Capítulo 11

11

Las olas azotaban la costa rocosa y escarpada, implacables murallas de fría agua negra que corrían entre las islas rotas que se extendían al oeste de Ulthuan para golpear las ruinas hundidas de Tor Anroc. Lo que antes había sido una gloriosa fortaleza ahora no era más que restos esqueléticos, sus altas torres derruidas y sus murallas vencidas por un antiguo pero aún amargamente recordado acto de rencor.

El señor de Tor Anroc y sus hijos ya no existían, perdidos para la historia y los recuerdos de los antiguos cuentacuentos. Ahora nadie hablaba de ellos, pues su destino era demasiado descorazonador para poder oírlo sin que los propios pensamientos se volvieran moribundos.

Sólo quedaban troncos rotos de torres perdidas, sobresaliendo de las aguas azotadas por las tormentas como los dedos de un ahogado. Cada año que pasaba, nuevas torres sucumbían a la erosión del mar y se desplomaban bajo las olas.

Un hosco cielo gris se extendía sobre la torre, el día casi había terminado mientras el sol descendía hacia el lejano horizonte como si fuera un helado disco blanco. Vientos espectrales soplaban sobre la atalaya de Tor Anroc, una alta aguja de oscura roca levantada sobre las ruinas de la ciudad hundida.

Desde la torre más alta de la atalaya, Coriael Velozcorazón contemplaba el sombrío tono gris del horizonte occidental. Una bruma titilante flotaba sobre el océano, pero esas visiones no eran extrañas en Ulthuan y no le preocupaban.

Su armadura resplandeció con los últimos rayos del sol y se estremeció cuando otra vaharada de frío viento azotó las alturas de la torre. Coriael escuchó el sonido del océano, imaginando que eran rugidos olvidados de dragones, y recordó historias de épocas pasadas que le había contado su abuelo junto al hogar de su casa en Tiranoc.

Le entusiasmaban las historias de cielos repletos de sinuosos cuerpos de dragones mientras los magníficos guerreros de Caledor los dirigían a la batalla. Pero cuando el fuego volcánico de las montañas se enfrió y la magia del mundo se redujo, los dragones durmieron cada vez más, y ya no despertaban a la llamada del clarín del cuerno del dragón.

Coriael deseaba poder haber vivido en aquellos días de esplendor, cuando Tor Anroc todavía se alzaba orgullosa y fuerte. Anhelaba la embriagadora gloria de luchar en la deslumbrante hueste de Ulthuan contra sus muchos enemigos en vez de estar ahora contemplando el llano vacío del océano.

Agarró su lanza y se empinó un poco al imaginarse a sí mismo entre una fila de lanceros, todos henchidos de valor y con sus armas brillando al sol. Sin embargo, no era ése el caso, y aunque comprendía la necesidad de lo que él y sus compañeros guerreros hacían aquí, no saciaba su hambre de gloria estar aislado en esta tierra desolada y aislada actuando como un simple oteador.

Bajo él, un centenar de guerreros de Tiranoc componían la guarnición de la atalaya, guardianes del faro mágico que advertía de la presencia de cualquier fuerza hostil que se acercara a la isla de los asur. Además de estos soldados ciudadanos, un grupo de guerreros sombríos había llegado la noche anterior, un hecho que fue recibido con cierta emoción, pues sólo de vez en cuando esos crueles guardianes de la costa de Ulthuan decidían confraternizar con los soldados del Rey Fénix.

Ahora mismo, Coriael habría preferido que la circunstancia fuera aún más rara, pues su compañero bajo las almenas de la atalaya era un frío nagarythe llamado Vaulath.

El guerrero sombrío no llevaba túnica de lana, pero no parecía sentir el frío a pesar de contar sólo con la protección de una fina cota de malla y una capa gris que se confundía con la piedra de la torre. Su largo arco estaba hecho de una madera tan oscura que resultaba casi negra, y su intrincado relieve realizado en cobre oscuro.

—¿Todavía soñando con ser un gran héroe? —dijo Vaulath, y Coriael supo que había leído sus pensamientos en su postura.

—No hace daño soñar, ¿no?

—Supongo que no. Mientras que comprendas que no es más que eso, un sueño.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Coriael.

Vaulath negó con la cabeza.

—No veo a gente como tú combatiendo en una línea de batalla.

—¿Por qué no?

—Demasiado soñador. Te matarían en la primera carga, pues estás demasiado ocupado pensando en la gloria que quieres ganar para defenderte del primer enemigo que intente atravesarte.

—¿Cómo lo sabes? —replicó Coriael—. Ni siquiera me conoces.

—No me hace falta. Puedo verlo tan claro como el día. No has sufrido como hemos hecho los nagarythe. Sigues pensando que la guerra es cuestión de gloria y de honor.

—¡Y lo es!

Vaulath se echó a reír, aunque el cruel sonido de su risa carecía de humor.

—Si piensas así, eres un joven idiota, la guerra no tiene nada que ver con esas ideas. Se trata de dar muerte. Es cuestión de matar a tu enemigo antes de que sepa que estás allí. Golpearlo desde las sombras lo más rápidamente posible por todos los medios necesarios. ¡Y cuando esté derrotado, cuelgas de las entrañas su cadáver en un patíbulo para que sus amigos sepan que no tienen que volver!

Coriael se estremeció ante las palabras de Vaulath, sorprendido no por el sentimiento de odio, sino por lo exacerbado del mismo, pues los nagarythe eran conocidos por su crueldad como guerreros. Pero oír esas palabras de uno de los asur era escalofriante, más parecido a lo que podría haber esperado oír de la boca de un druchii.

—Te equivocas —dijo Coriael—. Los grandes héroes de Ulthuan nunca se rebajarían a semejante barbarie.

—¿Crees que no? ¿Dónde estaba la gloria cuando los yelmos plateados de Tethlis el Matador expulsaron a los druchii de los acantilados de la Isla Marchita para que se destrozaran contra las rojas de abajo? ¿Crees que Tyrion permitió que las ideas del honor detuvieran su mano cuando mató al asesino del Rey Brujo en la llanura de Finuval? No, el campeón de la Reina Eterna mató a su oponente con toda la rapidez de la que fue capaz.

Cayó la noche mientras Vaulath continuaba escupiendo sus venenosas palabras y Coriael deseó poder haber pasado esta guardia con alguno de sus compañeros de Tiranoc en vez de con este cáustico nagarythe.

Disgustado, se dio la vuelta y se apoyó en el parapeto, buscando encontrar en la oscuridad algo que lo distrajera de las sombrías palabras de Vaulath. El guerrero sombrío no dijo nada más, contento con haber dejado claro su argumento y aplastado los sueños de gloria de Coriael.

Aparte del estrépito del agua y las olas blancas, Coriael podía ver muy pocas cosas de interés, aunque eso no le sorprendió. Nubes oscuras acechaban en el horizonte, más cercanas a cada segundo, y era probable que una tormenta se estuviera formando en alta mar.

Una rendija de oscuridad cambió bajo él, y la luz de la luna proyectó largas sombras sobre la roca. Coriael se quedó mirando desde el parapeto, sorprendido.

—¿Has visto eso? —susurró Vaulath. Su voz era audible incluso por encima del estrépito de las olas.

—He visto algo —asintió Coriael.

—Mira de nuevo.

Coriael se asomó más al parapeto y entornó los ojos en un intento de detectar de nuevo la sombra en la oscuridad. Oyó el suave crujido del arco de Vaulath al tensarse y se volvió a preguntarle qué veía cuando oyó una serie de suaves chasquidos y un fuego abrasador estalló en su hombro.

Gritó de dolor mientras Vaulath soltaba una flecha de pluma negra y cayó al suelo de piedra de la torre. Oyó un grito de dolor en la base. Coriael rodó hasta ponerse de espaldas y soltó su lanza, mirando con sorpresa cómo un par de virotes de hierro sobresalían en su carne. La sangre manchaba su túnica de color crema y sintió un pánico mareante acumularse en su interior cuando imaginó que las puntas serradas de los virotes podrían estar envenenadas.

Un repiqueteo de proyectiles chocó contra la piedra de la torre y Coriael vio cómo Vaulath se ponía a cubierto tras una almena. La furia empezó a superar su dolor cuando se dio cuenta de que el sombrío guerrero lo había utilizado como cebo ante lo que estaba disparando desde abajo, convirtiéndolo en blanco.

—¿Aún sigues vivo? —le preguntó Vaulath.

—¡No gracias a ti! —escupió Coriael—. ¡Me podrían haber matado!

—Tal vez, pero he matado al que te alcanzó —respondió Vaulath—. ¿Aún sigues pensando que hay honor en la guerra?

Coriael no se dignó responder a esa pregunta y se obligó a ponerse de rodillas, apretando los dientes a causa del dolor. Intentó arrancarse uno de los virotes del hombro, pero Vaulath negó con la cabeza.

—Déjalo. Morirás desangrado.

Miró con mala cara al guerrero sombrío, examinó su hombro y vio que las nubes de tormenta que había advertido antes se acercaban a una velocidad innatural.

—¿Qué está pasando?

—Nos atacan, ¿qué crees que está pasando? —respondió Vaulath—. Ve abajo y enciende el faro. Si vienen en buen número, necesitaremos ayuda pronto para sobrevivir a esta noche.

—¿Quiénes son?

—Druchii. ¿Quién si no?

Coriael asintió, asustado, pero también jubiloso porque ahora estaba implicado en una lucha por proteger a Ulthuan, y el dolor de sus heridas remitió un momento.

Abajo oyó gritos y el entrechocar de armas, pero por todas partes se oía un temible sonido, como una vela rasgada ondeando al viento, un roce de cuero que le hizo pensar en cuevas oscuras y cubiles en las montañas llenos de huesos roídos y ensangrentados.

Vaulath lo oyó también, y alzó la cabeza mientras una manta de oscuridad en movimiento apagaba el cielo. Pero esta oscuridad tenía poco que ver con la puesta del sol, salvo que era la mortaja que ocultaba a las viles criaturas de su interior de la vista de todo lo que era bueno y puro.

Con una velocidad que sorprendió a Coriael, Vaulath disparó flecha tras flecha hacia la nube de alas agitadas y alaridos que llenaba el aire.

—¡Vete! —gritó el sombrío mientras apuntaba y disparaba con velocidad aterradora.

Una llamarada de fuego púrpura iluminó el cielo, y Coriael gritó cuando vio los miles de horribles criaturas que sobrevolaban el aire por encima de la torre, sus cuerpos una terrible amalgama de anatomía femenina y grotesco murciélago demoníaco. En las fluctuantes lanzadas de luz púrpura, vio rostros que eran poco más que los de animales salvajes, ansiosos y horribles. Sus alas estaban compuestas de un feo tejido correoso; sus zarpas y cuernos, forjados a partir de huesos enfermos y amarillentos.

El miedo dio velocidad a sus piernas y corrió hacia la escalera tallada en el suelo que conducía a la sala del faro. Oyó más alaridos penetrantes mientras las flechas de Vaulath seguían encontrando su objetivo en aquella carne maculada.

La torre se estremeció como si hubiera recibido un poderoso golpe y Coriael jadeó dolorido cuando el impacto lo lanzó contra las piedras. Cayó en el hueco de la escalera y oyó el arco de Vaulath golpear el suelo, y el hedor de la carne sucia llenó su nariz. El sonido del aleteo de las criaturas se hizo más fuerte mientras la nube de monstruos descendía sobre la torre y envolvía la cima en un frenesí de cuerpos ululantes.

Coriael miró hacia atrás, pero ya no pudo ver al guerrero sombrío. Lo oyó gritar de odio mientras su espada se cebaba en la carne de las bestias voladoras. El olor de la sangre y los aullidos de la sed de violencia triunfante lastimaron sus sentidos y bajó corriendo las escaleras que conducían a la sala del faro. Trató de no imaginar el horror de ser despedazado por aquellas abominables criaturas.

Gritos ensordecedores resonaron tras él; el aleteo de las antorchas proyectaba las frenéticas sombras de sus perseguidores contra las blancas paredes interiores de la escalera. Coriael continuó corriendo, y agarró una antorcha con el brazo bueno cuando llegó al rellano.

Una puerta de madera blanca bloqueaba el avance y se desplomó contra ella.

—¡Dama Isha, en cuya gracia confío, ábrete!

La madera de la puerta latió con una suave luz y Coriael oyó el chasquido de la cerradura que indicaba que la magia que negaba el paso a los enemigos se retiraba. Abrió la puerta mientras los gritos de triunfo y el chasquido de las mandíbulas de hueso rozando contra la piedra resonaban tras él.

Coriael atravesó la puerta y se volvió para apoyar su peso contra ella. Antes de que la puerta pudiera cerrarse, un cuerpo chocó una y otra vez contra el otro lado, y Coriael gritó cuando su hombro herido acusó la sacudida. Hizo presión contra las criaturas del exterior, la madera de la puerta estremeciéndose bajo su asalto mientras las garras duras como el hierro la arañaban.

Los alaridos de dolor resonaron en los pasillos cuando la pureza de la magia quemó la carne de las criaturas. Coriael luchó contra el dolor de su herida, redoblando sus esfuerzos por cerrar la puerta. El brillante orbe azul del faro latía preparado ante él, pero mientras la puerta permaneciera sin cerrar, bien podría hallarse en Ulthuan, para lo que le servía.

Una mano retorcida de dura carne asomó por el borde de la puerta, y las garras ensangrentadas le rasgaron el pecho.

Coriael gimió de dolor y su peso contra la puerta se redujo una fracción…

Unos brazos de músculos nudosos se abrieron paso entre la abertura, y con la nueva palanca la puerta se abrió. Coriael cayó al suelo, sometido por el dolor, pero sabiendo que tenía que cumplir con su último deber antes de que estos monstruos depravado lo mataran.

Se arrastró hacia el faro señalizador, pero mientras extendía los brazos hacia él, un peso inesperado lo clavó en el suelo y los monstruos alados aterrizaron sobre él.

Coriael gritó. Las garras se clavaron en su cuerpo.

Su mundo terminó en una explosión de dolor mientras los colmillos se cebaban en su carne.

* * *

La luz de la luna cubría los picos de las Annulii, bañando de plata los macizos rocosos y las playas del norte de Tiranoc mientras la noche cubría el mundo con su manto. La bruma titilante que Coriael Velozcorazón había visto en el crepúsculo se difuminó, y mientras el mar reflejaba la luz de la luna, una enorme flota de barcos surgió de la bruma.

Estilizados barcos cuervo de negro casco y espolones ganchudos y velas negras transportaban cientos de guerreros elfos oscuros, y grandes drakkars de madera con altas proas de dragón traían a los guerreros de Issyk Kul. Cientos de navíos navegaban hacia la bahía conocida como Carin Anroc, que se internaba tierra adentro entre Tiranoc y las Tierras de las Sombras.

Neutralizada la atalaya de Tor Anroc, el sigilo y la astucia fueron sacrificados por la velocidad. Aunque el faro de advertencia había sido silenciado, los defensores de Ulthuan no tardarían mucho en darse cuenta de que los invadían.

Los primeros navíos de los elfos oscuros vararon en la orilla y los guerreros saltaron por la borda. Corrieron por la costa, las espadas desnudas y los crueles ojos ansiosos de sangre. Nave tras nave fueron llegando a la orilla y docenas de guerreros se reunieron ante los latigazos y las órdenes a gritos de sus líderes.

Guerreros embozados sacaron oscuros corceles de las sentinas de sus barcos y cabalgaron al encuentro de cualquier explorador enemigo mientras falanges de guerreros vestidos con largas cotas de malla llamadas dalakoi y petos dorados avanzaban por la orilla. Estos guerreros llevaban la temible draich, una poderosa arma de verdugo, y una nube de temor se alzaba ante ellos mientras marchaban hacia la playa.

Las pesadas naves tendieron rampas de gruesa madera y una hueste de oscuros caballeros montados en verdes bestias reptilescas bajaron la playa. Mucho más grandes que las monturas de sus hermanos emboza dos, estas escamosas criaturas verdes eran musculosas y sañudas y sus poderosas mandíbulas estaban llenas de colmillos puntiagudos. Los caballeros llevaban lanzas serradas que destellaban a la luz de la luna, y las gruesas y rugientes cabezas de sus monturas se agitaban de un lado a otro mientras olisqueaban el aire en busca de sangre.

Máquinas desmontadas hechas de piezas artísticamente trabajadas de ébano y oro fueron descargadas de las sentinas de otros barcos, junto con barriles de temibles proyectiles: largos virotes más parecidos a pesadas lanzas de hierro y cientos de dardos más pequeños y livianos.

Una forma negra giraba en el aire muy por encima del ejército reunido, una bestia de oscuridad que llevaba a la señora de la hueste a través de la noche. Su forma externa recordaba a la de un poderoso caballo alado, y su esbelta silueta era como la esencia de la noche unida a una forma física. Sus ojos ardientes y depredadores brillaban rojos en la oscuridad y un irregular trozo de hueso sobresalía de su cráneo.

Morathi montaba al pegaso nocturno con la lanza en alto, para que todos la vieran. Contra la negrura de su montura, su piel era como el mármol, lisa, pálida y hermosa. Un corselete de brillante cuero negro y un peto protegían y exponían su carne por igual, y la asistía una titilante hueste oscura de espíritus malévolos que se congregaban a su alrededor en un tapiz de bruma.

Los guerreros, al verla, entonaron súplicas de lujuria y adoración, pero Morathi los ignoró, revoloteando sobre las energías mágicas que volaban desde las Montañas Annulii y sonriendo mientras contemplaba la aniquilación de sus enemigos.

Issyk Kul, su aliado por el momento, ancló sus naves un poco más allá de las de la Hechicera Bruja, y marchó a través de las aguas hasta la playa con su espada de muchos filos desenvainada. Tras él, una figura desnuda montaba un alto corcel de piel roja y flancos poderosos que brillaban de sangre y musculatura expuesta. En su lomo habían cosido una silla de plata y sus ojos de zafiro ardían de éxtasis mientras el agua salada bañaba de fuego su carne desollada.

Morathi vio cómo Kul montaba en la silla metálica del corcel despellejado y alzaba la espada. Echó atrás la cabeza y lanzó un penetrante aullido mientras agitaba el arma como un loco.

A su señal, docenas de hombres saltaron al agua desde los drakkars. Eran hombres correosos del lejano norte, la dura piel esculpida por los rigores de la batalla y la masacre. Guerreros de armaduras oscuras, capas de piel y yelmos con cuernos marcharon hacia la orilla, sus espadas curvas y sus poderosas hachas ansiosas de muerte y degradación en nombre de su dios.

Bestias de cabezas deformes y cornudas marchaban entre estos guerreros, sus anatomías eran enormemente musculosas y difuminadas por la fusión de hombre y bestia. Monstruos rugientes de cuernos retorcidos que sobresalían de sus cráneos empujaban a otras bestias más pequeñas de piel roja ante ellos con gruñidos y golpes de porra con pinchos.

Los grandes barcos tendieron las rampas y los guerreros bajaron por decenas por las bordas, cada grupo arrastrando tras de sí una abominación encadenada.

Los rugidos y aullidos resonaban en la noche mientras masas deformes de carne bajaban a la orilla, sus muchas bocas chasqueando ante todo lo que se les acercara. Las bestias avanzaban apoyándose en miembros hinchados y retorcidos con llagas abiertas y colgajos de nervios en las articulaciones. Sus cuerpos hinchados estaban recubiertos de pesados cartílagos y miembros con garras, demasiados para cualquier criatura natural, y ninguna poseía una cabeza definida o un medio principal para discernir el mundo que tenían delante.

Fueran lo que hubiesen sido estas criaturas una vez, ahora eran monstruos engendrados por el poder mutador del Caos, poco más que aterradores motores vivos de destrucción y masacre. Otros barcos empezaron a descargar nuevos monstruos deformes, criaturas horriblemente distorsionadas y retorcidas que desafiaban la comprensión y se resistían a la descripción. Carcasas monstruosas de carne deformada, sus cuerpos eran horrores de garras acechantes, cabezas fundidas, miembros elásticos y tentáculos amenazadores.

Era imposible saber si sus horribles alaridos eran de ira o de dolor, pero fuera cual fuese el motivo de sus chillidos, el viento que soplaba del mar los llevaba tierra adentro.

Issyk Kul cabalgó en su repugnante corcel por toda la playa, aullando como un lobo rabioso mientras su ejército desembarcaba. Su caballo se alzó, como una gran estatua heroica hecha de mármol rosa que hubiera cobrado vida, y la sangre que corría por los brazos de Kul al empuñar su espada llena de espinos fue como aceite a la luz de la luna.

El brillo plateado del cielo era a la vez una ayuda y una molestia, pues aunque facilitaba el desembarco nocturno, también hacía que resultara más fácil detectar los muchos barcos y los centenares de guerreros.

El tiempo era esencial, y con cruel eficacia las fuerzas de Morathi e Issyk Kul dejaron atrás las playas y remontaron las pendientes de la tierra de los elfos.

La invasión de Ulthuan había comenzado.

Sobre las cimas de las Annulii, los vientos estaban cargados de energía mágica, haciendo que las tres águilas pudieran mantener el vuelo con el mínimo esfuerzo. El aire cálido de los reinos interiores se alzaba desde los flancos orientales de las montañas y se enfrentaba a la fría barrera de viento que llegaba desde el mar. Mezcladas con las oleadas de magia pura y poderosa, las corrientes termales resultantes hacían que volar por los cielos Riera una experiencia jubilosa, aunque a las poderosas aves de presa pareciera importarles poco la sensación.

Las águilas volaban juntas, aunque el ave que ocupaba el centro de la formación era claramente la más poderosa de las tres; sus plumas, una sorprendente mezcla de oro y marrón a excepción de su regia cabeza, que estaba cubierta de plumas del más puro blanco. Era Elasir, Señor de las Águilas, el más grande de su raza.

Su especie había surcado las corrientes mágicas del mundo antes del surgimiento de la raza de los hombres, y el mismísimo Rey Fénix conocía el orgulloso semblante del águila. Incluso los señores del conocimiento prestaban atención cuando las águilas hablaban.

Elasir viró, bajando una fracción su ala izquierda y descendiendo mientras seguía la curva de las montañas. Junto con sus hermanos Aeris e Irian, águilas tan orgullosas como él, Elasir volaba hacia el sur batiendo sus poderosas alas, ansioso por regresar a los nidos cercanos a la Puerta del Águila lo más pronto posible.

Después de matar al asesino druchii, Elasir había volado a Avelorn, al norte, para pedir consejo a las aves y bestias del reino del bosque, pues su conocimiento de las cosas ocultas era grande. Elasir le contó al consejo la muerte de Cerion Aladorada y las palomas prometieron llevar la noticia a todo Ulthuan. Luego, los cuervos hablaron de sombríos presagios, y los faisanes escarlata de la Reina Eterna pronunciaron profecías de gran condena sobre Ulthuan antes de instar a Elasir para que regresara a casa a toda velocidad.

La tristeza por la muerte de Cerion Aladorada todavía pesaba sobre Elasir, y dar muerte a su asesino había hecho poco por aliviarla. La venganza no era digna del Señor de las Águilas, pero la justicia natural había sido cumplida con la muerte del druchii y por ese motivo le había resultado placentera. El comandante de la Puerta del Águila había sido amigo de su especie y siempre había mostrado el respeto que su antiguo linaje merecía.

Sí, echaría de menos a Cerion Aladorada, pues había sitio un guerrero honorable y humilde.

Un súbito cambio en las corrientes de la magia trajo un olor acre, y Elasir ladeó la cabeza al sentir el rancio hedor del odio que transportaba el viento.

Hermanos, ¿sentís lo que yo siento?, preguntó Elasir, y sus palabras se formaron en sus mentes.

Lo sentimos, dijeron ambos al unísono.

Druchii, añadió Aeris.

Corrompidos, afirmó Irian.

Elasir podía saborear lo hediondo del aire, sabiendo ahora que las aves de Avelorn habían dicho la verdad.

Vamos, hermanos, debemos conocer la naturaleza de esta amenaza y llevar el aviso a los asur.

Y matar a los corrompidos, dijo Irian.

Si, matarlos. ¡Desgarrar sus carne y sacarles los ojos!, exclamó Aeris.

Elasir sentía el mismo agudo odio que sus hermanos hacia esos terribles enemigos, pero podía sentir que la amenaza era demasiado grande para que la derrotaran ellos solos. Plegó las alas y descendió mientras cambiaba su rumbo hacia el oeste.

La Puerta del Águila tendría que esperar.

* * *

Eloien Caparroja refrenó a su yegua gris, que sacudió la cabeza, inquieta, las orejas aplastadas contra el cráneo. Conocía lo suficientemente bien a su montura para saber que sus sentidos eran superiores a los de él y que cuando creía que algo iba mal solía tener razón.

Había algo en la noche, y Eloien alzó el puño para detener a su patrulla de diez jinetes de Ellyrion, cuya habilidad exquisita era la envidia de todos menos de los caballeros del Yelmo Plateado.

Afilados colmillos de piedra se alzaban alrededor y agudos riscos de roca erosionada por el viento los rodeaban. La luna estaba casi directamente sobre ellos y proyectaba pocas sombras, lo que haría más fácil detectar cualquier movimiento, aunque el ondulante terreno dificultaba ver a poco más de treinta metros. Con una suave presión de las rodillas hizo avanzar a su montura, cuyos cascos no hicieron ningún ruido al recorrer el terreno de piedra.

Aún no conocía la fuente de la intranquilidad de su corcel, pero sacó d arco de su vaina de cuero y colocó una flecha. Sus soldados siguieron su ejemplo y Eloien escrutó el paisaje, dejando que sus propios sentidos se extendieran hacia la noche tratando de localizar la fuente del problema.

Más adelante, el terreno se convertía en una suave pendiente antes de caer bruscamente en un gran precipicio que asomaba al mar. Eloien desmontó en silencio y se arrastró boca abajo, pues no quería que su silueta se recortara contra el cielo, y se asomó entre los matorrales al borde del acantilado.

—¡Por el fuego de Asuryan! —susurró, su natural cautela vencida por la sorpresa.

En las playas de abajo se congregaba una flota invasora, y la costa estaba repleta de barcos de poco calado para poder varar en la arena. Guerreros de oscuras armaduras formaban en disciplinados regimientos, y Eloien se quedó sin respiración al ver los estandartes druchii levantados junto a los de los necios humanos que adoraban a los Dioses Oscuros.

Regresó arrastrándose en silencio al lugar donde lo esperaban sus soldados, los rostros tensos mientras trataban de leer su expresión. Sin decir una palabra, volvió a montar y ajustó la capa sobre la grupa de su yegua.

—¿Bien? ¿Qué has visto? —le preguntó Fallion Lanzafirme, su corneta y mejor amigo.

—Druchii —respondió Eloien—. Y hombres corrompidos.

—¿Druchii? —exclamó Fallion—. ¡Entonces vamos a luchar contra ellos, Eloien!

Eloien negó con la cabeza.

—No, no se trata de meros exploradores, sino de un ejército invasor.

La horrible naturaleza de la amenaza se extendió por la tropa de jinetes, y Eloien dejó que pasara un momento antes volver a hablar.

—Cabalgaremos hacia el Nido del Águila para advertir a su castellano.

Fallion abrió la boca para responder, pero antes de que pudiera hablar, un virote de hierro atravesó el aire y se clavó en la parte posterior de su yelmo. El corneta se desplomó de la silla y Eloien advirtió con horror que la inquietud de su yegua se debía a algo mucho más cercano que la presencia de guerreros enemigos en la playa.

Hizo girar a su montura mientras una andanada de virotes surgía de la oscuridad y sombras invisibles se despegaban de las rocas que había alrededor. Gritos de elfos y relinchos de caballos se mezclaron mientras los virotes de hierro los iban abatiendo. Un virote se clavó en el cuello de su yegua y lo arrancó de la silla mientras el animal caía.

Saltó apartándose de la bestia moribunda y aterrizó de pie, con el arco listo para disparar. Una sombra druchii salió de la oscuridad y saltó hacia él, buscando su ingle con una espada curva.

Eloien disparó y el atacante cayó con una flecha de pluma de ganso enterrada en la garganta. Se apoyó en una rodilla y lanzó otra flecha contra una nueva figura que saltaba de las rocas. El proyectil lo alcanzó en el estómago y el guerrero se dobló en el aire antes de desplomarse en el suelo en una maraña de miembros.

Eloien se volvió, buscando nuevos blancos, y abatió a otros tres atacantes antes de que un virote rebotara en el peñasco que tenía al lado y le cortara la cuerda del arco.

El estrépito de las armas resonaba en la oscuridad, y Eloien vio que los pocos guerreros que le quedaban pronto serían vencidos. Más de una docena de druchii (aunque era difícil estar seguro, tan perfectamente se fundían con la oscuridad de la noche) seguían luchando y al menos cinco de sus soldados habían muerto.

Un asesino embozado vino hacia él con su espada desnuda y Eloien se dispuso a recibirlo blandiendo el arco ahora inútil. Detuvo el golpe, y cuando su atacante retrocedió, Eloien giró y desenvainó la espada con un rápido movimiento. El plateado ithilmar destelló y un arco de sangre brotó de la garganta abierta del druchii.

Volaron más virotes y Eloien se sintió arder de furia al oír los relinchos de los caballos. Los druchii estaban abatiendo a sus monturas para impedir que nadie escapara con la noticia de su desembarco.

Otros tres asesinos druchii corrieron hacia él y Eloien se agachó, la espada extendida y el brazo izquierdo a la espalda. Esquivó el golpe del primer atacante, giró y descargó el duro filo de su palma contra la garganta del druchii.

Su enemigo se desplomó agarrándose la laringe destrozada mientras Eloien bloqueaba el tajo de su segundo atacante. Una espada silbó sobre su cabeza cuando se echó al suelo y barrió con las piernas en un amplio arco.

Los dos druchii cayeron, perdido el equilibrio. Eloien saltó hacia adelante y atravesó con su espada el pecho del primero, pero antes de poder volverse para eliminar al segundo, un dolor abrasador estalló en él cuando una fría hoja se le clavó en la espalda.

Eloien se tambaleó y cayó sobre una rodilla. Brillantes estrellas de dolor estallaron ante sus ojos. Se volvió mientras la sangre le manaba por la espalda y consiguió bloquear el siguiente golpe del druchii, pero supo que no podría bloquear ninguno más. Alzó la espada, sintiendo como si el arma estuviera reforzada por barras de hierro. El sonido de la lucha se apagó y supo que sus guerreros habían muerto.

Sombras cruciformes correteaban sobre el terreno iluminado por la luna y alzó la cabeza para mirar el rostro de sus asesinos. Tal vez una docena de druchii de crueles ojos permanecían en pie, las espadas ensangrentadas y los rostros de piel de marfil retorcidos de odio.

Eloien pugnó por agarrarse a la espada mientras el druchii encapuchado que lo había apuñalado avanzaba lentamente hacia él, el rostro deformado de maldad.

Un grito chirriante hendió la oscuridad y a Eloien le sonó a salvación.

Los druchii alzaron las cabezas, llenos de pánico…

Pero antes de que pudieran moverse, las águilas ya estaban entre ellos.

Tres murieron sin saber qué los había matado, partidos en dos por las poderosas garras o aplastados por el chasquido de los poderosos picos. Eloien se rio, a pesar del dolor, mientras las grandes águilas se movían entre los druchii, matando con la rápida economía de los cazadores experimentados.

Los druchii echaron a correr, pero las águilas eran demasiado rápidas, y les arrancaron los miembros o aplastaron sus cráneos agitando sus enormes alas. En el centro de la matanza, Eloien vio a una águila magnífica, con el cuerpo cubierto de plumas doradas y la cabeza del más puro blanco.

Eloien había visto cargar a los yelmos plateados, el tronante poderío de una hueste de carros de Tiranoc y la deslumbrante hueste del ejército del Rey Fénix desplegada en toda su gloria, pero nunca había visto un espectáculo más sorprendente ni poderoso que esta águila matando a los druchii.

Mientras pensaba esto, vio que el guerrero que había estado a punto de matarlo apuntaba al águila con su ballesta de ébano.

—¡No! —gritó Eloien.

Con sus últimas fuerzas, lanzó la espada contra el druchii y la punta se enterró entre sus omóplatos. El druchii gritó y cayó de rodillas, tratando de arrancar la hoja que sobresalía de su espalda. Se desplomó y Eloien cayó de costado, aliviado por haber impedido que el guerrero encapuchado hiriera al águila.

Tenuemente le pareció oír el sonido de cascos sobre las rocas, y a través de una brumosa visión vio a una hueste de oscuros jinetes que galopaba hacia la batalla.

Se esforzó por ponerse en pie, pero no le quedaban fuerzas y sólo pudo ver cómo los jinetes druchii se acercaban.

Entonces Eloien soltó un jadeo cuando sintió las fuertes garras coger su cuerpo y alzarlo.

El suelo quedó lejos y un frío viento le azotó el rostro mientras los gritos de furia de los druchii se perdían más abajo, en la distancia. Eloien alzó la cabeza y vio al águila de cabeza blanca que lo transportaba por los cielos de Ulthuan.

Descansa, guerrero —dijo una noble voz en su cabeza—. Te tengo.

Eloien cerró los ojos mientras las águilas lo llevaban a lugar seguro.