XVII. LA NOCHE

Nadie salvó tú sabrá a ciencia cierta todo lo ocurrido durante aquella noche. Después se correrá el rumor de que no fue entonces, sino días después, y no en Quintana Roo sino en Yucatán: en unas bodegas abandonadas cercanas a la ciudad de Mérida.

Miércoles 13 de febrero, 1974

23:39 —Pásame un poco más de esa motita —oye que dice el flaco de la pistola.

Silencio. Charras se halla tirado en el piso de la parte de atrás del automóvil; uno de ellos lo sujeta de las manos con todo el peso de su cuerpo sobre él. El tipo que va adelante le da un jalón al cigarro y exhala. Charras siente el olor a petate quemado.

—¿Qué me van a hacer? —pregunta.

—Nada —le contesta el flaco que dirige la operación reteniendo el aliento—. Pórtate bien y verás que no te pasa nada.

—¿Quién los mandó?

—El ingeniero —responde riéndose—, ¿no es cierto, camaradas? Nos dijo que te lleváramos con él porque eras ojete —comentó volviendo a reír—. ¿Verdad, camaradas?

Los otros dos tipos no contestan. El que hace de chofer celebra los chistes de su compañero que funge como cabecilla pero no hace comentario alguno. El viejo que lo tiene sujetado contra el piso hiede a sudor y alcohol pero ni siquiera ríe de lo que dice el flaco que, desde el asiento de adelante, amaga a Charras con la pistola.

—Ustedes son de la policía.

—¡No! —contesta violento el flaco—. Somos de Veracruz, ¿verdad camaradas? —dice tratando de recuperar la compostura.

—Son yucatecos, ya los oí. Además a ti —dice dirigiéndose al flaco— te vi ayer en la oficina de Gamboa. Vi cómo te me quedabas mirando.

Charras logra levantar un poco la cabeza. Por los postes de luz y los anuncios, se da cuenta de que aún no salen totalmente de la ciudad. El viejo que lo sujeta apoya todo su peso sobre él. El flaco de la pistola mira hacia adelante. Charras decide arriesgar. Concentra toda su fuerza y logra mover al viejo. Empieza a tirar patadas y a dar golpes.

—Este hijo de la chingada ya se está alebrestando — dice el flaco que intenta pasarse para atrás cuando Charras logra asestarle una patada en la boca—. Hijo de puta, me las vas a pagar —le dice, y le da con el cañón de la pistola en la cara.

Charras pierde momentáneamente el sentido. Cuando vuelve en sí siente que sangra de la ceja. El flaco tiene puesto un pie sobre su cabeza. El viejo lo sujeta con las manos por detrás.

—¡Qué pendejo eres! —le grita el flaco al chofer—. ¡Vas sobre los Itzáes! ¡Salte a la carretera si no quieres que nos lleve la chingada!

El automóvil se detiene. Están frente a un semáforo en alto. Charras sabe que no puede desaprovechar la oportunidad aunque ignora si hay coches cerca de ellos.

—¡Auxilio! —alcanza a gritar—. ¡Auxilio!

—Sube los cristales —ordena el flaco— y pon el radio a todo volumen. Y tú, hijo de puta —le dice a Charras—, cállate o te mato aquí mismo.

La oscuridad indica que ya han tomado la carretera. No ve más luces. La sangre sigue manando de su ceja. Siente un charco bajo su rostro embadurnado.

—Parece que ya se calmó este gallo —dice el flaco y se vuelve a pasar al asiento de adelante—. Dame otro cigarro —le indica al chofer.

El olor a hierba quemada vuelve a sentirse. Charras ignora hacia dónde van. Cerca de la ciudad hay muchos pueblos pero una vez que se alejan pueden recorrer kilómetros sin que encuentren un alma en el camino. La mirada del flaco se le quedó grabada desde su entrevista con Gamboa. A los otros dos no los conoce. Seguramente estaban ahí ese día pero sólo se acordaba de la mirada torva del flaco. Uno es un viejo recio, moreno, callado, de bigote. El otro, el que va manejando, es un gordo, también con cara de hijo de la chingada. Vuelve a ver postes de luz pero ahora el automóvil no se detiene ni un momento así que él permanece callado. Vuelven a entrar a lo oscuro. Se alejan de la población.

—Párate aquí —ordena el flaco.

El coche se estaciona junto a la carretera, en la cuneta. Apagan las luces. Abren las puertas, Charras deja que lo saquen. La noche está oscura. Respira profundamente, tiene la cara apergaminada de sangre seca. Ve hacia el firmamento: la luna se halla en cuarto menguante como si alguien le hubiera asestado una puñalada al cielo. El viejo lo sujeta de los brazos por detrás. El flaco se ha bajado primero y lo espera apuntándole con la pistola junto al gordo que hace de chofer. El viejo lo pone frente a ellos y sin más el flaco le tira una patada a Charras en los testículos que lo hace doblarse de dolor y caer.

—Amárralo —ordena el flaco.

El chofer aprovecha que Charras está tirado para pasarle las manos por detrás y sujetarlo de las muñecas con tela adhesiva. También lo amarran de los pies. Mientras, el flaco aprovecha para darse otro toque y, con el mismo cerillo que enciende su cigarro, quema la tarjeta de circulación. Cuando el chofer termina de amarrarlo desatornilla las placas del automóvil; las cambia por otras.

—Saca los garrafones de gasolina y el gato de la cajuela —le dice el flaco al viejo—. Ponlos en el asiento de atrás.

Entre el viejo y el chofer cargan a Charras y lo meten a la cajuela.

—Suéltenme y les doy doscientos mil pesos —les ofrece Charras—. En mi agenda tengo una carta a mi madre. Léanla. Yo sabía que estaba en peligro. Lo sabían también mi mamá y mi hermano. Lleven esa carta a la casa de antigüedades que está en la esquina de Paseo Montejo, junto a la gasolinería, y pregunten por Urbina; él les va a dar el dinero sin mayor averiguación.

El flaco se le queda viendo durante un momento.

—¿Me quieres ver la cara de pendejo? —le dice y de inmediato cierra la cajuela.

La oscuridad es total. Se han alejado de la ciudad y no tiene idea de qué rumbo llevan. Desde la cajuela oye la voz del flaco que, eufórico, ríe y bromea.

—¿Oíste? Me ofreció doscientos mil pesos. ¿Te imaginas? Dice que trae una carta en su agenda. A ver, pásamela… Aquí está, se las voy a leer…

Charras nota que prenden la luz del interior del coche. Escucha sus propias palabras leídas en voz alta en tono burlón. El flaco lee y ríe a carcajadas; de súbito se interrumpe y dice:

—Esto no me está haciendo ninguna gracia. Vamos a mandarla a la mierda… aquí no dice nada de ningún dinero ni del tal Urbina.

Charras escucha un nuevo acceso de risa del flaco.

Jueves 14 de febrero, 1974

0:46 Charras dormita: ve a sus hijos, dos varoncitos y una niña. La chiquilla salió pelirroja, como su suegro. Luego se ve a sí mismo: debe tener trece años y está en el jardín de su casa, solo, cuando oye una voz que canta con alegría contagiosa en el jardín de al lado: es Ama Novelo, una muchachita un poco más chica que él. Canta mientras trabaja lavando la ropa de los vecinos. La alegría de su canto se convierte en su primera sensación del amor. Diez años después: se ve en compañía de todos sus hermanos, de su madre y de su cuñado: sentados en una mesa: Charras ocupa la cabecera, de traje y corbata, orgulloso, feliz, satisfecho ante su madre, en aquella época en la que todavía ninguna sombra oscurecía su camino. Acapulco: es de noche, van caminando por la costera él y su primo Carlos. Carlos ha bebido mucho y quiere pelearse a golpes con él. Charras trata de calmarlo. Carlos insiste y empieza a tirar de golpes. Charras levanta los brazos: no está dispuesto a responderle un solo golpe. Terminan llorando juntos, Carlos pidiéndole perdón por haber sido tan estúpido por tratar así a alguien que quería más que a un hermano. Acapulco, otra noche de borrachera. Mito Barrera le dice que le tire un golpe. Charras le dice que no le pida eso porque si insiste se lo va a dar, ya lo conoce. Barrera se enterca: órale no seas maricón pégame a ver si te atreves. Charras le tira un golpe en el estómago y lo deja doblado de dolor. Cuando Barrera logra levantarse, le dice “pegas duro, cabrón”, y los dos se echan a reír en absoluta camaradería.

1:02 El auto se detiene. Oye voces. Alguien les dice que la calavera de atrás está fundida. Huele a gasolina. Están cargando el tanque. Grita, pide ayuda pero no sabe si su voz se alcanza a oír. Se siente cansado, tiene calor y mucha sed. Vuelve a quejarse. Parece que nadie lo oye. El coche se vuelve a poner en marcha y avanzan. Se empieza a sentir mal.

—Por favor, muévanme, me siento muy entumido sáquenme un momento, no puedo respirar… —les dice a sus raptores.

—Ya cállate cabrón que lo que queremos es que te ahogues ahí dentro —le grita el flaco que vuelve a reír estrepitosamente.

Al poco rato el coche se detiene. Abren la cajuela. Charras siente el fresco de la carretera. Respira hondo. Siente un poco de alivio.

—Estoy muy entumido… no puedo respirar…

—Pásalo un rato al asiento de atrás —ordena el flaco, no se nos vaya a ahogar…

Lo sacan cargado; cambian otra vez los bidones a la cajuela y lo avientan al asiento del automóvil. El cambio de posición lo ayuda aunque no puede moverse. El viejo vuelve a sentarse junto a él.

1:03 —Ya estamos cerca de Valladolid —comenta el chofer.

—Cuidado —comenta el flaco— es carretera federal y a la entrada de la ciudad hay siempre una patrulla.

—¿Nos paramos?

—Pégate aquí junto a la carretera mientras reviso las llantas y veo si puedo arreglar la calavera.

El flaco se baja. El que viene de chofer se voltea y les dice:

—Te metiste en muchas honduras.

—¿Qué me van a hacer? —pregunta Charras.

—Todavía vamos a pedir instrucciones.

—¿Son órdenes del Gobernador, verdad?

—Nosotros no tenemos nada contra ti. Ni te conocíamos hasta que Chan, tu vecino, nos dijo quién eras.

—Sí, a Chan también lo vi anoche.

—Listo —dice el flaco—. Pásenlo otra vez a la cajuela y cuidadito con gritar cabrón porque me voy a cobrar una por una las que me hagas —le dice tomando a Charras de la mejilla y dándole una palmadita—. Pásame la tela adhesiva.

El flaco le cubre la boca. Lo vuelven a meter a la cajuela. Otra vez la oscuridad, la falta de aire, el cuerpo inmovilizado y entumido. Respira con esfuerzo. Silencio. Tal parece que el flaco, que es el que más habla, se hubiera echado a dormir. El automóvil baja la velocidad. Deben haber entrado a Valladolid. Al poco rato se detienen. Oye que dan dos, tres portazos. Se bajaron los tres. Charras se queda solo en la cajuela del coche. Escucha algunas voces y el tenue ruido de la calle. Es de madrugada. Alcanza a oír un rumor de música de algún radio. Tal vez ésta sea su última oportunidad de pedir ayuda. Como no puede gritar se queja con la boca cerrada: un zumbido que sale directamente de sus pulmones, de su garganta, de sus labios cerrados: exhala largos lamentos, se calla durante un rato y vuelve a empezar. Una de las señoras que venden panuchos en la plaza de Valladolid comentará tiempo después que ella oyó que alguien se quejaba en la cajuela de un coche azul estacionado en la plaza.

Charras, Charras, Chan. Charras, Charras, Chan. Chan, Chan, Charras. Chan, Chan, Charras…

1:52 —¿Está el comandante Chan? —preguntas en el teléfono de la fonda donde se detuvieron a cenar—. Tuvieron que identificarse como policías para que les permitieran llamar de larga distancia.

—No. ¿Quién le busca? —te contesta la voz adormilada de una mujer.

Qué raro, piensas. Quedó que esperaría mi llamada.

—Soy de la policía, señora. Pérez Valdez, ¿no sabe a dónde fue?

—No, ¿pero quiere dejarle algún recado?

—Sí, dígale que hablé y que “treinta y cinco” con la primera parte. Nada más eso. “Treinta y cinco con la primera parte.” ¿Lo apuntó?

—Ya lo anoté. Tan pronto llegue le doy su recado.

—¿Qué transa? —te pregunta Sáenz.

—No lo encontré.

—¿Entonces?

—Vamos a seguirle.

Te sientas a comer. Piden cervezas y varias órdenes de panuchos y de salbutes. Devoras siete, ocho. Pides dos órdenes más. La mariguana te ha producido hambre y sed. Piensas en Charras. Que se joda el cabrón, quién lo manda andar de revoltoso. Ves comer a Sáenz. También devora como energúmeno. En cambio el viejo Cruz come sólo dos o tres antojitos pero a cambio se toma varias cervezas.

Rufo, tufo, Marrufo, Rufo, tufo Marrufo. Boa, boa Gamboa. Boa, boa. Gamboa…

3:03 Se vuelven a subir al Dart, Sáenz al volante, y se enfilan rumbo a Carrillo Puerto. Tal parece que Charras se ha aquietado.

—Nos están siguiendo —te comenta Sáenz.

—Métele —contestas y volteas: a lo lejos distingues un par de luces que se aproximan a toda velocidad.

—¿Quién podrá ser? —te pregunta Sáenz.

—Nos vale madres, tú acelera. No nos conviene tener a nadie cerca.

Sáenz le mete al acelerador. Van a ciento sesenta. La carretera es más o menos recta pero abundan los columpios. A veces entran tan rápido que la parte de abajo del automóvil pega en el asfalto sacando chispas. A medida que más aceleran se dan cuenta que el otro coche también sube la velocidad para no perderlos. Sacas la 22; te preparas.

—Estate listo —previenes a Sáenz que saca su 45 y la pone sobre el asiento—. Donde tengas oportunidad párate y vemos qué chingaos.

Frenan con motor y se detienen a un costado de la carretera. Con las pistolas a la mano se bajan y aguardan parapetándose tras las puertas abiertas del automóvil. El viejo Cruz se oculta tras la cajuela. El vehículo que los seguía se ha detenido también. Eso te hace desconfiar más aún.

—Saca otro churro. Para agarrar valor —le dices a Sáenz.

Están a la expectativa: con la vista clavada en los faros del coche que los seguía y las pistolas listas para disparar mientras tú y Sáenz consumen el pito de mota.

—¿Será un coche o una camioneta? —le preguntas.

—Quién sabe. Sólo alcanzo a ver las luces.

—Arranca sin prender los faros —le dices—. Cuando yo me suba sales a toda velocidad. Hay que deshacernos de este hijo de la chingada ya. Si nos agarran con él capaz de que nos linchan.

Sáenz obedece. Pone el motor en marcha y cuando estás listo avanzan con cuidado. No pueden ir muy rápido pues aunque hay un poco de luna no se alcanza a ver bien. Descienden una loma y prenden los faros. Entonces Sáenz pisa el acelerador a fondo, a todo lo que da el Dart. Rebasan los ciento sesenta. Volteas: parece que han logrado sorprender a los que los seguían: ya no se ven sus luces.

—Métete en la primera vereda que encuentres y mientras Néstor y yo lo bajamos, tú nos cubres.

Sáenz frena súbita, violentamente. Las llantas rechinan. El coche se patina, se colea, pero finalmente Sáenz logra controlarlo. Mete reversa y se interna en una desviación. Cuando van a salir el viejo Cruz y tú vislumbran una vez más las luces en la carretera que se acercan.

—Apaga tus faros —le dices a Sáenz.

El vehículo que los sigue ha bajado una vez más la velocidad. Se mantienen a distancia. Parecen haberlos localizado de nuevo.

Te bajas del coche con la pistola en la mano. El viejo Cruz se baja también con cuidado, agachándose. Sáenz se parapeta tras la puerta del lado del volante y aguarda a la expectativa: sostiene con ambas manos su escuadra 45 para evitar la patada del arma y apunta hacia el vehículo que ya se acerca a ustedes.

Miércoles 13 de febrero, 1974

Querida Lupita:

Hoy me desperté pensando en ti y me dije: si fuera creyente debería de estar muy agradecido a Dios por lo que me ha dado. Ese pensamiento se me ocurrió, en principio, por lo que he podido hacer durante mi breve carrera de asesor. En mi vida he sufrido muchas carencias, pero reconozco que siempre he hecho lo que he deseado y he tenido la suerte de que se me concedan muchos de misanhelos. Entre esos anhelos estás tú. Antes tenía sólo mi trabajo que es una primera forma de libertad cuando se acepta con voluntad y con esperanza. Lo que deveras nos importa debemos lograrlo con esfuerzo, con ilusión y un hombre que no se arriesga a vivir lo que anhela no merece ser tal. Hay que atreverse a ser. Después de todo las cosas que realmente importan en la vida son tan pocas y es tan fácil dejarlas escapar. La vida es elección y en cuanto a mujer yo he puesto mis ojos en ti. También el amor puede ser una forma de libertad si uno sabe comprometerla con el ser querido. El amor existe pero está condicionado por los vaivenes del azar. Los acontecimientos del azar son imprevisibles; los del amor no dependen de nuestra voluntad. Cuando las dos fuerzas se entrecruzan hay que estar muy atento para identificar a la persona, para reconocer el instante, para no dejarlo escapar. No hay dos seres, dos animales, dos cosas en este mundo que sean exactamente iguales. Yo te quiero a ti. Empecé diciéndote que de haber un Dios yo debería de estar agradecido con él. La verdad es que cuando lo pienso resulta que tal vez para mí Dios nunca ha dejado de existir, se me da a través de la gente a la que amo pero es en ti donde lo siento latir con más fuerza.

Charras

Pérez eres Valdez. Pérez serás Valdez Pérez eres Valdez…

4:49 Te metes la pistola en la pretina del pantalón y abres la cajuela. Bajas a Charras con la ayuda del viejo Cruz.

—¿Dónde? —te pregunta el viejo.

—Allí —contestas señalando el fondo de la cuneta.

Lo arrastran por los codos hasta donde se ve el zacate alto y tupido.

—Cuidadito con lo que vayas a hacer o a decir —le adviertes—. Te tenemos muy vigilado a ti, a tu familia y a tu novia. Sabemos quién es ella, se llama Lupita y dónde vive y todo así que no se te ocurra hablar de esto porque te juro que te la secuestramos, le damos pira loca y luego te la quemamos viva.

Charras permanece en silencio. Hace frío y está aún muy oscuro. Sáenz se mantiene mientras tanto a la expectativa en espera del coche que los ha venido siguiendo y que en apariencia no se ha movido de su lugar.

—Vamos a encuerarlo —le dices al viejo—, ten ayúdame —le pides y le das unas hojas de rasurar.

Con los filos de las navajas empiezan a desgarrar la ropa de Charras, la camisa clara, el pantalón oscuro, sin importarles si de paso penetran en su piel. Le quitan los huaraches. Lo dejan tirado entre el zacate, en trusa. El viejo Cruz se lleva la ropa hacia el coche mientras tú le quitas a Charras un anillo y su reloj. Lo dejan junto a la carretera, entre los zacatales, abandonado a su suerte, con el cuerpo sangrante.

—¡Vámonos! —le dices a Sáenz que está escudado tras la puerta.

Se suben al automóvil y, sin encender las luces, arrancan y se alejan del lugar. Avanzan con cuidado sobre la carretera Carrillo Puerto-Chetumal.

—Parece que ahora sí los perdimos —te comenta Sáenz.

—Síguete un poco hasta estar seguros —le contestas.

5:15 Empieza a amanecer. Es la hora cero: no es ni de día ni de noche.

Te cercioras de que, efectivamente, ya no los siguen.

—Regrésate —le ordenas.

Sáenz da la vuelta en U y se vuelven hacia el lugar a donde abandonaron a Charras. Avanzan a baja velocidad. Desde el coche ven que Charras ha logrado arrastrarse hasta la orilla de la carretera. Se encuentra tirado sobre el piso, reptando.

—A ver, espérate —dices y te bajas rápidamente.

Te aproximas con cautela. Te inclinas para investigar qué le pasa. Charras te recibe con una patada en la cara que te prende en el mentón y te tira al piso. Charras se incorpora. Forcejea un poco y logra soltarse una mano de la tela adhesiva con la que le amarraron las muñecas.

—Hijo de la chingada —le dices lleno de ira, tirado aún, mientras te sobas la barbilla—. ¡Agárralo! —le ordenas al viejo Cruz.

El viejo intenta acercársele pero Charras lo recibe con otra patada en el estómago, que lo deja sentado sobre el piso.

—Hijo de la chingada —repites mientras te sacas la pistola de la cintura y le apuntas—. Levanta las manos cabrón. Si te mueves un poquito te juro que te lleva la puta madre. Sujétalo —le dices al viejo Cruz que se incorpora e inmoviliza a Charras con los brazos por la espalda.

—¡Aguas! —oyes que dice Sáenz.

5:25 Ves los faros iluminados del vehículo que los ha estado siguiendo. Les hace un cambio de luces. Se aproxima a toda velocidad. Te acercas hasta donde está Charras y le pones la pistola en la cabeza. Sáenz apunta hacia el automóvil que se aproxima. El coche frena súbitamente. Alguien saca la mano por la ventanilla. Los saluda. Es el capitán Marrufo en el coche blanco que conduce Chan López.

—¿Qué pasa? —pregunta Marrufo.