EPÍLOGO: EL FILO MAYOR
—Necesito su ayuda.
—Claro, dígame cuándo fue la última vez que lo vio, a dónde iba, con quién.
—Salió de la casa el miércoles a mediodía rumbo al aeropuerto. Iba a Zihuatanejo, al hotel Camino Real, a escribir un reportaje, solo.
—Muy bien déjeme ver qué le puedo averiguar.
—Le tengo noticias. Lo vieron el sábado en su Mercedes muy contento.
—¿Quiénes?
—Los del retén del Güirindalito, en Guerrero. No se preocupe, no debe tardar en aparecer. Tal vez se haya ido a Mazatlán o a Veracruz. Acuérdese que estamos en el carnaval.
—Imposible. Él tenía compromisos que cumplir aquí, hoy.
—Seguiremos buscando. Lo tendremos al tanto.
—¿Muerto? ¿Pero cómo? ¿Cuáles fueron las causas?
—Un accidente: exceso de velocidad. Iban tomados.
—¿Iban?
—Sí, él y una dama: su secretaria.
—Él se fue solo.
—¿Sabe usted a qué iba a Zihuatanejo?
—A elaborar un reportaje turístico…
—¿Eso le dijo?
—A eso iba, lo sé.
—¿Cómo?
—Él me lo comentó. Le iban a pagar doscientos cincuenta mil la cuartilla más todos los gastos.
—Pues no iba solo. Aparentemente iba a viajar en avión; pero en el aeropuerto despidió al chofer, recogió a su secretaria y juntos se fueron en su coche hacia Ixtapa.
—No lo creo.
—Tengo en mi poder fotografías un tanto comprometedoras.
—Además él nunca bebía.
—¿Nunca?
—Vino, a veces… del bueno…
—¿Cuántas copas?
—Una, dos como máximo…
—¿Nada más?
—Bueno y de vez en cuando una ginebrita…
—Pues según los informes se puso muy insolente con el retén que les hizo la revisión de rutina. El dictamen del laboratorio probó que efectivamente iban ebrios.
—¿Puedo ver el parte militar?… Aquí dice que ella venía al volante.
—Así es. Y también estaba bebida.
—¿Y qué ocurrió entonces?
—Revisaron el automóvil. Encontraron una pistola. La consignaron a pesar de sus protestas.
—¿Y si los dos estaban bebidos por qué no los detuvieron?
—No lo sé. Tal vez no se dieron cuenta o se hicieron de la vista gorda o tal vez él los intimidó con sus influencias y amenazas.
—¿Cuánto tiempo duró la inspección?
—Quince minutos…
—¿A qué horas?
—Como a las ocho de la noche…
—¿Y después?
—Siguieron su camino. El accidente ocurrió cuarenta y cinco kilómetros más adelante en una barranca conocida como “El filo mayor”.
—¿Cuándo exactamente?
—Entre el viernes 7 y el sábado 8 de febrero, de acuerdo con el perito criminalista.
—¿No me dijo usted que lo habían visto el sábado muy contento en su coche?
—Hubo una confusión.
—Francamente a mí me dio la impresión de que ustedes ya sabían lo que había pasado entonces.
—Apenas estábamos sobre la pista.
—¿Y el cadáver cuándo lo encontraron?
—Los cadáveres, mi amigo. El domingo 9 de febrero, en la barranca.
—¿Quién los encontró?
—Un cazador.
—¿Cómo es que se tardaron tanto en descubrirlo? ¿Por qué no se nos dio aviso de inmediato?
—El coche cayó en lo más profundo del precipicio. El día que descubrieron los cadáveres era domingo, usted sabe… todo se complica…
—¿Por qué lo enterraron con identificaciones y todo lo que traía?
—Por ignorancia. Creyeron que los cadáveres podían provocar una epidemia. Pero la persona responsable ya ha sido castigada.
—Según la autopsia el cadáver estaba intacto, sin que hubiera sido presa de las aves de rapiña, o de otros depredadores, lo cual es muy raro después de varios días de estar a la intemperie y más con el calor que hay en la zona.
—Estaban dentro del automóvil, eso los protegía.
—El cuerpo presentaba golpes y hay huellas de amarres en los pies. Se sospecha que a él le dieron un tiro de gracia en la cabeza.
—Fue un accidente. No deje que lo sugestionen.
—Tengo aquí una carta donde se dice que alguien vio que lo golpeaban y lo torturaban en el retén militar, que le estaban dando de cachazos.
—A ver, permítame leerla… Esto sólo intenta confundirlo y crearle sospechas infundadas. ¿Quién puede confiar en un anónimo?
—Hay muchas contradicciones. ¿Por qué lo sepultaron sin avisarnos si llevaba con él todas sus identificaciones?
—Insisto: la persona responsable no tenía criterio y ya fue destituida… Fue un descuido imperdonable, lo acepto, pero ya no se puede hacer nada.
—¿Y el dinero? Él llevaba más de lo que encontraron.
—Seguramente se lo gastó o no tenía lo que usted supone. Pero es obvio que si se tratara de un caso de robo se habrían llevado todo lo que traía.
—Se perdió además un manuscrito.
—Ya se lo entregamos.
—Había otro, en el que trabajaba actualmente.
—Le aseguro que le dimos todo lo que encontramos.
—Hay muchos cabos sueltos. Tendré que recurrir al propio Presidente si es necesario.
—Hágalo, ojalá que él lo pueda ayudar.
—Y entonces, ¿quién va a responder por nuestro dolor?
—Lo siento; también era mi amigo y lamento su muerte pero como le dije ya no hay nada que podamos hacer. Aquí tengo su pistola, la famosa Marilyn. Es la que le quitaron en el retén de Guerrero. Tenga.
—¿Y no le entregaron otra? ¿Una calibre 22 con cachas doradas?
El día 10 de febrero de 1986, a casi doce años de la muerte de Charras, en la cabeza de Últimas Noticias se leía: ¡Muerto Loret de Mola!