IX

MIGUEL LLOBET llevaba ya dos meses en la posición de la orilla del Ebro. Acababa de escribir una carta a Carlos Rius comunicándole todo lo que le había ocurrido desde que se despidieron en Burgos. Las impresiones que le daba en esa carta eran, por fortuna, las de un superviviente. Le decía que, a pesar de haber visto morir a muchos y a pesar de haber estado él mismo expuesto a morir en docenas de ocasiones, le escribía en la calma bucólica del parapeto, viendo como más abajo discurrían hacia el mar las aguas del Ebro. «Ante este paisaje —escribió—, siento como si me encontrara muy cerca de mi casa. Esto da una inmensa alegría, sobre todo cuando se viene de tierras heladas, de las que todavía me extraña ahora haber podido salir con vida. Y, sin embargo, aún falta un buen trecho para que entremos en casa. Cuando veo a los otros detrás de sus parapetos y pienso en lo difícil que va a ser cruzar este río, estoy a punto de desesperarme. Pero, en fin, también es cierto que cada día que pasa nos acerca más al final y a la normalidad. Lo que siento es que tú no puedas estar también por estos parajes, para que puedas compartir la ilusión de estar “cerca de casa”. Algún día será…».

Lo que Miguel Llobet no sabía era lo cerca que estaba de que se produjeran en aquella zona hechos imponderables y de la mayor enjundia. En efecto, desde hacía unas semanas se había observado en determinados puntos del frente una inusitada y solapada actividad.

Por allí comenzó a circular el rumor: cerca de Cherta habían sido vistas en un fondeadero medio oculto centenares de barcas; en las proximidades de la isla de Buda estaban camuflados —el sargento Robles había recibido carta de otro sargento desde dicho lugar— pontones y pasaderas en número no determinado; «se decía» que al otro lado del río habían sido descubiertas en despliegue velado hasta ocho divisiones, aparte de las fuerzas que estaban ya en las posiciones. Enfrente mismo de su parapeto, mirando al otro lado se advertía que aquella unidad a la que se veía moviéndose como si fuera una unidad de gimnastas, lo que estaba haciendo eran ejercicios tácticos y de entrenamiento para constituir un batallón de desembarco. Y lo que estaba pasando ante sus narices, al otro lado del río, eran unas cuantas unidades de artillería antiaérea, en número tal que lo que se estaba preparando sería con seguridad un fregado de los gordos. Lo que faltaba: la noche anterior habían cogido prisionero a un soldado que era nada menos que sirviente de El Campesino. Afirmó que lo que estaban preparando era un ofensiva por el bajo Ebro; el ataque se produciría durante la noche y sería precedido de un violentísimo golpe de mano.

Pero pasaba una noche, y otra, y otra, hasta ocho y diez noches sin que el temido pero ansiado ataque se produjera. ¿Habrían desistido de él? ¿Habrían echado marcha atrás, como tantas otras veces? Sin embargo, los rastros e indicios de que algo se estaba cociendo no cesaban de manifestarse; los prisioneros y fugados certificaban que algo estaba en el horno; nuevos puentes habían sido preparados y descubiertos al otro lado de la corriente; la aviación había avistado movimiento de tropas, carros de combate y tanques a veinte kilómetros hacia el interior. El nerviosismo acrecía. ¿Dónde, cómo, cuándo? ¿Y qué hacía el mando, que no enviaba refuerzos? ¿Esperaba a que los rojos machacaran a las pobres fuerzas baqueteadas de la orilla? ¿Cómo no llamaba ya, en socorro de estas, a algunas de las unidades del interior, o detenía un poco la ofensiva contra Valencia, para asegurar aquellas posiciones de la orilla tan gallardamente ganadas hacía poco?

Los días caliginosos de julio se pasaban en esta espera, y los soldados, empapados en sudor, envidiaban desde la trinchera la libertad de las gaviotas, vencejos y palomos que sobrevolaban con un vuelo sesgado las aguas marrones del río. Ojalá cada uno de los soldados pudiera gozar tan libremente del aire y zambullirse en las aguas próximas, en las que refrescar la piel y aliviarla de sus angustias. Por la noche, la luna de julio lanzaba a todo el panorama del cauce el reflejo casi níveo de su luz y exaltaba los contornos de las cosas y les daba una calidad irreal, como de fantasmas. Esa luna fue decreciendo y se perfilaron de nuevo en el cielo, clarísimos, los fulgores de millares de estrellas, centenares de millares de puntitos de luz blanca, que ornaban de un lado al otro la vastedad de la bóveda. A la luz de esa miríada se hacía más hondo el rumor del agua en su viaje ciego hacia el mar, y un coro infinito de grillos se desleía en la vastedad de la campiña, hacia el monte.

Una de aquellas noches de finales de julio superó a todas las otras en expectación y misterio. Fue la noche del 24, víspera de Santiago; si en las anteriores parecía ya que el aire pudiera cortarse, pero aún se sentía balbucear algunos de los infinitos rumores de la noche; si en las jornadas precedentes los grillos y las luciérnagas aún vivían en la vasta inmensidad; si aún era posible oír de vez en cuando el silbido de un tiro perdido; si espantaba los aires el aleteo inesperado de un búho o se oía el rumor del agua al discurrir hacia el mar, la noche del veinticuatro de julio, en cambio, se cerró como si nada existiera, como si el mundo hubiera dejado de vivir. Un silencio absoluto y total se cernió sobre todas las cosas. No se oía ni el rumor del agua, que parecía que hubiera detenido su curso, ni el aleteo más mínimo en los cielos, ni el ruido de unos pasos o de una voz. Parecía que todos los hombres hubieran muerto de pronto, que todo estuviera sujeto a una especie de suprema ingravidez. Los ojos de los centinelas se tendían hacia adelante con una voluntad espantada. Nadie era capaz de escudriñar en la sombra aquella vez. Y todos, en la palpitación íntima de su silencio, pensaban que sí, que aquella iba a ser irremisiblemente la fecha temida y esperada; y en la soledad de su noche, se santiguaban a oscuras y empezaban a rezar.

En la caverna montañosa de La Figuera, abierta en la cumbre sobre los montes y sobre el llano, unos cuantos personajes velaban su guardia en la espera. Estaban allí el coronel Modesto, artífice de aquel escondrijo y de la batalla que iba a venir; Nicolás Borredá, con una punta de angustia que alteraba mínimamente el latido de su corazón maltrecho; Ronald Howes, recién llegado de Londres, donde había pasado quince días ilustrando a reporteros y jefes de agencia sobre lo que se estaba cociendo, y media docena de enviados especiales, árbitros del telegrama y de la noticia urgente, que estaban aguardando allí, con un whisky en la mano, a que los cañones empezaran a zumbar. Todos estaban esperando en la oscuridad a que empezara el gran combate.

A las doce menos cuarto en punto de la noche —los corresponsales miraron el reloj— empezaron a sonar al unísono todas las baterías del frente. El rumor sonaba como un solo estrépito continuado de centenares de proyectiles que cayeran a la vez, al otro lado del río. Tardaron un rato en localizar las señales del ataque. Pero pronto se vio desde Mequinenza a Cherta y más allá, la roja cenefa que dibujaban sobre las orillas del río las explosiones, que empezaban a teñir con un lustre rojo los aires oscuros. Su reflejo, granate y oro, dejaba espejear sobre las superficies de las aguas una luz que subía y bajaba, levantando en algunos lugares pirámides de polvo, que quedaban un instante detenidas en el aire para precipitarse luego y caer. El espectáculo era colosal y los corresponsales se acercaron a Modesto, le felicitaron y brindaron con él. El coronel lo hizo con un vaso de vino tinto.

—Con la batalla que hoy empieza, señores —afirmó, vaso en alto, Nicolás Borredá—, la República va a cerrar definitivamente el paso a las fuerzas reaccionarias y fascistas. Hoy es un día histórico; y confío en que ustedes, que han tenido el privilegio de presenciarlo, sepan valorar el significado que tiene para todo el mundo libre.

Ronald Howes tradujo estas palabras, que fueron escuchadas por los corresponsales con unción, como si fueran sagradas. Luego Borredá se llevó a Howes al otro lado del departamento, que era una sala amplia con muros de hormigón; sobre una mesa, ante la que se hallaba Modesto, estaban desplegados mapas y papeles; junto al muro había dos camas turcas. Unos soldados guardaban el acceso al exterior.

—Tenemos que acompañarlos a que presencien el paso del río. Pero antes será conveniente que envíen un telegrama urgente, para que coja la última hora de los diarios de la mañana. Hay que darse prisa.

La ofensiva estaba, pues, orquestada de acuerdo con los horarios de la prensa. Borredá rebosaba a la vez de nerviosismo y satisfacción. Cierta excitación le aturdía cuando comparaba la calma y la aparente indiferencia del inglés con la desazón que sacudía su propio estado de ánimo. Hubiera querido estar a la vez en una de las barcazas cruzando el río, ante un micrófono comunicando las noticias y con un fusil en la mano, apoyando el avance de los atacantes.

En aquel momento se oyó por encima de sus cabezas un ruido espantoso. Eran los aviones, que venían a sumarse a la acción de la artillería.

—¡Ya era hora! —exclamó Borredá, a punto de lanzar un hurra. Ronald Howes, a su lado, dio una chupada profunda a su cachimba, expelió una bocanada de humo y declamó con lento susurro unos dolientes versos de John Dryden:

No, no, poor suff'ring heart, no change endeavour,

choose to sustain the smart, rather than leave her;

My ravish'd eyes behold such charms abouther

I can die with her, but not live without her…[1]

—¿Qué? ¿Nos vamos hacia abajo? —le preguntó Borredá, impaciente.

Sin dejar de declamar, Ronald Howes accedió con la cabeza. Subrayaba el énfasis de ciertos pasajes del poema con movimientos de la pipa que humeaba en su mano.

Observaron una vez más por la mirilla del observatorio. La fogata que se veía en las lindes del río parecía que crepitara a todo lo largo de una inmensa extensión de norte a sur. Parecía verse sobre ella la sombra que hacían los aviones que cruzaban por encima a velocidades increíbles.

Junto a la silueta del río, que brillaba con reflejos de luz intensa, iban estallando las bombas que lanzaban los aviones, levantando una masa irregular de tierra que se elevaba a borbotones en la oscuridad.

Al otro lado del río no se sabía qué hacer. No por esperada la embestida daba demasiadas oportunidades a la réplica. Las tropas que guarnecían la orilla estaban fogueadas y habían llegado allí tras una intensa campaña y muchas horas de combates; los hombres estaban adiestrados en la lucha y ninguno de ellos, a buen seguro, le haría remilgos a un acto de guerra. Pero la violencia del ataque era superior a todo lo que hasta entonces habían sufrido. La intensidad era cosa inédita en los anales de aquella guerra. Los soldados bajaron la cabeza y aguantaron el chaparrón. Lo único que faltaba saber era si, en efecto, las tropas republicanas hacían aquello para pasar el río y en qué momento se decidirían a hacerlo.

Pero a la luz misma de las explosiones se veía en la otra orilla un movimiento incesante, aturdidor. Los hombres se movían a trechos, como en los fragmentos cortados de un filme. Y lo que los soldados vieron es cómo los otros iban situando en las orillas una aglomeración de barcazas; cómo subían a ellas las plataformas de un puente; cómo iban avanzando a través del río, sobre la superficie de él; cómo algunos soldados, con el agua hasta el cuello, nadaban contra corriente con el brazo levantado, en cuya mano sostenían el fusil. Entonces se empezó a vislumbrar el alcance completo de la operación. Era un intento de invasión en toda regla, llevado a cabo con el mayor número de elementos disponibles: era la revancha, la vuelta de hoja, la reivindicación del ejército de la República. ¡Cómo! ¿Qué era aquello? Una hilera de tanques y carros de combate se encaminaba hacia el norte y allá, a lo lejos, se advertía la mole siniestra de un pontón, levantado por los rojos en el poco tiempo en que duraba el combate. Si entraban los tanques, ¿dónde iríamos a parar?

—Venga usted aquí, Llobet. El Estado Mayor no responde a nuestros telegrafistas. Tome este papel. Vaya a ver si puede llegar a Fayón o a Caspe. Entregue esto al Estado Mayor, a ser posible al propio general Yagüe. Dígales que estamos bloqueados. Las tropas rojas han cruzado el río y están a nuestras espaldas. Diga que envíen refuerzos con toda urgencia. Nosotros vamos a ver si conseguimos forzar el cerco y saltar hacia atrás; diga también que no nos rendiremos.

Era un capitán, el capitán Sieso, un catalán, quien había elegido a última hora a Miguel para transmitir el parte. Miguel Llobet contempló por última vez el espectáculo de aquellos cien hombres apiñados en el parapeto, disparando a ciegas contra las aguas del río, mientras alrededor crepitaban maderos, bidones y muros en mitad de la lucha. A muchos de ellos los conocía de los ratos de asueto en los pueblos de Teruel en que habían parado; los había visto durante el avance, con la mirada tranquila y el ánimo distendido, canturreando una canción. Estaban carcomidos por la incertidumbre, atados a su destino sin acertar a doblegarlo. En sus rostros morenos había una marca de desesperación y derrota. Bajo los ojos, parecía que unas inmensas ojeras alargaran la faz del capitán que acababa de darle aquella orden misericordiosa. «Es catalán —pensó— y quiere evitarme el trance de caer prisionero de los rojos. Pero ¿a él quién lo salvará?».

—Ánimo, Llobet. No pierda un minuto.

Saltó del parapeto y entró en la oscura noche, toda ella relumbrante de fogatas y destellos. Una bomba acababa de caer en las casas bajo las cuales se disponía a cruzar para alcanzar el campo libre. Los escombros le impedían el paso. Pisaba por encima del pedregal, alcanzaba la cumbre de aquel pequeño promontorio. Luego resbaló y fue cayendo irremisiblemente, hasta alcanzar el suelo llano. Una nueva explosión se encendió a su derecha y hasta le pareció sentir el calor de las llamas. Echó a correr hacia delante.

Durante todo el camino no dejaron de perseguirle las explosiones. Al llegar a la carretera un enjambre de camiones pugnaba por salir y él se lanzó a la caja de uno de ellos, sin pensar en más. El camión avanzaba muy despacio. Un hombre se acercó a él, enfocó su cara con una luz de bolsillo y le preguntó que quién era.

—Voy a Fayón. Llevo un mensaje de la Segunda Compañía del Batallón de la Victoria.

—La carretera a Fayón está cortada, amigo.

—Pues entonces voy a Caspe.

—Si quieres darte prisa, en cuanto salgas de este embrollo coge otro carro. Nosotros vamos en caravana.

—Así lo haré.

Y empezó a observar que estaba amaneciendo. Los muros de las casas de payés aparecían cortados y carcomidos por las explosiones. Empezaba a clarear y de pronto sintió otra vez sobre su cabeza el zumbido estruendoso de los aviones. Estos pasaron y luego volvieron a pasar, mucho más bajos. Sintió la embestida de un viento terrible; sintió que saltaba por los aires y luego una explosión horrenda, cuando ya estaba de bruces en la cuneta. Levantó la cabeza y vio a su compañero, que estaba tendido en un charco de sangre; movía torpemente los dedos de una mano ensangrentada. Se levantó con lentitud, como un hombre que ha sido sorprendido en mitad de un sueño. No recordaba nada, ni que llevaba en el bolsillo de la camisa un mensaje para el general. Caminaba dando bandazos por la carretera como un borracho, pero no estaba herido. Notó que todo su organismo funcionaba con normalidad, que no sentía ningún dolor y que en parte alguna de su cuerpo brotaba sangre. Entonces empezó a recordarlo todo. Estaba en mitad de una ofensiva de los republicanos y llevaba un mensaje para que lo leyera en Caspe el general; se dio cuenta también de que no había perdido el fusil. Lo tenía en la mano. Avanzó hacia el norte.

Caminaba a campo traviesa para ahorrarse las vueltas de la carretera y para reducir el trayecto que le separaba de Caspe. Veía por el camino la muchedumbre de vehículos, el paso ajetreado de la gente que avanzaba a pie o en coche en una u otra dirección. Además del fragor de los tiros, se oían gritos, voces y ayes de los transeúntes, junto a trepidaciones de motores y alaridos de cláxones. Todo ello se fundía en la media tiniebla de la alborada y formaba un conjunto de sensaciones indivisibles. De vez en cuando cruzaban el cielo, atronándolo con su estampido, las veloces escuadrillas de la aviación.

Volvió a tomar su ruta en la carretera, que se tendía otra vez en línea recta. Estaba clareando. El ruido de los disparos y de las explosiones parecía mezclarse al rumor sutil, solapado de la vida que vuelve a empezar. Se mezclaba al tumulto de coches, motocicletas y carros de combate que iban o venían por ella en una u otra dirección. El mundo que amanecía era distinto al mundo que le había precedido. Las casas de los pueblos de la orilla estaban desventradas; ofrecían el espectáculo de sus piedras carcomidas, de sus muros calcinados, como si fueran enormes quijadas abiertas; el agua del río arrastraba restos de maderos y vigas, simulacros de vida calcinada, utensilios de cocina, muebles de madera y el brazo de algún cadáver que emergía, como un náufrago inmóvil, en la superficie. Muchas de las casas de los pueblos eran una llama que se extingue. El fuego se encrespaba en la luz del amanecer, luego decaía y no mostraba más que una densa humareda. Miguel Llobet avanzaba mientras iba contemplando por todos lados la trágica desolación.

De pronto paró a su lado un hombre en una motocicleta. Era un enlace del Quinto Tabor de Regulares de Melilla. Se había detenido para aguardar a que pasaran unos camiones que venían en dirección contraria. Miguel le abordó.

—Llevo un parte del Tercer Batallón de la Victoria, de Villalba de los Arcos, para el Cuartel General de Caspe. ¿Me puedes acercar? Es urgente.

—También yo voy para allá. Sube.

Se sentó detrás del sillín, sobre el hule de una almohadilla. La moto arrancó zigzagueando entre los vehículos. Por todas partes se advertían las huellas de los bombardeos y el acoso de las tropas republicanas. Cada nuevo paisaje traía consigo su peculiar desolación. Por todas partes se veía el espectro de las grandes humaredas que tiznaban el aire y se olía un aliento acre y tostado de ceniza, escombros y podredumbre.

A la derecha, el río se torcía en innumerables meandros, con riscos, quebradas y gargantas contra las que el agua ponía al pasar un residuo de légamo y basura. El fragor de la batalla no decrecía, antes bien parecía aumentar. Por la carretera, en los camiones, pasaban los soldados camino del interior. Iban sangrando en los uniformes y apretados en los vendajes y despedían un olor tétrico que daba una imagen siniestra al pálido amanecer. Uno de aquellos heridos saltó del camión con una pierna vendada y teñida de rojo, y empezó a avanzar a saltos sobre un pie por la superficie asfaltada, dando unos gritos pavorosos. De pronto un tiro debió de abatirle, porque cayó de bruces y no se incorporó.

Así fueron avanzando hasta que la carretera se desvió al interior. En la orilla opuesta, más abajo, aquella misma hora era el momento elegido por Nicolás Borredá para cruzar el río.

Borredá hubiera querido hacerlo a pie, por uno de los pontones que acababan de ser tendidos, pero en aquel momento era usado por las tropas para llevar a término el cruce previsto. Los soldados se sucedían uno tras otro y caminaban sobre el puente recién tendido con el fusil en la mano, sin miedo al contraataque. Unas balas batían las aguas del Ebro y se notaba su salpicadura en la corriente, pero ninguna de ellas alcanzaba el pontón.

Borredá, en compañía de Ronald Howes, decidió que cruzarían el río utilizando una barca de las que esperaban en el recodo y que estaban a cargo de unos soldados del Cuerpo de Ejército número XII, División 16, al igual que los primeros soldados que habían pasado al otro lado. Borredá mostró sus credenciales a uno de los soldados de la orilla y le ordenó que les llevara con la barca al otro lado.

Se presentó el capitán, vio los papeles y dio al muchacho la orden de hacerlo. Borredá y Ronald pusieron pie en la barca, que zozobró un instante en las aguas al sentir su peso.

El soldado cogió un par de remos y Ronald otro par. La barca empezó a avanzar lentamente por la superficie del río. La anchura de la corriente era considerable y en el momento de cruzarla se adivinaba el volumen de la operación, la audacia y la envergadura de la proeza que las tropas estaban realizando. Borredá levantó un brazo en dirección al capitán que le estaba observando en la orilla. Le hizo señas de que los otros podían ponerse en marcha.

En el acto, seis u ocho enviados especiales pusieron pie en otras dos barcas y, dejando la orilla, empezaron a navegar hacia ellos. El espectáculo que se les ofrecería sería soberbio. Desde el cauce se advertía en toda su dimensión la amplitud de la batalla. En la orilla opuesta, hasta que la vista perdía la realidad de las cosas, se observaba el rastro de las fogatas y explosiones. Los pueblos no eran más que una silueta carcomida, emergiendo y arañando las nieblas al amanecer.

Sin saber por qué, Nicolás Borredá sintió que advenía a su recuerdo algo relacionado con los Nibelungos de Wagner. Estaba en el Gran Teatro del Liceo y sonaban las trompetas profundas y los oboes lujuriantes. Un mundo heroico empezaba a nacer.

Bogaban hacia la otra orilla, empezaba el avance hacia el objetivo. En las ventanas de las casas de Mora la Nueva se distinguía la mancha negra de los cañones de fusil, aún vivos pese al castigo al que habían sido sometidos. De pronto empezaron a oír sobre sus cabezas los silbidos de algunas balas. Estas caían algunas veces dentro del río y levantaban hoyos en el agua, que lanzaba salpicaduras por doquier. Se levantaban aquí y allá diminutas cúpulas de agua. Algunas balas pasaban por la superficie como un reguero, imprimiendo por un instante en el líquido la huella de una lombriz velocísima. Esa forma huidiza que tenía la muerte aquella mañana encrespaba el ánimo de Borredá.

—Aún viven; aún están vivos. Pero están copados. Su defensa es desesperada. Antes de un par de horas estarán rendidos —gritó a su compañero el inglés, que, con la pipa en la boca, no cesaba de remar.

Los enviados especiales seguían en los otros botes, con caras de pocos amigos. Estaban empezando a pensar qué tipo insensato sería aquel Borredá que los había metido en semejante berenjenal sin necesidad alguna. ¿Qué empeño tenía en darle a la guerra esos visos realistas? ¡Cuando lo más hermoso de las guerras era imaginarlas desde el cuarto del hotel! ¿O pretendía que verificaran que los tiros en España eran tiros?

—Amigos, basta de bromas —dijo uno de ellos—. Eso se ve también perfectamente desde la orilla. Conque ¡demos la vuelta!

Ordenaron al soldado-barquero, con tumultuosa unanimidad, que los volviera a su punto de partida. Las dos barcas dieron media vuelta.

La barquita de Borredá seguía su avance por las turbias aguas. Ya se acercaba a su destino. A medida que la orilla se aproximaba se iba haciendo más difícil ser batido por los soldados nacionales. El saliente de un morro de tierra impedía el tiro desde los parapetos.

Entre tanto, con la luz del día, los soldados que habían estado apostados en el puente y que fueron lanzados hacia las posiciones nacionales, habían entrado, en sucesivas oleadas, en el interior de aquellas posiciones. Se advertía en algunas el movimiento del avance y la lucha; empezaban a salir de algunos puestos los soldados franquistas, que aparecían con las manos en la cabeza, en actitud de rendición.

—Lo que decía, Ronald. Se están rindiendo.

Era imprudente que la aviación atacara entonces, pues podría batir a las fuerzas propias. Borredá miró al cielo, vio pasar unos bombarderos y notó con satisfacción que se abstenían de lanzar sus bombas. «La operación está bien coordinada», pensó.

Ya iban llegando a la orilla. El soldado atracó junto a un saledizo en el que era relativamente sencillo poner el pie. Ató la proa de la barca en un madero que sobresalía de la orilla, y haciendo presión con el remo en el cauce del río acercó toda la embarcación para que sus pasajeros pudieran bajar.

En el momento de poner pie en tierra, Ronald Howes, acariciándose la barbilla y poniéndose la pipa en los labios, comenzó a recitar en un susurro:

Sigh no more, ladies, sigh no more;

men mere deceivers everp;

one fool in sea, and one on shore,

to one thing constant never…[2]

Borredá se erigió en amo de la situación y en conductor de su amigo el inglés. Empezaron a franquear la empinada cuesta que les dirigía al centro del poblado. Iban arrimándose a los muros de una callejuela que subía en pendiente hasta la cima. Algunas de las casas de esa calle estaban aún en pie. En la calle transversal que coronaba la subida se advertía el paso de los soldados atacantes, que miraban a un lado y a otro con suspicacia y caminaban con sigilo, avanzando tras los cañones de sus fusiles.

Cuando llegaron a aquella calle tuvieron que pegar sus cuerpos a los muros derruidos de las casas. Las balas silbaban por allí que era una bendición. Vieron como dos de los soldados, que estaban cerca de ellos, caían heridos por plomo de bala. Pero otros se metían en el interior de las casas y sacaban de ellas a grupos de la tropa fascista, las manos en el cogote. El griterío era muy fuerte.

—¡Salid de ahí, malditos! ¡Ojo, las manos en alto!

Otros atacaban por la espalda a las trincheras que estaban sobre la corriente del río, serpenteando como su curso. Advirtió Borredá la cara de estupor de un grupo de soldados fascistas cuando fueron sorprendidos por los soldados republicanos. Uno de ellos, un oficial, empezó a disparar, no obstante, con su fusil ametrallador y fue acribillado. Cayó de frente sobre el parapeto, con la cara destrozada y sangrante.

El sol estaba ya plenamente en su orto e iluminaba de lleno la enorme explanada. Aquel sería un día claro, un día veraniego y caluroso, un día de sed en el que apetecería el agua; un día de sudor en el que sería justo buscar el resquicio por el que se filtrara un poco de aire fresco. Habría que andar en la sombra y con el pecho cubierto bajo el sol. Parecía que la tierra entera empezara a jadear. En los riscos y entre los jaramagos empezaba a tenderse una tenue y blanca calina sofocante.

En el poblado de Miravet, Llobet y el motorista tuvieron que apearse para ayudar a unos soldados que intentaban arrastrar una pieza del 65, la cual había quedado atascada en mitad de la plaza. Los tiros batían por doquier y la intención de los soldados era llevar la pieza hasta lo alto del castillo fortificado que dominaba la población. Los mulos eran incapaces por sí solos de llevarla adelante.

La retirada en aquel sector se estaba efectuando con dificultad. Los republicanos habían envuelto a Miravet por todos lados, menos por el camino a Gandesa, que quedaba libre. Miguel Llobet temía quedar atrapado en la población, si no conseguían alcanzar ese camino antes de que se cerrara el cerco. Por fortuna para él, en vista de la imposibilidad de llevar consigo la pieza, los soldados optaron por dejarla abandonada en mitad de la plaza después de hacer estallar una bomba de mano en el interior de su cureña. Luego los artilleros subieron apresuradamente por la pendiente que llevaba al castillo, desde donde disparaban ya hacia el exterior los soldados que había en su interior y que se habían hecho fuertes allí. El motorista y Miguel volvieron a cabalgar en la moto y salieron disparados hacia el camino de Gandesa, que empezaba a ser batido por los republicanos.

Pero a medida que avanzaban les pareció que los soldados nacionales empezaban a resistir bien. Vieron también, en alentador vuelo, unas escuadrillas de caza de la aviación nacional, y luego los reposados bombarderos, que avanzaban en formación con una marcha pausada y sólida. El vuelo de estos parecía protegerlos cuando se introdujeron con la moto en las gargantas de la sierra de Pándols, que mostraba sus vetas de pizarra y de granito al sol y que parecía devolver sus destellos en mil reflejos de sus aristas y quebradas.

—Es inútil intentar llegar a Caspe. No pasaremos de Gandesa.

En Gandesa descendieron en la plaza en la que estaba instalada la oficina del Estado Mayor de la Brigada. La casa era también Comandancia Militar. Era una construcción de tres pisos, que hacía esquina a una calle más estrecha. Él y el motorista subieron por la angosta escalera hasta llegar a los despachos de la primera planta. Los recibió un oficial de los cuatro o cinco que había en la estancia; pero en cuanto Miguel explicó el motivo que los llevaba allí se adelantó un capitán.

—El coronel está comunicando con Caspe; ahora mismo sale.

En efecto, unos minutos más tarde salió el coronel jefe de la Brigada. Era un hombre relativamente joven, que lucía en el pecho la estampilla roja de los Regulares, sobre la que relucían tres grandes estrellas. Llobet le entregó el papel que llevaba y le expuso de palabra lo que motivaba su viaje.

—Acabo de hablar con Caspe, con el general. Las órdenes son de retirada, de momento, a una línea que va de Sierra Fatarella, por las alturas al este de Camposines y el puerto de Pándols, al cruce de la carretera de Prat de Compte a Tortosa —dijo, a la vez a Llobet y a los oficiales, e iba indicando con un puntero cada uno de estos puntos en un mapa que estaba pegado con chinchetas a la pared—. Luego ya se verá. De momento, la aviación ha empezado a actuar intensamente —y esta vez se dirigió solo a Llobet—. Dígales que no los dejaremos entrar en Gandesa. He enviado a Peñarredonda la unidad de reserva que tenía aquí, el Quinto Tabor de Regulares de Melilla. ¡Ah!, y he pedido que abran las compuertas de los embalses, de modo que dentro de poco ya no podrán seguir cruzando el río. Vuelva a su puesto y comuníquelo.

—Bien, mi coronel. ¿Manda usted algo más? —dijo, mientras le saludaba con la mano en la sien y se mantenía cuadrado.

El coronel le dio autorización para irse y Miguel se encontró de nuevo en la plaza. Un coche se disponía a salir por la carretera con un oficial y dos alféreces. Se acercó y les pidió permiso para unirse a ellos.

—No llegarás ni a Miravet. La carretera está cortada.

—¿Adónde van ustedes, mi capitán?

—Vamos a la sierra. A Pándols. Si quieres venir…

Se quedó en mitad de la plaza, sin saber qué camino tomar. Se sentó en un bordillo, a meditar, muy cerca de la entrada a la Comandancia.

Coches, carros de combate, soldados a pie o en camiones cruzaban continuamente frente a él. La barahúnda era considerable. Se oía un estrépito cercano de fusilería y de obuses que estallaban.

Pasó cerca de él un capitán que decía a otro:

—El Séptimo de Arapiles se ha fortificado en el castillo de Miravet. Los están atacando con disparos de antiaéreos desde el otro lado del río.

En aquel momento salió de la Comandancia su compañero el motorista. Le descubrió sentado en la acera.

—¿Qué haces tú aquí? ¿No marchas?

—A ver si marchas tú…

—No. Yo me quedo, qué remedio. Vamos al cuartel. Por lo menos, asegurémonos el rancho.

No les costó mucho encontrar el cuartel, en una de las casas del pueblo, justo en la encrucijada de la carretera de Tortosa. Con la marcha del Quinto Tabor de Regulares había quedado casi vacío. En él no quedaban más que los enfermos y los que estaban de paso al regreso de un permiso.

—Vamos al café, a ver qué dicen por el pueblo —propuso, una vez que dejó la moto.

En la misma carretera había un café, en el que tomaban su copa algunos campesinos junto a varios soldados. El motorista y Miguel se acercaron al mostrador. Pidieron dos carajillos.

Los campesinos miraban alrededor con unos ojos indiferentes, en los que no se manifestaba el espanto. El dueño del café estaba cabizbajo, sin pronunciar palabra.

En los muros del local había algunas estampas coloreadas que ilustraban aquel ambiente sórdido pero amplio. En el techo, de una viga a otra, flotaban estelas de telarañas, que se bamboleaban al aire cada vez que alguien abría la puerta. Un calendario a todo color con una beldad rubia que enseñaba los muslos, acababa de completar la decoración del local.

—La cosa se está poniendo fea —clamó un soldado, nada más entrar, sacudiéndose el polvo de su gorro con grandes manotazos—. En Miravet, los de Arapiles están en el castillo, sitiados por todos lados, y desde el otro lado los fríen hasta con antiaéreos, ¿no lo sabíais? —y se echó a reír con grandes carcajadas—. ¡Cómo las estará pasando el Pulgas, que tanto presumía!

—Y cómo vas a pasarlas pronto tú, si esto no se arregla… —contestó otro de los soldados, un herido que llevaba el brazo derecho levantado en cabestrillo, lo que le convertía en zurdo a la hora de tomar el café.

—Aquí estamos, para lo que se pueda presentar. ¿O es que no somos unos jabatos? —volvió a terciar el primero, que era bizco y llevaba una barba de tres días—. Lo que pasa es que estamos ya muy vistos. Sí, señores —añadió, dirigiéndose entonces a Miguel y al motorista, con ganas de entablar conversación—. Desde Ceuta hasta acá son muchos días de guerra y muchas cabronadas, ¿no os parece? Hasta que hemos tenido la suerte de tropezar en este pueblo con el piojo verde parecía que no nos podíamos salvar. Amigos, ¿y vosotros de dónde venís?

—Yo vengo de cerca de Cherta, del río, del tercer Batallón de la Victoria —contestó Miguel.

—¿Y qué ha pasado allí?

Pero en aquel momento un enorme estampido volvió a recordarles que estaban en el centro de la guerra, que Gandesa era una población del frente. Trepidaron botellas y cristales y se oyó después cómo empezaban a tabletear muy cerca las máquinas automáticas. Por la carretera se oyó el ruido bronco que hacía un tanque al avanzar…

A media mañana Nicolás Borredá y su compañero, Ronald Howes, estaban contemplando el paso de las tropas por los puentes tendidos a la altura de Mora. Habían tenido que guarecerse en dos ocasiones a causa de los vuelos de la aviación enemiga, que había llegado a descender sobre sus cabezas hasta casi rozar los campanarios del pueblo. Los explosivos habían dejado su huella en el pontón, pero no habían logrado dañarlo. Los camiones y las tropas seguían cruzando el río a través de aquel, cuya estructura respondía a las esperanzas mantenidas en las horas de la preparación de la batalla.

Borredá podía entonces dedicarse con Ronald Howes al placer simplemente intelectual de la dialéctica, del coloquio compartido sobre tantos temas divinos y humanos que les eran comunes y que les preocupaban. Estaban tratando de la suerte política de España después de la contienda. A juicio de Borredá, no habría dificultad en reinstalar en España los arquetipos de la democracia más pura; el pueblo, que era en realidad el vencedor de la guerra, sería el primer interesado en situar otra vez en la gobernación del país a un equipo de gentes representativas, abiertas, verdaderamente liberales y partidarias de la auténtica ilustración. A los días duros de la circunstancia bélica, seguirían los de la revolución verdadera. Habría que prepararse para coger con mano dura las riendas del poder. Con el apoyo del proletariado de verdad, que habría de unirse en esta tarea, podría emprenderse de una vez en España lo que tanto se había estado buscando: el progreso y la paz.

—Durante un tiempo —opinaba Borredá— he creído en el valor natural e inmanente de las masas. Fue en los días de nuestra revolución, cuando lo del 6 de octubre. Entonces creía que por el solo hecho de nacer proletario el hombre del pueblo poseía dentro de sí los valores inmanentes del poder político. Cuando se es «pueblo», me decía, se es por nacimiento todo lo demás. Pero en el 6 de octubre y después, hasta esta guerra, me he dado cuenta de que no basta con ser «pueblo». Dentro de él hay que pasar por unos estratos, por unos procesos de perfeccionamiento y de educación, sin los cuales las virtudes primarias y latentes del individuo no saldrán nunca a la superficie.

Ronald Howes le iba escuchando con leves chupadas a su pipa, con las que iba expeliendo al aire riachuelos de humo blanco.

—Y este proceso de educación, esa cátedra humanizadora y formativa es la guerra. Ni más ni menos. Con la guerra el hombre del pueblo ha aprendido la filosofía política indispensable para convertirle en un hombre social. Ve, si no, lo que ha ocurrido a muchos de nuestros hombres, que al principiar la guerra eran simples seres instintivos y primarios: hoy son hombres de provecho, intelectuales y hasta políticos de valor. Acabamos de ver a uno de ellos: Modesto. De los riscos del monte, donde guardaba cabras, ha pasado a tener el mando de un ejército. ¿Cuántos años de elaboración hubiera costado esto sin la guerra? ¿Diez, quince, veinte años? Quizá más. Quizá no se hubiera logrado nunca este resultado. Ser capaz de dirigir un ejército implica una serie de condiciones éticas, intelectuales y morales que no se dan en el hombre vulgar. He aquí el valor formativo de la guerra, por el que puedo decir que después de esto España será distinta. Ni Negrín, ni yo, ni Azaña, ni Prieto, ninguno de nosotros podrá equipararse al hombre nuevo que saldrá de las trincheras; que está saliendo ya…

Borredá paró un momento de hablar. Escuchó, entre el ruido de las bombas y de los disparos, un sordo rumor que venía de lejos, como el inmenso ruido de un escuadrón de Caballería que llegara del llano a galope tendido. Le intrigaba un poco aquel rumor, pero recogió de nuevo, donde lo había dejado, el hilo de su digresión.

—Ese hombre nuevo será capaz de hacer cosas que nosotros no pudimos hacer; o que no nos atrevimos a hacer: se atreverá a hacer puentes, centrales eléctricas, embalses; se atreverá a hacer la reforma agraria; se atreverá a suprimir la propiedad, a suprimir las prerrogativas de la Iglesia; a decretar que el amor es libre entre los seres humanos libres; la mujer tendrá los mismos derechos que el hombre, incluso el de procrear a su antojo. Mira tú este río. Ves esos puentes de madera: ¿hay alguien que se hubiera comprometido a montarlos en una noche, en tiempos de paz? Ha sido necesaria una guerra para que el hombre pusiera en juego esfuerzo y tenacidad. Y lo mismo con infinidad de otras cosas…

Howes le miraba con sus ojos acerados, ligeramente oblicuos, que cerraba un poco como protegiéndolos de la vecindad del humo que salía de su pipa.

El rumor que había sorprendido a Borredá poco antes, acrecía y se aproximaba. Borredá hizo un movimiento con la cabeza. Miró atentamente al río.

—¿Qué es eso?

Acrecía de manera monstruosa. Venía por el río. Ya se acercaba. A lo lejos se veía avanzar a todo lo ancho de la corriente una masa líquida indescriptible, alta de unos metros, que arrastraba cuanto hallaba por delante.

—¿Qué es eso? ¿Habrán abierto los embalses?

El bombardeo y el estrépito de la fusilería, aún vivos, quedaban a merced de aquel otro ruido, bronco, descomunal, que avanzaba barriendo el cauce y arrollándolo todo. En el puente frente a la población, montado sobre docenas de barcazas, puestas una al lado de otra sobre el río, había un par de camiones y algunos hombres que la crecida se llevó por delante levantándolos a varios metros de altura. Era una inmensa ola de agua casi negra que avanzaba sin remisión, con una fuerza ciega. En los primeros metros de la embestida arrastraba multitud de objetos, troncos y residuos de otros puentes arrollados más arriba, de modo que su paso era el de un monstruo destructor que hería todo lo que encontraba por delante. Su tumulto duró largos segundos, se expandió por la atmósfera. Al fin, el torrente de agua pareció serenarse de nuevo, advino con más calma. Pero el caudal de agua había crecido en un par de metros, que daban al cauce del río una silueta imprevista e inédita, y avanzaba a oleadas como el mar. Muchos de los objetos que había en la orilla aparecían sepultados por las aguas o emergían de ellas en otra posición. La proa de algunas barquichuelas apuntaba al cielo, en ridícula e imprevista pirueta.

—Vamos a ver si encontramos al comandante de la 45 Internacional. Él nos dirá la importancia que tenga este tropiezo, que no creo que sea mucha, y el estado en que se encuentra la ofensiva en este momento. Vamos para allá.

Borredá y su compañero se metieron en el pueblo y empezaron a merodear por sus calles. En todos lados se veían restos de la batalla. Las casas estaban convertidas en un montón de escombros. Descubrían al aire sus vigas entre montones de basura. En una plazuela se hallaban detenidos y en formación un grupo numeroso de soldados fascistas. Estaban custodiados por un par de soldados republicanos.

—Soldado, ¿dónde está el jefe de la 45?

El soldado no lo sabía.

—¿Y tu mayor? ¿Dónde está?

El soldado señaló en una casa un grupo de hombres que observaban hacia el río. Borredá se acercó a ellos. Vio a uno que llevaba las insignias de mayor. Volvió a formularle la misma pregunta.

El mayor, saliéndose del grupo, les indicó que fueran a la salida del pueblo. Allí, en una camioneta y junto a una tienda de campaña, había instalado sus reales el jefe de la 45 División Internacional. En la tienda de lona los atendió un hombre ya entrado en años, grueso, con el rostro cubierto por unas grandes barbas que empezaban a grisear, que respondió a sus preguntas en un español defectuoso. Tenía los defectos de fonética y de prosodia de un alemán. Se llamaba Sikovsky.

—Los objetivos de la 45 están siendo cumplidos. Desde nuestras posiciones dominamos la orilla izquierda del río Canaleta y amenazamos Gandesa por el sureste. Si por el norte han entrado en Fatarella se puede decir que la suerte de Gandesa está echada y que la operación ha sido un éxito.

—Bien, comandante. ¿Y qué piensas de la acometida del río?

—¿De la inundación? Todo depende de la urgencia con que debieran seguir pasando nuestras tropas. Yo creo que ahora podemos esperar. En todo caso, ese remedio solo sirve para una vez. Los embalses no estarán llenos de nuevo hasta diciembre o enero. Y los puentes, en cambio, se construyen en ocho días.

Borredá quedó impresionado por las respuestas del comandante.

—¿Cómo va la moral de las tropas?

—Ya lo habéis visto. Ellas luchan bravamente, sin desfallecimiento. La moral no presenta problemas. La operación es difícil, porque los problemas son de coordinación. El jefe de Estado Mayor ha de ser a la vez un buen jugador de ajedrez. Ha de combinar la rapidez con la astucia. Si hace eso, ganaremos la batalla.

Desde el lugar en que estaban contemplaron Howes y Borredá el despliegue que Sikovsky imprimía a sus fuerzas. Las de la izquierda avanzaban entre un estrépito de tiros a lo largo de la cresta que dominaba el río Canaleta. A la izquierda se veían las moles de los montes de la sierra de Cavalls y de la de Pándols, batidas por la artillería. En las vertientes de aquellos montes se elevaban las humaredas que provocaban las explosiones de la artillería. A la derecha de su mirada se extendía el valle que daba acceso a Gandesa, en el que crepitaban las explosiones, una junto a otra.

—Este es el célebre Sikovsky, un polaco que se hizo célebre en Hungría con Bela Kun. Es un veterano. Huyó de Rusia, donde había tenido unas diferencias con Stalin, y ha venido aquí — informó Howes en cuanto hubieron dejado el puesto de mando y se disponían al regreso—. Es un hombre bravo.

—Habremos de esperar a que nos envíen una barca —barruntó Borredá, mientras se apoyaba de nuevo en la baranda de un mirador, junto a la orilla del Ebro. En Mora, al otro lado, se aletargaba al sol, a un sol caliente, implacable, la masa urbana de Mora la Nueva, extendida a lo largo de la planicie. Las aguas habían vuelto a su normalidad, un poco más crecidas. Era la hora de ir a comer—. De todos modos, aquí no tenemos ya nada que hacer —añadió—. Hasta dentro de dos o tres días no sabremos el resultado. Vamos para allá —concluyó.

Y él y Ronald Howes emprendieron el regreso, a través del río, en cuanto la barca hubo arribado.

Aquel mismo día a las cuatro de la tarde, el comandante don Policarpo Ordóñez recibía la orden de trasladarse con su batallón al frente del Ebro. Debía ponerse en marcha inmediatamente con sus tropas hasta Sevilla, donde hallaría un tren dispuesto para trasladarse a Cataluña a través de más de la mitad de la geografía española. De Sevilla, por Talavera y Burgos, hasta Calatayud, y de Calatayud al Ebro.

El traslado desde el frente hasta Sevilla se hizo en una caravana de camiones que formó larga ringlera por la carretera hasta la capital del Guadalquivir. Llegaron a Sevilla al apuntar el día siguiente; les informaron de que el tren que se estaba formando no estaría dispuesto hasta las cuatro de la tarde.

Todos los mandos de la compañía habían recibido la noticia de su traslado con el aire jubiloso de las buenas noticias. De una vez iban a sacudirse la rutina; de una vez llegaría a sus vidas un aire nuevo, distinto; probablemente este sería un aire aciago y dramático, el aire mismo de la guerra, pero no cabía duda de que en él se hallarían todos resolviendo de un modo más coherente y apropiado el signo de sus vidas que en aquel desierto anegador del frente sur.

Carlos Rius pidió permiso al comandante para rendir una visita a Pepa Cortina. El comandante autorizó esa visita no sin antes hacer al alférez algunas reconvenciones.

—Nada de encoñarse, amigo. Piense usted que vamos a hacer la guerra de verdad, no esta guerra de pacotilla que hemos hecho hasta ahora. Y que en la guerra de verdad es mucho mejor estar sin compromisos ni ataduras. Lo de la chiquilla ha estado muy bien para pasar el rato mientras estábamos aquí, pues es evidente que era mejor tener amistad con ella que estar tocándose el ombligo todo el día como han hecho muchos, entre ellos yo mismo, mal me está el decirlo. Pero ahora que las cosas para las que estamos aquí van a funcionar de veras, es el momento de recapacitar. Por favor, no se me encoñe usted a última hora.

—Descuide, mi comandante —replicó Carlos, sonriendo por la desusada intemperancia del jefe.

Tuvo ocasión de ver a Pepa Cortina en su ambiente, en su verdadero ambiente. La casa de su tía Concha, en la que habitaba, era un gran palacio situado en una plazuela céntrica. Un portero con librea abrió, para que entrase, un portón en la verja de hierro labrado que protegía el jardín, que era muy grande y distribuido en vertientes diversas, divididas por setos de arrayán. En el jardín fulgía el agua disparada en surtidores, que ornaban unas fuentes con graciosas figuras de piedra. Al entrar en la casa le sorprendió la visión de dos calesas preparadas en el zaguán. Entró en el palacio por una ancha escalera de mármol, en cuya cima le esperaba la estatua de un doncel desnudo, un dios o un sátiro cazador apoyado en un arco. En la planta noble, el criado abrió las puertas de un gran salón y le rogó que aguardara.

La pared del salón estaba cubierta por unos tapices de grandes dimensiones que representaban escenas de batallas. Le pareció que aquel paisaje entrevisto entre las tropas y las humaredas no era de España, sino de Flandes.

Entró Pepa; le acogió con una voz jubilosa y una alegría sincera. Le cogió de las manos y le dio un beso en la mejilla.

—¿Qué haces tú aquí, guasón? Esas cosas se avisan…

Carlos le contó lo que ocurría. Pareció comprender la satisfacción que el alférez sentía, pero no pudo compartirla.

—Qué lejos te vas… Será para no vernos más, ¿no es cierto? Dime que no piensas volver a verme en tu vida…

Él quiso desmentir, pero ella no le dejaba.

—Quita, quita, ¿ves cómo te embarullas? ¡Ay, estos hombres, cómo merecen un azote!… Di, por lo menos, que te quedarás a comer hoy conmigo.

Cuando le contestó que no podía, que estaba obligado a reintegrarse a su puesto antes de la una de la tarde, Pepa pareció desilusionada.

—Entonces, ¿no has venido más que a verme? ¿Solo a eso?

—Sí, he venido a despedirme de ti.

—Despedirse. ¡Qué palabra tan fea!

Le mostró la casa; le mostró los tres Zurbaranes, los dos Murillos, el Velázquez, el Tiziano, el Rubens, el Cristo de Alonso Cano, la biblioteca: el pergamino en que había sido dibujado por el mismo Almirante un mapa con la silueta de la isla La Española, con que se daba por primera vez noticias al mundo del descubrimiento de América. Aquel caballero que estaba en el tapiz que había visto al entrar era un viejo antepasado de ella, uno de los capitanes del Gran Duque de Alba en su campaña de los Países Bajos. ¿Qué más? ¿Deseaba saber algo más, tener alguna evidencia más de lo importante que era ella, de lo inmensamente trascendental que había sido su familia en la historia de España? ¿A santo de qué tendría ella que zozobrar porque él, un muchacho catalán, hijo de un fabricante, la dejara sola en mitad de sus grandes extensiones de historia? ¿No se daba cuenta de que eso no llegaba a afectarla lo más mínimo?

Carlos pensó en ello cuando ya el tren transitaba por la dorada campiña andaluza, camino del nordeste. Ella era una pieza de la Historia de España, un elemento vivo de ese fenómeno antiguo, complicado y nobilísimo llamado España; y él… él era un recién llegado, un sobrevenido. Un alférez que se ponía a cantar con los soldados, camino de casa:

Carrascal, carrascal,

qué bonita serenata…

a los acordes de una guitarra, en un tren…

Pero ¡qué inmensamente bella era Pepa Cortina! ¡Qué fabulosa categoría personal se requería para llevar con tanta ligereza aquella carga histórica en la sangre! ¡Qué magnífico el esplendor de aquellas paredes pletóricas de obras maestras como un museo en el que vivir! ¡Qué señorío había en el zaguán, en las calesas, los Zurbaranes, los tapices, el jardín de arrayanes, el oratorio, bajo la silente agonía de un Cristo de marfil!

Pensó que quizá, como Quijotes trasnochados en esta época de prisa y de vaivén, fuera precisamente por todo eso tan anticuado por lo que estaban luchando…