarlo hacia un misterio inexplicable.

Antes de que el frío le invadiera, aceleró el paso. Cruzó el arco y entró en la ciudad. En la plaza porticada alternaban los comercios, que estaban cerrados, y los cafés, que bullían de animación. Estuvo tentado de entrar en uno de ellos para recobrar otra vez el calor. Pero la revelación de la piedra le sedujo hacia otros lugares. Cruzó por unas callejas y, de pronto, apareció ante sí la mole inmensa de la catedral. Estaba bañada por una lámina de luz lunar, que acentuaba y daba énfasis a sus arabescos y capiteles. Parecía como un amasijo de luces y de sombras, dominadas por el gris de la piedra. Aquella orfebrería gigantesca pertenecía a una biología viva, palpitante y callada. Estaba adormecida en mitad de la tierra, en un silencio solo turbado por el lejano e impreciso eco de unas voces y de alguna guitarra en algún lugar de la ciudad. De las casas lejanas, en la plaza que luego ascendía hacia una colina, no trascendían más que escasas luces en las ventanas y una sombra borrosa, que cruzaba tras los visillos en el hueco de un balcón.

Estuvo un rato contemplando aquel prodigio silente, que parecía palpitar como un ser vivo. Desde el montículo empezaron a sonar unas voces inseguras de gentes que venían. Eran unos legionarios, que avanzaban como a tumbos y no vocalizaban bien. Uno de ellos se puso a cantar. Otro le interrumpía.

—La Duendes ya no alterna para tipos como tú, canalla. Ella es una señora. Aunque sea francesa, es una señora.

Pasaron por su lado tambaleándose. Tuvo tiempo de fijarse en una cicatriz que llevaba uno de ellos de lado a lado del rostro y que le dejaba al descubierto una hendidura horizontal a la altura de la boca, en la barba negra y frondosa.

Después, esas voces se fueron alejando y volvió el silencio. Entonces Carlos se puso a caminar otra vez. Fue bordeando la catedral a la busca de un restaurante donde tomar unos bocados. Por fin, ya en el centro, encontró uno y se metió en él.

Comió un guiso de judías con chorizo y cordero asado. El viaje y el frío habían despertado su apetito. A su lado comían cuatro alemanes jóvenes, que guardaban una circunspección y unos modales que, a lo que veía, casi resultaban impropios de aquellos momentos y en aquella ciudad. Después de cenar, salió de nuevo a la calle y buscó un cine.

Lo encontró junto a la plaza del puente principal, otra vez a orillas del río. La película que ponían la había visto ya en Barcelona tiempo atrás. La copia era vieja y en los cambios de rollo producía la sensación de que estuviera cayendo un aguacero. El protagonista era un actor de pelo lustroso llamado Willy Fritz. El trío de la bencina se sucedía en la pantalla a trompicones. La acción daba saltos bruscos y, de vez en cuando, se producía un parón y se encendían las luces entre los silbidos de la total concurrencia. Había infinidad de parejas acarameladas y ovilladas en los asientos. También había muchos soldados y militares. La mayoría de ellos debían de ser de las oficinas o de los ministerios. Una vez se encendió la luz sin razón mecánica que lo justificara. Esta vez la gente no silbó. Se hizo un silencio súbito. Por los altavoces sonó el canto aguerrido del cornetín de órdenes. La voz de un locutor atronó el ambiente.

«Parte oficial de guerra del Cuartel General del Generalísimo correspondiente al día de hoy. Algunas formaciones del enemigo han conseguido infiltrarse en el interior de la ciudad de Teruel. Las tropas de la guarnición las mantienen retenidas en el Acueducto de los Arcos. Los regimientos de los generales Aranda y Varela han pasado a la contraofensiva. Sin novedad en los otros frentes».

Después de la audición del parte, Carlos Rius decidió marchar a la pensión.

Cuando entró en el piso de doña Eufrasia era casi medianoche, no obstante lo cual la patrona estaba aún despierta en el comedor haciendo punto. Le dijo que el comandante no había venido y que, por lo tanto, podía usar su habitación. Lo acompañó hasta ella. Era una habitación digna, casi lujosa. Sobre la ménsula y la mesilla había varios retratos: el comandante con su señora y sus hijos, el comandante junto al general, en uno de los frentes de guerra. En la parte que daba al río había un gran balcón, que a través de los visillos advirtió bañado por la luz lunar. La patrona había dejado ya en el cuarto el equipaje de su huésped.

Cuando se quedó solo de nuevo, Carlos apagó la luz y abrió las puertas de la balconada. Salió al exterior. Un cierzo helado le azotó el rostro. Sin embargo, se acodó en la baranda. A sus pies estaba el río, tintineante de reflejos como de plata y oro. El sordo rumor de las aguas subía hasta sus oídos. Más lejos se advertía, como cincelado en la neblina plateada, el perfil de la ciudad. Las agujas soberbias de la catedral se enseñoreaban de todo el ámbito. En algún lado ronroneaba y maullaba, a intervalos, un gato errabundo. Las cubiertas de tejas de algunas casas dejaban resbalar sobre su cara la luz lunar. Era un panorama de belleza insospechada, un mundo ignoto puesto en pie, con un aplomo mágico. Carlos Rius estuvo un rato ensimismado en la belleza y en la paz de aquel instante. Recapacitó en su situación, en la determinación que sin decirlo a nadie había tomado semanas atrás y que empezaba a poner en práctica. Al día siguiente debía encontrarse, en efecto, con Miguel Llobet en el Casino; y esa era la única cosa que debía hacer antes de ponerse en marcha hacia su destino.

Le pareció que estaba muy lejos de todo: muy lejos, infinitamente lejos de sus días de práctica en Ginebra, infinitamente lejos de París, donde su padre seguiría pontificando en las tertulias, sobre la guerra, el nazismo, la democracia, la paz. Aquel aire helado que entonces respiraba le devolvía en cierto modo a la autenticidad. Y recordó a su abuelo, años atrás, cuando le perseguía como un muchacho por los fangales de Santa María, apoyado en su bastón. Aquellos bastiones de piedra bañados por la luna eran como una gótica escollera en la que se estrellaban las olas tempestuosas de fuera.

Entró en la habitación, cerró la balconada, se puso el pijama y se durmió. Al día siguiente se despertó algo tarde. La patrona dio con los nudillos en la puerta. Le entregó una palangana con agua caliente y un tazón para que pudiera afeitarse.

A eso de las once salió a la calle. El día era lustroso, frío y soleado. Caminó hacia el Casino, en el malecón. Era aquel un ostentoso edificio de piedra y mármol gris. En una gran sala, rodeada de unas altas columnas, se distribuían las mesas, que estaban flanqueadas por grupos de poltronas, sillones y divanes. Las columnas sostenían un altillo del que llegaban voces dispares y, periódicamente, el chasquido de las bolas de un billar. El salón estaba medio vacío, pero se fue llenando a medida que el tiempo transcurría. Pasó un rato leyendo la prensa. Por lo visto, lo de Teruel era más serio de lo que el parte del día anterior contenía. El coronel Rey d'Harcourt se había replegado en el interior, en unos pocos edificios de la ciudad, pero las crónicas no hablaban de la contraofensiva de Aranda y de Varela. De vez en cuando Carlos Rius dejaba de leer para fijarse en la gente de alrededor, por si descubría entre ellos a Miguel Llobet. Lo recordaba vagamente de sus días de la fábrica, pero no estaba seguro de identificarlo al primer vistazo. De vez en cuando se veía a dos individuos reconocerse con gran algazara y darse un abrazo con exclamaciones de todo orden y sonoros manotazos en la espalda.

—Me dijeron que te habían llevado a Paracuellos.

—Fue mi hermano Sixto. Al pobre le mataron allí esos bandidos. Yo he llegado anteayer. Fue un canje de la Cruz Roja.

—¿Y ahora?

—A luchar, amigo. No hay que dejar uno solo de esos cabrones.

Junto a una mesa había unos soldados alemanes que vaciaban su cerveza sin chistar. Unas cuantas burguesitas estaban en torno a la misma mesa hablando todas a la vez y destempladamente. Estaban sofocadas, por la tensión y por el esfuerzo de hacerse notorias ante aquellos sigfridos rubios e imperturbables. Una de ellas embebía sus enormes ojos en la tez rubicunda de un teutón alto, que estaba frente a ella y que se dejaba acariciar como una estatua por los destellos de aquella belleza penibética.

De pronto se armó una tremolina. Se oyó en uno de los rincones del local, tras de las columnas, un revuelo de mesas y el chasquido límpido de un bofetón acompañado de voces e insultos. Se vio a un grupo de gentes que forcejeaban. Un hombre de media edad estaba siendo zarandeado por otro. Su rostro estaba desencajado y pálido. Entró la patrulla.

—Es rojo. Era magistrado en la Audiencia de Madrid y condenó a Pepe Illescas y a Millán por falangistas. ¡Y tiene la cara de venirse aquí!

—Si quiere usted formular la denuncia, tenga la bondad de acompañarnos —dijo el sargento.

—Pues claro que la formularé. ¡No faltaría más!

Las aguas volvieron a su cauce con la salida de los revoltosos. Al cabo de un rato apareció Miguel Llobet ante Carlos Rius. —Perdona. ¿Eres Rius?

—Sí, Carlos Rius. Y tú Llobet.

—El mismo. Te he reconocido en seguida.

Se dieron la mano.

—Siéntate, por favor. Llegué anoche y te estaba esperando.

Miguel Llobet llevaba uniforme de soldado. Parecía más alto que un año atrás. Quizá fuera que había adelgazado.

—Ante todo, aquí va la carta que me dio tu abuelo para ti.

—¿Cómo está él? —preguntó Carlos vivamente.

—Cuando le vi por última vez, hace tres semanas, de salud estaba bien. Pero no vive tranquilo. Se refugió en casa de la viuda Torra, tu abuela. Pero no quería comprometerla. Intentó ir a vivir a Sans, a casa de su hermano Fabián, pero no pudo hacerlo.

—¿Cómo están sus ánimos?

—Lo malo es que la actividad, el no poder salir a la calle, la falta de ejercicio, la falta de luz, a sus años le crean una moral muy baja. Cuando yo le vi ya no se acordaba de la fábrica. No pensaba más que en ti. Para él eres como una obsesión.

Carlos Rius escuchaba atentamente. Lo que oía le estaba conmoviendo.

—He resuelto ir a la guerra —dijo—. Hace unas semanas, sin que mi madre ni nadie lo supiera, presenté instancia para los cursillos de alférez provisional. Me han dado una plaza. Salgo esta tarde desde aquí para Sevilla, y de allí a Dar Riffien. Yo no puedo comer la sopa boba del enchufado. ¿Y tú, cómo estás?

—Yo me pasé por la frontera. Las cosas me salieron bien. Estoy en el cuartel de San Marcial, y esperamos de un momento a otro que nos destinen. No sé adónde nos mandarán.

—¿Me dejas leer la carta?

Y Carlos Rius empezó a leer.

La letra era todavía segura, de trazo firme, con aquellos rasgos que recordaba tan bien, de los que parecía trascender el espíritu indómito del viejo. Decía así:

Carlos, querido nieto: Por medio de un emisario seguro puedo ponerme en contacto contigo. Dios quiera que estas líneas lleguen a tu poder. Él mismo te contará lo que ha venido a ser mi vida. Todo lo que he hecho parece que se haya derrumbado. Por desgracia todo ha caído, menos yo. Hubiera sido preferible acabar.

Yo no sé si algún día podremos volver a encontrarnos. Soy ya muy viejo, y aun en el supuesto de que otros me respeten la vida, no puedo lógicamente esperar de ella mucho más. Por si no fuera así quisiera decirte algunas cosas, a ti que eres muy joven y quizá lo único que me queda.

No le dejes nunca vencer por el desánimo ni caigas en la debilidad. A la vida no la vencerás con comodidad. Mantente siempre en el espíritu de lucha.

Ve siempre en compañía de Miguel Llobet. Este joven es hijo de Arturo Llobet, mi apoderado, que fue asesinado en la fábrica por defenderla, y nieto de Llobet que ya había sido hombre de confianza de mi padre y que también fue asesinado en mi lugar el año 1907.

Cuando reflexiono en los acontecimientos de mi vida no veo más que un largo panorama de sangre. Yo no odio a nadie. Para todos quisiera el perdón. Pero de algún modo hay que recobrar para nuestra querida patria el sentido de las cosas.

¡Luchad, luchad, manteneos unidos, no desfallezcáis! Dios no puede querer que triunfen el odio, la iniquidad, el bandolerismo y los asesinos. Que Él os conserve la vida como ha querido conservármela a mí.

No te puedo decir más sino enviarte un fuerte abrazo.

JOAQUÍN

Carlos Rius la leyó y volvió a leerla. Era cierto: aquel a quien tenía delante era hijo y nieto de dos seres a los que la muerte había segado tiempo atrás en aras de un mismo ideal. Observó a Miguel Llobet. Su rostro sano, juvenil, robusto, aguantaba esta observación con una mirada clara, transparente, sin retorcimientos. Se propuso en lo posible atender al requerimiento de su abuelo.

—Como te digo, yo voy a hacer los cursillos de alférez. En cuanto tenga un destino, me bandearé para poder reclamarte a mi lado. Mi madre tiene mucha influencia y nos ayudará. Tenemos que entrar juntos en Barcelona, recuperar al abuelo y la fábrica y ponerlo todo otra vez en pie. ¿Estás de acuerdo?

—Si eso es posible… Pero son tantas las cosas que hay que hacer…

—Las haremos. Y si alguno de los dos cae, que lleve a los de allá el testimonio del otro.

—Bueno —transigió Miguel con media sonrisa—. No hay que ser pesimistas. Ninguno de los dos va a caer. Entraremos en Barcelona los dos a la vez y lo celebraremos juntos allí.

Empezaba a cuajar la premonición del abuelo. «Ve siempre en compañía de Miguel Llobet». De aquella reunión empezaba a surgir un espíritu común, un entusiasmo compartido.

—Dentro de la guerra, nosotros dos haremos otra guerra particular y privativa, cuyos objetivos recónditos solo nosotros conocemos. ¿No te parece?

—Me parece muy bien.

—Yo te escribiré desde la Academia —zanjó con entusiasmo Carlos Rius.

La luz lechosa del alba le había ido envolviendo y al volver a su departamento, ya veía el paisaje en toda su dimensión. El traqueteo del tren se había vuelto un zarandeo monótono que, en lugar de despabilarlo, lo adormecía. Desde Burgos había pasado toda la larga noche envuelto en un capote que le facilitó Miguel Llobet, sintiendo de madrugada la acometida del frío. El vagón era destartalado, ruidoso y parecía que iba a deshacerse en cada una de las curvas del camino. Las ruedas chirriaban sobre los raíles; pudo dormir un rato colocándose tumbado debajo de uno de los asientos y utilizando su propio brazo como almohada. De vez en cuando, al parar en las estaciones y cesar el ruido, la ausencia de todos los rumores y de las brusquedades le devolvía a un duermevela equidistante de la vigilia y del sueño. Entonces veía a medias la vertical de las piernas de un moro que estaba sentado en la banqueta, por encima de él, y se esforzaba por volver a conciliar el sueño.

Se quedó en el pasillo, mirando al exterior. Solo de vez en cuando sobrevenía un rasgo de vida vegetal, un árbol, unos matorrales, un torrente, en la seca geografía que estaba cruzando. A veces la tierra se ondulaba, crecía o decrecía, pero volvía a su inmensidad solitaria hasta el horizonte. Unos pájaros negros ponían de tarde en tarde un arabesco sombrío en la pálida techumbre de nubes grises. Durante un rato, el tren anduvo paralelo a una carretera y se vio al fondo un pueblo apagado, del mismo color desvaído de la tierra, patente por el humo que salía lentamente por dos o tres de sus chimeneas. Por la carretera caminaba a paso lento una formación de soldados. Iban al ritmo que les marcaba el paso de unos mulos sobrecargados. Un oficial a caballo parecía dormitar en su cabalgadura, que andaba a un paso muy lento, con la cabeza gacha.

Pronto advirtió que la máquina aminoraba su marcha y vio que el moro se levantaba lentamente de su asiento y cogía su mochila, su fusil y sus bártulos del portapaquetes. Debían de estar llegando a Talavera. En efecto, poco después se levantó a sus costados el perfil de unas casas; la máquina frenó del todo, entró lentamente en un andén y dio un parón brusco que le tambaleó.

Sintió en su rostro una bocanada de aire gélido al apearse. Se quedó unos instantes desconcertado en el andén. En él había grupos de mujeres y de soldados que ponían una nota de algarabía en la mañana gris. El jefe de estación, que tenía unos enormes bigotes grises, contestó a su pregunta:

—Para ir a Sevilla tiene que coger el correo a Ciudad Rodrigo, que sale de aquí a las once treinta y dos, y empalmar en Ciudad Rodrigo con el expreso de Lisboa esta noche.

Le quedaba hora y media. Optó por adentrarse en la ciudad. Salía de la estación detrás de un grupo de tres mujeres del pueblo, que llevaban unas grandes canastas. Aquellas mujeres debían de ser jóvenes, pero su edad se hacía indescifrable por las anchas faldas en que se cobijaba su cuerpo y por las manteletas y sayales que las cubrían. No obstante, se advertía la reciedumbre de su anatomía. Los senos prominentes, la redondez de sus ancas bajo la ropa negra denotaban la existencia en ellas de una raza fuerte y sufrida. En algún lado había leído: «Entre estos muslos cabría otra vez toda la Historia de España».

En Talavera pululaba la soldadesca, los tugurios donde escanciaban vino; se advertía en la ciudad el paso de la guerra. Talavera era casi la guerra. En un rincón de la Plaza Central un par de moros habían convertido en zoco un pedazo de acera. Vendían quinqués desvencijados, jabón de afeitar, unos binóculos, un pañuelo multicolor, unos sombreros de hombre, unas navajas.

—Paisa, comprar, paisa, comprar… —era su sonsonete.

Se metió en las callejuelas laterales. Entró en un café y pidió un bocadillo de chorizo y un café. Unos ganaderos estaban jugando al dominó en una mesa. Un legionario, medio bebido, intentaba arrimarse a la moza que despachaba, cada vez que esta salía del mostrador. Llevaba un delantal blanco y los brazos remangados.

—Para el carro, amigo, que va a venir la patrulla.

El legionario tenía dócil el vino que llevaba. Se quedaba como sorprendido, con una mirada abúlica e inexpresiva cada vez que era reprendido así.

Salió del café y se encaminó hacia la parte opuesta. Esta daba al río. El Tajo bajaba turbio, con un color de barro, arrastrando maleza y acarreando piedras. Al pasar bajo los arcos del puente producía un rumor a furia y vendaval, a fuerza indomable. Sus aguas habían cruzado de un lado a otro, a través de los muertos y de las barricadas. Al ver aquellas aguas turbias en atolondrado camino hacia el mar, Carlos Rius se sintió solo, con esa soledad que da la guerra a los hombres, una soledad irremediable y triste. Los arcos de aquel antiguo puente estaban sucios de orín y de musgo, y en algunas partes se advertía la erosión del daño reciente: huellas de metralla y de fusilería habían mordido la piedra y en esas hendiduras se descubría la mordedura blanca de la guerra. Pensaba Carlos Rius: ¿cómo se llega hasta aquí? ¿Cómo se avanza más aún? Creyó encontrar en estas preguntas la noción del valor, de la abnegación y del sacrificio que se había impuesto a sí mismo. Se necesitaría de un valor inmenso para ganar la guerra. Un valor colosal, multitudinario, hecho de la suma de millones de valores individuales. Todo eso no lo sabrían nunca los que estaban en San Sebastián merendando a media tarde. Un valor anegante e impetuoso, como las aguas del Tajo.

De pronto rasgó los aires el aullido agudo de las sirenas y vio un grupo de gentes que corrían apresuradamente por la orilla contraria hasta meterse en una de las calles del malecón. La aviación roja se avecinaba. Pensó que sería mejor no moverse. Le interesaba ver «cómo era» el pase de la aviación. Prefería correr el riesgo a la intemperie que aventurarse a quedar sepultado entre escombros. Le pareció que, en una pausa de la alarma, se oía el sordo rumor de unos motores de avión lejanos. Escuchó nuevamente. De pronto percutió en sus oídos el tableteo seco de unas piezas. Eran los antiaéreos. Eran secos y horrísonos chasquidos, que no sabía dónde estallaban. Se volvió y vio, en lo alto, dos puntos pequeños alrededor de los cuales se habían formado unos grumos de nube, pequeños flecos de algodón. Y otro, y otro. Se distinguían perfectamente los cazas rojos. Daban vuelta y descendían, cada cual por su cuenta. Y de súbito estalló una gran explosión al otro lado de la ciudad, y luego otra, más cerca. Sobre la balaustrada de cornisas y techumbres se elevó una gigantesca llamarada, seguida de una colosal humareda. Cruzó los aires, vertiginoso, con un sonido ronco, un avión grande, que pasó el río y desapareció.

Los dos pequeños aviones que ejecutaban sus curvas y arabescos por el cielo, anduvieron aún largo rato festoneando las pequeñas nubecillas que proliferaban alrededor. Luego, inesperadamente, se escabulleron y marcharon. Fue entonces cuando empezaron a oírse los campanillazos de las ambulancias y se perfiló el griterío en lo hondo; griterío de mujeres, voces de hombres, ¡ay! entrecortado, alaridos de histérica desesperación. Carlos Rius jadeaba. El corazón le latía descompasadamente en el pecho. Empezó a andar hacia el lugar de la explosión.

La segunda bomba había caído en la callejuela donde poco antes entrara a desayunarse. La casa en que estaba el café tenía un gran boquete, y había quedado como desventrada. De arriba abajo se veía la intimidad de los cuartos: las alcobas, las camas, los enseres más íntimos se mostraban con trágica impudicia. Los pisos altos estaban ardiendo. Abajo se apelotonaban los escombros. En el café sobresalían entre la chatarra los mármoles de algunos veladores. Entre las piedras surgía un brazo de hombre, yerto. Los camilleros acababan de llegar y habían tendido en una camilla el cadáver de la moza que antes servía. Llevaba el delantal blanco y los brazos remangados.

—¡Hijos de puta, maricones! —barboteaba el legionario dando vueltas sobre sí mismo en una suerte de danza macabra. Llevaba el gorro de legionario casi en la nuca y era un misterio que pudiera aguantársele así—. ¡Viva la muerte! ¡Viva España! —rezongaba, con una mirada extraviada, levantando hacia el cielo un brazo cubierto de tatuajes.

—Oye, paisa. Vete a dormir, ya no venden más vino —le dijo un camillero.

El legionario empezó a enviar escupitajos a los cielos, pero seguramente no llegó a dar a ningún avión.

Hasta allí llegaba entonces el regusto del humo del primer blanco. Era un sabor espeso, como oleaginoso.

—Le han dado a los depósitos del carburante. ¡Maldita sea! —oyó.

Con una sensación de náusea y un escalofrío, Carlos Rius se encaminó nuevamente a la estación.

Luego siguió una jornada en el tren, hasta Ciudad Rodrigo. Las piedras de la ciudad extremeña, la arquitectura medida y sobria de la Plaza Mayor, sugerían la premonición de la gran aventura. Allí había una calma y un sosiego absolutos y parecía que la vida y la historia se hubieran detenido, como unos ojos fijos en el más allá. Después, otra vez el tren, un tren rápido, casi confortable, con un vagón de segunda clase en el que aparecían otra vez los hombres de tiempos de paz y las mujeres de la clase media. El amanecer encendía por doquier los borrones negros de los olivares sobre una tierra parda. La tierra se ondulaba como un mar, subía y descendía a impulsos casi líquidos, en los que parecían gravitar casas blancas, grandes extensiones de viñas, una ermita en lo alto y oscuras aves que volaban sosegadamente en un cielo que se iba tornando azul y que parecía irradiar la tonalidad dorada que iban cobrando todas las cosas.

El nuevo día era luminoso. Castilla había quedado atrás, y con ella la guerra, que no era ya más que una reminiscencia. De las tierras duras de Extremadura se pasaba a otras que tenían ya el contrapunto del verdor y del agua. Pronto desaparecieron los altibajos del terreno. El panorama se ensanchó, la vega se hizo una gran extensión de verdes y de fronda. Cruzaban la tierra manantiales de agua, de una agua trasparente y sonora. Poco a poco ese vergel abrupto se trocó en una gran llanura esmeralda. Aquí y allá, manadas de toros que cruzaban el campo, volvían su testuz para mirar el tren.

Poco después del mediodía, el tren paró en Sevilla. La ciudad era radiante, la gente vivaz y parladora. Tomó una habitación en un hotel del Paseo de María Luisa y se sentó en un café, frente a la catedral. Al cabo de un rato volvió al hotel, cenó y se fue a acostarse. Se quedó dormido como un leño.

Todavía tenía unos días libres antes de tener que incorporarse a la Academia, pero el día siguiente sintió la necesidad imperiosa de irse de Sevilla. Le ocurría en ella lo que le había ocurrido en San Sebastián, y era que «le alejaba de la situación». La vida allí era demasiado amable, demasiado benigna, parecía que la guerra no fuera más que un cartel patriótico. La gente tomaba a chacota y reía las bromas del general. «¿Le oíste ayer? —comentaba un muchacho en una tertulia de chicas—. Mira, que lo de “hijos de la Gran Bretaña…”. Ese se carga a los rojos como se cargó a los de aquí. A golpe de chistes». Le parecía que ninguno de ellos podía llegar a sospechar siquiera lo que era la guerra. Ninguno de ellos sabía nada de la muerte del padre de Llobet, ni tampoco de la exterminación de aquella muchacha que servía café en Talavera. Tampoco él lo sabía a ciencia cierta, pero sentía la imperiosa necesidad de enterarse, de participar en ello, de comprobarlo. Si no era su hora, ¿de quién iba a serlo?

Compró un maletín y algo de ropa interior y marchó a Málaga. De allí, al día siguiente, marchó a Melilla. Se presentó en Dar Riffien dos días antes de que se cumpliera el plazo de la convocatoria.

El paso fugaz de Carlos Rius por Burgos había sido para Miguel Llobet como un reencuentro súbito con el pasado. Mientras estaba en el cuartel de San Marcial —y hacía de ello casi tres meses— ese pasado había perdido consistencia y rigor. Estaba como envuelto en una niebla difusa. La estructura de la ciudad castellana, el talante de su gente, las costumbres de la disciplina cuartelera y una vaga indiferencia por todo lo que le acontecía habían conseguido difuminar los perfiles de su caso particular. Pero con la llegada de Rius parecía que todo se había vuelto a poner en pie. Recordaba el día en que enterró a su padre en el cementerio de Montjuïc; su incorporación al hogar. La desazón de las horas baldías, sin trabajo concreto que hacer, dado que no quería ni podía volver a poner los pies en la fábrica. Su oposición a incorporarse en el ejército rojo, plagado de los tipos que habían sido los asesinos de su padre. Las largas veladas en su hogar estaban prendidas por una absoluta inanidad, por un silencio sombrío; no alcanzaba a saber qué era lo que iba a hacer. Su madre, en quien la oscuridad del luto coincidió con una lumbre blanca en el cabello, en las sienes, empezó lentamente a sobreponerse, pero apenas sí podía hablar. Ella y su hermana, Isabel, apenas salían de la casa. Isabel salía por las mañanas a la compra, y volvía lamentándose de lo que la nueva situación estaba provocando en los mercados. La carne asequible había desaparecido de la circulación, unas cuantas legumbres costaban como una golosina, era difícil encontrar pan.

Aquellas fueron las Navidades más tristes de toda la vida para los que quedaban de la familia Llobet. En enero, Miguel Llobet decidió buscar a alguno de sus antiguos amigos de la época de «L'Empenta». No encontró a ninguno. La mayoría de ellos se habían incorporado a la situación y ocupaban cargos en la Administración de la Generalitat, pero se ocultaban de todo aquello que pudiera comprometerlos. La FAI mandaba todavía en la calle.

El dinero que guardaban en su casa se estaba acabando. Un día, a fines de enero, Miguel Llobet decidió ir a ver al viejo Rius. Se presentó en la calle de Caspe. Preguntó al portero por él.

—Ya no vive aquí.

—¿Y dónde vive?

El portero hizo un ademán, levantando los hombros, pero sin abrir la boca. Ya iba a marcharse cuando, tras de observarle de arriba abajo, el portero se decidió a añadir:

—Josefina, su ama de llaves, me dejó una dirección. Si quiere tomar nota…

Era en la calle Fiblá, en el Pueblo Seco. Miguel Llobet lo apuntó en su libreta, dio las gracias y salió.

La dirección que había apuntado no quedaba lejos de su casa. Pero en aquellos días se producía de barrio a barrio de la ciudad una discriminación absoluta. El panorama era distinto, las gentes parecía que fueran otras, en el espectáculo de las calles había como una fricción, una quebradura. Al entrar por las calles del Pueblo Seco, a la orilla izquierda del Paralelo, comprobó que el núcleo vivo de la ciudad se había desplazado, que allí la gente gesticulaba, vociferaba, alentaba sin ningún temor, más que antes. En las tabernas y cafés se apelotonaban hombres con chaqueta de cuero, con blusas o con tabardos militares. En los muros o en determinados balcones se sucedían las infinitas siglas de las fuerzas políticas. Cruzaban algunos automóviles con pasajeros de cara morena, sin afeitar, que eran los nuevos dueños de la situación. Tipos con fusil y cartucheras merodeaban por la calle. Un par de ellos le abordaron en una esquina.

—A ver, la documentación.

Se puso pálido. No llevaba más que la cédula personal.

—Con esto no basta, amigo. Tendrás que acompañarnos. Lo llevaron a un entresuelo de la calle de Ibars, en cuyo balcón pudo leer pintadas unas letras: CNT-FAI, distrito v. Fue introducido en un cuarto que daba a la calle. Un tipo de unos cuarenta años, gordo, una cara lampiña y fofa, le habló con una voz atiplada:

—Este papel no te sirve. Hoy tienes que apuntarte a algún partido, ¿no lo sabes? Estás en edad de ir a la guerra.

Cogió unos papeles que estaban sobre su mesa, junto a una pistola y un cinturón con las balas.

—Toma, llena eso.

Miguel Llobet no se atrevió a negar nada. Leyó los papeles y fue llenando el formulario de inscripción.

—Esta tarde te presentas en el cuartel de las milicias y te dirán si has sido admitido. Nosotros nos quedamos con tu cédula, de modo que ya sabemos cómo encontrarte en caso de que no vayas.

Salió sintiendo todavía en su garganta un nudo molesto que le impedía respirar. Poco a poco fue sobreponiéndose. Pero acababa, sin proponérselo, de pedir su ingreso en las filas de aquellos que habían asesinado a su padre.

En el piso de la calle Fiblá estaba Josefina, el ama de llaves de los Rius. Era una mujer del pueblo, gordezuela y ya mayor, que, una vez repuesta de su sobresalto al recibir una visita inesperada, le hizo pasar al comedor, un comedor limpio y menestral. En el papel de la pared había un largo cuadrángulo con un tono más claro. «Allí, pensó Miguel Llobet, debía de estar colgado hasta hace poco el cuadro de la Santa Cena».

Josefina, recelosa, titubeó hasta que le pareció que Miguel era un hombre de bien. Cuando le dijo que era el hijo del apoderado que había muerto, pareció que a sus ojos iban a asomar las lágrimas.

—¡Qué gente tan mala! Pero usted no sufra. Él estará ahora mejor que nosotros.

Sí, sabía donde estaba el señor Rius. Había ido a refugiarse en casa de su consuegra, la viuda Torra, en el paseo de Gracia. Allí lo encontraría. Ella misma iba a visitarlo una vez por semana, pero con mucha precaución.

—Está muy abatido, muy abatido —se lamentó.

Después de comer con los suyos, Miguel Llobet se fue al paseo de Gracia. La casa de la viuda Torra parecía desafiar al ambiente: la suntuosa entrada, sobrecargada de mármoles y mayólicas, no había perdido lustre ni esplendor. Únicamente se notaba la situación externa en el tono mortecino con que respondía el portero, que presentaba un aspecto deslustrado, con una bata de mozo de almacén, que sin duda había venido a sustituir la librea de otros tiempos.

El personaje que había salido a abrir lo hizo sin titubear, plantando cara y adoptando una actitud retadora y casi desafiante. De un golpe pareció taladrar la anatomía un tanto desconcertada de Miguel Llobet con una mirada perforadora, encendida y escrutadora.

Era Rita Arquer. Se mantenía erguida como un abeto frente a un temporal.

—Diga usted. ¿Qué desea?

—Perdón, ¿está el señor Rius?

La respuesta fue tajante.

—Aquí no vive ningún señor Rius.

—Me ha dicho su sirvienta, Josefina, que aquí podría encontrarle.

Nuevo destello en los ojos negrísimos de Rita Arquer. Calló unos instantes. Luego dijo:

—Pase.

Le dejó de pie en mitad del recibidor. Entró ella en el interior y desde allí se percibió un bisbiseo, cierto rumor de diálogo en voz baja.

Luego, el ruido de unos pasos al aproximarse. Entre el pliegue de unas cortinas de terciopelo asomó parte del rostro del viudo Rius. Luego, tras una indecisión, su cuerpo entero.

Joaquín Rius no era el mismo de antes. No porque hubiera cambiado la expresión o el tono de su faz. Sus cabellos y su barba ya eran enteramente blancos tiempo atrás. Pero era su andadura la que le modificaba. Su porte anterior, que era erguido y mantenía aún cierta gallardía, había venido a parar en esta facha achacosa, medio doblada, como si sobre su espinazo hubiera caído la furia de un rayo impetuoso. Pero a pesar de ello, en cuanto vio a Llobet, en sus ojos volvió a encenderse un extraño fulgor.

—Venga, venga usted, Llobet. Le agradezco mucho que haya venido. Venga conmigo, allí dentro.

Le hizo pasar a una habitación interior, que era la biblioteca de la casa. En ella hacía frío. Rius andaba por la casa apoyado en su bastón, y se enfundaba en un abrigo viejo para reservarse de la temperatura.

—Siéntese. ¿Cómo están? ¿Y su madre y su hermana? Llobet le contestó que bien, y a continuación Rius le empezó a explicar sus andanzas, sus pasos y sus temores. Alguna vez había resuelto salir de su escondrijo y acercarse a la fábrica. Pero le habían disuadido.

—¿Sabe usted? Rita Arquer, la persona que le ha abierto la puerta, dice que esto no puede durar. Ella está muy bien informada, no sé cómo. También Josefina me ha dicho que no vaya. En fin, celebro que haya venido, Llobet. Voy a encomendarle algo. Me tiene que ayudar.

Carraspeó ligeramente.

—Mi hijo, que está en París, me ha escrito alguna carta. Me ha escrito diciendo que vaya de su parte a ver a un amigo suyo, que creo que es ministro, o poco menos, pero yo no quiero nada de ellos. No quiero más que lo que es mío. Pues bien, por Desiderio sé que mi nieto está en el otro lado, con su madre. Ellos ganarán esta guerra. Aquí escuchamos cada día Radio Sevilla, y el parte nacional. No lo dude, Llobet; a cada cual le llegará su hora.

Llobet se limitaba a asentir. Aunque se lo hubiera propuesto no habría podido meter baza en el soliloquio de su patrono. Se veía que este había pasado mucho tiempo deseando franquearse con alguien.

—Llobet, tiene usted que dejarlo todo y pasarse al otro lado. Allí está mi nieto, no les faltará nada.

—Pero… pero mi madre y mi hermana…

—No se preocupe por ellas ahora, Llobet. Su madre y su hermana no estorban a nadie, no las molestarán. Yo me ocuparé de su sustento. Les haré llegar una cantidad, lo que necesiten. Aún me quedan algunas pesetas en casa de cuando estalló la revolución.

Llobet le contó lo que le había sucedido aquella mañana. Su detención por la FAI y su inscripción en ella.

—Váyase mañana mismo. No, váyase hoy. ¿Qué quiere? ¿Hacerles el caldo gordo a los asesinos de su padre? No tema, Llobet. Si yo fuera joven ya me habría ido. Espere. Le voy a dar una carta para mi nieto. Cuando llegue allí, escríbale. Está en el Hotel María Cristina de San Sebastián.

Era imposible objetarle nada el viudo Rius.

Así fue cómo Miguel Llobet decidió partir. Se puso en camino un par de días después, con una expedición que, acompañada por un guía, salía hacia los Pirineos. En el tren, hasta Ripoll, los componentes del grupo fingieron que no se conocían. Luego empezaron a escalar por la Collada. Acampaban en algunas masías, en las que el guía parecía tener familiaridad. Por la noche reemprendían el camino. A la tercera etapa, desde un altozano, el guía señaló con un bastón. Estaba amaneciendo.

—Aquel monte que azulea por allí, aquello es Francia.

De una a otra tierra no había ninguna diferencia. Pero atrás quedaban las horas esquivas, los temores, un ruido de cerrojos de fusil, los pasos quedos, las conversaciones a media voz. Y los muertos, a los que nadie escucha.

Antes de una semana de la partida de Carlos Rius hacia la Academia de Dar Riffien, los reclutas del cuartel de San Marcial recibieron orden de ponerse en marcha.

No sabían adónde los llevaban. Bajo el tiempo lluvioso y el clima helado se dirigieron a la estación y partieron hacia un rumbo desconocido.

En los vagones repletos en que se apelotonaban los soldados, bajo un frío intensísimo, que mantenía su aliento como una blanca vaharada de niebla a nivel de la boca, empezaron a reconocer la geografía hispana. La multitud se arracimaba y se confundía, y parecía que de aquel acopio de individualidades ateridas surgiera una nueva personalidad mancomunada. Unos a otros se calentaban y acompañaban, haciendo menos árida la soledad de cada cual.

Uno de los soldados, un extremeño de mirada cruzada como un navajazo, se acercó a Miguel:

—Estarás contento. Vamos para allá, para tu tierra.

Sonaban al otro extremo del vagón los punteos de una guitarra. Uno de los mozos, que la rasgueaba, estaba cantando:

Cojo mi vara y mi carro

y voy por la carretera.

No hay venta en que no me pare

ni moza que no me quiera.

—No es verdad —intervino el que estaba a su lado, medio dormido, pero que se despabiló—. Nada de Cataluña, nos llevan a Teruel.

—¿Cómo lo sabes?

—Esta es la vía Burgos-Calatayud. Y por ella no se va a Cataluña.

—Pues quizá tengas razón —concedió el extremeño, que se puso a mirar al exterior.

Una gran cortina de aguanieve, azotada por la ventisca, se cernía sobre un paisaje de tierras en barbecho. Era un paisaje triste e inhóspito, que se perdía en el horizonte con leves ondulaciones.

A medida que el tren fue avanzando, los soldados parecían entrar en calor. Un grupo de ellos jugaba a las cartas en uno de los bancos. De vez en cuando pasaba de mano en mano una garrafita de anís.

Miguel Llobet sentía por dentro una extraña y mordaz melancolía. Recordaba los valles de su país, las colinas soleadas, el verdor de los prados del Montseny. Recordaba, uno a uno, los versos de la Ofrena rural de Guerau de Liost:

Dona Maria d'Arimells

única aimia

del Cavaller Guerau, sense castells

fora d'un casolà castell de poesia;

més fort que tres segells

vostre llavi em segellaria…

Al atardecer llegaron a Calatayud. El tren entero —unos mil hombres— se vació en el andén. Se alinearon cada uno con su fusil y su mochila, y fueron en formación hasta un cuartel situado en el centro de la ciudad.

Allí pasaron la noche. Se envolvieron en sus mantas y durmieron como pudieron en unos jergones sobre el suelo. Dormían dos o tres en una misma cama. Con ello, además de apurar el espacio, se defendían del frío.

Al día siguiente, de madrugada, los pusieron de nuevo en camino. Los hicieron subir en unos camiones. Iban apelotonados en ellos, sentados en sus mochilas.

Durante el día entero los camiones avanzaron por caminos llenos de nieve. A veces, el camión se atascaba. Había que bajar y empujarle. Ya al anochecer se advirtió al fondo un ruido que era como un trueno lejano. Ese ruido fue creciendo lentamente. Cuando oscureció del todo, sobre el negro de la noche se marcaron unas manchas de luz. Eran borrones lechosos y amarillentos. Era la batalla.

Los hicieron bajar en un pequeño pueblo que estaba medio en ruinas. La guerra había pasado por allí. Los restos de algunas casas emergían entre la nieve. En los huecos de los edificios los soldados habían encendido hogueras en las que se calentaban. Había un ir y venir de sombras entre los rescoldos, y de vez en cuando se oía la voz de un capitán. Estaba dictando unas órdenes a un telegrafista, que había instalado su transmisor entre los bloques de una vivienda destruida, bajo una pesada lona que empezaba a hundirse con la nieve.

El ruido del bombardeo y de la fusilería era horrísono, pero una espesa lámina de copos parecía nublar los estampidos, como si estos fueran una cosa irreal, mitad soñada. Los hicieron alinearse y seguir una fila en la que les dieron algo de comer. La comida estaba helada. Los chuscos de pan contenían por dentro un par de aceitosas sardinas y en los vasos de cada uno les sirvieron una ración de té caliente. Todos ellos pateaban contra el suelo, blando y blanco.

—¿Lo oyes? No se podrá pasar. La nieve impide el contraataque. Aunque yo preferiría los tiros a morir congelado —dijo el extremeño.

Hubo una deliberación entre el capitán que dictaba al telegrafista y el comandante del batallón. Hablaban velozmente, a gritos, pero nadie podía entenderlos; con gesto de mal humor, el comandante los hizo formar de nuevo.

—Bajad las lonas de los camiones y ponedlas debajo de cada camión. Vamos a descansar un rato.

Así lo hicieron y se tendieron sobre la nieve, protegidos por el techo de la caja de cada vehículo, entre las ruedas. A pesar del frío lacerante, Miguel Llobet se durmió en el acto. Serían unos minutos, quizás un cuarto de hora. Lo despertó el extremeño de un tirón en la pierna.

—Catalán, adelante.

Se incorporó. Se sentía entumecido y su sangre tardó unos segundos en reaccionar. Le dolían las puntas de los pies. No obstante se puso en marcha, y pronto sintió en lugar del frío un asomo de calor. Las llamas se veían cerca. Las explosiones eran constantes y creaban en todo el paisaje blanco una falsa claridad.

—Toma, echa un trago —le dijo el extremeño, tendiéndole la cantimplora. La paletada de anís le entró en el cuerpo como una bendición.

Advirtió entonces que delante de ellos avanzaban con ruido mecánico y de hierros dispersos un par de tanques. De vez en cuando, disparaban. Entre ellos, a unos pasos, marchaba su alférez. Era un muchacho rubio, juvenil, que ya en el cuartel le había llamado la atención. Parecía un niño demasiado crecido.

De la torreta de un tanque salía inesperadamente, con un bramido y un golpe seco, estruendoso, un proyectil. Se le veía explotar más lejos. El alférez adelantaba el paso. Se ponía en ocasiones a cubierto tras la mole de hierro, de vez en cuando volvía a salir en solitario sobre la nieve. Alrededor de ellos silbaban las balas y la metralla. La nieve se levantaba en súbitos surtidores. Tendido en el suelo vio un bulto negro que se quedó detrás de él. Le pareció que no se movía. ¿Era un muerto?

Miguel Llobet escudriñaba en la oscuridad. Teruel no se adivinaba, no se advertía, no se manifestaba. ¿Dónde estaría? La noción de estar lejos de todo, sin saber cuál era el fin de su objetivo, resultaba más fuerte que el frío. Cerca de él vio doblarse a un soldado. Quedó de rodillas sobre la nieve, aplastándose patéticamente el correaje en el vientre. ¿Lo verían? ¿Vendrían a rescatarlo?

Los tanques habían parado. El alférez les hizo signo para que se pusieran detrás de ellos. A cada andanada, la mole de hierro parecía crepitar. Se estremecía toda ella.

—Cuando os diga, hay que avanzar por delante del tanque. Vamos a tomar aquella posición de allí.

En la blancura sobresalía un bloque de un tono pardusco, gris. En sus líneas, Miguel Llobet reconoció una chabola. El tanque disparaba contra ella una andanada tras otra. Desde allí podía ver Llobet media docena de tanques, de cien en cien metros, que batían otros tantos reductos.

El alférez miraba a un punto, en el centro, y parecía escuchar entre los estampidos.

—Ahora, adelante.

Y salió el primero de aquel lugar. La docena de soldados parapetados tras la máquina y los muchos que estaban cuerpo a tierra sobre la nieve, se pusieron en marcha de un salto. El fragor de la fusilería adormeció toda otra sensación. Las balas silbaban por el contorno.

El alférez de cara de niño acababa de gritar, como un loco: Adelante Ya son nuestros. ¡Adelante!

El tableteo de las ametralladoras de la chabola acababa de cesar. Media docena de bultos iban saliendo de ella, con los brazos en alto bajo los capotes.

En Barcelona, en el piso de la Ronda de San Antonio, Gertrudis Llobet se despertó de pronto. No sabía qué extraño aliento la había sofocado en su sueño. Isabel, su hija, dormía a su lado.

Encendió la luz.

—¿Qué pasa, madre?

—¿No has oído?

Escucharon atentamente en el silencio de la noche. Había un silencio absoluto, un silencio trágico. Isabel notó que su madre jadeaba. De vez en cuando tenía sobresaltos así.

—No es nada, madre. Toma una pastilla —dijo, sacándola de un frasco.

Gertrudis tardó largo rato en serenarse.

—Isabel, hija mía, vamos a rezar —y cogiendo de la mesilla su rosario, hizo con él la señal de la cruz.