XX

EL PROCESO DE LA LIBERACIÓN PERSONAL de Rita Arquer se debió tanto al impulso de los ejércitos nacionales como a su propio y personal impulso.

A medida que llegaban las noticias del progreso de los ejércitos nacionales la actividad de Rita Arquer en el interior de la cárcel de mujeres iba tornándose más intensa e irreprimible. Las noticias del avance nacional llegaban con puntualidad y no tardaban en propalarse y en ser expandidas por todas las dependencias de la prisión. Desde las jefas y carceleras hasta la última de las reclusas, todas tenían conocimiento del estado real de los frentes y no había ninguna que se viera libre de reacciones ante el descalabro creciente de los republicanos.

Paradójicamente, la que menos supo disimular la desazón que la acometía fue la Jirafa, aquella gigantesca virago que en otro tiempo no dudaba en apalear personalmente a las reclusas más díscolas, y que entonces se había vuelto afable, dulce como un tarro de miel. Rita Arquer había observado este cambio con un carcajeo sarcástico en su interior y acto seguido empezó a inquietarla. La zahería con frases hirientes:

—Hay quien cree que las fascistas no tendremos memoria. ¡Ja, ja! Las fascistas tendremos más memoria que un elefante. Treinta y seis cardenales tengo yo en la espalda, treinta y seis cardenales que pagará quien me los hizo. Cuando entren los nuestros seguiremos la táctica del «ojo por ojo», como los antiguos persas. No tendremos piedad…

No sabía con exactitud si lo del «ojo por ojo» era jurisprudencia persa, pero en aquellos días sentía avivarse en su memoria olvidados refranes y vivificarse una mentida erudición, para ilustración de sus compañeras de cárcel. Este falseado historicismo no hacía más que aumentar las inquietudes de la Jirafa, que pasaba cabizbaja y recelosa entre los grupos, sin atreverse a utilizar ya la varilla de bambú y repartiendo a diestro y siniestro sonrisas de cordero degollado.

Rita Arquer esperaba el momento de poder hablar a la Jirafa con una moral de victoria completa. Así lo hizo en el momento en que se enteró de que los «fascistas» habían llegado a las puertas de la ciudad. Notó un intenso ajetreo entre las guardianas. La Jirafa estaba lívida, parecía que le hubieran quitado la sangre.

—Las fuerzas de Franco están en el Tibidabo —dijo—. Yo no sé si usted pensaba quedarse aquí, pero si lo hace piense que las reclusas que seremos liberadas no tendremos piedad de usted. Nuestro deber será denunciarla y lo haremos sin que nos tiemble un dedo. De modo que yo le aconsejaría que nos pusiera en libertad. Entonces quizá podamos olvidar en gran parte lo que ha pasado.

—¡Oh, no, no! No está en mi mano…

La noche cerró con esa inquietud. En el último paseo nocturno por el terrado de la cárcel, Rita Arquer y sus compañeras habían visto en el horizonte, sobre la montaña del Tibidabo, encenderse, una al lado de otra, multitud de fogatas, que enardecían la noche como una llamarada de esperanza y de espera. La Jirafa y algunas otras guardianas las estaban mirando y cuchicheaban unas con otras. Rita Arquer levantó la voz.

—Mirad esos fuegos, vedlos todas. Son las tropas de Franco, que esperan para la liberación de Barcelona a que se marchen los que no tienen la conciencia limpia. Todos los carceleros, los guardianes, los verdugos, los de las checas, los jueces que han juzgado mal, los falsos testigos, los fiscales rojos, los carabineros, los asesinos, serán ahora llevados a un tribunal. Pero Franco tiene la misericordia de dejar que los que quieran puedan escapar. Estas son, pues, sus últimas horas. Que lo piensen bien.

Las carceleras estaban escalofriadas. Lo que decía aquella mujer era una límpida estampa de la realidad. No tenían más que unas pocas horas para decidirse.

La noche se cernió sobre la cárcel de mujeres y la tiniebla escuchó un rumor de pasos, un cuchicheo constante, hasta que vio salir con precipitación y una a una todas las carceleras. Alguien fue a decirles en buena hora que el Director General de Prisiones acababa de huir por la carretera hacia el Perthus y de pronto ellas decidieron hacer lo propio. La última en huir fue precisamente la Jirafa, que lo hizo con el director de la cárcel, del que en aquella ocasión se vino a descubrir que era la amiga y compañera.

—Cuando uno es capaz de meterse en la cama con una mujer así, no me extraña que luego encarcele a todas las del sexo femenino —dijo la Carmela, la prostituta de Talavera de la Reina, que tenía una labia aguda y lacerante.

Fue el momento de Rita Arquer. La cárcel estaban sin mando responsable y ella asumió una especie de jefatura, que por cierto no fue nada fácil. Las presas querían que les abrieran las puertas de la cárcel. Las llaves habían quedado en manos de una portera llamada Lisandra, ex reclusa y que había envejecido allí y a quien se le confiaban labores menores y la custodia del personal recluso. Pero Rita Arquer no estaba dispuesta a abrir las puertas de la calle a aquel acopio de prostitutas, morfinómanas, asesinas y lesbianas, que estaban allí por razones muy distintas a las suyas. Así, pues, propuso a Lisandra fugarse juntas con las dos fascistas.

Así lo hicieron. Dejaron a las demás que vociferaran en las celdas y en los pasillos. La cárcel de mujeres se convirtió aquella noche en una inmensa bacanal. Algunas reclusas se pasearon desnudas y otras consiguieron forzar las puertas del almacén y sacar algunas botellas de vino que allí encontraron y que estaban a disposición de las carceleras. Rita Arquer y las otras salieron a la calle.

La calle estaba oscura, solitaria y atemorizada. De vez en cuando cruzaban las Ramblas automóviles veloces que parecían huir disparados camino del éxodo. No se veía ni un guardia, ni un soldado, solo sombras que huían hacia el Clot, hacia la carretera de Francia, en la oscuridad. Las tres mujeres estuvieron un rato paradas en el paseo de Gracia, frente al edificio de la Presidencia. Unos hombres estaban apilando en unas camionetas montones de carpetas y papeles, que caían sobre el entarimado de los coches con un desorden total. «Ha llegado la hora de que las paguéis todas juntas», pensaba Rita Arquer, mientras contemplaba aquella operación de baldeo.

Entre tanto, Nicolás Borredá, dentro del edificio, estaba también contemplando cómo se llevaban de su despacho carpetas y archivos que había guardados en los armarios. Estaba pálido como la cera y sentía en sus arterias y articulaciones un frío mortal.

Un pequeño equipo de hombres entraba y salía con los brazos cargados de los legajos más comprometedores. Allí estaba el resumen de lo tratado confidencialmente por el Presidente con las potencias democráticas europeas. De muchas de aquellas conversaciones y contactos nadie sabría nada jamás. Todo ello era materia reservadísima. El propio Borredá sabía que él era el único testimonio superviviente de muchos de los lances que habían ocurrido durante la guerra, desde su comienzo hasta el final. Desaparecido él, todo aquello se hundiría en el silencio.

Hacía tiempo que presentía aquel final, pero no hubiera podido adivinar que se produjera precisamente de aquel modo. De entre todos los representantes del Gobierno había quedado solo él, no ya en aquel edificio, que todos los demás habían desalojado a media tarde, sino en la ciudad. Los altos funcionarios habían entrado en su despacho para despedirse, uno por uno. «Adiós, Borredá. Mañana por la tarde, en el hotel París de Perpiñán, ¿no es así?». Sí, a todos, uno a uno, había estado diciendo que así sería. Pero él sabía muy bien que no habría mañana. Hacía demasiado tiempo que aquello duraba. Había intentado docenas de veces levantar la moral de las gentes, imbuirlas de la idea de que la guerra no estaba perdida, hacerles ver que existían distintas alternativas que la derrota. Si aguantaban medio año más, la guerra internacional era inevitable. ¿No valía la pena intentar resistir medio año más? Pero el Director General de Seguridad le había contestado: «¿Resistir? ¿Quién resiste? Las mujeres no entienden de eso. Ellas pelean por un plato de lentejas». Uno tras otro había visto decaer a la mayoría de sus correligionarios. Quienes hacía un año rebosaban de fervor republicano luego parecían temblar ante la proximidad de los fascistas. Él les decía: «Os habéis creído las mentiras que vosotros mismos habéis inventado. Ni los moros se comen a nadie, ni Franco os hará picadillo, ni hay nada que temer; no hay más que aguantar el tipo». Era inútil. El alud de los ejércitos nacionales después del Ebro los tenía anonadados. Entonces resultó que nadie se había tomado en serio la guerra. Aquellas verdades que eran escuchadas unos meses antes con el ánimo tenso, eran ya repudiadas por todos ellos. ¿El Ebro? El Ebro fue una pamema inventada por unos cuantos escaladores para tener tiempo de prepararse una honrosa y, sobre todo, áurea salida. Sí, ya estaba Negrín con su buen paquete en Londres. Era lo que se les oía decir a los derrotistas, a los agiotistas, que a su vez preparaban así su salida. El temor no abandonaba siquiera a los que hubieran tenido que aguantar antes que todos. Los que estaban al cuidado de los prisioneros, en Montjuïc, habían acabado por ceder a las presiones de los pusilánimes. Él llevaba tiempo en relación directa con el comandante Campos, jefe de la guarnición del castillo. Había conseguido demorar la ejecución dictada contra Matías Palá, al que guardaba para hacerle objeto de un canje con un sobrino del general Miaja, prisionero en Burgos. Había hablado con el comandante aquella misma tarde, poco antes de que emprendiera la marcha hacia la frontera: «Nos llevamos a los prisioneros. Sí, a Matías Palá también. Si quedamos atrapados por los fascistas, siempre podremos negociar a través de ellos». Había presenciado cómo los prisioneros, esposados de dos en dos, eran subidos a unos camiones que se dirigían a la frontera. Miedo, miedo a morir, miedo a quedar atrapados. «Si quedamos atrapados por los fascistas, siempre podremos negociar…». ¿Negociar entonces? ¡Negociar! ¡Qué palabra más sospechosa, qué expresión más turbia la que siempre había sido la causante de todos los equívocos! ¿Acaso se estaba a tiempo de negociar? ¡Qué falsas ilusiones se habían forjado todos ellos sobre aquel vocablo! ¿No sabían cómo las gastaban al otro lado? ¡Como si no supieran todos que Franco no se hubiera decidido a hacer la guerra de haber sabido que habría que negociar algún día! No. Franco no era de los que negociaban.

Los hombres que limpiaban su despacho acababan de llevarse los últimos legajos, y en la calle se había oído el ruido que hacía la camioneta al arrancar. Una leve vibración movió los visillos de la ventana y luego sobrevino un silencio absoluto, un silencio total. Borredá observó que por los cristales de los ventanales entraba ya una pálida luz. Estaba amaneciendo.

Cogió una de las velas que tenía guardadas en el cajón de la mesilla en previsión de los apagones, la encendió y salió al vestíbulo del edificio. Una ancha escalinata conducía al piso superior y Borredá empezó a subirla. Iba despacio, para no fatigarse, pisando con cautela los escalones de mármol y deteniéndose cada tres o cuatro de ellos. Su corazón se fatigaba, respiraba dificultosamente y le costaba trabajo avanzar. Desde el balcón del despacho del Presidente vería la calle y por ella se daría cuenta de lo que ocurría en la ciudad. Desde aquel balcón, al lado del Presidente, había presenciado algunas de las manifestaciones populares de los últimos años: desfiles de fuerzas antifascistas, el entierro de Durruti, la marcha hacia el frente de las fuerzas de las Brigadas Internacionales. Se cerraba un ciclo y vería, desde detrás de los visillos del balcón, la entrada en Barcelona de las primeras fuerzas nacionales.

Entró en el despacho del Presidente. Como en todo el edificio no había otra persona que él, la puerta del despacho estaba abierta. En la habitación se notaba el ajetreo que habían llevado a cabo en ella los elementos de la mudanza. Los armarios estaban abiertos, algunos papeles estaban desparramados por el suelo; no permanecían en su lugar, aparte de los muebles, más que los tomos de la Gaceta encuadernados en piel, desde el 14 de abril de 1931 hasta la fecha. Borredá abrió el armario y sacó uno de los tomos; lo hojeó; seguían uno tras otro los decretos, las disposiciones, las leyes que habían sido promulgadas desde la proclamación de la República; en muchas de ellas había participado el propio Borredá. Lo que en él había de tradición jurídica lo había aplicado en aquella ocasión y había contribuido a estructurar un cuerpo de leyes que allí estaban recogidas; pero muchas de las cuales quedarían arrumbadas por la derrota total de los principios del 14 de abril. ¡Libertad! ¡Sí, qué bella utopía! De aquellos entusiastas ideales del 14 de abril no quedaba más que polvo y humo. Habían dilapidado una bella ideología. Estaban otra vez a la intemperie y no podrían recomenzar jamás.

Dio una ojeada al salón, como si se dispusiera a despedirse de él. Era una habitación amplia, cuadrada, enmarcada por unos arrimaderos de caoba y alfombrada enteramente con una gran alfombra persa. En la pared colgaban algunos cuadros. Había un Madrazo que era el retrato de un ministro de la época de la Reina Gobernadora y una tela pintada en África por Fortuny, en la que aparecía un ulema leyendo en un gran pergamino; al fondo, contemplando un mar pálido a través de un alto ventanal había unas odaliscas dolientes, envueltas en una gasa vaporosa. La disposición de aquel salón le recordaba escenas transcurridas. Había entrado allí con Indalecio Prieto; iban a tener una conversación con Azaña a propósito de la unidad en el ejército. Se trataba de acabar con las banderías y facciones. Azaña empezó a despotricar contra Largo Caballero. Aquellos eran seguramente los dos hombres más inteligentes de la República, con una inmensa resonancia popular. Pero Azaña contemplaba sin poderlo remediar cómo la República se les escapaba de las manos. «Largo es terco, tenaz y… obtuso», arguyó Prieto. Prieto hubiera podido canalizar entonces el socialismo, pero era demasiado inteligente para congeniar con los rusos. Esa labor estaba destinada a cumplirla Negrín, que contaba con una voluntad más fuerte y que, seguramente, era el único hombre que quedaba capaz de jugarse el todo por el todo. Negrín se hubiera aliado entonces enteramente con los rusos, para desligarse después. Pero ya no habría «después». Habían perdido la guerra: eso era todo. Se acercó al postigo que daba a la calle. A través de los visillos se vería la extensión del paseo de Gracia, y abrió el balcón. El Paseo, era una extensión solitaria de asfalto. En toda ella no se veía alma alguna. El nuevo día estaba clareando. Ya se discernían el tono y el bulto de las cosas, el perfil y la línea de las esquinas, el brillo de algunos escaparates. Nicolás Borredá, sin saber cómo, se puso a recordar destellos de su infancia. Iban en fila, desde los Escolapios, por la calle del Consejo de Ciento, camino de sus respectivas casas. Los ayos los dejarían en cada portal. Miraban a los balcones. Cerca de la calle de Balmes había una señorita que sería algo mayor que ellos y que cada día los esperaba a que pasasen. Ellos le decían algunas cosas, unas procaces e intencionadas, otras que no eran más que chiquilladas inocentes. Él se había fijado en los rotundos muslos de aquella muchacha, que ella dejaba que se vieran por entre los hierros del balcón, poniendo sus piernas de modo que pudieran exhibirse. Notó cómo le miraba a él. ¿Cómo se llamaba aquella mujer? ¿Se llamaba Felisa, Hortensia? Se llamaba, sí, un nombre romántico. Él se puso a un lado, se separó de la fila y dejó que los otros pasaran de largo. Quedó solo en la calle. Entonces ella le tiró un papel enrollado. En aquel papel le invitaba a subir. Fue la primera vez que advirtió cómo las mujeres tienen también sus impulsos y sus modos de atracción, cómo no siempre la iniciativa es de los hombres. Tendría unos dieciocho años y estaba sola. Sin saber cómo, Nicolás la tuvo allí mismo, en unos momentos de paroxismo angustiado en los que le parecía que iba a oírse de un momento a otro el timbre de la calle. Así la tuvo un día, y otro hasta que llegó el verano y no volvió a verla más.

Todo aquello lo había echado por la borda. A partir de un momento determinado en su vida ya no hubo ni mujeres, ni bufete, ni otra vida que la política, que empezó a llenarle los días y las horas hasta consumirlas por entero. Fueron los días de la República, el intento de no dejarla evaporar, la selección de los cuadros, la múltiple alianza del Frente Popular, cuando creyeron que era la hora de dar la batalla. Todo esto culminó en la guerra; y al empezar la guerra hubo que batallar más y más duro; con la salud maltrecha, con una angina de pecho que le mordía el corazón, hubo que empezar a ir al extranjero; hubo que viajar a París y a Londres; hubo que saber distinguir muy bien en esos países quiénes eran los amigos y quiénes los indiferentes; fueron las horas de sus contactos con Pierre Cot, con Léon Blum, con Clement Attlee. Estos lo hubieran dado todo por una simple solidaridad ideológica. A ellos les bastaba con que los socialistas españoles ganaran la partida. Pero con los indiferentes era distinto. Los indiferentes y los neutros exigían la contrapartida. Por ejemplo, algunos radicales en Francia estarían conformes con inclinar definitivamente la balanza en favor de la República si ésta, después de la victoria, se comprometía a entregar las islas Canarias a Francia, en calidad de protectorado. Al final de un largo debate, quizá se conformaran con que la República dejara a los franceses instalar una base militar en la isla de Lanzarote. Pero ¿cómo iban los hombres de la República a comprometer así a la República de mañana? ¿No se daban cuenta de que todo ello no era más que una monstruosidad?

Nicolás Borredá repasaba las condiciones difíciles de los contactos durante el par de años transcurridos. ¡Cuánta labia inútil, cuánta cena política incongruente, cuántos cabos por atar, qué confusión y qué barullo! Total, para llegar a aquel punto que ellos mismos habían estado inconscientemente preparando. Para llegar al punto en que aquel edificio había quedado vacío y la República entera se debatía en vaivén como un barco al que se le ha abierto un boquete en mitad de la tormenta. ¿Qué cabía esperar? ¿Que el fascismo universal se lanzara a la tremenda aventura de otra guerra y que en ella España quedara otra vez a merced de las democracias? Sí, tal vez esa fuera la última esperanza. Pero él ya no la esperaría. Los días de él, Nicolás Borredá, habían transcurrido. Su historia personal se cerraba justamente aquel día.

Se paró a escuchar un rumor que procedía de la Diagonal. Observó que en algunos balcones y porterías asomaban tímidamente las cabezas de algunos ciudadanos. Él retiró la suya y miró a la calle a través de un hueco en los visillos. Desde lo alto del paseo de Gracia se veía avanzar un gentío, del que partían de vez en cuando gritos estentóreos. A medida que avanzaban iba distinguiendo la facha de algunos soldados y vio, brillantes en mitad de la calzada, los tonos rojo y dorado de una bandera española. Sintió una punzada en el corazón. Aquello era la verificación de todas sus dudas. Barcelona estaba siendo invadida. Los soldados que avanzaban entre la muchedumbre que los aclamaba eran soldados fascistas. Los gritos que sonaban eran gritos de los facciosos. Nadie quedaba allí para detenerlos. La marea era incontenible. Distinguía algunas de las figuras que avanzaban en el centro. Enarbolaba la bandera un soldado alto y fuerte, que la agitaba con unos grandes brazos velludos y que, de vez en cuando, lanzaba al aire un grito que era coreado por la multitud. Pero al lado de aquel muchacho, unos pasos delante de él, avanzaba un militar con el pelo cano y que lucía en el ojo el lagrimón inútil de un monóculo. Nicolás Borredá no había vuelto a ver a nadie con monóculo desde su juventud. En el «Excelsior» de sus años mozos había un tipo pintoresco que lucía uno de esos instrumentos para facilitar la visión, que eran como un residuo de la belle époque. «¡Qué barbaridad! Así piensan en ganar la paz… Pues van listos», sonrió. «¿Para qué llevan monóculo los que lo llevan?», se preguntó; y recordó la explicación que le había dado el que lo usaba en los tiempos del «Excelsior». «Con él se desfigura menos la cara que con las gafas». También era esa la explicación, lo recordaba bien, que había dado en la obra de Proust aquel diablesco monsieur de Charlus. ¡A ver si Franco entraba en Barcelona para llevar a cabo una paz proustiana! —sonrió, amargamente.

No quiso saber más. La mañana estaba enteramente levantada. De un momento a otro los soldados podían entrar en aquel edificio. Era hora de apresurarse. Sintió que un largo y profundo dolor en el pecho le impedía casi respirar. Pero no podía exponerse a que la angina de pecho, como otras veces, lo dejara tan solo malparado. Palpó en su bolsillo el bulto férreo de la culata de una pistola. Se acercó a la gran mesa presidencial y se sentó ante ella, no detrás.

«Para que no se desfigure la cara». Pensó en eso antes de llevar hasta ella el cañón de la pistola. Fuera se oían ya, distintos, claros, los gritos de los que pasaban. Él no llevó la pistola a la sien, sino que metió su cañón por la boca, apuntando hacia arriba. Aún oyó que gritaban: «¡Viva Franco!» en el exterior. Apretó el gatillo y todo desapareció en torno.

La mole oscura del castillo de Montjuïc se fue apartando progresivamente de los ojos de los prisioneros. Aquella siniestra estampa llevaba prendidos muchos claroscuros de leyenda. Su perfil estaba aureolado por historias de aparecidos, de condenados y de réprobos. Desde muy antiguo parecía que a él fuera anexo un ruido de cadenas nocturnas, que eran arrastradas por multitud de condenados, antes y después de muertos.

La mole del castillo quedaba atrás. Matías Palá se preguntaba si iba a ser cierto que aquello significaba un paso para la liberación. Hacía tiempo que debería estar muerto. Había sido condenado por el Tribunal a ser fusilado en los fosos de aquel castillo. Muchos de los que con él, o con posterioridad a él, habían sido condenados a la misma pena, habían ya pagado su tributo. Todos los días, de madrugada, escuchaba el estampido de los disparos del pelotón de ejecuciones. Era un estampido seco, que resonaba largamente por todo el ámbito de la prisión, que rebotaba en los gruesos muros de piedra. Luego, a veces, se escuchaba un largo gemido, que acababa cuando otro disparo, más solitario y seco, venía a sorprender el aire. Así un día y otro día iban siendo inmolados los habitantes de aquella prisión, jóvenes y viejos, sin interrupción y sin piedad. Veía a veces cómo pasaban frente a la mirilla de su celda los que iban a ser sacrificados. Unos iban enteros, pisando con firmeza sobre el empedrado, sin miedo y con jactancia. Otros parecía que no pudieran avanzar, y lo hacían empujados por los carceleros, que les hacían arrastrar los pies y los llevaban, quisieran o no, a los fosos del castillo. Pero casi todos morían con una gran entereza.

¿Qué había ocurrido para que fueran sacados de aquella prisión, de donde hasta hacía poco estaba seguro de no salir con vida? ¿Alguno de los altos gerifaltes se habría apiadado de ellos? ¿Los llevaban a sacrificarlos a otro lado? Nadie lo podría decir. Lo único que sospechaban era que la guerra había tomado un giro distinto, que el signo de la contienda estaba definitivamente trazado y que quizá por ello se optara por cambiarlos de lugar. Pero ¿para qué? ¿Para prolongar su agonía o para rescatarlos a una vida mejor, en que la piedad pudiera volver a entrar en juego? Una leve esperanza volvía a abrirse en el corazón de todos ellos. Fuera como fuese, el cambio significaba una leve pausa, un aplazamiento. Y vieron perderse en las sombras la mole del castillo con un signo liberador de esperanza.

Nadie sabría decir adónde los llevaban. Los habían subido esposados de dos en dos, a unas camionetas que empezaron a cruzar la ciudad. Los edificios y las esquinas transitaban como sombras ante aquellos ojos poco habituados, en los que crecía el asombro. Llevaban meses sin alcanzar la luz y advertían estupefactos cómo iba amaneciendo, cómo la luz del alba iba creciendo sobre un arrabal que manifestaba a grandes trechos la dimensión de sus casas, la gallardía de algunos edificios, al final de los cuales hasta parecía escucharse el sonido bronco y pausado del mar, que batía en la arena. Matías Palá contemplaba cómo el día se iba abriendo en el paisaje con todas las luces y todos los colores. Le parecía extraordinario aquel espectáculo espléndido de la jornada que nacía, por el cual merecería la pena haber nacido. Le entraron de nuevo unas ganas estruendosas de vivir, de no morir entonces y sintió haber desaprovechado en vida el cúmulo de goces que se brindaban a los hombres cada amanecer.

Había sido «atado» a un hombre suave y bondadoso, que apenas se movía, y notó que a la salida de Barcelona aquel hombre musitaba algo, seguramente una oración, con unos labios secos y breves. Bajaba los ojos al suelo, como recogiéndolos del esplendor del día, en un impulso místico que recordó a Matías las expresiones de algunos santos en los cuadros clásicos de Ribera o Zurbarán. Aquella persona estaba ligada a su brazo como si no se atreviera a moverlo por no molestar. Por entablar un diálogo, Matías Palá le dijo:

—¡Quién sabe adónde van a llevarnos! Quizá sea para nuestra liberación.

Pero el otro negó silenciosamente con la cabeza, como si se resignara a lo peor. La camioneta iba dando tumbos y ellos se movían en su caja como el ganado que se lleva a sacrificar.

Había visto aquella cara en algún lugar, la recordaba de algún momento preciso de la guerra, en que había aparecido abundantemente en los periódicos, pero quería saber cómo y cuándo. De pronto, instintivamente, el hombre, en mitad de su soliloquio, llevó la mano al pecho e hizo una mínima señal de la cruz, que obligó a Matías a llevar con él su mano hacia arriba. El hombre quiso excusarse.

—Perdón —dijo—. No me daba cuenta de que estamos unidos por esto —y señaló las esposas—. Tiene que perdonarme.

—Es usted sacerdote, ¿no es así?

—Sí. Así es.

—¿Ha sido usted…? Deje que recuerde.

—Sí. Yo soy monseñor Polanco, obispo de Teruel.

Ciertamente. De eso le recordaba. Le había visto presidiendo una procesión poco antes de la invasión de Teruel. Luego había visto su fotografía infinidad de veces cuando fue hecho prisionero. Antes de que ocurriera todo aquello nunca hubiera aventurado que pudiera estar en aquella posición, tan íntimamente atado a un pastor de Cristo. Pareció que Matías Palá hasta se sonrojaba.

Monseñor estaba apretujado entre todos los demás reclusos y no se distinguía de ellos más que por el porte místico que tenía, que denunciaba un dulce sufrimiento y el holocausto de sí mismo hacia el Señor.

La camioneta avanzaba por la carretera, siguiendo a una fila de ellas que se había formado ante el castillo de Montjuïc. Detrás seguían otras muchas. En la carretera tuvieron que aminorar la marcha. Empezaban a cruzarse con una caravana de coches que intentaban salir de la ciudad. La mayoría de ellos iban repletos de gente, pero algunos no llevaban más que uno o dos pasajeros. Eran los de los gerifaltes. Todos abandonaban la ciudad ante la inminencia de la entrada de las tropas nacionales. Los coches tenían que andar despacio, porque por la carretera empezaban a marchar grupos de soldados, una multitud de hombres a pie que obstruían la calzada. Era una riada inconexa de fugitivos, calzados con amplias botas o con alpargatas polvorientas, cubiertos con mantas y macutos, soñolientos, sucios, depauperados, mostrando a la luz del sol heridas o cicatrices, cubiertos con pasamontañas o con gorros de campaña mugrientos. Caminaban lentamente, arrastrando los pies, en un avance sordo y ciego como el de la lava de un volcán que todo lo arrasa a su paso. No hacían caso de las bocinas de los coches y de vez en cuando increpaban a los que iban dentro.

—Bandidos, enchufados, criminales —gritó uno a ciertos elementos que cruzaron por su lado en un Cadillac lujoso a punto de atropellarlos—. A que no os atrevéis a bajar del coche…

Matías Palá observó el rostro de su compañero. Parecía esculpido en cera; tal era su palidez. Seguía musitando oraciones, lo que impulsó a Matías a suplicarle:

—Señor obispo, ¿me deja rezar con usted?

El obispo esbozó una tenue sonrisa. Le dijo:

—«Todo es limpio para los limpios. Mas para los contaminados no hay nada limpio, porque están contagiadas tanto su mente como su conciencia…». Sí, rezaré con usted. Nos prepararemos juntos para cruzar esta frontera.

Matías pensaba en la frontera que estaba al final del camino, pero el obispo le dijo:

—Me refiero a la frontera de Dios.

Llevó su mano a la frente, para hacer la señal de la cruz. La mano de Matías Palá se movió con la suya.

Empezó el rosario. Salían ya de la ciudad de Badalona y empezaron a bordear el mar, que era de un gris agrio y espumoso. Las olas batían contra la arena con un rumor sordo. Unas gaviotas festoneaban la cenefa de espumas y bajaban raudamente a recoger en ellas algún gusano o un pececillo. El sol empezaba a hacer brillar toda la superficie plateada.

El obispo iba desgranando uno por uno los misterios del rosario y Matías Palá contestaba a las avemarías. Pronto se unieron al rezo los otros ocupantes del camión. Las avemarías se mezclaban al ruido que hacía el motor al avanzar. Aquel coro de voces, mezclado al tumulto que venía de la carretera, formaba un rumor horrísono y grave.

Era como si la oración unánime uniera el destino de todos aquellos hombres. Los dos guardianes que iban con ellos afectaron no oírlos. Pero estaban como apabullados, se sentían minimizados por la sagrada expresión de aquella súplica al cielo.

En un punto determinado de la costa las camionetas tuvieron que detenerse. Estuvieron paradas más de una hora. Debía de haber un entorpecimiento en el camino. Pero la turba de hombres que marchaban a pie seguía avanzando, espesa e incontenible. Era un alud humano que parecía ir creciendo hora tras hora.

Al fin, al ponerse en marcha de nuevo, pareció que todos volvían a respirar. Por un momento temieron que les harían proseguir la marcha a pie, y muchos de ellos se sentían incapaces de hacerlo. Un hombre ya mayor, enteco, chupado, sin más que una piel transparente sobre los huesos, estaba sentado en la cabina, junto al conductor. Habían tenido que liberarle de las esposas y colocarlo allí para que pudiera seguir la marcha. Otros había que estaban apoyados en la valla protectora del camión, como si fueran a caer por ella. Los días de reclusión, la ínfima comida, los malos tratos recibidos habían convertido a todos en desechos humanos.

La caravana seguía la carretera de la costa. En Mataró fue detenida por los carabineros. Debían de tener orden de rescatar a dos de los prisioneros, porque se vio que de otros camiones hacían saltar a un par de presos y les dejaban apartados en la carretera. Fue allí donde Matías Palá captó una confidencia que uno de los carabineros daba al guardián de su camión.

—Los fascistas están entrando en Barcelona.

Todos los presos pudieron conocer la noticia de labios de Matías Palá. Este se dirigió entonces al guardián que tenía más cerca.

—¿Para qué queréis aguantar más? ¿Por qué no nos dejas que nos entretengamos por aquí, y tú con nosotros? Cuando llegaran los nuestros te avalaríamos sin dificultad. ¿No quieres?

Pero el otro permaneció como si no hubiera oído. Un segundo preso repitió la proposición. El guardián le puso el fusil en el pecho.

—Si dices una palabra más te pego un tiro. Conque ¡a callar! Y siguió impasible en su puesto.

La larga hilera de camiones renqueaba por la carretera. La marea humana que avanzaba por ella se interfería entre las máquinas, impedía su marcha regular y obligaba a los camiones a detenerse de vez en cuando. Algunos presos estaban adormecidos en su puesto. Otros abrían mucho los ojos, en expectación de algo que creían que iba a ocurrir. Lentamente fueron cruzando una serie de poblaciones sucesivas. En una de ellas estuvieron parados largo rato. Uno tras otro, los guardianes saltaban del camión y se acercaban a una taberna que había en una casa junto a la carretera. Aprovechando este hecho dos presos saltaron también de uno de los camiones precedentes e intentaron huir a través del gentío. Por un momento pareció que conseguirían salirse con la suya. Hubo unos segundos en que los dos presos desaparecieron entre la turba de fugitivos y quedaron mezclados con ellos. Pero pronto unos de aquellos elementos que huían los atraparon y los pusieron de nuevo en manos de los guardianes.

La reacción no se hizo esperar. Estos los llevaron con el piquete a una de las márgenes de la carretera y allí mismo los fusilaron, sin perder minuto. Pudieron ver sus cuerpos tendidos sobre el rastrojo durante todo el rato de su espera. Después, las camionetas siguieron su camino; el avance por la carretera se hizo de nuevo rutinario. Las olas del mar tenían en cada recodo una forma distinta. Unas eran altas, rollizas y descargaban su peso de espumas contra la arena con un movimiento lento, como una respiración pausada. Se formaban lentamente muy lejos e iban avanzando con un regodeo profundo. Otras parecía que se formaran en la misma playa con los residuos de las que acababan de estallar. Se levantaban en un instante y rompían ágilmente en unos segundos, haciendo vibrar su carga de estrellas líquidas. Unas y otras ponían un ribete blanco en la neblina triste de aquel día. El agua se extendía de un extremo al otro del horizonte con una indiferencia gris. De vez en cuando cruzaba este panorama la cal de unos edificios, la punta de un campanario, la silueta de un pueblo llano, como adormecido.

Monseñor Polanco parecía inquieto e incómodo en la argolla de las esposas que le tenía atado a Matías Palá. Este, en un momento determinado, creyó ver unas lágrimas en los ojos del obispo. Sintió una oleada de piedad hacia él. Pero el obispo no se atrevía a secar y apartar aquellas lágrimas. Temía con ello denunciar su debilidad o mortificar a su compañero de esclavitud. Matías Palá comprendió su situación y se anticipó a consolarle. Le preguntó:

—¿Qué le pasa, monseñor? ¿Se encuentra mal?

El otro le disuadió con un gesto de renuncia. Pero sin poder aguantar más estalló en un hondo sollozo. Hundió su cabeza en la mano libre.

—Es lo peor, es lo peor —decía.

Matías Palá no le comprendía y el obispo tardó un rato en sobreponerse.

—De todos los castigos que nos han impuesto, el peor es este: enviar los hombres a la otra vida sin el consuelo de Dios.

—¿Se refiere a los dos hombres que han fusilado?

—Sí. A ellos y a todos los que hemos sentido morir todos los días en el castillo, a los que se les negaba la gracia de la confesión, la de reconciliarse con Dios, la de recibir los auxilios de un sacerdote. Yo he suplicado mil veces que me dejaran hablar con ellos antes de morir, que me permitieran llevarles el consuelo de Jesucristo. Ha sido inútil. Su máxima venganza era hacer morir a los hombres como si fueran perros. Esto es lo peor que han podido hacer.

Matías Palá le interrumpió para consolarle a su vez:

—En una ocasión me ocurrió que había estado hablando con uno de los condenados a morir, poco antes de la ejecución; ¿no había oído hablar de Sergio, un condenado por espionaje? Él creía inmensamente en Dios. Quería persuadirme no ya de la existencia de Dios, en la que yo también creo, sino de una providencia divina; también de la perennidad del alma humana y de un premio y de un castigo eternos. Él ha sido el único hombre que, desde que era niño, me ha hecho rezar.

Rezábamos el rosario todas las noches. Pues bien, en el momento en que murió, cuando sonó la descarga, yo «noté» que su alma existía y que venía a visitarme. Fue una vivencia cierta, una realidad que yo podía verificar. Su alma estuvo conmigo, se me «impuso» como una realidad, me acompañó durante largo rato como si él estuviera vivo. Aquellos días tenía fe, sabía que aquello era cierto y que los hombres viven más allá de la muerte.

—¿Y por qué no cree ahora? ¿Qué ha ocurrido?

—Con los días aquella fe se fue enturbiando. La realidad de las otras cosas me sojuzgó. ¿Usted cree que todos nosotros, «todos», llegaremos a un paraíso? ¿Cómo es posible que este guardián de aquí enfrente y yo podamos participar de la misma vida ulterior? ¿No ve que no es posible?

—Los caminos de la misericordia de Dios son infinitos —dijo el obispo—. No debemos menospreciarlos. Es muy posible que, dentro de poco, nos veamos «allí» todos juntos. Es posible que entremos en el paraíso como una multitud. Ahora mismo somos ya una comunión de santos. Somos unos en el pecado y unos en el sufrimiento. Recuerde la bienaventuranza: «Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia…». Créame: debemos bendecir lo que nos está ocurriendo. Dios nos está ofreciendo un enorme beneficio y nosotros queremos rehusarlo.

Estuvieron largo rato en silencio, uno al lado del otro. El camión daba tumbos por la carretera. El mar empezaba a alejarse. Habían cruzado otros pueblos de la costa. Habían parado en Malgrat para repostar gasolina. Después torcieron hacia el interior, en dirección a Gerona. Muchos de los soldados fugitivos que iban a pie siguieron por la carretera, sin torcer, de modo que la calzada quedó clareada y se pudo avanzar más deprisa.

Empezaba un panorama de bosque a lado y lado de la carretera. Había muchas encinas, muchos robles, pero sobre todo abundaban los alcornoques. Los troncos formaban protuberancias monstruosas y algunos de ellos parecían despellejados, con la pulpa del corcho arrancada a cuchillo. Parecían sangrar. Había un gesto de dolor escondido en aquella viva maleza vegetal.

Las horas iban transcurriendo y Matías Palá advertía en el rostro de monseñor una suave pátina de bondad y de sosiego. Él quería que el obispo pudiera infundirle un acopio de aquella serenidad. El otro pareció que le comprendía:

—¿Quiere usted ponerse en paz con Dios? Diga: ¿cuánto tiempo hace que no se ha confesado?

—¡Uf! Quizá desde que era un chiquillo.

—Y ha pecado como todos los hombres. No es necesario que me diga cuáles son sus pecados. Me basta con que me diga que se arrepiente de todos ellos.

—Mis pecados han sido todos los pecados capitales, ¿entiende?, todos. Ahora me arrepiento de todo el mal que he hecho.

—¿Se arrepiente de verdad? ¿Siente haber ofendido a Dios?

—Sí, lo siento. Aunque supiera que iba a vivir, no volvería a hacerlo.

Siguiendo la mano del obispo, la de Matías Palá también se elevó. Las dos manos juntas hicieron en el aire la señal de la cruz. Ego te absolvo… Matías Palá lanzó un hondo suspiro.

Sintió, en efecto, que acababa de liberarse de un peso que le oprimía. Todo su ser quedó aligerado. Sintió como si la brisa se tornara más fresca, como si una inmensa bocanada de aire viniera a refrescarle el corazón.

Los rayos del sol parecían caer verticalmente sobre aquella hilera de camiones. Muchos de los prisioneros habían doblado sus espaldas y se habían derrumbado unos contra otros sobre el suelo del camión. Los demás se habían sentado unos sobre otros de modo que la superficie de los vehículos era una masa informe de cuerpos. Fueron avanzando por las curvas de la carretera y luego entraron en una recta. Al cabo de un rato de avanzar por ella, al fin de la carretera se advirtieron los edificios que constituían el arrabal de Gerona. Aún había grupos que se dirigían por la carretera a la frontera, pero el camino era mucho más expedito.

Entraron lentamente en la ciudad de Gerona. Cruzaron ante el bloque de piedra de la catedral, que estaba cerrada. Sobre su fachada ondeaban banderas republicanas. Pararon ante un edificio de piedra y la caravana se detuvo. Todos creían que iban a parar allí. Pero su asombro fue grande cuando les ordenaron continuar la marcha. Muchos de los que iban en el camión empezaron a animarse.

Todos ellos creían que los harían descender en Gerona para recluirlos en la cárcel de allí. Por eso les infundió una nueva esperanza comprobar que les hacían seguir la marcha. Algunos no podían disimular su alegría. Un hombre relativamente joven decía:

—Yo creo que estaban todos muy desconcertados. Cuando hemos salido de Montjuïc me ha parecido oír a uno que decía: «¿Qué haremos con ellos? Más vale dejarlos en paz». Por eso lo que me parece es que nos llevan a la frontera, para soltarnos allí. No querrán tener líos con los gobiernos de Francia y de Inglaterra.

Algunos se animaban a dar conversación a los guardianes:

—Nos habéis tratado duramente, pero la verdad es que la culpa no era vuestra. Y también es verdad que hubierais podido tratarnos peor. En fin, si de mí depende lo pasaré por alto…

Cruzaron el puente sobre el río y desembocaron en el parque de la Devesa, poblado de corpulentos plátanos centenarios, que servían de poderoso umbráculo a aquel paraje. Había algunas sillas desperdigadas y, en un extremo, se veía a unos soldados haciendo instrucción. Luego se metieron de nuevo en la carretera.

Empezaba un panorama liso, en el que de vez en cuando se veían rocas dispersas y algún pueblo adormilado. Aquel paisaje hizo evocar a Matías Palá algunas expediciones que, siendo él transportista, había conducido hacia el Perthus, en tiempos de paz. Él iba al volante de uno de sus camiones. Era muy joven y estaba lleno de entusiasmo. Si era cierto que iban a liberarlos, en adelante seguiría haciendo lo que había hecho siempre.

Compraría una nueva flota de camiones. Se pondría al día. Con el shock de la posguerra el trabajo sería intenso. Se veía con ánimos de rehacer en un par de años toda su organización y su fortuna.

Estaba madurando ya los proyectos que llevaría adelante una vez terminada la guerra cuando advirtió que la caravana paraba de nuevo en una recta de la carretera. Acababan de desviarse de la carretera principal y habían entrado por la que lleva de Gerona a Bañolas. El paisaje era aún desolado, solo animado por la presencia en el valle de algunas casas de payés. Al fondo se veía el dosel que formaban los montes y, muy lejos, en el horizonte, la masa gris y azulada de los Pirineos, que se hallaban envueltos en neblina. Una vez detenida la caravana les ordenaron que bajaran de los camiones.

Así lo hicieron. Algunos presos no se podían valer y eran ayudados por los que estaban sanos. Por aquella carretera ya no transitaba nadie, de modo que ellos la ocupaban enteramente, de un lado al otro. Los tuvieron un rato parados, y luego pasaron los guardianes y los fueron contando. Al fin les dieron la orden de que se pusieran en marcha. Los camiones quedaban allí.

Todas sus ilusiones se habían desvanecido. La idea de que iban a ser liberados en la frontera se esfumaba de golpe. Sus proyectos para después de la guerra tendrían que ser demorados. El cautiverio seguía; el hecho de que les hicieran seguir la marcha a pie no indicaba nada bueno.

La carretera empezaba a ascender y fueron caminando, en parejas, como un rebaño al que llevan a abrevar. Un vientecillo fresco azotaba sus mustias carnes. Debían de haber pasado ya las horas del mediodía y la tarde se presagiaba helada y gris.

El paisaje iba amortiguando sus tonos. En las zonas de sombra aparecía con colores oscuros, en los que servía de alivio el gris del granito, tachonado de manchas foscas, la vegetación de matorrales y brezos. Monseñor Polanco empezó a rezar el rosario y Matías Palá le contestaba. De vez en cuando se acercaba un carcelero a escuchar qué decían y al oír que estaban rezando se retiraba con una sonrisa que era como un sarcasmo o una burla.

Cuando terminaron el rosario se vio, a lo lejos, el reflejo que hacía el sol sobre el lago de Bañolas. Se veía a este como una lámina transparente, como un cristal luminoso puesto en mitad del paisaje. En él se reflejaban los incidentes de alrededor y, entre ellos, la propia silueta del pueblo, que formaba aguas al pie de la montaña, la cual también aparecía en la superficie del lago puesta del revés y erosionada por mil quebraduras movedizas.

Pararon en el pueblo. Los guardianes se metieron en un café, en la Plaza Mayor, bajo cuyos arcos reposaron los prisioneros. Al salir, dieron la orden de emprender nuevamente la marcha.

Siguieron adelante. Se fueron encumbrando por la carretera. Mucho después los hicieron torcer por un desvío, por un camino que se veía abierto en la colina y en el que se distinguía la huella de las ruedas de unos camiones. No había indicación alguna, de modo que no podían saber adónde los llevaban.

Caminaron durante un par de horas cara a poniente por aquel camino ancho, que se perdía entre el gris de la roca y el verde de los robles y de los pinos. No tardaron en percibir al fondo un conjunto de edificios que sobresalían en la llanura, centrados por el frontis de una capilla. El obispo reconoció el lugar:

—Es el Santuario de Nuestra Señora del Collell, que era un departamento del Seminario de Gerona.

—¿Para qué nos llevarán allí? —inquirió Matías Palá. Pero monseñor Polanco no le contestó. En lugar de ello empezó a pronunciar los versículos de un himno:

De parentis protoplasti fraude Factor condoles, — guando pomi noxialis in necem morsu ruit: ipse lignum tunc notavit damna ligni ut solveret.

—Monseñor, ¿qué significa eso?

El obispo Polanco no contestaba. Miró a Matías y a éste le pareció que sonreía levemente. Luego recitó en castellano una epístola:

—«No queremos que ignoréis lo tocante a la suerte de los muertos —decía con naturalidad, con una voz serena y potente, que concitaba a su lado, mientras iban avanzando, a numerosos de sus compañeros de cautiverio—, para que no os aflijáis como los demás que carecen de esperanza. Pues si creemos que Jesús murió y resucitó, así también Dios por Jesús tomará consigo a los que se durmieron con Él. Os decimos como palabra del Señor que nosotros, los vivos, no nos anticiparemos a los que se durmieron…».

Los reclusos que caminaban a su lado habían comprendido que aquella era una última oración, que se acercaba para todos la hora de la muerte. Algunos la escuchaban con lágrimas en los ojos. Otros caminaban hacia el suplicio cabizbajos, sin osar mirar la luz del sol, temblorosos y acobardados.

—«Pues el mismo Señor, a una orden, a la voz del arcángel, al sonido de la trompeta de Dios, descenderá del cielo y los muertos en Cristo resucitarán primero; después nosotros, los vivos, los que quedemos, seremos arrebatados con ellos a las nubes, al encuentro del Señor en los aires. Y así estaremos siempre con el Señor».

Ya se acercaban a la explanada en la que estaban los edificios. Los guardianes iban empujando a los presos hacia el extremo de la misma. Estos se arracimaban en torno al obispo y, en un momento determinado, muchos de ellos cayeron de rodillas. El obispo los bendijo, llevando la mano a los aires para hacer la señal de la cruz.

—«Consolaos mutuamente con estas palabras».

Y luego:

—«Requiem aeternam dona eis Domine: et lux perpetua luceat eis». Se oyó la voz de algunos que contestaban: —«In memoria aeterna erit iustus: ab auditione mala non timebit».

En aquel momento los guardianes se metieron entre los grupos y empezaron a deshacerlos a culatazos y gritando. Los presos se iban incorporando lentamente. Todos ellos eran conducidos a golpes hasta el extremo de la explanada. Allí vieron que todo a lo largo de ella había abierta en el bosque una gran fosa. El obispo pronunciaba un fragmento del Evangelio de San Juan:

—«En aquel tiempo dijo Marta a Jesús: Señor, si hubieses estado aquí no hubiera muerto mi hermano; pero sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo otorgará. Le dijo Jesús: Resucitará tu hermano. Marta le dijo: Sé que resucitará en la resurrección, en el último día. Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, no morirá para siempre».

Algunos presos se habían puesto a mirar en dirección a uno de los lados del edificio del Santuario. En él se veían dos ametralladoras apostadas. Matías Palá notaba que la cabeza empezaba a darle vueltas. Sintió un escalofrío. El obispo de Teruel empezaba a entonar los versículos de un Salmo:

Apiádate de mí, oh Dios, según tus piedades.

Según la muchedumbre de tu misericordia

borra mi iniquidad…

Y en aquel momento sonó una ráfaga prolongada. La mayoría de los presos doblaron sus cuerpos. Otros intentaron huir. En mitad de los grupos manchados de sangre se oían estertores, gritos, un ¡ay! prolongado… El obispo de Teruel había caído al suelo sin que Matías pudiera sostenerlo. Pero de sus labios aún parecía escaparse una voz.

Lava mi iniquidad y limpia mi pecado…

Sonó otra ráfaga, más prolongada. Matías notó que una masa de plomo le entraba por el pecho y le quedaba fija cerca del corazón. Cayó al suelo. El obispo y él habían caído casi juntos. Su cabeza estaba muy cerca de la de monseñor Polanco. Notaba aún el tacto caliente de la piel de su mano. Era una piel tibia, que tenía palpitaciones irregulares, pero que aún estaba viva. No obstante, su rostro permanecía mudo ya, con los ojos abiertos e inexpresivos. De su rostro parecía desprenderse una inmensa paz, un sosiego infinito.

Matías Palá se durmió cara al sol de la tarde, que lanzaba a lo lejos sus borbotones de oro. Por el cielo, azul y cárdeno, cruzaban unas nubecillas voladoras. Parecía escucharse una música muy honda, como un coro de violines en la altura.

Pasaron los carceleros pistola en mano, escarbando entre los muertos, dispuestos a rematarlos. A algunos les dieron el tiro de gracia. Al obispo y a Matías Palá los dejaron en paz.