Trasladados, desaparecidos y olvidados en
Berlín
HABÍA QUE MARCAR A LOS ENFERMOS COMO A CERDOS
Poco después de acabar la segunda guerra
mundial se celebraron en Augsburgo, Hamburgo, Schwerin, Dresde,
Múnich, Viena, Wiesbaden y otras ciudades del antiguo Tercer Reich
grandes procesos penales por los crímenes cometidos contra enfermos
mentales, pero en ningún lugar se practicó el encubrimiento como se
hizo en Berlín, tanto en el sector occidental como en el oriental y
en la misma medida en ambas zonas. Por ejemplo, en septiembre de
1964, una mujer de Basilea se dirigió a la fiscalía de
Berlín-Moabit para pedir información sobre las extrañas
circunstancias en las que había muerto su tío en enero de 1945 en
el sanatorio de Wittenau, un establecimiento psiquiátrico situado
en el norte de la ciudad y posteriormente rebautizado como Clínica
Neurológica Karl Bonhoeffer. Actualmente no tiene nombre porque la
familia Bonhoeffer exigió en 1998 que su apellido dejara de estar
vinculado a dicha institución. «Me interesa saber», escribió la
demandante en 1964, «si en el citado sanatorio se practicó la
eutanasia». Diez días después de la fecha de presentación de la
solicitud, el inspector de policía al cargo creó una hoja adjunta
en el expediente con el encabezamiento «Denuncia contra desconocido
por asesinato (“Acción Muerte de Gracia”)» y dio carpetazo al
sumario.75
El 6 de abril del mismo año, un ex paciente
del sanatorio de Wittenau había impulsado la apertura de un sumario
contra el entonces profesor de la Universidad Libre de Berlín
Gerhard Kujath y el jefe médico de Wittenau Willi Behrendt, a la
sazón todavía en activo en el establecimiento. El demandante acusó
a los dos médicos —muy concretamente— de haber participado en el
asesinato de niños y adultos. El fiscal encargado no buscó ningún
documento. Sin interés y a desgana, tomó declaración a algunos
«testigos» implicados en los hechos, consideró superfluas las
interpelaciones e hizo constar excusas raídas sin derecho a réplica
como fundamento para su posterior decisión de suspender el proceso.
Las autoridades solamente actuaron con diligencia cuando la policía
recluyó al denunciante, Werner K., en un sanatorio neurológico de
Düsseldorf a instancia del distrito berlinés de Reinickendorf, que
era a su vez el pagador del encausado Willi Behrendt. Según los
motivos aducidos para la reclusión, K. suponía «un peligro para la
seguridad y el orden públicos» y se obsesionaba «de forma
claramente enfermiza» con la idea de que durante su internamiento
en el sanatorio de Wittenau «se le había tratado de manera
inadecuada y por lo cual reclamaba daños y perjuicios».
El jefe médico Behrendt llegó a la edad de
jubilación en 1973 con todos los honores; el profesor Kujath murió
en 1978 siendo un psiquiatra infantil reconocido y sin
antecedentes; Werner K. fue dado inmediatamente de alta de la
clínica de Düsseldorf debido a la evidente improcedencia de su
internamiento forzoso, siguió trabajando de conductor de
automóviles en Essen y, en 1988, obtuvo una pensión suplementaria
del fondo berlinés de emergencia para víctimas olvidadas del
nacionalsocialismo. Su expediente médico de la época nazi, que en
1964 todavía se conservaba, ha desaparecido. Por su parte, W.—D.
Weltzien, el funcionario de la oficina del distrito de
Reinickendorf que tan rápidamente tachó al denunciante K. de
peligro público, enfermo mental y pensionista neurótico y puso a la
policía sobre su pista, fue nombrado después administrador de la
Clínica Neurológica Karl Bonhoeffer, cargo que ostentó hasta 1988,
cuando tuvo que dimitir involuntariamente.76
Entre 1945 y 1988, el asesinato de varios
miles de enfermos mentales berlineses fue un tema de alcance
público en una única ocasión. En 1946, justo después de la guerra,
se publicó —no en Berlín, sino a ochocientos kilómetros de allí— un
insignificante artículo en el diario Badische
Zeitung. Bajo el título «Die Fahrt ins Blaue» («El viaje
sorpresa»), el autor narraba una historia que «más o menos ya
conocía», pero que, «debido a los pormenores», le había afectado
«como si fuera la primera vez que la escuchaba». Se la había
explicado un antiguo colega de profesión que le había reconocido en
un pequeño pueblo de la Selva Negra y se había dirigido a él. Ambos
habían coincidido décadas atrás como médicos en uno de los cuatro
grandes manicomios de Berlín. Posteriormente, el autor abrió una
consulta propia y su colega siguió trabajando en distintos centros
psiquiátricos. Este —«ligeramente aturdido y alterado»— explicó a
su compañero de juventud que, seis años atrás, el director de una
de estas instituciones berlinesas, durante una reunión habitual y
entre los distintos puntos del día, había comunicado a él y a los
otros médicos presentes que había que elaborar listas de todos los
enfermos que llevaran en el establecimiento más de cinco años «y
que, además, no trabajaran lo suficiente como para poder pagar su
manutención». Después, dijo, habían repartido cuestionarios para
que los rellenaran los jefes de unidad. Tras una pausa de varias
semanas, comenzaron las evacuaciones. Empezaron por el pabellón de
criminales y continuaron con el resto de edificios, «una unidad
tras otra».
En el artículo del Badische Zeitung se explicaba lo siguiente: «Los
familiares, no avisados, vienen de visita el domingo y no entienden
nada. Los enfermeros no saben qué explicación dar. Finalmente, se
comunica que los establecimientos psiquiátricos de Berlín deben ser
completamente desalojados y los enfermos, enviados a centros
provinciales. Los familiares increpan al personal un tiempo, pero
después se calman. La explicación es convincente, porque los
hospitales de la ciudad son objeto de bombardeos y, si las salas
vacías se remozan, pueden servir de pabellones para pacientes de
medicina interna y cirugía».
Los enfermos listos para el transporte
debían llevar su nombre escrito sobre la piel. Había que «marcarlos
como a cerdos». Así lo decían los enfermeros y enfermeras. Con este
fin, ayudaban a cada paciente a quitarse el camisón y levantarse la
camiseta por encima del pecho. Mientras le hablaban para
tranquilizarle, el enfermo tenía que «encorvar la espalda»: «La
enfermera que tenía detrás escribía claramente con un lápiz de
color un nombre y un apellido sobre la piel. Lágrimas en los ojos».
Según el relato, todo ello sucedió al amanecer. Pasaron grandes
autobuses con las ventanas tapadas con papel blanco. Así se llevó a
cabo el transporte de evacuación.
«Pero poco a poco se fue filtrando el
verdadero destino de aquel viaje sorpresa.» No los enviaron a
ningún centro psiquiátrico provincial más barato y menos amenazado
por la guerra, sino, según se supo, a un lugar de tránsito donde
hacer una parada intermedia. Los enfermos fueron trasladados —al
principio, sin sospecharlo, pero, después, absolutamente
conocedores de la situación— a la prisión de Brandeburgo para,
posteriormente, en otro lugar, meterlos en cámaras de gas
camufladas como cuartos de duchas. Según el artículo, sucedió de la
siguiente manera: «Les hacen sentar en bancos. Uno se va a un
rincón. Otro prefiere sentarse en el suelo. Las enfermeras ordenan:
“esperen quietos” y cierran la puerta. Los enfermos se quedan a
solas. Uno se levanta y empieza su ritual de andar en círculos.
Otro susurra insultos a alguien invisible. Se oye un ruido. Parece
que las duchas se ponen en funcionamiento. Uno de los del banco
agacha la cabeza y cae, con la cabeza por delante, sobre las
baldosas. El de los paseos en círculo levanta la vista y se
desploma sobre las rodillas. En el banco están apoyados unos con
otros y van cayendo, por parejas o en grupo, amontonándose. Las
“duchas” susurran».
«Al poco tiempo llegaron a los cementerios
series enteras de urnas de una sola vez.» Entonces, cuando los
establecimientos de curación y cuidados de Berlín quedaron
prácticamente vacíos, llegó un joven médico «enviado “de arriba”»
que volvió a revisar con los enfermeros todos los «casos» que
quedaban e hizo la siguiente observación: «Debemos determinar si
estos enfermos son realmente imprescindibles para el centro por su
trabajo. Si no lo son, sería una injusticia para los que ya hemos
trasladado». Según el artículo del Badische
Zeitung, entre cinco y seis mil berlineses hicieron el mismo
viaje sorpresa en los años 1940 y 1941. En 1945, el número total de
pacientes ingresados en hospitales psiquiátricos ascendía solo a
una décima parte de la cifra registrada antes del conflicto bélico.
«La gente ya no decía “establecimiento de curación y cuidados”,
sino simplemente “hospital”, y había unidades infantiles, secciones
de enfermos con neuropatías curables, etc.»
Todos los detalles de este breve artículo
periodístico son verídicos. Lo escribió el médico y novelista
berlinés Alfred Döblin después de regresar a Alemania en 1945 como
oficial de Cultura al servicio de las fuerzas de ocupación
francesas. Al término de la conversación, el viejo compañero de
profesión de Döblin se le acercó y le susurró: «Debo contarle algo
más. Yo mismo tengo un hijo en casa que es... deficiente. Lo
mantuvimos oculto y al final lo alojábamos en casas de amigos para
que no nos lo quitaran. Cada vez que elaboraba aquellas listas,
pensaba: estoy condenando a muerte a mi propio hijo». Tras esta
frase, el cronista Döblin cerró su artículo con las siguientes
palabras: «Sus labios temblaban. Yo era incapaz de articular
palabra. Me agarró de la mano».77
HABÍA QUE SATISFACER TODAS LAS SOLICITUDES DE ALTA
El 20 de enero de 1940, el comisario de
Defensa del Reich para el distrito III —es decir, Berlín— había
anunciado que ordenaría «próximamente, como parte de las tareas de
reorganización de los establecimientos de curación y cuidados, el
traslado de una cantidad mayor de residentes». Según dicha orden,
los familiares no podían ser informados previamente del traslado
porque de eso se ocupaba el establecimiento de admisión.78
A lo largo de 1940, los establecimientos de curación y cuidados
berlineses inscribieron a alrededor de 6.000 de sus pacientes en la
Acción T4 a través del departamento de Salud Pública del Ministerio
de Interior del Reich.79
El proceso concluyó con la muerte rápida de la mayoría de ellos y
posibilitó el cierre, a los pocos meses, el 31 de octubre de 1940,
del manicomio más grande, el de Berlín-Buch, para destinarlo a
otros usos (donde, por cierto, había trabajado Döblin como médico
ayudante de 1906 a 1908).80 En junio de 1941, el establecimiento de
Herzberge fue transformado en hospital militar y el de Wuhlgarten,
poco después, en hospicio.81 Wittenau siguió funcionando como único
establecimiento de admisión de la ciudad. En 1939 vivían 9.204
pacientes de psiquiatría en los sanatorios berlineses. A finales de
1941 quedaban 3.525 y, en 1945, 1.807.82
En 1940 llegaron miles de urnas a los
grandes cementerios centrales de Berlín. El joven médico citado en
el artículo de Döblin, que al final del primer programa de
asesinatos volvió a encargarse de la selección de los pacientes que
quedaban, inspeccionó el sanatorio de Wittenau en el otoño de
1941.83
La oficina central de la Acción T4 todavía anotaba los nombres y,
después, los números de serie de los enfermos destinados a los
transportes en cintas de esparadrapo que mandaba pegar entre los
omoplatos de las víctimas.84
Pero los responsables de Berlín desarrollaron el procedimiento
descrito por el confidente de Döblin: escribir una marca
identificativa directamente sobre la piel de los infortunados,
«como si fueran cerdos». Esta sugerencia salió del director adjunto
del establecimiento de curación y cuidados de Neuruppin, quien el
29 de agosto de 1940 había enviado el siguiente escrito a la
oficina central de Sanidad en Berlín
«Durante la recogida de enfermos en los
establecimientos berlineses se han detectado ciertas dificultades,
en el sentido que parte de las tiras de esparadrapo con los nombres
escritos en ellas se han despegado por el camino, con lo cual ya no
se garantiza con seguridad la identificación de cada individuo y
pueden producirse desagradables confusiones. Las medidas que a
continuación se detallan han dado muy buen resultado, hasta el
momento, en la entrega de remesas de enfermos. A cada paciente se
le cose el nombre completo en la parte trasera de la camiseta.
Dicho nombre completo —con fecha de nacimiento, si es necesario—
también se escribe directamente entre los omoplatos sobre la piel
con lápiz rojo indeleble —previamente humedecido—, el cual tarda
mucho más en emborronarse. Al transportar a los enfermos, cada
paciente recibe una placa identificativa de hojalata con el número
de serie (estampado) y se fija al ojal con un cordel. A la
recepción de cada enfermo, el jefe del transporte anota estos
números en una lista de nombres que le ha sido entregada. Hasta
hoy, este procedimiento ha dado muy buen resultado por aquí y
garantiza una absoluta seguridad en las identificaciones.»85
Es fácil explicar el motivo por el que los
enfermos eran marcados con tanta meticulosidad. Como en Berlín
había muchos Kunze, Becker o Lehmann y los transportes se
realizaban con extraordinaria rapidez, las confusiones eran muy
frecuentes. A causa de estos inconvenientes y desaciertos, los
pacientes ya no eran transportados directamente a Brandeburgo y
asfixiados con monóxido de carbono justo después de su llegada a la
prisión local, sino que eran trasladados primero a los llamados
puntos de recogida o establecimientos intermedios, donde
permanecían durante dos a cuatro semanas, al término de las cuales,
y solo entonces, eran transportados a las cámaras de gas. En junio
de 1940, los organizadores de la Acción T4 instalaron en Berlín,
concretamente en Neuruppin, uno de estos establecimientos
intermedios destinados a evitar errores. Además, también querían
mantener abierta la posibilidad de dar el alta sin dilación a
aquellos enfermos cuyos familiares investigaran demasiado y fueran
difíciles de apaciguar. El ingreso intermedio proporcionó la
posibilidad de reaccionar ágilmente a las resistencias de los
parientes, minimizar errores burocráticos y, como ya se ha
explicado, permitir a los directores de los establecimientos
participar en la selección de las víctimas. Estos tres factores
contribuyeron a mantener un desarrollo fluido de la acción asesina
y evitar inconvenientes que pudieran malograr los planes.
De los llamados «enfermos de lista
berlineses», el establecimiento de Neuruppin podía acoger
simultáneamente a 203 hombres y 203 mujeres; su director, Bruno
Petzsch, había habilitado 106 plazas más de las exigidas.86
A diferencia de los otros dos puntos de recogida de Brandeburgo
—Teupiz y Wittstock (Dosse)—,87
a Neuruppin solo se podían asignar «enfermos berlineses procedentes
de instituciones berlinesas». Petzsch había elegido los dos
edificios equipados a tal efecto «para que el transporte y entrega
de enfermos se pueda efectuar sin dificultades y sin llamar la
atención».88
El traslado de Berlín a Neuruppin y, de
allí, algunas semanas después, al centro de gaseamiento de
Brandeburgo (y más tarde a Bernburg), se efectuaba a partir de
listas de nombres y utilizando los autobuses de la Gekrat, es
decir, la división de la Acción T4 destinada a los transportes de
evacuación. El calendario, la eliminación de los enfermos, la
correspondencia con los familiares o el sacarse de encima las
preguntas incómodas eran problemas de los que ocupaban por su
cuenta las administraciones estatales y municipales y los
directores y titulares de los distintos establecimientos, pero lo
hacían en estrecha colaboración y con el beneplácito en toda regla
de la Acción T4.
En el caso de los enfermos berlineses, los
homicidios los gestionaban conjuntamente el establecimiento
regional de Neuruppin, la Asociación Provincial de Brandeburgo, la
oficina central de Sanidad de Berlín y el establecimiento berlinés
de origen. Los médicos responsables de Neuruppin eran el director
del centro, Dr. Bruno Petzsch, y su adjunto, Dr. Hans Berendes. El
enfermero jefe Weigt dirigía la unidad masculina del punto de
recogida y la enfermera jefe Semke, la femenina. Tres miembros del
personal sanitario del establecimiento (Erwin Braatz, Heinz
Unverhau y Kurt Arndt) habían sido trasladados anteriormente a la
Acción T4. Ellos fueron quienes organizaron los transportes de
enfermos a los centros de gaseamiento de Grafeneck y Hadamar, en el
suroeste de Alemania.89
FLEXIBILIDAD Y EFICACIA EN EL REPARTO DE PODERES DE LOS ASESINOS
El 14 de septiembre de 1940 aumentó a
setecientas el número de plazas intermedias para pacientes
berlineses «con el fin de solucionar lo antes posible la notable
cantidad de enfermos de lista berlineses que hay que
trasladar».90
La primera fase de la Acción T4 se dio por ampliamente concluida en
Berlín a finales de 1940, después de que varios miles de pacientes
psiquiátricos fueron enviados a morir pasando por el
establecimiento intermedio de Neuruppin. El 2 de diciembre, la
Asociación Provincial comunicó a la oficina central de Sanidad que
el punto de recogida «se cerrará con la evacuación paulatina de los
enfermos de lista berlineses».91
El mismo día, los funcionarios de las administraciones de Salud de
Berlín y Brandeburgo crearon un departamento en el establecimiento
regional de Brandeburgo-Görden para acoger la nueva y más pequeña
«unidad de recogida para enfermos berlineses».
Los directores y médicos de los
establecimientos de entrega e intermedios no eran, tal como
sostendrían después reiteradamente, simples engranajes automáticos
de una máquina de matar ya en marcha basada en un sistema de
división del trabajo. Estas personas tenían de poder de decisión.
Así lo demuestra una carta enviada por directores de los
establecimientos intermedios de Brandeburgo a la oficina de Salud
regional. Querían saber «si, por deseo de los familiares etc.»,
podían dar el alta a pacientes «sin la participación de la Sociedad
Limitada de Transporte» (Gekrat), es decir, sin la aprobación de la
Acción T4. La respuesta que recibieron no podía ser más clara:
había que «satisfacer en todos los casos» las peticiones de alta
presentadas por los familiares. Quedaban excluidos, «por supuesto»,
los residentes hospitalizados por orden policial, en internamiento
preventivo o considerados peligro público.92
Esta orden subrayaba la función de los establecimientos
intermedios: si los parientes insistían en solicitar el alta de su
familiar enfermo y necesitado de cuidados, los directores de los
establecimientos debían ceder a tales peticiones.
También en Berlín, los directores y sus
adjuntos podían participar en la decisión de quién debía emprender
el «viaje sorpresa» a la hora de repartir los transportes.
Disponían de la potestad y el derecho de eliminar nombres de las
listas que enviaba la Acción T4 «tachando con tinta roja los
enfermos que no se puedan trasladar», ya fuera porque hubieran
muerto, fueran indispensables como mano de obra o hubiera que
perdonarles la vida por cualquier otro motivo.93
Por ello, la oficina central de la Acción T4 enviaba listas que
contenían más nombres de pacientes de los que estaba previsto ir a
recoger. Así, en un escrito dirigido al establecimiento de
Neuruppin fechado en junio de 1940, se puede leer la siguiente
frase: «La lista de transporte contiene 95 nombres, pero solo se
pasará a recoger a 75 enfermos, con lo cual le quedará un cierto
margen de maniobra en caso de enfermos extraviados, fallecidos,
etc.». Esta medida se aplicaría en lo sucesivo a todos los
traslados que no afectaran a judíos o internos preventivos.94
Así, los directores no solo mandaban rellenar los pliegos de
inscripción y preparar los transportes, sino que eran copartícipes
en la decisión sobre la vida y la muerte de cada uno de los
pacientes, ya que tenían en sus manos la posibilidad de tachar uno
de cada cuatro o cinco nombres de la lista negra. Y hacían uso de
este derecho tanto más a conciencia cuantos más enfermos se
asesinaba. En abril de 1941, el director del establecimiento
intermedio de Neuruppin tachó de una lista a más de un tercio de
los enfermos por considerarlos «laboralmente activos».95
Igualmente, dicho director telefoneó el 22
de abril a cinco pacientes cuando ya habían sido transportados, los
mandó interceptar a las puertas de la cámara de gas de Bernburg y
los envió de vuelta. Sus nombres eran: Walter Duwe (nacido el
14-2-1899 en Brandeburgo), Paul Schulze (10-6-1908, Brandeburgo),
Else Müller (3-7-1907, Berlín), Anna Wachs (29-10-1875, Marleben) y
Eva Wiemann (223-1904, Brandeburgo). Pocas semanas después, el 14
de mayo, cuatro enfermos deportados más de Neuruppin con destino a
la cámara de gas de Bernburg también fueron enviados de vuelta:
Otto Schumacher (nacido el 27-7-1895 en Lauschwitz), Willi Scheltat
(14-6-1881, Berlín), Otto Windberg (4-10-1886) y Emil Zohm
(27-3-1890, Gulnow).96
Por las fechas de nacimiento, los cuatro últimos hombres citados
podrían ser ex combatientes y heridos en la primera guerra mundial.
Supongo que por ello fueron indultados. En cualquier caso, este era
un problema que se tuvo en cuenta, ya que los pliegos de
inscripción de enfermos que se distribuyeron a partir de 1940
incluían una pregunta sobre la existencia de lesiones de guerra y,
en los meses siguientes, los médicos de la T4 excluyeron repetidas
veces de los transportes a heridos de guerra o los hicieron volver
en el último minuto.97
Otro caso sería el de los otros dos hombres y tres mujeres que
también pudieron dar media vuelta ante la cámara de gas de
Bernburg. Los varones de este grupo eran demasiado jóvenes para
haber participado en la primera guerra mundial. Por ello, todo
apunta a que se salvaron gracias a la insistencia de sus
familiares.
Después de 1945, los responsables
rebautizaron estas intervenciones como actos de «resistencia» bajo
el famoso lema de «evitar males mayores». Nada más lejos de la
realidad. De hecho, a los pocos meses de actividad asesina
conjunta, se originó un conflicto de intereses entre los directores
de los establecimientos psiquiátricos y una central que funcionaba
siguiendo esquemas rigurosos. Desde la calle Tiergarten de Berlín
se insinuaba que los responsables de los hospitales retenían a
demasiados pacientes de manera injustificada, por lo que el
director de la Acción T4, Werner Heyde, insistió en que, «por
responsabilidad, la decisión autónoma de retener a enfermos no se
puede plantear bajo ninguna circunstancia».98
Y a la inversa, los directores acusaban a los médicos y burócratas
de la Central T4 de efectuar una selección absurda e ineficaz. Los
responsables de los establecimientos apelaban a su ojo experto,
entrenado en la práctica de años de profesión, con cuya ayuda se
consideraban capacitados para decidir de forma más eficiente acerca
de la vida y la muerte.
Este conflicto se hizo evidente en una carta
de la Asociación Provincial de Brandeburgo fechada el 23 de abril
de 1941 y declarada excepcionalmente «secreta». En ella queda
documentado que el poder de decisión sobre la vida y la muerte se
fue trasladando progresivamente de los expertos de la central a los
médicos terapeutas y directores de establecimiento. Este
procedimiento lo había aprobado el Grupo de Trabajo del Reich para
Establecimientos de Curación y Cuidados, es decir, la Acción T4. En
el escrito, dirigido a todos los directores de los establecimientos
psiquiátricos de la región de Brandeburgo, se decía lo
siguiente:
«Últimamente, los directores de los
establecimientos regionales de Brandeburgo se han quejado en
repetidas ocasiones» de que las listas de recogida para el
transporte de evacuación «incluyen mayormente a enfermos que, por
su actividad, todavía podrían ser útiles para el centro y que, por
el contrario, no se solicita el traslado para otros enfermos ya
seleccionados mediante los pliegos de inscripción, los cuales, por
su estado de alteración crónica, abandono, elevada dependencia e,
incluso, atontamiento, serían más idóneos para el traslado». Como
había que poner remedio a la situación, en lo sucesivo se
permitiría a los directores «elaborar y presentar una lista de
aquellos enfermos cuya recogida se pueda realizar de inmediato y
cuyo transporte se valore como más útil y menos crítico para el
establecimiento». De esta manera se podría «evitar que la repetida
solicitud de enfermos laboralmente activos genere un trabajo
innecesario y los establecimientos psiquiátricos regionales pierdan
enfermos todavía útiles para ellos, mientras que otros enfermos más
conflictivos, que suponen una carga para dichos centros, permanecen
ingresados».99
Los motivos por los que los jefes médicos de
Neuruppin tacharon a 61 mujeres de dos listas negras en abril de
1941 reflejan la situación a este respecto en aquellas fechas: ocho
pacientes habían fallecido entretanto (la mayoría de ellas
probablemente asesinadas a base de tranquilizantes), dos habían
sido dadas de alta, una tenía una solicitud de alta pendiente, otra
debía ser trasladada con posterioridad y las restantes fueron
reclamadas por el establecimiento porque las utilizaría para
trabajar.100
SUMISIÓN, EXCUSAS, SILENCIOS Y PROTESTAS
Los pacientes de Berlín fueron de las
primeras víctimas del asesinato en masa. Meses atrás, los
directores de los establecimientos de la ciudad ya habían
participado en los preparativos la Acción T4. Así, en la primera
mitad de agosto de 1939, se reunieron entre diez y quince hombres
—entre ellos, «los jefes médicos de los establecimientos de
Berlín-Buch y Berlín-Wittenau y de otros dos hospitales de
Berlín»—101
en el despacho de Philipp Bouhler de la cancillería del Führer para discutir los detalles prácticos y los
criterios del homicidio planificado. Bouhler aprovechó la ocasión
para anunciar que la matanza de los residentes de los
establecimientos de curación y cuidados estaba prevista a una
escala limitada y que Hitler así lo había mandado. Según las
órdenes, el objetivo era mejorar la atención terapéutica y
sanitaria de los que quedaran ante la inminencia de la guerra y
dejar plazas libres para hospitales militares. En septiembre de
1939, los hombres que acababan crear la Acción T4 y desarrollar los
criterios de decisión visitaron los establecimientos de los barrios
berlineses de Buch y Wittenau.102
Durante la visita se formaron una primera impresión de las personas
cuyo asesinato ya estaba decidido pero cuyos detalles todavía no se
habían establecido. En el mismo mes se celebró otra reunión en la
cancillería del Führer «para deliberar
sobre el problema que la orden ha generado en un ámbito más amplio
por parte de los correspondientes médicos especialistas». Junto a
hombres como el viceministro Leonardo Conti, el catedrático Max de
Crinis, el Dr. Friedrich Mennecke y el consejero ministerial Dr.
Herbert Linden, esta vez también acudieron «los cuatro directores
de los establecimientos berlineses».103
El personal homicida de base de los
establecimientos de gaseamiento de Grafeneck y, más tarde, Hadamar
también estaba formado por cuidadores y cuidadoras mayormente
berlineses. En diciembre de 1939, las cuidadoras del sanatorio de
Wittenau Käthe Hackbarth, Friedel Lichtenstein, Maria Appinger,
Hedwig Michael y el cuidador Stuhl fueron destinados a Grafeneck
para cumplir un «encargo especial».104
Los gaseamientos empezaron allí en enero de 1940 con la
correspondiente participación y el consentimiento de la dirección
del centro. Una cantidad considerable de miembros de los equipos
homicidas también provenía de clínicas neurológicas berlinesas.
Según declaraciones de Käthe Hackbarth, se trataba de los
compañeros Theodor Famolla, Franz Fromm y Asael, así como las
compañeras Wanda von Kolanowski, Emma Bellin, Hilde Ranke, Olga
Ulrich, Margot Raeder-Grossmann, Christel Zielke, Minna Zachow,
Käthe Gumbmann y Pauline Kneissler. Se sabe que un médico del
sanatorio de Wittenau, el Dr. Ernst Hefter, llegó a ser experto de
la Acción T4.105
El Dr. Irmfried Eberl, director de los establecimientos de
gaseamiento de Brandeburgo y Bernburg y, después, comandante del
campo de exterminio de Treblinka, había ejercido anteriormente de
médico de la oficina central de Sanidad de Berlín.106
Nunca se ha podido esclarecer judicialmente
si el ya mencionado jefe médico Willi Behrendt también participó en
la Acción T4. En cualquier caso, Hackbarth, la ex enfermera del
sanatorio de Wittenau, atestiguó en 1948 que su antiguo jefe médico
Behrendt había dirigido en 1941 el centro de gaseamiento de Hadamar
durante un breve periodo de tiempo: «A mediados de enero (de 1941)
llegó al sanatorio de Hadamar an der Lahn la práctica totalidad del
personal de cuidados.(...) La dirección corría a cargo de los
médicos Dr. Baumhard y Dr. Hennecke, pero más tarde fueron llamados
a filas por la Wehrmacht. En su sustitución llegaron el director
Dr. Behrendt y el Dr. Gorgass». Al describir con más exactitud a la
persona, Hackbarth indicó que el tal Behrendt tenía entonces
«alrededor de cincuenta años» y era «director» en Berlín, y explicó
su trabajo de forma concisa y elocuente: «Fue jefe en Hadamar y
gaseó enfermos mentales».107
Por lo que se sabe del establecimiento de
Neuruppin, las reacciones más parecidas a actos de resistencia por
parte de los familiares fueron contadas excepciones. Una vez, una
mujer se quejó de que no se le había entregado «un puente de oro
con cinco dientes, entre ellos una corona dental de oro», tras la
muerte de su hermana. En la carta de respuesta a esta petición, el
director adjunto del centro de Neuruppin indicó fríamente que la
pieza de ortodoncia había sido «entregada contra recibo al
responsable del transporte, el enfermero jefe Drehmer, de
Bernburg», el 3 de abril de 1941.108
Un padre reclamó la devolución de un anticipo de 100 marcos del
Reich que había pagado para el tratamiento de su hijo Horst
alegando escuetamente que este ya no se hallaba entre los
vivos.109
Antes de que trasladaran y mataran a Max Ortmann, su precavida
esposa pidió que le enviaran el traje, la cartera, la camisa y la
cadena de oro del reloj; todo había desaparecido.110
Una madre cuyo hijo, Erich Dunkel, había sido asesinado en Bernburg
en febrero de 1941, amenazó «con recurrir a la vía judicial y
extrajudicial» si no le devolvían el abrigo de invierno, el
pantalón de pana, la chaqueta y la bufanda de lana del
muerto.111
Debido a este tipo de dificultades y al
evidente latrocinio ejercido sobre los infortunados por parte de
los trabajadores del establecimiento y el personal de transporte, a
partir de noviembre de 1940 fue obligatorio rellenar por duplicado
y con todo detalle unas tarjetas de certificación de pertenencias
para cada enfermo destinado a traslado, elaborar listas de recogida
adicionales y acusar recibo repetidas veces por todo.112
En las actas del establecimiento intermedio
de Neuruppin solamente he encontrado tres cartas de protesta
explícita. A estos escasos ejemplos pertenece el manuscrito de la
madre de un asesinado del municipio brandeburgués de Brieselang. El
original contiene algunos errores ortográficos, pero evidencia una
enorme sensibilidad: «Le dirigimos a usted la siguiente queja: ¿Por
qué no se nos ha comunicado por anticipado que nuestro hijo Helmut
Riedel iba a ser evacuado de su establecimiento? Era nuestra
obligación como padres preguntárselo. Si hubiéramos estado al
corriente de todo, el horror no se habría producido y nos lo
habríamos llevado inmediatamente. Lo intentamos todo para salvarlo,
aunque ya fuera demasiado tarde, pero no nos dieron ninguna
dirección. Cuando recibimos los documentos de defunción, fue
grotesco. Justo después de recibir su carta dije, por el amor de
Dios, la semana que viene nos dirán por carta que ha muerto de una
angina de pecho. Y así fue. Nunca superaremos este golpe. Dios se
vengará de nosotros. Mi marido ha trabajado durante muchos años
para el Partido y así se lo agradecen».113