Cerebros infantiles para una ciencia
excelente
UN «MATERIAL DEL COMITÉ DEL REICH» MUY BUSCADO Y APROVECHADO
Los médicos del Comité del Reich vincularon
las reformas estructurales y los progresos en pediatría al
asesinato de niños y niñas crónicamente perjudicados y a la
investigación agresiva. Para el segundo objetivo, cooperaron con
universidades e instituciones de prestigio. Los médicos que
asesinaron a niños discapacitados en Berlín-Wittenau colaboraron
estrechamente con la Unidad de Patologías del hospital Rudolf
Virchow, dirigido por Berthold Ostertag, y con la clínica infantil
universitaria de la Charité, presidida por Georg Bessau. Los
psiquiatras que asesinaron a niños en el establecimiento de
Leipzig-Dösen mantuvieron intercambios científicos con el Instituto
Emperador Guillermo de Investigación Cerebral de Berlín-Buch
(Kaiser-Wilhelm-Institut für Hirnforschung in Berlin-Buch) y con la
clínica infantil universitaria de Leipzig.186
Sus colegas de la unidad mortífera infantil
de Múnich-Haar cooperaron con la clínica infantil universitaria
local bajo la dirección de Alfred Wiskott y —al igual que los
médicos de las Unidades Especializadas de Pediatría de Ansbach y
Kaufbeuren— con el Instituto Alemán de Investigación Psiquiátrica
de Múnich (Deutschen Forschungsanstalt für Psychiatrie in
München).187
Esta institución de renombre —también era un
centro de la red de institutos Emperador Guillermo— creó su propia
unidad de anatomía patológica en Haar, que dirigieron los médicos
Hans Schleusing y Barbara Schmidt. La cátedra de Pediatría de la
Universidad de Viena (Franz Hamburger) mantuvo estrechas relaciones
con la Unidad Especializada de Pediatría Am Spiegelgrund de la
misma ciudad; la clínica infantil universitaria y la clínica
psiquiátrica de Heidelberg cooperaron en sus investigaciones con
los establecimientos mortíferos de Eichberg, Kalmenhof y Wiesloch;
el Instituto de Investigación Neurológica de Viktor von Weizsäcker
en Breslau compró asiduamente cerebros infantiles a la cercana
clínica psiquiátrica de Lubliniec.188
Hans Heinze, Werner Catel y Ernst Wentzler,
los expertos del Comité del Reich, se aseguraron para sus
investigaciones un derecho de acceso preferencial sobre los niños
condenados a muerte. «Le agradecería», escribió Hefelmann a
Wentzler en noviembre de 1942¸ «que usted y los otros dos expertos
anotaran en los pliegos de inspección los casos en los que Leipzig
y Görden estén interesados para poder asignárselos como
corresponda».189
Este escrito venía precedido de otro comunicado con el que Wentzler
había solicitado 12.000 marcos del Reich para proyectos
científicos. Dado que los trabajos de consolidación del Comité del
Reich ya habían concluido en su mayor parte —argumentaba Wentzler—
y «la verdadera tarea de esta organización se cumple con calma y
sin trabas, surgen, aparte del trabajo ya completado, nuevos y
grandes retos de orden científico».190
También en noviembre de 1942, Wentzler
informó de una reunión que había mantenido el 15 de noviembre de
1942 con los otros dos expertos, Heinze y Catel, en Leipzig, el
mismo lugar donde los tres habían discutido la metodología del
asesinato en masa: «El tratamiento de los niños con los distintos
fármacos ha arrojado resultados no del todo satisfactorios. Por
ello se ha propuesto consultar a un toxicólogo. A este respecto, se
ha citado el nombre del Dr. Weimann». El médico forense berlinés
Waldemar Weimann, famoso en su profesión después de la guerra,
debía desarrollar un método homicida que fuera, en lo posible,
discreto, eficaz y difícil de detectar.
Además, los expertos pensaron con qué
patólogos podrían colaborar. Denominaron «material del Comité del
Reich» a los cerebros de los niños cuya sentencia de muerte habían
firmado y Wentzler resumió: «A juicio de los expertos, el reparto
de patólogos para la evaluación del material del Comité del Reich
todavía no se ha solucionado satisfactoriamente. En particular,
sería deseable que el patólogo Dr. (Georg) Friedrich, que se
encuentra destinado en Berlín-Buch como médico militar y colabora
con el profesor Hallervorden, pasara a la reserva o se le
concediera un permiso para que pueda investigar el material del
Comité del Reich que recaiga en Leipzig, su ciudad natal. Sin
embargo, habría que hablarlo con el profesor Hallervorden y, si es
posible, ofrecerle alguna indemnización. La cuestión de los
patólogos es poco oportuna en las unidades de las regiones del
oeste de Alemania (informe del Dr. Heinze). Por ello, se consultará
y propondrá si el patólogo (Hans-Joachim) Rauch también podría
tratar el material en otros establecimientos del oeste alemán».
Poco después, Georg Friedrich se trasladó a Leipzig-Dösen y
escribió lo siguiente a su superior militar: «El Sr. Brack se ha
declarado conforme con el levantamiento de la obligación de
confidencialidad para con usted, distinguido Sr. Médico Jefe del
Estado Mayor» y «le gustaría conocerle cuando lo considere
oportuno».191
Sobre la pregunta de Hefelmann acerca de qué
temas deseaban investigar los tres expertos, Wentzler comunicó que
Heinze trataría «aquellos casos relacionados con formas de idiocia
en las que no se pueda determinar el correspondiente diagnóstico
orgánico». Además, le interesaba «especialmente el mongolismo». Por
su parte, Catel tenía la intención de «dedicarse principalmente a
las patologías de los ganglios basales (procesos
hereditario-degenerativos) y las formaciones fisurales del cráneo y
la columna vertebral (paladar fisurado, labio leporino, espina
bífida, meningocele, miolocele, etc.)». Asimismo abordaría
«experimentalmente la cuestión de la poliomelitis en relación con
su transmisión y tratamiento en el marco del Comité del Reich».
Para ello pidió un ayudante, el pediatra Fritz Kühnke, y, por lo
demás, que se tomara «una decisión fundamental en la cuestión de la
investigación de la poliomelitis». A mi parecer, con esta frase
formulada a medias, los expertos pedían que se incluyera en el
procedimiento mortífero del Comité del Reich también a aquellos
niños y adolescentes que estuvieran afectados por las epidemias de
polio que, por aquel entonces, todavía eran frecuentes. Hefelmann
respondió al momento: «Como ya comentamos verbalmente, le pido que
ponga en marcha la investigación de la poliomelitis. A este
respecto, no parece necesaria la autorización de ninguna otra
instancia».192
Tras la reunión de los expertos, Fritz
Kühnke fue enviado efectivamente a Leipzig para servir a las
órdenes de Catel en el marco del proyecto del Comité del Reich para
la investigación de la poliomelitis. Kühnke había estudiado con
Wiskott en Múnich y asesinado a una cuarentena de niños cuando era
médico ayudante en la clínica infantil de Egelfing-Haar y
Heidelberg-Wieslich. Una familia con la que me une una estrecha
amistad lo tuvo de pediatra de sus hijos, así que, en enero de
1985, le pedí hora. En aquella época él acababa de firmar el
manifiesto «Los médicos advierten del peligro mortal nuclear». Era
un profesional verdaderamente agradable que, además, se había
especializado en psicoterapia infantil. Sentado en el sillón de su
consulta, me explicó su versión de los hechos. Me dijo que al
principio no sabía por qué lo habían trasladado a Leipzig en 1942,
pero que su colaboración con el Comité del Reich terminó a raíz de
una circunstancia familiar. Su primer hijo, una niña, había venido
al mundo en 1942 con una fisura de médula espinal. Kühnke y su
esposa presentaron a la niña a los compañeros de profesión
Hans-Christoph Hempel y Catel, ambos empleados en el Comité del
Reich, y estos les dijeron: «Mientras esta niña viva, no seréis
felices». Entonces le pregunté por qué había matado a niños en el
pasado. Fritz Kühnke no supo qué contestar a esta sencilla
pregunta. Guardó silencio.193
Al final de su informe, Wentzler dijo que,
«en beneficio de un aprovechamiento completo, (...) los niños del
Comité del Reich todavía son útiles en otras dos áreas científicas.
Por un lado, nos permitirían comprobar la eficacia de la vacuna
contra la escarlatina (Dr. Heinze) y, por otro, estarían
disponibles para tratar el importantísimo problema de la
inmunización tuberculosa (Bessau-Hefter)».194
Con el fin de intensificar la investigación en niños
discapacitados, los expertos sugirieron que «en la primera mitad
del mes de abril de 1943 se celebre un congreso de tres días, por
ejemplo, para los médicos que trabajan en el Comité del Reich y que
tendría un carácter informativo y educativo». Después de exponer su
plan de trabajo —y como casi todo científico que se precie— los
tres expertos pidieron dinero. Wentzler presumió de que las
cuestiones financieras ya las había «tratado (...) en entrevista
personal» con el mismísimo «Reichsleiter
(Bouhler) el día 15 del presente mes» y que había «perspectivas de
movilizar, a través del Ministerio de Interior (Dr. Linden), los
fondos necesarios para la labor investigadora».195
El documento citado aquí no es más que una
ínfima parte, hoy todavía accesible, de las perversas
investigaciones realizadas en niños y niñas discapacitados. Catel,
Heinze y Bessau —y, con seguridad, otros muchos profesores
universitarios— asignaron trabajos académicos para «aprovechar el
material del Comité del Reich». A continuación detallo algunos
ejemplos con los que me he topado casualmente: Karl Heinz Pospiech,
«Diagnósticos encefalográficos y anatómicos en la agenesia
congénita del cuerpo calloso y en la ampliación del Cavum septi
pellucidi», tesis doctoral de Medicina del establecimiento regional
de Brandeburgo-Görden, Berlín, enero de 1942; Arnold Asmussen,
«Contribuciones caracterológicas al problema de la adopción», tesis
doctoral de Medicina del establecimiento regional de
Brandeburgo-Görden, Kiel, septiembre de 1943; Werner-Joachim Eicke,
«Alteraciones vasculares en la meningitis y su importancia para la
patogénesis de lesiones cerebrales en la primera infancia», tesis
de capacitación de la Unidad de Histopatología del Instituto
Emperador Guillermo de Investigación Cerebral, Berlín, 1944;
Josefine Bassek, «Contribuciones a la terapia radiográfica de la
hidrocefalia crónica», tesis doctoral de Medicina de la clínica
infantil universitaria de Leipzig, diciembre de 1945; Eva Böhlau,
«Tres casos de síndrome de Pfaundler-Hurler», tesis doctoral de
Medicina de la clínica infantil universitaria de Leipzig, 1945. Las
universidades alemanas nunca cuestionaron los títulos académicos
obtenidos con estos trabajos y, en no pocos casos, los concedieron
después de la segunda guerra mundial.
La historia de una muchacha llamada Heidi
Grube nos servirá para ilustrar cómo se llevaban a cabo estas
investigaciones. Heidi era una de las 298 niñas y mujeres que el 17
de agosto de 1943, pocos días después del gran ataque aéreo a
Hamburgo, fueron trasladadas de los establecimientos de Alsterdorf
y Langenhorn al establecimiento mortífero Am Steinhof, en Viena.
Hasta 1945 murieron 257 de las deportadas.196
Heidi Grube pertenecía al grupo de doce niñas que, tras su llegada
al establecimiento asistencial juvenil Am Spiegelgrund, fundado en
1940, fueron trasladadas al mismo recinto. Esta clínica
psiquiátrica infantil y juvenil se parecía a la de Breslau y
disponía también de una «unidad de lactantes y niños de corta edad»
en la que, por orden del Comité del Reich, fueron asesinados niños
y niñas. Las doce chicas del transporte procedente de Hamburgo
murieron en el transcurso de pocos meses (junto a cada nombre
aparecen las fechas de nacimiento, admisión y muerte):
Helga Nieber
|
26-12-1931 | 20-09-1943 |
11-11-1943
|
Mera Becker
|
07-05-1935 | 24-09-1943 |
03-12-1943
|
Edith Thies
|
03-11-1931 | 25-09-1943 |
21-12-1943
|
Heidi Grube
|
19-01-1934 | 24-09-1943 |
29-11-1943
|
Lieselotte Brande
|
12-07-1936 | 24-09-1943 |
01-01-1944
|
Margor Fischbeck
|
17-07-1935 | 24-09-1943 |
??-11-1943
|
Christel Zobel
|
27-01-1939 | 25-09-1943 |
06-01-1944
|
Irmgard Harder
|
14-04-1933 | 24-09-1943 |
13-11-1943
|
Marión Eisenach
|
10-08-1933 | 24-09-1943 |
06-12-1943
|
Friedel Franke
|
03-09-1934 | 24-09-1943 |
16-12-1943
|
Ursula Grabbe
|
07-11-1939 | 14-09-1944 |
30-09-1944
|
Lieselotte Kroger-Reck
|
15-08-1937 | 25-09-1943 |
02-11-1943
|
Diez años después del final del
nacionalsocialismo, los asesinos publicaron un artículo en la
revista médica Virchows Archiv (volumen
327 [1955], páginas 577 a 589). El artículo incluye en el título la
reseña «De la unidad de Anatomía patológica del establecimiento de
curación y cuidados “Am Steinhof ” de la ciudad de Viena» y
presenta un «diagnóstico clínico-anatómico de gigantismo cerebral
unilateral (hemimegaloencefalía)». El texto describe el cerebro
diseccionado de la niña Heidi G., deportada de Hamburgo a Viena. En
el apartado «Evolución» este ensayo, redactado en 1955, se puede
leer lo siguiente: «Durante la estancia de dos meses en el
establecimiento (en Viena) se observó un ataque epiléptico típico
con espasmos bilaterales iguales y pérdida de conocimiento. La
muerte se produjo a la edad de casi diez años como consecuencia de
una neumonía».
Diez años después de la muerte violenta de
Heidi Grube, su cerebro mantenido en conserva y custodiado en la
colección de anatomía de la clínica psiquiátrica Am Steinhof fue
investigado con más detalle. A pesar de que, «desgraciadamente, los
fragmentos de órgano preparados para el examen histológico» habían
«desaparecido», bastaron los resultados para publicar un artículo
en una prestigiosa revista especializada. Los autores se llamaban
Heinrich Gross y Barbara Uiberrak. Gross fue uno de los cuatro
médicos que, antes de 1945, emitieron diagnósticos clínicos,
primero, y administraron inyecciones letales, después, en el
establecimiento Am Steinhof. Uiberrak diseccionó por aquel entonces
781 cadáveres de niños procedentes de la unidad sin determinar
ninguna causa de muerte no natural. Como durante la guerra había
poco tiempo para realizar trabajos de investigación pura, Uiberrak
conservó algunas muestras de tejido para analizarlas
posteriormente, entre ellas, el cerebro de Heidi Grube. En 1955, un
asesino y su ayudante perfectamente informada del asesinato
presentaron una conclusión de sus acciones lamentándose
hipócritamente de que nunca pudieron realizar un examen anatómico
de anomalías cerebrales raras y disponer simultáneamente de
diagnósticos clínicos precisos.
Por lo visto, a finales de 1941 ya
intentaron trasladar a Heidi Grube a «otro establecimiento», lo que
llevó a su padre a interceder con la dirección del psiquiátrico de
Alsterdorf: «Le ruego encarecidamente que utilice todas sus
influencias para impedir que Heidi abandone su establecimiento.
(...) Para mí, que soy un soldado destinado en el frente, es muy
tranquilizador saber que mi hija está en buenas manos. Si la
trasladan, dejaría de tener esta sensación».197
Tres días antes, el padre había visitado a
su hija durante un permiso. Además, la abuela y la tía de Heidi
Grube en Hamburgo también se ocupaban regularmente de la
joven.
En el momento de su traslado de Hamburgo a
Viena en agosto de 1943, Heidi tenía nueve años, pesaba 29, 6
kilos, tenía el pelo castaño y medía 1, 34 metros de estatura. Los
médicos de admisión le diagnosticaron un cráneo «torcido», un
rostro «pronunciadamente asimétrico» y una lengua también
asimétrica debidos a una malformación y, sobre su estado mental,
opinaron que «se encuentra aparentemente bien». Según los
facultativos, Heidi Grube era «apacible», podía decir su nombre y
señalar distintas partes del cuerpo. A finales de 1942, la
descripción había sido la siguiente: «La paciente es una niña
tranquila, se entretiene con juegos de construcción y libros de
dibujos, etc. (...) Habla de todo y le gusta cantar. No sabe
vestirse y se mueve con inseguridad. Come sola, pero por lo demás
necesita ayuda. Va sola al lavabo».
El 29 de noviembre de 1943, la médica de 29
años Marianne Türk asesinó a la niña Heidi Grube. Erna, la madre,
no lo supo hasta el 12 de enero de 1944, cuando le devolvieron el
paquete que había enviado a su hija por navidad, acompañado de una
nota en la que ponía «fallecida». Erna Grube mandó un telegrama
inmediatamente: «¿Cuándo se apagó la vida de mi hija Heidi? ¿Por
qué no han avisado a su madre hasta ahora? Ruego respuesta
inmediata». Cuatro días después, al no recibir ninguna respuesta,
escribió al establecimiento psiquiátrico, informó del paquete
devuelto y añadió: «No se imaginan lo que supone esto para una
madre. Les pido que me digan cuándo y de qué murió mi hija. ¿Se
debió a su estado general o pasó algo más? ¿Cómo y dónde ha sido
enterrada? ¿Existe alguna posibilidad de que me envíen los restos
mortales, quizás las cenizas? A causa de nuestros otros dos hijos,
que están sanos, no hemos podido tener a Heidi en casa, pero
siempre hemos tenido la firme intención de dejarla morir con su
familia cuando le llegara la hora y adornar su tumba con las flores
de colores que tanto le gustaban. Cada dos domingos íbamos alguien
de la familia a visitarla a Alsterdorf y preguntábamos sobre su
estado de salud».198
La colaboración que existió entre el
Instituto Emperador Guillermo (Kaiser-Wilhelm-Institut, KWI) de
Investigación Cerebral de Berlín-Buch y el establecimiento
psiquiátrico de Brandeburgo-Görden merece una explicación más
detallada. En el año 1937, Hugo Spatz, director del KWI, pidió a
Julius Hallervorden que se trasladara a Buch para ocupar el puesto
de jefe del departamento de Histopatología cerebral. Hasta
entonces, Hallervorden había trabajado para Heinze como patólogo y
jefe médico en Brandeburgo-Görden. Tras su cambio de puesto,
conservó la Unidad de Anatomía Patológica y la denominó en lo
sucesivo Agencia del KWI de Investigación Cerebral. Asimismo, la
Sociedad Emperador Guillermo concedió en 1939 a Heinze, director de
establecimiento Brandeburgo-Görden, el insólito honor de ocupar un
sillón en el consejo de administración de su Instituto de
Investigación Cerebral; simultáneamente, Max de Crinis, el oscuro
personaje de la Acción T4, ingresaba en el mismo consejo.
LA SOCIEDAD MAX PLANCK Y HALLERVORDEN
Desde finales de 1942 se asignaron al
mismísimo Instituto Emperador Guillermo de Investigación Cerebral
niños que el Comité del Reich había sentenciado a muerte. El 21 de
noviembre de ese año, Wentzler informó a la cancillería del
Führer de lo siguiente: «Ayer, la
señorita Dra. Soeken me comunicó personalmente su disposición a
colaborar con el Comité del Reich y mañana vendrá para mantener una
extensa reunión informativa conmigo».199
Gertrud Soeken era jefe médico del Instituto de Investigación
Cerebral. En 1953, el director Spatz rememoró la actividad de esta
doctora: «Por fin, el Instituto dispondría de una clínica propia
(dirigida por G. Soeken) destinada a cuidar y examinar enfermos con
trastornos de la motricidad automática».200
La propia Soeken informó de su labor a Oskar Vogt, el predecesor de
Spatz en el cargo, a finales de 1942: «No me faltarán enfermos, ya
que el Comité del Reich ha requerido mi colaboración para trabajar
en el estudio científico de enfermedades hereditarias graves y me
ha asignado casos. He propuesto que me asignen principalmente
enfermedades neurológicas y espero, a pesar de la guerra, ver
impulsada mi labor».201
Hallervorden participó con especial ahínco
en este tipo de ciencia y llegó a acumular cientos de cerebros de
enfermos asesinados, principalmente niños. También pidió que le
reservaran los cerebros de personas todavía vivas, siempre que
estas despertaran su interés científico. En julio de 1945 enseñó a
Leo Alexander, un oficial investigador de las fuerzas armadas
estadounidenses, la impresionante colección que tenía en Dillenburg
(Hesse). El Führer había ordenado
almacenarla allí en 1944 por su valor científico y Hallervorden se
mostró entusiasmado con la visita del norteamericano, quien, al fin
y al cabo, había nacido en Frankfurt y cursado parte de sus
estudios en el KWI de Investigación Cerebral antes de emigrar en
1933. Con actitud poco escrupulosa, relajada e informal, y no sin
ocultar su orgullo, Hallervorden explicó al oficial cómo había
conseguido reunir una colección tan bella —para él— y cómo se había
urdido la colaboración de la Sociedad Emperador Guillermo con los
asesinatos por eutanasia. Alexander constató que la iniciativa de
colaboración había salido de Hallervorden, cuya declaración
reprodujo el estadounidense, palabra por palabra, en un
informe:
«Oí algo así como que tenían que hacerlo,
así que me dirigí a ellos y les dije: “Pero hombre, si los matáis a
todos, por lo menos quitadles el cerebro para poder aprovechar el
material”. Entonces preguntaron: “¿Cuántos puede examinar?”. Y les
dije: “Una cantidad ilimitada, cuantos más, mejor”. Entonces les
proporcioné el agente fijador y las cajas y nos los enviaron, como
un transporte de mudanzas. Fue increíble. Recibí esos cerebros. De
dónde venían, eso no era asunto mío. Había hermosas muestras de
malformaciones de deficientes mentales y patologías
infantiles.»202 Hallervorden confundió el interrogatorio
de Leo Alexander por una conversación entre colegas de profesión y,
sabiendo que lo que decía no era cierto, fingió ser un simple
coleccionista pasivo.
A los pocos años, la colección fue a parar
al refundado Instituto Max Planck (ex Instituto Emperador
Guillermo) de Investigación Cerebral de Giessen y, posteriormente,
a Frankfurt. Hallervorden, Spatz y otros siguieron trabajando en
sus proyectos de la época nacionalsocialista como colaboradores
científicos de la Sociedad Max Planck. Tras la muerte de
Hallervorden en 1965, el Instituto Max Planck cedió la colección al
Instituto Edinger de la Universidad de Frankfurt, situado en la
planta baja del mismo edificio. A principios de la década de 1970,
la siguiente generación de investigadores del cerebro mandó
adquirir armarios ignífugos para que el tesoro acumulado por
Hallervorden y Spatz —150.000 secciones cerebrales y 3.000
macroespecímenes— no sufriera ningún daño.
Cuando pedí ver la colección en 1983, el
entonces director me respondió que «nadie se ha hecho cargo de
ningún cerebro, espécimen ni escrito del señor profesor
Hallervorden relacionado con la acción “eutanásica”». En una
segunda carta insistí en mi sospecha de la existencia de tales
objetos y aporté pruebas adicionales. Esta vez me respondió la
administración general de la Sociedad Max Planck de Múnich a través
de su departamento jurídico: no se me permitía consultar nada «en
virtud del artículo 203 del Código penal. (...) Cordialmente,
Kalb». El artículo aducido versa sobre el secreto profesional en
distintos colectivos; en el caso de los médicos, dicho secreto se
basa en la relación de confianza especial que se establece entre
paciente y médico. El señor Kalb me explicó que, «teniendo en
cuenta precisamente su interés científico concreto», tampoco se
daba ninguna «supuesta conformidad por parte de los fallecidos» a
la que tanto recurren los médicos investigadores. Por consiguiente,
los señores de la administración general de la Sociedad Max Planck
ya no negaban a los cuatro vientos que en uno de sus institutos se
guardaran cerebros y especímenes cerebrales de las víctimas de los
asesinatos. Sin embargo, sostenían que no era de interés «de los
fallecidos» esclarecer su muerte violenta y posterior
aprovechamiento científico no consentido de uno de sus órganos. A
principios de la década de 1980, cartas de respuesta como esta
fueron corrientes en muchas partes de Alemania.
El señor Kalb de la Sociedad Max Planck
hablaba de relación de confianza entre médico y paciente incluso
cuando el médico se había convertido en asesino y científicos como
Hallervorden y Spatz —que después de 1949 continuaron trabajando y
recibiendo los honores de la Sociedad Max Planck— habían mandado
asesinar a seres humanos para realizar sus investigaciones. Tras un
último toma y daca, el presidente de la Sociedad Max Planck para el
Fomento de las Ciencias cedió. El motivo fue una intervención de
Spiros Simitis, comisario para la Protección de Datos del
Land de Hesse. Yo le había expuesto el
problema y él amenazó a la institución: si la Sociedad Max Planck
no permitía realizar ninguna investigación histórica de sus
colecciones científicas, estaba negando también la base jurídica
para la utilización científica de las mismas, porque, según
Simitis, las preguntas científicamente fundamentadas de disciplinas
distintas eran jurídicamente equivalentes.
A mediados de 1984 pude hojear las partes
escritas de la colección de Hallervorden que me interesaban. Los
informes clínicos estaban parcialmente purgados y los más
interesantes habían sido escondidos, por ejemplo, en un pasillo,
detrás de unos revestimientos de madera que yo mismo tuve que
desatornillar. Wolf Singer, entonces recién nombrado director del
departamento de Neurofisiología del Instituto Max Planck, me dijo
con tono quejumbroso: «Nunca sabes lo que puedes encontrar en un
sótano». Apenas tuve los informes en la mano, encontré cientos de
documentos que, por la numeración, tipo de sección cerebral
descrita y lugar y fecha de defunción se correspondían directamente
con las acciones mortíferas sobradamente conocidas. Además, vi una
colección de especímenes de cerebros de suicidas de la Luftwaffe
recopilados por Hugo Spatz, el superior de Hallervorden. La
hipótesis de trabajo con la que Spatz examinó los cerebros de estos
soldados que se quitaron la vida desesperadamente a causa de la
guerra debió de ser: «¡Qué anormales, las circunvoluciones de los
cerebros de estos gallinas!».
En una carpeta llamada «Secciones 1941,
1-60» encontré una cantidad mayor de epicrisis —historiales
clínicos breves— correspondientes a niños y adolescentes del
establecimiento psiquiátrico de Brandeburgo-Görden que murieron
asesinados el 28 de octubre de 1940. El encargado de realizar la
autopsia fue Julius Hallervorden, quien se desplazó expresamente
para ello. Cito en primer lugar los nombres de estos chicos y
chicas, junto con su fecha y lugar de nacimiento:
Anneliese Rotzoll, 13-4-1926, Dabe
Werner Zimmermann, 6-12-1923, Branitz
Günter Dietrich, 29-7-1929, Eberswalde
Heinz Böhm, 29-6-1927, Berlín
Heinz Piescher, «diez años»203
Hubert (o Herbert) Falkenberg, 11-9-1931,
Kagel
Irmgard Dörr, 27-1-1924, Berlín
Willi Venz, 19-4-1924, Potsdam
Günter Schiemann, 30-5-1928, Neuzelle
Ursula Krabbe, 7-3-1924, Berlín
Wolfgang Fengler, 1-1-1930, Frankfurt (del
Oder)
Dora Zech, 6-7-1924, Forst
Elisabeth Jarosch, 9-11-1925
Marie Kretschmer, 27-1-1922
Werner Przadka, 24-8-1927
Willi (Wilhelm) Schemel, 24-10-1924,
Belzig
Margarete Korioth, 21-6-1927,
Rendsburg
Henry Herzog, 1-1-1923, Berlín
Erika Höhne, 26-6-1928,
Berlín-Neukölln
Bertha Handrich, 17-10-1930, Berlín
Herbert Schade, 15-5-1922,
Berlín-Neukölln
Willi Bading, 2-6-1924, Kleinkreuz
Horst Friedrich, 25-1-1931, Nowawes
Renate Wringe, 2-3-1923,
Treuenbrietzen
Hellmut Lesniewski, 13-8-1929
Vera Böhlke, 19-9-1926, Berlín
Werner Böttger, 15-2-1925, Potsdam
Günther Nitschke, 18-9-1933,
Berlín-Neukölln
Hans Löskow, 28-8-1928, Augustfelde
Inge Harbrecht, 9-9-1933, Chemnitz
Siegfried Gaida, 12-9-1931, Buchholz,
distrito de Lebus
Rolf Otto Pfunfke, 12-7-1928, Brielow
Siegfried Pfunfke, (?)
Hildegard Eckert, 27-11-1923
Emmy (Emma) Kunz, 12-5-1923, Silberberg,
distrito de Beskow-Storkow
Se han conservado los informes médicos de
algunos de los niños y jóvenes asesinados, como Rolf Pfunfke. Rolf
padecía una paraplejia espástica de las piernas y trastornos
motrices atetósicos que también le afectaban a la lengua; sus
padres lo entregaron al establecimiento en septiembre de 1932. En
1935, el oficial médico de Brandeburgo intentó que sometieran a la
madre de Rolf a una esterilización forzada, pero el Tribunal de
Salud Hereditaria de Potsdam, primero, y el Tribunal Superior de
Salud Hereditaria de Berlín, después, rechazaron la petición del
facultativo. En el informe de evolución del 15 de octubre de 1940,
que ya se redactó con la vista puesta en el asesinato planificado,
consta lo siguiente: «Ahora, Rolf puede susurrar algunas palabras
mal articuladas con voz baja y apagada. Sus escasas expresiones
tienen sentido y se refieren a acontecimientos primitivos que
afectan a su propia persona. Ha interpretado pequeños procesos en
su entorno, pero no ha aprendido nada nuevo. En cuanto al carácter,
destacan las buenas y apacibles habilidades sociales de Rolf. Es
afectuoso, cariñoso y agradecido. Rolf es sensible y le gusta que
le hagan caso. Su estado anímico es de despreocupación y alegría
infantil».204 En el capítulo «Últimos signos de vida
infantil» doy cuenta de los partes médicos de siete chicos y chicas
obligados a morir el 28 de octubre de 1940 en la cámara de gas de
Brandeburgo: Irmgard Dörr, Willi Venz, Bertha Handrich, Hellmut
Lesniewski, Renate Wringe, Margarete Korioth y Günter
Dietrich.
Los asesinados no estaban «intelectualmente
muertos» —motivo que utilizarían después los asesinos como excusa—,
sino que eran niños y jóvenes que, en parte, habían ido a las
clases de la Hilfsschule del
establecimiento psiquiátrico de Brandeburgo-Görden. Murieron porque
eran «deficientes», es decir, porque no eran completamente capaces
de expresarse, porque se habían quedado, unos más que otros,
psíquicamente rezagados o porque sufrían ataques epilépticos. Estas
formas leves de trastorno del desarrollo mental eran las que debían
someterse a investigación utilizando el «material» obtenido por
vías homicidas y en el marco de un proyecto científico
metódicamente fundamentado. Los niños y jóvenes, en tanto que
objetos científicos, eran sometidos a un nuevo examen clínico y
psicológico profundo antes de su muerte ya programada. Los médicos
les practicaban punciones en la médula espinal, les llenaban de
aire los ventrículos cerebrales y les inyectaban sustancias de
contraste en la arteria carótida común para obtener radiografías
con un nivel de contraste perfecto; los psicólogos los sometían a
tests y determinaban sus cocientes de inteligencia; las ayudantes
de laboratorio analizaban la sangre y el metabolismo. Todos estos
profesionales conocían el objetivo, juntos actualizaban la
documentación de los enfermos y juntos ordenaban el traslado de los
examinados a la cámara de gas más cercana.
Hallervorden investigaba entonces las causas
de la demencia congénita y la diferencia existente entre la
epilepsia traumática y la genuina o hereditaria, tal como se solía
denominar en la terminología de la época. A estos estudios se
añadió un campo especialmente interesante para Heinze: la
anormalidad. Para las tres áreas de investigación había que
descubrir, investigando la anatomía del cerebro, si las
desviaciones de la norma externamente visibles se traducían, micro
o macroscópicamente, en defectos recurrentes en el cerebro.
El 28 de octubre de 1940, el «médico
ejecutor» responsable de la cámara de gas de la cárcel de
Brandeburgo era Heinrich Bunke. Veintidós años después describió
los hechos de aquella masacre científicamente motivada: «En
Brandeburgo también fueron gaseados niños con edades comprendidas
entre ocho y doce años, incluso hasta catorce. Eran niños que el
profesor Heinze —no recuerdo del todo si directamente o a través de
un establecimiento intermedio— había hecho trasladar desde Görden.
En la época de mi actividad en Brandeburgo pudieron haber sido unos
cien niños. (...) En cada caso se incluían exploraciones detalladas
y resúmenes de los historiales clínicos». En otro momento de su
declaración, Bunke obvió los asesinatos ejecutados por él y
describió lo que hacían después con los muertos. «El profesor
Hallervorden de Berlín (histólogo en el Instituto Emperador
Guillermo) diseccionaba una parte de los cadáveres infantiles y se
los llevaba para su evaluación científica. Supongo que lo hacían en
virtud de algún acuerdo con el profesor Heinze».205
En esa época, Hallervorden también estaba en
Brandeburgo, motivo por el cual Bunke lo conoció más de cerca. A
principios de verano de 1941, Bunke participó en un curso de
disección de cuatro semanas impartido en el Instituto de
Investigación Cerebral de Berlín-Buch y destinado a la extracción
de los cerebros de pacientes gaseados en el establecimiento de
Bernburg. Bunke suponía que estos cerebros «eran de interés en
Buch». Durante el breve periodo de aprendizaje vivió en casa del
director Hugo Spatz. En los documentos relativos a las disecciones
practicadas en 1940 y 1941 hay una gran cantidad de descripciones
de extracciones cerebrales. Todas ellas guardan una misma
estructura y se refieren a extracciones en los establecimientos
mortíferos de Brandeburgo y Bernburg. Los escuetos pliegos de
diagnóstico están escritos en su gran mayoría con la misma máquina
de escribir y tienen dos números en la parte superior: un «Be Nr.»
a la izquierda y un «Z Nr.» a la derecha.. Se trata de los
indicadores de la muerte violenta en el marco de la Acción T4. El
«Z Nr.» (zentrale Nummer) era el número
central con el que se registraba a todos los pacientes inscritos en
la T4. El «Be Nr.» (Beurkundungsnummer)
era el número de serie de la certificación de defunción.206
En la mayoría de protocolos de disección no aparece el día de la
muerte, pero sí se indica el tiempo transcurrido entre la defunción
y la autopsia. Como máximo ascendía a cuatro horas, pero la mayoría
de las veces era claramente menos. Bunke dictaba el breve texto
adjunto y, a continuación, enviaba los cerebros extraídos a
Berlín-Buch.
A modo de ejemplo, reproducimos a
continuación el primer informe que leí en 1984: «Be Nr. 23.828, Z
Nr. 55.150. Nombre: Kothe, Arthur; nacido el 11-6-1912 en Berlín.
Disección a las 2 horas. Diagnóstico: demencia. Altura: 1, 52 m.
Complexión: delgada. Estructura ósea: fina. Perímetro craneal: 55
cm. Diámetro longitudinal: 17, 5 cm. Diámetro transversal: 14 cm.
Peso cerebral:—. Espécimen: cerebro. Diagnóstico macroscópico:
cerebro llamativamente pequeño y blando; pieles blandas sin
diagnóstico. El hemisferio izquierdo está más desarrollado que el
derecho. En la zona parietal derecha aparecen cambios en la
estructura de las circunvoluciones que recuerdan micropliegues.
Nada destacable a nivel macroscópico junto a la base y el cerebelo.
Al separar los pedúnculos cerebrales, el derecho se rompe y el
izquierdo se desgarra. Anamnesis breve: no consta anamnesis
familiar. Paciente entregado a cuidado residencial en 1929.
Descrito como idiota completamente apático que no reacciona a las
amenazas ni a los ruidos fuertes. No emite expresiones
lingüísticas, solamente sonidos animales momentáneos. Parálisis
espástica en el lado izquierdo. Rigidez pronunciada de la
musculatura del brazo izquierdo. Rigidez leve de la pierna
izquierda. Reflejos tendinosos en aumento a ambos lados. Los
episodios de parálisis del lado izquierdo pueden ser las secuelas
de una poliomelitis previamente superada».207
Arthur Kothe fue dado de alta en
Berlín-Wittenau y, según el informe médico, «trasladado al
establecimiento psiquiátrico regional de Neuruppin» —o lo que es lo
mismo, enviado a morir allí— «el 7 de mayo de 1941». El 7 de julio
fue trasladado de Neuruppin «a otro establecimiento»,
concretamente, a Bernburg, donde murió el mismo día en la cámara de
gas.208
En 1944, Hallervorden confirmó en una carta dirigida a Paul Nitsche
la recepción de varios centenares de cerebros con la ayuda de la
Acción T4. En la despedida no firmó ni siquiera con un Heil Hitler, sino con «un saludo afectuoso». En el
escrito se puede leer lo siguiente: «En total recibí 697 cerebros,
incluidos los que yo mismo extraje en Brandeburgo. También cuento
los de Dösen. Una parte considerable de ellos ya está analizada,
pero todavía tengo que decidir si haré un examen histológico más
preciso de todos ellos».209
Detrás de la gran cantidad de especímenes
recopilados por Hallervorden había personas vivas que fueron
asesinadas por encargo para asegurar a los investigadores una base
de estudio suficientemente amplia. De todas ellas, tomaré como
ejemplo a los tres hermanos K. Alfred murió el 6 de febrero de 1942
a la edad de siete años de una «infección febril griposa»; doce
días después falleció su hermano Günther, de tres años, de una
«bronconeumonía». Entonces todavía no había nacido Herbert, el
tercer hermano, que murió el 25 de abril de 1944 de una «neumonía
en el lóbulo inferior derecho» a los 15 meses de edad. Los tres
hermanos fallecieron de la misma enfermedad, obviamente
hereditaria, consistente en un deterioro de las fibras medulares
que causa la muerte al cabo de unos años. Es posible que el mayor
de los hermanos K. falleciera de muerte natural o, en cualquier
caso, hubiera tardado poco en morir. Según la autopsia, la
enfermedad en su caso estaba en un estado muy avanzado. En el
informe de exploración de su hermano cuatro años menor, seguramente
asesinado, consta que «la desmielinización no se encuentra tan
avanzada». Como este resultado era muy similar al de su hermano
mayor, el diagnóstico comparativo no reveló ningún indicio
importante que pudiera explicar el desarrollo de la enfermedad.
Para dar con las primeras pistas, fue necesario que el menor de los
hermanos naciera y fuera asesinado a los quince meses: «Los
especímenes de Herbert K., el hermano más joven, son mucho más
concluyentes. Un corte por congelación según Spielmayer a través de
los ganglios basales permite que las fibras medulares queden más
marcadas, si bien algo debilitadas...». En 1983 constaté que los
informes de estos tres hermanos seguían teniendo un uso científico
en la actualidad: el Instituto ofreció los informes y especímenes
para una investigación en 1954 y la persona que los usó por última
vez fue el profesor Hasuda, de Japón.210
Todavía en 1973, la Sociedad Max Planck,
representada por el profesor Adolf Butenandt, consiguió que a un
periodista de Múnich se le prohibiera afirmar que los institutos de
la antigua Sociedad Emperador Guillermo habían realizado
investigaciones sobre el cerebro humano en el marco de la eutanasia
del gobierno nacionalsocialista. La Sociedad declaró que se sentía
«ofendida» por semejante calumnia.211
Como investigador, Julius Hallervorden
aprovechó la oportunidad que tuvo delante y, al hacerlo, contribuyó
a dar sentido científico al asesinato de diez mil personas. Socavó
fundamentos morales y contravino normas jurídicas porque ansiaba el
conocimiento científico a toda costa y quería dilucidar las causas
de determinados estados patológicos. Científicos resueltos e
inconscientes como él trabajaron en muchas universidades, clínicas
e institutos de investigación alemanes de la época y generaron un
extraño clima de indiferencia moral. En el libro Los alemanes y yo, publicado en 1961, el periodista
británico Sefton Delmer describió cómo, en septiembre de 1946, un
celador anciano le condujo por la «penumbra de olor avinagrado» de
los sótanos de la Charité berlinesa hasta dos enormes tinas de
madera repletas de cabezas humanas procedentes de las instalaciones
ejecutoras de Plötzensee. «¡Sí, señor!», exclamó el guía. «Aunque
Hitler y Himmler lleven tiempo muertos y su Tercer Reich no sea más
que un mal recuerdo, los estudiantes y profesores siguen
practicando la típica costumbre nacionalsocialista de aprovechar lo
inútil. Y lo hacen con los restos mortales de seres humanos que
deberíamos considerar héroes y mártires.» Nadie, exceptuando a este
hombre, un viejo socialdemócrata, se había escandalizado antes por
ello.212
Tuvieron que pasar 45 años para que, en
1990, tras la publicación de distintos trabajos en Alemania y la
posterior e irrefutable presión internacional, principalmente
estadounidense, para que las elites de la ex Sociedad Emperador
Guillermo y actual Sociedad Max Planck se dignaran a reaccionar
tardíamente y trasladaran la documentación escrita de las
colecciones de Hallervorden y Spatz al archivo histórico de la
Sociedad y dieran sepultura a los especímenes en el cementerio
muniqués de Waldfriedhof.