Ayuda para los heridos, muerte para los
locos
UN APROVECHAMIENTO ÓPTIMO DE LAS CAMAS DISPONIBLES
Tras el fin de las campañas militares
rápidamente ganadas, Alemania se embarcó en una sangrienta guerra
de desgaste. Bien es cierto que la ofensiva de la primavera de 1942
en el sur de la Unión Soviética volvió a reportar enormes porciones
de territorio, pero también truncó las esperanzas de una victoria
cercana. Simultáneamente, los aliados ampliaron masivamente el
radio de acción de sus bombardeos y los ataques aéreos afectaron
sensiblemente a la población alemana. Para mantener la moral más o
menos alta, el gobierno utilizó todos los medios a su alcance para
cuidar de la salud de los civiles heridos, y lo hizo también a
costa de los pacientes ingresados en los hospitales psiquiátricos.
En adelante, sus camas fueron ocupadas con más frecuencia por
enfermos y heridos corporales y, por ello, decenas de miles de
enfermos mentales y personas perturbadas o necesitadas de cuidados
tuvieron que ser deportados a establecimientos mortíferos o,
sencillamente, asesinados a base de sobredosis de
medicamentos.
El responsable designado para ello fue Karl
Brandt, a quien Hitler (junto con Philipp Bouhler) había confiado
en septiembre de 1939 la supervisión general de la Acción T4 y
nombrado además, el 28 de julio de 1942, representante
plenipotenciario para asuntos de Salud y Sanidad. Desde entonces,
Brandt desempeñó «tareas especiales» y se encargó de «equilibrar la
demanda de médicos, hospitales, medicamentos, etc. entre los
sectores civil y militar».405
Apenas hubo accedido al cargo, y de común acuerdo con Leonardo
Conti, Brandt encomendó al líder de los médicos del Reich y
viceministro responsable de Salud y Sanidad, Fritz Cropp, la tarea
de organizar de la forma más efectiva posible la asistencia médica
para las víctimas civiles de los bombardeos. Posteriormente,
ostentó el sonoro cargo de Comisario General para Daños en Ataques
Aéreos. Por lo demás, Cropp dirigió desde 1940 el departamento de
Salud Pública del Ministerio de Interior del Reich y también
supervisó desde este cargo el trabajo de Herbert Linden y su
actividad asesina en colaboración con la Acción T4. Mientras a
Brandt le correspondía equilibrar el reparto de recursos médicos
entre los sectores civil y militar y, en caso de duda, imponer su
criterio en virtud de la autoridad que le había otorgado Hitler, a
Cropp le tocaba —por encargo de Brandt— asegurar la aplicación de
la medicina de catástrofes en las ciudades afectadas por los
bombardeos. A oídos ingenuos podría sonar inofensivo, pero en
realidad se trataba de decidir sobre la vida y la muerte de
inocentes.
A principios de agosto de 1942, Linden —o,
si se quiere, el representante plenipotenciario general para
cuestiones eutanásicas— encargó la elaboración de una encuesta
sobre el posible uso de establecimientos de curación y cuidados
como hospitales alternativos. Las autoridades competentes debían
responder a las siguientes preguntas en el plazo de diez días: «1.
¿Cuántos enfermos mentales se pueden alojar todavía en los
establecimientos de su distrito (incluidas las instituciones
caritativas y privadas) para un aprovechamiento óptimo de las camas
disponibles? 2. Aparte de estos ¿cuántos enfermos mentales se
pueden admitir además en casos de catástrofe mediante la
instalación de campamentos de emergencia a) en pasillos con
calefacción, zonas comunes, etc., b) en capillas de
establecimientos (...) 3. (solo para regiones bajo amenaza de
ataque aéreo) ¿Qué establecimientos de curación y cuidados se
desalojarían en caso de catástrofe para utilizarlos como hospital
auxiliar?». Linden añadió: «A este respecto, citen a ser posible
aquellos establecimientos que no se consideren especialmente
amenazados por ataques aéreos. Si se produce un caso de catástrofe,
yo me ocuparía del desalojo inmediato de estos establecimientos.
Así, los enfermos que se hayan quedado sin techo por el desalojo de
los hospitales serían trasladados en el plazo más breve al
establecimiento alternativo de prevista creación».406
Poco después, Cropp comunicó el resultado de
la encuesta a las autoridades regionales: tras un ataque aéreo, los
enfermos mentales debían ser «provisionalmente» apiñados y él se
ocuparía, «de acuerdo con el Comisario del Reich para los
Establecimientos de Curación y Cuidados» —es decir, con Linden—, de
«eliminar la congestión provisionalmente provocada» y mandar
evacuar a los «enfermos mentales a establecimientos de países,
provincias y Gaue del Reich menos
amenazados.407
Cropp y Linden hicieron todo lo posible para impedir un «desalojo
preventivo de establecimientos». ¿Por qué? En esta planificación
médica de catástrofes, los internos de los establecimientos
psiquiátricos ejercían de comodines para cuando fuera necesario, es
decir, su función era la de mantener las camas calientes. Solo así
se podía asegurar que los centros se mantuvieran en funcionamiento
por motivos de asistencia médica, que el personal siguiera siendo
indispensable y que la Wehrmacht no acaparara los edificios a
deshora ni los ocupara con soldados que se hubieran quedado sin
techo por culpa de un bombardeo. Los organizadores de la Acción T4
habían tomado buena nota de la experiencia de la primera fase
homicida: de las 70.000 camas de establecimientos psiquiátricos
«liberadas» entre enero de 1940 y agosto de 1942, 50.000 fueron
destinadas a fines ajenos a su actividad.408
A petición de la dirección del Gau local, la Gekrat trasladó en agosto de 1942 a
370 pacientes achacosos de la región de Colonia al establecimiento
de Hadamar para compensar las camas de hospital que habían sido
destruidas a consecuencia del aumento de los ataques aéreos en el
frente occidental. A pesar de que, entretanto, las instalaciones de
gaseamiento se habían desmantelado en Hadamar, en el espacio de dos
meses murieron allí 160 de los enfermos trasladados. Así comenzó la
segunda fase de los asesinatos por eutanasia. A los deportados se
los «tumbaba» con la ayuda de drogas, se los dejaba morir de
inanición o de pulmonía inducida o se los intoxicaba con sobredosis
de medicamentos. Por la misma época, en julio de 1942, también
surgieron problemas parecidos en la región de Duisburg a causa de
los bombardeos. Entonces, el alto funcionario de Salud Pública de
Düsseldorf, Josef Vogt, solicitó la evacuación de algunos
centenares de enfermos mentales. Como su petición no tuvo éxito,
Vogt reclamó a Herbert Linden más previsión en futuros casos de
catástrofe para poder desalojar un establecimiento de curación y
cuidados «con la mayor brevedad» y, así, obtener camas para el
cuidado de los heridos.409
En Berlín, Brandt y Linden todavía se veían desbordados, pero
aprendían rápido de las experiencias locales. A partir del verano
de 1942, los organizadores y los médicos homicidas dejaron de
guiarse por un plan previamente establecido, que en cierta medida
agotaron, y deportaron a los tutelados cada vez más en función de
la necesidad local causada por los cruentos ataques aéreos. Este
criterio fue el que determinó la cifra de personas trasladadas en
tren o en los famosos autobuses de la T4 y posteriormente
asesinadas en su mayor parte. En la jerga administrativa, la
combinación de asesinato y ayuda para situaciones de catástrofe
recibió a menudo el nombre de «Acción Brandt».410
Un par de ejemplos nos ayudarán a explicar cómo sucedía todo esto
en la práctica.
El 25 de junio de 1943, el gerente de la
Acción T4 comunicó al director del establecimiento de Giessen que
le asignaría pacientes de Renania porque Karl Brandt le había
encargado «desalojar los establecimientos de curación y cuidados de
las zonas especialmente amenazadas por los ataques aéreos».411
Poco después, el 2 de julio, el Oberpräsident de Prusia oriental informó de que
Brandt le había «pedido a través de su comisario» que preparase
«camas para los enfermos mentales que serán trasladados desde los
manicomios de las provincias de Renania y Westfalia que hay que
desalojar».412
Los detalles relativos a los criterios homicidas, en absoluto
basados en diagnósticos médicos, perdieron importancia, y lo mismo
sucedió con la idea de «liberar» al cuerpo nacional alemán de los
individuos con vidas supuestamente indignas de ser vividas. Lo que
contaba ahora era la capacidad laboral y, sobre todo, el alcance de
los requisitos para aplicar la medicina de catástrofes. En
consecuencia, el departamento de Salud Pública del ministerio de
Interior del Reich dispuso que, a partir del 1 de febrero de 1943,
ya no hubiera que inscribir solamente a los pacientes psíquicamente
enfermos elegidos con determinadas patologías y estancias
prolongadas, sino, en principio, a todos los internos de un
establecimiento psiquiátrico determinado. A partir de junio de 1943
había que notificar mensualmente a Cropp, el socio colaborador de
Linden, «todas las camas de hospital civiles (sin contar manicomios
ni residencias de enfermos incurables)», así como el «número de
hospitales a) destruidos y b) gravemente dañados por ataques
aéreos», y, además, el «número de a) enfermos mentales, b) enfermos
crónicos, c) otros enfermos trasladados (¿adónde?) o ingresados
(¿dónde?) en las operaciones de ajuste entre distritos».413
LAS MONJAS Y LOS CUIDADORES SENTENCIAN A LOS ENFERMOS
A pesar de la nueva situación, Linden se
guardó de exponer a los enfermos mentales al hambre o la miseria
indistintamente. Así, por ejemplo, pidió al ministro de Economía
del Reich que los enfermos mentales recibieran en principio la
misma cantidad de jabón que los enfermos corporales. Para él, un
reparto distinto solo estaba justificado si el proceso patológico
conducía al «entontecimiento (muerte intelectual)» y a la
incapacidad laboral del enfermo. Por lo demás, advirtió que una
discriminación demasiado evidente de los enfermos mentales podía
«complicar la predisposición a su ingreso y, por consiguiente,
poner a la comunidad nacional en notable peligro».414
Ya en marzo de 1942, el Oberpräsident de
Westfalia había comunicado que «entre la población» se apreciaba
«en gran medida la tendencia a ingresar a los enfermos en
establecimientos confesionales» antes que en los de titularidad
pública.415
Cuando, en mayo de 1943, se ordenaron los traslados a gran escala,
la mayoría de la gente comprendió enseguida la finalidad de los
mismos. «Por experiencia sabemos», anotó Cropp, «que los familiares
intentan evitar estos traslados y se llevan a los enfermos a sus
casas por un tiempo, incluso desobedeciendo el consejo médico, y
los vuelven a traer más tarde, una vez concluida la acción de
traslado». Por consiguiente, había que evitar —si era necesario,
incluso con ayuda policial— dar prematuramente el alta a pacientes
no curados.416
Los desalojos comenzaron en Renania,
continuaron en Hamburgo, Bremen y Westfalia y se extendieron a
Berlín. Las camas de hospital así ganadas no estaban disponibles
para cualquiera, por supuesto. En el informe de un viaje de
inspección del líder de Salud del Reich a través de Alemania
central consta este escueto comentario: «No es necesario tomar
medidas especiales en casos de catástrofe para los cuidados médicos
de prisioneros de guerra y trabajadores del este».417
El procedimiento habitual empleado por la
Acción T4 hasta el verano de 1942, consistente en asesinar a
enfermos a partir de pliegos de inscripción y unos criterios
introducidos en ellos (duración de la estancia, diagnóstico,
pronóstico, capacidad laboral), debe calificarse sin duda de
mecánico, impreciso y profundamente inhumano. Sin embargo, sería un
error creer que los que conocían bien a sus pacientes y se
dedicaban a ellos cada día hubieran decidido de manera menos
refutable. Ciertamente, los médicos y cuidadores de unidad, y, en
la guerra, cada vez más doctoras y enfermeras, se basaban en
criterios más bien subjetivos. Lo que les importaba era deshacerse
de pacientes que alteraban su rutina profesional más o menos cómoda
y sus normas morales, estéticas o políticas. Así lo demuestran los
diagnósticos que el personal del establecimiento de
Hamburgo-Langenhorn apuntó en las listas de transporte para
deshacerse de unos «enfermos difíciles y agobiantes». Lo que se
diagnosticó a estos hombres y mujeres deportados en 1943 al
establecimiento asesino de Meseritz-Obrawalde fue lo
siguiente:
«Paciente desagradable»; «tiene la intención
de fugarse»; «pueril e impertinente»; «ayer por la noche mantuvo
relaciones homosexuales»; «ya no sirve para las brigadas de
trabajo»; «ocasionalmente de mal humor e irritable»; «últimamente
se deja llevar por instintos»; «violento, trabaja poco, hace
muecas, practica mucho el onanismo»; «no limpia bien»; «no hace
nada»; «se vuelve mala y agresiva cuando la molestan»; «profiere
sonidos roncos y malignos»; «exige que le den el alta
inmediatamente»; «siempre quiere imponer su voluntad»; «sucio»;
«violento»; «dice con un gesto miedoso: hermana, me van a matar»;
«ansiosa, critica a su marido»; «en ocasiones molesta por las
noches»; «dice muchas tonterías»; «a veces se resiste
obcecadamente»; «se distrae completamente»; «siempre negativo»; «no
puede conversar ordenadamente»; «irrelevante, gruñón, agitador,
conflictos con su entorno»; «malhumorado e irritable»; «no apto
para trabajar»; «hoy se ha escapado del trabajo»; «infeliz»;
«escupe y da puntapiés»; «por lo general, muy complicado»; «enfermo
completamente dependiente»; «se orina encima día y noche»;
«obstinado, insensato»; «habla de envenenamiento»; «indiferente
durante el trabajo»; «poco constante»; «siempre replica»;
«indecente»; «se queja»; «a veces poco amable»; «pueril»; «exige
insistentemente el alta»; «insoportable»; «dice palabrotas»;
«chismorrea»; «transmite mucho erotismo»; «hoy se ha quejado en la
visita por discriminación en la comida»; «busca pelea»; «insomne»;
«se irrita de repente»; «tiene delirios litigiosos»; «tiene mil
deseos»; «insolente»; «infantil»; «grita a menudo: “¡Heil Moscú!”»;
«a cada momento con pretextos maníacos»; «siempre escribe a
Hitler»; «paciente desaseada»; «conducta y expresiones nada
constructivas».418
Las anteriores sentencias de muerte no las
redactaron un puñado de médicos escogidos que regentaban una
central asesina, sino personas que tenían la responsabilidad de
atender cada día a sus pacientes. Los comentarios con los que
justificaban sus decisiones no revelan ningún objetivo especial
relativo a la eugenesia o a la salud nacional. No seguían ninguna
ideología ni teoría racial, sino únicamente la lógica de un
empleado que no quiere complicarse su vida profesional
cotidiana.
Linden controlaba ahora los traslados, pero
los médicos, funcionarios, empleados y conductores de autobús de la
Acción T4 trabajaban como un equipo bien avenido, no ya como
elementos determinantes aislados, sino de manera cooperativa y, en
ocasiones, también aportando ideas. En el verano de 1943, el
director médico de la Acción T4, Paul Nitsche, terminaba de curarse
en Heidelberg de las secuelas de una intervención quirúrgica. Desde
allí escribió a Max de Crinis el 25 de agosto: «En lo tocante a
nuestra acción para el Prof. Br. (Brandt), (...) él me ha
concedido, a través del Sr. Blankenburg, la autorización para
proceder en lo relativo a mi propuesta de E que le planteé
verbalmente».419
Nitsche utilizaba con frecuencia la letra «E» o la expresión «Eu»
como abreviaturas de eutanasia. Dos meses después, el 30 de
octubre, escribió al mismo destinatario: «Usted recordará que,
cuando ambos estuvimos a finales de junio con el Prof. B., le hice
a él una propuesta muy concreta relativa a la cuestión de la E».
Brandt había dado su aprobación a dicha propuesta y, «respondiendo
al encargo de E del Prof. Br.», el 17 de agosto Nitsche había
«convocado a psiquiatras practicantes especialmente
escogidos».420
En el encuentro convocado por Nitsche, los
reunidos decidieron ampliar a fondo la matanza descentralizada y
silenciosa de pacientes con la ayuda del hambre y sobredosis de
medicamentos. Por lo visto, Gerhard Wischer, director del
establecimiento de Waldheim, en Sajonia, se refirió a esta reunión
en un informe dirigido a su mentor Nitsche: «Por lo demás, el
trabajo discutido en Berlín se desarrolla sin dificultades». Para
empezar, Wischer contaba «con una media mensual de veinte a treinta
pacientes», es decir, veinte a treinta asesinatos, y comunicaba
satisfecho que, hasta el momento, no habían surgido «dificultades
de ningún tipo ni entre el personal ni por parte de los
familiares». Simplemente, tenía que «trabajar sin interrupción para
hacerlo todo», y para ello necesitaba una determinada cantidad de
medicamentos. Por ello pidió a Nitsche que solicitara «primero 100
ampollas de Epivan de 1,0 gramos y 3.000 comprimidos de Luminal de
0, 3 gramos» y efectuara el envío a su dirección privada para «no
levantar el menor revuelo posible en el establecimiento». A las
pocas semanas, Wischer comunicó que tenía «mucho que hacer, ya que
casi todas las nuevas admisiones procedentes de la zona limitada
por Leipzig, Chemnitz y Meissen me tocan a mí», y añadió:
«Naturalmente, nunca podría alojar todas estas admisiones si no
implementara las correspondientes medidas de liberación de plazas,
actividad que se está desarrollando sin dificultades. Sin embargo,
me faltan bastantes medicamentos».421
En septiembre de 1943, la Asociación
Provincial pidió al director del establecimiento de Gütersloh que
dividiera en tres grupos a todos los pacientes que llevaran allí
dos años sin ser relativamente molestados. Los internos de los
grupos I y II requerían cuidados constantes y no eran aptos para
trabajar, respectivamente, mientras que los pacientes del grupo III
se podían emplear para la conservación y mantenimiento de las
instalaciones. El director asignó 457 tutelados a las categorías I
y II y 816 al grupo III. Según los datos de este responsable, para
el funcionamiento diario del establecimiento —del que formaba
parte, como en otros lugares, un hospital militar de reserva— solo
se necesitaban 600 pacientes aptos para trabajar. En los meses de
noviembre y diciembre fueron evacuados 712 pacientes de
Gütersloh.422
En Bethel, Karl Brandt, a quien le unía una
relación de mutuo respeto con Friedrich von Bodelschwingh, director
del establecimiento local, también hizo sitio para un hospital
militar de la siguiente manera: en 1943 desalojó como mínimo el
edificio Mahanaim y trasladó a los pacientes a Meseritz-Obrawalde,
pasando por el establecimiento intermedio de Gütersloh. En 1947, el
hermano de la paciente Hildegard F. describió este transporte ante
la fiscalía de Berlín: «En 1943, en las operaciones de obtención de
espacio para uso hospitalario militar en el edificio Mahanaim del
hospital de Bethel bei Bielefield, (...) mi hermana fue trasladada
primero, sin la autorización ni el conocimiento de sus familiares,
al establecimiento de curación y cuidados de Gütersloh bei
Bielefield y, de allí, poco después, también arbitrariamente, a
Meseritz-Obrawalde. (...) El jefe médico del establecimiento de
Gütersloh me explicó entonces que todo se hacía solamente para
obtener espacio clínico de uso militar y que así lo había ordenado
el “Führer”».423
Este hermano informó de que muchos pacientes habían sido
trasladados entonces de Bethel al establecimiento mortífero de
Meseritz-Obrawald pasando por Gütersloh.
A finales del año 1943, Wischer comunicó lo
siguiente al «muy estimado Sr. Profesor Nitsche»: «El bombardeo
sobre Leipzig ha causado grandes destrozos. Asimismo, las
expulsiones se llevan a cabo sin dificultades». Entretanto, los
medicamentos habían llegado. El 2 de diciembre, Nitsche había
vuelto a preguntar a la oficina de su jefe Allers: «Sobre todo
querría saber si a los directores que han recibido el encargo de E
como resultado de la reunión mantenida conmigo el 17 de agosto
(referente al encargo de E del Prof. Br.)» se les ha enviado ya los
«medicamentos necesarios» para el cumplimiento del mismo. Con esta
información, Nitsche quería «calcular aproximadamente» durante
cuánto tiempo y en qué medida los directores de cada centro
«trabajan en el asunto en cuestión».424
La logística de los medicamentos corría a
cargo del Instituto Técnico de Criminalística de la Oficina de
Policía Criminal del Reich. El responsable allí era el químico
Albert Widmann.425
Algunos documentos que —seguramente por casualidad— no se han
conservado íntegramente revelan qué establecimientos abasteció
directamente Widmann: Uchtspringe, el hospital infantil de
Stuttgart-Norte, Görden, Ansbach, Eichberg, Grossschweidnitz,
Tiegenhof y Kalmenhof /Idstein.426 El
Instituto Técnico de Criminalística también abasteció al Comité del
Reich, al Grupo de Trabajo del Reich y al Comisario del Reich para
los Establecimientos de Curación y Cuidados, es decir, a las
instituciones centrales de los asesinatos por eutanasia, las
cuales, por su parte, distribuyeron el veneno por infinidad de
establecimientos a través de sus recaderos. Los médicos de
establecimientos muy concretos, como el de Hadamar, se proveían con
independencia de las entregas controladas desde Berlín y compraban
directamente en las farmacias locales, o bien recurrían, ya en las
postrimerías de la guerra, a las inyecciones de aire o gasolina,
tal como se hacía en los campos de concentración.427
En enero de 1944, Nitsche comunicó lo
siguiente a su amigo de Heidelberg Carl Schneider: «En mi próxima
visita a Berlín tengo previsto volver a convocar allí a todos los
colegas que ya había citado el pasado 17 de agosto (de 1943)
respondiendo al encargo de E del profesor Br. —ya le expliqué a
usted la situación con todo detalle y no le fue posible acudir—. La
intención es seguir impulsando el asunto y, por lo pronto,
determinar el estado actual del mismo».428 Al poco tiempo, el nuevo programa asesino
fue incluyendo a más grupos de personas. El 24 de julio de 1944,
Curd Runckel comunicó por escrito a Nitsche que había hablado con
el profesor Brandt sobre un plan para desalojar centros de
reeducación y residencias asistenciales. Se trataba del traslado,
por lo menos parcial, de los residentes a establecimientos
psiquiátricos muy concretos con el objetivo acelerar su muerte. «El
Sr. Profesor Brandt me ha pedido», escribió Runckel, «que le
informe a usted de estas cosas y, simultáneamente, me ha insinuado
si usted podría gestionar discretamente una activación de nuestra
terapia específica a este respecto».429
A los pocos días, Nitsche comentó satisfecho acerca de esta
petición que era conveniente «para nuestro anhelo (..) comentar con
el Prof. Br. la cuestión de la E en el sentido de las negociaciones
que hemos mantenido en Viena». Nitsche pidió a Blankenburg, su
hombre de contacto en la cancillería del Führer, que provocara pronto un encuentro con
Brandt «previa consulta al Prof. De Crinis».430
Las «negociaciones de Viena» tuvieron lugar del 3 al 5 de julio de
1944. A la vista de un final de la guerra cada vez más pesimista y
de unos medios cada vez más escasos, se trataba de matar a cada vez
más personas consideradas inútiles o molestas. Antes de la reunión,
Herbert Linden había propagado el siguiente lema para la
conferencia de Viena: «Los médicos de los establecimientos deben
hacer todo lo posible para reducir el cupo de enfermos
mentales».431
CREMATORIOS PARA LOS ESTABLECIMIENTOS DE CURACIÓN
En ocasiones no se trataba tanto de obtener
camas de hospital sino, simplemente, de espacio. Después de que los
cruentos ataques aéreos del 26 de agosto de 1944 redujeran los
edificios de la Universidad de Kiel a escombros, a alguien se le
ocurrió trasladar las dependencias académicas al establecimiento de
curación de Schleswig. Dicho y hecho, el administrador de la
universidad, el Dr. Kinder, y el rector, el profesor Dr. Holzlöhner
—un psicólogo que había participado en los experimentos de
hipotermia realizados en el campo de concentración de Dachau— se
fueron juntos a Berlín para reunirse con el confidente de Hitler,
Karl Brandt, y aclarar «adónde se trasladarán los cerca de mil
pacientes». Brandt estaba de acuerdo con el plan, pero dejó abierta
la cuestión relativa a la suerte de los pacientes: «El Prof. Brandt
no nos podía decir adónde irían». Posteriormente, el funcionario
ministerial explicó: «Tras mi regreso informé al Dr. Grabow, del
establecimiento de curación regional de Schleswig-Stadtfeld, sobre
el resultado de la reunión mantenida en Berlín. Durante dos a tres
semanas no supimos nada de la evacuación de los enfermos. Un día,
de pronto, llegó la noticia de que se evacuaría a 700 enfermos en
las 24 horas siguientes. Inmediatamente después de llevarse a cabo
el transporte aparecieron en los periódicos los primeros anuncios
de defunción de pacientes de Meseritz-Obrawalde».432
La eficacia del fiscal Dr. Dietrich
Kuhlbrodt permitió documentar especialmente bien este tipo de
deportaciones en la ciudad de Hamburgo, si bien no se logró
condenar a ningún responsable. El 24 de julio de 1943 comenzó la
gran ofensiva aérea británico-estadounidense de una semana de
duración sobre Hamburgo, conocida por el nombre en clave de
«Gomorra». La ciudad ardió, literalmente. Aproximadamente 34.000
personas murieron víctimas de las llamas, los cascotes y los gases
de combustión, y más de cien mil resultaron heridas. El 7 de
agosto, un transporte con 97 mujeres enfermas mentales salió de
Hamburgo hacia Hadamar. El destino era la muerte. Los informes
médicos que se han conservado demuestran que una veintena de estas
mujeres vivían solas, habían perdido el juicio a causa del infierno
de los bombardeos y habían sido ingresadas en el establecimiento de
salud y cuidados de Hamburgo-Langenhorn por médicos residentes y
funcionarios. Citamos brevemente a continuación el destino vivido
por tres de ellas.
Marie R. nació el 28 de diciembre de 1860 en
Fichthorst (Prusia occidental). El 3 de agosto de 1943 fue
ingresada sin diagnóstico en el establecimiento de curación y
cuidados de Hamburgo-Langenhorn y trasladada a Hadamar el 7 de
agosto de 1943. De una anotación en su informe se desprende que
murió en el transporte «por agotamiento en estado de enfermedad
mental».
Anna W., de apellido de soltera Musfeldt,
nació el 9 de noviembre de 1851 en Blomesche Wildnis. El 27 de
julio de 1943 fue ingresada en estado de confusión con heridas de
bomba. Murió el 26 de agosto de 1943 en Hadamar.
Amalie K., de apellido de soltera Beckmann,
nació del 29 de julio de 1866 en Lüdingworth y murió el 16 de julio
de 1943 en Hadamar. Su hijo escribió las siguientes palabras al
director del centro asesino: «Mi madre se fue de casa de mi hermana
el 31 de julio de 1943 y, debido a los recientes bombardeos sobre
Hamburgo, ha perdido todo lo que tenía. Mi madre se mantuvo
mentalmente activa hasta el final y hacía todas las tareas
domésticas sin problemas, por lo que no se explica su ingreso en un
establecimiento. Rogamos que se nos comunique de qué enfermó mi
madre y cuál ha sido la causa de su muerte». La lacónica respuesta
recibida fue «insuficiencia cardiaca».433
En 1946 y 1947 llegaron cartas similares a
la fiscalía de Berlín. En ellas, los parientes solicitaban
información sobre el destino de los miembros de su familia
deportados a Meseritz-Obrawalde. Esperaban obtener algún dato
porque la justicia berlinesa estaba instruyendo diligencias contra
las doctoras y enfermeras del establecimiento de dicha población.
Un hombre mayor de Hamburgo preguntó: «Mi hija, la procuradora
Elfriede Friederike Auguste Welsen, nacida el 28 de junio de 1908
en Hannover, murió el 4 de diciembre de 1943 a las 8 horas 30
minutos, presuntamente de una insuficiencia cardiaca, según el
certificado de defunción número 1838 / 1943 del registro civil de
Meseritz-Obrawalde. En agosto de 1943, después de que cayera una
mina aérea en las proximidades de mi propiedad y causara graves
daños en el piso donde mi hija tenía su habitación, ella se volvió
muy asustadiza y padeció dolores de cabeza e insomnio. Ingresó como
paciente privada en el hospital de Eppendorf, en Hamburgo, desde
donde —sin comunicármelo a mí— fue trasladada al establecimiento
hospitalario de Meseritz-Obrawalde. A petición mía, en las oficinas
del hospital de Eppendorf me dijeron que, debido a los ataques
aéreos sobre Hamburgo, los pacientes habían sido trasladados a
zonas menos amenazadas para hacer sitio y poder alojar a las
víctimas de los bombardeos».434
El jefe médico de la clínica universitaria que había trasladado a
esta paciente a Meseritz-Obrawalde era Hans Bürger-Prinz, reputado
psiquiatra y profesor universitario en la posguerra.
La muerte extraordinariamente rápida de las
mujeres citadas anteriormente a modo de ejemplo, víctimas de
estados de alteración mental tras un cruento ataque aéreo,
respondía a un propósito general. Así lo confirma la declaración
del cochero del establecimiento de Meseritz-Obrawalde, tomada poco
después de acabar la guerra. Este hombre estuvo encarcelado entre
1936 y 1940 por comunista, internado posteriormente como enfermo
mental en Hamburgo-Langenhorn y, de allí, trasladado a
Meseritz-Obrawalde en abril de 1943. Sobrevivió como trabajador del
establecimiento. «Recuerdo un transporte procedente de Berlín»,
explicaba el hombre en 1946, «en el que había pacientes que habían
sufrido un fuerte shock a causa de los
bombardeos sobre Berlín. A estos pacientes no los repartieron por
los distintos edificios, sino que del tren pasaron directamente al
hospital militar, donde los mataron al día siguiente. Lo sé con
certeza porque después se volvieron a llenar las fosas comunes con
cadáveres. También pude ver cómo el coche fúnebre recogía sin cesar
los muertos del hospital militar».435
De asesinar a personas que, por una
situación determinada, habían sufrido una alteración y perdido su
hogar, a incluir a los habitantes de las residencias de ancianos en
el programa asesino, solo había un paso. Este paso se dio en
Hamburgo poco después de producirse el devastador bombardeo del 6
de agosto de 1943. Ese día, un transporte ferroviario con 284
mujeres y hombres hamburgueses, en su mayoría ancianos y postrados
en cama, partía de la alejada y todavía intacta estación de
Ahrensburg. Tras una odisea de dos días, 150 pasajeros de ese tren
llegaron al establecimiento de curación y cuidados de Neuruppin, el
cual, en 1940 y 1941, se había utilizado como establecimiento
intermedio para los pacientes destinados a morir en las cámaras de
gas de Brandeburgo y Bernburg. Durante las dos primeras semanas
murieron nueve hamburgueses. El 20 de agosto, el director Petzsch
«transfirió» a la unidad psiquiátrica a 38 hombres y, cinco días
después, a 16 mujeres procedentes del transporte de Hamburgo. Al
principio, Petzsch notificaba esta operación al Oberpräsident de la marca de Brandeburgo para cada
uno de los pacientes («ya no es soportable en la unidad
hospitalaria debido a la persistencia de su estado mental
transformado»), pero después, «en beneficio de la simplificación
comercial», trasladaba a los ancianos a las mortíferas unidades
para locos de su establecimiento sin cumplir ninguna formalidad. El
6 de noviembre de 1943, el establecimiento de Neuruppin fue
desalojado para poner camas de hospital de reserva a disposición de
Berlín.436
También Meseritz-Obrawalde fue un destino
para ancianos que vivían en residencias. En la denuncia interpuesta
contra la doctora Hilde Wernicke y la ciudadora Helene Wieczorek,
el denunciante explica lo siguiente: «La ciudadora jefe Erdmann,
del edificio 6, recibió en junio de 1944 un transporte de abuelitas
que habían sido bombardeadas en Stettin. Eran aproximadamente 500
mujeres mayores, todas ellas consumidas. Erdmann las tuvo que
eliminar por orden del Dr. Motz y la Dra. Wernicke. Aquello fue,
después de una serie de experiencias difíciles e inmerecidas, el
final de unas vidas dedicadas a trabajar».437
Los soldados tampoco se escapaban de los
asesinatos por eutanasia. Por ejemplo, una mujer de Berlín-Moabit
preguntó en 1946 por el paradero de su esposo: «El 21 de septiembre
de 1943, mi marido, el cabo de la marina Arthur Plehp, fue
ingresado en el establecimiento de curación regional de
Meseritz-Obrawalde procedente del hospital militar naval de
Bedburg-Hau, con el número de expediente 12363».438
El requisito de asesinar también a soldados lo había establecido el
general médico Siegfried Handloser, jefe de los servicios de
Sanidad del ejército. En su orden del 9 de febrero de 1943 «sobre
el tratamiento de soldados con reacciones histéricas y psicógenas»
había dispuesto que «los histéricos a causa de la guerra cuyos
síntomas no remitan mediante tratamiento, serán alojados en
establecimientos de curación y cuidados».
En el Ministerio de Interior del Reich,
Herbert Linden dirigía estos asesinatos de común acuerdo con su
superior y socio —en lo relativo a los encargos especiales— Fritz
Cropp, con Paul Nitsche y con la Acción T4 dirigida por él. Cropp,
como Comisario General para Daños en Ataques Aéreos, era la cara
amable de los contundentes servicios de emergencia, mientras que el
trabajo sucio lo hacía Linden como Comisario del Reich para los
Establecimientos de Curación y Cuidados. Este, con su sistema,
proporcionaba a Cropp los recursos materiales que necesitaba,
especialmente camas vacías para los heridos que la guerra iba
causando. De la organización de los transportes, el suministro de
medicamentos letales, la motivación política y moral de los
directores de establecimiento y, sobre todo, de la facturación se
encargaban, siempre que podían, los trabajadores de la Acción T4,
quienes, de puertas afuera, utilizaban los membretes de la Gekrat,
la Institución de Utilidad Pública para el Cuidado en
Establecimientos y, cada vez más, la Oficina de Compensación
Central para Establecimientos de Curación y Cuidados.439
La práctica asesina rápidamente propagada en
multitud de establecimientos psiquiátricos estuvo estrechamente
vinculada a la medicina de catástrofes. Así lo demuestra la
asignación de seis millones de marcos del Reich que el Ministerio
de Finanzas había previsto en marzo de 1943 para hospitales
auxiliares y alternativos. El 21 de septiembre de 1943, Cropp
reenvió íntegramente estos fondos a Herbert Linden, quien debía
destinarlos, «en el marco de las medidas de desalojo de los
establecimientos de curación del frente oeste alemán», a la
construcción de unos barracones de madera ligera para determinados
centros de sangrienta reputación.440
Por norma, los establecimientos de curación y cuidados albergaban
en aquella época un hospital militar de reserva, un hospital para
enfermos corporales, instituciones no médicas y finalmente, las
construidas originalmente en cada centro. Los mismos
establecimientos que se habían rebautizado pomposamente como
«clínica» o «casa de salud» tenían ahora el aspecto de un campo de
concentración, y sus directores, médicos y jefes médicos se habían
convertido en una mezcla de verdugo y comandante de campo de
concentración con uniforme blanco.
El criterio que Linden aplicaba para decidir
a qué establecimiento suministraba los barracones era inequívoco.
Para él, era primordial que los directores estuvieran dispuestos a
aplicar un tratamiento que redujera lo más rápidamente posible el
elevado número de pacientes de nuevo ingreso. Esto, y no la propia
construcción de los barracones, hace que la lista reproducida a
continuación sea un documento revelador; entre paréntesis se indica
el número de barracones previstos para 1943: Meseritz-Obrawalde
(6), Ueckermünde (6), Sachsenberg (2), Pfafferode (2), Altscherbitz
(2), Uchtspringe (5), Troppau (10), Schussenried (4), Winnental
(8), Zwiefalten (2), Günzburg (2), Kaufbeuren (4), Plagwitz (3),
Bunzlau (5), Lüben (5), Bergstadt (2), Loben (12), Rybnik (1),
Hildburghausen (4), Stadtroda (2), Königslutter (3), Ansbach (2),
Erlangen (1), Kutzberg (3), Lohr (2), Mainkofen (2), Regensburg
(2), Klagenfurt (2), Solbad-Hall (2), Konradstein (5), Tiegenhof
(2), Warta (2).441
En el verano de 1944, Linden ordenó instalar
literas de madera adicionales con lechos de paja también en las
capillas, pasillos y almacenes de los establecimientos.442
Este proceso de acondicionamiento de los centros culminó con una
última medida constructiva: en colaboración con los trabajadores de
la Acción T4, Linden mandó construir crematorios en los
establecimientos de curación y cuidados de Alemania. En agosto de
1944 se instaló y puso rápidamente en funcionamiento una planta de
incineración de cadáveres de la firma berlinesa Kori en
Kaufbeuren.443 Está documentado el inicio de la
construcción de estas instalaciones también en otros centros.
Theodor Steinmeyer, director del establecimiento de Pfafferode, en
Turingia, se refirió a la planificación central en una carta
dirigida a su amigo Friedrich Mennecke: «Por cierto, me van a
construir lo mismo que a Faltlhauser (el director de Kaufbeuren).
Ya sabes a lo que me refiero. El presidente de la región ha asumido
generosamente los costes y ahora solo hay que gestionarlo desde
Berlín. Tengo curiosidad por saber si podremos sortear todas las
dificultades, aunque podría salir del paso por otras vías. Allí se
siente mucho la presencia de la Central de Trabajadores del
Este».444
(Pfafferode era uno de los establecimientos centrales para
trabajadores enfermos mentales procedentes del este.)
Las tropas del Ejército Rojo liberaron el
establecimiento de Meseritz-Obrawalde a principios de marzo de
1945. Del 16 al 26 de ese mismo mes, el mando médico militar del
Primer Frente Bielorruso llevó a cabo una investigación forense,
exhumó cadáveres y tomó declaraciones detalladas de testigos. Al
llegar, los informantes se encontraron con «aproximadamente un
millar de enfermos mentales, sin duda crónicos», y vieron
inmediatamente que «el hospital de Obrawalde» había sido «en
realidad una institución gubernamental dedicada al exterminio de la
población alemana». Los médicos soviéticos redactaron un exhaustivo
informe de cientos de páginas con testimonios fotográficos,
declaraciones de testigos y pruebas médicas de laboratorio. También
hallaron las obras de construcción de un crematorio y «una puerta
de horno similar a las del campo de concentración de Majdanek».
Efectivamente, la puerta de Meseritz la había suministrado la misma
empresa —la firma Kori, con sede en la calle Dennewitz, en
Berlín-Schöneberg, especializada en la construcción de
crematorios—. El horno estaba todavía en obras, pero ya había 5.000
urnas. El Comisario del Reich para los Establecimientos de Curación
y Cuidados no había podido concluir el proyecto.445
Los responsables de los asesinatos por
eutanasia tenían una media de entre treinta y cuarenta años de
edad. Si alguna vez pensaron en su propia muerte, se debieron
imaginar algo rápido y sin complicaciones: una muerte súbita
cardiaca o un disparo en la cabeza —instantáneo e indoloro, el
final ideal—. No se puede llamar a eso morir. Una testigo explicó
cómo pensaba Herbert Linden a este respecto. La enfermera Anny
Wödl, de Viena, tenía un hijo discapacitado y, encima, medio judío,
Alfred, que murió el 22 de febrero de 1941 en la clínica vienesa Am
Spiegelgrund justo cuando cumplía seis años de edad. Unos meses
después, Anny viajó a Berlín, fue al Ministerio de Interior, llegó
hasta Linden y le pidió cuentas por los asesinatos por eutanasia:
«Por favor, señor Linden, quizás la opinión de los berlineses es
que los vieneses deben desaparecer. Imagínese que se pusiera
enfermo y supiera con certeza que lo llevan al matadero». Su
interlocutor le respondió entre risas: «¡Oh, me haría muy
feliz!».446
Herbert Linden se mató de un disparo el 27 de abril de 1945 en
Berlín-Zehlendorf.
¿QUÉ SABÍA LA POBLACIÓN SOBRE LOS ASESINATOS?
A principios de 1944, en Mühlhausen
(Turingia), un hombre con una cardiopatía murió porque se había
negado a tomarse la medicina recetada por el médico. Según explicó
la viuda, su marido pensaba «que los doctores tenían órdenes del
gobierno de dejar de tratar a los impedidos» —exactamente lo mismo
que sucedía con los enfermos mentales—. No era ninguna casualidad
que la noticia viniera de esta localidad. El cercano
establecimiento de Pfafferode estaba dirigido por Theodor
Steinmeyer, uno de los asesinos en masa más resolutivos que hubo
entre los directores de establecimientos psiquiátricos
alemanes.
Al enterarse del suceso, la jefatura
nacional del NSDAP pidió al Sicherheitsdienst que averiguara hasta
qué punto tales opiniones estaban extendidas entre la población. La
petición del partido nazi se tradujo en una circular que Otto
Ohlendorf, el jefe del SD, envió a todas las secciones de su
agencia el 28 de marzo de 1944 y a través de la cual encargó a sus
espías y fisgones que trataran de aclarar la cuestión allí donde se
escucharan «rumores sobre la inducción de la muerte anticipada de
ancianos». Durante las semanas siguientes llegó a las oficinas del
SD un centenar de páginas de informes. A partir de este material,
el oficial «IIIB3b» (de la sección de Salud Racial y Nacional)
redactó el 1 de septiembre de 1944 un estudio de opinión de cinco
páginas para el viceministro Leonardo Conti.447
El sondeo deja entrever hasta qué punto los
habitantes de todas las regiones estaban informados de los
asesinatos de pacientes. La fuente parece tanto más reveladora
cuanto que el tema «eutanasia» era mayormente tabú en las
«comunicaciones procedentes del Reich» —es decir, en los resúmenes
del SD dirigidos a las altas instancias del partido y el Estado—.
Efectivamente, los alemanes conocían bien la situación en las
clínicas neurológicas regionales y, por lo visto, eran
principalmente los ancianos los que advertían de la muerte violenta
de enfermos mentales, ya que se veían a sí mismos amenazados.
En 1944, en Renania, y especialmente en
«círculos vinculados a la Iglesia», según el sondeo reinaba la
opinión de que, «aparte de los ancianos, también los enfermos
mentales» de los hospitales «recibían inyecciones o se les recetaba
medicamentos que provocaban una pulmonía con consecuencias mortales
en la mayoría de los casos». En una posdata, el agente del SD en
Düsseldorf anotó cuatro semanas después que el rumor se había
extendido más de lo imaginado: «Preguntaban por las listas de
ancianos enfermos, especialmente también de impedidos mentalmente
normales, que habrían sido evacuados y cuyos familiares habrían
recibido posteriormente una breve nota de defunción con las
instrucciones para la recepción de la urna con las cenizas. Según
dos versiones, la gente dice que se habrían administrado
medicamentos que habrían provocado la defunción del afectado en
poco tiempo y que, además, ya no se distribuirían medicinas
curativas. De la insulina, por ejemplo, se piensa que solo está
permitido suministrarla a gente laboralmente activa y personas
menores de 60 años». Esto último era cierto, como también se
correspondían con la realidad las otras opiniones captadas por los
escuchas de los servicios de inteligencia.
El informe del Sicherheitsdienst habla de
una anciana que, tras un ataque aéreo sobre Barmen, fue ingresada
en un hospital como damnificada —no como herida—. Después la
trasladaron a una residencia de ancianos y, de allí, «todavía
sana», al establecimiento de curación y cuidados de Galkhausen,
«donde murió a las dos semanas». La misma suerte corrió una mujer
de 83 años en muy buen estado de salud tras el mismo
bombardeo.
En Remscheid transcurrió el episodio de otra
mujer cuyo marido «ya no podía andar» a consecuencia de una
patología grave. Tras su traslado del hospital de Remscheid a otro
de Bonn, resultó que había «desaparecido de repente» cuando su
mujer fue a visitarlo. «Como ella pensaba que su marido había sido
eliminado por métodos artificiales», amenazó al jefe médico con
«informar a su hijo, combatiente en el frente, de la misteriosa
desaparición de su padre». Y hete aquí que, «de pronto, recuperó a
su marido». Esto fue precisamente la confirmación de que su
sospecha estaba fundada. La mujer juró «por lo más sagrado que su
marido había figurado en la lista de candidatos para morir, pero
que no le habían puesto la inyección ni administrado los polvos
porque de repente se preocuparon por que la cosa se descubriera».
Casi disculpándose, el informante del SD añadió «que estas
informaciones provienen de ámbitos católicos».
En Gelsenkirchen y Paderborn, no solo los
ancianos, sino también los enfermos de pulmón, mostraban «un
rechazo a ser ingresados en establecimientos de curación», ya que
pensaban, no sin motivo, que allí podrían «ser asesinados
prematuramente con algún medicamento». Un auxiliar de enfermería de
Bochum explicó lo siguiente: «En repetidas ocasiones, los mineros
impedidos que padecían neumoconiosis sospechaban que existía un
interés en “cargárselos” lo antes posible». En el distrito de
Warendorf (sección del SD de Münster), un hombre de 58 años se negó
a que le pusieran «la inyección que el médico había considerado
necesaria». Como muchos de sus coetáneos, temía que pudiera
tratarse de una inyección letal. Más allá del temor inmediato, en
todas partes se decía «cada vez más abiertamente» que alguien había
ordenado que «los camaradas nacionales mayores de sesenta años ya
no reciban ninguna ayuda médica más para así asegurar su muerte».
En Linz (Austria), los soplones del Sicherheitsdienst
tranquilizaron a sus superiores berlineses de un modo peculiar
diciendo que tales afirmaciones eran «ya demasiado viejas y
conocidas como para lograr un efecto perjudicial mayor».
No pocos médicos terriblemente saturados de
trabajo preguntaban «qué edad tiene el enfermo» cuando los llamaban
para hacer una visita a domicilio. En ocasiones se veían
«obligados» a decir cosas como: «Actualmente mueren cientos de
personas jóvenes y sanas en el frente; no vendrá de una vida
anciana en casa». Esta práctica se documenta en los informes del SD
enviados desde Frankfurt, Kassel, Núremberg y Hamburgo. Desde allí
se informó de que «también el alojamiento, en parte primitivo, de
ancianos procedentes de las ciudades destruidas por el terror
aéreo» contribuía al estado depresivo, especialmente porque se
había «detectado un elevado índice de mortalidad» entre los
jubilados trasladados «causado por el cambio de las condiciones
habituales». Un día, un representante del jefe del distrito del
NSDAP quiso incautarse de una residencia de ancianos privada de
Núremberg. La directora del centro protestó: «Sí, pero, entonces,
¿adónde se llevarán a nuestros abuelos?». «Pues a reunirlos con el
Señor», le respondió el representante.
Especialmente angustiosa era la situación en
las cercanías del establecimiento de Meseritz-Obrawalde, en la
región de Frankfurt del Oder, donde en la segunda mitad de la
guerra fueron asesinados más de diez mil enfermos mentales: «Por
otro lado, los camaradas nacionales no ignoran la actuación contra
los enfermos mentales en Obrawalde, especialmente porque, en el
distrito mayormente católico de Meseritz, los sectores
confesionales se ocupan de difundir historias difamatorias en
contra». Los sondeados establecían la conexión con los asesinatos
por eutanasia cuando los ancianos eran ingresados en antiguos
establecimientos de salud y cuidados que ahora se utilizaban como
«centros alternativos». Llegaron informes en este sentido desde
Graz, Dresde, Hamburgo y Kattowitz.
La miembros de la delegación del
Sicherheitsdienst en Rybnick, Alta Silesia, informaron de lo
siguiente: «Todavía hoy la población sigue comentando que “se
llevan” muy pronto a los internos de los establecimientos de salud
y cuidados. Las cifras de mortalidad son allí mucho más altas que
antes». En los alrededores de Weimar, «muchos ancianos» tenían
miedo de que en las residencias les suministraran «un tratamiento
con las llamadas “inyecciones de la Ascensión”, como las que dicen
que aplican en gran número en distintos manicomios». En Núremberg,
el SD averiguó que «la población se obstina además en pensar que
los enfermos graves incurables de los establecimientos
neurológicos, entre los que se encuentran los dementes seniles, se
libran anticipadamente de su padecimiento mediante ayuda
médica».
Tales rumores parecían poco trascendentes en
Viena en 1944. Curiosamente, el informante retrocedió al año 1941.
«Como se comunicó en su día, el desalojo de los manicomios causó
conmoción en amplios sectores de la población y dio lugar a todo
tipo de rumores acerca de la muerte provocada de sus internos.
Esta, así como el desalojo mismo, han pasado casi completamente a
un segundo plano y solo afloran en el recuerdo esporádicamente,
como, por ejemplo, con ocasión de la proyección de la película
Yo acuso.» Las mismas conclusiones
sacaron los hombres del SD que siguieron en Gdansk el rastro de
unos rumores inequívocos.
Un médico que colaboraba con el
Sicherheitsdienst informó de lo siguiente: «La circulación de
rumores sobre la inducción de la muerte prematura en ancianos es un
hecho». Muchos pacientes, «sobre todo de sectores obreros»,
compartían la opinión de que «la muerte prematura de personas
mayores no aptas para trabajar» era una cosa «deseada por este
sistema». En opinión del médico espía, tales suposiciones se
basaban «en los casos de defunción en clínicas neurológicas y
manicomios intensamente debatidos en público hace unos dos
años».
En Stettin, después de una alarma de ataque
aéreo, una «mujer de 78 años, todavía en plenas facultades
mentales», preguntó al director de la oficina del SD «si era cierto
que la gente mayor debía asumir que sería artificialmente eliminada
en caso de recrudecerse la falta de alimentos». En Augsburgo,
después de unos intensos bombardeos aéreos, se decidió trasladar a
la campiña a los internos de las residencias de ancianos, pero
estos se negaron a entrar en los transportes alegando que «solo
querían evacuarlos para deshacerse de ellos». En Dessau, los
hombres de confianza de la sección del SD de dicha ciudad dijeron
haber percibido una tolerancia contenida por parte de algunos
ancianos. Según aquellos, los viejos no querían ser una carga para
nadie porque «si tenían que morir tantos jóvenes en los frentes,
motivo de más para que ellos fueran apartados debido a su avanzada
edad». En Weimar, el Sicherheitsdienst fue condescendiente con los
desconfiados abuelos que siempre estaban pidiendo reconstituyentes
y complementos alimenticios: «Muchos de estos ancianos se empeñan
en aferrarse a la vida porque bajo ningún concepto querrían
perderse el desenlace de la actual guerra».
Los informantes tomaron nota casi
exclusivamente de testimonios procedentes de la generación afectada
y no trasladaron la indignación de los camaradas nacionales más
jóvenes que todavía no habían alcanzado la edad de jubilación. La
causa por la que, según se informó desde Königsberg, los viejos
pensaban que eran «un obstáculo para el Estado» se hallaba, por un
lado, en la «preferencia por el cuidado de los niños, madres
embarazadas y jóvenes», y por otro, en la conducta de las
Juventudes Hitlerianas: «Las expresiones “fósil” y “chocho” son en
este sentido determinantes».
Algo parecido reportaron los espías en
Dresde: «Una condición primordial para la aparición de tales
rumores es el desprecio y el rechazo de las generaciones más
mayores —de la vejez, digamos— al estilo practicado ampliamente
entre las Juventudes Hitlerianas antes de la guerra, tanto en la
teoría como en la práctica. La lucha con palabras contra todo lo
que chocheara era en parte tan fuerte que podía dar la impresión de
que todo lo que tuviera más de cuarenta años de edad ya no valía
para la construcción de este Estado o, incluso, era condenable».
Según los informadores, tales formas de pensar y actuar se
intensificaron con «el desmesurado enaltecimiento de la juventud»
por parte del Estado: «El discurso siempre ha sido que los más
mayores y los padres ya no tienen ninguna idea que aportar y que
sea la juventud la que domine completamente la opinión pública».
Por consiguiente, la desconfianza fundamental hacia la asistencia
médica habría hallado «difusión principalmente en los sectores de
la generación de más edad». Según el SD, «apenas se constatan»
repercusiones a este respecto «en los restantes sectores de la
población».