Cerebros infantiles para una ciencia excelente

 

 

UN «MATERIAL DEL COMITÉ DEL REICH» MUY BUSCADO Y APROVECHADO

 

Los médicos del Comité del Reich vincularon las reformas estructurales y los progresos en pediatría al asesinato de niños y niñas crónicamente perjudicados y a la investigación agresiva. Para el segundo objetivo, cooperaron con universidades e instituciones de prestigio. Los médicos que asesinaron a niños discapacitados en Berlín-Wittenau colaboraron estrechamente con la Unidad de Patologías del hospital Rudolf Virchow, dirigido por Berthold Ostertag, y con la clínica infantil universitaria de la Charité, presidida por Georg Bessau. Los psiquiatras que asesinaron a niños en el establecimiento de Leipzig-Dösen mantuvieron intercambios científicos con el Instituto Emperador Guillermo de Investigación Cerebral de Berlín-Buch (Kaiser-Wilhelm-Institut für Hirnforschung in Berlin-Buch) y con la clínica infantil universitaria de Leipzig.186
Sus colegas de la unidad mortífera infantil de Múnich-Haar cooperaron con la clínica infantil universitaria local bajo la dirección de Alfred Wiskott y —al igual que los médicos de las Unidades Especializadas de Pediatría de Ansbach y Kaufbeuren— con el Instituto Alemán de Investigación Psiquiátrica de Múnich (Deutschen Forschungsanstalt für Psychiatrie in München).187
Esta institución de renombre —también era un centro de la red de institutos Emperador Guillermo— creó su propia unidad de anatomía patológica en Haar, que dirigieron los médicos Hans Schleusing y Barbara Schmidt. La cátedra de Pediatría de la Universidad de Viena (Franz Hamburger) mantuvo estrechas relaciones con la Unidad Especializada de Pediatría Am Spiegelgrund de la misma ciudad; la clínica infantil universitaria y la clínica psiquiátrica de Heidelberg cooperaron en sus investigaciones con los establecimientos mortíferos de Eichberg, Kalmenhof y Wiesloch; el Instituto de Investigación Neurológica de Viktor von Weizsäcker en Breslau compró asiduamente cerebros infantiles a la cercana clínica psiquiátrica de Lubliniec.188

 

Hans Heinze, Werner Catel y Ernst Wentzler, los expertos del Comité del Reich, se aseguraron para sus investigaciones un derecho de acceso preferencial sobre los niños condenados a muerte. «Le agradecería», escribió Hefelmann a Wentzler en noviembre de 1942¸ «que usted y los otros dos expertos anotaran en los pliegos de inspección los casos en los que Leipzig y Görden estén interesados para poder asignárselos como corresponda».189 Este escrito venía precedido de otro comunicado con el que Wentzler había solicitado 12.000 marcos del Reich para proyectos científicos. Dado que los trabajos de consolidación del Comité del Reich ya habían concluido en su mayor parte —argumentaba Wentzler— y «la verdadera tarea de esta organización se cumple con calma y sin trabas, surgen, aparte del trabajo ya completado, nuevos y grandes retos de orden científico».190
También en noviembre de 1942, Wentzler informó de una reunión que había mantenido el 15 de noviembre de 1942 con los otros dos expertos, Heinze y Catel, en Leipzig, el mismo lugar donde los tres habían discutido la metodología del asesinato en masa: «El tratamiento de los niños con los distintos fármacos ha arrojado resultados no del todo satisfactorios. Por ello se ha propuesto consultar a un toxicólogo. A este respecto, se ha citado el nombre del Dr. Weimann». El médico forense berlinés Waldemar Weimann, famoso en su profesión después de la guerra, debía desarrollar un método homicida que fuera, en lo posible, discreto, eficaz y difícil de detectar.
Además, los expertos pensaron con qué patólogos podrían colaborar. Denominaron «material del Comité del Reich» a los cerebros de los niños cuya sentencia de muerte habían firmado y Wentzler resumió: «A juicio de los expertos, el reparto de patólogos para la evaluación del material del Comité del Reich todavía no se ha solucionado satisfactoriamente. En particular, sería deseable que el patólogo Dr. (Georg) Friedrich, que se encuentra destinado en Berlín-Buch como médico militar y colabora con el profesor Hallervorden, pasara a la reserva o se le concediera un permiso para que pueda investigar el material del Comité del Reich que recaiga en Leipzig, su ciudad natal. Sin embargo, habría que hablarlo con el profesor Hallervorden y, si es posible, ofrecerle alguna indemnización. La cuestión de los patólogos es poco oportuna en las unidades de las regiones del oeste de Alemania (informe del Dr. Heinze). Por ello, se consultará y propondrá si el patólogo (Hans-Joachim) Rauch también podría tratar el material en otros establecimientos del oeste alemán». Poco después, Georg Friedrich se trasladó a Leipzig-Dösen y escribió lo siguiente a su superior militar: «El Sr. Brack se ha declarado conforme con el levantamiento de la obligación de confidencialidad para con usted, distinguido Sr. Médico Jefe del Estado Mayor» y «le gustaría conocerle cuando lo considere oportuno».191
Sobre la pregunta de Hefelmann acerca de qué temas deseaban investigar los tres expertos, Wentzler comunicó que Heinze trataría «aquellos casos relacionados con formas de idiocia en las que no se pueda determinar el correspondiente diagnóstico orgánico». Además, le interesaba «especialmente el mongolismo». Por su parte, Catel tenía la intención de «dedicarse principalmente a las patologías de los ganglios basales (procesos hereditario-degenerativos) y las formaciones fisurales del cráneo y la columna vertebral (paladar fisurado, labio leporino, espina bífida, meningocele, miolocele, etc.)». Asimismo abordaría «experimentalmente la cuestión de la poliomelitis en relación con su transmisión y tratamiento en el marco del Comité del Reich». Para ello pidió un ayudante, el pediatra Fritz Kühnke, y, por lo demás, que se tomara «una decisión fundamental en la cuestión de la investigación de la poliomelitis». A mi parecer, con esta frase formulada a medias, los expertos pedían que se incluyera en el procedimiento mortífero del Comité del Reich también a aquellos niños y adolescentes que estuvieran afectados por las epidemias de polio que, por aquel entonces, todavía eran frecuentes. Hefelmann respondió al momento: «Como ya comentamos verbalmente, le pido que ponga en marcha la investigación de la poliomelitis. A este respecto, no parece necesaria la autorización de ninguna otra instancia».192

 

Tras la reunión de los expertos, Fritz Kühnke fue enviado efectivamente a Leipzig para servir a las órdenes de Catel en el marco del proyecto del Comité del Reich para la investigación de la poliomelitis. Kühnke había estudiado con Wiskott en Múnich y asesinado a una cuarentena de niños cuando era médico ayudante en la clínica infantil de Egelfing-Haar y Heidelberg-Wieslich. Una familia con la que me une una estrecha amistad lo tuvo de pediatra de sus hijos, así que, en enero de 1985, le pedí hora. En aquella época él acababa de firmar el manifiesto «Los médicos advierten del peligro mortal nuclear». Era un profesional verdaderamente agradable que, además, se había especializado en psicoterapia infantil. Sentado en el sillón de su consulta, me explicó su versión de los hechos. Me dijo que al principio no sabía por qué lo habían trasladado a Leipzig en 1942, pero que su colaboración con el Comité del Reich terminó a raíz de una circunstancia familiar. Su primer hijo, una niña, había venido al mundo en 1942 con una fisura de médula espinal. Kühnke y su esposa presentaron a la niña a los compañeros de profesión Hans-Christoph Hempel y Catel, ambos empleados en el Comité del Reich, y estos les dijeron: «Mientras esta niña viva, no seréis felices». Entonces le pregunté por qué había matado a niños en el pasado. Fritz Kühnke no supo qué contestar a esta sencilla pregunta. Guardó silencio.193
Al final de su informe, Wentzler dijo que, «en beneficio de un aprovechamiento completo, (...) los niños del Comité del Reich todavía son útiles en otras dos áreas científicas. Por un lado, nos permitirían comprobar la eficacia de la vacuna contra la escarlatina (Dr. Heinze) y, por otro, estarían disponibles para tratar el importantísimo problema de la inmunización tuberculosa (Bessau-Hefter)».194 Con el fin de intensificar la investigación en niños discapacitados, los expertos sugirieron que «en la primera mitad del mes de abril de 1943 se celebre un congreso de tres días, por ejemplo, para los médicos que trabajan en el Comité del Reich y que tendría un carácter informativo y educativo». Después de exponer su plan de trabajo —y como casi todo científico que se precie— los tres expertos pidieron dinero. Wentzler presumió de que las cuestiones financieras ya las había «tratado (...) en entrevista personal» con el mismísimo «Reichsleiter (Bouhler) el día 15 del presente mes» y que había «perspectivas de movilizar, a través del Ministerio de Interior (Dr. Linden), los fondos necesarios para la labor investigadora».195
El documento citado aquí no es más que una ínfima parte, hoy todavía accesible, de las perversas investigaciones realizadas en niños y niñas discapacitados. Catel, Heinze y Bessau —y, con seguridad, otros muchos profesores universitarios— asignaron trabajos académicos para «aprovechar el material del Comité del Reich». A continuación detallo algunos ejemplos con los que me he topado casualmente: Karl Heinz Pospiech, «Diagnósticos encefalográficos y anatómicos en la agenesia congénita del cuerpo calloso y en la ampliación del Cavum septi pellucidi», tesis doctoral de Medicina del establecimiento regional de Brandeburgo-Görden, Berlín, enero de 1942; Arnold Asmussen, «Contribuciones caracterológicas al problema de la adopción», tesis doctoral de Medicina del establecimiento regional de Brandeburgo-Görden, Kiel, septiembre de 1943; Werner-Joachim Eicke, «Alteraciones vasculares en la meningitis y su importancia para la patogénesis de lesiones cerebrales en la primera infancia», tesis de capacitación de la Unidad de Histopatología del Instituto Emperador Guillermo de Investigación Cerebral, Berlín, 1944; Josefine Bassek, «Contribuciones a la terapia radiográfica de la hidrocefalia crónica», tesis doctoral de Medicina de la clínica infantil universitaria de Leipzig, diciembre de 1945; Eva Böhlau, «Tres casos de síndrome de Pfaundler-Hurler», tesis doctoral de Medicina de la clínica infantil universitaria de Leipzig, 1945. Las universidades alemanas nunca cuestionaron los títulos académicos obtenidos con estos trabajos y, en no pocos casos, los concedieron después de la segunda guerra mundial.
La historia de una muchacha llamada Heidi Grube nos servirá para ilustrar cómo se llevaban a cabo estas investigaciones. Heidi era una de las 298 niñas y mujeres que el 17 de agosto de 1943, pocos días después del gran ataque aéreo a Hamburgo, fueron trasladadas de los establecimientos de Alsterdorf y Langenhorn al establecimiento mortífero Am Steinhof, en Viena. Hasta 1945 murieron 257 de las deportadas.196 Heidi Grube pertenecía al grupo de doce niñas que, tras su llegada al establecimiento asistencial juvenil Am Spiegelgrund, fundado en 1940, fueron trasladadas al mismo recinto. Esta clínica psiquiátrica infantil y juvenil se parecía a la de Breslau y disponía también de una «unidad de lactantes y niños de corta edad» en la que, por orden del Comité del Reich, fueron asesinados niños y niñas. Las doce chicas del transporte procedente de Hamburgo murieron en el transcurso de pocos meses (junto a cada nombre aparecen las fechas de nacimiento, admisión y muerte):

 

Helga Nieber
26-12-1931 20-09-1943
11-11-1943
Mera Becker
07-05-1935 24-09-1943
03-12-1943
Edith Thies
03-11-1931 25-09-1943
21-12-1943
Heidi Grube
19-01-1934 24-09-1943
29-11-1943
Lieselotte Brande
12-07-1936 24-09-1943
01-01-1944
Margor Fischbeck
17-07-1935 24-09-1943
??-11-1943
Christel Zobel
27-01-1939 25-09-1943
06-01-1944
Irmgard Harder
14-04-1933 24-09-1943
13-11-1943
Marión Eisenach
10-08-1933 24-09-1943
06-12-1943
Friedel Franke
03-09-1934 24-09-1943
16-12-1943
Ursula Grabbe
07-11-1939 14-09-1944
30-09-1944
Lieselotte Kroger-Reck
15-08-1937 25-09-1943
02-11-1943

 

Diez años después del final del nacionalsocialismo, los asesinos publicaron un artículo en la revista médica Virchows Archiv (volumen 327 [1955], páginas 577 a 589). El artículo incluye en el título la reseña «De la unidad de Anatomía patológica del establecimiento de curación y cuidados “Am Steinhof ” de la ciudad de Viena» y presenta un «diagnóstico clínico-anatómico de gigantismo cerebral unilateral (hemimegaloencefalía)». El texto describe el cerebro diseccionado de la niña Heidi G., deportada de Hamburgo a Viena. En el apartado «Evolución» este ensayo, redactado en 1955, se puede leer lo siguiente: «Durante la estancia de dos meses en el establecimiento (en Viena) se observó un ataque epiléptico típico con espasmos bilaterales iguales y pérdida de conocimiento. La muerte se produjo a la edad de casi diez años como consecuencia de una neumonía».
Diez años después de la muerte violenta de Heidi Grube, su cerebro mantenido en conserva y custodiado en la colección de anatomía de la clínica psiquiátrica Am Steinhof fue investigado con más detalle. A pesar de que, «desgraciadamente, los fragmentos de órgano preparados para el examen histológico» habían «desaparecido», bastaron los resultados para publicar un artículo en una prestigiosa revista especializada. Los autores se llamaban Heinrich Gross y Barbara Uiberrak. Gross fue uno de los cuatro médicos que, antes de 1945, emitieron diagnósticos clínicos, primero, y administraron inyecciones letales, después, en el establecimiento Am Steinhof. Uiberrak diseccionó por aquel entonces 781 cadáveres de niños procedentes de la unidad sin determinar ninguna causa de muerte no natural. Como durante la guerra había poco tiempo para realizar trabajos de investigación pura, Uiberrak conservó algunas muestras de tejido para analizarlas posteriormente, entre ellas, el cerebro de Heidi Grube. En 1955, un asesino y su ayudante perfectamente informada del asesinato presentaron una conclusión de sus acciones lamentándose hipócritamente de que nunca pudieron realizar un examen anatómico de anomalías cerebrales raras y disponer simultáneamente de diagnósticos clínicos precisos.

 

Por lo visto, a finales de 1941 ya intentaron trasladar a Heidi Grube a «otro establecimiento», lo que llevó a su padre a interceder con la dirección del psiquiátrico de Alsterdorf: «Le ruego encarecidamente que utilice todas sus influencias para impedir que Heidi abandone su establecimiento. (...) Para mí, que soy un soldado destinado en el frente, es muy tranquilizador saber que mi hija está en buenas manos. Si la trasladan, dejaría de tener esta sensación».197
Tres días antes, el padre había visitado a su hija durante un permiso. Además, la abuela y la tía de Heidi Grube en Hamburgo también se ocupaban regularmente de la joven.
En el momento de su traslado de Hamburgo a Viena en agosto de 1943, Heidi tenía nueve años, pesaba 29, 6 kilos, tenía el pelo castaño y medía 1, 34 metros de estatura. Los médicos de admisión le diagnosticaron un cráneo «torcido», un rostro «pronunciadamente asimétrico» y una lengua también asimétrica debidos a una malformación y, sobre su estado mental, opinaron que «se encuentra aparentemente bien». Según los facultativos, Heidi Grube era «apacible», podía decir su nombre y señalar distintas partes del cuerpo. A finales de 1942, la descripción había sido la siguiente: «La paciente es una niña tranquila, se entretiene con juegos de construcción y libros de dibujos, etc. (...) Habla de todo y le gusta cantar. No sabe vestirse y se mueve con inseguridad. Come sola, pero por lo demás necesita ayuda. Va sola al lavabo».
El 29 de noviembre de 1943, la médica de 29 años Marianne Türk asesinó a la niña Heidi Grube. Erna, la madre, no lo supo hasta el 12 de enero de 1944, cuando le devolvieron el paquete que había enviado a su hija por navidad, acompañado de una nota en la que ponía «fallecida». Erna Grube mandó un telegrama inmediatamente: «¿Cuándo se apagó la vida de mi hija Heidi? ¿Por qué no han avisado a su madre hasta ahora? Ruego respuesta inmediata». Cuatro días después, al no recibir ninguna respuesta, escribió al establecimiento psiquiátrico, informó del paquete devuelto y añadió: «No se imaginan lo que supone esto para una madre. Les pido que me digan cuándo y de qué murió mi hija. ¿Se debió a su estado general o pasó algo más? ¿Cómo y dónde ha sido enterrada? ¿Existe alguna posibilidad de que me envíen los restos mortales, quizás las cenizas? A causa de nuestros otros dos hijos, que están sanos, no hemos podido tener a Heidi en casa, pero siempre hemos tenido la firme intención de dejarla morir con su familia cuando le llegara la hora y adornar su tumba con las flores de colores que tanto le gustaban. Cada dos domingos íbamos alguien de la familia a visitarla a Alsterdorf y preguntábamos sobre su estado de salud».198
La colaboración que existió entre el Instituto Emperador Guillermo (Kaiser-Wilhelm-Institut, KWI) de Investigación Cerebral de Berlín-Buch y el establecimiento psiquiátrico de Brandeburgo-Görden merece una explicación más detallada. En el año 1937, Hugo Spatz, director del KWI, pidió a Julius Hallervorden que se trasladara a Buch para ocupar el puesto de jefe del departamento de Histopatología cerebral. Hasta entonces, Hallervorden había trabajado para Heinze como patólogo y jefe médico en Brandeburgo-Görden. Tras su cambio de puesto, conservó la Unidad de Anatomía Patológica y la denominó en lo sucesivo Agencia del KWI de Investigación Cerebral. Asimismo, la Sociedad Emperador Guillermo concedió en 1939 a Heinze, director de establecimiento Brandeburgo-Görden, el insólito honor de ocupar un sillón en el consejo de administración de su Instituto de Investigación Cerebral; simultáneamente, Max de Crinis, el oscuro personaje de la Acción T4, ingresaba en el mismo consejo.
LA SOCIEDAD MAX PLANCK Y HALLERVORDEN

 

Desde finales de 1942 se asignaron al mismísimo Instituto Emperador Guillermo de Investigación Cerebral niños que el Comité del Reich había sentenciado a muerte. El 21 de noviembre de ese año, Wentzler informó a la cancillería del Führer de lo siguiente: «Ayer, la señorita Dra. Soeken me comunicó personalmente su disposición a colaborar con el Comité del Reich y mañana vendrá para mantener una extensa reunión informativa conmigo».199 Gertrud Soeken era jefe médico del Instituto de Investigación Cerebral. En 1953, el director Spatz rememoró la actividad de esta doctora: «Por fin, el Instituto dispondría de una clínica propia (dirigida por G. Soeken) destinada a cuidar y examinar enfermos con trastornos de la motricidad automática».200 La propia Soeken informó de su labor a Oskar Vogt, el predecesor de Spatz en el cargo, a finales de 1942: «No me faltarán enfermos, ya que el Comité del Reich ha requerido mi colaboración para trabajar en el estudio científico de enfermedades hereditarias graves y me ha asignado casos. He propuesto que me asignen principalmente enfermedades neurológicas y espero, a pesar de la guerra, ver impulsada mi labor».201
Hallervorden participó con especial ahínco en este tipo de ciencia y llegó a acumular cientos de cerebros de enfermos asesinados, principalmente niños. También pidió que le reservaran los cerebros de personas todavía vivas, siempre que estas despertaran su interés científico. En julio de 1945 enseñó a Leo Alexander, un oficial investigador de las fuerzas armadas estadounidenses, la impresionante colección que tenía en Dillenburg (Hesse). El Führer había ordenado almacenarla allí en 1944 por su valor científico y Hallervorden se mostró entusiasmado con la visita del norteamericano, quien, al fin y al cabo, había nacido en Frankfurt y cursado parte de sus estudios en el KWI de Investigación Cerebral antes de emigrar en 1933. Con actitud poco escrupulosa, relajada e informal, y no sin ocultar su orgullo, Hallervorden explicó al oficial cómo había conseguido reunir una colección tan bella —para él— y cómo se había urdido la colaboración de la Sociedad Emperador Guillermo con los asesinatos por eutanasia. Alexander constató que la iniciativa de colaboración había salido de Hallervorden, cuya declaración reprodujo el estadounidense, palabra por palabra, en un informe:
«Oí algo así como que tenían que hacerlo, así que me dirigí a ellos y les dije: “Pero hombre, si los matáis a todos, por lo menos quitadles el cerebro para poder aprovechar el material”. Entonces preguntaron: “¿Cuántos puede examinar?”. Y les dije: “Una cantidad ilimitada, cuantos más, mejor”. Entonces les proporcioné el agente fijador y las cajas y nos los enviaron, como un transporte de mudanzas. Fue increíble. Recibí esos cerebros. De dónde venían, eso no era asunto mío. Había hermosas muestras de malformaciones de deficientes mentales y patologías infantiles.»202 Hallervorden confundió el interrogatorio de Leo Alexander por una conversación entre colegas de profesión y, sabiendo que lo que decía no era cierto, fingió ser un simple coleccionista pasivo.

 

A los pocos años, la colección fue a parar al refundado Instituto Max Planck (ex Instituto Emperador Guillermo) de Investigación Cerebral de Giessen y, posteriormente, a Frankfurt. Hallervorden, Spatz y otros siguieron trabajando en sus proyectos de la época nacionalsocialista como colaboradores científicos de la Sociedad Max Planck. Tras la muerte de Hallervorden en 1965, el Instituto Max Planck cedió la colección al Instituto Edinger de la Universidad de Frankfurt, situado en la planta baja del mismo edificio. A principios de la década de 1970, la siguiente generación de investigadores del cerebro mandó adquirir armarios ignífugos para que el tesoro acumulado por Hallervorden y Spatz —150.000 secciones cerebrales y 3.000 macroespecímenes— no sufriera ningún daño.
Cuando pedí ver la colección en 1983, el entonces director me respondió que «nadie se ha hecho cargo de ningún cerebro, espécimen ni escrito del señor profesor Hallervorden relacionado con la acción “eutanásica”». En una segunda carta insistí en mi sospecha de la existencia de tales objetos y aporté pruebas adicionales. Esta vez me respondió la administración general de la Sociedad Max Planck de Múnich a través de su departamento jurídico: no se me permitía consultar nada «en virtud del artículo 203 del Código penal. (...) Cordialmente, Kalb». El artículo aducido versa sobre el secreto profesional en distintos colectivos; en el caso de los médicos, dicho secreto se basa en la relación de confianza especial que se establece entre paciente y médico. El señor Kalb me explicó que, «teniendo en cuenta precisamente su interés científico concreto», tampoco se daba ninguna «supuesta conformidad por parte de los fallecidos» a la que tanto recurren los médicos investigadores. Por consiguiente, los señores de la administración general de la Sociedad Max Planck ya no negaban a los cuatro vientos que en uno de sus institutos se guardaran cerebros y especímenes cerebrales de las víctimas de los asesinatos. Sin embargo, sostenían que no era de interés «de los fallecidos» esclarecer su muerte violenta y posterior aprovechamiento científico no consentido de uno de sus órganos. A principios de la década de 1980, cartas de respuesta como esta fueron corrientes en muchas partes de Alemania.
El señor Kalb de la Sociedad Max Planck hablaba de relación de confianza entre médico y paciente incluso cuando el médico se había convertido en asesino y científicos como Hallervorden y Spatz —que después de 1949 continuaron trabajando y recibiendo los honores de la Sociedad Max Planck— habían mandado asesinar a seres humanos para realizar sus investigaciones. Tras un último toma y daca, el presidente de la Sociedad Max Planck para el Fomento de las Ciencias cedió. El motivo fue una intervención de Spiros Simitis, comisario para la Protección de Datos del Land de Hesse. Yo le había expuesto el problema y él amenazó a la institución: si la Sociedad Max Planck no permitía realizar ninguna investigación histórica de sus colecciones científicas, estaba negando también la base jurídica para la utilización científica de las mismas, porque, según Simitis, las preguntas científicamente fundamentadas de disciplinas distintas eran jurídicamente equivalentes.
A mediados de 1984 pude hojear las partes escritas de la colección de Hallervorden que me interesaban. Los informes clínicos estaban parcialmente purgados y los más interesantes habían sido escondidos, por ejemplo, en un pasillo, detrás de unos revestimientos de madera que yo mismo tuve que desatornillar. Wolf Singer, entonces recién nombrado director del departamento de Neurofisiología del Instituto Max Planck, me dijo con tono quejumbroso: «Nunca sabes lo que puedes encontrar en un sótano». Apenas tuve los informes en la mano, encontré cientos de documentos que, por la numeración, tipo de sección cerebral descrita y lugar y fecha de defunción se correspondían directamente con las acciones mortíferas sobradamente conocidas. Además, vi una colección de especímenes de cerebros de suicidas de la Luftwaffe recopilados por Hugo Spatz, el superior de Hallervorden. La hipótesis de trabajo con la que Spatz examinó los cerebros de estos soldados que se quitaron la vida desesperadamente a causa de la guerra debió de ser: «¡Qué anormales, las circunvoluciones de los cerebros de estos gallinas!».
En una carpeta llamada «Secciones 1941, 1-60» encontré una cantidad mayor de epicrisis —historiales clínicos breves— correspondientes a niños y adolescentes del establecimiento psiquiátrico de Brandeburgo-Görden que murieron asesinados el 28 de octubre de 1940. El encargado de realizar la autopsia fue Julius Hallervorden, quien se desplazó expresamente para ello. Cito en primer lugar los nombres de estos chicos y chicas, junto con su fecha y lugar de nacimiento:

 

Anneliese Rotzoll, 13-4-1926, Dabe
Werner Zimmermann, 6-12-1923, Branitz
Günter Dietrich, 29-7-1929, Eberswalde
Heinz Böhm, 29-6-1927, Berlín
Heinz Piescher, «diez años»203
Hubert (o Herbert) Falkenberg, 11-9-1931, Kagel
Irmgard Dörr, 27-1-1924, Berlín
Willi Venz, 19-4-1924, Potsdam
Günter Schiemann, 30-5-1928, Neuzelle
Ursula Krabbe, 7-3-1924, Berlín
Wolfgang Fengler, 1-1-1930, Frankfurt (del Oder)
Dora Zech, 6-7-1924, Forst
Elisabeth Jarosch, 9-11-1925
Marie Kretschmer, 27-1-1922
Werner Przadka, 24-8-1927
Willi (Wilhelm) Schemel, 24-10-1924, Belzig
Margarete Korioth, 21-6-1927, Rendsburg
Henry Herzog, 1-1-1923, Berlín
Erika Höhne, 26-6-1928, Berlín-Neukölln
Bertha Handrich, 17-10-1930, Berlín
Herbert Schade, 15-5-1922, Berlín-Neukölln
Willi Bading, 2-6-1924, Kleinkreuz
Horst Friedrich, 25-1-1931, Nowawes
Renate Wringe, 2-3-1923, Treuenbrietzen
Hellmut Lesniewski, 13-8-1929
Vera Böhlke, 19-9-1926, Berlín
Werner Böttger, 15-2-1925, Potsdam
Günther Nitschke, 18-9-1933, Berlín-Neukölln
Hans Löskow, 28-8-1928, Augustfelde
Inge Harbrecht, 9-9-1933, Chemnitz
Siegfried Gaida, 12-9-1931, Buchholz, distrito de Lebus
Rolf Otto Pfunfke, 12-7-1928, Brielow
Siegfried Pfunfke, (?)
Hildegard Eckert, 27-11-1923
Emmy (Emma) Kunz, 12-5-1923, Silberberg, distrito de Beskow-Storkow

 

Se han conservado los informes médicos de algunos de los niños y jóvenes asesinados, como Rolf Pfunfke. Rolf padecía una paraplejia espástica de las piernas y trastornos motrices atetósicos que también le afectaban a la lengua; sus padres lo entregaron al establecimiento en septiembre de 1932. En 1935, el oficial médico de Brandeburgo intentó que sometieran a la madre de Rolf a una esterilización forzada, pero el Tribunal de Salud Hereditaria de Potsdam, primero, y el Tribunal Superior de Salud Hereditaria de Berlín, después, rechazaron la petición del facultativo. En el informe de evolución del 15 de octubre de 1940, que ya se redactó con la vista puesta en el asesinato planificado, consta lo siguiente: «Ahora, Rolf puede susurrar algunas palabras mal articuladas con voz baja y apagada. Sus escasas expresiones tienen sentido y se refieren a acontecimientos primitivos que afectan a su propia persona. Ha interpretado pequeños procesos en su entorno, pero no ha aprendido nada nuevo. En cuanto al carácter, destacan las buenas y apacibles habilidades sociales de Rolf. Es afectuoso, cariñoso y agradecido. Rolf es sensible y le gusta que le hagan caso. Su estado anímico es de despreocupación y alegría infantil».204 En el capítulo «Últimos signos de vida infantil» doy cuenta de los partes médicos de siete chicos y chicas obligados a morir el 28 de octubre de 1940 en la cámara de gas de Brandeburgo: Irmgard Dörr, Willi Venz, Bertha Handrich, Hellmut Lesniewski, Renate Wringe, Margarete Korioth y Günter Dietrich.

 

Los asesinados no estaban «intelectualmente muertos» —motivo que utilizarían después los asesinos como excusa—, sino que eran niños y jóvenes que, en parte, habían ido a las clases de la Hilfsschule del establecimiento psiquiátrico de Brandeburgo-Görden. Murieron porque eran «deficientes», es decir, porque no eran completamente capaces de expresarse, porque se habían quedado, unos más que otros, psíquicamente rezagados o porque sufrían ataques epilépticos. Estas formas leves de trastorno del desarrollo mental eran las que debían someterse a investigación utilizando el «material» obtenido por vías homicidas y en el marco de un proyecto científico metódicamente fundamentado. Los niños y jóvenes, en tanto que objetos científicos, eran sometidos a un nuevo examen clínico y psicológico profundo antes de su muerte ya programada. Los médicos les practicaban punciones en la médula espinal, les llenaban de aire los ventrículos cerebrales y les inyectaban sustancias de contraste en la arteria carótida común para obtener radiografías con un nivel de contraste perfecto; los psicólogos los sometían a tests y determinaban sus cocientes de inteligencia; las ayudantes de laboratorio analizaban la sangre y el metabolismo. Todos estos profesionales conocían el objetivo, juntos actualizaban la documentación de los enfermos y juntos ordenaban el traslado de los examinados a la cámara de gas más cercana.
Hallervorden investigaba entonces las causas de la demencia congénita y la diferencia existente entre la epilepsia traumática y la genuina o hereditaria, tal como se solía denominar en la terminología de la época. A estos estudios se añadió un campo especialmente interesante para Heinze: la anormalidad. Para las tres áreas de investigación había que descubrir, investigando la anatomía del cerebro, si las desviaciones de la norma externamente visibles se traducían, micro o macroscópicamente, en defectos recurrentes en el cerebro.
El 28 de octubre de 1940, el «médico ejecutor» responsable de la cámara de gas de la cárcel de Brandeburgo era Heinrich Bunke. Veintidós años después describió los hechos de aquella masacre científicamente motivada: «En Brandeburgo también fueron gaseados niños con edades comprendidas entre ocho y doce años, incluso hasta catorce. Eran niños que el profesor Heinze —no recuerdo del todo si directamente o a través de un establecimiento intermedio— había hecho trasladar desde Görden. En la época de mi actividad en Brandeburgo pudieron haber sido unos cien niños. (...) En cada caso se incluían exploraciones detalladas y resúmenes de los historiales clínicos». En otro momento de su declaración, Bunke obvió los asesinatos ejecutados por él y describió lo que hacían después con los muertos. «El profesor Hallervorden de Berlín (histólogo en el Instituto Emperador Guillermo) diseccionaba una parte de los cadáveres infantiles y se los llevaba para su evaluación científica. Supongo que lo hacían en virtud de algún acuerdo con el profesor Heinze».205
En esa época, Hallervorden también estaba en Brandeburgo, motivo por el cual Bunke lo conoció más de cerca. A principios de verano de 1941, Bunke participó en un curso de disección de cuatro semanas impartido en el Instituto de Investigación Cerebral de Berlín-Buch y destinado a la extracción de los cerebros de pacientes gaseados en el establecimiento de Bernburg. Bunke suponía que estos cerebros «eran de interés en Buch». Durante el breve periodo de aprendizaje vivió en casa del director Hugo Spatz. En los documentos relativos a las disecciones practicadas en 1940 y 1941 hay una gran cantidad de descripciones de extracciones cerebrales. Todas ellas guardan una misma estructura y se refieren a extracciones en los establecimientos mortíferos de Brandeburgo y Bernburg. Los escuetos pliegos de diagnóstico están escritos en su gran mayoría con la misma máquina de escribir y tienen dos números en la parte superior: un «Be Nr.» a la izquierda y un «Z Nr.» a la derecha.. Se trata de los indicadores de la muerte violenta en el marco de la Acción T4. El «Z Nr.» (zentrale Nummer) era el número central con el que se registraba a todos los pacientes inscritos en la T4. El «Be Nr.» (Beurkundungsnummer) era el número de serie de la certificación de defunción.206 En la mayoría de protocolos de disección no aparece el día de la muerte, pero sí se indica el tiempo transcurrido entre la defunción y la autopsia. Como máximo ascendía a cuatro horas, pero la mayoría de las veces era claramente menos. Bunke dictaba el breve texto adjunto y, a continuación, enviaba los cerebros extraídos a Berlín-Buch.
A modo de ejemplo, reproducimos a continuación el primer informe que leí en 1984: «Be Nr. 23.828, Z Nr. 55.150. Nombre: Kothe, Arthur; nacido el 11-6-1912 en Berlín. Disección a las 2 horas. Diagnóstico: demencia. Altura: 1, 52 m. Complexión: delgada. Estructura ósea: fina. Perímetro craneal: 55 cm. Diámetro longitudinal: 17, 5 cm. Diámetro transversal: 14 cm. Peso cerebral:—. Espécimen: cerebro. Diagnóstico macroscópico: cerebro llamativamente pequeño y blando; pieles blandas sin diagnóstico. El hemisferio izquierdo está más desarrollado que el derecho. En la zona parietal derecha aparecen cambios en la estructura de las circunvoluciones que recuerdan micropliegues. Nada destacable a nivel macroscópico junto a la base y el cerebelo. Al separar los pedúnculos cerebrales, el derecho se rompe y el izquierdo se desgarra. Anamnesis breve: no consta anamnesis familiar. Paciente entregado a cuidado residencial en 1929. Descrito como idiota completamente apático que no reacciona a las amenazas ni a los ruidos fuertes. No emite expresiones lingüísticas, solamente sonidos animales momentáneos. Parálisis espástica en el lado izquierdo. Rigidez pronunciada de la musculatura del brazo izquierdo. Rigidez leve de la pierna izquierda. Reflejos tendinosos en aumento a ambos lados. Los episodios de parálisis del lado izquierdo pueden ser las secuelas de una poliomelitis previamente superada».207
Arthur Kothe fue dado de alta en Berlín-Wittenau y, según el informe médico, «trasladado al establecimiento psiquiátrico regional de Neuruppin» —o lo que es lo mismo, enviado a morir allí— «el 7 de mayo de 1941». El 7 de julio fue trasladado de Neuruppin «a otro establecimiento», concretamente, a Bernburg, donde murió el mismo día en la cámara de gas.208 En 1944, Hallervorden confirmó en una carta dirigida a Paul Nitsche la recepción de varios centenares de cerebros con la ayuda de la Acción T4. En la despedida no firmó ni siquiera con un Heil Hitler, sino con «un saludo afectuoso». En el escrito se puede leer lo siguiente: «En total recibí 697 cerebros, incluidos los que yo mismo extraje en Brandeburgo. También cuento los de Dösen. Una parte considerable de ellos ya está analizada, pero todavía tengo que decidir si haré un examen histológico más preciso de todos ellos».209
Detrás de la gran cantidad de especímenes recopilados por Hallervorden había personas vivas que fueron asesinadas por encargo para asegurar a los investigadores una base de estudio suficientemente amplia. De todas ellas, tomaré como ejemplo a los tres hermanos K. Alfred murió el 6 de febrero de 1942 a la edad de siete años de una «infección febril griposa»; doce días después falleció su hermano Günther, de tres años, de una «bronconeumonía». Entonces todavía no había nacido Herbert, el tercer hermano, que murió el 25 de abril de 1944 de una «neumonía en el lóbulo inferior derecho» a los 15 meses de edad. Los tres hermanos fallecieron de la misma enfermedad, obviamente hereditaria, consistente en un deterioro de las fibras medulares que causa la muerte al cabo de unos años. Es posible que el mayor de los hermanos K. falleciera de muerte natural o, en cualquier caso, hubiera tardado poco en morir. Según la autopsia, la enfermedad en su caso estaba en un estado muy avanzado. En el informe de exploración de su hermano cuatro años menor, seguramente asesinado, consta que «la desmielinización no se encuentra tan avanzada». Como este resultado era muy similar al de su hermano mayor, el diagnóstico comparativo no reveló ningún indicio importante que pudiera explicar el desarrollo de la enfermedad. Para dar con las primeras pistas, fue necesario que el menor de los hermanos naciera y fuera asesinado a los quince meses: «Los especímenes de Herbert K., el hermano más joven, son mucho más concluyentes. Un corte por congelación según Spielmayer a través de los ganglios basales permite que las fibras medulares queden más marcadas, si bien algo debilitadas...». En 1983 constaté que los informes de estos tres hermanos seguían teniendo un uso científico en la actualidad: el Instituto ofreció los informes y especímenes para una investigación en 1954 y la persona que los usó por última vez fue el profesor Hasuda, de Japón.210
Todavía en 1973, la Sociedad Max Planck, representada por el profesor Adolf Butenandt, consiguió que a un periodista de Múnich se le prohibiera afirmar que los institutos de la antigua Sociedad Emperador Guillermo habían realizado investigaciones sobre el cerebro humano en el marco de la eutanasia del gobierno nacionalsocialista. La Sociedad declaró que se sentía «ofendida» por semejante calumnia.211

 

Como investigador, Julius Hallervorden aprovechó la oportunidad que tuvo delante y, al hacerlo, contribuyó a dar sentido científico al asesinato de diez mil personas. Socavó fundamentos morales y contravino normas jurídicas porque ansiaba el conocimiento científico a toda costa y quería dilucidar las causas de determinados estados patológicos. Científicos resueltos e inconscientes como él trabajaron en muchas universidades, clínicas e institutos de investigación alemanes de la época y generaron un extraño clima de indiferencia moral. En el libro Los alemanes y yo, publicado en 1961, el periodista británico Sefton Delmer describió cómo, en septiembre de 1946, un celador anciano le condujo por la «penumbra de olor avinagrado» de los sótanos de la Charité berlinesa hasta dos enormes tinas de madera repletas de cabezas humanas procedentes de las instalaciones ejecutoras de Plötzensee. «¡Sí, señor!», exclamó el guía. «Aunque Hitler y Himmler lleven tiempo muertos y su Tercer Reich no sea más que un mal recuerdo, los estudiantes y profesores siguen practicando la típica costumbre nacionalsocialista de aprovechar lo inútil. Y lo hacen con los restos mortales de seres humanos que deberíamos considerar héroes y mártires.» Nadie, exceptuando a este hombre, un viejo socialdemócrata, se había escandalizado antes por ello.212
Tuvieron que pasar 45 años para que, en 1990, tras la publicación de distintos trabajos en Alemania y la posterior e irrefutable presión internacional, principalmente estadounidense, para que las elites de la ex Sociedad Emperador Guillermo y actual Sociedad Max Planck se dignaran a reaccionar tardíamente y trasladaran la documentación escrita de las colecciones de Hallervorden y Spatz al archivo histórico de la Sociedad y dieran sepultura a los especímenes en el cementerio muniqués de Waldfriedhof.