Henry K. y Louise S.: muertos
anónimos
UN MUTISMO RESPETUOSO CON LOS FAMILIARES VIVOS
Los asesinatos por eutanasia cometidos en
Alemania entre 1939 y 1945 acabaron con la vida de aproximadamente
doscientas mil personas. Para referirse a sus crímenes, los muchos
implicados utilizaron eufemismos como redención, interrupción de la
vida, muerte de gracia, muerte asistida o, precisamente, eutanasia.
Actuaron medio en secreto, pero en el seno de la sociedad. Sobre
todo durante la segunda guerra mundial, muchos alemanes aprobaron
la muerte forzada de «bocas inútiles». Unos pocos condenaron los
asesinatos abiertamente, pero la mayoría guardó silencio porque
tampoco quiso saber demasiados detalles. Esta actitud se prolongó
más allá de 1945. Solo en contadas excepciones, las familias se
acordaron de sus tías, hijos, hermanas y abuelos asesinados. Hoy,
siete décadas después, el hechizo por fin se ha roto y, lentamente,
vuelven emerger aquellos olvidados que tuvieron que morir porque
los tacharon de locos, molestos o fastidiosos; porque eran
anormales, constituían un peligro público o no eran aptos para
trabajar; porque requerían cuidados constantes y porque eran un
lastre que deshonraba a sus familias.
Todavía hoy, en actos, libros o monumentos
se omiten los nombres completos de los asesinados y se habla con
tímida discreción de Henry K. o Louise S., o bien se les adjudican
ridículos alias. ¿A qué se debe este anonimato si la Ley sobre
Archivos Federales de Alemania permite publicar todos los nombres
que figuran en los certificados de defunción de personas fallecidas
por cualquier motivo antes del 8 de mayo de 1945, día de la
rendición de las tropas nazis? El comisario federal para la
Protección de Datos me confirmó que, efectivamente, a los muertos
no se les aplica tal protección, pero señaló que había que ser
respetuosos con los parientes actualmente vivos, ya que podrían
sentirse heridos. Una respuesta similar recibí del presidente del
Archivo Federal en 2012.1
¿Quién no tiene en su círculo familiar más
amplio algún pariente que se salga de la norma? ¿Acaso es ello un
motivo de vergüenza? ¿No es más vergonzoso ocultar los nombres de
las víctimas del poder? Pienso que son precisamente estos nombres
lo que hoy debemos recordar. Los discapacitados, deficientes
mentales y lisiados que fueron abandonados y obligados a morir no
eran parias anónimos cuya identidad no debamos revelar hoy por
pudor o secreto médico. Eran seres humanos que quizás no podían
trabajar, pero sí reír, sufrir y llorar, cada uno con su
personalidad única.
Ya es hora de honrar con nombres y apellidos
a los asesinados e incluir sus detalles biográficos en una base de
datos de acceso público. Solo entonces habremos restituido, al
menos simbólicamente, la individualidad y la dignidad humana a
estas víctimas largamente olvidadas. Habría que sacar del anonimato
a todos los enfermos crónicos indefensos y asesinados con alevosía,
a las personas enajenadas, perjudicadas física o intelectualmente
que, por diversos motivos —a menudo simplemente por ser pobres o
víctimas del abandono—, tuvieron que vivir en establecimientos
psiquiátricos. En 2012, Sigrid Falkenstein rompió excepcionalmente
este vergonzoso silencio y describió en su impresionante libro
Annas Spuren. Ein Opfer der
NS-«Euthanasie» («Las huellas de Anna. Una víctima de la
“eutanasia” nazi») el destino de su tía Anna Lehnkering, obligada a
morir en la cámara de gas de Grafeneck el 7 de marzo de 1940.
En esta misma línea, cada vez más
descendientes de asesinados ponen en marcha investigaciones a
título individual. Entre 2011 y 2012, las peticiones de información
de familiares presentadas al Memorial de Pirna-Sonnenstein se
duplicaron de 48 a 952
(los sótanos de este antiguo establecimiento psiquiátrico
albergaron una cámara de gas donde murió un total de 13.720
enfermos mentales entre junio de 1940 y agosto de 1941). La cifra
de solicitudes puede parecer escasa si se compara con la gran
cantidad de víctimas, pero el interés despertado y la actitud
demostrada están cambiando notablemente. A ello contribuye también,
sin duda, que la literatura especializada ya no centra su interés
principalmente en los asesinos, sino cada vez más en los
asesinados. Ejemplos de ello podrían ser el entrañable libro de
Boris Böhm y Ricarda Schulze «...ist uns noch
allen lebendig in Erinnerung.» Biografische Porträts von Opfern der
nationalsozialistischen «Euthanasie»-Anstalt Pirna-Sonnenstein
(«“...todavía está presente en nuestro recuerdo.” Retratos
biográficos de víctimas del establecimiento “eutanásico” de
Pirna-Sonnenstein») (2003) o la conmovedora autobiografía de Elvira
Manthey (de apellido de soltera Hempel) Die
Hempelsche. Das Schicksal eines deutschen Kindes, das vor der
Gaskammer umkehren durfte («La pequeña Hempel. El destino de
una niña alemana que pudo dar media vuelta ante la cámara de gas»)
(1994). En el capítulo «Crónicas desde el archipiélago de cámaras
de gas» (página 78 y siguientes) reproduzco fragmentos de ambas
obras.
Estimulado por este tipo de lecturas, en una
columna publicada el 1 de septiembre de 2012 planteé a las lectoras
y lectores de los diarios Berliner
Zeitung y Frankfurter Rundschau las
siguientes preguntas: «¿Sabe o sospecha usted algo acerca de algún
pariente suyo asesinado en tales circunstancias? ¿No sería bueno
poder realizar una sencilla búsqueda en un archivo conmemorativo
para salir de dudas? ¿Acaso no es un imperativo humano devolver a
los asesinados, como mínimo, sus nombres y apellidos? Escríbanos su
opinión».
Todas las respuestas que recibí, sin
excepciones, fueron afirmativas. Reproduzco a continuación algunas
de ellas. La lectora Maili Hochhuth escribió: «Su columna me ha
hecho pensar. Recuerdo que, hace años, mi padre nos habló de una
tía abuela que había vivido en una clínica psiquiátrica. En los
documentos familiares no consta ningún indicio sobre la suerte que
corrió esta tía abuela. En mi familia tampoco hablamos ni
escribimos abiertamente al respecto. Yo apoyaría la creación de un
fichero conmemorativo con todos los nombres y apellidos de las
víctimas de la “eutanasia” (como sucede con las personas
judías)».
Lothar Wiese contó lo siguiente: «Provengo
de una familia que se vio muy directa y brutalmente afectada por
las acciones de asesinato por eutanasia durante la época nazi. La
víctima fue mi abuela materna, enferma de esquizofrenia.
Desgraciadamente, hasta hoy he sabido muy poco sobre la vida de
esta mujer. Todo lo que sé me lo contó mi madre hace muchos años.
Mi abuela se llamaba Hilde Ströver, nació en Dortmund entre 1905 y
1908 aproximadamente. Era la mayor de dos hermanos de una familia
de campesinos. (...) En algún momento de principios de la década de
1940 cayó mentalmente enferma, su personalidad se transformó
notablemente y empezó a llamar la atención. Un día, despertó en
plena noche a sus dos hijas y se dirigió corriendo, presa del
pánico, a un cementerio con las niñas aterrorizadas. Se repitieron
otros episodios parecidos y, naturalmente, aquellos sucesos no
pasaron desapercibidos a los vecinos. Al poco tiempo, determinados
funcionarios y organismos empezaron a actuar. Finalmente, la mujer
fue ingresada en una “clínica” adecuada, al parecer cerca de
Regensburg. Allí terminó sus días, en mitad de la treintena, en
algún momento del año 1943. Su padre intentó sacarla de aquella
clínica mortífera, pero sus intentos fueron en vano».
Rainer Assmann habló de su bisabuelo Emil
Saefkow: «Tras realizar algunas investigaciones sobre mi bisabuelo,
que todo apunta a que fue víctima de este programa en el sanatorio
neurológico de Ueckermünde en 1943, nos pusimos en contacto con los
gestores actuales del centro. Su director, el Dr. Kliewe, nos ayudó
a encontrar los informes médicos de mi bisabuelo y, el día del 65.º
aniversario de su muerte, viajamos a Ueckermünde para recordarlo in
situ con nuestros hijos de 16 y 18 años y con nuestros padres. Fue
una experiencia muy profunda e impresionante».
El bloguero «sg» envió la siguiente
respuesta a mis preguntas: «Estoy totalmente a favor de dar un
nombre a estas víctimas —de hecho poco reconocidas por muchas
familias— de la dictadura nazi. La conducta descrita en su artículo
la he vivido o, mejor dicho, la sigo viviendo en mi propia familia.
Mi madre, de 98 años, tenía una hermana que fue ingresada en una
clínica psiquiátrica cerca de Berlín con apenas 30 años para
someterse a un tratamiento a raíz de una conducta
maníaco-depresiva. Cuatro días después dijeron a sus padres que la
hija había fallecido de un paro cardiaco. Pero como era una mujer
físicamente sana, no es aventurado sospechar que fue víctima de un
asesinato por eutanasia. Sin embargo, ningún miembro de la entonces
extensa familia (mi madre tenía once hermanos) quiso tratar de
aclarar cualquier duda. Por lo que sé, los padres de mi tía,
desmoralizados por los bombardeos y por la desgracia de tener una
hija depresiva, tampoco quisieron iniciar ninguna investigación
acerca de la repentina muerte. ¿Por vergüenza, por agotamiento, por
miedo justificado? No lo sabemos. De los numerosos descendientes de
esta familia, hasta hoy nadie de mi generación, que yo sepa, ha
iniciado ninguna indagación, aunque todos sabemos, y es obvio, que
nuestra tía fue asesinada por los nazis. Yo mismo tampoco lo he
hecho, entre otras cosas, por respeto a mi madre, que siempre ha
evitado el tema. Pero ahora, su nieta (nuestra hija) se ha empeñado
en recopilar datos y recuerdos para reconstruir el caso. Mi madre,
a pesar de su avanzada edad, todavía conserva una buena memoria y
estaría dispuesta a que la entrevistasen. Hay documentos y listas
donde consta el nombre de la víctima y su traslado de una clínica a
otra. Hoy, por fin, varios descendientes estamos considerando la
manera y los medios a través de los cuales podríamos recordar a
nuestra tía. Un archivo conmemorativo, tal como se propone en el
artículo, sería una posibilidad. Otra podría ser la colocación de
una stolperstein».3
El lector Jürgen F. Bollmann escribió lo
siguiente: «Según las investigaciones del Memorial de Sonnenstein,
Hedwig Minna Schuster, nuestra abuela, fue gaseada allí el 12 de
noviembre de 1940 (en el acta de defunción consta la fecha del 21
de noviembre, nueve días más, los necesarios para que el régimen se
embolsara el seguro médico, una práctica habitual en tales
“casos”). Hasta 1995, mis padres y tías no nos habían explicado
nada. Una vez muertos, me puse a investigar animado por una
intuición. Ese año, cuando estaba en Dresde, me enteré de que
Sonnenstein había sido un establecimiento eutanásico. Un artículo
en la prensa sobre la inauguración del Memorial y mi posterior
visita a las instalaciones me confirmaron que mi abuela, al igual
que la artista Elfriede Lohse-Wächtler y el asesor jurídico de la
Iglesia Confesante Martin Gauger, encarcelado por objeción al
servicio militar, había sido asesinada en Sonnenstein el mismo día
de su “entrega” desde Tschadrass (Leipzig). El único documento que
hemos visto de ella, aparte del certificado de defunción, es el
“albarán de entrega” de su traslado».
Cartas como estas y anteriores
conversaciones mantenidas con descendientes de víctimas de los
asesinatos por eutanasia reforzaron mi intención de ponerme a
trabajar en este libro. No basta, por un lado, con lamentar las
numerosas víctimas y, por otro, demonizar a cerca de quinientos
perpetradores nazis y acusarlos de ideólogos sin escrúpulos, malas
personas o asesinos de bata blanca. A la larga, lo importante y,
quizás, instructivo es examinar el trasfondo social, ese sinnúmero
de personas que hubo entre los autores materiales y las víctimas.
Por ello me decidí por el ambiguo título Die
Belasteten4
en el original alemán. La palabra no apunta a los asesinos, sino a
los asesinados. Remite a los que «cargan» con una «tara
hereditaria» o «psíquica» y a su familia «perjudicada». En ella
resuenan conceptos como «molestia», «estorbo» o «lastre social»,
pero también evoca las personas que «son una carga para los demás»
o que —como actualmente se suele decir, dándole la vuelta— «no
quieren ser una carga para los demás». El título Die Belasteten engloba a los asesinados, pero
también la «carga de por vida» para los familiares y la
consiguiente necesidad de «desahogo», de «liberación de un lastre»
individual y colectivo.
En mi entorno familiar conozco dos historias
relacionadas con los asesinatos por eutanasia y con desenlaces
diametralmente opuestos. La primera trata de Martha Ebding, nacida
en 1906 y fallecida en 1957 en la Institución Von Bodelschwingh
Bethel. Padecía ataques epilépticos graves que transformaban su
carácter. Sus sobrinas la veían como un «personaje delgado, vestido
de gris, sombrío e inquietante». Había estado ingresada en la
Caridad de Kork, donde las monjas advirtieron con tiempo a los
familiares de la llegada de los transportes de evacuación. Su
hermano, el párroco Friedrich Ebding, reaccionó inmediatamente, la
sacó del establecimiento y la devolvió pasado el peligro. A finales
de 1944 escribió lo siguiente: «El 22 de septiembre de 1944 pudimos
trasladar a nuestra querida Martha a Bethel, en Bielefeld. Bethel
es un lugar único y nos alegró saber que allí estará muy bien
cuidada...». No obstante, por tradición familiar, la tía Martha
siempre ha sido «un tema tabú».
La segunda historia me la explicó mi madre
poco antes de fallecer en 2008. Con toda la intención, empezó a
hablar de su difunta amiga Annemarie, de quien dijo que, obligada
por su marido, entregó a su bebé discapacitado a un establecimiento
eutanásico y que siempre se arrepintió de aquel acto. Desconozco si
el bebé era niño o niña, pero se apellidaba Kröcher. De momento,
mis investigaciones sobre su destino no han dado ningún
fruto.
Ambos casos, tanto la tía Martha, hermana de
un tío político, como el bebé Kröcher, no entrarían en la categoría
de parientes cercanos. Pero si tomamos a estos últimos como punto
de referencia, podríamos afirmar que al menos uno de cada ocho
alemanes o austriacos mayor de 25 años cuyas raíces familiares en
el antiguo territorio del Imperio Alemán se remontan a 1900 está
directamente emparentado con una persona que fue asesinada entre
1939 y 1945 por ser una «boca inútil». ¿Qué factores —elegidos a la
baja— hemos tenido en cuenta para obtener semejante resultado? Las
doscientas mil víctimas de la eutanasia forzada en Alemania
murieron entre 1940 y 1945 y tenían una media de 45 años de
edad.5
Es decir, nacieron hacia 1897. Por consiguiente, un descendiente
suyo de 25 años de edad en 2012 pertenecería a la cuarta generación
y, desde su punto de vista, un bisabuelo o tío bisabuelo suyo
habría sido asesinado.
Pongamos un ejemplo teórico, un antepasado
ficticio nacido en 1897, de nombre Wilhelm y con tres hermanos y/o
hermanas. Los cuatro formarían la primera generación. Los miembros
de esta generación tuvieron una media de 2, 1 hijos —el
desagradable término estadístico utilizado para designar este
concepto es la «fertilidad de cohorte»—. Por consiguiente, la
segunda generación, nacida estadísticamente en 1927, estuvo formada
por 8, 4 personas. Sus correspondientes descendencias medias
también fueron de 2, 1 miembros, es decir, Wilhelm tendría otros 18
descendientes más. La descendencia media de la tercera generación,
nacida hacia 1957, se redujo a 1, 4. Por lo tanto, hacia 1987
habrían nacido 25 bisnietos y sobrinos bisnietos de Wilhelm.
Supongamos que los familiares de la cuarta y tercera generaciones
todavía viven e, igualmente, los de la segunda generación nacida
hacia 1927. Y supongamos también que las personas de 25 años de la
cuarta generación todavía no tienen hijos en el año 2012. Por
consiguiente, actualmente vivirían 45 descendientes directos de
Wilhelm, nuestra hipotética víctima de la eutanasia forzada. Por
consiguiente, si hubo 200.000 víctimas de los asesinatos, estas
personas estarían emparentadas por línea de directa con cerca de
diez millones de alemanes (y austriacos) actualmente vivos (no
inmigrados posteriormente).
El resultado de este prudente modelo de
cálculo se multiplica si a los tres hermanos y/o hermanas de
Wilhelm les sumamos la media de diez primos y primas nacidos
igualmente en 1896 y los miembros de la familia política, como
sería el caso de la tía Martha, excepcionalmente rescatada. Hasta
hoy, son muy pocas las familias que hablan de sus familiares
desaparecidos. Para la mayoría, han caído en el olvido.
Entretanto, muchas clínicas psiquiátricas
proporcionan datos de sus historiales e informes, y los archivos
públicos permiten acceder a otros detalles. En los lugares que en
aquel tiempo albergaron cámaras de gas, como los actuales
memoriales de Hadamar, Bernburg, Pirna-Sonnenstein, Grafeneck y
Hartheim, los trabajadores crean bases de datos que alimentan con
los nombres y apellidos de los fallecidos. Estos nombres también se
introducen en registros de instituciones particulares, a menudo
católicas. Un ejemplo representativo es la impresionante
documentación de Herbert Immenkötter titulada Menschen aus unserer Mitte. Die Opfer von
Zwangssterilisierung und Euthanasie im Dominikus-Ringeisen-Werk
Ursberg («Personas de nuestro entorno. Las víctimas de la
esterilización forzada y la eutanasia en la institución
eclesiástica Dominikus-Ringeisen-Werk de Ursberg»). En el sitio de
internet www.gedenkstaettesteinhof.at también se pueden consultar
los nombres y datos biográficos de 789 niños y niñas asesinados
entre 1941 y 1945 en la Unidad de Pediatría Am Spiegelgrund de la
clínica psiquiátrica vienesa Am Steinhof, entre los cuales también
hubo niños alemanes.
A finales de 2012, el presidente del Archivo
Federal de Alemania todavía no se había decidido por esta forma tan
sencilla y, al mismo tiempo, clara de tributar respeto y
reconocimiento por las víctimas. No obstante, los nombres y datos
de nacimiento de 30.076 personas que murieron en las cámaras de gas
durante la primera fase de los asesinatos, es decir, hasta agosto
de 1941, se pueden consultar en la página web
www.iaapa.org.il/46024/Claims# (avisamos de que el orden alfabético
no es exacto en todos los casos). Los historiales médicos que
figuran en este fichero están custodiados por el Archivo Federal en
el fondo documental R 179, pero Hagai Aviel, de Tel Aviv, los colgó
en la red de forma ilegal, tal como informó una portavoz del
organismo federal. Hay una sentencia del Tribunal
Contencioso-Administrativo de Coblenza que obliga a eliminar estos
datos de internet, pero dicho fallo no se puede ejecutar porque no
existe ningún convenio de cooperación jurídica con Israel6
—al estado de Israel no le faltan motivos para que así sea—. En la
página de internet citada, Aviel explica las razones que le
llevaron a infringir una ley alemana atendiendo a un bien jurídico
superior (la explicación está disponible en alemán en la dirección
www.psychiatrie-erfahrene.de/explanation.html).
Por la legitimidad de este acto,
recomendaría legalizar retroactivamente la piratería de Aviel, es
decir, publicar oficialmente en internet los datos de los muertos y
actualizarlos con regularidad. Así, todos los familiares,
historiadores e investigadores locales interesados podrían aportar
sus documentos y fotografías para, con el tiempo, crear un memorial
virtual colaborativo de los muertos. Pero el presidente del Archivo
Federal todavía se muestra reticente y sostiene que, si bien los
«datos personales completos» de los enfermos asesinados solo se
podrían publicar previa autorización de sus familiares directos,
considera que es técnica y administrativamente imposible
preguntárselo a todos ellos.
Esta actitud, en absoluto generalizada en
Alemania, obliga a protestar, tal como demuestran las cartas de los
lectores citadas anteriormente. Al fin y al cabo, los asesinados
son personas por derecho propio. Son víctimas del poder
nacionalsocialista. Fueron asesinadas porque eran consideradas
«vainas humanas vacías» y «seres del escalafón animal más bajo».
Debían desaparecer sin dejar el menor rastro. Su muerte fue
certificada con datos falseados por funcionarios del registro civil
y las causas de su defunción, inventadas por médicos. Es preciso
restituir la dignidad a unas personas que, en sus últimos momentos,
fueron marcadas con números, despersonalizadas premeditadamente,
gaseadas e incineradas. La administración no puede seguir actuando
como si no existieran. Lo primero que debe hacer es mencionar
oficialmente sus nombres y apellidos. Es un derecho individual
fundamental, con independencia de lo que puedan opinar sus
descendientes.
Este libro está dedicado a mi hija Karline.
En 1979, poco después de nacer, padeció una infección por
estreptococos que hoy se habría podido prevenir con un sencillo
examen rutinario. Karline contrajo una encefalitis y sufrió una
lesión cerebral grave. Necesita ayuda, pero ríe y llora, demuestra
felicidad y mal humor, le gusta la música, la buena comida, en
ocasiones alguna cerveza y recibir invitados. Sin embargo, la vida
no es fácil para ella. Fue Karline quien, al poco de nacer, me
llevó al tema de los «asesinatos por eutanasia» en la historia
contemporánea de Alemania y en el cual nunca he dejado de
trabajar.
NOTAS PARA LA LECTURA
El presente libro es el fruto de 32 años de
investigación que detallo en el apéndice. Los nombres completos y,
en ocasiones, los datos biográficos de las personas que cayeron
víctimas de los asesinatos por eutanasia los cito si los conozco y
no lo hago si son ilocalizables o existe alguna prohibición
explícita. Manejo la cuestión de la identidad personal de la misma
manera que se suele hacer con los judíos asesinados o los
perseguidos políticos.
En cuanto a las citas, las he adaptado a las
normas gramaticales actuales, corregido los errores ortográficos
manifiestos y sustituido las abreviaturas por las palabras
completas. No obstante, he corregido los testimonios personales de
internos en establecimientos psiquiátricos solo para mejorar su
legibilidad, puesto entre paréntesis datos añadidos para facilitar
la comprensión y completado la puntuación.
Estos textos contienen testimonios de
personas clasificadas como «intelectualmente muertas» por sus
perseguidores, pero que fueron capaces de escribir sobre sus
vivencias, miedos y preocupaciones de forma conmovedora. Otros
residentes de establecimientos psiquiátricos no sabían escribir,
pero sí expresarse con claridad y permitir que otras personas
anotaran lo que ellos les habían transmitido. Otorgo una especial
importancia a las fuentes en las que aparecen los testimonios de
los asesinados. Estos documentos están agrupados en los capítulos
«Crónicas desde el archipiélago de cámaras de gas», «Últimos signos
de vida infantil» y «Noticias desde los edificios de la
muerte».
Apelando a la confianza de mis lectoras y
lectores, no entrecomillo una serie de expresiones comunes en la
época, como eutanasia, Acción T4, lisiado, idiota, deficiente,
salud hereditaria, loco, enfermo mental, etc. En ningún momento
utilizo el término «eutanasia» como sinónimo de «buen
morir».7
Muy a mi pesar, no conozco ninguna palabra que pueda utilizar
despreocupadamente para referirme al conjunto de los asesinados y
que no tenga connotaciones negativas. Por ello, me sirvo de
expresiones como víctima, discapacitado, enfermo mental, demente,
débil mental o perjudicado de nacimiento. Estas circunlocuciones no
son en esencia mejores que enfermo mental, idiota o deficiente
mental —conceptos, por cierto, que en la época en que se
introdujeron se entendieron como un intento de sustituir
denominaciones vulgares del habla coloquial en el espíritu de la
ciencia y la humanidad—. Sin embargo, el lenguaje popular acaparó
los nuevos términos especializados, al principio neutros, y les
añadió matices despectivos. Actualmente, los conceptos víctima,
espástico o discapacitado se transforman cada vez más en palabras
insultantes u ofensivas.
No me parece interesante hablar de «personas
diagnosticadas como esquizofrénicas, maníaco-depresivas o
epilépticas» ni inventar otras expresiones sinuosas aparentemente
correctas. La mayoría de víctimas de la eutanasia, más allá de su
diagnóstico, padecía problemas reales y casi todas ellas se
ajustaban al criterio principal de los asesinatos: no eran lo
suficientemente productivas, generaban gastos y acaparaban recursos
y mano de obra. Por ello tuvieron que morir. En 1987, Klaus Hartung
y yo escribimos el siguiente texto para el monumento que desde 1989
honra en Berlín la memoria de los muertos por eutanasia forzada en
Alemania: «Las víctimas eran pobres, desobedientes, estaban
desesperadas o necesitaban ayuda. Venían de clínicas psiquiátricas
y hospitales infantiles, de residencias de ancianos y centros de
asistencia, de hospitales militares y campos de reclusión». Creo
que el texto todavía se deja leer, pero no supimos dar con ninguna
palabra que englobara, ella sola, a todos los asesinados de una
manera amable.
Viena y Berlín,
noviembre de 2012