XVIII. EN ONCE DEFINITIVO
Te enteraste mucho después de que él, como tú, era huérfano de padre. Los dos tuvieron que crecer prácticamente solos, ayudando a sostener la casa. Tú has vivido siempre a la deriva, eres un pobretón al que de vez en cuando se le ha presentado la oportunidad de ganar algún dinerillo fácil en chambas clandestinas y que con la misma te lo has gastado. Él también vivía modestamente; y aunque su trabajo estaba dentro de la ley, por las circunstancias se veía en la necesidad de ejercer su oficio casi en la clandestinidad.
Jueves 14 de febrero, 1974
7:15 —Pélense hijos de la chingada —les grita Chan López—, repórtense con nosotros en Mérida.
—Comandante —lo espetas.
—Qué quieres.
—Tenga —dices y le pones sobre la mano algo que parecen dos semillas de durazno, tibias.
—¿Qué es esto?
—Los güevos del Charras.
Chan los contempla sobre la palma de su mano. Sin saber por qué se te ocurre de pronto que va a querer comérselos. Pero Chan, horrorizado, los tira al suelo y se limpia la mano en el flanco del pantalón.
—Lárguense a donde quieran pero no se les ocurra pararse por Mérida hasta que sea de noche —les dice Marrufo.
7:28 Tomas el volante del Dart. Sáenz se sienta a tu lado y el viejo Cruz, como siempre, se acomoda atrás. Buscas alejarte del lugar, huir y por lo tanto metes hasta el fondo el acelerador: ciento veinte, ciento cuarenta, ciento sesenta.
—Tiren todo lo del Charras —les dices a Sáenz y a Cruz.
Sáenz abre la ventanilla y a toda velocidad, como van, arroja la camisa y el pantalón desgarrados del Charras y la agenda de color café donde venía la carta que leíste antes. Avienta también el reloj, el anillo, los huaraches. Conduces en silencio. Sáenz va con la vista perdida en el camino. El viejo Cruz ronca en la parte de atrás. Van sobre la carretera de Chetumal rumbo a Escárcega.
—Ahí está la desviación —te advierte Sáenz.
Apenas la alcanzas a ver. Pisas el freno para dar la vuelta a la izquierda pero el coche se derrapa y empieza a colearse sobre la carretera, una vez a la izquierda, otra a la derecha. Pierdes el control del automóvil. Vuelves a frenar. Te sales de la cinta asfáltica y se van a estrellar contra un poste de madera. Una combi de pasaje que pasa por ahí se detiene al ver el accidente. El chofer se baja y camina hacia ustedes. Como el motor del Dart sigue en marcha al verlo aproximarse metes reversa y, sin más, salen huyendo en dirección a Escárcega. El chofer de la combi los mira escapar, totalmente desconcertado.
—¿No quieres que maneje? —te pregunta Sáenz con cierta desconfianza.
—No —contestas seco y sin mayor explicación.
—Oigo un ruido.
—Debe ser el golpe. Cuando nos alejemos un poco me paro a ver.
9:24 Avanzan un buen tramo. Ya tienen poca gasolina. Frenas. Te detienes a un lado de la carretera, Sáenz se baja contigo. Observan: fue un buen golpe pero no llegó a dañar el radiador.
—¿De qué sería ese ruido? —te pregunta Sáenz.
—La llanta. Está floja. Fue la que recibió el chingadazo. Despierta al güevón de Néstor. Que la cambie.
Mientras el viejo Cruz quita la llanta ustedes se ocupan de llenar el tanque de gasolina con los bidones. Siguen rumbo a Escárcega.
11:35 —Con el comandante Chan López, por favor —pides en el teléfono luego que te comunicas a la policía.
—No se encuentra en este momento.
—¿Y el capitán Marrufo?
—Tampoco. Salieron a una comisión.
—Habla Pérez Valdez, ¿con quién de los jefes me podría comunicar?
—Aquí está el subcomandante de patrullas.
—Pásemelo por favor.
Cuando Salazar Cordero se pone a la bocina te pregunta:
—¿Qué pasó Pérez? ¿Ya quedó el tipo en once definitivo?
Once: dormido. Once definitivo: dormido para siempre.
—Eh, sí señor, ya está en once definitivo.
—Muy bien. ¿Y ustedes dónde están?
—En Escárcega.
—Por ningún motivo se acerquen a Yucatán y menos aún a Mérida. La ciudad se ha convertido en un hervidero. Los estudiantes armaron un tremendo alboroto por lo del secuestro y no conviene que vengan por aquí. Ocuparon la Universidad y están organizando brigadas por todos los pueblos de los alrededores para tratar de localizarlos.
—¿Cuáles son las instrucciones, señor?
—Quédense por ahí hasta que se haga de noche. Entonces comuníquense aquí otra vez para recibir nuevas órdenes.
—Muy bien señor.
—¿Pérez?
—Diga…
—Te noto muy nervioso. Vete a una farmacia y cómprate unos Apaciles. Trágate dos. Dale dos a Sáenz y tómense unas cervecitas. Pero no se les ocurra acercarse por aquí sino hasta que sea bien noche.
12:18 —Me muero de hambre —le comentas a tus compañeros.
—Es que no hemos comido nada desde Valladolid — te contesta Sáenz— y le hemos tupido muy duro a la mota.
Se meten a un restaurante. Mientras les sirven mandas a Néstor a comprar el periódico. Almuerzan. El Diario de Yucatán no hace la más mínima alusión a lo del secuestro. Tampoco el Novedades. Caminan un poco por el centro, duermen un rato en el automóvil. Se aburren.
14:56 —Vámonos encaminando hacia Mérida por la carretera vieja de Campeche —le propones a Sáenz.
—Sí, ya tengo ganas de volver.
16:10 Rojo/azul/rojo/azul/rojo ves por el espejo retrovisor poco antes de llegar a la ciudad de Campeche. Es una patrulla. De la federal de caminos. Se lo comentas a Sáenz.
—¿Nos paramos? —le preguntas.
—Más vale —asiente.
Te pegas sobre tu derecha y te estacionas junto a la cuneta. La patrulla se detiene detrás de ustedes: las torretas encendidas.
—¿Puedo ver su tarjeta de circulación y su licencia? —te dice el patrullero.
Le entregas los documentos que les proporcionó Angulo Marín en Mérida. El patrullero los estudia con detenimiento: mira tu cara.
—¿Dónde se dieron ese golpe?
Nada que ver con lo de Charras. Sientes un alivio.
—Se nos atravesó un caballo en la carretera, no lo pudimos esquivar y lo atropellamos.
—¿Un caballo?
—Sí…
—Esto no parece un golpe de animal… Es demasiado fuerte y muy bien localizado. Más bien parece que chocaron contra algo más duro, una barda o un poste…
—Fue un caballo, compañero —interviene Sáenz.
—¿Compañero?
—Somos de carreteras estatales —explica Sáenz y muestra su credencial.
El policía los observa con suspicacia. Se agacha para ver al viejo Cruz en la parte de atrás del coche.
—Pues ése no fue un golpe a un caballo, compañero.
—No, tiene usted razón —dice Sáenz—. Chocamos contra un poste por ahí por Escárcega. Venimos de una misión especial y no hemos dormido en toda la noche. Hoy por nosotros y mañana por usted, ¿no compañero? —propone y saca cuarenta pesos de su bolsillo. Se los ofrece.
El patrullero duda un instante. Recorre los rostros de los tres con la vista.
—Venga la lana —dice y les devuelve sus documentos—. Pero manejen con cuidado que cuando uno no ha dormido se vuelve muy pendejo.
16:32 Cuando entran a Campeche te enfilas hacia el barrio de Santa Lucía, a la zona de tolerancia.
—¿Vamos con las putas? —le preguntas a Sáenz—. Yo tengo ahí una querida y les puedo conseguir unas viejas. ¿Néstor, crees que todavía te quede con qué echarle un palito? Nos lo tenemos merecido, ¿no?
17:24 Cuando llegas a El Calamar Inquieto pasas directamente hasta el cuarto de la Vaquera. Sáenz y el viejo Cruz te esperan en una mesa del bar. Tocas en su cuarto y tarda un poco en abrirte.
—Ah, eres tú —te dice cuando abre la puerta—. Qué sorpresa. Creí que andabas por Mérida.
—¿Por qué no me abrías?
—Estaba dormida —dice ella y bosteza.
—Estoy de comisión con dos compañeros. Venimos sólo de pasada pero necesito que les consigas un par de hembras.
—¿Ahorita?
—Te digo que en un rato nos regresamos a Mérida.
—¿Cuántos son tus amigos?
Dos.
—Deja arreglarme un poco y salgo a ver quién está por aquí. Espérame allá afuera, ¿quieres?
El viejo Cruz bebe un ron oscuro en un vasito pequeño. Sáenz toma un Don Pedro. Pides otro para ti.
Los taconcitos de la Vaquera repican sobre el piso de cemento de El Calamar Inquieto. La ves acercarse hacia tu mesa con su falda sumamente corta y sus inevitables botas que usa para disimular lo delgado de sus tobillos. Las canillas no te importan mucho. Tiene los muslos gordos y buena nalga. Pero lo que más te calienta son sus pelitos: es muy velluda y nunca se depila.
—Ya les conseguí a dos amigas —te dice; la observas: sus cejas son muy tupidas, un oscuro bozo le cubre el labio superior, su boca es gruesa, como de buena mamadora y sus ojos tiran a verdoso. Se sienta junto a ti y con su voz un tanto grave, dice—: Chungo, tráeme una copa.
Chungo, el encargado de El Calamar Inquieto, trae la bebida de la Vaquera y al verte, dice:
—María Santísima, mira nada más quién está aquí.
—Qué pasó Chunguito —le dices tocándole el trasero.
—Guay, tú nada más me alborotas y nunca me cumples.
—Aquí el viejo Cruz es el que te va a cumplir hoy —le respondes riendo.
—¡Volteo! —dice al mirar a Cruz—. Si con el que quiero es contigo, no con cualquiera. Mayates me sobran pero quiero contigo otra vez. Ya sabes que pago bien.
En ese momento llega a la mesa una jovencita con tipo de negroide, de cabello rizado y amplia sonrisa. No debe tener más de dieciocho años. Tan pronto la ve el viejo Cruz la llama para que se siente a su lado. Luego llega Lucía, la morenota alta. Se sienta con Sáenz.
Con tu copa en la mano, te levantas de la mesa y te retiras al cuarto de la Vaquera. Tan pronto llegas te echas sobre la cama y te quedas ahí, tendido. La Vaquera se desviste y queda completamente desnuda a no ser por las botas. Se te acerca y te empieza a acariciar el cabello mientras tú te prendes de uno de sus pechos y empiezas a mamarle.
—¿Necesitas dinero? —te pregunta ella.
—N, nnn.
—¿Cuándo vuelves?
Pero esa pregunta ya no la contestas porque en ese momento, sin darte cuenta, te quedas completamente dormido prendido de su seno.
18:47 —Quién sabe qué le hizo tu amigo a la Negrita que salió llorando del cuarto —te dice la Vaquera cuando se vuelven a las mesas.
—¿Qué le hiciste, chingao viejo? —le preguntas divertido a Néstor.
—Nada, coño. Quise mamarle el culo pero la chingada negrita no se dejó y se lo tuve que mamar a huevo.
—Hiciste bien —interviene la Vaquera riendo contigo—, hay que acostumbrarla a que sepa hacer de todo, niña caguengue.
Se toman una última copa mientras aguardan a Sáenz que finalmente se aparece por el bar muy abrazado de Lucía.
—Vámonos —dices tan pronto lo ves llegar.
19:41 Van hacia Calkiní. Empieza a oscurecer. Néstor y Sáenz duermen. Tú conduces tranquilo: ochenta kilómetros por hora. El sueñito que te echaste con la Vaquera te tranquilizó un poco, te sientes más relajado. De repente, todavía en el estado de Campeche, al pasar por Pomuch, a unos cuantos kilómetros del estado de Yucatán, ves que un automóvil estacionado en batería prende las luces y los empieza a seguir. Aceleras. El otro carro también. Vuelves a ver el rojo/azul de una patrulla.
—¡Sáenz, despierta! ¡Despierta, cabrón!
—¿Qué pasa? —contesta Sáenz restregándose los ojos.
—No voltees pero nos están siguiendo otra vez los de la federal de caminos.
—Cálmate —dice Sáenz.
—Vamos a deshacernos de las pistolas —dices—, seguro que ya encontraron el cuerpo.
—Pásame tu 22 —te pide Sáenz.
Sin dejar de acelerar le pasas tu pistola, Sáenz saca su 45, toma el revólver y lo esconde debajo del asiento. La patrulla continúa tras ustedes.
—Me está haciendo cambio de luces —le dices a Sáenz. Y ya apagaron las torretas.
Sáenz voltea. Les vuelven a hacer cambio de luces.
—¿Me paro?
—Pégate a la cuneta…
—Ten lista tu pistola —dices mientras frenas con el motor y te detienes a un lado de la carretera.
Se abre la puerta de la patrulla. Se baja un tipo sin uniforme de cabeza redonda, sin gorra, de lentes.
—Cálmate —te dice Sáenz—, es Chan López.
Chan viene con otras dos personas. Más tranquilo, los reconoces: William Salazar, el subcomandante y Burgos, el jefe de personal.
—No los identificábamos —dices—, hasta creímos que eran de la Federal.
—Los esperábamos desde las seis de la tarde. ¿Cómo están?
—Ahí la llevamos —comenta Sáenz.
—Pues en Mérida las cosas están de la chingada. No van a poder volver en este coche. Los estudiantes están como locos buscando a Charras. Van a tener que regresarse.
—¿A dónde?
—A donde quieran —contesta Chan López—. Lo que es más, te regalo el coche —dice dirigiéndose a ti—. Aquí está la factura. El carro está recién salidito de Auto Maya.
Volteas a ver a Sáenz. Te mueve la cabeza en tono negativo.
—¿Qué? ¿Nos está dando una patada en el culo, comanche? Con este coche nos compromete usted de a madres. No se lo aceptamos ni regalado, ¿verdad Sáenz? No nos pueden dejar todo el paquete. Cumplimos, pero no nos van a dar ahora una patada en el culo, ¿o sí, comanche?
—No, Pérez, no.
—Entonces díganos…
—Por de pronto ocúltense mientras yo pido instrucciones. Dejen por ahí el coche en el monte y refúgiense en algún pueblito. No vaya a ser que dé con ustedes algún grupo de estudiantes y los linchen.
—Ah qué la chingada —exclamas mientras piensas.
—Dígame dónde me comunico con ustedes.
—¿Conoce un pueblito entre Muna y Maxanú que se llama Konchén? Puede localizarnos ahí, en una casita de huéspedes que está junto a la plaza, que se llama La Universal.
—Bueno, pues váyanse para allá mientras yo pido instrucciones.
—¿Pérez?
—Dígame mi Comandante…
—No tenga tanto pendiente… los testigos del secuestro andan medio norteados. Creen que el coche es un Falcon.
—¿Y entonces por qué dice que no debemos entrar a Mérida, comanche?
—Es que hay que cuidarse. No vaya a ser la de malas. A ver tú, Néstor, vente con nosotros para que no les estorbes. Tráete esos garrafones vacíos y mételos a la patrulla. Mientras, ustedes váyanse.
Se suben al Dart y toman rumbo a Maxcanú. Un poco antes de entrar a Konchén se meten por una brecha y se internan en el monte. Dejan ahí el automóvil y caminan hasta la pensión. Piden un cuarto. Se acuestan a dormir.
Viernes 14 de febrero de 1974
2:42 —Hay que quemar o desbarrancar el coche —les comunica Chan López horas después en La Universal de Konchén—. Ésas son nuestras instrucciones —traen ya en la patrulla los garrafones llenos otra vez de gasolina.
—¿Ya ve cómo es mi comanche? Ya me quería regalar el coche, ¿no? Para que me jodieran…
—Ya, ya, dime, qué prefieres, ¿quemarlo o desbarrancarlo?
—Quemarlo, mi comandante, el carro está lleno de huellas mías y de mis compañeros. Fuego mi comanche, no hay de otra.
—Bueno, ¿se acuerdan dónde está Umán? Pues al llegar a la plaza se meten a la izquierda del Palacio Municipal, junto a los arcos y toman rumbo a Hunucmá, sobre la carretera a Sisal. Avancen unos dos kilómetros y oríllense hasta que nos vean pasar. Si les hacemos una seña con la mano nos siguen. Si no, se quedan ahí hasta que les avisemos.
—¿Y ustedes a dónde van ahora?
—Ahí también, pero por otro camino. No nos conviene que nos vean juntos.
—¿Te diste cuenta? —te pregunta Sáenz mientras se dirigen a Umán—, se están cagando de miedo.
—Qué se me hace que estos cabrones se quieren pasar de vivos. Tan pronto puedan van a tratar de darnos una patada en el culo. ¿Qué vamos a hacer?
—Yo los mando a la chingada —te contesta Sáenz—. Así, rapidito —dice tronando los dedos.
Tiempo después entenderás por qué te dijo esas palabras. Sólo él logró darse a la fuga. Pero por ahora tú no haces más comentarios. Te parece muy evidente que tanto Chan como Burgos están ofuscados. Lo que ha ocurrido en Mérida parece haberlos alterado más de lo que imaginaban.
Llegan al lugar acordado. Esperan en el coche. El automóvil de Chan se aproxima. Le haces un cambio de luces. Pasa. Sígannos, te indica sacando la mano por la ventanilla. Avanzan sobre la carretera a Sisal hasta que llegan a una vereda. Doblan a la derecha y se internan hacia una explanada. La luna está en cuarto menguante. La explanada es de arena, rodeada de árboles, matas y enredaderas. Se oye el canto de los grillos. La madrugada es apacible.
Chan López se baja de la patrulla, coge una enorme piedra y sin más la estrella en el parabrisas del Dart para deshacer la calcomanía el registro federal de automóviles. Mientras, William Salazar y Burgos, cada quien con un martillo y un cincel, quitan el número de motor y el número de carrocería del coche.
—Despedacen los asientos —les ordena Chan a ti y a Sáenz—. Vamos a quemar el coche con gasolina.
Tú y Sáenz destazan los asientos y el techo cuando oyen un grito:
—¡Los estudiantes! —exclama Chan.
Por la vereda un grupo de automóviles se aproxima hacia ustedes.
—Tú y Sáenz quédense aquí —dice Chan—. Cuando pasen diez minutos lárguense.
—No, mi comanche —dices—. Si se trata de huir, huimos todos, si nos van a chingar que nos chinguen juntos.
Chan López, Salazar y Burgos se suben de inmediato a la patrulla y huyen a toda velocidad dejándolos en medio de la explanada con el coche medio destrozado.
—Cúbreme —le pides a Sáenz una vez que se suben al Dart sin parabrisas—, si se nos interpone algún vehículo dispara contra el chofer.
Sales manejando despacio, sin luces, para tomar la carretera. Los coches que se aproximan vienen demasiado cerca de donde se hallan ustedes así que decides aguardar sobre la brecha. Bajas la visera para cubrirte. Te pones unos lentes oscuros. Sáenz tiene la 45 en la mano.
Los automóviles pasan sin notarlos. Son como veinte carros pero no son estudiantes sino una caravana de la Secretaría de Recursos Hidráulicos que han salido a cazar patos en las aguadas cercanas. Los dejan alejarse. Transcurre cierto tiempo y entonces deciden salir con sumo cuidado, sin encender las luces, rumbo a la carretera. Nadie.
4:04 Ni visos de la caravana de automóviles ni de la patrulla de Chan López. Se encaminan hacia Sisal. La carretera, recta, sobre terreno completamente plano, se halla desolada. La luna en cuarto menguante se ve frente a ustedes. Alcanzan a cubrir una gran extensión de terreno pero no hay nadie en los alrededores. Llegan a Sisal. De ahí van hasta Caucel. Nada. Vuelven rumbo a Sisal. Ven los faros de un automóvil. Se acerca. Les hace cambio de luces. Es Chan López.
—Síguenos, vamos a buscar otra vereda —dice desde la ventana del coche cuando se empareja con ustedes.
Se internan en otra brecha cerca de Sisal, se detienen y continúan con la operación que interrumpieron cuando apareció la caravana. Destrozan los asientos del coche, los rocían de gasolina. Chan saca una escoba de la cajuela. Salazar la impregna de combustible, enciende un cerillo y cuando empieza a arder, la avienta al carro: una enorme columna de fuego se levanta sobre la noche. El carro parece consumirse. Las luces de otro vehículo se ven en la carretera. Todos abordan la patrulla de Chan y abandonan el lugar donde se quema el coche. Ya sobre la carretera ven que se trata sólo de un camión de pasaje. Apuntan las placas como precaución. Se enfilan rumbo a Mérida.
—Vete a tu casa y no salgas de allí hasta que yo te mande a buscar —te dice Chan cuando llegan a la ciudad.
Ya en la cárcel te enterarás de que del Dart sólo se consumieron los asientos. Que el Gobernador dio órdenes entonces al maestro del taller mecánico de la policía para que con una grúa sacara el carro de la vereda donde lo habían dejado, para que lo hiciera pedazos con un soplete y que los regara luego por todo el estado. Pero el maestro del taller mecánico era cuñado del capitán Marrufo, así que todo acabó en que vendieron el coche a un deshuesadero. Como se trataba de un automóvil último modelo lograron sacar veinticinco mil pesos que se dividieron entre Marrufo, Cha, Burgos y el propio maestro del taller.