Conclusiones

Conclusiones

EN LA PRIMAVERA DE 1936 no es que hubiera revolución en España, ni mucho menos, pero casi todos se esforzaban en que lo pareciera. La Guerra Civil española fue provocada por el miedo a la revolución. Pero no fue el miedo de un sector social solo, sino el miedo de gran parte de la sociedad española y de las principales potencias extranjeras. Miedo de las derechas, miedo de los republicanos moderados, miedo de las principales democracias europeas y de los países fascistas y, sobre todo, miedo de los militares, que tenían muy cerca el recuerdo de la revolución de 1934 y el papel que le tocó desempeñar como represor de la misma.

El Ejército español estaba demasiado acostumbrado al poder y a las guerras, al intervencionismo en la vida pública y al golpismo. También tenía un ya casi histórico rencor hacia los políticos, a los que acusaban de gran parte de su fracaso en las guerras coloniales de los siglos XIX y XX, al privarles de medios materiales y de gestionar de mala manera los recursos económicos existentes, impidiendo la necesaria modernización. Por todo ello y por mucho más, como las razones ideológicas de unos mandos militares donde predominaban los africanistas, fue quien tomó la iniciativa para liquidar al gobierno del Frente Popular, porque ese era el objetivo de los militares y de las fuerzas políticas conservadoras (Falange, Renovación Española, Carlismo, CEDA…) que se aliaron con ellos para conseguirlo. No había intención de derrocar la República, ni mucho menos. Incluso los primeros bandos, manifiestos y proclamas del Ejército sublevado se lanzaban al son de ¡Viva la República! En Palencia, incluso, el día 21 de julio, con la ciudad en poder de las nuevas autoridades, una manifestación popular atravesó la calle Mayor entre constantes vítores a España, al Ejército y a la República honrada y de orden.

El gobierno del Frente Popular, presidido por Santiago Casares Quiroga e integrado por republicanos moderados, y el presidente de la República Manuel Azaña, especialmente este último, eran víctimas y prisioneros del propio pacto electoral del Frente Popular y de las fuerzas de izquierda que reclamaban constantemente el giro definitivo hacia el poder popular y la revolución social. Algunas que se habían mantenido al margen del acuerdo, como el anarquismo, también apretaban en la misma dirección que los socialistas de Largo Caballero, aunque todavía con mayor solicitud de la «acción directa».

En un momento de cambio político, de crisis económica, de conflictividad social, con buena parte del país pasando verdadera hambre y miseria, los conspiradores de la Unión Militar Española (asociación que agrupaba en gran parte al Ejército africanista, batallador en el frente y ultraconservador en su ideología) encontraron las puertas abiertas hacia la insurrección. Un gobierno débil, por la falta de apoyos sinceros, por la inexistencia de mayorías y por su escasa energía; unas fuerzas políticas de derechas deseosas de evitar la vuelta de la esencia republicana y cada vez más beligerantes en los medios de comunicación, en las Cortes y en su preparación paramilitar; una izquierda dividida ideológica y programáticamente y un contexto internacional de pugna entre fascismo y comunismo que atemorizó y atenazó a las potencias democráticas fueron las bazas hábilmente utilizadas por los militares. Estos iniciaron la conspiración a los pocos días del triunfo del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936, en búsqueda de un predominio en la vida pública que habían comenzado a perder, como mostraba la reforma militar de Azaña, la nueva legislación de orden público y la consolidación de las instituciones democráticas.

La Segunda República, que había intentado con valentía hacer una serie de reformas estructurales por primera vez en la historia del país, también fue víctima de sus propios errores. Las expectativas que quiso generar en tan poco tiempo fueron tan grandes como el desencanto que logró conseguir. En el momento clave, cuando se conspiraba abiertamente en los cuarteles, se encontró casi sin apoyos porque durante cinco años no fue capaz de integrar a la mayor parte de facciones políticas y sociales. La exclusión fue una característica común de todos sus gobiernos, tanto de los de izquierda como los del bienio de centro derecha (1933-1935). Y esto generó violencia, rencor y desconfianza. La sociedad se fue dividiendo en bandos antes de la guerra, porque el régimen republicano no fue capaz de reducir los bandos antagónicos sociales, políticos, económicos, religiosos y culturales. La libertad se vivió como un signo de debilidad, por falta de autoridad y existencia de demasiados complejos de recién llegado. La clase política, salvo contadas excepciones, no supo estar a la altura de las circunstancias, provocando inseguridad en la calle y la sensación generalizada de que algo acabaría pasando… Y, lo que era más triste para el régimen, cada vez eran más los que lo estaban deseando. Por desgracia, los españoles estaban históricamente más acostumbrados a resolver sus problemas por la fuerza que a discutirlos y solucionarlos pacíficamente en el seno de instituciones realmente democráticas. El hambre y la incultura hicieron el resto…

La conspiración fue esencialmente una conspiración de militares apoyados por fuerzas civiles en la movilización de masas y en la financiación. En esta colaboraron desde banqueros, empresarios y asociaciones empresariales hasta partidos políticos, como la propia CEDA. El Ejército fue quien llevó la iniciativa desde el primer momento, no queriendo en ningún momento que el golpe perdiera la identidad militar, tanto por confiar así en su rigurosa preparación y desarrollo como por el destino final del mismo, en el que los militares querían tener su protagonismo. El proceso conspirativo comenzó de forma muy débil, contando más con el entusiasmo de unos cuantos jefes y oficiales exaltados que con un meditado plan de acción. Tampoco les hacía falta mucho más para empezar, sabedores de que los últimos intentos (1926, 1929, 1932) habían sido «perdonados» por las autoridades, siendo visto este perdón más como debilidad del poder civil que como verdadera intención por la reconciliación nacional. El general Prim sabía en el siglo XIX que se jugaba «o la faja o la caja». Ahora sólo la primera, y eso daba alas a cualquiera.

Las circunstancias fueron madurando la preparación golpista, sobre todo tras ser abortado uno más de los intentos iniciales, preparado para el 20 de abril. A partir de entonces se hizo cargo de la conspiración el general Mola, hombre meticuloso como había demostrado en todas sus acciones militares en la guerra de Marruecos. Desde Pamplona, donde tenía casi plena libertad de acción, urde una trama muy bien preparada que sabe entusiasmar a todos los territorios, a la mayor parte de simpatizantes y afiliados de la UME, a las escuadras falangistas, requetés carlistas y otras fuerzas políticas conservadoras, como la CEDA, liderada por José María Gil Robles, y Renovación Española, de Calvo Sotelo, este último asesinado pocos días antes del alzamiento, cuando ya todo estaba decidido y organizado. Mola establece distintos modelos territoriales de conspiración y de alzamiento, según fuera la presencia de fuerzas militares importante, poco importante o inexistente. En este último caso las fuerzas civiles, falangistas y carlistas, principalmente, pasaban al primer plano. Todos se sentían útiles, todos desempeñaban un papel, todos eran protagonistas. Una vasta red de enlaces actuaba por debajo urdiendo los planes y asegurando adeptos, en algunos casos hasta con compromiso firmado.

El gobierno era conocedor de la trama, pero en un primer momento creyó que bastaría con cambiar de destino a los generales implicados, lo que se volvió en su contra, por estar más libres lejos de Madrid, como Mola en Navarra y Franco en Canarias. El joven y popular general Franco participó desde el primer momento en la conspiración y, en compensación, le habría de tocar desempeñar un papel protagonista al decidir Mola llevar el alzamiento a tierras africanas. El Ejército de África pasaba a ser el principal artífice de la sublevación no solo en territorio marroquí, sino también al constituir la fuerza en la que se apoyaba en gran parte el objetivo central del golpe: la toma de Madrid, que se sabía habría de hacerse desde el exterior por tener el gobierno bien controlada la capital. Cuando se acercó el momento, Azaña pensó dejar hacer a los militares para intentar sofocar el ansia de las fuerzas de izquierda, asustándolas con la fuerza de las armas y el recuerdo no tan lejano de una dictadura militar. No era consciente de la excelente preparación del alzamiento. Pensaba que sería una chapuza más, como lo que vivió él mismo siendo ministro de la Guerra con la intentona de Sanjurjo en agosto de 1932, pero los distintos modelos de Mola actuaron perfectamente como auténticos poderes compensadores. Cuando el «17 a las 17» comenzaron a sonar las sirenas en Melilla, las autoridades republicanas ya no pudieron parar a los militares golpistas, ni siquiera evitar algo a priori tan sencillo como el paso del Ejército de África a la Península.

En el territorio peninsular el alzamiento militar transcurrió mayoritariamente (veinticuatro capitales de provincia) en las primeras horas del domingo 19 de julio, aunque hubo algunas (cinco) que lo ejecutaron horas antes, en la misma tarde o noche del famoso 18 de julio. Salvo algunos casos realmente excepcionales, se trató de un golpe enérgico y efectivo, que tardó muy pocas horas en dominar la ciudad desde la proclamación del estado de guerra por un bando público. De las cuarenta y una capitales de provincia donde hubo alzamiento, en treinta vencieron los militares sublevados, mientras que en once fracasaron. En otras once no hubo ningún tipo de levantamiento o incidente grave, por la indecisión de los jefes militares, porque no entraba en sus planes o porque las autoridades civiles dominaron la situación. La República, por tanto, controló veintidós capitales (42,30 por 100) por treinta los sublevados (57,69 por 100), aunque desde el punto de vista demográfico ganó la primera, que supo conservar las mayores ciudades del momento: Barcelona, Madrid y Valencia.

España se dividió automáticamente en dos desde el punto de vista militar, porque el gobierno y los golpistas empataron, más o menos, en territorio controlado, en población… y en errores. También en fuerzas militares, por lo menos en los primeros días, los del alzamiento, porque rápidamente el bando sublevado fue recibiendo continuamente a jefes y oficiales que habían «caído» en el bando republicano, produciendo un importante desequilibrio ya a finales de julio del 36.

Los modelos de alzamiento preparados minuciosamente por el general Mola se desarrollaron según las previsiones, aunque hubo algunos errores tan de bulto que tuvieron consecuencias irreversibles para el triunfo del alzamiento. Pero salvo excepciones concretas que no resultaron determinantes, como Almería y Santander, no fueron errores achacables al general, sino a la imposición de algunos protagonistas, como Goded, que horas antes del inicio impuso ir a Cataluña en lugar de a Valencia. Como resultado, el alzamiento fracasó en ambos territorios, lo que unido a la pérdida dada por segura de Madrid era una concesión demasiado amplia al bando rival. Quizá el apoyo popular y de parte de los militares destacados en Barcelona hubiera hecho fracasar también el golpe en esta ciudad y, por extensión, en todo el territorio catalán, pero el desconcierto que provocó Goded en Barcelona y el general González Carrasco en Valencia resultó decisivo, porque, en general para todo el país, en las guarniciones en las que el mando no vaciló no hubo dificultad para los golpistas, por mucho que las milicias populares se opusieran con las armas en la mano, aunque si estas las hubieran recibido inmediatamente tal vez en algunos lugares las cosas habrían transcurrido de forma distinta. Las masas populares no eran ya esa masa inerte que se encontró Primo de Rivera en septiembre de 1923. Además de estar mejor organizadas, tenían poco que perder en julio de 1936, ante la miseria que las caracterizaba. La República no quiso armar a los milicianos en las primeras horas, pero los alzados no perdieron ni un minuto, armando en seguida a las fuerzas civiles colaboradoras.

¡Que nos quitan la República!, ¡que nos quitan la República!, gritaba un alférez en Málaga a sus tropas para animarlas a luchar contra los sublevados[1]. La verdad es que si no hubiera sido por el entusiasmo popular el régimen republicano se hubiera desmoronado en unos días, porque la lentitud de sus autoridades civiles y militares e incluso, como en la Marina, su inoperancia, lo hubieran arrastrado sin remedio. Pero salió en gran parte del pueblo ese espíritu guerrillero típico español, que tan buenos resultados había aportado algo más de un siglo antes en la Guerra de la Independencia, que no quería perder en unas horas lo que tanto tiempo y sacrificio había costado ganar. Las milicias populares resultaron decisivas en esas primeras horas en algunos lugares importantísimos estratégicamente, como Madrid, Barcelona, Málaga… Quizás si en ellos los jefes militares hubieran sido partidarios de la sublevación resueltamente, el pueblo no habría tenido nada que hacer. Pero ante las dudas, fallos de planteamiento, ambiciones personales, exceso de confianza y otras incertidumbres, la valentía y disposición de las milicias populares resultaron fundamentales para la República. Una prueba de ello es la cantidad de víctimas mortales que sufrieron.

Para evitar errores de golpes militares anteriores, Mola ideó el alzamiento dando libertad a cada capitanía general para iniciarlo a partir del 17 de julio cuando tuviera más posibilidades de éxito. Esto no era un signo de debilidad, sino de seguridad, para el general. Y le salió bien el plan, porque así cada región militar y cada provincia era independiente, no influyendo en ella el fracaso de otra. Los medios de comunicación y de transporte de la época hacían que unas horas de retraso no representaran ningún impedimento para el triunfo, porque las noticias y la movilización de tropas tardaban incluso días en llegar. La ventaja que a priori pudiera proporcionar una acción inesperada y simultánea era compensada por el desconcierto que produjo en las autoridades republicanas un modelo de alzamiento continuo, donde cada día aparecían nuevos escenarios a los que no sabían responder por no haber sido capaces de sofocar los anteriores.

Fruto de la incapacidad para superar unos a otros, el alzamiento dio paso a un conflicto armado, a la guerra, y esta, en el bando republicano, a aquello con lo que tantos se habían asustado: la revolución. Paradójicamente, el miedo a la revolución fue lo que verdaderamente desencadenó la revolución. Cuando se produjo el tránsito de sublevación a guerra y revolución fue cuando automáticamente dejó de aparecer el ¡Viva la República!, de los manifiestos, documentos y proclamas del bando sublevado. Ya no querían la República; el fracaso del alzamiento y el desgaste y esfuerzo que suponía adentrarse en una guerra civil significaba reconsiderar el futuro del régimen. Los casi cuarenta años de dictadura militar que siguieron a la guerra avalan esta hipótesis.

La revolución no sería un camino fácil ni uniforme. Las diferencias visibles en las fuerzas de izquierda en la primavera de 1936 se fueron acentuando con el paso de la guerra, llegando a enfrentamiento armado dentro del bando republicano en marzo de 1939. La izquierda tenía poco en común y esa fue, sobre todo, la gran tragedia de la República. Acosada por sus extremos, no contó siquiera con el apoyo leal de las fuerzas políticas que se cobijaron con más entusiasmo bajo su techo en abril de 1931 o en el Frente Popular formado para intentar salvarla ante las elecciones generales de febrero de 1936.