Ayuda para los heridos, muerte para los locos

 

 

UN APROVECHAMIENTO ÓPTIMO DE LAS CAMAS DISPONIBLES

 

Tras el fin de las campañas militares rápidamente ganadas, Alemania se embarcó en una sangrienta guerra de desgaste. Bien es cierto que la ofensiva de la primavera de 1942 en el sur de la Unión Soviética volvió a reportar enormes porciones de territorio, pero también truncó las esperanzas de una victoria cercana. Simultáneamente, los aliados ampliaron masivamente el radio de acción de sus bombardeos y los ataques aéreos afectaron sensiblemente a la población alemana. Para mantener la moral más o menos alta, el gobierno utilizó todos los medios a su alcance para cuidar de la salud de los civiles heridos, y lo hizo también a costa de los pacientes ingresados en los hospitales psiquiátricos. En adelante, sus camas fueron ocupadas con más frecuencia por enfermos y heridos corporales y, por ello, decenas de miles de enfermos mentales y personas perturbadas o necesitadas de cuidados tuvieron que ser deportados a establecimientos mortíferos o, sencillamente, asesinados a base de sobredosis de medicamentos.
El responsable designado para ello fue Karl Brandt, a quien Hitler (junto con Philipp Bouhler) había confiado en septiembre de 1939 la supervisión general de la Acción T4 y nombrado además, el 28 de julio de 1942, representante plenipotenciario para asuntos de Salud y Sanidad. Desde entonces, Brandt desempeñó «tareas especiales» y se encargó de «equilibrar la demanda de médicos, hospitales, medicamentos, etc. entre los sectores civil y militar».405 Apenas hubo accedido al cargo, y de común acuerdo con Leonardo Conti, Brandt encomendó al líder de los médicos del Reich y viceministro responsable de Salud y Sanidad, Fritz Cropp, la tarea de organizar de la forma más efectiva posible la asistencia médica para las víctimas civiles de los bombardeos. Posteriormente, ostentó el sonoro cargo de Comisario General para Daños en Ataques Aéreos. Por lo demás, Cropp dirigió desde 1940 el departamento de Salud Pública del Ministerio de Interior del Reich y también supervisó desde este cargo el trabajo de Herbert Linden y su actividad asesina en colaboración con la Acción T4. Mientras a Brandt le correspondía equilibrar el reparto de recursos médicos entre los sectores civil y militar y, en caso de duda, imponer su criterio en virtud de la autoridad que le había otorgado Hitler, a Cropp le tocaba —por encargo de Brandt— asegurar la aplicación de la medicina de catástrofes en las ciudades afectadas por los bombardeos. A oídos ingenuos podría sonar inofensivo, pero en realidad se trataba de decidir sobre la vida y la muerte de inocentes.
A principios de agosto de 1942, Linden —o, si se quiere, el representante plenipotenciario general para cuestiones eutanásicas— encargó la elaboración de una encuesta sobre el posible uso de establecimientos de curación y cuidados como hospitales alternativos. Las autoridades competentes debían responder a las siguientes preguntas en el plazo de diez días: «1. ¿Cuántos enfermos mentales se pueden alojar todavía en los establecimientos de su distrito (incluidas las instituciones caritativas y privadas) para un aprovechamiento óptimo de las camas disponibles? 2. Aparte de estos ¿cuántos enfermos mentales se pueden admitir además en casos de catástrofe mediante la instalación de campamentos de emergencia a) en pasillos con calefacción, zonas comunes, etc., b) en capillas de establecimientos (...) 3. (solo para regiones bajo amenaza de ataque aéreo) ¿Qué establecimientos de curación y cuidados se desalojarían en caso de catástrofe para utilizarlos como hospital auxiliar?». Linden añadió: «A este respecto, citen a ser posible aquellos establecimientos que no se consideren especialmente amenazados por ataques aéreos. Si se produce un caso de catástrofe, yo me ocuparía del desalojo inmediato de estos establecimientos. Así, los enfermos que se hayan quedado sin techo por el desalojo de los hospitales serían trasladados en el plazo más breve al establecimiento alternativo de prevista creación».406
Poco después, Cropp comunicó el resultado de la encuesta a las autoridades regionales: tras un ataque aéreo, los enfermos mentales debían ser «provisionalmente» apiñados y él se ocuparía, «de acuerdo con el Comisario del Reich para los Establecimientos de Curación y Cuidados» —es decir, con Linden—, de «eliminar la congestión provisionalmente provocada» y mandar evacuar a los «enfermos mentales a establecimientos de países, provincias y Gaue del Reich menos amenazados.407 Cropp y Linden hicieron todo lo posible para impedir un «desalojo preventivo de establecimientos». ¿Por qué? En esta planificación médica de catástrofes, los internos de los establecimientos psiquiátricos ejercían de comodines para cuando fuera necesario, es decir, su función era la de mantener las camas calientes. Solo así se podía asegurar que los centros se mantuvieran en funcionamiento por motivos de asistencia médica, que el personal siguiera siendo indispensable y que la Wehrmacht no acaparara los edificios a deshora ni los ocupara con soldados que se hubieran quedado sin techo por culpa de un bombardeo. Los organizadores de la Acción T4 habían tomado buena nota de la experiencia de la primera fase homicida: de las 70.000 camas de establecimientos psiquiátricos «liberadas» entre enero de 1940 y agosto de 1942, 50.000 fueron destinadas a fines ajenos a su actividad.408

 

A petición de la dirección del Gau local, la Gekrat trasladó en agosto de 1942 a 370 pacientes achacosos de la región de Colonia al establecimiento de Hadamar para compensar las camas de hospital que habían sido destruidas a consecuencia del aumento de los ataques aéreos en el frente occidental. A pesar de que, entretanto, las instalaciones de gaseamiento se habían desmantelado en Hadamar, en el espacio de dos meses murieron allí 160 de los enfermos trasladados. Así comenzó la segunda fase de los asesinatos por eutanasia. A los deportados se los «tumbaba» con la ayuda de drogas, se los dejaba morir de inanición o de pulmonía inducida o se los intoxicaba con sobredosis de medicamentos. Por la misma época, en julio de 1942, también surgieron problemas parecidos en la región de Duisburg a causa de los bombardeos. Entonces, el alto funcionario de Salud Pública de Düsseldorf, Josef Vogt, solicitó la evacuación de algunos centenares de enfermos mentales. Como su petición no tuvo éxito, Vogt reclamó a Herbert Linden más previsión en futuros casos de catástrofe para poder desalojar un establecimiento de curación y cuidados «con la mayor brevedad» y, así, obtener camas para el cuidado de los heridos.409 En Berlín, Brandt y Linden todavía se veían desbordados, pero aprendían rápido de las experiencias locales. A partir del verano de 1942, los organizadores y los médicos homicidas dejaron de guiarse por un plan previamente establecido, que en cierta medida agotaron, y deportaron a los tutelados cada vez más en función de la necesidad local causada por los cruentos ataques aéreos. Este criterio fue el que determinó la cifra de personas trasladadas en tren o en los famosos autobuses de la T4 y posteriormente asesinadas en su mayor parte. En la jerga administrativa, la combinación de asesinato y ayuda para situaciones de catástrofe recibió a menudo el nombre de «Acción Brandt».410 Un par de ejemplos nos ayudarán a explicar cómo sucedía todo esto en la práctica.
El 25 de junio de 1943, el gerente de la Acción T4 comunicó al director del establecimiento de Giessen que le asignaría pacientes de Renania porque Karl Brandt le había encargado «desalojar los establecimientos de curación y cuidados de las zonas especialmente amenazadas por los ataques aéreos».411 Poco después, el 2 de julio, el Oberpräsident de Prusia oriental informó de que Brandt le había «pedido a través de su comisario» que preparase «camas para los enfermos mentales que serán trasladados desde los manicomios de las provincias de Renania y Westfalia que hay que desalojar».412 Los detalles relativos a los criterios homicidas, en absoluto basados en diagnósticos médicos, perdieron importancia, y lo mismo sucedió con la idea de «liberar» al cuerpo nacional alemán de los individuos con vidas supuestamente indignas de ser vividas. Lo que contaba ahora era la capacidad laboral y, sobre todo, el alcance de los requisitos para aplicar la medicina de catástrofes. En consecuencia, el departamento de Salud Pública del ministerio de Interior del Reich dispuso que, a partir del 1 de febrero de 1943, ya no hubiera que inscribir solamente a los pacientes psíquicamente enfermos elegidos con determinadas patologías y estancias prolongadas, sino, en principio, a todos los internos de un establecimiento psiquiátrico determinado. A partir de junio de 1943 había que notificar mensualmente a Cropp, el socio colaborador de Linden, «todas las camas de hospital civiles (sin contar manicomios ni residencias de enfermos incurables)», así como el «número de hospitales a) destruidos y b) gravemente dañados por ataques aéreos», y, además, el «número de a) enfermos mentales, b) enfermos crónicos, c) otros enfermos trasladados (¿adónde?) o ingresados (¿dónde?) en las operaciones de ajuste entre distritos».413
LAS MONJAS Y LOS CUIDADORES SENTENCIAN A LOS ENFERMOS

 

A pesar de la nueva situación, Linden se guardó de exponer a los enfermos mentales al hambre o la miseria indistintamente. Así, por ejemplo, pidió al ministro de Economía del Reich que los enfermos mentales recibieran en principio la misma cantidad de jabón que los enfermos corporales. Para él, un reparto distinto solo estaba justificado si el proceso patológico conducía al «entontecimiento (muerte intelectual)» y a la incapacidad laboral del enfermo. Por lo demás, advirtió que una discriminación demasiado evidente de los enfermos mentales podía «complicar la predisposición a su ingreso y, por consiguiente, poner a la comunidad nacional en notable peligro».414 Ya en marzo de 1942, el Oberpräsident de Westfalia había comunicado que «entre la población» se apreciaba «en gran medida la tendencia a ingresar a los enfermos en establecimientos confesionales» antes que en los de titularidad pública.415 Cuando, en mayo de 1943, se ordenaron los traslados a gran escala, la mayoría de la gente comprendió enseguida la finalidad de los mismos. «Por experiencia sabemos», anotó Cropp, «que los familiares intentan evitar estos traslados y se llevan a los enfermos a sus casas por un tiempo, incluso desobedeciendo el consejo médico, y los vuelven a traer más tarde, una vez concluida la acción de traslado». Por consiguiente, había que evitar —si era necesario, incluso con ayuda policial— dar prematuramente el alta a pacientes no curados.416
Los desalojos comenzaron en Renania, continuaron en Hamburgo, Bremen y Westfalia y se extendieron a Berlín. Las camas de hospital así ganadas no estaban disponibles para cualquiera, por supuesto. En el informe de un viaje de inspección del líder de Salud del Reich a través de Alemania central consta este escueto comentario: «No es necesario tomar medidas especiales en casos de catástrofe para los cuidados médicos de prisioneros de guerra y trabajadores del este».417
El procedimiento habitual empleado por la Acción T4 hasta el verano de 1942, consistente en asesinar a enfermos a partir de pliegos de inscripción y unos criterios introducidos en ellos (duración de la estancia, diagnóstico, pronóstico, capacidad laboral), debe calificarse sin duda de mecánico, impreciso y profundamente inhumano. Sin embargo, sería un error creer que los que conocían bien a sus pacientes y se dedicaban a ellos cada día hubieran decidido de manera menos refutable. Ciertamente, los médicos y cuidadores de unidad, y, en la guerra, cada vez más doctoras y enfermeras, se basaban en criterios más bien subjetivos. Lo que les importaba era deshacerse de pacientes que alteraban su rutina profesional más o menos cómoda y sus normas morales, estéticas o políticas. Así lo demuestran los diagnósticos que el personal del establecimiento de Hamburgo-Langenhorn apuntó en las listas de transporte para deshacerse de unos «enfermos difíciles y agobiantes». Lo que se diagnosticó a estos hombres y mujeres deportados en 1943 al establecimiento asesino de Meseritz-Obrawalde fue lo siguiente:
«Paciente desagradable»; «tiene la intención de fugarse»; «pueril e impertinente»; «ayer por la noche mantuvo relaciones homosexuales»; «ya no sirve para las brigadas de trabajo»; «ocasionalmente de mal humor e irritable»; «últimamente se deja llevar por instintos»; «violento, trabaja poco, hace muecas, practica mucho el onanismo»; «no limpia bien»; «no hace nada»; «se vuelve mala y agresiva cuando la molestan»; «profiere sonidos roncos y malignos»; «exige que le den el alta inmediatamente»; «siempre quiere imponer su voluntad»; «sucio»; «violento»; «dice con un gesto miedoso: hermana, me van a matar»; «ansiosa, critica a su marido»; «en ocasiones molesta por las noches»; «dice muchas tonterías»; «a veces se resiste obcecadamente»; «se distrae completamente»; «siempre negativo»; «no puede conversar ordenadamente»; «irrelevante, gruñón, agitador, conflictos con su entorno»; «malhumorado e irritable»; «no apto para trabajar»; «hoy se ha escapado del trabajo»; «infeliz»; «escupe y da puntapiés»; «por lo general, muy complicado»; «enfermo completamente dependiente»; «se orina encima día y noche»; «obstinado, insensato»; «habla de envenenamiento»; «indiferente durante el trabajo»; «poco constante»; «siempre replica»; «indecente»; «se queja»; «a veces poco amable»; «pueril»; «exige insistentemente el alta»; «insoportable»; «dice palabrotas»; «chismorrea»; «transmite mucho erotismo»; «hoy se ha quejado en la visita por discriminación en la comida»; «busca pelea»; «insomne»; «se irrita de repente»; «tiene delirios litigiosos»; «tiene mil deseos»; «insolente»; «infantil»; «grita a menudo: “¡Heil Moscú!”»; «a cada momento con pretextos maníacos»; «siempre escribe a Hitler»; «paciente desaseada»; «conducta y expresiones nada constructivas».418
Las anteriores sentencias de muerte no las redactaron un puñado de médicos escogidos que regentaban una central asesina, sino personas que tenían la responsabilidad de atender cada día a sus pacientes. Los comentarios con los que justificaban sus decisiones no revelan ningún objetivo especial relativo a la eugenesia o a la salud nacional. No seguían ninguna ideología ni teoría racial, sino únicamente la lógica de un empleado que no quiere complicarse su vida profesional cotidiana.

 

Linden controlaba ahora los traslados, pero los médicos, funcionarios, empleados y conductores de autobús de la Acción T4 trabajaban como un equipo bien avenido, no ya como elementos determinantes aislados, sino de manera cooperativa y, en ocasiones, también aportando ideas. En el verano de 1943, el director médico de la Acción T4, Paul Nitsche, terminaba de curarse en Heidelberg de las secuelas de una intervención quirúrgica. Desde allí escribió a Max de Crinis el 25 de agosto: «En lo tocante a nuestra acción para el Prof. Br. (Brandt), (...) él me ha concedido, a través del Sr. Blankenburg, la autorización para proceder en lo relativo a mi propuesta de E que le planteé verbalmente».419 Nitsche utilizaba con frecuencia la letra «E» o la expresión «Eu» como abreviaturas de eutanasia. Dos meses después, el 30 de octubre, escribió al mismo destinatario: «Usted recordará que, cuando ambos estuvimos a finales de junio con el Prof. B., le hice a él una propuesta muy concreta relativa a la cuestión de la E». Brandt había dado su aprobación a dicha propuesta y, «respondiendo al encargo de E del Prof. Br.», el 17 de agosto Nitsche había «convocado a psiquiatras practicantes especialmente escogidos».420
En el encuentro convocado por Nitsche, los reunidos decidieron ampliar a fondo la matanza descentralizada y silenciosa de pacientes con la ayuda del hambre y sobredosis de medicamentos. Por lo visto, Gerhard Wischer, director del establecimiento de Waldheim, en Sajonia, se refirió a esta reunión en un informe dirigido a su mentor Nitsche: «Por lo demás, el trabajo discutido en Berlín se desarrolla sin dificultades». Para empezar, Wischer contaba «con una media mensual de veinte a treinta pacientes», es decir, veinte a treinta asesinatos, y comunicaba satisfecho que, hasta el momento, no habían surgido «dificultades de ningún tipo ni entre el personal ni por parte de los familiares». Simplemente, tenía que «trabajar sin interrupción para hacerlo todo», y para ello necesitaba una determinada cantidad de medicamentos. Por ello pidió a Nitsche que solicitara «primero 100 ampollas de Epivan de 1,0 gramos y 3.000 comprimidos de Luminal de 0, 3 gramos» y efectuara el envío a su dirección privada para «no levantar el menor revuelo posible en el establecimiento». A las pocas semanas, Wischer comunicó que tenía «mucho que hacer, ya que casi todas las nuevas admisiones procedentes de la zona limitada por Leipzig, Chemnitz y Meissen me tocan a mí», y añadió: «Naturalmente, nunca podría alojar todas estas admisiones si no implementara las correspondientes medidas de liberación de plazas, actividad que se está desarrollando sin dificultades. Sin embargo, me faltan bastantes medicamentos».421
En septiembre de 1943, la Asociación Provincial pidió al director del establecimiento de Gütersloh que dividiera en tres grupos a todos los pacientes que llevaran allí dos años sin ser relativamente molestados. Los internos de los grupos I y II requerían cuidados constantes y no eran aptos para trabajar, respectivamente, mientras que los pacientes del grupo III se podían emplear para la conservación y mantenimiento de las instalaciones. El director asignó 457 tutelados a las categorías I y II y 816 al grupo III. Según los datos de este responsable, para el funcionamiento diario del establecimiento —del que formaba parte, como en otros lugares, un hospital militar de reserva— solo se necesitaban 600 pacientes aptos para trabajar. En los meses de noviembre y diciembre fueron evacuados 712 pacientes de Gütersloh.422
En Bethel, Karl Brandt, a quien le unía una relación de mutuo respeto con Friedrich von Bodelschwingh, director del establecimiento local, también hizo sitio para un hospital militar de la siguiente manera: en 1943 desalojó como mínimo el edificio Mahanaim y trasladó a los pacientes a Meseritz-Obrawalde, pasando por el establecimiento intermedio de Gütersloh. En 1947, el hermano de la paciente Hildegard F. describió este transporte ante la fiscalía de Berlín: «En 1943, en las operaciones de obtención de espacio para uso hospitalario militar en el edificio Mahanaim del hospital de Bethel bei Bielefield, (...) mi hermana fue trasladada primero, sin la autorización ni el conocimiento de sus familiares, al establecimiento de curación y cuidados de Gütersloh bei Bielefield y, de allí, poco después, también arbitrariamente, a Meseritz-Obrawalde. (...) El jefe médico del establecimiento de Gütersloh me explicó entonces que todo se hacía solamente para obtener espacio clínico de uso militar y que así lo había ordenado el “Führer”».423 Este hermano informó de que muchos pacientes habían sido trasladados entonces de Bethel al establecimiento mortífero de Meseritz-Obrawald pasando por Gütersloh.
A finales del año 1943, Wischer comunicó lo siguiente al «muy estimado Sr. Profesor Nitsche»: «El bombardeo sobre Leipzig ha causado grandes destrozos. Asimismo, las expulsiones se llevan a cabo sin dificultades». Entretanto, los medicamentos habían llegado. El 2 de diciembre, Nitsche había vuelto a preguntar a la oficina de su jefe Allers: «Sobre todo querría saber si a los directores que han recibido el encargo de E como resultado de la reunión mantenida conmigo el 17 de agosto (referente al encargo de E del Prof. Br.)» se les ha enviado ya los «medicamentos necesarios» para el cumplimiento del mismo. Con esta información, Nitsche quería «calcular aproximadamente» durante cuánto tiempo y en qué medida los directores de cada centro «trabajan en el asunto en cuestión».424
La logística de los medicamentos corría a cargo del Instituto Técnico de Criminalística de la Oficina de Policía Criminal del Reich. El responsable allí era el químico Albert Widmann.425 Algunos documentos que —seguramente por casualidad— no se han conservado íntegramente revelan qué establecimientos abasteció directamente Widmann: Uchtspringe, el hospital infantil de Stuttgart-Norte, Görden, Ansbach, Eichberg, Grossschweidnitz, Tiegenhof y Kalmenhof /Idstein.426 El Instituto Técnico de Criminalística también abasteció al Comité del Reich, al Grupo de Trabajo del Reich y al Comisario del Reich para los Establecimientos de Curación y Cuidados, es decir, a las instituciones centrales de los asesinatos por eutanasia, las cuales, por su parte, distribuyeron el veneno por infinidad de establecimientos a través de sus recaderos. Los médicos de establecimientos muy concretos, como el de Hadamar, se proveían con independencia de las entregas controladas desde Berlín y compraban directamente en las farmacias locales, o bien recurrían, ya en las postrimerías de la guerra, a las inyecciones de aire o gasolina, tal como se hacía en los campos de concentración.427

 

En enero de 1944, Nitsche comunicó lo siguiente a su amigo de Heidelberg Carl Schneider: «En mi próxima visita a Berlín tengo previsto volver a convocar allí a todos los colegas que ya había citado el pasado 17 de agosto (de 1943) respondiendo al encargo de E del profesor Br. —ya le expliqué a usted la situación con todo detalle y no le fue posible acudir—. La intención es seguir impulsando el asunto y, por lo pronto, determinar el estado actual del mismo».428 Al poco tiempo, el nuevo programa asesino fue incluyendo a más grupos de personas. El 24 de julio de 1944, Curd Runckel comunicó por escrito a Nitsche que había hablado con el profesor Brandt sobre un plan para desalojar centros de reeducación y residencias asistenciales. Se trataba del traslado, por lo menos parcial, de los residentes a establecimientos psiquiátricos muy concretos con el objetivo acelerar su muerte. «El Sr. Profesor Brandt me ha pedido», escribió Runckel, «que le informe a usted de estas cosas y, simultáneamente, me ha insinuado si usted podría gestionar discretamente una activación de nuestra terapia específica a este respecto».429 A los pocos días, Nitsche comentó satisfecho acerca de esta petición que era conveniente «para nuestro anhelo (..) comentar con el Prof. Br. la cuestión de la E en el sentido de las negociaciones que hemos mantenido en Viena». Nitsche pidió a Blankenburg, su hombre de contacto en la cancillería del Führer, que provocara pronto un encuentro con Brandt «previa consulta al Prof. De Crinis».430 Las «negociaciones de Viena» tuvieron lugar del 3 al 5 de julio de 1944. A la vista de un final de la guerra cada vez más pesimista y de unos medios cada vez más escasos, se trataba de matar a cada vez más personas consideradas inútiles o molestas. Antes de la reunión, Herbert Linden había propagado el siguiente lema para la conferencia de Viena: «Los médicos de los establecimientos deben hacer todo lo posible para reducir el cupo de enfermos mentales».431
CREMATORIOS PARA LOS ESTABLECIMIENTOS DE CURACIÓN

 

En ocasiones no se trataba tanto de obtener camas de hospital sino, simplemente, de espacio. Después de que los cruentos ataques aéreos del 26 de agosto de 1944 redujeran los edificios de la Universidad de Kiel a escombros, a alguien se le ocurrió trasladar las dependencias académicas al establecimiento de curación de Schleswig. Dicho y hecho, el administrador de la universidad, el Dr. Kinder, y el rector, el profesor Dr. Holzlöhner —un psicólogo que había participado en los experimentos de hipotermia realizados en el campo de concentración de Dachau— se fueron juntos a Berlín para reunirse con el confidente de Hitler, Karl Brandt, y aclarar «adónde se trasladarán los cerca de mil pacientes». Brandt estaba de acuerdo con el plan, pero dejó abierta la cuestión relativa a la suerte de los pacientes: «El Prof. Brandt no nos podía decir adónde irían». Posteriormente, el funcionario ministerial explicó: «Tras mi regreso informé al Dr. Grabow, del establecimiento de curación regional de Schleswig-Stadtfeld, sobre el resultado de la reunión mantenida en Berlín. Durante dos a tres semanas no supimos nada de la evacuación de los enfermos. Un día, de pronto, llegó la noticia de que se evacuaría a 700 enfermos en las 24 horas siguientes. Inmediatamente después de llevarse a cabo el transporte aparecieron en los periódicos los primeros anuncios de defunción de pacientes de Meseritz-Obrawalde».432
La eficacia del fiscal Dr. Dietrich Kuhlbrodt permitió documentar especialmente bien este tipo de deportaciones en la ciudad de Hamburgo, si bien no se logró condenar a ningún responsable. El 24 de julio de 1943 comenzó la gran ofensiva aérea británico-estadounidense de una semana de duración sobre Hamburgo, conocida por el nombre en clave de «Gomorra». La ciudad ardió, literalmente. Aproximadamente 34.000 personas murieron víctimas de las llamas, los cascotes y los gases de combustión, y más de cien mil resultaron heridas. El 7 de agosto, un transporte con 97 mujeres enfermas mentales salió de Hamburgo hacia Hadamar. El destino era la muerte. Los informes médicos que se han conservado demuestran que una veintena de estas mujeres vivían solas, habían perdido el juicio a causa del infierno de los bombardeos y habían sido ingresadas en el establecimiento de salud y cuidados de Hamburgo-Langenhorn por médicos residentes y funcionarios. Citamos brevemente a continuación el destino vivido por tres de ellas.
Marie R. nació el 28 de diciembre de 1860 en Fichthorst (Prusia occidental). El 3 de agosto de 1943 fue ingresada sin diagnóstico en el establecimiento de curación y cuidados de Hamburgo-Langenhorn y trasladada a Hadamar el 7 de agosto de 1943. De una anotación en su informe se desprende que murió en el transporte «por agotamiento en estado de enfermedad mental».
Anna W., de apellido de soltera Musfeldt, nació el 9 de noviembre de 1851 en Blomesche Wildnis. El 27 de julio de 1943 fue ingresada en estado de confusión con heridas de bomba. Murió el 26 de agosto de 1943 en Hadamar.
Amalie K., de apellido de soltera Beckmann, nació del 29 de julio de 1866 en Lüdingworth y murió el 16 de julio de 1943 en Hadamar. Su hijo escribió las siguientes palabras al director del centro asesino: «Mi madre se fue de casa de mi hermana el 31 de julio de 1943 y, debido a los recientes bombardeos sobre Hamburgo, ha perdido todo lo que tenía. Mi madre se mantuvo mentalmente activa hasta el final y hacía todas las tareas domésticas sin problemas, por lo que no se explica su ingreso en un establecimiento. Rogamos que se nos comunique de qué enfermó mi madre y cuál ha sido la causa de su muerte». La lacónica respuesta recibida fue «insuficiencia cardiaca».433
En 1946 y 1947 llegaron cartas similares a la fiscalía de Berlín. En ellas, los parientes solicitaban información sobre el destino de los miembros de su familia deportados a Meseritz-Obrawalde. Esperaban obtener algún dato porque la justicia berlinesa estaba instruyendo diligencias contra las doctoras y enfermeras del establecimiento de dicha población. Un hombre mayor de Hamburgo preguntó: «Mi hija, la procuradora Elfriede Friederike Auguste Welsen, nacida el 28 de junio de 1908 en Hannover, murió el 4 de diciembre de 1943 a las 8 horas 30 minutos, presuntamente de una insuficiencia cardiaca, según el certificado de defunción número 1838 / 1943 del registro civil de Meseritz-Obrawalde. En agosto de 1943, después de que cayera una mina aérea en las proximidades de mi propiedad y causara graves daños en el piso donde mi hija tenía su habitación, ella se volvió muy asustadiza y padeció dolores de cabeza e insomnio. Ingresó como paciente privada en el hospital de Eppendorf, en Hamburgo, desde donde —sin comunicármelo a mí— fue trasladada al establecimiento hospitalario de Meseritz-Obrawalde. A petición mía, en las oficinas del hospital de Eppendorf me dijeron que, debido a los ataques aéreos sobre Hamburgo, los pacientes habían sido trasladados a zonas menos amenazadas para hacer sitio y poder alojar a las víctimas de los bombardeos».434 El jefe médico de la clínica universitaria que había trasladado a esta paciente a Meseritz-Obrawalde era Hans Bürger-Prinz, reputado psiquiatra y profesor universitario en la posguerra.
La muerte extraordinariamente rápida de las mujeres citadas anteriormente a modo de ejemplo, víctimas de estados de alteración mental tras un cruento ataque aéreo, respondía a un propósito general. Así lo confirma la declaración del cochero del establecimiento de Meseritz-Obrawalde, tomada poco después de acabar la guerra. Este hombre estuvo encarcelado entre 1936 y 1940 por comunista, internado posteriormente como enfermo mental en Hamburgo-Langenhorn y, de allí, trasladado a Meseritz-Obrawalde en abril de 1943. Sobrevivió como trabajador del establecimiento. «Recuerdo un transporte procedente de Berlín», explicaba el hombre en 1946, «en el que había pacientes que habían sufrido un fuerte shock a causa de los bombardeos sobre Berlín. A estos pacientes no los repartieron por los distintos edificios, sino que del tren pasaron directamente al hospital militar, donde los mataron al día siguiente. Lo sé con certeza porque después se volvieron a llenar las fosas comunes con cadáveres. También pude ver cómo el coche fúnebre recogía sin cesar los muertos del hospital militar».435
De asesinar a personas que, por una situación determinada, habían sufrido una alteración y perdido su hogar, a incluir a los habitantes de las residencias de ancianos en el programa asesino, solo había un paso. Este paso se dio en Hamburgo poco después de producirse el devastador bombardeo del 6 de agosto de 1943. Ese día, un transporte ferroviario con 284 mujeres y hombres hamburgueses, en su mayoría ancianos y postrados en cama, partía de la alejada y todavía intacta estación de Ahrensburg. Tras una odisea de dos días, 150 pasajeros de ese tren llegaron al establecimiento de curación y cuidados de Neuruppin, el cual, en 1940 y 1941, se había utilizado como establecimiento intermedio para los pacientes destinados a morir en las cámaras de gas de Brandeburgo y Bernburg. Durante las dos primeras semanas murieron nueve hamburgueses. El 20 de agosto, el director Petzsch «transfirió» a la unidad psiquiátrica a 38 hombres y, cinco días después, a 16 mujeres procedentes del transporte de Hamburgo. Al principio, Petzsch notificaba esta operación al Oberpräsident de la marca de Brandeburgo para cada uno de los pacientes («ya no es soportable en la unidad hospitalaria debido a la persistencia de su estado mental transformado»), pero después, «en beneficio de la simplificación comercial», trasladaba a los ancianos a las mortíferas unidades para locos de su establecimiento sin cumplir ninguna formalidad. El 6 de noviembre de 1943, el establecimiento de Neuruppin fue desalojado para poner camas de hospital de reserva a disposición de Berlín.436
También Meseritz-Obrawalde fue un destino para ancianos que vivían en residencias. En la denuncia interpuesta contra la doctora Hilde Wernicke y la ciudadora Helene Wieczorek, el denunciante explica lo siguiente: «La ciudadora jefe Erdmann, del edificio 6, recibió en junio de 1944 un transporte de abuelitas que habían sido bombardeadas en Stettin. Eran aproximadamente 500 mujeres mayores, todas ellas consumidas. Erdmann las tuvo que eliminar por orden del Dr. Motz y la Dra. Wernicke. Aquello fue, después de una serie de experiencias difíciles e inmerecidas, el final de unas vidas dedicadas a trabajar».437
Los soldados tampoco se escapaban de los asesinatos por eutanasia. Por ejemplo, una mujer de Berlín-Moabit preguntó en 1946 por el paradero de su esposo: «El 21 de septiembre de 1943, mi marido, el cabo de la marina Arthur Plehp, fue ingresado en el establecimiento de curación regional de Meseritz-Obrawalde procedente del hospital militar naval de Bedburg-Hau, con el número de expediente 12363».438 El requisito de asesinar también a soldados lo había establecido el general médico Siegfried Handloser, jefe de los servicios de Sanidad del ejército. En su orden del 9 de febrero de 1943 «sobre el tratamiento de soldados con reacciones histéricas y psicógenas» había dispuesto que «los histéricos a causa de la guerra cuyos síntomas no remitan mediante tratamiento, serán alojados en establecimientos de curación y cuidados».
En el Ministerio de Interior del Reich, Herbert Linden dirigía estos asesinatos de común acuerdo con su superior y socio —en lo relativo a los encargos especiales— Fritz Cropp, con Paul Nitsche y con la Acción T4 dirigida por él. Cropp, como Comisario General para Daños en Ataques Aéreos, era la cara amable de los contundentes servicios de emergencia, mientras que el trabajo sucio lo hacía Linden como Comisario del Reich para los Establecimientos de Curación y Cuidados. Este, con su sistema, proporcionaba a Cropp los recursos materiales que necesitaba, especialmente camas vacías para los heridos que la guerra iba causando. De la organización de los transportes, el suministro de medicamentos letales, la motivación política y moral de los directores de establecimiento y, sobre todo, de la facturación se encargaban, siempre que podían, los trabajadores de la Acción T4, quienes, de puertas afuera, utilizaban los membretes de la Gekrat, la Institución de Utilidad Pública para el Cuidado en Establecimientos y, cada vez más, la Oficina de Compensación Central para Establecimientos de Curación y Cuidados.439
La práctica asesina rápidamente propagada en multitud de establecimientos psiquiátricos estuvo estrechamente vinculada a la medicina de catástrofes. Así lo demuestra la asignación de seis millones de marcos del Reich que el Ministerio de Finanzas había previsto en marzo de 1943 para hospitales auxiliares y alternativos. El 21 de septiembre de 1943, Cropp reenvió íntegramente estos fondos a Herbert Linden, quien debía destinarlos, «en el marco de las medidas de desalojo de los establecimientos de curación del frente oeste alemán», a la construcción de unos barracones de madera ligera para determinados centros de sangrienta reputación.440 Por norma, los establecimientos de curación y cuidados albergaban en aquella época un hospital militar de reserva, un hospital para enfermos corporales, instituciones no médicas y finalmente, las construidas originalmente en cada centro. Los mismos establecimientos que se habían rebautizado pomposamente como «clínica» o «casa de salud» tenían ahora el aspecto de un campo de concentración, y sus directores, médicos y jefes médicos se habían convertido en una mezcla de verdugo y comandante de campo de concentración con uniforme blanco.
El criterio que Linden aplicaba para decidir a qué establecimiento suministraba los barracones era inequívoco. Para él, era primordial que los directores estuvieran dispuestos a aplicar un tratamiento que redujera lo más rápidamente posible el elevado número de pacientes de nuevo ingreso. Esto, y no la propia construcción de los barracones, hace que la lista reproducida a continuación sea un documento revelador; entre paréntesis se indica el número de barracones previstos para 1943: Meseritz-Obrawalde (6), Ueckermünde (6), Sachsenberg (2), Pfafferode (2), Altscherbitz (2), Uchtspringe (5), Troppau (10), Schussenried (4), Winnental (8), Zwiefalten (2), Günzburg (2), Kaufbeuren (4), Plagwitz (3), Bunzlau (5), Lüben (5), Bergstadt (2), Loben (12), Rybnik (1), Hildburghausen (4), Stadtroda (2), Königslutter (3), Ansbach (2), Erlangen (1), Kutzberg (3), Lohr (2), Mainkofen (2), Regensburg (2), Klagenfurt (2), Solbad-Hall (2), Konradstein (5), Tiegenhof (2), Warta (2).441
En el verano de 1944, Linden ordenó instalar literas de madera adicionales con lechos de paja también en las capillas, pasillos y almacenes de los establecimientos.442 Este proceso de acondicionamiento de los centros culminó con una última medida constructiva: en colaboración con los trabajadores de la Acción T4, Linden mandó construir crematorios en los establecimientos de curación y cuidados de Alemania. En agosto de 1944 se instaló y puso rápidamente en funcionamiento una planta de incineración de cadáveres de la firma berlinesa Kori en Kaufbeuren.443 Está documentado el inicio de la construcción de estas instalaciones también en otros centros. Theodor Steinmeyer, director del establecimiento de Pfafferode, en Turingia, se refirió a la planificación central en una carta dirigida a su amigo Friedrich Mennecke: «Por cierto, me van a construir lo mismo que a Faltlhauser (el director de Kaufbeuren). Ya sabes a lo que me refiero. El presidente de la región ha asumido generosamente los costes y ahora solo hay que gestionarlo desde Berlín. Tengo curiosidad por saber si podremos sortear todas las dificultades, aunque podría salir del paso por otras vías. Allí se siente mucho la presencia de la Central de Trabajadores del Este».444 (Pfafferode era uno de los establecimientos centrales para trabajadores enfermos mentales procedentes del este.)

 

Las tropas del Ejército Rojo liberaron el establecimiento de Meseritz-Obrawalde a principios de marzo de 1945. Del 16 al 26 de ese mismo mes, el mando médico militar del Primer Frente Bielorruso llevó a cabo una investigación forense, exhumó cadáveres y tomó declaraciones detalladas de testigos. Al llegar, los informantes se encontraron con «aproximadamente un millar de enfermos mentales, sin duda crónicos», y vieron inmediatamente que «el hospital de Obrawalde» había sido «en realidad una institución gubernamental dedicada al exterminio de la población alemana». Los médicos soviéticos redactaron un exhaustivo informe de cientos de páginas con testimonios fotográficos, declaraciones de testigos y pruebas médicas de laboratorio. También hallaron las obras de construcción de un crematorio y «una puerta de horno similar a las del campo de concentración de Majdanek». Efectivamente, la puerta de Meseritz la había suministrado la misma empresa —la firma Kori, con sede en la calle Dennewitz, en Berlín-Schöneberg, especializada en la construcción de crematorios—. El horno estaba todavía en obras, pero ya había 5.000 urnas. El Comisario del Reich para los Establecimientos de Curación y Cuidados no había podido concluir el proyecto.445
Los responsables de los asesinatos por eutanasia tenían una media de entre treinta y cuarenta años de edad. Si alguna vez pensaron en su propia muerte, se debieron imaginar algo rápido y sin complicaciones: una muerte súbita cardiaca o un disparo en la cabeza —instantáneo e indoloro, el final ideal—. No se puede llamar a eso morir. Una testigo explicó cómo pensaba Herbert Linden a este respecto. La enfermera Anny Wödl, de Viena, tenía un hijo discapacitado y, encima, medio judío, Alfred, que murió el 22 de febrero de 1941 en la clínica vienesa Am Spiegelgrund justo cuando cumplía seis años de edad. Unos meses después, Anny viajó a Berlín, fue al Ministerio de Interior, llegó hasta Linden y le pidió cuentas por los asesinatos por eutanasia: «Por favor, señor Linden, quizás la opinión de los berlineses es que los vieneses deben desaparecer. Imagínese que se pusiera enfermo y supiera con certeza que lo llevan al matadero». Su interlocutor le respondió entre risas: «¡Oh, me haría muy feliz!».446 Herbert Linden se mató de un disparo el 27 de abril de 1945 en Berlín-Zehlendorf.
¿QUÉ SABÍA LA POBLACIÓN SOBRE LOS ASESINATOS?

 

A principios de 1944, en Mühlhausen (Turingia), un hombre con una cardiopatía murió porque se había negado a tomarse la medicina recetada por el médico. Según explicó la viuda, su marido pensaba «que los doctores tenían órdenes del gobierno de dejar de tratar a los impedidos» —exactamente lo mismo que sucedía con los enfermos mentales—. No era ninguna casualidad que la noticia viniera de esta localidad. El cercano establecimiento de Pfafferode estaba dirigido por Theodor Steinmeyer, uno de los asesinos en masa más resolutivos que hubo entre los directores de establecimientos psiquiátricos alemanes.
Al enterarse del suceso, la jefatura nacional del NSDAP pidió al Sicherheitsdienst que averiguara hasta qué punto tales opiniones estaban extendidas entre la población. La petición del partido nazi se tradujo en una circular que Otto Ohlendorf, el jefe del SD, envió a todas las secciones de su agencia el 28 de marzo de 1944 y a través de la cual encargó a sus espías y fisgones que trataran de aclarar la cuestión allí donde se escucharan «rumores sobre la inducción de la muerte anticipada de ancianos». Durante las semanas siguientes llegó a las oficinas del SD un centenar de páginas de informes. A partir de este material, el oficial «IIIB3b» (de la sección de Salud Racial y Nacional) redactó el 1 de septiembre de 1944 un estudio de opinión de cinco páginas para el viceministro Leonardo Conti.447
El sondeo deja entrever hasta qué punto los habitantes de todas las regiones estaban informados de los asesinatos de pacientes. La fuente parece tanto más reveladora cuanto que el tema «eutanasia» era mayormente tabú en las «comunicaciones procedentes del Reich» —es decir, en los resúmenes del SD dirigidos a las altas instancias del partido y el Estado—. Efectivamente, los alemanes conocían bien la situación en las clínicas neurológicas regionales y, por lo visto, eran principalmente los ancianos los que advertían de la muerte violenta de enfermos mentales, ya que se veían a sí mismos amenazados.
En 1944, en Renania, y especialmente en «círculos vinculados a la Iglesia», según el sondeo reinaba la opinión de que, «aparte de los ancianos, también los enfermos mentales» de los hospitales «recibían inyecciones o se les recetaba medicamentos que provocaban una pulmonía con consecuencias mortales en la mayoría de los casos». En una posdata, el agente del SD en Düsseldorf anotó cuatro semanas después que el rumor se había extendido más de lo imaginado: «Preguntaban por las listas de ancianos enfermos, especialmente también de impedidos mentalmente normales, que habrían sido evacuados y cuyos familiares habrían recibido posteriormente una breve nota de defunción con las instrucciones para la recepción de la urna con las cenizas. Según dos versiones, la gente dice que se habrían administrado medicamentos que habrían provocado la defunción del afectado en poco tiempo y que, además, ya no se distribuirían medicinas curativas. De la insulina, por ejemplo, se piensa que solo está permitido suministrarla a gente laboralmente activa y personas menores de 60 años». Esto último era cierto, como también se correspondían con la realidad las otras opiniones captadas por los escuchas de los servicios de inteligencia.
El informe del Sicherheitsdienst habla de una anciana que, tras un ataque aéreo sobre Barmen, fue ingresada en un hospital como damnificada —no como herida—. Después la trasladaron a una residencia de ancianos y, de allí, «todavía sana», al establecimiento de curación y cuidados de Galkhausen, «donde murió a las dos semanas». La misma suerte corrió una mujer de 83 años en muy buen estado de salud tras el mismo bombardeo.
En Remscheid transcurrió el episodio de otra mujer cuyo marido «ya no podía andar» a consecuencia de una patología grave. Tras su traslado del hospital de Remscheid a otro de Bonn, resultó que había «desaparecido de repente» cuando su mujer fue a visitarlo. «Como ella pensaba que su marido había sido eliminado por métodos artificiales», amenazó al jefe médico con «informar a su hijo, combatiente en el frente, de la misteriosa desaparición de su padre». Y hete aquí que, «de pronto, recuperó a su marido». Esto fue precisamente la confirmación de que su sospecha estaba fundada. La mujer juró «por lo más sagrado que su marido había figurado en la lista de candidatos para morir, pero que no le habían puesto la inyección ni administrado los polvos porque de repente se preocuparon por que la cosa se descubriera». Casi disculpándose, el informante del SD añadió «que estas informaciones provienen de ámbitos católicos».
En Gelsenkirchen y Paderborn, no solo los ancianos, sino también los enfermos de pulmón, mostraban «un rechazo a ser ingresados en establecimientos de curación», ya que pensaban, no sin motivo, que allí podrían «ser asesinados prematuramente con algún medicamento». Un auxiliar de enfermería de Bochum explicó lo siguiente: «En repetidas ocasiones, los mineros impedidos que padecían neumoconiosis sospechaban que existía un interés en “cargárselos” lo antes posible». En el distrito de Warendorf (sección del SD de Münster), un hombre de 58 años se negó a que le pusieran «la inyección que el médico había considerado necesaria». Como muchos de sus coetáneos, temía que pudiera tratarse de una inyección letal. Más allá del temor inmediato, en todas partes se decía «cada vez más abiertamente» que alguien había ordenado que «los camaradas nacionales mayores de sesenta años ya no reciban ninguna ayuda médica más para así asegurar su muerte». En Linz (Austria), los soplones del Sicherheitsdienst tranquilizaron a sus superiores berlineses de un modo peculiar diciendo que tales afirmaciones eran «ya demasiado viejas y conocidas como para lograr un efecto perjudicial mayor».

 

No pocos médicos terriblemente saturados de trabajo preguntaban «qué edad tiene el enfermo» cuando los llamaban para hacer una visita a domicilio. En ocasiones se veían «obligados» a decir cosas como: «Actualmente mueren cientos de personas jóvenes y sanas en el frente; no vendrá de una vida anciana en casa». Esta práctica se documenta en los informes del SD enviados desde Frankfurt, Kassel, Núremberg y Hamburgo. Desde allí se informó de que «también el alojamiento, en parte primitivo, de ancianos procedentes de las ciudades destruidas por el terror aéreo» contribuía al estado depresivo, especialmente porque se había «detectado un elevado índice de mortalidad» entre los jubilados trasladados «causado por el cambio de las condiciones habituales». Un día, un representante del jefe del distrito del NSDAP quiso incautarse de una residencia de ancianos privada de Núremberg. La directora del centro protestó: «Sí, pero, entonces, ¿adónde se llevarán a nuestros abuelos?». «Pues a reunirlos con el Señor», le respondió el representante.
Especialmente angustiosa era la situación en las cercanías del establecimiento de Meseritz-Obrawalde, en la región de Frankfurt del Oder, donde en la segunda mitad de la guerra fueron asesinados más de diez mil enfermos mentales: «Por otro lado, los camaradas nacionales no ignoran la actuación contra los enfermos mentales en Obrawalde, especialmente porque, en el distrito mayormente católico de Meseritz, los sectores confesionales se ocupan de difundir historias difamatorias en contra». Los sondeados establecían la conexión con los asesinatos por eutanasia cuando los ancianos eran ingresados en antiguos establecimientos de salud y cuidados que ahora se utilizaban como «centros alternativos». Llegaron informes en este sentido desde Graz, Dresde, Hamburgo y Kattowitz.
La miembros de la delegación del Sicherheitsdienst en Rybnick, Alta Silesia, informaron de lo siguiente: «Todavía hoy la población sigue comentando que “se llevan” muy pronto a los internos de los establecimientos de salud y cuidados. Las cifras de mortalidad son allí mucho más altas que antes». En los alrededores de Weimar, «muchos ancianos» tenían miedo de que en las residencias les suministraran «un tratamiento con las llamadas “inyecciones de la Ascensión”, como las que dicen que aplican en gran número en distintos manicomios». En Núremberg, el SD averiguó que «la población se obstina además en pensar que los enfermos graves incurables de los establecimientos neurológicos, entre los que se encuentran los dementes seniles, se libran anticipadamente de su padecimiento mediante ayuda médica».
Tales rumores parecían poco trascendentes en Viena en 1944. Curiosamente, el informante retrocedió al año 1941. «Como se comunicó en su día, el desalojo de los manicomios causó conmoción en amplios sectores de la población y dio lugar a todo tipo de rumores acerca de la muerte provocada de sus internos. Esta, así como el desalojo mismo, han pasado casi completamente a un segundo plano y solo afloran en el recuerdo esporádicamente, como, por ejemplo, con ocasión de la proyección de la película Yo acuso.» Las mismas conclusiones sacaron los hombres del SD que siguieron en Gdansk el rastro de unos rumores inequívocos.
Un médico que colaboraba con el Sicherheitsdienst informó de lo siguiente: «La circulación de rumores sobre la inducción de la muerte prematura en ancianos es un hecho». Muchos pacientes, «sobre todo de sectores obreros», compartían la opinión de que «la muerte prematura de personas mayores no aptas para trabajar» era una cosa «deseada por este sistema». En opinión del médico espía, tales suposiciones se basaban «en los casos de defunción en clínicas neurológicas y manicomios intensamente debatidos en público hace unos dos años».
En Stettin, después de una alarma de ataque aéreo, una «mujer de 78 años, todavía en plenas facultades mentales», preguntó al director de la oficina del SD «si era cierto que la gente mayor debía asumir que sería artificialmente eliminada en caso de recrudecerse la falta de alimentos». En Augsburgo, después de unos intensos bombardeos aéreos, se decidió trasladar a la campiña a los internos de las residencias de ancianos, pero estos se negaron a entrar en los transportes alegando que «solo querían evacuarlos para deshacerse de ellos». En Dessau, los hombres de confianza de la sección del SD de dicha ciudad dijeron haber percibido una tolerancia contenida por parte de algunos ancianos. Según aquellos, los viejos no querían ser una carga para nadie porque «si tenían que morir tantos jóvenes en los frentes, motivo de más para que ellos fueran apartados debido a su avanzada edad». En Weimar, el Sicherheitsdienst fue condescendiente con los desconfiados abuelos que siempre estaban pidiendo reconstituyentes y complementos alimenticios: «Muchos de estos ancianos se empeñan en aferrarse a la vida porque bajo ningún concepto querrían perderse el desenlace de la actual guerra».
Los informantes tomaron nota casi exclusivamente de testimonios procedentes de la generación afectada y no trasladaron la indignación de los camaradas nacionales más jóvenes que todavía no habían alcanzado la edad de jubilación. La causa por la que, según se informó desde Königsberg, los viejos pensaban que eran «un obstáculo para el Estado» se hallaba, por un lado, en la «preferencia por el cuidado de los niños, madres embarazadas y jóvenes», y por otro, en la conducta de las Juventudes Hitlerianas: «Las expresiones “fósil” y “chocho” son en este sentido determinantes».
Algo parecido reportaron los espías en Dresde: «Una condición primordial para la aparición de tales rumores es el desprecio y el rechazo de las generaciones más mayores —de la vejez, digamos— al estilo practicado ampliamente entre las Juventudes Hitlerianas antes de la guerra, tanto en la teoría como en la práctica. La lucha con palabras contra todo lo que chocheara era en parte tan fuerte que podía dar la impresión de que todo lo que tuviera más de cuarenta años de edad ya no valía para la construcción de este Estado o, incluso, era condenable». Según los informadores, tales formas de pensar y actuar se intensificaron con «el desmesurado enaltecimiento de la juventud» por parte del Estado: «El discurso siempre ha sido que los más mayores y los padres ya no tienen ninguna idea que aportar y que sea la juventud la que domine completamente la opinión pública». Por consiguiente, la desconfianza fundamental hacia la asistencia médica habría hallado «difusión principalmente en los sectores de la generación de más edad». Según el SD, «apenas se constatan» repercusiones a este respecto «en los restantes sectores de la población».