Henry K. y Louise S.: muertos anónimos

 

 

UN MUTISMO RESPETUOSO CON LOS FAMILIARES VIVOS

 

Los asesinatos por eutanasia cometidos en Alemania entre 1939 y 1945 acabaron con la vida de aproximadamente doscientas mil personas. Para referirse a sus crímenes, los muchos implicados utilizaron eufemismos como redención, interrupción de la vida, muerte de gracia, muerte asistida o, precisamente, eutanasia. Actuaron medio en secreto, pero en el seno de la sociedad. Sobre todo durante la segunda guerra mundial, muchos alemanes aprobaron la muerte forzada de «bocas inútiles». Unos pocos condenaron los asesinatos abiertamente, pero la mayoría guardó silencio porque tampoco quiso saber demasiados detalles. Esta actitud se prolongó más allá de 1945. Solo en contadas excepciones, las familias se acordaron de sus tías, hijos, hermanas y abuelos asesinados. Hoy, siete décadas después, el hechizo por fin se ha roto y, lentamente, vuelven emerger aquellos olvidados que tuvieron que morir porque los tacharon de locos, molestos o fastidiosos; porque eran anormales, constituían un peligro público o no eran aptos para trabajar; porque requerían cuidados constantes y porque eran un lastre que deshonraba a sus familias.
Todavía hoy, en actos, libros o monumentos se omiten los nombres completos de los asesinados y se habla con tímida discreción de Henry K. o Louise S., o bien se les adjudican ridículos alias. ¿A qué se debe este anonimato si la Ley sobre Archivos Federales de Alemania permite publicar todos los nombres que figuran en los certificados de defunción de personas fallecidas por cualquier motivo antes del 8 de mayo de 1945, día de la rendición de las tropas nazis? El comisario federal para la Protección de Datos me confirmó que, efectivamente, a los muertos no se les aplica tal protección, pero señaló que había que ser respetuosos con los parientes actualmente vivos, ya que podrían sentirse heridos. Una respuesta similar recibí del presidente del Archivo Federal en 2012.1
¿Quién no tiene en su círculo familiar más amplio algún pariente que se salga de la norma? ¿Acaso es ello un motivo de vergüenza? ¿No es más vergonzoso ocultar los nombres de las víctimas del poder? Pienso que son precisamente estos nombres lo que hoy debemos recordar. Los discapacitados, deficientes mentales y lisiados que fueron abandonados y obligados a morir no eran parias anónimos cuya identidad no debamos revelar hoy por pudor o secreto médico. Eran seres humanos que quizás no podían trabajar, pero sí reír, sufrir y llorar, cada uno con su personalidad única.
Ya es hora de honrar con nombres y apellidos a los asesinados e incluir sus detalles biográficos en una base de datos de acceso público. Solo entonces habremos restituido, al menos simbólicamente, la individualidad y la dignidad humana a estas víctimas largamente olvidadas. Habría que sacar del anonimato a todos los enfermos crónicos indefensos y asesinados con alevosía, a las personas enajenadas, perjudicadas física o intelectualmente que, por diversos motivos —a menudo simplemente por ser pobres o víctimas del abandono—, tuvieron que vivir en establecimientos psiquiátricos. En 2012, Sigrid Falkenstein rompió excepcionalmente este vergonzoso silencio y describió en su impresionante libro Annas Spuren. Ein Opfer der NS-«Euthanasie» («Las huellas de Anna. Una víctima de la “eutanasia” nazi») el destino de su tía Anna Lehnkering, obligada a morir en la cámara de gas de Grafeneck el 7 de marzo de 1940.
En esta misma línea, cada vez más descendientes de asesinados ponen en marcha investigaciones a título individual. Entre 2011 y 2012, las peticiones de información de familiares presentadas al Memorial de Pirna-Sonnenstein se duplicaron de 48 a 952 (los sótanos de este antiguo establecimiento psiquiátrico albergaron una cámara de gas donde murió un total de 13.720 enfermos mentales entre junio de 1940 y agosto de 1941). La cifra de solicitudes puede parecer escasa si se compara con la gran cantidad de víctimas, pero el interés despertado y la actitud demostrada están cambiando notablemente. A ello contribuye también, sin duda, que la literatura especializada ya no centra su interés principalmente en los asesinos, sino cada vez más en los asesinados. Ejemplos de ello podrían ser el entrañable libro de Boris Böhm y Ricarda Schulze «...ist uns noch allen lebendig in Erinnerung.» Biografische Porträts von Opfern der nationalsozialistischen «Euthanasie»-Anstalt Pirna-Sonnenstein («“...todavía está presente en nuestro recuerdo.” Retratos biográficos de víctimas del establecimiento “eutanásico” de Pirna-Sonnenstein») (2003) o la conmovedora autobiografía de Elvira Manthey (de apellido de soltera Hempel) Die Hempelsche. Das Schicksal eines deutschen Kindes, das vor der Gaskammer umkehren durfte («La pequeña Hempel. El destino de una niña alemana que pudo dar media vuelta ante la cámara de gas») (1994). En el capítulo «Crónicas desde el archipiélago de cámaras de gas» (página 78 y siguientes) reproduzco fragmentos de ambas obras.

 

Estimulado por este tipo de lecturas, en una columna publicada el 1 de septiembre de 2012 planteé a las lectoras y lectores de los diarios Berliner Zeitung y Frankfurter Rundschau las siguientes preguntas: «¿Sabe o sospecha usted algo acerca de algún pariente suyo asesinado en tales circunstancias? ¿No sería bueno poder realizar una sencilla búsqueda en un archivo conmemorativo para salir de dudas? ¿Acaso no es un imperativo humano devolver a los asesinados, como mínimo, sus nombres y apellidos? Escríbanos su opinión».
Todas las respuestas que recibí, sin excepciones, fueron afirmativas. Reproduzco a continuación algunas de ellas. La lectora Maili Hochhuth escribió: «Su columna me ha hecho pensar. Recuerdo que, hace años, mi padre nos habló de una tía abuela que había vivido en una clínica psiquiátrica. En los documentos familiares no consta ningún indicio sobre la suerte que corrió esta tía abuela. En mi familia tampoco hablamos ni escribimos abiertamente al respecto. Yo apoyaría la creación de un fichero conmemorativo con todos los nombres y apellidos de las víctimas de la “eutanasia” (como sucede con las personas judías)».
Lothar Wiese contó lo siguiente: «Provengo de una familia que se vio muy directa y brutalmente afectada por las acciones de asesinato por eutanasia durante la época nazi. La víctima fue mi abuela materna, enferma de esquizofrenia. Desgraciadamente, hasta hoy he sabido muy poco sobre la vida de esta mujer. Todo lo que sé me lo contó mi madre hace muchos años. Mi abuela se llamaba Hilde Ströver, nació en Dortmund entre 1905 y 1908 aproximadamente. Era la mayor de dos hermanos de una familia de campesinos. (...) En algún momento de principios de la década de 1940 cayó mentalmente enferma, su personalidad se transformó notablemente y empezó a llamar la atención. Un día, despertó en plena noche a sus dos hijas y se dirigió corriendo, presa del pánico, a un cementerio con las niñas aterrorizadas. Se repitieron otros episodios parecidos y, naturalmente, aquellos sucesos no pasaron desapercibidos a los vecinos. Al poco tiempo, determinados funcionarios y organismos empezaron a actuar. Finalmente, la mujer fue ingresada en una “clínica” adecuada, al parecer cerca de Regensburg. Allí terminó sus días, en mitad de la treintena, en algún momento del año 1943. Su padre intentó sacarla de aquella clínica mortífera, pero sus intentos fueron en vano».
Rainer Assmann habló de su bisabuelo Emil Saefkow: «Tras realizar algunas investigaciones sobre mi bisabuelo, que todo apunta a que fue víctima de este programa en el sanatorio neurológico de Ueckermünde en 1943, nos pusimos en contacto con los gestores actuales del centro. Su director, el Dr. Kliewe, nos ayudó a encontrar los informes médicos de mi bisabuelo y, el día del 65.º aniversario de su muerte, viajamos a Ueckermünde para recordarlo in situ con nuestros hijos de 16 y 18 años y con nuestros padres. Fue una experiencia muy profunda e impresionante».
El bloguero «sg» envió la siguiente respuesta a mis preguntas: «Estoy totalmente a favor de dar un nombre a estas víctimas —de hecho poco reconocidas por muchas familias— de la dictadura nazi. La conducta descrita en su artículo la he vivido o, mejor dicho, la sigo viviendo en mi propia familia. Mi madre, de 98 años, tenía una hermana que fue ingresada en una clínica psiquiátrica cerca de Berlín con apenas 30 años para someterse a un tratamiento a raíz de una conducta maníaco-depresiva. Cuatro días después dijeron a sus padres que la hija había fallecido de un paro cardiaco. Pero como era una mujer físicamente sana, no es aventurado sospechar que fue víctima de un asesinato por eutanasia. Sin embargo, ningún miembro de la entonces extensa familia (mi madre tenía once hermanos) quiso tratar de aclarar cualquier duda. Por lo que sé, los padres de mi tía, desmoralizados por los bombardeos y por la desgracia de tener una hija depresiva, tampoco quisieron iniciar ninguna investigación acerca de la repentina muerte. ¿Por vergüenza, por agotamiento, por miedo justificado? No lo sabemos. De los numerosos descendientes de esta familia, hasta hoy nadie de mi generación, que yo sepa, ha iniciado ninguna indagación, aunque todos sabemos, y es obvio, que nuestra tía fue asesinada por los nazis. Yo mismo tampoco lo he hecho, entre otras cosas, por respeto a mi madre, que siempre ha evitado el tema. Pero ahora, su nieta (nuestra hija) se ha empeñado en recopilar datos y recuerdos para reconstruir el caso. Mi madre, a pesar de su avanzada edad, todavía conserva una buena memoria y estaría dispuesta a que la entrevistasen. Hay documentos y listas donde consta el nombre de la víctima y su traslado de una clínica a otra. Hoy, por fin, varios descendientes estamos considerando la manera y los medios a través de los cuales podríamos recordar a nuestra tía. Un archivo conmemorativo, tal como se propone en el artículo, sería una posibilidad. Otra podría ser la colocación de una stolperstein».3
El lector Jürgen F. Bollmann escribió lo siguiente: «Según las investigaciones del Memorial de Sonnenstein, Hedwig Minna Schuster, nuestra abuela, fue gaseada allí el 12 de noviembre de 1940 (en el acta de defunción consta la fecha del 21 de noviembre, nueve días más, los necesarios para que el régimen se embolsara el seguro médico, una práctica habitual en tales “casos”). Hasta 1995, mis padres y tías no nos habían explicado nada. Una vez muertos, me puse a investigar animado por una intuición. Ese año, cuando estaba en Dresde, me enteré de que Sonnenstein había sido un establecimiento eutanásico. Un artículo en la prensa sobre la inauguración del Memorial y mi posterior visita a las instalaciones me confirmaron que mi abuela, al igual que la artista Elfriede Lohse-Wächtler y el asesor jurídico de la Iglesia Confesante Martin Gauger, encarcelado por objeción al servicio militar, había sido asesinada en Sonnenstein el mismo día de su “entrega” desde Tschadrass (Leipzig). El único documento que hemos visto de ella, aparte del certificado de defunción, es el “albarán de entrega” de su traslado».

 

Cartas como estas y anteriores conversaciones mantenidas con descendientes de víctimas de los asesinatos por eutanasia reforzaron mi intención de ponerme a trabajar en este libro. No basta, por un lado, con lamentar las numerosas víctimas y, por otro, demonizar a cerca de quinientos perpetradores nazis y acusarlos de ideólogos sin escrúpulos, malas personas o asesinos de bata blanca. A la larga, lo importante y, quizás, instructivo es examinar el trasfondo social, ese sinnúmero de personas que hubo entre los autores materiales y las víctimas. Por ello me decidí por el ambiguo título Die Belasteten4 en el original alemán. La palabra no apunta a los asesinos, sino a los asesinados. Remite a los que «cargan» con una «tara hereditaria» o «psíquica» y a su familia «perjudicada». En ella resuenan conceptos como «molestia», «estorbo» o «lastre social», pero también evoca las personas que «son una carga para los demás» o que —como actualmente se suele decir, dándole la vuelta— «no quieren ser una carga para los demás». El título Die Belasteten engloba a los asesinados, pero también la «carga de por vida» para los familiares y la consiguiente necesidad de «desahogo», de «liberación de un lastre» individual y colectivo.
En mi entorno familiar conozco dos historias relacionadas con los asesinatos por eutanasia y con desenlaces diametralmente opuestos. La primera trata de Martha Ebding, nacida en 1906 y fallecida en 1957 en la Institución Von Bodelschwingh Bethel. Padecía ataques epilépticos graves que transformaban su carácter. Sus sobrinas la veían como un «personaje delgado, vestido de gris, sombrío e inquietante». Había estado ingresada en la Caridad de Kork, donde las monjas advirtieron con tiempo a los familiares de la llegada de los transportes de evacuación. Su hermano, el párroco Friedrich Ebding, reaccionó inmediatamente, la sacó del establecimiento y la devolvió pasado el peligro. A finales de 1944 escribió lo siguiente: «El 22 de septiembre de 1944 pudimos trasladar a nuestra querida Martha a Bethel, en Bielefeld. Bethel es un lugar único y nos alegró saber que allí estará muy bien cuidada...». No obstante, por tradición familiar, la tía Martha siempre ha sido «un tema tabú».
La segunda historia me la explicó mi madre poco antes de fallecer en 2008. Con toda la intención, empezó a hablar de su difunta amiga Annemarie, de quien dijo que, obligada por su marido, entregó a su bebé discapacitado a un establecimiento eutanásico y que siempre se arrepintió de aquel acto. Desconozco si el bebé era niño o niña, pero se apellidaba Kröcher. De momento, mis investigaciones sobre su destino no han dado ningún fruto.
Ambos casos, tanto la tía Martha, hermana de un tío político, como el bebé Kröcher, no entrarían en la categoría de parientes cercanos. Pero si tomamos a estos últimos como punto de referencia, podríamos afirmar que al menos uno de cada ocho alemanes o austriacos mayor de 25 años cuyas raíces familiares en el antiguo territorio del Imperio Alemán se remontan a 1900 está directamente emparentado con una persona que fue asesinada entre 1939 y 1945 por ser una «boca inútil». ¿Qué factores —elegidos a la baja— hemos tenido en cuenta para obtener semejante resultado? Las doscientas mil víctimas de la eutanasia forzada en Alemania murieron entre 1940 y 1945 y tenían una media de 45 años de edad.5 Es decir, nacieron hacia 1897. Por consiguiente, un descendiente suyo de 25 años de edad en 2012 pertenecería a la cuarta generación y, desde su punto de vista, un bisabuelo o tío bisabuelo suyo habría sido asesinado.
Pongamos un ejemplo teórico, un antepasado ficticio nacido en 1897, de nombre Wilhelm y con tres hermanos y/o hermanas. Los cuatro formarían la primera generación. Los miembros de esta generación tuvieron una media de 2, 1 hijos —el desagradable término estadístico utilizado para designar este concepto es la «fertilidad de cohorte»—. Por consiguiente, la segunda generación, nacida estadísticamente en 1927, estuvo formada por 8, 4 personas. Sus correspondientes descendencias medias también fueron de 2, 1 miembros, es decir, Wilhelm tendría otros 18 descendientes más. La descendencia media de la tercera generación, nacida hacia 1957, se redujo a 1, 4. Por lo tanto, hacia 1987 habrían nacido 25 bisnietos y sobrinos bisnietos de Wilhelm. Supongamos que los familiares de la cuarta y tercera generaciones todavía viven e, igualmente, los de la segunda generación nacida hacia 1927. Y supongamos también que las personas de 25 años de la cuarta generación todavía no tienen hijos en el año 2012. Por consiguiente, actualmente vivirían 45 descendientes directos de Wilhelm, nuestra hipotética víctima de la eutanasia forzada. Por consiguiente, si hubo 200.000 víctimas de los asesinatos, estas personas estarían emparentadas por línea de directa con cerca de diez millones de alemanes (y austriacos) actualmente vivos (no inmigrados posteriormente).
El resultado de este prudente modelo de cálculo se multiplica si a los tres hermanos y/o hermanas de Wilhelm les sumamos la media de diez primos y primas nacidos igualmente en 1896 y los miembros de la familia política, como sería el caso de la tía Martha, excepcionalmente rescatada. Hasta hoy, son muy pocas las familias que hablan de sus familiares desaparecidos. Para la mayoría, han caído en el olvido.
Entretanto, muchas clínicas psiquiátricas proporcionan datos de sus historiales e informes, y los archivos públicos permiten acceder a otros detalles. En los lugares que en aquel tiempo albergaron cámaras de gas, como los actuales memoriales de Hadamar, Bernburg, Pirna-Sonnenstein, Grafeneck y Hartheim, los trabajadores crean bases de datos que alimentan con los nombres y apellidos de los fallecidos. Estos nombres también se introducen en registros de instituciones particulares, a menudo católicas. Un ejemplo representativo es la impresionante documentación de Herbert Immenkötter titulada Menschen aus unserer Mitte. Die Opfer von Zwangssterilisierung und Euthanasie im Dominikus-Ringeisen-Werk Ursberg («Personas de nuestro entorno. Las víctimas de la esterilización forzada y la eutanasia en la institución eclesiástica Dominikus-Ringeisen-Werk de Ursberg»). En el sitio de internet www.gedenkstaettesteinhof.at también se pueden consultar los nombres y datos biográficos de 789 niños y niñas asesinados entre 1941 y 1945 en la Unidad de Pediatría Am Spiegelgrund de la clínica psiquiátrica vienesa Am Steinhof, entre los cuales también hubo niños alemanes.
A finales de 2012, el presidente del Archivo Federal de Alemania todavía no se había decidido por esta forma tan sencilla y, al mismo tiempo, clara de tributar respeto y reconocimiento por las víctimas. No obstante, los nombres y datos de nacimiento de 30.076 personas que murieron en las cámaras de gas durante la primera fase de los asesinatos, es decir, hasta agosto de 1941, se pueden consultar en la página web www.iaapa.org.il/46024/Claims# (avisamos de que el orden alfabético no es exacto en todos los casos). Los historiales médicos que figuran en este fichero están custodiados por el Archivo Federal en el fondo documental R 179, pero Hagai Aviel, de Tel Aviv, los colgó en la red de forma ilegal, tal como informó una portavoz del organismo federal. Hay una sentencia del Tribunal Contencioso-Administrativo de Coblenza que obliga a eliminar estos datos de internet, pero dicho fallo no se puede ejecutar porque no existe ningún convenio de cooperación jurídica con Israel6 —al estado de Israel no le faltan motivos para que así sea—. En la página de internet citada, Aviel explica las razones que le llevaron a infringir una ley alemana atendiendo a un bien jurídico superior (la explicación está disponible en alemán en la dirección www.psychiatrie-erfahrene.de/explanation.html).

 

Por la legitimidad de este acto, recomendaría legalizar retroactivamente la piratería de Aviel, es decir, publicar oficialmente en internet los datos de los muertos y actualizarlos con regularidad. Así, todos los familiares, historiadores e investigadores locales interesados podrían aportar sus documentos y fotografías para, con el tiempo, crear un memorial virtual colaborativo de los muertos. Pero el presidente del Archivo Federal todavía se muestra reticente y sostiene que, si bien los «datos personales completos» de los enfermos asesinados solo se podrían publicar previa autorización de sus familiares directos, considera que es técnica y administrativamente imposible preguntárselo a todos ellos.
Esta actitud, en absoluto generalizada en Alemania, obliga a protestar, tal como demuestran las cartas de los lectores citadas anteriormente. Al fin y al cabo, los asesinados son personas por derecho propio. Son víctimas del poder nacionalsocialista. Fueron asesinadas porque eran consideradas «vainas humanas vacías» y «seres del escalafón animal más bajo». Debían desaparecer sin dejar el menor rastro. Su muerte fue certificada con datos falseados por funcionarios del registro civil y las causas de su defunción, inventadas por médicos. Es preciso restituir la dignidad a unas personas que, en sus últimos momentos, fueron marcadas con números, despersonalizadas premeditadamente, gaseadas e incineradas. La administración no puede seguir actuando como si no existieran. Lo primero que debe hacer es mencionar oficialmente sus nombres y apellidos. Es un derecho individual fundamental, con independencia de lo que puedan opinar sus descendientes.

 

Este libro está dedicado a mi hija Karline. En 1979, poco después de nacer, padeció una infección por estreptococos que hoy se habría podido prevenir con un sencillo examen rutinario. Karline contrajo una encefalitis y sufrió una lesión cerebral grave. Necesita ayuda, pero ríe y llora, demuestra felicidad y mal humor, le gusta la música, la buena comida, en ocasiones alguna cerveza y recibir invitados. Sin embargo, la vida no es fácil para ella. Fue Karline quien, al poco de nacer, me llevó al tema de los «asesinatos por eutanasia» en la historia contemporánea de Alemania y en el cual nunca he dejado de trabajar.
NOTAS PARA LA LECTURA

 

El presente libro es el fruto de 32 años de investigación que detallo en el apéndice. Los nombres completos y, en ocasiones, los datos biográficos de las personas que cayeron víctimas de los asesinatos por eutanasia los cito si los conozco y no lo hago si son ilocalizables o existe alguna prohibición explícita. Manejo la cuestión de la identidad personal de la misma manera que se suele hacer con los judíos asesinados o los perseguidos políticos.
En cuanto a las citas, las he adaptado a las normas gramaticales actuales, corregido los errores ortográficos manifiestos y sustituido las abreviaturas por las palabras completas. No obstante, he corregido los testimonios personales de internos en establecimientos psiquiátricos solo para mejorar su legibilidad, puesto entre paréntesis datos añadidos para facilitar la comprensión y completado la puntuación.
Estos textos contienen testimonios de personas clasificadas como «intelectualmente muertas» por sus perseguidores, pero que fueron capaces de escribir sobre sus vivencias, miedos y preocupaciones de forma conmovedora. Otros residentes de establecimientos psiquiátricos no sabían escribir, pero sí expresarse con claridad y permitir que otras personas anotaran lo que ellos les habían transmitido. Otorgo una especial importancia a las fuentes en las que aparecen los testimonios de los asesinados. Estos documentos están agrupados en los capítulos «Crónicas desde el archipiélago de cámaras de gas», «Últimos signos de vida infantil» y «Noticias desde los edificios de la muerte».
Apelando a la confianza de mis lectoras y lectores, no entrecomillo una serie de expresiones comunes en la época, como eutanasia, Acción T4, lisiado, idiota, deficiente, salud hereditaria, loco, enfermo mental, etc. En ningún momento utilizo el término «eutanasia» como sinónimo de «buen morir».7 Muy a mi pesar, no conozco ninguna palabra que pueda utilizar despreocupadamente para referirme al conjunto de los asesinados y que no tenga connotaciones negativas. Por ello, me sirvo de expresiones como víctima, discapacitado, enfermo mental, demente, débil mental o perjudicado de nacimiento. Estas circunlocuciones no son en esencia mejores que enfermo mental, idiota o deficiente mental —conceptos, por cierto, que en la época en que se introdujeron se entendieron como un intento de sustituir denominaciones vulgares del habla coloquial en el espíritu de la ciencia y la humanidad—. Sin embargo, el lenguaje popular acaparó los nuevos términos especializados, al principio neutros, y les añadió matices despectivos. Actualmente, los conceptos víctima, espástico o discapacitado se transforman cada vez más en palabras insultantes u ofensivas.
No me parece interesante hablar de «personas diagnosticadas como esquizofrénicas, maníaco-depresivas o epilépticas» ni inventar otras expresiones sinuosas aparentemente correctas. La mayoría de víctimas de la eutanasia, más allá de su diagnóstico, padecía problemas reales y casi todas ellas se ajustaban al criterio principal de los asesinatos: no eran lo suficientemente productivas, generaban gastos y acaparaban recursos y mano de obra. Por ello tuvieron que morir. En 1987, Klaus Hartung y yo escribimos el siguiente texto para el monumento que desde 1989 honra en Berlín la memoria de los muertos por eutanasia forzada en Alemania: «Las víctimas eran pobres, desobedientes, estaban desesperadas o necesitaban ayuda. Venían de clínicas psiquiátricas y hospitales infantiles, de residencias de ancianos y centros de asistencia, de hospitales militares y campos de reclusión». Creo que el texto todavía se deja leer, pero no supimos dar con ninguna palabra que englobara, ella sola, a todos los asesinados de una manera amable.

 

Viena y Berlín, noviembre de 2012