Los mensajes de los asesinados
LAS URNAS OLVIDADAS DEL LAGO DE CONSTANZA
Cerca de la ciudad de Constanza, en el
monasterio de Reichenau, vivió antiguamente el monje benedictino
Hermann entregado a la oración y el trabajo intelectual. Paralítico
y lisiado desde niño, el religioso nunca se despegó del palanquín
con el que lo transportaban. Le llamaban Hermannus Contractus —o
Hermann el Tullido— y vivió del año 1013 al 1054. Según contó un
coetáneo, «tenía las extremidades tan terriblemente agarrotadas
que, cuando lo dejaban en algún sitio, no podía irse de allí sin
ayuda, ni siquiera moverse a un lado».
Hermann provenía de una familia de nobles de
la Alta Suabia. Su madre, Hiltrud, lo entregó al monasterio con
siete años e insistió en que le enseñaran a leer y aprendiera
latín. Con grandes esfuerzos, llegó incluso a escribir y se
convirtió en uno de los sabios más importantes de su tiempo.
Redactó tratados de astronomía, cronología, computística e
historia. En el monasterio halló el amparo que necesitaba para
forjarse una vida y desarrollar sus extraordinarias aptitudes
intelectuales.
«A pesar de que tenía la boca, lengua y
labios paralizados y solamente podía farfullar con lentitud
palabras difícilmente comprensibles, para sus alumnos era un
maestro apasionado y locuaz.» Así lo describió Berthold, uno de los
muchos estudiantes que acudían de muy lejos para asistir a sus
clases. En el libro Mönche am Bodensee
(«Los monjes del lago de Constanza»), así como en otros trabajos y
ensayos, el medievalista local Arno Borst (1925-2007) siempre situó
a Hermann el Tullido en el centro de sus reflexiones y lo consideró
un hermano espiritual.
En 1803, tras casi doce siglos de existencia
y con el impetuoso advenimiento de la era burguesa, el monasterio
de Reichenau fue clausurado o, mejor dicho, el Estado y el pueblo
se apoderaron de sus bienes muebles e inmuebles. Los valores
espirituales dejaron de tener utilidad y, en lo sucesivo, serían
más importantes los costes y beneficios.
Ciento diez años después, en 1913, el
gobierno de Baden inauguró en el término municipal de la antigua
abadía imperial el Establecimiento Gran Ducal de Curación y
Cuidados de Reichenau. Sus directores apostaron por un concepto
benefactor de la asistencia psiquiátrica y disfrutaron por ello de
un amplio reconocimiento. En marzo de 1941, apenas tres décadas
después de la solemne apertura del centro, el Reich alemán tomó
posesión de los edificios, entretanto desalojados. Los nuevos
propietarios utilizaron las instalaciones para albergar un
Instituto Nacional-Político de Educación destinado a formar a
muchachos talentosos, rebosantes de salud y alemanes de pura cepa
procedentes de todas las capas de la población y convertirlos en
las futuras elites. Previamente, el gobierno había reubicado a
algunos cientos de pacientes en otros establecimientos
psiquiátricos y mandado trasladar a 508 hombres y mujeres
discapacitados a las cámaras de gas.
Desde 1949, el centro desempeña las
funciones para las que fue originalmente creado. Al principio se
llamó «hospital regional psiquiátrico», un título puesto de moda en
1942. Actualmente, su denominación es «centro de psiquiatría», pero
acompañado del sobrenombre «hospital especializado y residencia
psiquiátrica», más adecuado a los tiempos presentes y comprometido
con la idea original. No todos sus pacientes son curables y muchos
requieren no tanto terapia como protección, cuidados prudentes y
cariño.
Con humildad y sin obsesionarse con la
terapia, esta institución desempeña una labor de documentación en
beneficio de la práctica clínica actual. Esta aspiración dice mucho
a favor de la dirección del centro, de la cual forma parte desde
hace muchos años el especialista en trastornos emocionales y
neurológicos Heinz Faulstich y a cuyos trabajos no he dejado de
remitirme en las páginas de este libro. Como médico, Faulstich ha
demostrado un gran interés por la historia de la psiquiatría
alemana en el ámbito local, primero, y nacional, después. Sus dos
grandes obras tardías sobre la historia de los establecimientos de
curación y cuidados de Baden hasta 1945 y sobre la muerte por
inanición acelerada con ayuda de medicamentos tóxicos en los
hospitales psiquiátricos alemanes han permitido ampliar
considerablemente el conocimiento sobre los fundamentos y las
prácticas de los asesinatos por eutanasia.
Por su experiencia médica, este historiador
sabía que los familiares de los enfermos asesinados entre 1939 y
1945 no podían ser elevados a la categoría de víctimas paralelas.
«La permanencia de una persona en una unidad de psiquiatría»,
resumía Faulstich, «depende no pocas veces del hecho de que afuera
le espere alguien o quiera el paciente volver a estar con alguien.
En aquella época, el abandono por parte de los familiares podía
tener efectos letales en el ingresado.»454
Frases como estas caracterizan el tono muy particular de los
trabajos de Faulstich.
En Constanza, justo al lado de Reichenau, la
inesperada aparición de 192 urnas en el año 1983 causó un gran
revuelo. Las había encontrado un funcionario del cementerio
municipal en los sótanos de la sala funeraria y tenían escritos
nombres de personas que, en su práctica totalidad, habían sido
víctimas de la Acción T4.455
Los recipientes no habían quedado abandonados a oscuras durante más
de cuarenta años por descuido. Al contrario, el alcalde había
seguido en su día la orden de poner los restos mortales a
disposición de los familiares dictada por el Consejo de Municipios
Alemanes el 3 de abril de 1940.
Los muertos cuyos nombres aparecen en las
urnas fueron gaseados, incinerados y, finalmente, eliminados casi
por completo de la memoria pública y privada. Nadie había
preguntado por ellos durante más de cuatro décadas hasta que, en
1983, fueron rescatados por fin del anonimato y sus muertes y
sufrimientos, honrados. Los muertos habían nacido en un radio de
hasta cien kilómetros a ambos lados del lago de Constanza, de los
parajes alemanes del Hegau y el Allgäu y los estados austriacos de
Voralberg y Tirol occidental.456
Finalmente recibieron sepultura junto a lápidas con los
correspondientes nombres y datos biográficos. Este hecho los
diferencia de casi todas las otras víctimas de la Acción T4. Y si
finalmente sucedió así, no fue gracias a los parientes de los
asesinados, sino a los miembros del consejo municipal de Constanza,
estimulados también por el nuevo clima político de memoria
histórica que se había instalado en Alemania a principios de la
década de 1980.
Las urnas olvidadas apuntan a los asesinos
directos, pero también remiten a la complicidad del alcalde
nacionalsocialista de Constanza y sus subordinados, cuya conducta
conformista se puede tomar como ejemplo para todas las ciudades
alemanas, todos los altos funcionarios de cementerios y todas las
administraciones regionales y ministeriales de la época, sin
excepciones. Entre ellos cabe incluir también a miles de oficiales
médicos, directores de clínicas, médicos de unidades
especializadas, profesores universitarios, cuidadoras y comadronas.
Excluyendo contadas excepciones, funcionaban en conjunto como una
máquina de relojería. Y bajo ningún concepto cabría incluirlos en
las categorías de «perpetrador nazi» o de «ideólogo de la raza» a
las que tan frecuentemente se recurre para ofrecer una explicación,
pero que ocultan importantes preguntas acerca de la conducta
humana.
En uno de cada cuatro asesinados, los
remitentes de las urnas —es decir, el personal administrativo de
los centros mortíferos— no pudieron indicar el lugar de residencia
de los parientes o ni siquiera la existencia de familiares porque
no constaba esta información en los historiales. Por ello anotaron
simplemente «Pariente desconocido». En cambio, no sabemos por qué
motivo los parientes conocidos a los que sí se informó de la muerte
de un miembro de su familia no fueron a recoger la urna para
inhumarla. Muchos debieron haber roto previamente el contacto con
su pariente olvidado en el establecimiento psiquiátrico o solo se
acordaron esporádicamente de él como una obligación molesta. Los
hubo que no quisieron ahondar en su mala conciencia. Otros debieron
de ver en la oferta de envío —gratuito— de las urnas la broma
siniestra de un estado asesino o debieron de avergonzarse del
asesinato en sí. No pocos, quizás, pensaron que las cenizas del
recipiente cerámico serían de otro asesinado. Y es posible que
algunos no supieran qué hacer con la urna, ya que la incineración
estaba mal vista en las regiones de tradición cristiana.
Presumiblemente, los motivos no se repartieron entre los distintos
familiares, sino que se mezclaron en su semiiconsciente y generaron
una estupefacción reactiva.
Como había tantas urnas que se quedaban
huérfanas no solo en Constanza, sino en todas partes, los
administradores de la Acción T4 empezaron a restringir su envío.
Así, dejaron de enviar las cenizas automáticamente a la oficina
funeraria encargada de la inhumación y propusieron lo siguiente a
los familiares: «En caso de que deseen enterrar la urna en un
cementerio determinado —el envío es gratuito—, les rogamos que lo
comuniquen adjuntando una declaración de consentimiento emitida por
la administración del cementerio correspondiente. Si no recibimos
dicha comunicación en el plazo de 14 días, ordenaremos la
inhumación en otra parte».457
Como demuestra el documento, no se puede
decir que los inspectores funerarios de Constanza actuaran entre
1941 y 1983 con negligencia y crueldad. En realidad, demostraron
tener algo de piedad, porque urnas abandonadas las hubo a miles en
los almacenes de los cementerios municipales alemanes durante el
nacionalsocialismo, e incluso después. Sus responsables resolvieron
el problema de forma claramente distinta que sus colegas de
Constanza y se deshicieron antes de las cenizas, de manera discreta
y sin desatar ningún escándalo público. Y sin que nadie
protestara.
LA IMPLICACIÓN DE LOS FAMILIARES
Entendidas como documento de historia
social, las urnas de Constanza son el testimonio de la inacción, el
desconcierto, la indiferencia y la ruptura del contacto por parte
de los familiares. Es imposible extraer conclusiones estadísticas
al respecto, pero este episodio casualmente desvelado nos obliga a
ser escépticos con todos los que, a partir de casos individuales,
infieren que hubo una fuerte resistencia social y familiar contra
los asesinatos cometidos sobre enfermos mentales y discapacitados.
Por ejemplo, en los expedientes del establecimiento intermedio de
Neuruppin conservados hasta nuestros días solo he encontrado tres
cartas que podrían pasar por protestas. He examinado estos
expedientes a fondo, aunque no sistemáticamente, en busca de tomas
de posición de los familiares, y la única conclusión inequívoca que
de ellos se desprende es que los pacientes sentenciados a muerte
hacían escala en el establecimiento intermedio para que sus padres,
hermanos o cónyuges pudieran disponer de un plazo de intervención.
Los que lo aprovecharon con firmeza —y esto sucedió muy pocas
veces— lograron librar de la muerte a su marido con heridas
cerebrales, a su hija mentalmente discapacitada, a su hermano
esquizofrénico o a su suegro perturbado.
Resultan inquietantes las declaraciones de
aquellos padres de Hamburgo que, entre 1942 y 1945, respondieron
afirmativamente a la pregunta sugestiva de si someterían a su hijo
discapacitado «a una terapia con una elevada probabilidad de tener
un desenlace mortal, aunque quizás beneficiosa». Estos ejemplos
coinciden con los resultados que Ewald Meltzer había obtenido en su
encuesta de 1920. Sin embargo, no se pueden considerar
representativos. Los médicos de las Unidades Especializadas de
Pediatría del Comité del Reich actuaron de muy distintas maneras.
Sin duda los hubo que engañaron a cientos de madres y padres y
mataron a cientos de niños y niñas en contra de la voluntad
declarada de sus progenitores.458
Pero en Hamburgo parece que no fue siempre así. Hermann Knigge, el
médico que dirigió la Unidad Especializada del Comité del Reich en
Langenhorn, preguntaba regularmente a los padres para conseguir su
conformidad con «una terapia muy arriesgada», o lo que es lo mismo,
su sí indirecto a la muerte. Pero si estos rehusaban, Knigge
renunciaba al «tratamiento» letal. Según los informes médicos, esto
sucedió en tres casos de cada cuatro. La pregunta planteada por
Knigge solo se podía responder con un sí o con un no, es decir,
dejaba poco margen para la abstención y la consiguiente aceptación
de una muerte «repentina». El 25 por 100 de los padres estuvo de
acuerdo y el 75 por 100 se negó. En 2011, Petra Lutz obtuvo
resultados similares para la conducta de padres con hijos
asesinados en las unidades mortíferas de Ansbach y Eichberg. En
2002, Maike Rotzoll y Gerrit Hohendorf hablaron de lo difícil que
fue para ellas, a finales de la década de 1990, contactar con los
familiares de aquellos 21 niños y niñas que Carl Schneider había
mandado asesinar con fines científicos entre 1942 y 1945. Solamente
cinco familias superaron la «considerable barrera psicológica,
junto con la vergüenza», y se mostraron dispuestas a hablar del
tema.459
A diferencia de la mayoría del resto de
historiadores, Heinz Faulstich tampoco esquivó la difícil cuestión
del comportamiento de los familiares y la abordó en el caso del
establecimiento de Reichenau. Exceptuando once, se han conservado
todos los informes médicos y personales de los 508 pacientes que
fueron obligados a morir en las cámaras de gas entre 1940 y 1941.
Faulstich valoró el contenido de las 497 carpetas y obtuvo los
datos siguientes.
Por el destino de los deportados preguntaron
por carta 112 familiares, es decir, un 22, 5 por 100. Entre estas
peticiones, Faulstich encontró «en total, aproximadamente de veinte
a treinta» cartas que clasificó como escritos de protesta. Así, uno
de cada 20 o 25 familiares se mostró claramente indignado. En
cambio, la deportación y muerte del 77, 5 por 100 de los restantes
enfermos de Reichenau no suscitó ninguna reacción documentada. Por
sus años de experiencia en hospitales psiquiátricos, Faulstich
supuso que en estos casos se produjeron «rupturas de contacto»
previas entre paciente y familia: «No pocas veces, los familiares
también contribuyen a que una persona quede abandonada durante años
en el establecimiento. Al contrario de lo que piensan algunos
críticos de la psiquiatría, el destierro de una persona en una
clínica mental no es solamente obra de psiquiatras rendidos a una
autoridad, sino que también son, con frecuencia, los propios
familiares o el entorno social quienes la marginan. En aquella
época, la práctica psiquiátrica de trasladar a pacientes de una
punta del país a otra como si fueran muebles fue un detonante más
de la interrupción del escaso contacto que todavía pudiera
existir».460
Esto también lo sabían los actores de la
Acción T4. En sus pliegos de inscripción llamaba la atención la
pregunta: «¿Recibe el paciente visitas regularmente?». En abril de
1941, el entonces director médico de la T4, Werner Heyde, explicó a
los juristas más sobresalientes de Alemania cómo valoraba las
reacciones de los familiares: «Ahora se registra detalladamente el
legado, que es lo que a los familiares les interesa la mayoría de
las veces. Los familiares están de acuerdo en un 80 por 100 de los
casos, protestan en un 10 por 100 y se muestran indiferentes en
otro 10 por 100».461
Heyde debió de basarse en reacciones y
ausencias de reacción como las que ahora conocemos para el
establecimiento de Reichenau, donde Faulstich calculó una cuota
máxima de protestas del 6 por 100. Su resultado está claramente por
debajo de la estimación de Heyde, sobre todo porque aquel se
refiere a un establecimiento situado en un entorno poco
industrializado, rural y provinciano, y con una población
principalmente católica. Para los pacientes urbanos y
principalmente protestantes de la ciudad de Berlín no existen
estudios precisos, pero mi impresión es que no es probable
encontrar allí una cuota más alta de quejas claramente formuladas.
Mi muestreo de Neuruppin se refiere a varios miles de pacientes
trasladados desde Berlín: tres cartas de protesta contra el
homicidio frente a cuatro quejas en las que a los allegados solo
les importaba el legado dejado por su familiar asesinado. Esto
coincide con las impresiones de Heyde.
Para el establecimiento de Warstein, en
Westfalia, el historiador de la psiquiatría Bernd Walter ha sido
capaz de demostrar que las monjas vicentinas que trabajaron allí
sugirieron a los familiares, de manera clara, inequívoca y por
distintos cauces, que se llevaran del hospital a los enfermos
amenazados de deportación. Sus avisos solo surtieron efecto en un
escaso 4 por 100 de los casos.462
Aparte de Faulstich, la historiadora Petra Lutz también se ha
dedicado a la cuestión de «por qué tan pocos pacientes fueron
rescatados por sus familiares». Todavía no ha finalizado su
investigación, pero ya ha publicado varios ensayos sobre el tema.
Según su diagnóstico provisional, el extendido silencio entre los
familiares habría «facilitado la ejecución de los asesinatos como
mínimo de manera considerable», ya que «la comunicación entre
establecimientos y parientes no era en absoluto una “vía de sentido
único” dedicada únicamente a trasladar la reacción de los
segundos». Al contrario, los responsables repartidos por los
distintos niveles prestaban muchísima atención a las reacciones de
los familiares, solo que, en general, estas no eran motivo de
preocupación. Hubo casos de protesta también en establecimientos no
confesionales, pero fueron manifiestamente escasos.463
Los datos coincidentes aportados por Heyde,
Faulstich y yo mismo se refieren solamente a la conducta de
aquellas personas que tuvieron que afrontar la muerte repentina y
en extrañas circunstancias de un familiar problemático que requería
todo tipo de dedicación. Pero la cuestión del alcance de la
protesta no acaba aquí.
Como ha quedado documentado varias veces en
páginas anteriores, la actuación enérgica de algunos parientes
permitió liberar a sus familiares de las garras de la Acción T4.
Por otro lado, los directores de establecimiento también decidieron
sobre la vida y la muerte de los enfermos tachando de las listas
negras hasta un 30 por 100 de sus pacientes y, durante la segunda
mitad de la guerra, eligiendo ellos mismos a los candidatos para la
deportación y el asesinato. Se puede afirmar con seguridad que los
directores, al hacer esta selección, perdonaron la vida de aquellos
internos por los que sus familiares habrían dado muestras de
insistente interés.
En el caso de los pacientes que se salvaron
de esta manera, la protesta dirigida a médicos, cuidadores y
directores funcionó en muchas ocasiones. Por otro lado, también
existía la posibilidad objetiva de llevarse a casa, por un periodo
breve o prolongado, al pariente mentalmente enfermo o corporalmente
perjudicado, o bien alojarlo en residencias privadas o cristianas,
comparativamente más seguras que las públicas, pero solamente al
alcance de familias con una situación económica hasta cierto punto
holgada. Más significativos fueron, cuantitativamente, las visitas
o el interés demostrado de forma natural y manifiesta por parte de
los parientes. Esta forma silenciosa, y de largo la más extendida,
de ayuda efectiva a la supervivencia no entra en las categorías de
protesta ni de resistencia, ni se tradujo en peticiones de alta
para los tutelados.
Requiere un enorme esfuerzo evaluar estas
formas de intervención familiar. Por ello, tanto más meritorio es
el estudio de estadística sociológica elaborado por un grupo de
investigación que analizó los informes médicos y personales de
3.002 víctimas de la Acción T4 y la conducta de los familiares
documentada en ellos. Para el estudio comparativo se recurrió a un
muestreo de 563 informes de once establecimientos de curación y
cuidados que ofrecían información de los pacientes que se
salvaron.
El citado estudio tomó como signos de apoyo
familiar las cartas, transferencias de dinero, envío de paquetes,
solicitudes de permiso para el enfermo en días festivos y las
visitas regulares, especialmente por Navidad, Pascua, cumpleaños y
onomásticas. Basándose en estos indicios, Petra Fuchs llegó a la
conclusión que para un 19, 2 por 100 de los enfermos asesinados
había existido una «fuerte cohesión familiar», mientras que el
porcentaje equivalente para los supervivientes fue del 39, 4 por
100.464 Es decir, que las muestras de interés
silenciosas por parte de los familiares aumentaron
considerablemente las posibilidades de supervivencia de los
tutelados.
Los organizadores de la Acción T4 también
tuvieron en cuenta este hecho en sus cálculos. Lo que pretendían al
trasladar a pacientes de Renania a la frontera oriental, de
Hamburgo a Viena o de Brandeburgo a Baviera era cortar de raíz —y
más intensamente durante la segunda mitad de la guerra— los
vínculos sociales y familiares. La mentira del traslado por orden
del comisario de Defensa del Reich debió de aplacar el instinto
protector de los familiares y hacer que la rebelión contra una
necesidad supuestamente militar pareciera inútil. La propia guerra
fragmentó progresivamente la sociedad alemana, separó las familias
e hizo que la atención de los parientes se centrara cada día más en
los miembros de la familia todavía sanos —hijos pequeños, parientes
en ciudades bombardeadas, maridos e hijos en el frente—. A medida
que pasaban los meses, las circunstancias externas fueron
reduciendo aún más las posibilidades de mantener un contacto
regular y protector con los menores y adultos problemáticos y
dependientes que estaban ingresados en los establecimientos
psiquiátricos. Los organizadores de los asesinatos por eutanasia se
aprovecharon de todas estas circunstancias.
La afirmación de Heyde de que solamente el
10 por 100 de las familias habría protestado en caso de deportación
y muerte violenta de uno de sus miembros parece plausible. Con este
dato no se dice todo acerca de la actitud mental y la conducta
práctica de los familiares que no protestaron por escrito. Sin
embargo, Heyde concluyó que «los familiares están de acuerdo en un
80 por 100 de los casos y se muestran indiferentes en un 10 por
100». Heyde no podía disponer del más mínimo indicio que apoyara
estas cifras. Es posible que, simplemente, se basara en la encuesta
de Meltzer, tan socorrida como argumento justificativo, según la
cual un 73 por 100 de los preguntados se habían mostrado a favor
del «acortamiento indoloro de la vida» de un niño
discapacitado.
En cualquier caso, más importantes parecen
las circunstancias en las que Heyde llegó a esta conclusión en
abril de 1941 y los fines que perseguía con su estadística:
plenamente convencido del éxito, presentó los resultados y,
también, algunas dificultades —superadas, por supuesto— a los
fiscales generales y presidentes de las audiencias regionales del
Reich. A ellos debía explicar que la Acción T4 se avenía
completamente con el sentido de justicia de la nación. Cabe
destacar que Heyde evitó la palabra «aprobación» y prefirió hablar
de «consentimiento» por parte de la población, es decir, una
actitud que no presupone ninguna acción voluntaria por parte del
individuo, sino que designa más bien la conformidad y el tránsito
fluido hacia la indiferencia. Si cambiamos la frase de Heyde «el 80
por 100 de los familiares están de acuerdo» por «el 80 por 100 de
los familiares afectados aceptaron los asesinatos», no nos
estaríamos alejando demasiado de una realidad donde la palabra
«aceptación» describe un comportamiento impreciso que se expresa de
formas muy diversas. Por ejemplo, a la vista de la no siempre
agradable notificación estandarizada de defunción de un marido, es
posible que la esposa murmurase: «quizás haya sido lo mejor para
él», y otra pensara: «le han puesto una inyección letal, los de
arriba hacen con nosotros lo que quieren».
Tal interpretación se basa en el hecho de
que Heyde, Nitsche, Linden, Hefelmann, De Crinis, Brack y los otros
máximos dirigentes de la Acción T4 en ningún momento contaron con
un consentimiento casi ilimitado. Más bien hicieron todo lo posible
por tender los puentes psicológicos necesarios para que los
familiares pudieran mirar a otro lado, convencerse a sí mismos de
la muerte natural del pariente asesinado y aceptarla sin decir
nada.
Para no socavar la moral, como mínimo
cristiana, de los participantes, los organizadores de la Acción T4
legitimaron su actividad extraoficialmente con una ley no publicada
dirigida a todos aquellos que colaboraron, como en un sistema de
división del trabajo, tanto en puestos gubernamentales como en la
profesión médica. Al mismo tiempo, ocultaron el homicidio de cara
al exterior. Con ello ofrecían a los familiares una alternativa
entre el no querer y el no tener que saber nada. Y en cuanto
aparecían muestras de resistencia, los responsables políticos
respondían con sensibilidad y en tono conciliador. Lo único que les
importaba era que las protestas individuales no salieran de la
esfera privada ni de los cauces administrativos y no se
convirtieran en un escándalo público.
BAJO EL INFLUJO DEL MAL
Para comprender la dinámica interna del
estado nacionalsocialista hay que tener en cuenta, más allá de las
ideologías, las zonas oscuras de la sociedad de la época. El
asesinato de, al principio, 70.000 enfermos psíquicos se llevó a
cabo hasta el verano de 1941 más fácilmente de lo que los
organizadores habían calculado. A menudo se dice que los hombres de
la Acción T4 que primero mataron a discapacitados por gaseamiento
y, después, a judíos, habrían hecho de los asesinatos por eutanasia
un preludio del holocausto. Pero lo que se hace con tales
afirmaciones es ocultar la circunstancia crucial que subyace más
allá de la continuidad de métodos y personas. La verdad del caso
más incómoda.
Sobre todo, la Acción T4 enseñó a sus
iniciadores que semejante exterminio se podía perpetrar dentro de
Alemania. Al aceptar los alemanes el asesinato de sus propios
camaradas nacionales, los dirigentes políticos confiaron en que
podrían cometer crímenes todavía peores sin que llovieran sobre
ellos protestas significativas. Pensaron que si había gente que
consentía que su tía esquizofrénica muriera en la cámara de gas o
su hijo de cinco años con parálisis espástica recibiera una
inyección letal, tampoco le preocuparía el destino de los judíos
aislados por ser enemigos del mundo y la nación, ni le importaría
que dos millones de presos soviéticos murieran de hambre en seis
meses para que los soldados alemanes y sus familias tuvieran más
comida.
Al igual que en la Acción T4, el gobierno
nacionalsocialista también fue tanteando la situación y actuó por
etapas en la «solución final del problema judío». Así, excluyó de
la deportación a grupos donde habría podido cristalizar la
resistencia —medio judíos y cónyuges judíos de no judíos— y al
principio fue magnánimo con los veteranos de la primera guerra
mundial y los ancianos. Primero fueron asesinados los judíos del
este y, después, los judíos alemanes y de Europa occidental;
primero, los hombres y, después, todos; primero, los no aptos para
trabajar y, después, todos. Al principio se pensó que el centro de
exterminio debía levantarse lejos, en Bielorrusia, pero después se
comprobó que el proyecto «Solución Final» se podía poner en marcha
más al oeste, incluso sobre suelo alemán anexionado, en
Auschwitz.
La precaución y el sondeo de posibles
resistencias y límites siguieron las experiencias de la Acción T4.
En un caso como en otro, Hitler, sus codirigentes y asesores
consiguieron que el pueblo mirara para otro lado e inventaron
numerosos eufemismos para camuflar sus actividades. El «traslado»
lo convirtieron en «evacuación» e «incorporación laboral en el
este». Todo discurría bajo la palabra clave «Asunto Secreto del
Reich» con el único fin de facilitar el silencio y la aceptación de
la población y, al mismo tiempo, mantenerla tanto más vinculada a
sus líderes. Para ello era necesario que se notara, de forma
controlada, que todos los alemanes y alemanas se dejaban llevar por
la corriente del crimen atroz y se entregaban de manera
semiconsciente a la victoria final o al naufragio colectivo. Y así
fue.
Además, el periodo autoagresivo de la Acción
T4 había embrutecido moralmente a la mayoría de alemanes. Desde el
principio, el programa biopolítico de higiene genética fue
inherente a una inclinación por la automutilación, como demuestra
la esterilización forzada de 350.000 alemanes durante los primeros
años nacionalsocialistas y, sobre todo, el exterminio físico de los
débiles corporales y mentales. Una sociedad que se autoinflige
continuamente tales heridas y pérdidas acaba embruteciéndose y
haciéndose también cada vez más agresiva con el exterior. Una
sociedad así deja de tener escrúpulos y encuentra incluso
justificado que se haga lo mismo o peor a otras personas,
especialmente las consideradas forasteras u hostiles.
Personalidades de confesión protestante como
Gerhard Braune, Friedrich von Bodelschwingh o Theophil Wurm, en
absoluto afines al régimen, pero sí leales al Estado, mantuvieron
reuniones secretas y enviaron a diversas instancias gubernamentales
encendidas cartas de rechazo de los asesinatos.465
No consiguieron nada. Sus blandas peticiones no se hicieron
públicas hasta después de la rendición del ejército nazi en mayo de
1945. El único que —aunque tarde— adivinó la gravedad de la
situación y, guiado por sus principios cristianos, elevó
eficazmente una protesta ajustada a los hechos fue Clemens August
Graf von Galen. Con una entrega personal absoluta y haciendo valer
el peso de su autoridad, el obispo de Münster hizo jirones, por un
tiempo, el tupido e impenetrable velo que se había corrido sobre
los crímenes. En sus tres sermones empleó repetidas veces los
conceptos «asesinato» y «homicidio» en el sentido tanto del código
penal como del quinto mandamiento de la ley de Dios: ¡No matarás!
Solo así consiguió poner en un aprieto al Führer y avergonzar a los muchos alemanes que
preferían permanecer en la inopia.
El éxito de Galen no duró mucho. El inicio
de la guerra total y el cambio táctico, a mediados de 1942, de los
procedimientos homicidas, todavía más opacos, frustraron cualquier
esperanza. Y lo que es más importante: Galen se quedó solo.
Exceptuando el sermón del obispo de Berlín Konrad von Preysing,
mucho menos crítico, ningún otro prelado católico siguió su
ejemplo. Por su parte, los jerarcas de la iglesia protestante
alemana ni siquiera consideraron la opción de hacer valer desde el
púlpito su todavía fuerte influencia social. En 1947, después de
que Karl Brandt, el delegado de Hitler para los crímenes por
eutanasia, fuera condenado a la horca en el juicio de los médicos
de Núremberg, la dirección de la institución de fe evangélica Von
Bodelschwingh Bethel presentó una petición de gracia para el
reo.466
Los alemanes, en su gran mayoría, aceptaron
los crímenes. Se dejaron llevar por el influjo del mal y, por ello,
siguieron callando después de 1945. En las paredes de las salas de
estar y dormitorios colgaron fotografías de maridos, hijos y
hermanos caídos en el frente. En cambio, sobre las imágenes del tío
o la abuela asesinados por padecer una demencia, requerir cuidados
o ser psíquicamente llamativos imperó una censura tácita.
Hoy no deberíamos cometer la imprudencia de
sentirnos superiores a los padres, hijos o cónyuges que entonces se
vinieron abajoEllos vivían en unas circunstancias mucho más
difíciles. A diferencia de ahora, cuando nacía un niño
discapacitado no existía ninguna perspectiva de ayuda social
bondadosa, sino la amenaza real de que toda la familia sería
considerada como genéticamente contaminada y vería coartadas todas
sus posibilidades de futuro.
Las personas con discapacidades corporales e
intelectuales graves y las que se salen psíquicamente de la norma
son a menudo una carga. Desorientan a los que se consideran sanos y
les alteran sus planes de vida y su concepto de normalidad, a veces
de forma amenazadora. Por este motivo provocan desconcierto,
excusas, aversión, miedo y rechazo, y atraen agresiones y deseos de
muerte. Como estos sentimientos están dirigidos contra personas
cercanas y, encima, indefensas, generan un problema de conciencia y
la necesidad de solucionar de una forma u otra algo que no tiene
solución. La política y las normas sociales pueden, en el caso del
estado nacionalsocialista, reforzar estas ambivalencias y
tentaciones y sacar provecho de ellas o, en el caso de la Alemania
actual, atenuarlas considerablemente —pero no suprimir las
predisposiciones humanas—. Quien diga que la Acción T4 fue
exclusivamente un crimen «de los nacionalsocialistas» o «de los
perpetradores» está haciendo oídos sordos al mensaje de los
asesinados. Las víctimas de la eutanasia en Alemania fueron una
carga para muchos. Murieron de forma violenta y en el más absoluto
olvido.