Epílogo

 

 

POR FIN, 32 AÑOS DESPUÉS

 

Empecé a trabajar en este libro hace 32 años. Después de algunos breves artículos sobre los primeros resultados, en 1985 publiqué dos amplios y densos ensayos con títulos inequívocos: Medizin gegen Unbrauchbare («Medicina para inútiles») y Der saubere und der schmutzige Fortschritt («Progreso limpio y progreso sucio»). En los diez años siguientes escribí varios estudios y capítulos poco extensos en libros relacionados con determinados aspectos de los asesinatos por eutanasia en Alemania. Posteriormente relacioné el tema con la cuestión de la persecución de los judíos, la última vez en el capítulo final del libro ¿Por qué los alemanes? ¿Por qué los judíos? (2011). En ocasiones he tenido que dar conferencias o intervenir en calidad de periodista cuando en alguna parte estallaban polémicas histórico-políticas, sobre todo en la antigua RDA después de 1990. Al final, he acumulado más de un millar de manuscritos como fruto de mis investigaciones sobre los crímenes médicos del periodo nacionalsocialista. El proyecto original de redactar una monografía ha cristalizado por fin con este libro. Llegado a este punto, quisiera abordar algunos aspectos relativos a su gestación.
A principios de la década de 1980, la investigación de los asesinatos por eutanasia todavía requería dosis considerables de tenacidad y olfato criminológico. El acceso a los archivos estaba parcialmente vedado, la mayoría de informes y expedientes no estaban a buen recaudo ni registrados y los directores de hospital y archiveros sostenían que los detalles sobre la vida y la muerte de los asesinados pertenecían al ámbito del «secreto médico» o que el acceso a los mismos estaba momentáneamente prohibido por la ley. Las condiciones, el secretismo, la incompetencia y la susceptibilidad dominantes en la época eran inimaginables desde una perspectiva actual.
Mis textos fundamentales para la redacción del presente libro están reseñados al principio de la bibliografía. Los he revisado a fondo y completado, y en algún caso he moderado el tono originalmente algo subido a causa de mis convicciones. También he eliminado fragmentos enteros, no porque el contenido haya podido quedar anticuado, sino porque determinadas cuestiones parecen hoy menos importantes. He renunciado a ofrecer una panorámica detallada de la ampliamente ramificada administración del homicidio, a fijarme en particularidades locales, describir conflictos y prioridades internas o relatar peleas personales entre los gestores de la Acción T4 y detalles por el estilo. Asimismo, la descripción meticulosa de las carreras posteriores, excusas y falta de conciencia de culpa de los asesinos me parece menos importante hoy que hace treinta años. Todos estos detalles ya han trascendido en estas últimas tres décadas. Lo mismo sucede con los tribunales, tan frecuentemente inactivos o exageradamente indulgentes. Quien quiera saber más al respecto, hallará información precisa y expuesta con claridad en los trabajos lexicográficos de Ernst Klee.
Se habla de sentencias y absoluciones sospechosas, pero lo cierto es que, desde 1946, y con más determinación en las décadas de 1960 y 1970, numerosos fiscales y miembros de la policía criminal alemanes investigaron estos crímenes mucho más enérgicamente que los historiadores y periodistas de la época. Asimismo, el interés público por los perpetradores judicialmente perseguidos fue escaso hasta la década de 1980. Desde entonces se han utilizado como fuentes de investigación primordiales miles de tomos de sumarios de la justicia federal alemana de posguerra, mientras que los asesinados, sus biografías y destinos no empezaron a formar parte del interés general, y solo tímidamente, hasta más tarde. En este sentido, mis trabajos también reflejan este cambio de tendencia con respecto a textos anteriores.
El apartado sobre el asesinato de enfermos mentales en los territorios de la Unión Soviética ocupados por Alemania debe su gestación a una conferencia que di en el año 2011. Excepcionalmente, solo se ha nutrido de literatura secundaria. En cuanto a mis especulaciones publicadas en 1985 sobre los motivos de la suspensión temporal de la Acción T4 en el verano de 1941, las revisé en 1993 y 1995 gracias a la influencia de la crítica y a un mejor examen de los hechos. Estimulado también por los trabajos de Heinz Faulstich y Winfried Süss publicados entretanto, volví a someter este capítulo a un examen minucioso. En él no trato únicamente el cese de los asesinatos de enfermos mentales en las cámaras de gas, sino que en el fondo subyacen cuestiones más generales como el funcionamiento del estado nacionalsocialista, las reacciones de sus dirigentes a los estados de ánimo y crisis sociales y las posibilidades de resistencia que tuvieron determinados médicos en momentos concretos.
EL FRACASO DE UNA PROPUESTA BIEN FUNDAMENTADA

 

¿Por qué no se ha publicado este libro hasta hoy? Después de un año de trabajos preparatorios sobre los asesinatos de niños discapacitados y el Comité del Reich designado para ejecutarlos, en octubre de 1982 solicité a la Fundación Alemana de Investigación (DFG) una beca para redactar mi tesis de capacitación para el acceso a una cátedra universitaria. Mi apreciado director de tesis doctoral Wolf-Dieter Narr debía ser mi tutor y el historiador y politólogo Peter Steinbach escribió una recomendación altamente favorable. El tema de la tesis era: «El desarrollo de bases científicas para la valoración y el asesinato de niños discapacitados alemanes en el periodo 1939-1945. Propuesta para el esclarecimiento de un tabú». El título me parece hoy algo pomposo, pero no inoportuno. Ya entonces no reduje el tema a «los nacionalsocialistas», sino que investigué sobre hechos documentados y tabúes difíciles de aclarar. Como apunté en la solicitud de la beca, para comprender el desarrollo histórico de los asesinatos por eutanasia es necesario tener en cuenta la conducta ambivalente de muchos familiares y tener claro que fueron esencialmente las fuerzas católicas y conservadoras las que opusieron resistencia a los asesinatos. La idea esbozada en 1982 planea constantemente en el presente libro.
Nueve meses después, la DFG rechazó mi solicitud. El ponente responsable, Sylvester Rostosky, no se había tomado la cuestión a la ligera y, a pesar de la poca importancia económica del proyecto, solicitó finalmente la participación de la comisión principal de la DFG y, previamente, de cinco expertos de renombre: Eberhard Jäckel, Karl Dietrich Bracher, Klaus Jürgen Gantzel, Ludwig von Friedeburg y Hartmut Boockmann. La meticulosidad con la que se llevó el proceso honra a la DFG.467
Jäckel opinó lo siguiente: «La presentación del proyecto de investigación parece, por sí misma, bien fundamentada. El estudio de los niños de la eutanasia es un vacío que habría que llenar pese a la desfavorable situación de las fuentes. El solicitante tiene la materia muy bien asimilada. La memoria, como tal, se puede aprobar, pero es posible albergar dudas sobre si el solicitante, como politólogo, domina la metodología histórica». Acto seguido, insultó a mi tutor Narr tildándolo de «lingüística e intelectualmente poco ambicioso» y concluyó: «Por mi parte recomiendo denegar».
Bracher adoptó un tono similar: «El proyecto de investigación está bien fundamentado. Merece respaldo». Pero, a pesar de calificar mi esbozo de impecable, opinó que de la documentación presentada «apenas se desprende que el solicitante disponga de la formación y la capacidad necesarias para acometer satisfactoriamente, desde el punto de vista histórico, un tema tan difícil por la crítica situación de las fuentes».
El siguiente en dictaminar fue el politólogo hamburgués Klaus Jürgen Gantzel. Valoró muy positivamente mi solicitud y mis anteriores publicaciones, entonces todavía elementales, incluida la tesis doctoral, y resumió con precisión mis segundas intenciones y preguntas: «El tema prima facie histórico del proyecto es muy interesante en la medida que quiere ser una contribución a un aspecto todavía inexplorado del análisis del gobierno nacionalsocialista. Tal como recalca, con razón, el solicitante, el tema adquiere una enorme relevancia y una rabiosa actualidad al intentar poner de relieve los modelos argumentativos y de actuación por los que se caracterizaron los científicos y médicos que participaron en la “eutanasia” infantil nacionalsocialista. El solicitante se propone examinar una hipótesis de crítica ideológica según la cual una determinada premisa médica —a saber, la utopía de la salud absoluta y la creencia en poder eliminar o superar científicamente el sufrimiento humano— condujo a una identificación de esta ciencia con el poder nazi. (...) Además, con la inclusión de la resistencia a la “eutanasia” infantil, se plantea una diferenciación del concepto “conservador”, con frecuencia utilizado únicamente en sentido peyorativo».
Tras otros elogios expresados con cierto barroquismo politológico, Gantzel dijo lo siguiente: «En general, pienso que nos encontramos ante una joven promesa que no se encasilla sin más en la idea de hacer una carrera científica y que utiliza métodos originales y completamente adecuados. Veo aquí un potencial innovador para la investigación que habría que fomentar».
Después, el ponente Rostosky pidió a Ludwig von Friedeburg, antiguo ministro de Cultura de Hesse, que mediara con un dictamen de autoridad. El exministro determinó que todos los participantes «otorgan al proyecto una gran importancia» y «lo consideran bien fundamentado». A la vista de las dudas acerca de mi capacidad metodológica planteadas por Bracher y Jäckel, recomendó que me concedieran una beca de investigación por un año y, pasado ese periodo, decidir la ampliación de la ayuda a partir de un informe intermedio. Rostosky hizo suya la propuesta y trasladó el asunto a la comisión principal de la DFG.
Para preparar los trámites correctamente, envió la documentación al medievalista de Gotinga Hartmut Boockmann, el único historiador que entonces tenía voz y voto en la comisión. Boockmann se adhirió a la propuesta conciliadora de Von Friedeburg «con la esperanza de haber promovido un poco este difícil caso». El comité principal de la DFG está compuesto por responsables de políticas culturales y científicos, especialmente de las áreas de la ingeniería y las ciencias naturales, que toman muchas decisiones en cada reunión. El 27 de mayo de 1983 decidieron sobre mi caso: «Se rechaza la solicitud».
Después, Eberhard Jäckel asignó a Volker Riess un trabajo de doctorado sobre los asesinatos por eutanasia que terminó muchos años después de forma temáticamente reducida. Poco después llegó Hans-Ulrich Wehler con un proyecto similar. Previamente había invitado a Kurt Nowak, el autor del primer trabajo científico-histórico en profundidad sobre los asesinatos por eutanasia, para discutir la propuesta. Tal como me comunicó este colega, que es amigo mío, en esa ocasión mi solicitud rechazada también estuvo encima de la mesa. No era mala, solo que le faltaba la metodología adecuada. Fruto del proyecto de Wehler surgió el libro de Hans-Walter Schmuhl Rassenhygiene, Nationalsozialismus, Euthanasie («Higiene racial, nacionalsocialismo, eutanasia»), publicado en 1987.
ACCIONES HISTÓRICO-POLÍTICAS ACERTADAS

 

Paralelamente a este misterioso toma y daca alrededor de la solicitud, seguí trabajando, amplié mis preguntas y presenté peticiones para utilizar informes y expedientes. En 1983 fundé, junto con otros investigadores afines —entre ellos Karl Heinz Roth, Ulrich Schultz, Angelika Ebbinghaus y Matthias Hamann—, la colección de ciencia política Beiträge zur nationalsozialistischen Gesundheits— und Sozialpolitik («Artículos sobre política sanitaria y social nacionalsocialista»), cuyos volúmenes primero y segundo se distribuyeron en 1985. Quise que la colección se llamara «El valor del ser humano», pero al resto del grupo les pareció un título demasiado conservador. En cualquier caso, a mí me tocó, hasta 1990, organizar y corregir los primeros diez volúmenes. Aquello requería mucha energía. Financiamos el proyecto con fondos privados. En el colectivo editorial Rotbuch encontramos a un patrocinador comprometido y conseguimos más de 2.000 suscriptores para la colección.
Al mismo tiempo que trabajaba en proyectos de contenido más amplio y no dejaba de plantearme si debía seguir dedicándome continuamente a los turbios temas de la trastienda de la historia alemana, publiqué, en la citada colección y otros sitios, fuentes documentales y textos sobre la medicina del periodo nazi y asesoré al grupo de trabajo que investigaba la historia de los sanatorios de Wittenau en Berlín. Después, en 1988 y 1989, organicé junto con Christian Pross la exposición «El valor del ser humano. La medicina en Alemania, 1918-1945». Con la muestra, un simposio y un catálogo de la exposición encuadernado en negro, como era moda entonces, el tema de la medicina en el nacionalsocialismo figuró por primera vez en la orden del día de un Congreso de Médicos Alemanes, el 92.º, celebrado en mayo de 1989.
Anteriormente, en el verano de 1987, había ideado, en colaboración con el Taller de Historia de Berlín, una exposición sobre la Acción T4. Se inauguró el 1 de septiembre en el mismo lugar de la calle Tiergarten 4 donde se organizaron los crímenes. Actualmente, el solar alberga una explanada pública y una parte de las instalaciones de la Filarmónica de Berlín. En clara referencia histórica, utilizamos como espacio de exposición un antiguo autobús de dos pisos de la Compañía del Transporte Público de Berlín cuyo interior vaciamos completamente. Durante los preparativos de la exposición se produjo una pugna. En un panel titulado «Resistencia y aceptación», yo había añadido la siguiente declaración escrita de un padre: «Estoy de acuerdo con el examen y eutanasia de mi hija Marlene H., nacida en Düsseldorf el 17 de marzo de 1942 y actualmente ingresada en el hospital infantil de Weimar, si los evaluadores médicos admiten que la pequeña nunca será una persona de provecho. Hans H».468 Algunos activistas historiadores quisieron suprimir el documento, pero, finalmente, se incluyó en la muestra.
Heinz Galinski, presidente de la Comunidad Judía de Berlín, nos hizo el honor de inaugurar la exposición y pronunció un discurso. El catálogo se vendió bien, lo cual nos animó a pedir la creación de un monumento a los asesinados. Klaus Hartung y yo redactamos un texto para el mismo que finalmente se consensuó con ligeras modificaciones:

 

«EN HONOR DE LAS VÍCTIMAS OLVIDADAS. En este lugar de la calle Tiergarten 4 se organizó, a partir de 1940, el primer asesinato en masa del gobierno nacionalsocialista, conocido como “Acción T4” por el nombre de esta dirección. Entre 1939 y 1945 fueron asesinados casi 200.000 seres humanos indefensos. Sus vidas fueron calificadas de “indignas de ser vividas” y su asesinato se llamó “eutanasia”. Murieron en las cámaras de gas de Grafeneck, Brandeburgo, Hartheim, Pirna, Bernburg y Hadamar. A unos los mataron pelotones de ejecución y otros sucumbieron de inanición o envenenamiento planificados. Los perpetradores fueron científicos, médicos, cuidadores y miembros de la Justicia, la Policía y la administración de Salud y Trabajo. Las víctimas eran pobres, desobedientes, estaban desesperadas o necesitaban ayuda. Venían de clínicas psiquiátricas y hospitales infantiles, de residencias de ancianos y centros de asistencia, de hospitales militares y campos de reclusión. Las víctimas fueron muchas, los perpetradores condenados, pocos.»

 

En el texto se dice que fueron «casi 200.000» las víctimas, pero en nuestra propuesta habíamos escrito, acertadamente, «más de 200.000». La desafortunada rectificación corrió a cargo de Reinhard Rürup, que participó en la operación como experto enviado por el Senado de Berlín. Después de dos reuniones con la administración de Cultura competente, el senador Volker Hassemer (CDU) dispuso con tinta verde: «¡Se hará así!». La gran placa conmemorativa situada en el suelo de la Filarmónica se inauguró el 1 de septiembre de 1989. El año anterior se había instalado, muy cerca de allí, la escultura Berlin Junction, cuyo autor, el artista Richard Serra, había dedicado a las personas que habían caído víctimas de la Acción T4.
EL PLACER DE COPIAR

 

A pesar de que para la redacción de este libro reformulé casi cada frase de mis antiguos trabajos, me pareció que el núcleo documental y de contenido de los mismos conservaba su actualidad y contundencia. Lo mismo han debido pensar todos los que, a lo largo de treinta años, han copiado de allí cuanto han podido o han plagiado los textos inadvertidamente para mí. Al pasar revista a la bibliografía publicada en los últimos veinte años me ha irritado la ligereza con la que algunos investigadores o autores me han fusilado fragmentos o han hecho pasar por propio el descubrimiento de determinadas fuentes documentales. Me veo obligado abordar esta desagradable circunstancia, de lo contrario podría parecer que no he hecho uso de mis textos anteriores, sino del trabajo intelectual ajeno.
Hans-Walter Schmuhl, cuya tesis doctoral aparecida en 1987 se apoyaba tan claramente en los resultados publicados entre 1983 y 1985 por Ernst Klee, Karl Heinz Roth y yo mismo, habló entonces de «las revolucionarias aportaciones investigadoras de Götz Aly y Karl Heinz Roth», quienes, según él, habíamos descubierto «fuentes bibliográficas desconocidas» y «abierto campos de estudio hasta ahora inexplorados». Sin embargo, Schmuhl se adueñó de nuestros conocimientos contraviniendo todas las normas y utilizando un doble procedimiento. En determinados capítulos citaba en gran medida y casi siempre correctamente los estudios de los demás siempre que fueran casos en los que él contribuyera con algún mérito propio, y cuando no era así, no jugaba limpio con las citas. En su capítulo sobre la creación de la ley de eutanasia no se equivoca al decir que lo escribió «basándose fielmente en Roth y Aly», pero también habría tenido que hacer el mismo comentario en referencia a los capítulos «Acción Brandt» o «La propaganda de la “eutanasia”». En el último, por ejemplo, exprimió a lo largo de cuatro páginas el ensayo de Roth de 1985 Filmpropaganda für Vernichtung («Cine de propaganda para el exterminio») contraviniendo zafiamente las buenas prácticas académicas. Para borrar pistas, omitió el trabajo de Roth en la bibliografía. Posiblemente se planteó para Schmuhl el problema de que los doctorados se conceden por trabajos científicos individuales y no por buenos resúmenes. Ello podría explicar la alternancia entre citas y paráfrasis, un procedimiento que toleró del director su tesis.
La obra íntegra de Hans-Walter Schmuhl es notable y daría la cuestión por zanjada si sus malas prácticas no desembocaran con tanta frecuencia en la omisión de los autores saqueados cuyas fuentes no cita. Sin embargo, Schmuhl ha seguido manteniendo la misma conducta. En 2011 publicó la sección de 31 páginas «”Eutanasia” y asesinato de enfermos» en el informe de investigación Medizin und Nationalsozialismus. Citó cerca de trescientas referencias, pero ninguna de ellas era de las publicaciones de Roth y mías que en su día tan «revolucionarias» le habían parecido para su trabajo y había utilizado con tanta diligencia. En su lugar, nombró estudios propios quince veces seguidas. Esto ya es ir demasiado lejos.
La dirección del citado informe de investigación corrió a cargo del profesor Robert Jütte, quien comentó de antemano que la bibliografía no tenía como meta la exhaustividad, sino que lo que a él y a sus coautores les importaba era una «clasificación en el sentido de una bibliographie raisonnée». Muy bonito. Así actúa una buena parte de los investigadores de la historia contemporánea, en un estancamiento hacendoso y autocomplaciente, mientras los grandes y pequeños copiones recuerdan en voz baja lo reprobable que es excluir a los demás.
Para ahorrarme demasiados detalles, solamente diré que han sido objeto de copia —en algunos casos, repetidas veces— mis trabajos de investigación relativos a la casa de trabajo de Rummelsburg, el profesor Carl Schneider, la deportación de mujeres y niñas de Hamburgo a Viena, el dictamen de Max Nonne, el Consejo de Municipios Alemanes, la ley de eutanasia, la investigación cerebral, la Acción Brandt y el jefe de residencia Heinrich Hermann. Mi texto sobre la asociación Hospital Infantil Alemán se encuentra reproducido casi literalmente en una tesis de fin de estudios, provisto de una escondida nota a pie de página con un expiatorio «véase también». En muchos casos, las autoras y autores se limitaron a cambiar las signaturas de archivo de documentos que figuran tanto en expedientes judiciales como en el Archivo Federal y que se pueden citar referidas a microfichas estadounidenses o como denominaciones de fondos antiguas (de antes de 1989) o nuevas.
He escrito breves correos electrónicos a algunos de los plagiadores, quince en total, para preguntarles por qué lo hacían. Uno de los aludidos respondió: «Su pregunta me sorprende un poco, ya que hablo esencialmente de sus explicaciones». De acuerdo, solo que nadie podía saberlo. Una colega opinó que yo no tenía ningún derecho de propiedad sobre las fuentes. Cierto. En cualquier caso, yo cito a esta autora tal como considero que hay que hacerlo. Algunos de los destinatarios de mi pregunta guardaron silencio. Otro, después dar una excusa ridícula, refunfuñó dándose ínfulas: «Y con esto doy por resuelta la cuestión por mi parte». Solamente uno se disculpó de inmediato y lamentó la situación (relativamente intrascendente). Por suerte, todavía hay gente con buenos modales. Se llama Wolfgang U. Eckart y es de Heidelberg. Por supuesto, hay autores que no copian las conclusiones de los demás ni las incorporan a sus textos con ligeros retoques. Como he comprobado tras mis lecturas para este libro, entre ellos están Michael Schwartz, Thomas Schilter, Petra Lutz y Heinz Faulstich.
Otro fenómeno no infrecuente merece una explicación de la mano de un ejemplo. Christoph Brass, actualmente funcionario del ministerio federal alemán de Educación e Investigación, escribió en 2004 una densa tesis doctoral, algo pesada pero no del todo mala, titulada Zwangssterilisierung und «Euthanasie» im Saarland («Esterilización forzada y “eutanasia” en el Sarre»), con la que llegó a una «conclusión fundamental»: durante los «llamados “traslados intermedios”», a los médicos de los establecimientos psiquiátricos se les «concedió un considerable margen de maniobra para valorar», y ello rebatía, según el autor, «la extendida idea de un control estrictamente centralizado del programa asesino». Con todos mis respetos, señor Brass, no le criticaré por pretender reinventar la rueda, pero le pido que lea mi ensayo de 1989 Die «Aktion T4» und die Stadt Berlin («La “Acción T4” y la ciudad de Berlín»), actualmente en las páginas 65 a 79 del presente libro. Allí lo encontrará todo sobre márgenes de maniobra de los directores de establecimiento psiquiátrico, ejemplificado con el caso del establecimiento intermedio de Neuruppin y apoyado en fuentes mucho mejores que las suyas. Pero, sobre todo, quizás debería haberse ahorrado una conclusión tan absurda. Usted sostiene que la capacidad de intervención de los directores de establecimiento los convirtió en «salvadores». Nada más lejos de la realidad. Lo único que querían estos directores era trasladar a las cámaras de gas a los «apropiados», es decir, a los pacientes no aptos para trabajar y particularmente molestos. Dentro de poco, los autores que argumentan como Brass propondrán honrar como libertadores a los médicos seleccionadores del andén de Auschwitz.
A veces tengo la sensación de que muchos investigadores alemanes de la historia contemporánea son víctimas de sus propias debilidades —reserva, falta de ideas, búsqueda constante de financiación y subvenciones para gastos de imprenta—. Estas actitudes me motivan a seguir el camino contrario. También por ello retomé, después de muchos años, el tema de los asesinatos por eutanasia. Con ello acaba felizmente para mí una larga historia. Después de todo, quizá no fue tan malo para mi libro, mis investigaciones posteriores y mi vida en general que la comisión principal de la DFG rechazara mi proyecto «de esclarecimiento de un tabú». Quién sabe.