Dan Porter vio las fotos en el periódico días después de la publicación. No había revisado la alerta de Internet hasta ese día.
—¡Te volviste loca, Chantal! —le dijo al teléfono esa mañana mientras ella caminaba al trabajo—. ¿Cómo pudiste exponerte de esa manera y con Álvaro Trespalacios? ¿Cómo pudo dar ese hombre contigo?
—Él no tiene la culpa, él no dio conmigo, nos encontramos por casualidad en una galería comercial antes de Navidad.
—Me parece mentira. ¿Has estado frecuentándolo?
—Él no sabe quién soy yo. —Mintió ella—. Me conoce como Chantal.
—Eso es mierda, eres la única ilusa que se traga ese cuento, estoy seguro de que a estas alturas ya sabe quién eres. Debiste avisarme enseguida, te habría sacado de París al instante.
—Por eso no lo hice. ¡No me voy a mover de París! —le gritó, con lágrimas en los ojos.
—Saliste fotografiada en los periódicos. ¿Qué sigue, Chantal? Dímelo para prepararme. ¿Programas de televisión? ¿Un reallity show?
—No me insultes, no necesitas hablarme así, puedo hacer con mi vida lo que se me dé la gana. Estoy cansada de ti y del estúpido programa.
—Antes de que apareciera Trespalacios no te quejabas.
—Pues ahora sí, y espero que no me envíes a Alexander como el policía bueno. Estoy harta y no estoy para juegos.
Siempre era así, Dan actuaba como el policía malo cuando le soltaba alguna restricción o le prohibía algo. Entonces enviaba a Alexander, que era el conciliador. Pues que se fueran a la mierda. Había pasado nueve años sin sentirse viva, sin experimentar esa sensación de tener el corazón a mil y las mariposas en el estómago, viviendo una vida de postín.
Porque su vida era una vida prestada, tal vez su esencia fuera la misma, pero pensar que hubiera podido ser española, alemana o portuguesa le molestaba, cada vida era única, nadie se levantaba en la mañana a pedir otra vida como si fuera una opción, aunque muchos lo quisieran. Ella se había visto inmersa en otra vida de golpe y porrazo, cuando más feliz se sentía, tenía derecho a rebelarse. Cuántas noches no se había dormido pensando que si no hubiera ido a ese departamento ese día, hoy estaría casada con Álvaro, dedicada a la pintura y con hijos. En cambio, vivía en París, con un trabajo que apreciaba pero que no la apasionaba, y acostándose con un hombre al que no amaba. Más sofisticada, pero menos feliz.
—¿Ya Alexander lo sabe?
—No, no lo sabe, y te agradecería que no le dijeras nada. —Sofía cerró los ojos, suplicando.
—No puedo hacerlo, Sofía. —Lo notó más calmado—. Si alguien vio la fotografía, él tiene que saberlo. Llegaré a París mañana a media mañana.
Ella no se había dado cuenta cuando le tomaron la fotografía en la que caminaba al lado de Álvaro. Fue Edith, furiosa, la que blandió el periódico en sus narices hacía dos noches a la hora de la cena. Dan se había demorado en llamarla, él hablaría con Alexander y lo tendría sobre ella de hoy a mañana.
—Mademoiselle Duras —llamó Madam Maillot, una de las administradoras del negocio—. Hay un trabajo para usted.
—Claro, madam —contestó Chantal, siempre dispuesta a las órdenes de la mujer alta y nervuda con cabello recogido en un lazo tirante, ojos astutos y labios pintados de rojo sin importar que fueran las diez de la mañana. Vestía siempre de negro y bata de laboratorio blanca.
—Un cliente especial desea un nez.
—Faltan diez días para mi turno con los turistas.
La mujer se limitó a mirarla sin ningún tipo de expresión.
—Hubiera recomendado a Helene, pero el cliente la pidió a usted. Esté lista, que en media hora la recogerá. Es un recorrido personalizado.
Sofía observó su reloj, eran las once de la mañana, ya había preparado las esencias para monsieur Leduc. Cuando le avisaron que el cliente había llegado, ella ya estaba lista. Ese día vestía unos pantalones azul oscuro de material grueso y elástico, muy ceñidos, y un suéter de lana con rayas azules. Se puso una bufanda azul y un abrigo negro. Calzaba botas también negras de caña alta y tacón grueso.
Atravesó la gruesa puerta de vidrio y se quedó pasmada cuanto vio a Álvaro, que la esperaba fuera del auto. Él se quitó los lentes y se quedaron mirándose en silencio. Chantal no pudo disimular una sonrisa, el corazón le brincó de alegría, luego recordó que no la había llamado en cuatro días… Resentida y celosa, mudó su gesto a una mirada indiferente.
—Bonjour, Chantal.
Sofía, todavía asombrada, le devolvió el saludo en un susurro.
Álvaro se acercó sin dejar de sonreírle hasta que invadió su espacio corporal, le dio la mano, pero no la besó. A Sofía ese solo roce le calentó la sangre. Iba a ser una jornada agotadora.
Él sonrió, la sorpresa de Chantal era palpable, tenía las mejillas enrojecidas y lucía encantadora, como una jovencita.
En cuanto se subieron al auto con chofer, vio que ella se ponía presurosa los guantes.
—Me congelo —dijo.
Álvaro le dio la orden al hombre para que subiera unos grados la calefacción.
—Te invito a tomar algo caliente antes de empezar. ¿Te parece?
Ella negó con la cabeza.
—Mejor después, vamos a empezar el recorrido por el mercado de las flores de la Isla de la Cité.
Le dio la dirección al chofer, que miró enseguida a Álvaro, quien con un gesto dio su aprobación. Pero no la quería nerviosa y afanada, como si se quisiera deshacer de él pronto.
—No, primero un rato de charla. ¿Cómo has estado?
—Muy bien, fenomenal —remarcó ella, sarcástica y huyendo del poder de su mirada—. ¿Y usted?
—Llegué anoche de Londres, estaba en una reunión y luego asistí a un foro sobre inversiones productivas en países del Tercer Mundo.
Esa no era excusa para no haberla llamado, existían los móviles y los mensajes de texto.
—Estuvo muy ocupado, entonces —señaló ella.
—¿No me tuteas porque no te simpatizo?
Ella bajó la mirada y sonrió. Si supiera que no podía dejar de pensar en él, que se contenía para no lanzarse a sus brazos cada vez que lo veía y cada vez que él se acercaba tenía que apretar los puños en la espalda u ocupar su manos con algo por culpa del intenso anhelo que la asaltaba por tocarlo hasta quedar unida a él como una lapa, que moría por hundir la nariz en su cuello y aspirar su aroma hasta intoxicarse…
—No, no es eso, está bien. ¿Cómo estuvo tu reunión?
—Muy bien, me alegra que me tutees.
—Ahora debes dejarme hacer mi trabajo.
Álvaro la dejaría hacer lo que quisiera, con tal de que no lo rehuyera.
—Crear una fragancia es como crear una obra de arte —dijo Sofía—. Si deseas un aroma personalizado, tengo que conocer qué aromas disfrutas y ya en el laboratorio miraremos si las notas del perfume van a gusto con la química de tu piel.
—¿Notas?
—Sí, el perfume es la melodía, y sus componentes son las notas.
Él el único perfume que deseaba era el aroma de ella en comunión con su piel, la única química que quería conocer era la de su sexo que lo narcotizaba, lo envolvía y lo había embrujado, porque lo recordaba aún, nueve años después.
Llegaron a la plaza Lépine, donde estaba uno de los más antiguos mercados de flores y plantas de la ciudad.
—¿Lo conocías?
—No.
—¿No le llevas flores a tu novia?
Él sonrió, ladino.
Ahí estaba la pregunta escondida.
—Para eso están las floristerías y el móvil.
Caminó para atrás delante de ella, ya que Sofía rehuía la mirada. Álvaro quería soltar la carcajada, abrazarla, darle vueltas por los aires y probar sus labios, que lo tenían loco de deseo. El gesto de Chantal al hacer la pregunta era el mismo de Sofía cuando lo celaba y eso era un bálsamo para su alma repleta de dudas. Hoy era el día, tenía ese pálpito.
—Debió molestarse mucho por la fotografía que salió ayer en el periódico. ¿Dónde está ahora? —preguntó ella, sin mirarlo.
Él sonrió de nuevo y dio un paso deliberado en su dirección.
—No tengo novia. —Bajó el tono de voz—. ¿Puedo preguntar lo mismo?
Estaba tan cerca que podía olerla, tan cerca que solo unos centímetros y podría reclamar sus labios.
—Terminé mi relación hace unos días.
Podría mentirle, pero para qué decirle que estaba en una relación. Ahora se pondría más insistente, estaba segura y lo anhelaba, que se fuera el mundo al carajo.
—Lo siento. Espero que no haya sido por la fotografía. No sabía que el fotógrafo nos seguía, ayer mismo puse una querella, el hecho de que les haya abierto una puerta a conocerme, no les da derecho a tomar fotografías a escondidas.
Las fotografías le habían traído una clase de problemas muy diferentes a los que él se había imaginado. Decidió no decir más sobre ese tema.
—No lo sientas, no estaba enamorada.
Él se alejó unos pasos. “No lo amabas, pero te acostaste con él”, quiso reprocharle Álvaro, “dejaste que te tocara”. La torta se le volteó, ahora el celoso era él, al recordar que hasta hacía poco tiempo había otro hombre en la vida de ella. Tuvo el impulso de besarla a la fuerza, de borrarle cualquier rastro de aquel hombre y ese pensamiento aumentó su erección.
—Ambos estamos libres de compromisos.
—Tú eres un cliente que desea una fragancia.
—Soy más que eso y lo sabes. Deseo más de ti, Chantal.
El aire caliente de su sonrojo contrastaba con el aire frío de la jornada.
Ella quedó callada ante su gesto de súbita seriedad, si hubiera sido cualquier otro hombre, le habría lanzado cuatro frescas, pero era él. Pronunciaba su nombre con algo de reticencia, como si le costara llamarla así, deseaba que la llamara “mi amor”, en ese español con el que le regalaba palabras en medio de la pasión. Álvaro seguía con semblante serio, lo estudiaba de perfil, su nariz recta, la barbilla áspera que le secaba la boca nada más de imaginar su tacto, las pestañas largas y espesas, rizadas hacia arriba… Quiso alisarle el gesto con que arrugaba la frente, siempre lo tuvo, pero se le había acentuado con los años.
Entraron en el mercado que estaba compuesto por tres casetas alargadas, dispuestas en paralelo, fabricadas en hierro, madera verde y cristal. Eran como enormes invernaderos repletos de flores, de invierno e importadas.
—El uso de flores y demás elementos naturales para crear los aceites esenciales ha disminuido. Los hay, pero son muy onerosos y sus procesos largos y dispendiosos, ahora los perfumes están creados con esencias sintéticas, lo que hace las fragancias menos costosas.
—¿Son iguales las fragancias?
—En un buen porcentaje, sí.
—Me parece difícil que algún elemento sintético reemplace al natural.
—Las esencias sintéticas se acercan mucho a las naturales.
Cuando subió unos escalones, Álvaro la tomó del brazo, se preguntó si habría notado la conexión entre ellos. A medida que pasaban los minutos se le hacía más difícil no tocarla, no acercarse más.
—¿Cuál es tu aroma favorito?
Él se quedó mirándola con un brillo extraño en los ojos, dobló las comisuras hacia arriba en una sonrisa lenta y sinuosa.
—Si te lo dijera, me ganaría una buena reprimenda. ¿Qué clase de pregunta es esa?
Para su sorpresa, la mujer también sonrió y él se arriesgó a hacer lo que deseaba, cuando una ráfaga de viento llevó un mechón de cabello a los ojos, le metió el pelo detrás de la oreja, y de paso, le acarició el lóbulo.
Ella no lo rechazó.
—Entonces tu segundo aroma favorito —dijo, sonrojada.
—Verbena, y ahora, violetas.
Ella negó con la cabeza y levantó ambas manos.
—No se me ocurren otras —contestó él, haciéndose el inocente.
Ella seguía sintiéndose atraída por él, se hacía la indiferente, pero por el modo en que bajaba la mirada, por el hecho de que no sabía qué hacer con las manos, que iban del bolsillo del abrigo a arreglar un mechón de pelo o poner la bufanda en su lugar, podía palpar su nerviosismo.
—Entonces vamos a descubrirlas, te traje a este mercado para que conozcas cuál es el momento ideal de la flor para hacer con ella un buen aceite esencial, por ejemplo la flor del jazmín debe estar bien abierta para poder utilizarla.
Ella lo guio en un recorrido por diferentes puestos, se llevaban a la nariz diferentes fragancias de flores, hierbas y frutas, lo llevó a un puesto de especias donde se sumergieron en el aroma picante y fragante de la canela, el dulce de la vainilla, el picante de la pimienta y el jengibre, que la transportó a una tarde en el mercado hindú de especias en Brooklyn. Sofía sonrió ante el recuerdo, mientras se llevaba astillas de canela a la nariz. Deambularon un rato, compraron esencias y Álvaro insistió en regalarle un ramo de rosas, que ella aceptó.
—Ahora sí te acepto el café, nos servirá para despejarnos de tantos olores y hablar de tu perfume.
—Me interesa más el tuyo —dijo, acercándose a ella y tratando captar su aroma—. Hoy no llevas violetas, pero el olor me gusta mucho.
—En el trabajo no suelo llevar perfume.
—No lo necesitas. Hueles delicioso.
El corazón de Sofía golpeaba a ritmo disparatado. Ansiaba tocarlo, su cercanía le provocaba ansiedad, la hacía muy consciente de lo perdido en el pasado.
En el mercado había un café, entraron en el local. “Respira, solo respira”. Una estufa a gas calentaba el ambiente, el calor tibio la envolvió, Álvaro la condujo a una de las mesas, ella se quitó el abrigo que dejó detrás de la silla y puso las flores en la mesa. Pidieron café y pastas, se obligó a calmar los latidos y las ansias, hablaron de libros, espectáculos y viajes. El mesero se acercó con la orden a los pocos minutos.
—¿Vas seguido al museo? —preguntó él de pronto.
Esa pregunta la tomó desprevenida. Sorbió el líquido caliente antes de contestar.
—No tanto como quisiera. ¿Por qué? —preguntó, retadora. Nerviosa, agarró las flores y se las llevó a la nariz.
—Curiosidad.
El ambiente se había enrarecido y a Sofía la máscara se le empezaba a caer a pedazos, culpa de la añoranza. Se arriesgó a probar un bocado de torta, rogando que no le quedara atragantada en la garganta como la desazón que estaba sintiendo. Al ver la forma en que la miraba, supo que no podía dilatarlo más. ¿Cómo enfrentarlo? Dejó el pocillo en el plato y puso ambas manos sobre la mesa. Tuvo el impulso de salir corriendo. Los pensamientos de él debían ir por los mismos derroteros, porque de pronto su semblante se volvió grave.
Álvaro se quedó observando a Sofía detenidamente, había algo raro en su expresión que no acababa de descifrar. Tenía que confrontarla y acabar con esa farsa hoy. ¿Por qué le mentía? La notaba reacia a poner fin a la maldita situación, pero ya había fisuras y él estaba agarrado a ellas como a clavos ardiendo. Un clima de incertidumbre flotó alrededor de ellos. Se quedó mirándola y su gruesa voz rasgó en dos la tensa atmósfera.
—¿Hasta cuándo vas a seguir con esto?
Ya.
Álvaro pudo notar el momento en que ella estuvo a punto de decir algo, pero las palabras la abandonaron cuando algo incorpóreo le oprimió la garganta.
Ella se levantó de golpe.
Se puso el abrigo en segundos, aferró las flores al pecho y salió del local. Álvaro se tomó su tiempo, pagó la cuenta y salió detrás de ella. La alcanzó a la salida del mercado. La temperatura había descendido.
—Vamos a la perfumería, es hora de hacer tu perfume. Se hace tarde, tú tendrás cosas que hacer y yo tengo trabajo —le dijo, como si él no hubiera dicho nada.
—Me importa una mierda el maldito perfume, Sofía.
Ella palideció.
Se observaron como enemigos cautelosos antes de entrar en batalla. La diferencia radicaba en que Álvaro, a pesar de su mirada sombría, parecía en control. Ella había empezado a temblar.
—No voy a hablar aquí, vamos a mi casa. —Su tono de voz sonó a orden.
—No, mejor en la mía, está a diez minutos —refutó ella.
Él hizo un gesto afirmativo, la aferró del brazo y la guio al interior del coche. Le dio la dirección al chofer y le pidió que fuera rápido, en segundos avanzaban por el tráfico. No hablaron. Sofía le destinaba vistazos, él no la había mirado a los ojos ni una sola vez. Lo notaba tenso, a medida que pasaban los minutos, lo presintió furioso. Tenía el ceño de la frente arrugada. Subieron las escaleras del edificio con celeridad.
La mente de Álvaro corría a toda velocidad. La deseaba y con apremio, pero deseaba a la Sofía de nueve años atrás, que parecía tener poco que ver con la mujer que tenía enfrente. Le reconocía acentuado su aire melancólico. Le temía a sus propios sentimientos, a que en segundos la frágil esperanza que lo había sostenido hasta ahora se desvaneciera con la confrontación y que solo se tratara de un necio capricho que se había diluido con los años. El dolor de la pérdida los había llevado a ser personas muy diferentes. ¿Qué diablos buscaba con esos encuentros? La verdad, se dijo de manera fiera, la jodida verdad.
En cuanto llegaron a la casa, ella soltó el bolso en el piso, cerró los ojos y lo abrazó. Él le devolvió el gesto con fuerza extrema en un choque de angustia por los años perdidos, de hambre de ella, de rabia, de pasión, de miedo a que fuera un sueño y no un jodido milagro el que la hubiera devuelto a su vida. Nueve años sin sentirla así, su cuerpo se ablandó ante él al emitir un fuerte sollozo y lo aferró por la espalda como si fuera a desaparecer en cualquier momento.
—Sofía —susurró en un lamento con los ojos cerrados.
Ella no quería hablar, se tragó como pudo las lágrimas que veía venir, solo quería sentir su piel, acariciarlo, olfatearlo, extraviarse en su olor, el mejor perfume del mundo. Lo inspiró como una maldita yonqui ante una línea de droga. Le acarició la quijada rugosa, le alisó el ceño. Lo besó con una desesperación que le fue devuelta, gimió desesperada por fundirse en él, por fin un beso de verdad, con el corazón, de esos que hacen detener el mundo. Las palabras no dichas fueron liberadas con furia en forma de roces, lastimando los labios, las mariposas en su estómago descendieron vertiginosamente y tuvo que apretar los muslos y las ganas para no llevárselo desesperada a la cama. Le introdujo la lengua en la boca y recorrió todo su interior como atizador al rojo vivo, mientras él le sujetaba la cintura con violencia.
De pronto, Álvaro tomó la iniciativa y de un tirón la aplastó contra la pared. Ambos gimieron, y ahora fue él quien le hurgó la boca con la lengua, a lo que ella accedió encantada y de pronto…
Él la soltó y puso distancia entre ellos. Respirar se le dificultaba, tenía el pecho tan tenso como si un ladrillo lo presionara. Caminó unos pasos con las manos detrás de la cabeza. La miró con resentimiento.
—No me mientas, quiero toda la jodida verdad —dijo, siseando.
—No te lo puedo contar —respondió ella con voz ahogada—. No me preguntes.
Se acercó a ella con violencia y levantó un dedo frente a ella a modo de advertencia.
—¡Merezco la maldita verdad! Me la debes, por todo lo que tuve que pasar.
El tono angustiado de él le rompió el corazón a Sofía, y su llanto se desató. Se acercó de nuevo a él, no soportaba no poder tocarlo.
—Vi algo que no debí haber visto —dijo, con una tristeza infinita—. Debí hacerte caso.
—Me has tratado como un imbécil en nuestros encuentros. —Soltó una carcajada ajena al humor y la miró con rencor—. Lo que habrás gozado.
—¡Yo tampoco lo tuve fácil! ¿Cómo crees que me he sentido?
—¡No lo sé! ¡Maldita sea! ¡No lo sé! —gritó furioso—. Entre tú y el imbécil de Dan Porter me vieron la cara de pendejo. A mí, maldita sea, a mí.
Esto lo dijo en español, con toda su jerga caribeña, golpeándose el pecho con fuerza.
—No podía involucrarte, era peligroso —le contestó en español.
Álvaro cambió la expresión, su mirada la atravesó. Tenía un rictus amargo en la boca.
—Has aprendido mucho en estos años —dijo con sorna—. ¿Qué más habrás aprendido?
Estaba furioso y celoso. ¿Por qué prefirió ponerse en manos de Dan? Como si él fuera un maldito pegote estampado en la pared.
Sofía quiso decirle que no pelearan, que lo importante era que estaban juntos otra vez, pero él no la dejó hablar y continuó recriminándole.
—Se supone que la relación de pareja está basada en la confianza y urdiste una cruel mentira. Conseguiste que me torturara por mucho tiempo ¿Cómo pudiste, Sofía?
Ella se sulfuró.
—¿Tú crees que yo lo urdí todo? ¡Ja! Ven, Dan, destrocemos la vida de Álvaro, ya que no tenemos nada más que hacer.
—¡Lo hiciste! ¡Lo hiciste! Quedé en un limbo, siempre con la duda. ¿Sabes? Quedé atrapado entre tu mentira y tu muerte.
Sofía sintió como si le hubiera dado una bofetada.
—¡No seas injusto! No tienes ni idea de todo lo que he tenido que vivir. ¿Por qué me seguiste? Hubieras dejado entonces las cosas como estaban.
—¡Necesitaba hacerlo! —gritó, desesperado, dándole la espalda.
—¡No debiste contactarme!
—¿Lo hubieras hecho tú?
Sí, quiso decirle ella, claro que sí; tal vez en otra vida, donde el peligro fuera ajeno a ellos; tal vez en otra vida, donde sus mayores problemas serían lidiar con el temperamento de los dos; tal vez en otra vida, donde pudieran ser solo una simple pareja y pasear cogidos de la mano por Los Campos Elíseos o visitar la Torre Eiffel.
—¡No! —Su palabra sonó a mentira.
Álvaro se volteó con una risa llena de amargura. Luego se puso serio. Las palabras salieron de su pecho junto con el aire que respiraba.
—Voy a dejarlo aquí, te seguí porque necesitaba saberlo, te hice investigar y en cuanto el detective me dijo lo del museo, supe que eras tú.
Caminó hacia la puerta y salió del apartamento, con un golpe fuerte de la puerta.
Sofía se quitó el abrigo y se desvaneció en el sofá sin dejar de llorar. Debió haberse sostenido en la mentira y haberse largado, como Dan le dijo. Se sentía insensibilizada. Álvaro tenía derecho a estar enfadado. No podía refutárselo, si había sufrido una cuarta parte de lo que sufrió ella, entendía su furia, pero tampoco tenía derecho a poner su dolor por encima del suyo.
Se debían una buena conversación cuando las cosas se hubieran calmado. Tenía que haber una forma de arreglar la situación. No quería que sus problemas lo tocaran, no lo había involucrado nueve años atrás, y no lo iba a hacer ahora. Si no la hubiera buscado, si él se hubiera conformado con ese encuentro fortuito…
Se limpió las lágrimas con las manos. No se engañaba, ella hubiera dado con él de alguna forma, estar en la misma ciudad y no respirar a su lado le parecía imposible. Se levantó, resuelta a buscarlo, a rogarle, a arrastrarse como fuera con tal de volver a experimentar el imperio de sus ojos.
Escuchó el timbre de la puerta. Abrió, era Álvaro con las flores que le había comprado y ella había dejado en el auto. Tomó el ramo, lo dejó a un lado y lo miró a los ojos, su rostro lucía tenso, su pecho subía y bajaba. Se miraron con incertidumbre, con un cántaro repleto de emociones, con temor de ser manifestadas. Sofía trató de hablar, pero él no la dejó.
—Shhh.
Con una sensación de irrealidad y temor, se acercó a ella en tres zancadas, la abrazó y le devoró la boca con gula, con rigor de saqueador de almas, ahogándola, enfebrecido, como si no fuera a tener suficiente de ella. El anhelo que ella sentía en medio de las piernas no había hecho sino aumentar. Sin dejar de abrazarla y besarla, la reclinó con algo de rudeza en el sofá. Sin paciencia para quitarle las botas, le bajó el pantalón y los interiores hasta las rodillas. Le levantó las piernas hasta apoyarlas en sus hombros, él se desbrochó los pantalones, liberó su larga erección e irrumpió en ella sin preliminares. Descontrolado y desesperado por poseerla, soltó un fuerte suspiro, como si hubiera recibido una bocanada de agua después de una larga sequía, en cuanto se sintió inmerso en su calor.
A Sofía le ardió su intrusión a pesar de estar húmeda y deseosa de sentirlo. Dobló las piernas sobre su pecho para darle más acceso, la sensación de tenerlo a él en su interior la estaba agobiando. Se sentía completamente llena, tan apretada a su alrededor y sin poder moverse. Él se quedó quieto unos segundos y ella susurró a Dios, agradecida. Se le dificultaba respirar, se sintió mareada de excitación, no podía creer que él estuviera tan dentro de ella que le rozaba el alma, la piel perlada de sudor y con su mirada posesiva, que parecía marcarla, clavada en sus ojos.
—Mi sei mancato tanto[18].
Y esa fue la frase clave para desatar el huracán de emociones que Álvaro llevaba dentro al mirar su rostro. Era ella, su sueño imposible, su aterradora pesadilla, su felicidad más sublime, su pesar más profundo, su banquete y su hambre. Ella había sido sus aciertos y sus errores; en definitiva, era su vida y hoy encima de ella, dentro de ella, volvió a respirar. Le temblaban las manos mientras la embestía con movimientos feroces e incansables.
—No puedo parar… lo siento.
—No pares, por favor, no pares.
—No podría —jadeó, desesperado—. Has vuelto a mí…
El orgasmo lo atravesó de arriba abajo como si una ola lo hubiera suspendido, dándole vueltas hasta dejarlo en alguna playa desierta. Doloroso y liberador, su explosión parecía no acabar. Cuando volvió al mundo de los vivos, no había aflojado el ritmo de las embestidas, se hundía en ella una y otra vez, podía escuchar los húmedos sonidos que emitía cada vez que se hundía. La miró a los ojos. Todas sus dudas sobre sus sentimientos desparecieron como por ensalmo.
—Tú no…
—No importa, no…
Se quedó quieto, y sin dejar de mirarla, le quitó las botas y le sacó el pantalón. Las piernas de Sofía, liberadas, lo apresaron al fin, rodeando su espalda y atrayéndolo hacia ella. Él se inclinó y le dio un largo beso. .
—Discúlpame, me porté como un bruto…
Aun sin salir de ella la alzó, ella se colgó de su cuello y enroscó más sus piernas alrededor de su cintura. Lo guio hasta la habitación, la fricción mientras caminaba le envió señales de que su orgasmo estaba cerca.
—No quiero salir de ti —dijo, tumbándose con ella en la cama, con tono de voz rasposo y dominante.
—No salgas, ya estoy a punto.
Él le acarició el clítoris con el pulgar, se hundió en ella una vez más a un ritmo más suave, una sensación abrumadora la atravesó de una manera explosiva y soltó un lamento al tiempo que arqueó su espalda y se lanzó por el precipicio, reconociendo sensaciones largo tiempo sepultadas.
—¡Álvaro!
No iba a aguantar, el corazón le iba a estallar, iba a morir allí mismo, se decía, mientras se deslizaba por una vertiente de placer, hasta encontrarse con los ojos de Álvaro, intensos, triunfales, dominantes.
—Mía, eres mía, no lo olvides.