Terapia arriesgada: una oferta para los padres

 

 

LOS PEDIATRAS SONDEAN LA VOLUNTAD DE MADRES Y PADRES

 

En su dictamen a favor de la eutanasia de 1942, Max Nonne había dado a entender que el vínculo emocional entre los niños perjudicados de nacimiento y sus padres era claramente más débil que el que se establecía con los hijos que habían contraído sus dolencias incurables con posterioridad. Cualquiera que hojee los expedientes judiciales de Hamburgo relativos a los asesinatos de niños discapacitados podrá confirmar que los médicos de las dos Unidades Especializadas de Pediatría de esa ciudad no cejaron en el empeño de descubrir qué pensaban los progenitores acerca de la muerte asistida de sus hijos. Tal como había previsto la encuesta de Meltzer en 1920, para ello no hicieron falta argumentos directos o de enfrentamiento, sino que se hizo a base de ambigüedades que encubrieran la decisión realmente tomada. Los informes médicos y las declaraciones testimoniales tomadas entre 1946 y 1948 dibujan un escenario que no se corresponde con el prototipo del médico nazi asesino sin escrúpulos, por un lado, y el familiar desesperado, acosado y embaucado, por otro. El escenario no era tan simple.
Por ejemplo, una madre explicó lo siguiente en su declaración poco después de finalizar la guerra: «Estaba desesperada, no dejaba de llorar y pedí al Dr. Bayer que ayudara a mi hijo. Le pregunté si podía redimirlo, porque yo tenía que volcarme en mi hijo sano. Le rogué encarecidamente que me ayudara. Pregunté al Dr. Bayer si a un niño así no se le podía dar algo para que se quedara dormido, y él me replicó: “¿Cómo piensa usted eso? ¡Se supone que los médicos tenemos la misión de conservar la vida!”. El Dr. Bayer iba a irse, pero lo retuve. Volví a pedirle que ayudara al niño y contestó: “Déjelo aquí, lo someteremos a un tratamiento”. Le pregunté qué clase de tratamiento y me contestó que uno peligroso y drástico, y que muy pocos niños sobrevivían a él. Le pregunté al Dr. Bayer si el tratamiento era doloroso y me contestó que era completamente indoloro. Le pedí al Dr. Bayer que aplicara el tratamiento. Pensé que, si salía bien, sería un milagro, y si mi hijo moría, también estaría bien y el niño, redimido».226
La esposa del técnico electricista Müller, de Hamburgo, declaró en 1949 lo siguiente acerca de su hija asesinada en el establecimiento de curación y cuidados de Hamburgo-Langenhorn a la edad de tres años: «Mandamos trasladar a la niña a Langenhorn porque pensábamos que en establecimiento de Alsterdorf le prolongarían la vida artificialmente. Un día, mi marido visitó a Jutta en el establecimiento y, en esa ocasión, su profundo estado de gravedad le causó una impresión especialmente triste. Según recuerda mi marido, junto a la cama de la pequeña estaba la superiora o una enfermera jefe. Mi marido me explicó que él había dicho: “¿No es triste mantener con vida a este pobre gusano? La niña enferma vive, pero mi esposa se derrumba”. La superiora le respondió: “Señor Müller, entonces es mejor que mande trasladar a la pequeña a Langenhorn”. Entonces solicitamos por escrito el traslado de la niña de Alsterdorf a Langenhorn».227 En mayo de 1942, la niña fue trasladada a Langenhorn por insistencia de los padres y siguiendo el consejo de la superiora no ignorante de la realidad. El padre declaró al respecto en 1948: «Hablé con el Dr. Knigge una sola vez. (...) Le dije inmediatamente que bajo ninguna circunstancia la niña podía estar con nosotros en casa».228
Después de tener a la niña en observación durante cinco meses en la unidad, el Dr. Knigge escribió en 1942 un detallado informe al Comité del Reich: «Jutta Müller, nacida el 14-7-1940, para cuya observación se solicitó y garantizó desde el principio un periodo más largo, es una niña prematura. El parto tuvo lugar a los seis meses y medio de gestación; la recién nacida pesó 1, 5 kilos y pasó cinco semanas en la incubadora. El desarrollo mental y corporal dejó algo que desear ya en el primer año de vida. Posteriormente, tampoco se ha producido el crecimiento que los padres habían esperado. (...) Al principio, la niña no podía mantener la cabeza erguida y fija, y se mostraba sobre todo indiferente y apática. Entonces comenzó un periodo de mayor actividad en el que emitió los primeros balbuceos y seguía con mirada interesada a las personas de su entorno. Intentaba erguir un poco la cabeza y podía mantenerse sentada con la ayuda de un apoyo. Desde finales de agosto se ha constatado un estancamiento que todavía perdura. Por el desarrollo observado hasta el momento, no estoy seguro de si la niña necesita tratamiento o no. En cualquier caso, todavía falta tiempo para tomar una decisión definitiva».229
El Dr. Knigge consideró que la niña de dos años Jutta Müller era discapacitada, pero también capaz de mejorar su estado. Por ello, propuso a los padres que se llevaran a su hija a casa o que la trasladaran de nuevo al establecimiento de Alsterdorf y volvieran a traerla pasado un año. Los progenitores no aceptaron y el padre se quejó diciendo que trabajaba en una fábrica de armamento y que, por su «excesiva dedicación, lo menos que podía esperar» era «tener en casa a una mujer sana»: «Nuestro deseo es volver a tener pronto un hijo sano. Muy a pesar nuestro, esta esperanza se vería frustrada si nos obligaran a llevarnos de nuevo a la niña incurable».230
Knigge anotó lo siguiente acerca del contenido de la conversación: «La madre, que es muy nerviosa y sensible, teme directamente que la niña vuelva a casa. Entretanto no ha ido a verla para no alterarse por la visión de la misma. El padre está de acuerdo con un tratamiento eficaz de la niña».231 Pero Knigge esperó medio año más para estar seguro de su pronóstico no favorable e inscribió a Jutta Müller en el Comité del Reich para un tratamiento letal. El padre declaró en 1948 lo siguiente sobre la muerte de su hija: «Cuando llegó la noticia de la muerte, en el fondo nos sentimos felices de que hubieran redimido a la niña de su duro sufrimiento».232
En el caso de Gerda Behrmann, nacida en 1939, Knigge decidió, a diferencia de lo que hizo con Jutta Müller, presentar la solicitud de «tratamiento» al Comité del Reich por iniciativa propia. Según la declaración de la madre, Anni, la charla médica con ella y su marido transcurrió en los siguientes términos: «El Dr. Knigge nos dijo inmediatamente: “Ustedes ya saben que la niña es idiota”. Entonces nos preguntó si dábamos nuestro consentimiento para que él iniciara algún trámite que podría desembocar tanto en algo bueno como en algo malo». Tras esta declaración, el juez instructor interrumpió a la mujer y le preguntó inquisitivamente cuál había sido entonces su reacción, al tiempo que le informó de su derecho a no declarar. Ella respondió: «A la pregunta de si dije al Dr. Knigge que no me arrepentiría si redimían a Gerda de su sufrimiento, no voy a contestar».233
En general, los médicos no decían a los padres que a sus hijos los iban a matar. Bayer, Knigge y otros médicos que llevaron a cabo tratamientos letales por encargo del Comité del Reich hablaban de ello a los padres de una manera indirecta, pero suficientemente clara. El psiquiatra Dr. Knigge declaró al respecto: «Por orden del Dr. Ofterdinger, la muerte asistida se concedía en Hamburgo solo con el consentimiento de los padres. Con este fin, ya en el momento del ingreso se les decía que se podría plantear la posibilidad de un eventual tratamiento para el niño, extraordinariamente peligroso, que podría causar la muerte del pequeño. Si los padres se manifestaban en el sentido de que la defunción de su hijo significaba una redención, se le otorgaba la muerte asistida previo cumplimiento de los requisitos patológicos establecidos y concesión del permiso correspondiente por parte del Comité del Reich. Si rechazaban el “tratamiento” o bien dejaban entrever algún vínculo emocional fuerte con su hijo contrahecho, se sometía al mismo a una breve observación y, acto seguido, se le daba el alta».234
Esta versión fue confirmada por la testigo Inge Nahnsen, cuyo hijo había padecido espina bífida con paraplejia asociada. Esta madre informó al juez instructor sobre la conversación que había mantenido con el Dr. Knigge: «El médico fue muy escueto. Me dijo que podía someter al niño a una intervención, pero que era cuestión de vida o muerte». La madre preguntó si la parálisis de las piernas mejoraría después de una operación de aquellas características. Knigge escurrió el bulto y se limitó a responder: «Podemos realizar la intervención». La madre replicó: «Entonces me llevo al niño a casa para cuidarlo mientras pueda». El médico le respondió: «Lléveselo ahora mismo» y no intentó «persuadir (a la madre) con ningún argumento» para que dejara al niño en el hospital.235
El procedimiento no deja lugar a dudas. En este sentido, los deseos y reacciones de los padres que se incluyen en los informes que Knigge envió al Comité del Reich son, en esencia, creíbles. En estos diagnósticos, que en su mayoría eran solicitudes de permiso para matar, Knigge escribió, por ejemplo: «A la vista del pronóstico a todas luces desfavorable, considero necesario un tratamiento. Tanto el padre como la madre lo desean urgentemente». O bien: «La madre, que ya tiene otro hijo de dos años completamente sano, está de acuerdo con cualquier tratamiento». Inmediatamente después de la guerra, Knigge declaró, en relación con la acusación de doce casos de homicidio, que en su unidad de psiquiatría había «aplicado la muerte asistida» sobre todo a niños «de capas de población humildes» y que, para él, «el consentimiento directo o tácito de los padres» había sido determinante.236
¿UN ÚLTIMO INTENTO? ¡SÍ, PRUÉBELO!

 

Al igual que su colega de Langenhorn, Bayer declaró acerca de cómo había hablado con los padres sobre el inminente «tratamiento» de su hijo. Sus detalles también coinciden con los de otros testimonios: «Siempre escuchábamos a los padres antes del tratamiento. En muchos casos de criaturas deformes, los propios padres proponían la liberación del niño. En cada caso de tratamiento se preguntaba a los padres si estaban de acuerdo con un tratamiento que podría tener una probabilidad letal de un 95 por 100. En ningún caso se llevó a cabo ningún tratamiento de eutanasia en contra de la voluntad de los padres».237
En los interrogatorios, Wilhelm Bayer declaró que había actuado conforme a la medida defendida por el Comité del Reich, consistente en «no dejar que los padres tomaran la última decisión con todas sus consecuencias». Dijo Bayer que había intentado descubrir si los progenitores «estaban de acuerdo con un tipo de tratamiento que entrañaba una elevada probabilidad de muerte». En sus informes para el Comité del Reich, Bayer utilizaba la siguiente fórmula: «Como hasta el momento no se ha producido ninguna mejora, la madre está de acuerdo con un tratamiento muy invasivo y arriesgado». Esta madre, Doris Schreiber, declaró en enero de 1946 al respecto: «El Dr. Bayer me dijo que la única posibilidad de salvar a la niña era realizar una terapia cerebral (radioterapia), pero que esta solo podía llevarse a cabo con el consentimiento de ambos progenitores y la autorización del Colegio de Médicos del Reich en Berlín. El Dr. Bayer pensaba que el tratamiento podría tener un resultado mortal, pero que también podría ser beneficioso para la niña». La señora Schreiber lo consultó con su marido y ambos aprobaron el supuesto tratamiento de su hija. Según la declaración del padre, el Dr. Bayer les había dicho que el tratamiento previsto «tenía un 90 por 100 de probabilidad de fracaso» —es decir, de muerte del paciente—.238
Anni Lucassen fue asesinada en la clínica de Rothenburgsort a la edad de un año y medio. Anteriormente, el jefe médico Bayer había propuesto a la madre una operación para su hija que consideraba «muy peligrosa y letal en un 90 por 100 de los casos». Tras esta conversación, Bayer comunicó por escrito al Comité del Reich que la madre había autorizado el supuesto tratamiento. En 1946, la señora Lucassen negó que le pidieran tal autorización y añadió: «Pero si el Dr. Bayer me lo hubiera preguntado, le habría dado el permiso para el tratamiento de la niña, porque su estado era tal que yo habría intentado cualquier cosa por ayudarla, incluso entrañando el peligro que el Dr. Bayer me había descrito».239
Hannelore Scholz fue asesinada el 4 de abril de 1945 en la clínica infantil de Rothenburgsort a la edad de un año y medio porque padecía parálisis espástica y un retraso de crecimiento grave. Su madre explicó en 1948 cómo había transcurrido la conversación decisiva en marzo de 1945: «El Dr. Bayer opinaba que, dado el estado de Hannelore en aquel momento, no había perspectivas de que la niña pudiera llegar algún día a andar, sentarse o hablar». Entonces, el médico recomendó una radioterapia que podría ayudar a la pequeña, pero que «era letal en un 90 por 100 de los casos». La madre le preguntó: «¿Qué haría usted si la paciente fuera su hija?». El Dr. Bayer le respondió: «Lo intentaría». Y la madre le dijo: «Bien, pues inténtelo». En el informe médico, el Dr. Bayer anotó: «Los padres no desean que la niña siga sufriendo».240
Los testimonios permiten concluir que el procedimiento consistente en hablar con los padres acerca de una intervención terapéutica muy severa y arriesgada y querer decir «asesinato» nació de un pacto general entre los médicos que trabajaron en una de las clínicas mortíferas del Comité del Reich. Me he referido al papel de los familiares por varios motivos. Primero, porque los expedientes de Hamburgo así lo permiten. Segundo, porque en la bibliografía existente, muy centrada en la dicotomía perpetrador-víctima, este aspecto apenas se contempla o, incluso, se omite, con lo cual el diagnóstico histórico aparece distorsionado en un aspecto esencial. Y, tercero, porque de las conversaciones con padres de niños discapacitados, y como padre de una niña discapacitada, sé lo importante que es la benevolencia social y estatal para mantener el equilibrio interior, completamente vulnerable en esta situación.
Es interesante la clase de comunicación que se establecía entre todas las partes. Por supuesto, ni médicos ni padres hablaban en ningún momento de planes homicidas, sino más bien de terapias altamente invasivas e intentos de curación por todos los medios, incluso si el tratamiento entrañaba un riesgo de muerte muy elevado. Bayer ponía como ejemplo la radioterapia profunda, un procedimiento muy generalizado en la época para casos de lesiones cerebrales. Estas terapias radiológicas se han practicado realmente, y no pocas veces con desenlace mortal. En 1979, cuando mi hija Karline, recién nacida de ocho días, estuvo ingresada en la unidad de cuidados intensivos debido a una infección, el jefe médico nos llevó a un rincón y nos dijo: «No sabemos si vuestra hija sobrevivirá a esta noche. Y si sobrevive, lo hará gravemente perjudicada». ¿Era una pregunta en clave? Así la interpreté y lo recuerdo como si fuera ayer. El pronóstico fue correcto.

 

Del médico de Langenhorn Hermann Knigge se han conservado cartas a través de las cuales comunicó al Comité del Reich que el niño examinado no era apto para el tratamiento mortífero. En total, por cada niño cuya muerte solicitó y ejecutó, Knigge desaconsejó el tratamiento para tres de ellos. En estos casos, en su valoración influía tanto la opinión de los padres como el diagnóstico médico. Sobre Helmut Beneke, Knigge escribió lo siguiente: «El diagnóstico general es de imbecilidad con hábitos corporales mongoloides. Como se deduce de los antecedentes, está capacitado con limitaciones para seguir las clases de la Hilfsschule, pero dicha capacidad no garantiza que el joven sea apto para trabajar en un futuro y pueda subsistir por sí mismo. Sus padres, que son contrarios a cualquier tratamiento, se lo han llevado a casa al finalizar la observación». Sobre Lieselotte Brandt, Knigge informó de lo siguiente: «Si bien el diagnóstico corporal permite establecer un pronóstico sin esperanzas, no estoy en condiciones de decidir la aplicación de un tratamiento al niño desde el punto de vista de su crecimiento psicológico. El niño será entregado en breve a la madre, quien no deja de solicitar su alta». En el caso del paralítico espástico Peter Hotop, Knigge había solicitado su muerte («tratamiento») al Comité del Reich, pero no la llevó a cabo y lo justificó de la siguiente manera: «El tratamiento autorizado ha sido rechazado por los padres, quienes, a pesar de todo, quieren a su hijo. El alta del niño, cuyo pronóstico de supervivencia es desfavorable, ya se ha ordenado». Así también se salvaron Reinhard Hauswirth («la madre lo quiere mucho») e Irmgard Jagermann («los padres se oponen a cualquier tratamiento»).241
También en Hamburgo hubo muchos padres, a menudo calificados de «obstinados», que se negaron aceptar la «oferta de tratamiento» médico. Estos padres reticentes fueron el objetivo de una circular del Ministerio de Interior del Reich fechada el 20 de septiembre de 1941 en la que, significativamente, ya no se habla de la obligación de inscribir a los niños, sino directamente del «tratamiento de recién nacidos contrahechos, etc.»: «Por experiencia sabemos que el asilamiento de niños gravemente enfermos y especialmente dependientes libera a sus padres de una carga económica y psicológica e impide que los eventuales niños sanos existentes en la familia queden desatendidos en beneficio del hijo enfermo. (...) Los titulares de la custodia a menudo no están dispuestos a entregar al niño a un establecimiento, ya sea porque el médico de cabecera les ha dicho que el tratamiento en un hospital tampoco podrá mejorar el estado del enfermo o porque creen apreciar una mejora progresiva en el estado del niño, cuando en realidad no se trata de ninguna mejoría, sino de una adaptación del observador a ese estado. Por experiencia, esto suele pasar con niños con idiocia mongoloide, ya que los padres que se acostumbran a interpretar erróneamente el cariño, la afabilidad y el amor por la música demostrados por este tipo de niños, se engañan a sí mismos con falsas esperanzas y ya no quieren saber nada del ingreso en un establecimiento». La circular prosigue con una amenaza expresa: «Hay que decir a los padres que el internamiento en un hospital en el momento adecuado es lo mejor para ellos y para el niño; que, de todos modos, el ingreso será necesario en un futuro; y que el hecho de rehusar el ingreso en un establecimiento podría suponer un perjuicio económico para ellos o para su hijo, en el sentido que el rechazo de la oferta debe considerarse una quebrantamiento de la custodia».242