XV. EL ARRESTO

Domingo 17 de febrero, 1974

11:26 Te levantas con la punzada en la sien. La Vaquera ya no está en la cama. No imaginas qué hora es. ¿Cuánto has dormido? ¿Es de tarde? ¿De madrugada? Te levantas, todavía mareado, con un poco de náusea, completamente vestido, tu pantalón arrugado, maltrecho. Te asomas a la puerta y miras al patio. Hay mucho sol. Vaqueraaa, gritas. Alguien te contesta que se fue al centro. ¿Qué hora es?, preguntas. Once y media, te contesta la voz de otra de las muchachas, dijo que volvía como a la una. Regresas al cuarto. Escribes una nota con el lápiz de cejas de la Vaquera: Pasa por mi al camarón y de ái nos vamos a la uba. Lo colocas junto al espejo del tocador. Coges tu maletín y sales al patio. A pesar del calor intenso sientes tu cuerpo frío. Pasas cerca de la barra y encuentras a Chungo con los pantalones arremangados, descalzo, trapeando el piso. Hola rey, te dice en su tono amanerado, mira nada más qué cara. ¿Estaba muy pedo anoche?, preguntas. Quién sabe qué tenías pero empezaste a hablotear sobre tu trabajo y dijiste quién sabe cuanta barbaridad delante de las muchachas y de los clientes que estaban cerca de tu mesa. Puse a tocar al conjunto para que no te oyeran pero tú gritabas y amenazabas a todo el mundo. Parecía que habías visto visiones o quién sabe qué. Te pusiste muy pesado y hablaste de más. ¿Qué dije? ¿Que qué? Casi nada: que mataste al Charras. Así fue. Sí ninio, pero no lo digas. Dame una cerveza y ya no me estés chingando, que ya me siento bastante jodido como para recibir sermones. Dile a la Vaquera que me fui al hotel. Que pase por mí para que vayamos a comer. Caminas hasta tu hotel con tu cerveza en una mano y tu maletín en la otra.

¿Cuántos días te vas a quedar?, te pregunta doña Toya en cuanto te ve. No lo sé. Pus tienes que decirme porque necesito saber de cuántos cuartos dispongo. Dos, tal vez tres días. Muy bien. Ten, dice y te pasa una toalla, anota algo en su libreta y te dice, vete al cuarto del fondo que es el que te gusta por el baño. Vas por el pasillo. Los cuartos están separados por una especie de biombos que no llegan hasta el techo. Por las noches se oyen los ronquidos, los jadeos, las risas y los pleitos de los huéspedes, casi todos hombres que van a la zona y que se meten con putillas que aún no disponen de un cuarto fijo.

Te das un regaderazo. Te afeitas. La punzada persiste en tu cabeza como un latido de dolor que te atraviesa la mitad del cerebro. La cerveza te ha calmado un poco la náusea pero aún te sientes con el cuerpo laxo, sin fuerza. Te acuestas a dormir. Gustavo, un condiscípulo de tu escuela en Mérida, que fue tu íntimo durante casi toda la primaria y cuya familia te cuidó y protegió durante algún tiempo, está afuera del cuarto oscuro en donde te encuentras encerrado como castigo por haberle clavado la punta de un compás a tu compañero de banca. Gustavo se acerca a la puerta y toca con la clave que existe entre ustedes para comunicarse: no tengas miedo, te dice. Yo te voy a ayudar. De pronto ves una gran llamarada frente a la puerta, es la llamarada de un coche que alguien ha quemado en la carretera. Gustavo pasa en medio del fuego sin quemarse y acude en tu ayuda, para sacarte del recinto oscuro en el que te encuentras castigado. Cuando logra acercarse a ti, le empiezas a dar golpes en la cabeza pero cada golpe que le das te duele a ti y cuentas uno, dos, tres. Tocan en tu puerta.

13:24 ¿Te desperté?, pregunta la Vaquera. Me siento un poco mal, contestas. Qué bruto, es que anoche bebiste y fumaste como loco. ¿Vamos a comer? Yo no tengo hambre pero vamos. Caminan hasta la avenida y ahí toman un taxi que los lleva por el malecón hasta Lerma.

14:16 La regaste, Carlos. Estabas vuelto loco. Estuviste gritando por todos lados que tú mataste al Charras, te comenta la Vaquera en el restaurante. La Uva es un lugar rústico, frente al mar, especializado en mariscos. Ustedes están sentados afuera. El viento sopla. Tienes la camisa sudada por el calor que hacía en el taxi pero ahora la brisa te pega en la espalda y te vuelve a hacer sentir el cuerpo destemplado ¿De veras me porté muy mal? Dijiste muchas pendejadas comprometedoras. Estabas como loco. Es que lo que me están haciendo son chingaderas. Pero no debes hablar así. ¿Sabes? Me voy a ir a México hoy en la noche. Voy a buscar al amigo con el que estaba soñando cuando llegaste.

18:30 Así que partes en un ADO hasta la Ciudad de México. Viajas durante toda la noche y te hospedas en un hotelucho del barrio de Tlatelolco. Es ahí donde verás, dos días después, el retrato hablado que te sacarán en los diarios y del que ya te había hablado el comandante Salazar. Te quedarás unos días en México sin dar con tu amigo. La ciudad te creará un sentimiento de opresión que te va a resultar intolerable. Cansado, terminarás por decidir volverte a Campeche.

Le informo (a Moya Palencia) de todas mis diligencias y de la forma en que se halla la situación. Luego, insisto en renunciar, y muestro al secretario de Gobernación el borrador del escrito respectivo al Congreso del Estado. Me disuade con una caballerosidad y una decencia que resultan, en aquel momento, la única solidaridad humana reconfortante que recibo. No podía yo hablar claro de estos asuntos, mientras los presuntos responsables no estuvieran en manos de la justicia. Sólo a Moya a Gutiérrez Barrios les informaba todo:

—Ustedes retengan en Mérida, en disponibilidad, a la plana mayor de su cuerpo de seguridad. Procure que atrapen al autor material y cómplices, y siga llevando el peso de las investigaciones. Sé que es muy duro lo que está usted pasando y que no tiene la culpa. Pero ni modo, estas cosas así son —me aconsejan.

Un comandante de zona decente y recto, excelente soldado, el general Arturo Ochoa Palencia, actúa en tanto con discreción y efectividad para evitar desórdenes. Hasta donde cabe, y sin lesionar a nadie, se mantienen las garantías a los ciudadanos, y las protestas y escándalos se limitan a los edificios universitarios “tomados” y ocupados día y noche por agitadores de fuera y por líderes locales. Las manos políticas de mis conocidos enemigos comienzan a regar dinero.

No interrumpo mi trabajo en palacio. Atiendo a comisiones, inauguro carreteras, discuto con jóvenes, despacho en la Procuraduría, cuido a mi policía preventiva, acuerdo todas las noches con los agentes federales y locales que están investigando; y celebro audiencias confidenciales con dirigentes estudiantiles que tratan de detener la marcha de la agitación.

El martes 26 asisto a la tercera, interminable junta sobre la leche, en Los Pinos, y luego hablo brevemente con el Presidente acerca del asunto de Yucatán. Él está informado y preocupado. Me manda actuar enérgicamente, y dentro de la ley. Vuelvo a Mérida y sigo afrontando violencia y amargura.

Se agiganta mi responsabilidad después de aquella plática. Concluye febrero. Qué terriblemente largo ha sido…

El 5 de marzo regreso a la capital, hablo con el secretario y subsecretario que me sugieren seguir con mucha calma mi actuación, y como en el Club de Banqueros con el eminente criminólogo Alfonso Quiroz Cuarón, viejo amigo mío a quien ruego intervenir en la investigación. No le anticipo todo lo que sé; pero le muestro sutilmente el camino.

Jueves 21 de febrero, 1974

16:10 Carlos llega a El Calamar Inquieto en busca de Rosa María. Ella lo recibe contenta pero nota de inmediato que el rostro de Carlos es adusto y muestra rasgos de preocupación.

—¿Qué te pasa?

—Necesito que me ayudes —le dice Carlos en un intento de explicación.

—¿Cómo?

—Que declares ante la policía.

—Si lo hago no voy a poder volver a trabajar aquí. Me van a tachar de culera, de soplona. Nadie me va a volver a hablar.

—Te lo suplico, por lo que más quieras —dice Carlos y mete la mano en su bolsillo—. Lo que vas a hacer es un acto de justicia. No te van a maltratar. Sólo quiero que les digas lo que me contaste la otra noche.

—Pero a mí me va a afectar, va a afectar a mi hijo. No podré volver a Campeche.

—Ten —dice Carlos y saca diez mil pesos—, toma este dinero, te lo doy para que declares. Te prometo que luego te ayudo para que te coloques en Mérida o en Villahermosa.

Se oye un toquido en la puerta. Carlos baja los ojos. Rosi abre y ve ante sí a dos hombres.

—¿Señorita Rosa María Hernández?

—Sí, señor…

—Somos de la judicial —dice uno de ellos identificándose—, haga el favor de acompañarnos.

—¿A dónde?

—A declarar lo que sabe del caso Charras.

—Ya me diste en la madre —le dice ella a Carlos.

—¿Me permite arreglar un poco de mi ropa y llevarme un suéter?

—No se tarde —responde el agente consultando su reloj.

Rosa María le lanza a Carlos una mirada dura; mete sus cosas en la maleta que tiene junto a la cama, se cambia de zapatos, arregla su bolso y se coloca un suéter sobre los hombros. Sin decir palabra sale del cuarto. Lo cierra con llave.

—He aprendido mucho el día de hoy —le dice a Carlos que la ve alejarse en compañía de los dos agentes mientras él se queda pensativo con los ojos fijos en el piso.

Domingo 24 de febrero, 1974

—Nada más muévete, hijo de la chingada, muévete un poquito para sorrajarte un balazo en la cabeza como el que le diste a Charras —te dice Jorge Zubieta apuntándote con una 45 desde el asiento de adelante.

Vas en una camioneta, esposado y custodiado por dos agentes de la judicial de Campeche. Hace tres días te detuvieron. Cuando llegaste a El Calamar Inquieto en busca de la Vaquera, te esperaban. Tuviste mala suerte, una vez más. Muchas veces, antes de ir a ver a tu querida pasabas primero al hotel a dejar tus cosas, a darte un regaderazo y a veces hasta dormir una siesta. De haberlo hecho así en esta ocasión doña Toya te habría entregado la nota que te dejó la Vaquera: “una jarocha aquí te delató y desde hace días te esta buscando por aquí la polisia no vuelvas por aquí y andate fuera y cuidate.” Pero no. Llegaste en un taxi hasta El Calamar y en cuanto entraste viste reflejada en los ojos de Chungo la advertencia de un peligro. Apenas lo saludaste dos tipos se acercaron a detenerte con todo lujo de violencia. Chungo logró llamar a la Vaquera y ella alcanzó a despedirse de ti llorando y diciendo, ya ves, te lo dije, te lo dije.

La actitud de los agentes de Gobernación encuentra la ubicación, por fin, del autor material. El viernes 8 de marzo me llama el subsecretario Gutiérrez Barrios y me cita para el día siguiente. Voy en la mañana del sábado 9 a México. Tanto don Fernando como el licenciado Moya me dan precisas indicaciones. Una línea de conducta señalada por el gobierno federal: justicia y esclarecimiento pleno. Consignación de todos los responsables; y ponen el asunto en mis manos. Mario me trata con subrayada amabilidad. Mucho tiempo después me diría.

—Le traté con tanta fineza para que no pensara usted que le estábamos mandando al matadero. Exigimos de usted más de lo que ordinariamente se demanda de un ser humano.

Y Gutiérrez Barrios exclusivamente me despidió con estas palabras:

—Su paquete, señor Gobernador.

Los agentes de la policía judicial de Yucatán tuvieron en sus manos al presunto autor material, (Carlos) Francisco Pérez Valdez, el lunes 11 por la tarde. Yo nunca lo he visto en persona. Me llevaron su fotografía. Cuando los agentes me avisaron que lo tenían en su poder, ordené ingresarlo al piso superior de la Penitenciaría. Di instrucciones al alcaide para acondicionar las estancias de ahí a fin de que pudieran reunirse los presuntos inodados en calidad de detenidos, y a disposición de los investigadores federales.

Estás más solo que nunca. Yucatán te ha abandonado a tu suerte. Declaras sin oponer resistencia. Te interrogan durante dos o tres días en Campeche al final de los cuales Zubieta y los agentes de la Federal te meten a una camioneta para llevarte a la Ciudad de México. En la caseta de Puebla, antes de entrar a la ciudad, la camioneta donde vas se detiene junto a un vehículo de la Federal de Seguridad. Unos tipos se identifican y Zubieta te entrega a ellos. Ahí mismo te encapuchan, te esposan las manos por detrás y te llevan detenido a quién sabe dónde para un nuevo interrogatorio con el capitán Otero de la Federal de Seguridad. Te retienen ahí durante trece o catorce días. Te han dado trato de criminal. ¿Pues qué esperabas? Te han tenido encerrado en una bartolina, aislado de todos, interrogándote cada cierto tiempo durante días. Ahora, sin embargo, las cosas cambian un poco. Otero te manda a llamar a su oficina una tarde.

—¿Cómo se siente? —te pregunta.

Alzas los hombros en un gesto de desdén.

—No se preocupe, ya pasó lo peor. Lo vamos a regresar a Yucatán.

—¿Detenido? —te atreves a preguntar.

—No lo sé. Depende de su Gobernador. Él también está inmiscuido en esto así que estése tranquilo. Él se va a ocupar del caso.

—No sé si me conviene.

—De todos modos tenemos que volverlo para allá. Ésas son mis órdenes. Usted ya no repita nada de lo que dijo aquí y acate las órdenes de su Gobernador. No hable con nadie más que con él.

Un mediodía, tres o cuatro días después de esa conversación, te sacan de tu celda, te encapuchan otra vez y te llevan a la planta baja del edificio. Te suben a un coche sin darte mayor explicación. Transitan por la ciudad. Escuchas el ruido constante de los aviones a medida que avanzan. Eso te hace suponer que van por el rumbo del aeropuerto. El automóvil se detiene. Te bajan, te jalan e intentan subirte a otro vehículo. Como vas encapuchado se ven forzados a cargarte. Te han subido a un avión. Alcanzas a ver la alfombra verde del vehículo por debajo de la capucha y los asientos de cubo de color negro. Entonces no lo sabes pero luego te enterarás de que van en el Huay Pop, el avión de Loret de Mola.

—Ahora te vamos a hacer cantar otro son —te dice uno de los agentes.

—Sólo voy a hablar con el Gobernador —contestas—. Ésas son las instrucciones que recibí del capitán Otero.

—De todos modos en Mérida te van a partir la madre —te comenta alguien más.

Oyes que la torre de control establece contacto con el avión. Les dan la señal de salida y sientes que el avión avanza sobre la pista, acelera y levanta el vuelo.

—Que no te asusten —te dice otro de los agentes hablándote al oído.

Escuchas la conversación de los agentes que te custodian en el avión. Son gente como tú, acostumbrados a cumplir órdenes sin chistar; te reconoces en ellos, en sus bromas, en su manera de hablar, en sus temas: el trabajo, las viejas, los deportes. Incluso te dan ganas de participar en lo que dicen. Sabes que formas parte del mismo mundo, pero te contienes. Ahora estás del otro lado del poder, estás en sus manos. En la radio oyes que están volando sobre el aeropuerto de Villahermosa. Siguen de largo.

—No vamos a bajar en el aeropuerto internacional —le dice el piloto a uno de los agentes.

—¿Entonces dónde?

—En el Fénix.

—Claro, no nos conviene que nos vean con este hijueputa. Lo está buscando medio Mérida.

El avión empieza a descender. Da dos o tres vueltas en círculo antes de tomar la pista. Aterrizan con un poco de brusquedad. Abren las puertas. Sientes el golpazo del calor. Oyes que los demás se bajan y te dejan en tu asiento, esposado y encapuchado.

—No te muevas de ahí hasta que se te ordene —te dicen.

Otra vez solo. Los pilotos apagan las turbinas y salen. Sin el aire acondicionado el calor se apodera de inmediato del avión. Los agentes están afuera. Sabes que te vigilan. Los oyes. Seguramente se han refugiado en la propia sombra del avión. Sudas a raudales. Sientes las gotas de sudor que corren por tu cara y caen sobre tu cuerpo. Tienes la capucha y la camisa empapadas, como si te hubieran echado un cubo de agua encima. Las esposas te lastiman las muñecas. Tienes las manos adormecidas. No te imaginas lo que te espera.

—Bájenlo —oyes que ordena alguien.

Suben dos personas, te desabrochan el cinturón de seguridad, y te sacan del avión.

—¿Por qué lo traen así? —escuchas que dice alguien de voz vieja y cascada—. Este muchacho no es un delincuente, es un servidor público.

Para tu gran alivio te quitan la capucha empapada de sudor y te liberan de las esposas. Te sobas las muñecas y extiendes y retraes los dedos. Cuando te acostumbras a la intensa luz del lugar ves a un hombre viejo, calvo, con evidente dentadura postiza. Después sabrás que se trata de Alfonso Quiroz Cuarón.

De algo tuve buen cuidado: de que el preso no fuera interrogado ni viera a nadie antes que a Quiroz Cuarón y a Abreu Gómez, dos criminólogos de una alta moral y de una técnica impecable. Les llamé a mi casa cuando tuve noticias de que ya estaba en la Penitenciaría. Les dije todo lo que les faltaba por saber y concluí:

—Les ruego interrogar al detenido, presunto autor material, que está en la Penitenciaría a disposición de ustedes. Quiero Alfonso que tú seas testigo de gran calidad de lo que diga sin presiones, sin amenazas, bajo un interrogatorio de altura científica y con todas tus luces de psicólogo.

—Estése tranquilo —te dice Quiroz Cuarón luego de que te suben a una camioneta azul—. Lo vamos a llevar a la Penitenciaría pero va a estar usted solo y a salvo. Vamos a tratar de arreglar las cosas de la mejor manera posible para que nadie salga perjudicado.

Llegas a la Penitenciaría de Mérida. Te suben al segundo piso. Las ventanas de tu celda están tapiadas con madera para impedir que la gente pueda verte desde afuera. Todo se hace con orden, sin violencia.

—Como ves, te estamos protegiendo —te dice Quiroz Cuarón—. Éste es un asunto político y cualquiera te puede matar. Por eso te vamos a asignar a dos agentes para que te cuiden. Cuando oigas que alguien toca, métete al baño y que abran tus agentes. Aquí no debe entrar nadie más que nosotros. Ven, ahora siéntate y cuéntame qué pasó con Charras.

—No voy a decir una palabra hasta que no hable con el Gobernador —contestas escéptico esperando una reacción violenta de parte de Quiroz. Imaginas que va a llamar a alguien para que te caliente y empieces a hablar. Pero contra lo que esperas, Quiroz Cuarón recibe tu respuesta con paciencia y sin alterarse. Calmado se vuelve hacia sus ayudantes y ordena:

—Comuníquenme a la oficina del Gobernador.

Le obedecen de inmediato y en cuestión de minutos el Gobernador está en la bocina. Quiroz te pasa el teléfono.

—¿Cómo estás tocayo? —te pregunta el Gobernador.

¿Tocayo? ¡Tocayo! Ah, sí claro: —Más o menos, señor —contestas por fin.

—Mira, el doctor Quiroz Cuarón está aquí para ayudarnos a todos, a ti, a mí y a los que estamos metidos en este lío. Dile cuanto tengas que decirle y sigue sus instrucciones al pie de la letra. Quiroz es mi amigo desde hace años y es de mi absoluta confianza. Como es un criminalista de muchísimo prestigio lo que él dictamine será irrefutable. Él es la persona más indicada para ayudarnos, tocayo. Así que habla con él, por favor, coopera que yo voy a estar al tanto del asunto. Te vamos a cuidar, no te preocupes de nada.

Cuelga.

Miras la cara decrépita del doctor Quiroz Cuarón. Te sonríe, te pone una mano sobre el muslo te dice:

—Ahora sí mi muchachito, vamos a empezar por el comienzo.

A media noche regresaron a mi casa, tras haber interrogado a Pérez Valdez durante más de tres horas. Traía Quiroz su libreta colmada de apuntes. Repasándolos me relató los sucesos tal y como se los había contado el presunto, es decir, como aparecerían luego en el expediente judicial integrado. En efecto: el homicida dijo que de la policía lo llamaron y le ofrecieron trabajo comenzando con la detención arbitraria de Charras para llevarlo fuera de Yucatán y “asustarlo”; pero el que “asustó” a Pérez Valdez fue Charras, por lo que aquél, al abandonarlo en el monte, y por temor a ser denunciado, en un arranque de desesperación, le disparó un tiro en la cara, tapándosela, para no ver el rostro de la víctima con una toalla. Pérez Valdez, acosadoramente interrogado por Quiroz, afirmó y ratificó que los jefes policiales de quienes recibió órdenes jamás le ordenaron matar a Calderón.