6. En el sur: el paso del Estrecho y Andalucía, claves para los sublevados

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En el sur: el paso del Estrecho y Andalucía, claves para los sublevados

6.1. El salto del Estrecho, error estratégico de la República

6.1. EL SALTO DEL ESTRECHO, ERROR ESTRATÉGICO DE LA REPÚBLICA

Los estrategas militares, tanto del bando conspirador como del Ministerio de la Guerra, eran conscientes de la importancia cuantitativa y cualitativa que tenía el Ejército de África. Los sublevados le habían confiado el primer asalto, pero la República no supo frenarlo en el continente africano, mostrándose incapaz de cortar el pasaporte de sus tropas a la Península a través del Estrecho, bien en origen, bien protegiendo los puertos o aeropuertos andaluces para evitar el desembarco. Esta complicada operación militar constituyó otro gran error militar de la República, quizá la clave más importante en la derrota parcial del gobierno republicano, máxime teniendo en cuenta su superioridad militar aplastante en el mar. En el mes de julio los sublevados transportaron hacia la Península a 2063 hombres; en agosto, a 8453; y en septiembre, a 9732[1]. Y eso que Mola, en sus planes, no pensó nunca tener que utilizar un considerable número de integrantes del Ejército de África, pero al complicarse el alzamiento en la Península recurrió a casi todas sus fuerzas.

Las medidas previstas por el general Mola resultaron insuficientes. No se había pensado más que en el desembarco de dos columnas en Málaga y Algeciras para contribuir a la marcha hacia Madrid. Quizá se debió a un exceso de confianza sobre muchas guarniciones de provincias cercanas a la capital. Tal vez también era consciente de que no hubiera sido acertada y aceptada cualquier solicitud de colaboración a Italia y Alemania durante la primavera del 36 por las dificultades del contexto internacional.

La misma tarde del 17 de julio, el gobierno había dispuesto que buena parte de la escuadra se dirigiera hacia el Estrecho. El único acorazado en activo, el Jaime I, zarpó de Vigo. El cañonero Dato, que se encontraba en Ceuta, recibió orden de patrullar el Estrecho. Desde el Mediterráneo salieron tres destructores, la flota de submarinos y los dos mejores cruceros. El 18 ordenó que bombardearan Melilla, Ceuta, Tetuán y Algeciras. Sin duda ya era demasiado tarde. Comenzar el movimiento de la armada cuando el golpe se había iniciado, con tantos avisos como habían llegado, parece injustificable.

Casi toda la flota había quedado en poder de la República, pero la mayoría de los jefes y oficiales se fueron sumando a los golpistas. En algunos buques que fueron dominados por los oficiales sublevados los marinos se amotinaron, capturaron a sus jefes y tomaron el control en nombre de la República, como en los destructores Churruca y Lepanto y en el acorazado Jaime I. Al primero el gobierno le ordenó «abrir fuego de cañón sobre Ceuta hasta consumir los dos tercios de las municiones», pero el comandante decidió no obedecer las órdenes, recoger a tropas del Ejército de África y trasladarlas a Cádiz. Días después se produjo la sublevación de la marinería, que se hizo con el control del buque[2].

El Lepanto llegó a las cuatro de la madrugada del día 18 a la altura de Melilla, sin entrar a puerto. Estuvo dando vueltas por los alrededores de dicha población y preparando en cubierta las cuatro ametralladoras así como una dotación de cargas y proyectiles de ejercicios. Durante ese tiempo se recibió orden de Madrid de bombardear Melilla, bombardeo que no se llegó a efectuar por la intervención de los oficiales, que dijeron que si se bombardeaba vendría la aviación y atacaría al buque. A primera hora de la noche del día 19 recibió orden de partir a Barcelona. En el camino se le ordenó rectificar e ir a Málaga. Allí llegó a primeras horas del 20 de julio. Una vez fondeados en este puerto, la marinería procedió a la detención del mando, siendo llevados todos al vapor Monte Toro. Subió a bordo el capitán de corbeta Monreal y el condestable Paz, quien en nombre del gobierno de la República dirigió una arenga a la dotación, que fue formada previamente. A continuación se procedió a formar un comité que se encargó de la dirección de la nave[3].

De lo sucedido en el Jaime I contamos con el testimonio de un testigo presencial, el oficial de derrota José María Otero Goyanes, a quien el oficial de guardia, teniente de navío Cañas, se presentó muy descompuesto:

Mi Comandante, estoy observando muchos grupos de Cabos en cubierta y me ha parecido ver pistolas debajo de las marineras. En aquel momento nos encontrábamos en la caseta de derrota, el Comandante, el tercer Comandante Don Carlos Aguilar Tablada, el Alférez de Navío Falquina y el declarante. Al oír a Cañas todos, menos el Comandante, montamos nuestras pistolas y salimos al puente. El Comandante también salió. Efectivamente, la cubierta estaba llena de gente, casi en su totalidad Cabos, y salían más por todas las escotillas, con fusiles y pistolas. El Comandante, desde el puente, les preguntó qué era lo que querían, contestando el Cabo de Artillería Manuel Fernández, que estaba al frente del grupo, diciendo que el Gobierno de la República mandaba que les entregáramos el mando del buque. El Comandante dijo que subiera una Comisión para hablar con él, negándose el Cabo Fernández, y diciendo que bajásemos nosotros. Que, visto el cariz que tomaba aquello el declarante dijo al Capitán de Corbeta Aguilar Tablada que se fuese a babor para que por la escotilla volante que había no pudiese subir nadie al puente y que Falquina y el declarante nos quedaríamos defendiendo la escala principal. Así lo hizo el tercer Comandante, y entonces el Alférez de Navío Falquina dijo, dirigiéndose al Comandante: Mi Comandante, yo arreglaré esto. Y acto seguido, pistola en mano, bajó el puente, con el brío y entusiasmo que le caracterizaba, y no obstante mi recomendación de que no lo hiciera. Apenas llegó al puente bajo, el Cabo Fernández, que estaba al pie de la escala, le disparó su pistola cayendo el Alférez de Navío Falquina herido en el vientre. Entonces subió el Cabo Fernández y cuando comenzaba a subir la escala que conduce al puente alto, el declarante disparó sobre él, dándole en el pecho y con tan buena fortuna de que dio una vuelta y cayó a cubierta entre todos los demás sublevados. Esto hizo que cundiese el pánico y nadie se atreviese a avanzar. Lo único que hacían era disparar todos sus fusiles y pistolas hacia el puente. Cuando a los oficiales se les acabaron las municiones, los cabos se hicieron con el buque. Al Comandante le ofrecieron seguir al frente del acorazado, pues sabían de su oposición a secundar a los sublevados. Se negó: «Canallas, cobardes. Habéis asesinado a mis oficiales. Yo no puedo mandar un barco de asesinos»[4].

A las 16.20 del día 20 de julio, un telegrama enviado desde el Jaime I, en alta mar, comunicaba al gobierno que habían sido destituidos los jefes oficiales, «rendidos violentamente» tras la muerte de tres jefes y oficiales, un cabo y dos marineros. Finalizaba con un «Viva la República». Horas después, en Tánger, desembarcaron a heridos y prisioneros. Los jefes y oficiales de este acorazado, salvo el comandante, capitán de navío Joaquín García del Valle, que llevaba muy pocos días en el mando, se habían comprometido con la conspiración meses antes, a partir de una reunión celebrada en Vigo, a la que asistieron la mayoría de los oficiales a bordo. Días antes del alzamiento, el teniente de navío José Luis Fernández Peña había entregado al oficial José María Otero Goyanes las cuatro claves que había enviado desde Madrid el teniente de navío Alfaro, para repartirlas una vez conocida la sublevación del Ejército de África[5].

La mayor parte de los buques de la Armada permanecieron fieles al gobierno, mandados por la marinería. La escasa preparación técnica de los nuevos responsables impidió no solo maniobrar adecuadamente los buques leales a la República sino, lo que resultó más determinante, coordinar sus acciones.

Los primeros hombres del Ejército de África cruzaron el Estrecho en barco, aprovechando el caos imperante en el país. El día 19 de julio el barco civil Ciudad de Algeciras y el vapor Cabo Espartel, protegidos por el destructor Churruca y el cañonero Dato, pudieron pasar a Algeciras unos centenares de soldados. Los sublevados se dieron cuenta de que necesitaban trasladar mayor cantidad de tropas y, por tanto, mayor apoyo aéreo para garantizar el paso de las fuerzas militares tanto en buques como en los propios aviones. Por ello comenzó rápidamente la búsqueda de ayuda internacional, sobre todo en la Alemania nazi y en la Italia fascista.

Las primeras gestiones ante el gobierno alemán fracasaron. Franco encargó la misión al teniente coronel Juan Beigbeder, agregado militar en Berlín desde 1929. Se puso en contacto con el agregado militar del Reich en París el 22 de julio para que transmitiera la petición a su gobierno. El canciller alemán se negó en rotundo a inmiscuirse en los acontecimientos españoles. Franco lo intentó de nuevo. Esta vez convenció al industrial alemán Johannes Bernhardt, afincado en Tetuán, para que encabezara la delegación que debería viajar a Alemania, formada además por el jefe del Partido Nacionalsocialista en Marruecos y por un militar de su confianza, el capitán de aviación Francisco Arranz Monasterio. El día 23 el Ju 52 de la Lufthansa despegaba del aeródromo de Tetuán rumbo a Berlín con la delegación del general Franco y con una carta de este dirigida al Führer en la que le solicitaba aviones para el transporte de tropas y material bélico.

Tabla 18

Carta de Franco a Hitler solicitando aviones y armamento

Tetuán, 23 de julio de 1936

Excelencia:

Nuestro movimiento nacional y militar tiene como objeto la lucha contra la democracia corrupta en nuestro país y contra las fuerzas destructivas del comunismo, organizadas bajo el mando de Rusia.

Me permito dirigirme a V. E. con esta carta, que le será entregada por dos señores alemanes, que comparten con nosotros los trágicos acontecimientos actuales.

Todos los buenos españoles se han decidido firmemente empezar esta gran lucha, para el bien de España y de Europa.

Existen severas dificultades para transportar rápidamente a la Península las bien preparadas fuerzas militares de Marruecos, por falta de lealtad en la Marina de Guerra española.

En mi calidad de Jefe Superior de estas fuerzas, ruego a V. E. me facilite los medios de transporte aéreo:

  • 10 aviones de transporte de la mayor capacidad posible; además pido
  • 20 piezas antiaéreas de 20 mm
  • 6 aviones de caza «Heinkel»
  • Una buena cantidad de ametralladoras y fusiles con abundancia de municiones
  • Además, bombas aéreas de varios tipos de hasta 500 kg

Excelencia:

España ha cumplido en toda su historia sus compromisos. Con Alemania se siente más unida que nunca en estas horas de su cruzada en la lucha contra el comunismo.

Francisco Franco Bahamonde,

Jefe Supremo de las Fuerzas Militares en Marruecos

Fuente: Raúl Arias Ramos: La Legión Cóndor en la Guerra Civil. El apoyo militar alemán a Franco, …, pp. 71-72.

En los últimos instantes del día 24 la delegación se reunió con Hitler durante unas dos horas, tiempo que resultó decisivo para la suerte del alzamiento. Hitler ordenó a Goering, jefe de la Luftwaffe, que solventara las necesidades aéreas de los sublevados. Para dar cobertura legal a la operación se constituyó la sociedad hispano-alemana HISMA.

La delegación regresó de Berlín el día 28 con el compromiso de apoyar a Franco con más aviones de los solicitados. En total, llegarían en pocos días y de forma escalonada diez Junkers Ju 52 y seis cazas Heinkel He 51. El Ju 52 que había trasladado a la delegación, tras serle borrados los distintivos de su antigua nacionalidad, pasó ese mismo día a prestar el primer servicio como avión de transporte de soldados del Ejército de África a la Península, entre Tetuán y Sevilla. Este hecho constituyó el primer puente aéreo de la historia, de gran importancia porque consiguió burlar el bloqueo naval republicano. Durante los días siguientes, el Ju 52 hizo la ruta en tres o cuatro ocasiones diarias. El 31 de julio llegaron los tres primeros aviones enviados por Hitler, con lo que se incrementaron considerablemente los vuelos y las tropas transportadas. En total, en los meses que duró el puente aéreo los aviones alemanes consiguieron transportar a Sevilla a trece mil soldados y unas doscientas setenta toneladas de material[6].

Italia también se comprometió con el general Franco. El 21 de julio llegó a Roma el periodista Luis Antonio Bolín con una nota redactada por Franco en la que le autorizaba a gestionar la compra urgente «para el Ejército Español no marxista» de aviones y material. Fue recibido por el ministro de Asuntos Exteriores, el conde Ciano. Tras arduas gestiones, Mussolini se comprometió al envío de doce aviones con sus tripulaciones, modelos Savoia-81 y Junker-52. Gracias a la ayuda de alemanes e italianos, el puente aéreo resultó decisivo, pues permitió saltar el Estrecho, hasta noviembre de 1936, fecha en que se dio por finalizado el mismo, a 23 393 hombres, las dos terceras partes del ejército destacado en el protectorado.

El puente aéreo, demasiado lento para cubrir las necesidades de los sublevados, fue complementado con las expediciones marítimas, que ofrecían la posibilidad no solo de transportar mayor número de tropas, sino también de armamento. El 5 de agosto, gracias a la protección de veintidós aviones italianos y alemanes, un convoy naval pudo transportar a través del Estrecho a dos mil quinientos soldados y varias toneladas de explosivos, de proyectiles y cartuchería.

Con la botadura del crucero Canarias, a finales de septiembre, el bando nacional pudo recuperar el control del Estrecho, consiguiendo eliminar definitivamente los obstáculos para trasladar las fuerzas marroquíes al frente. A partir de entonces fue cuando realmente ya no necesitó ayuda foránea.

Los primeros contactos serios con las potencias fascistas se realizaron con el golpe militar ya iniciado. Durante la conspiración estos países no habían tenido ninguna participación, ni en la financiación ni en la preparación, por lo que era la primera vez que los militares españoles rebeldes se ponían en contacto con las autoridades alemanas e italianas. Los vagos contactos exploratorios de los conspiradores con los líderes del nacionalsocialismo alemán y del fascismo italiano (vínculos italianos con la Falange y visita del general Sanjurjo a Alemania) no habían cuajado en nada serio y comprometido. Tanto en Roma como en Berlín se vieron sorprendidos por el momento y alcance de la sublevación[7].

Los sublevados necesitaron cierta dosis de suerte y les salió bien. El anticomunismo de Alemania e Italia, el «miedo a la revolución» en España, además del pago económico de la ayuda (el dinero lo puso Juan March, que ofreció un millón de libras a los aliados), resultó determinante para los militares sublevados tanto en los primeros días del alzamiento en la Península como en los inicios de la guerra, aunque muchos no lo quisieran reconocer. «La mitología franquista ocultó el papel decisivo de la aviación italo-germana en el paso del Estrecho y presentó la acción como una muestra de la genialidad de Franco y de la protección que le dispensaba la Virgen de África»[8].

Además de la ayuda extranjera, en los primeros momentos del golpe militar resultó determinante para el desarrollo del mismo lo que sucedía no solo en el mar y en el aire, sino también en tierra. La República no supo ni pudo controlar algunas de las poblaciones peninsulares del Estrecho y ciudades cercanas. En Andalucía el alzamiento triunfó inicialmente en las capitales de Sevilla, Cádiz, Córdoba y Granada. En estas dos últimas provincias, las capitales constituirían, al menos hasta los meses de agosto y septiembre de 1936, reductos aislados en manos de los sublevados, quedando en poder de la República el resto de su territorio.

6.2. Málaga, clave para el desembarco, en poder de la Républica

6.2. MÁLAGA, CLAVE PARA EL DESEMBARCO, EN PODER DE LA REPÚBLICA

Málaga, extendida a lo largo y ancho de la bahía, estaba bajo una cortina de humo. La ciudad se ocultaba y el humo se adentraba en el mar. Málaga estaba quemándose[9].

Málaga, según la directiva de Mola para Marruecos de fecha 24 de junio, debía recibir a una de las dos columnas de legionarios y regulares del Ejército de África. Una ciudad y provincia con la que contaba el responsable de la conspiración, se torció para sus planes sólo empezar el alzamiento. Mal comenzaban las cosas para los golpistas. Era una plaza tan segura que hasta el general Queipo de Llano trasladó allí a casi toda su familia en los días previos a la sublevación. El día 11 de julio a las 9 horas salió de Madrid con su mujer y sus dos hijos solteros, que se quedaron en la vivienda de su hija Mercedes, residente en Málaga. Su hija Ernestina, casada con un hijo de Niceto Alcalá Zamora, se encontraba fuera de España con su marido y sus suegros. La familia del general abandonaría Málaga en secreto, con la ayuda del consulado italiano, los días 10 y 13 de agosto.

En la capital de la provincia, el comandante militar, general Francisco Patxot Madoz, convocó a primera hora de la tarde del 18 de julio en la Comandancia Militar al jefe de la Comandancia de la Guardia Civil, al coronel del Regimiento de Infantería Vitoria n.º 8 y al coronel de Carabineros, a quienes comunicó que de orden superior se iba a proclamar el estado de guerra en Málaga, para lo cual les requería ponerse a sus órdenes. Pocos minutos después comenzó la sublevación con fuerzas del Regimiento de Infantería y de la Guardia Civil. Contó con la oposición de la Guardia de Asalto y Seguridad, compuesta por unos trescientos cincuenta guardias, y de las milicias populares. El comandante militar, general Patxot, obedeció los requerimientos de Queipo, proclamando el estado de guerra.

Sobre las 17.30 el coronel jefe de la Comandancia de la Guardia Civil, Fulgencio Gómez Carrión, reunió a los jefes y oficiales para comunicarles que había llegado la orden de que estallara el movimiento. La mayoría se mostraron partidarios de sumarse a las fuerzas del Ejército. Inmediatamente dio las órdenes oportunas a sus oficiales para salir a tomar la ciudad. Una sección de caballería mandada por el teniente Vega se dirigió a la plaza de toros con objeto de impedir que llegaran al parque los obreros de las barriadas periféricas. Al llegar al edificio de Correos y Telégrafos fue tiroteada desde su azotea, resultando heridos dos guardias.

Otra sección de infantería, al mando del alférez Antonio Ruiz Moyano, se uniría a la compañía que iba a salir del cuartel de Capuchinos y colaborará con la misma a la declaración del estado de guerra, lo que efectivamente hizo llegando hasta el Boquete del Muelle. Un guardia civil resultó herido en un tiroteo con la Guardia de Asalto. El pelotón de la Guardia Civil mandado por el Sargento Rafael Sencianes fue encargado de defender los puentes para impedir que las gentes de los barrios y de la Casa del Pueblo se volcaran sobre el centro de la capital, sosteniendo el tiroteo con los elementos que había en la Casa del Pueblo y ocasionándoles varios muertos y heridos. Con la Guardia Civil actuó conjuntamente la fuerza del Regimiento de Infantería de guarnición en Málaga. El teniente Manuel Fernández Nespral salió del cuartel de Capuchinos al frente de una sección de máquinas de acompañamiento, poniéndose a las órdenes del capitán Huelín y emplazando su unidad junto al cuartel de la Parra en la plaza del Comandante Benítez.

El coronel de Infantería Claudio Alaes Bayona marchó a hacerse cargo del cuartel de Asalto, en el Gobierno Civil, encontrándose en el trayecto a la compañía que a las órdenes del capitán Huelín proclamaba el estado de guerra. En el Gobierno Civil el gobernador José Antonio Fernández Vega había convocado urgentemente a los principales líderes políticos y sindicales del Frente Popular para organizar la resistencia popular de la ciudad y junto al capitán Molino la defensa del edificio por las fuerzas de Asalto. Tenían sacos terreros colocados en las ventanas y ametralladoras en la parte alta del mismo y milicianos armados apostados por los árboles del parque, que dispararon contra la compañía cuando llegó al Boquete del Muelle[10].

En la Aduana y Gobierno Civil la compañía de infantería del capitán Huelín fue recibida a tiros. El capitán «dirigió la palabra para manifestarles que teniendo orden escrita del Gobernador Militar de bombardear la Aduana, no lo hacía por lo mucho que los quería desde el tiempo que fue Capitán suyo. Estas manifestaciones indudablemente dirigidas para provocar una reacción favorable entre los guardias rebeldes, dio el fruto contrario, pues estos lo interpretaron como un síntoma de debilidad por parte del Ejército, recuperando una fe y una moral que tenían casi perdidas», según un capitán comprometido con la sublevación[11]. Según otras versiones, el bombardeo no se produjo por la exigencia del teniente Nespral, encargado de la sección militar de los sublevados, de recibirla por escrito[12].

Hacia las once de la noche el alférez del Cuerpo de Asalto Teodoro Martínez Vicente fue enviado por el gobernador civil a parlamentar con el general Patxot, a quien rogó depusiera su actitud por ir en contra del régimen legalmente constituido. El general le contestó que obedecía órdenes de Queipo de Llano, jefe de la División, a lo que el alférez contestó que dicho general era también un sublevado. El comandante militar le replicó: «Tengo orden de tomar el Gobierno Civil y lo tomo». El emisario gubernamental le volvió a suplicar que desistiera de su propósito para evitar derramamiento de sangre, pues en la Aduana había cuatrocientos guardias y quinientos milicianos llenos de pujanza y valor, completamente armados y dispuestos a morir por la República. El general dijo que había terminado ya de parlamentar: «he dicho que lo tomo y lo tomaré»[13].

Las fuerzas militares tuvieron dominado el centro de la población, salvo el reducto del Gobierno Civil, entre las diez de la noche y las cuatro de la madrugada aproximadamente, cuando recibieron órdenes del Gobierno Militar de retirarse a su cuartel. En su propia declaración ante la justicia republicana que le condenó a muerte, el general Patxot adujo que intentó ponerse en varias ocasiones en contacto telefónico con el general Queipo de Llano y que no lo logró. Tampoco este contestó a su telegrama enviado ante la angustia que le producía la presión de los emisarios del gobernador civil para que se rindiera. Esto fue lo que decidió hacer hacia las cuatro de la madrugada, al sentirse abandonado por Sevilla[14]. Otra versión dice que ordenó la retirada «debido a que el general Patxot sostuvo una conferencia telefónica con Martínez Barrios, el que le desorientó diciéndole que toda España se encontraba ya calmada y se formaría un Gobierno que estableciera el orden inmediatamente»[15]. Quizás es la versión más divulgada pero tal vez la menos creíble: si hubiera obedecido la orden del gobierno republicano no hubiera sido tratado como lo fue por la justicia republicana. Otra hipótesis apunta a que el general pudo dar marcha atrás tras la destitución del coronel Gómez Carrión realizada por teléfono por el general Pozas y aceptada por el jefe de la Guardia Civil[16]. En la propia declaración del coronel de la Guardia Civil, este no habla para nada de su destitución, y declara que simplemente decidió seguir las órdenes que le comunicó de madrugada la Inspección General de la Guardia Civil para que se apartara del «movimiento faccioso». Ordenó retirar sus fuerzas, lo que comunicó al gobernador civil y al general Patxot[17]. Tal vez esta decisión sí pesó en la que tomaría minutos después el comandante militar, quien era consciente, además, de la dificultad que entrañaba tomar el Gobierno Civil, salvo a costa de muchos muertos.

Los oficiales pensaban que la orden de retirada no suponía abandonar la sublevación, según uno de los protagonistas, «si no estimando ganado el Movimiento en Málaga se retiraron a descansar y entraron en el Cuartel dando vítores patrióticos»[18]. El capitán Huelín tenía claro que la orden era el reconocimiento del fracaso del alzamiento. Se replegó al cuartel y desde allí se presentó al general Patxot: «Mi general, está usted engañado y aunque hubiese fracasado el Movimiento en toda España, como asegura, nosotros nunca hemos de darnos por vencidos. Para eso hubiésemos estado en el cuartel», replicó a su superior[19]. Ante la actitud del general, el capitán se arrancó las estrellas del uniforme y se marchó hacia su domicilio. Allí fue posteriormente detenido y semanas después fusilado.

A las siete de la mañana del día 19 las milicias populares asaltaban La Unión Mercantil, situada en el número 4 de la calle de Córdoba. Posteriormente fueron ocupando posiciones estratégicas en el resto de la ciudad. El movimiento había pasado de dominar el centro de la ciudad a perderlo en cuestión de pocas horas, ante la retirada ordenada por el general Patxot, según un testigo presencial[20].

La sublevación fracasó por distintos motivos. Para el coronel de Infantería Claudio Alaes Bayona, juez militar, que había sido ayudante del general Mola en Marruecos, los errores vinieron de la conspiración. Él fue quien puso a los conspiradores, con el general Patxot al frente, en contacto con Mola. Este dejó actuar libremente, no tomó la dirección absoluta «faltando por ello la unidad de mando tan necesaria para la situación en que se encontraba Málaga». No había una conspiración y preparación, sino varias: la del Regimiento, con el capitán Huelín; la de la Guardia Civil con el coronel Fulgencio Gómez Carrión; la de los falangistas, auspiciada por el capitán Hernando. El declarante era el enlace de todos ellos ante el general Queipo de Llano. La sublevación fracasó «al carecerse de la debida dirección, colocaron la situación en extremo imposibilitada de éxito de no haber una gran energía en el momento de actuar, cosa que faltó en el momento decisivo»[21].

Los falangistas reprochaban que el gobernador militar, general Patxot, no solo no quisiera contar con ellos sino que los despreció. El día 17 de julio, el jefe de milicias falangistas accidental, Carlos Assiego Codes, recibió aviso del capitán Hernando, uno de los enlaces militares en la preparación del movimiento, citándole para las seis de la tarde del día siguiente en el Gobierno Militar. Una vez allí, el jefe de las milicias falangistas ofreció al general la cooperación de más de doscientos falangistas que estaban avisados y preparados. «Volvió de nuevo al Gobierno Militar el declarante a las siete y media y esta vez le dijo el General que no se podía consentir que el pueblo creyera que se trataba de un Movimiento Falangista y que iba a dar órdenes a los soldados de hacer fuego contra todo paisano armado que circulara por la calle cualquiera que fuera su ideología»[22]. Los falangistas estuvieron esperando toda la noche para ver si el capitán Hernando convencía al comandante militar, pero la espera resultó en vano.

El capitán de Infantería José María Estevan y Estevan, enlace del movimiento, fue en distintas ocasiones a Sevilla para preparar la sublevación. El comandante de Estado Mayor del general Queipo de Llano, Manuel Escribano Aguirre, le prometió que enviarían un Tabor de Regulares para reforzar las fuerzas sublevadas. Nunca llegó[23].

Para un responsable de la Guardia Civil «el Movimiento fue mal preparado y mal llevado, pues no debió declararse el Estado de Guerra sin por lo menos haber concentrado las fuerzas de la Guardia Civil de toda la provincia, con lo que se hubiera decidido el Movimiento, pues se contaba con casi toda ella y ya estaban avisados los Capitanes para que en el momento oportuno recibieran las instrucciones que nadie les dio»[24].

Un capitán de la Guardia de Asalto fiel a los conspiradores insistió en dos ocasiones ante el general Patxot para que retrasara el movimiento un día, al coincidir en el retén de guardia del día 18 varios oficiales opuestos a él. A las 16.30 del mismo día 18 fue llamado por el general para comunicarle que iba a declarar el estado de guerra, y quería saber con qué oficiales contaba en la Guardia de Asalto. Le informó que los oficiales opuestos daba la circunstancia casual que estaban de servicio con fuerzas afectas, por lo que el capitán Espejo le pidió tiempo para organizar las fuerzas de Asalto leales, sugiriéndole retrasar el movimiento a la mañana siguiente: «el aludido Capitán solicitó entonces que le concediera una hora siquiera para que, con pretextos imaginarios alejar de la Aduana a las fuerzas de Molino y una vez conseguido, avisarle y dar un golpe de sorpresa en el Gobierno Civil. Tampoco a esta proposición accedió el General Patxot, ordenándole que reuniese a todos los oficiales afectos y desafectos y procurase atraerlos a aceptar lo que se disponía». Otros errores se dieron en el cerco de la Aduana y Gobierno Civil. El primero, la escasa intimidación del capitán Huelín; el segundo: «Un cañonazo o una granada de mortero hubieran sido de resultado eficaz; pero llegaron noticias de que la compañía de ametralladoras y la Sección de máquinas de acompañamiento habían quedado en el Campamento Benítez a 10 o 12 kilómetros de Málaga y que eran transportadas a lomo; imprevisiones que con otras no alcanzaban a comprender»[25].

Las conclusiones que se observan de la mayor parte de bibliografía han sido recientemente revisadas por Juan A. Ramos[26]. Para este autor, el alzamiento fracasó en Málaga porque no estaba suficientemente preparado y no contaba con el apoyo del general Patxot. Este estaba informado, «todo le llegaba de segunda mano y de inferiores», pero no comprometido. El general Patxot nunca llegó a reunirse con Queipo en fechas anteriores al mismo. Tampoco habló con Martínez Barrio para que este le convenciera de que se rindiera.

No parecen muy lógicas sus conclusiones a la vista de la documentación de la Causa General. Tampoco de la conservada en la causa 93/36, en la que se encuentra el bando por el que declaraba el estado de guerra realizado unos días antes del estallido del alzamiento, siguiendo los dictados de Sevilla, y firmado por el propio general Patxot, como él mismo reconoció en su declaración ante el tribunal republicano[27]. Pero sobre todo parecen ilógicas sus conclusiones por el resultado, pues el general Patxot y el resto de encausados por el delito de rebelión en Málaga fueron asesinados por las milicias populares el 22 de agosto, sin dar tiempo a que el tribunal que juzgaba los hechos dictara sentencia. Grupos armados con varios miembros de los Comités de Enlace y Salud Pública sacaron de la prisión a los militares detenidos y los ejecutaron, en respuesta al bombardeo de la ciudad por la aviación sublevada.

El propio general Queipo confirma en sus memorias que no se reunió con él, pero telefónicamente hablaron en numerosas ocasiones. Al general Queipo de Llano no le extrañó la tibieza de Patxot, a quien conocía bien. Según su testimonio[28], al ordenarle declarar el estado de guerra, Patxot le respondió con múltiples dudas e interrogantes: «comenzó a preguntarme qué se había hecho en las otras guarniciones, cuántos eran los elementos con que contábamos, qué actitud adoptaría el gobierno…». Por fin prometió dar cumplimiento a sus órdenes, pero durante toda la tarde y la noche llamó en varias ocasiones a Queipo para solicitar información sobre el resto de Andalucía y de España, manifestándose de forma pesimista constantemente, por lo que no le extrañó que diera marcha atrás y rindiera las tropas cuando tenían dominada la ciudad, salvo el foco de resistencia del Gobierno Civil. «Le aseguré que por la mañana llegarían a aquella plaza tropas de Marruecos y que entonces se rendirían o se tomaría aquella dependencia oficial», relata el general Queipo. Pero de poco sirvió la promesa.

El 11 de julio, seis días antes del estallido en Melilla, el comandante José Cuesta Monereo, principal organizador de la conspiración en el seno de la II División, realizó un informe para el general Queipo de Llano sobre el grado de compromiso de los mandos. Según exponía en el mismo, el general Patxot era reacio al alzamiento, pero «a última hora, parece accedería si movimiento es el de Mola, que es el que le inspira confianza»[29]. Esto es lo que debió suceder; accedió sin estar muy convencido y arrastrado por el impulso de Queipo de Llano, pero al mínimo contratiempo se echó atrás.

Tras la derrota de los sublevados, la provincia de Málaga se convirtió prácticamente «en un estado independiente con los antiguos límites del reino moro de Granada. Los pequeños trenes funcionaban pero no iban muy lejos; la correspondencia entraba y salía, aunque sólo a algunos lugares. Granada, Algeciras, Cádiz y Sevilla eran ahora enemigos»[30].

6.3. Cádiz, puerto de las tropas de Marruecos

6.3. CÁDIZ, PUERTO DE LAS TROPAS DE MARRUECOS

Algeciras debía ser la ciudad receptora de la segunda de las columnas de regulares y legionarios. Ante el fracaso de Málaga, el triunfo del alzamiento en Cádiz y las poblaciones costeras del Estrecho resultaría determinante para la estrategia de los sublevados, tanto en el alzamiento como en el desarrollo de la guerra, pues sirvieron de único puente naval a las tropas de Marruecos.

En la capital gaditana, el general Varela fue quien tomó el mando de las tropas sublevadas el 19 de julio, mientras el general López Pinto mantenía enlace con Sevilla y las demás guarniciones afectas al movimiento[31]. Este último era el comandante militar de la plaza, y había sido recibido en audiencia por el presidente de la República unos meses antes. Azaña, años después, recordaba su hipocresía, no tanto por su visita, pues era habitual recibir los miércoles a los jefes y mandos militares, sino por el tono empleado y palabras pronunciadas:

López Pinto, rojo de emoción me decía: «Señor Presidente, mi persona, mi empleo de general, la plaza de Cádiz (era allí comandante militar) y su guarnición, están incondicionalmente a las órdenes de V. E.». Tuve que moderar su calor, haciéndole observar que no era una adhesión personal a mí, sino a la República y al Gobierno, lo que se requería. Después, López Pinto se sublevaba en Cádiz y fusilaba a su compañero el comandante de artillería Mariano Zapico, gobernador civil[32].

Según el testimonio del general Queipo de Llano[33], el general López Pinto fue el primero que se comprometió con él, antes del estallido. El 18 de julio Queipo le volvió a llamar, esta vez para notificarle que se había apoderado del mando de la división y que acababa de proclamar el estado de guerra en Sevilla. López Pinto le preguntó por otras provincias, a lo que le contestó Queipo que él era el primer jefe militar con el que hablaba: «Su adhesión, en la que creo ciegamente —le dijo—, me servirá para hablar en plural a los otros comandantes militares, que se creerán así más garantizados para adoptar su determinación cuando les hable». El jefe de las fuerzas militares de Cádiz le contestó inmediatamente: «Está bien, mi general; voy a dar cumplimiento a sus órdenes».

El general Varela, con su prestigio, consiguió el respaldo del Regimiento de Infantería y del Regimiento de Artillería. Poco antes de amanecer, el general con parte de sus tropas y escoltado por quince falangistas y cuatro o seis guardias civiles se dirigió al muelle para esperar y proteger el desembarco de las fuerzas de África. Durante el trayecto fueron hostilizados con pistolas ametralladoras desde las azoteas y balcones de la calle San Francisco, Isaac Peral, edificio de la Tabacalera, iglesia de Santo Domingo y estación del ferrocarril. En la calle Isaac Peral fue herido de un balazo en el pecho un guardia civil, otro leve en un pie y de rozadura de bala en la cabeza el jefe de Milicias de Falange Manuel Mora. Como los regulares no llegaban, marcharon hacia el centro de la ciudad.

Las fuerzas del general Varela llegaron a la plaza de Argüelles antes que las fuerzas de infantería, formando y declarando allí el estado de guerra. Al poco tiempo llegó la fuerza de infantería al Paseo de Canalejas, llevando consigo dos compañías ametralladoras y un cañón de infantería. Ante la negativa del gobernador civil de acatar la declaración del estado de guerra, el general Varela ordenó se hiciera fuego contra el Gobierno Civil.

Tras una hora y media de fuego de fusil, ametralladoras y cañón, el comandante Baturone entró en el edificio pidiendo al gobernador la rendición de sus tropas, a lo que se opuso la máxima autoridad provincial. Las fuerzas que cercaban el edificio, una compañía de Guardias de Asalto y fuerzas de infantería y artillería, continuaron con el fuego una vez evacuadas las mujeres y niños.

Hacia las seis de la mañana del día 20 apareció en la lejanía el destructor Churruca acompañado del vapor mercante Lázaro con tropas que traían un Tabor de Regulares de Infantería y un escuadrón pie a tierra. Dichas fuerzas junto a falangistas de la localidad marcharon a paso ligero desde el muelle hacia el Gobierno Civil. Al ver el despliegue de tropas, el gobernador civil izó bandera blanca, proponiendo la rendición, que fue aceptada sin condiciones. El gobernador, junto a las personalidades que le acompañaban, como el presidente de la Diputación, el teniente coronel de Carabineros, el capitán de Corbeta Gumersindo Azcárate y su propio secretario, fueron conducidos a prisión. Las masas populares y concejales concentrados en el Ayuntamiento salieron precipitadamente por la puerta trasera al conocer la llegada de las fuerzas de Marruecos. Las tropas continuaron recorriendo las calles para reducir los focos de resistencia.

La noche del 20 de julio el alzamiento había triunfado tanto en la capital como en algunas poblaciones de la provincia cercanas a ella, como Vejer, Puerto de Santa María, San Fernando y Jerez de la Frontera, hacia donde habían salido destacamentos de regulares tras la victoria en Cádiz a primeras horas del día. En Jerez la sublevación triunfó gracias a la adhesión del comandante militar de la plaza, Salvador de Arizón y Mejías, marqués de Casa Arizón[34]. El alcalde le llamó y, según relato de la máxima autoridad militar, le dijo:

Arizón me extraña mucho su manera de proceder, que no haya venido a la Alcaldía como lo han hecho las demás Autoridades, para entre todos acordar las medidas a tomar; además me dicen que ha ordenado V. movimiento de fuerzas dentro de la población y eso no lo puedo tolerar.

No sé lo que habrán hecho las demás Autoridades —le contestó en presencia de los oficiales—, pero sé lo que yo tengo que hacer, y lo haré saltando por encima de todo, pues cuento con elementos más que sobrados para imponer mi voluntad[35].

El comandante militar declaró el estado de guerra y en primer lugar ordenó ocupar la Radio. La primera noticia fue la lectura del bando de guerra. La Guardia Civil, aunque no se sumó, tampoco opuso resistencia. Otra unidad marchó a tomar el Ayuntamiento. El alcalde Oliver ya le había anunciado por teléfono que no resistiría: «Descuide V. cuando llegue el Capitán se levantará acta y le haré entrega, no quiero ser culpable de que corra la sangre en Jerez». En efecto, llegó el capitán y se le hizo entrega del Ayuntamiento. Posteriormente, con la ayuda de civiles, ocuparon los edificios públicos, entidades bancarias, Teléfonos, Telégrafo, Fábrica Eléctrica, Fábrica de Gas, etc. Se formaron patrullas para vigilar y controlar la ciudad.

Tabla 19

Bando de guerra de Jerez

Don Salvador de Arizón y Mejías, Comandante Militar de la Plaza de Jerez de la Frontera,

Hace saber al pueblo de Jerez que declarado el estado de guerra en toda España, toma el mando total de la Plaza, hasta la próxima llegada de las fuerzas del Tercio y Regulares, que al mando del Excmo. Sr. General Don José Varela Iglesias, se encuentra en marcha hacia esta plaza.

Asimismo hace saber a todos los elementos de orden la obligación moral y material que tienen de ayudar a las fuerzas del Ejército, presentándose a ser posible con armamento en el Cuartel de Fernando Primo de Rivera.

Todo el que contravenga las órdenes de mi Autoridad, será severísimamente juzgado y en el acto pasado por las armas.

Fuente: Archivo General Militar de Ávila, C. 2479, Leg. 273 Bis, Armario 4, Carpeta 12 Bis. «Hechos ocurridos en los primeros días del Alzamiento», por Salvador de Arizón.

En San Fernando el jefe del Batallón de Infantería de Marina, teniente coronel Ricardo Olivera Manzorro, recibió del general Varela las últimas instrucciones de la sublevación el día 17 de julio[36]. El dominio de la ciudad, en principio, no parecía una cuestión fácil, porque había una gran cantidad de obreros trabajando en la Constructora Naval. Esa misma noche los falangistas también intentaron prepararse. Hacia las nueve de la noche del 17 llegó la orden de alzamiento a Miguel Aceytuno, quien en un doble techo en el cuarto de baño de su casa tenía escondidas armas, municiones y propaganda. Se pasó toda la noche movilizando a los falangistas disponibles, que al día siguiente se presentaron en el cuartel.

Poco después de las 15 horas del día 18 de julio salieron del cuartel de Infantería de Marina tres compañías a las que se unieron dos de Marinería. La compañía que mandaba el capitán Ignacio Gavira proclamó el estado de guerra en toda la población. El resto de la fuerza ocupó militarmente la ciudad y la Constructora Naval, procediendo a detener a responsables políticos y sindicales del Frente Popular. El alcalde y sus concejales, que estaban reunidos en el Ayuntamiento, fueron detenidos por el propio teniente coronel y el comandante Ricardo Isasi, que se dirigieron al edificio consistorial a los pocos minutos de declararse el estado de guerra. Las calles quedaron vacías, transitando por ellas solamente las patrullas militares y, a las pocas horas, la Guardia Civil, que se sumó al movimiento la madrugada del 18 al 19.

El día 19 se mandó una compañía de Infantería de Marina, al mando del capitán Juan Conforte, a Puerto Real, donde un grupo de obreros habían cortado la carretera, aislando a la población. A los pocos minutos de llegar declararon el estado de guerra y se apoderaron de la población. A Chiclana también se mandó una sección con el capitán Carlos Díaz Calderón al frente, que auxiliada por la Guardia Civil proclamó el estado de guerra, nombrando nuevo Ayuntamiento.

En San Fernando parecía incuestionable el triunfo del alzamiento, pero sobre las 23 horas del 20 de julio se produjo la «revuelta» de la marinería del Parque de Artillería del Arsenal y del puesto de La Placilla, que intentaron retomar el control de la República. Una sección de Infantería de Marina dominó pronto la situación en el cuartel de la Carraca, pero al día siguiente se agravó para los sublevados, por los cañonazos lanzados desde los cañoneros Cánovas del Castillo y Lauria, fondeados en los caños del Arsenal. La marinería se había apoderado de los barcos. Desde ambos buques se hacían constantes disparos de cañón. A ellos se sumaron al amanecer del día 22 varios grupos civiles organizados que rompieron el fuego desde las azoteas de las casas contra las fuerzas militares que custodiaban el Ayuntamiento, Plaza de la Iglesia y Grupo Escolar de Quintanilla. Las fuerzas de Infantería de Marina sofocaron la resistencia al alzamiento ese mismo día, consolidando definitivamente la sublevación. Por un lado la compañía destacada en el Arsenal impidió que las tropas de los buques bajaran a tierra, tomando posiciones a ambas orillas del río y disparando constantemente a los barcos. Sobre las dos horas y treinta minutos de la madrugada fue alcanzado con un proyectil el tanque de gasolina del Lauria, incendiándose el buque rápidamente. Sus hombres se trasladaron al Cánovas del Castillo, desde donde se hacía fuego constantemente, aunque a los pocos minutos un proyectil lanzado desde tierra desmontó un cañón del barco. Además de esta importante merma, poco a poco se iban agotando las municiones. Cuando se acabaron en su totalidad el cañonero izó bandera blanca, sobre las seis y media de la mañana. Los prisioneros fueron desembarcados y conducidos al crucero Navarra, donde fueron encerrados. Por otro, el comandante general del Arsenal pidió a Cádiz una compañía de Regulares. Cuando llegó colaboró con los soldados de Infantería de Marina en la rendición de las fuerzas obreras instaladas en las azoteas del centro de la ciudad.

En La Línea había destacado un batallón del Regimiento de Infantería n.º 7 Pavía, de Algeciras. El día 18 llegaron desde esta población —según relato de un testigo[37]— dos capitanes y dos tenientes para hacerse cargo del destacamento porque los oficiales no querían declarar el estado de guerra. Los suboficiales se opusieron y el brigada Gabriel Sánchez se hizo con la situación, tomando el mando y enviando a Gibraltar a los oficiales insurrectos. A las diez y media de la mañana del día 19, el cañonero Dato disparó seis proyectiles sobre el Ayuntamiento y el cuartel, haciendo dos impactos, uno en cada edificio. Las tropas leales (diecinueve suboficiales y ciento seis soldados) se rindieron hacia las tres de la tarde ante la falta de municiones y el despliegue de fuerzas sublevadas. Sobre las cinco y media de la tarde un Tabor de Regulares se hizo cargo de la ciudad. A los pocos minutos, los civiles armados y los carabineros dispararon a los regulares que estaban esperando en la puerta y en camiones para ir a Málaga, causándoles unas cuarenta bajas.

En Algeciras el alzamiento estuvo protagonizado por el teniente coronel Manuel Coco Rodríguez, segundo jefe del Regimiento de Pavía n.º 7, de guarnición en la ciudad, y de la Comandancia Militar del Campo de Gibraltar. Según su versión[38], ante la actitud sospechosa del coronel primer jefe tuvo que proceder a la declaración del estado de guerra y a lanzar rápidamente las fuerzas a la calle ocupando posiciones estratégicas. Con un batallón de unos trescientos hombres y algunos falangistas tuvo que hacer frente a las masas populares que se resistieron y al segundo batallón del mismo regimiento, que se encontraba destacado en La Línea. Marchó a la Comandancia de Carabineros en busca de la adhesión de sus fuerzas o, cuanto menos, para neutralizar su potencial, compuesto por unos cien hombres. Después de sus palabras, nadie contestó su grito de ¡Viva España! Entonces, pistola en mano, repitió el grito, que fue contestado por la tropa. Ante la actitud sospechosa de los mandos y de sus fuerzas, procedió con la ayuda de un Tabor de Regulares a desarmar a todos los carabineros y a arrestarlos en el cuartel de Infantería. El alzamiento había triunfado, aunque pocos días más tarde hubo un intento de recuperar la población por parte de una columna republicana, que ya se había apoderado de San Roque. El teniente coronel, acosado por varios frentes, decidió salir a su encuentro con una sección de Artillería y un Tabor de Regulares. Logró alejarla de Algeciras y alrededores. Posteriormente en sucesivos combates consiguió conquistar los pueblos de Manilva, La Almoraina, Castellar, Jimena y Gaucín, uniendo de este modo la zona por la costa y el ferrocarril a Bobadilla.

Esta operación resultó clave para el desembarco de las tropas y material del Ejército de Marruecos el día 5 de agosto. Las fuerzas desembarcadas formaron el grueso de la ofensiva por Andalucía y del camino hacia Madrid. Como represalia por este convoy, el 7 de agosto Algeciras sufrió un terrible bombardeo de unas diez horas de duración por parte de la escuadra y aviación republicana. El centro de la ciudad experimentó grandes destrozos. El teniente coronel Coco evitó no solo la rendición de Algeciras, sino también el desembarco de tropas republicanas desde varios puntos distantes.

6.4. Sevilla, aeródromo del Ejército de África

6.4. SEVILLA, AERÓDROMO DEL EJÉRCITO DE ÁFRICA

Me dispuse a cumplir un compromiso que tenía todos los caracteres de un sacrificio. [General Queipo de Llano.][39]

El 10 de agosto de 1932 el general Sanjurjo, instalado en la ciudad de Sevilla, se autoproclamaba capitán general de Andalucía, ordenaba la destitución de todas las autoridades del gobierno y declaraba el estado de guerra en toda la región. El general se quedó solo ante la reacción gubernamental, con una ciudad tomada por las masas obreras. Sevilla había sido protagonista de la Sanjurjada y fue la clave del 18 de julio de 1936[40]. No se contaba con el jefe de la II División, general José Fernández de Villa-Abrille, fiel al Gobierno, ni con la mayor parte de los jefes y oficiales, que no habían comprometido su participación. La guarnición sevillana no había olvidado la experiencia de la Sanjurjada ni su represión, que había causado la ruina de la carrera de decenas de oficiales. Además, se temía la reacción de las potentes milicias de los barrios obreros. Mola confió en Queipo de Llano y acertó, pues consiguió ilusionar a las fuerzas militares sevillanas en muy poco tiempo y consolidar la conspiración en la mayor parte de las provincias andaluzas. El general resultó ser uno de los principales protagonistas de la sublevación militar, por lo difícil de la misión que se le encomendó y por el resultado obtenido.

Pero el triunfo del alzamiento en Sevilla no fue debido solo a Queipo, ni fue fruto de la improvisación[41]. Cuando el general Queipo de Llano visitó en mayo Sevilla por primera vez como encargado de la sublevación en la capital andaluza, pudo comprobar lo avanzado de los planes. Los comandantes Cuesta Monereo y Álvarez Rementería no habían perdido un solo minuto desde marzo en organizar la conspiración, y contaban ya con firmes compromisos de los principales cuerpos militares, incluida la Guardia Civil.

Sobre las 13.15 del 18 de julio, el general Queipo de Llano salió del Hotel Simón hacia la Capitanía General para iniciar la sublevación. Allí solicitó de nuevo al general de la división la incorporación a la misma:

Al verme acercar en el patio y vestido de uniforme —siempre le visité vestido de paisano— no pudo disimular su sorpresa y me dijo: ¿Qué vienes a hacer aquí?

—A decirte que ha llegado el momento de que te decidas: o con tus compañeros del Ejército o con ese Gobierno que lleva a la Patria a la ruina.

—Yo estaré siempre de parte del Gobierno, replicó.

—Pues traigo orden de la Junta del Ejército de levantarte la tapa de los sesos. Como soy buen amigo tuyo, no quiero recurrir a la violencia, pues espero que te convenzas de tu error.

—Repito que siempre estaré a las órdenes del Gobierno.

—Pues tengo que matarte o encerrarte. De modo que te encerraré. Pasa a tu despacho.

—Pasaré; pero conste, señores —dijo volviéndose a todos— que obedezco ante la violencia.

—Sí, ante la violencia; pero anda al despacho, dije empujándole suavemente.

Y volviéndose hacia sus acompañantes, repitió varias veces que constase obedecía ante la violencia[42].

El general Villa-Abrille había salvado su vida, sin duda, por su discreción ante el gobierno. Era conocedor de la trama y de las visitas de Queipo de Llano a Sevilla, pero no había informado al ejecutivo. Se negó en varias ocasiones a hablar personalmente con Queipo, porque si esto sucedía, advirtió, entonces sí se vería obligado a comunicarlo a instancias superiores. El general López Viota y tres comandantes se unieron a Fernández de Villa-Abrille en su arresto en Capitanía. Queipo se hizo dueño de la Capitanía General e inmediatamente ordenó a todas las comandancias militares andaluzas que proclamaran el estado de guerra, lo que se haría de forma desigual.

Posteriormente, Queipo se dirigió al cuartel de San Hermenegildo, donde se alojaba el Regimiento de Infantería de Granada n.º 6. No fue bien recibido por el coronel Allanegui ni por el resto de jefes y oficiales. Al final logró convencer al comandante José Gutiérrez Pérez para que se hiciera cargo del regimiento, arrestando a los jefes del mismo. Hacia las dos y media de la tarde, el comandante ordenó formar a toda la tropa presente, unos ciento treinta soldados. Queipo soltó una de sus fervientes arengas.

Queipo llamó al coronel Santiago Mateo Fernández, jefe del Regimiento de Caballería Taxdirt n.º 7, quien se negó a secundar al general. Varios oficiales adeptos se hicieron con el control del cuartel de Caballería y detuvieron al coronel. También el comandante jefe del aeródromo de Tablada, Rafael Martínez Esteve, se negó a sumarse a los sublevados, pero al mismo tiempo se opuso a cumplir la orden del gobernador civil para que bombardeara la sede de la II División y la Plaza Nueva. A medianoche la base de Tablada se rindió.

Hacia las seis de la tarde del día 18 el teniente coronel de la Guardia Civil Pereita se presentó a Queipo para ponerse a su disposición con toda la fuerza que tenía en Sevilla. Según comentó al general, el coronel se empeñaba en permanecer a las órdenes del gobierno y celebraba conferencias con todos los pueblos de la provincia para que así lo hiciesen todos sus subordinados. «Ordené la detención de aquel coronel y la Guardia Civil quedó incorporada al Movimiento», recuerda el general Queipo[43]. Las fuerzas de Carabineros, que en la mayor parte de provincias se mantuvieron fieles a la República, en Sevilla se pusieron a las órdenes del general Queipo inmediatamente, aunque poco le pudieron ayudar, por quedar su cuartel en un barrio dominado por las milicias. El general ordenó a su jefe, coronel Pilar, que permanecieran recluidos hasta que mejorara la situación.

El general ordenó que se constituyese una compañía de noventa hombres que protegiese la proclamación del bando de guerra. Salió en cuanto estuvo redactado (en casi todas las provincias este llevaba escrito muchos días, lo que prueba la poca confianza que tenía el propio Queipo en la victoria), al mando del capitán Ignacio Rodríguez Trasellas. La compañía regresó ante la imposibilidad de dar cumplimiento a la orden recibida, porque circulaban por las calles tres blindados que hacían fuego con las ametralladoras. Las tropas volvieron a salir con el acompañamiento de un cañón, logrando reducir a los blindados y proclamar el estado de guerra.

La mayor parte de los jefes y oficiales se oponían a la sublevación, pero no lucharon contra ella con la energía necesaria. Esta actitud favoreció a Queipo de Llano, lleno de garra y entusiasmo. El general se hizo desde el primer instante con el control de la plaza militar estratégicamente más importante de toda Andalucía. Desde la medianoche del 18 al 19 de julio, unos cuatro mil militares culminaron la ocupación de todos los centros e instituciones oficiales, rigurosamente preparada por el comandante de Estado Mayor José Cuesta Monereo, uno de los protagonistas del golpe de Sanjurjo. La artillería tuvo que actuar en varios objetivos, como Telefónica o el Hotel Inglaterra, ante la resistencia de la Guardia de Asalto y de los milicianos.

Queipo logró hacerse con una situación difícil ante la falta de compromiso de los jefes militares. Sin embargo, uno de los pocos que tenía le falló. «Pepe el Algabeño» (José García Carranza), torero y falangista, le había prometido mil quinientos falangistas. A primera hora de la tarde del día 18 marchó a movilizarlos, pero llegó la noche y no aparecieron más que quince. Según el Algabeño, no habían podido venir de los pueblos por estar cortados los caminos[44].

En la mañana del día 19 fracasó el intento de auxilio a las autoridades republicanas por parte de una columna de mineros de Riotinto y Nerva, interceptada a las afueras de la capital andaluza por la traición del comandante de la Guardia Civil Haro Lumbreras. Entre los días 20 y 23 de julio se fueron sofocando los reductos de oposición al golpe que se generaron en los barrios de Triana, La Macarena y San Bernardo, procediéndose a un violento exterminio de los opositores y simpatizantes republicanos que se prolongaría hasta enero de 1937, arrojando un trágico balance de más de tres mil víctimas[45].

La victoria de Sevilla tuvo un gran impacto ante la opinión pública, sobre todo por la dificultad con la que abordaba el alzamiento el general Queipo. No contaba con unidad alguna ni con ningún jefe de cuerpo. Le apoyaban su ayudante, López Guerrero; el comandante Cuesta; dos capitanes de Artillería en el servicio de Aviación, Aguilera y Carrillo; tres capitanes de Estado Mayor, Escribano, Gutiérrez y Flores; el capitán de Ingenieros Corretjer; un torero, «Pepe el Algabeño»; y pocos oficiales más. Estas eran su fuerzas iniciales, a las que se sumaron en cuanto comenzó la sublevación ciento veinte hombres del Regimiento Granada de Infantería y sesenta de Ingenieros, estos últimos encargados de ocupar el Parque de Artillería, lo que resultó una victoria estratégica de suma importancia. Minutos después se incorporaron cuarenta hombres de Intendencia, que a las órdenes del comandante Núñez ocuparon la Telefónica. A continuación se unió la Caballería, muy poco después la Artillería y, por último, la Guardia Civil y los Carabineros.

Entre el 18 de julio, en que fueron ocupados los municipios de Écija (con comandancia militar subordinada), La Lantejuela y La Luisiana, y el 11 de septiembre de 1936, que quedaron definitivamente bajo control de las fuerzas sublevadas las localidades de Algámitas y Villanueva de San Juan, las tropas del general Queipo de Llano culminaron una vasta operación que integró en el denominado «bando nacional» a la totalidad de los 102 municipios que entonces comprendía la provincia de Sevilla.

Ante el fracaso de la sublevación en Málaga, Sevilla resultó clave para los sublevados por ser cabecera del puente aéreo de las tropas del Ejército de África. El traslado de las tropas hacia la Península empezó el 20 de julio, con el puente aéreo entre Tetuán y la base aérea de Tablada, en Sevilla.

6.5. La marcha hacia Madrid, por Extremadura

6.5. LA MARCHA HACIA MADRID, POR EXTREMADURA

Cuando Sevilla acabó de ser dominada por las fuerzas de Queipo, el general Franco envió allí al coronel Francisco Martín Moreno, antiguo colaborador suyo en el Ejército de Marruecos, para que organizara las tropas que debían marchar hacia Madrid y que habían comenzado a llegar ya a la Península. El 2 de agosto, varios días antes de lo previsto, Franco se trasladó de Tetuán a Sevilla. Según parece, quería impedir que Queipo siguiera utilizando estas tropas a su antojo. Las pérdidas provocadas en las operaciones lanzadas por las provincias de Cádiz, Huelva y Sevilla irritaban a Franco, que animaba al coronel Martín Moreno a frenar a Queipo de Llano haciéndole cumplir sus órdenes «con la máxima energía posible»[46].

El general Franco instaló su cuartel general en plena Puerta de Jerez, en una casa palaciega cedida por Teresa Parladé. Desde allí organizó y dirigió la marcha hacia Madrid con los hombres que venían llegando desde el Marruecos español. Solo hasta el 5 de agosto pasaron de Ceuta a Algeciras ocho mil hombres y numeroso material de guerra.

La agrupación de tropas africanas mandadas por el teniente coronel Carlos Asensio Cabanillas partió de Sevilla el 2 de agosto, transportada en camiones hacia Extremadura. Al día siguiente salió de Sevilla el comandante Antonio Castejón Espinosa con una fuerza semejante y por el mismo camino. El 7 de agosto partió una tercera agrupación al mando del teniente coronel Heliodoro Tella Cantos.

Franco eligió la ruta que partiendo de Sevilla atravesaba Extremadura, en lugar de la directa por Despeñaperros, que era 80 kilómetros más corta. Opinaba que así podría avanzar con el flanco izquierdo protegido por la frontera portuguesa y evitaría el peligro de las fuerzas que Miaja había concentrado en Montoro (Córdoba). La decisión de Franco de avanzar por Extremadura fue muy cuestionada por sus jefes militares y lo ha sido por los historiadores militares. Para Gabriel Cardona[47], por ejemplo, un buen general habría hecho lo contrario, marchando hacia el objetivo principal a la mayor velocidad y por el camino más corto. Con mayor motivo cuando los rebeldes dominaban Córdoba y podía hacer los primeros 150 kilómetros por territorio propio. Además, al ritmo que avanzaron las columnas africanistas desde Sevilla, al encontrarse con Miaja habían sumado unos 6000 hombres, de los cuales más de la mitad eran de infantería africana, que habrían derrotado fácilmente a los hombres de Miaja, un conglomerado puesto bajo su mando a los que mantenía en orden con dificultades.

Pero quizás Franco tenía en el punto de mira el Alcázar de Toledo. Kindelán, Orgaz y Yagüe no fueron partidarios en septiembre de 1936 de acudir a rescatar de la agonía a Moscardó en el Alcázar, en pleno avance hacia Madrid. El general Franco optó por su liberación invocando factores espirituales. En realidad, necesitaba ese éxito de prestigio que los medios internacionales magnificaron para hacerse elegir, poco después, como Generalísimo y jefe del Estado. Franco admitió más tarde que la operación había sido un error militar deliberado. Este «error rentable» significó otra batalla de Madrid, un cambio completo en la naturaleza de la guerra, que se alargó tras la reorganización del Ejército republicano que ese respiro del episodio toledano procuró a la defensa de la capital y que adquirió el estatus de guerra internacional, con la irrupción de nuevas armas, el incremento de efectivos y la intervención de combatientes llegados de todo el mundo[48].

Badajoz, donde había fracasado el alzamiento, figuró desde un principio en los planes de la columna de Madrid[49]. La provincia extremeña tenía un alto contingente de fuerzas militares y de vigilancia y seguridad, que podría sumar en gran parte a las de la marcha hacia la capital de la República. En 1936 contaba con el Regimiento Castilla n.º 3, las Cajas de Recluta n.º 6 y n.º 7 (esta en Villanueva de la Serena), el Departamento de Intendencia, el Cuerpo de Seguridad y Asalto, el 11.º Tercio y la Comandancia de la Guardia Civil, la 13.ª Comandancia de Carabineros y la plana mayor de la 2.ª Brigada de Infantería.

El 18 de julio el gobernador civil reaccionó con prontitud, convocando en el Gobierno Civil a las autoridades y a los dirigentes del Frente Popular. La presencia del comandante de la Guardia Civil José Vega garantiza la fidelidad de un cuerpo dudoso. Algunos suboficiales se pusieron de inmediato al servicio de las autoridades y varios de ellos participarán después en la organización y preparación de las milicias. Además, el gobernador ordenó la rápida detención de más de trescientas personas de ideología derechista. Las organizaciones obreras, mientras tanto, se lanzaron a vigilar los cuarteles.

Pero el mayor protagonismo de estos primeros instantes lo tuvieron las masas populares, que se lanzaron a la calle inmediatamente en defensa de la República, «porque si algo tuvieron claro los sublevados fue que el alma del Badajoz republicano y antifascista estuvo constituida por carabineros y milicianos, lo que sería recogido en las propias sentencias de los consejos de guerra al especificar que la resistencia procedía principalmente de estos y que las fuerzas del Regimiento Castilla rehuyeron el combate con los ocupantes en la medida de lo posible»[50].

Los militares anduvieron desaparecidos. Los falangistas, concentrados en la capital procedentes de varios pueblos de la provincia, no lograron entrar en contacto con ellos. Tampoco aparecieron las armas prometidas. El responsable de la conspiración, capitán de Estado Mayor Julián García-Pumariño Menéndez, se había marchado a Cádiz el 16 de julio, convencido del fracaso de su misión. Justificó esta decisión en el escaso apoyo encontrado tanto en el ámbito castrense como en el civil, a excepción de Falange, que puso a su disposición seiscientos hombres, y de unos trescientos militares retirados. La Guardia Civil —salvo su jefe, el comandante José Vega Cornejo— parecía proclive a la sublevación, como parte de la Guardia de Asalto. La Comandancia de Carabineros era contraria.

La tarde del día 19 los conspiradores se reunieron en el café El Gallo. Por parte de los militares asistieron el teniente coronel Emilio Recio y los capitanes Luis Andreu, Otilio Fernández y Leopoldo García. El capitán Manuel Carracedo, de la Guardia Civil, aseguró que, salvo el jefe de la Comandancia, todos estaban dispuestos a sumarse a la sublevación. Decidieron ponerse en contacto con el coronel José Cantero Ortega para plantearle la urgencia de la sublevación. Este había sustituido al frente de la guarnición al general Luis Castelló, que pasó al Ministerio de la Guerra ese mismo día. El coronel se negó a secundar a los golpistas.

La madrugada del día 21 el coronel Cantero recibió una orden de Madrid para que un batallón saliera hacia la capital de la República. Minutos después reunió a todos los oficiales para comunicarles la orden recibida. Los partidarios de la sublevación sabían que, de cumplirse, ya no tendrían más oportunidades para lanzar de nuevo el alzamiento. Se formaron dos posturas encontradas, que casi llegan al enfrentamiento armado. Según un informe del Gobierno Civil de Badajoz de 1941[51], entre los oficiales partidarios de la sublevación destacó el entonces teniente Pedro León Barquero, «que llevó la voz, para exhortar a sus compañeros a desobedecer las órdenes del Gobierno marxista y declarar el Estado de Guerra, sublevándose en favor del Alzamiento Nacional». El principal actuante en contra fue el alférez Joaquín Borrego, «que proclamó se debía defender al Gobierno de la República, respetando el clamor del pueblo, que pedía no sublevarse a favor de los facciosos». Por mayoría, los oficiales decidieron sumarse a la sublevación.

En un principio los suboficiales no se adhirieron a la invitación que les realizaron los oficiales, pero luego fueron convencidos por la insistencia de que debían ir todos juntos. Se crea una gran confusión. Unos preparan la declaración del estado de guerra. Otros avisan a la Casa del Pueblo y a las autoridades. El coronel Cantero logra hacerse con la situación y forma rápidamente el batallón, que en ese mismo instante es enviado a Madrid al mando del comandante José Ruiz Farrona. En él marcharon varios de los oficiales partidarios de la sublevación, con lo que esta queda definitivamente abortada.

La capital quedaba de forma definitiva fiel a la República. En días sucesivos, sin embargo, en algunas poblaciones como Azuaga, Villanueva de la Serena o Fregenal, la Guardia Civil protagonizó distintos actos de oposición a las órdenes de las autoridades republicanas. Especialmente graves fueron los incidentes de Villanueva, donde se llegó a cortar la comunicación ferroviaria con Madrid. Los sublevados consiguieron dominar la población durante diez días. Los focos de sublevación fueron controlados por columnas mixtas de militares leales y milicias.

El 26 de julio llegó a Badajoz el coronel Ildefonso Puigdengolas, en funciones de comandante militar, que había aplastado la sublevación en Alcalá y Guadalajara. Será el encargado de la defensa de Badajoz ante la columna de Madrid, a partir del 14 de agosto. Las fuerzas africanas chocaron con la primera resistencia sólida al llegar a Badajoz, donde Puigdengolas había organizado a sus hombres amparándose en las antiguas murallas. Durante muchos años se ha creído que Badajoz fue una especie de Numancia extremeña, conquistada por heroicos legionarios lanzados al asalto en la brecha de la muerte. La investigación de Francisco Espinosa ha desvelado que poco pudieron hacer los republicanos contra los bombardeos y la superioridad militar enemiga. Aguantaron cuanto les fue posible. La resistencia a ultranza, según este autor, fue una leyenda inventada por los vencedores para justificar la terrible represión y política de exterminio que siguió a la conquista de la denominada por él «columna de la muerte»[52].

En Cáceres, sin embargo, la sublevación triunfó con facilidad. El gobernador civil de la provincia, Miguel Canales, se negó a entregar armas a las organizaciones obreras por creer en la fidelidad de la Guardia Civil, Guardia de Asalto y Regimiento Argel. En el cuartel del regimiento, los oficiales comprometidos esperaron durante toda la noche del día 18 la consigna de Valladolid, cabecera de la región militar, ordenando la declaración del estado de guerra. Finalmente, tras el control de la capital vallisoletana en la madrugada del día 19 por las fuerzas de Saliquet, se recibió la orden de sublevarse.

El mismo 19 de julio, a primeras horas de la mañana, el gobernador insistía en que el coronel Manuel Álvarez le había prometido no sublevarse. Sin embargo, poco después, hacia las once, guardias civiles y de asalto, junto a falangistas (armados en el cuartel de la Guardia Civil) y militares del regimiento salían a la calle desfilando con música y tambores. A las doce y media daban lectura al bando de guerra en la plaza sin contar con ninguna oposición[53].

Minutos antes de comenzar el alzamiento se personaron en el despacho del coronel Álvarez Díaz los tres componentes de la Junta Militar que habían coordinado la conspiración en la provincia: comandante González y capitanes Visedo y Viñeta. Iban acompañados del líder provincial de Falange, Manuel Villarroel. El coronel pidió consultar a Valladolid la situación. «No es el momento de consultar sino de decidirse», le replicó el capitán Visedo. «O está usted con nosotros y, por tanto, firma el bando para que las fuerzas salgan a la calle, o, en caso contrario pase a esa habitación quedando arrestado», añadió. El coronel quedó pensativo unos segundos y mirando a los cuatro exclamó: «¡Viva la República! A continuación firmó el bando, ordenando la salida de las fuerzas del cuartel»[54].

Rápidamente se formó a la tropa en el patio del cuartel, que fue arengada por el coronel. Después, este encomendó al comandante Linos encabezar la compañía que, sobre las once de la mañana y al toque del himno de Riego, salió del cuartel en dirección a la plaza de Santa María, en el centro de la ciudad. Mientras, el comandante Vázquez procedía a detener al teniente coronel jefe de la Comandancia de la Guardia Civil, Ángel Hernández Martín, por su declarada lealtad al gobierno republicano. El comandante tomó el mando de las fuerzas, que se sumaron al alzamiento en su totalidad.

El comandante Linos, al frente de un centenar de militares, desfiló por las calles de Canalejas y General Ezponda hasta llegar a la Plaza Mayor, donde leyó el bando de guerra firmado por el general Saliquet, como jefe de la VII División. A continuación se ocupó el Ayuntamiento sin encontrar ninguna resistencia. De allí pasaron a la plaza de Santa María, donde estaban ubicados, en un mismo edificio, el Gobierno Civil y la Diputación Provincial. Se dio lectura nuevamente del bando y a continuación se procedió a la ocupación de dichos organismos. El gobernador ordenó a la Guardia de Asalto no enfrentarse a las fuerzas sublevadas, para evitar derramamiento de sangre. La Compañía de Asalto, formada en el exterior del Gobierno Civil, decidió unirse a los militares. Miguel Canales fue destituido. Posteriormente fue procesado en consejo de guerra y, pese al cargo que tenía, no fue fusilado, tal vez por la decisión de renunciar a la oposición armada al levantamiento.

Controlados los organismos oficiales, y una vez colocadas ametralladoras en la calle de San Juan, Plaza Mayor y otros sitios estratégicos, la Guardia Civil se encargó de dominar los restantes puntos neurálgicos de la ciudad, como la estación de ferrocarril, Correos, Telégrafos y Teléfonos. Con posterioridad se dirigieron a las sedes de las organizaciones obreras y partidos políticos republicanos y la Casa del Pueblo, que fueron clausuradas.

Las fuerzas militares de Plasencia también apoyaron el golpe de Estado y tomaron el control de la ciudad una vez eliminada la débil resistencia que organizaron los defensores de la República. La mayor parte de las localidades de la provincia cacereña fueron sometidas inmediatamente por efectivos de la Guardia Civil y, en algunos casos, del Cuerpo de Carabineros, que también se habían sumado a la sublevación.

En todo este tiempo las fuerzas sublevadas que partieron de Sevilla aumentaron notablemente sus efectivos en tierras extremeñas. Guardias civiles, militares y paisanos se sumaron a la columna de Madrid.

6.6. Huelva, republicana por unos días

6.6. HUELVA, REPUBLICANA POR UNOS DÍAS

Huelva contaba con la Caja de Recluta n.º 12, una compañía del Regimiento Granada n.º 6, la 12.ª Comandancia de Carabineros, una compañía de Asalto y la Comandancia de la Guardia Civil. En todos estos cuerpos existían oficiales y suboficiales favorables a la sublevación, en contacto con el comandante del Estado Mayor de la II División José Cuesta Monereo. Sin embargo, la mayor parte de los jefes se mostraban contrarios al alzamiento, como los tenientes coroneles Julio Orts Flor y Alfonso López Vicencio, de la Guardia Civil y Carabineros, respectivamente, y el capitán Pascual Ruiz Yagüe, de Asalto. La excepción más notable era la del comandante Alfonso Gómez Cobián, de la Caja de Recluta. La lealtad de esos jefes, junto a la decisiva actuación del gobernador civil, Diego Jiménez Castellano, resultaron las claves fundamentales del fracaso de la sublevación en Huelva[55].

El general Queipo de Llano llegó a Huelva la tarde del 17 de julio con el pretexto de entregar una bandera en el cuartel de Carabineros de Isla Cristina e inspeccionar el puesto de Ayamonte. «Nada tendría de extraño que en realidad se hubiera desplazado hacia esa zona fronteriza por lo que pudiera pasar»[56]. La mañana siguiente, después de entrevistarse con el gobernador y reafirmarle su fidelidad a la República, partió para Sevilla, reclamado por el comandante Cuesta.

El gobernador actuó rápido, convocando a primera hora de la tarde del día 18 de julio a los principales líderes políticos y sindicales republicanos y autoridades civiles y militares. Además, ordenó la detención de varios elementos destacados de la derecha y de Falange. El comisario jefe del Cuerpo de Investigación y Vigilancia se puso en contacto con los jefes de la Comandancia de la Guardia Civil y de Carabineros para iniciar el alzamiento, pero su respuesta fue negativa[57]. Sobre las 20 horas del mismo día 18 salieron de la ciudad en dirección a Sevilla varias camionetas conduciendo fuerzas de la Guardia Civil y Asalto, que iban a combatir a los sublevados de Sevilla. Mientras, estallaban algunos enfrentamientos. Uno de los derechistas detenidos a última hora de la noche fue abatido por los disparos de un sindicalista apodado «Malas ideas». Al ser detenido, se generaron tumultos en la calle y hubo un intento de asalto a la Comisaría para liberar al detenido y ajusticiar a los derechistas. Tras intenso tiroteo, los asaltantes desistieron de sus intenciones, aunque procedieron al incendio y saqueo de varias iglesias y conventos.

El día 21 de madrugada salió de Huelva en tren una compañía de Infantería de guarnición en la cárcel (ochenta y cinco soldados con un capitán al frente) y noventa obreros armados de la capital y de pueblos limítrofes, mandados por un dirigente socialista. En San Juan del Puerto se les unieron milicianos de Riotinto y pueblos de los alrededores.

Una vez Sevilla en poder de las fuerzas militares sublevadas, estas dirigieron su mirada a las poblaciones y provincias cercanas. El sur de la provincia de Huelva se convirtió en objetivo prioritario por dos razones[58]. La primera, la posibilidad de que al puerto de Huelva llegase alguna unidad de la escuadra republicana, controlando así la navegación por el Atlántico, la desembocadura del Guadalquivir y la ciudad de Huelva. La segunda, la comunicación con Portugal por Ayamonte, que suponía la relación con un país favorable a los sublevados y la apertura de una vía de paso con otras zonas sublevadas del oeste.

La primera columna que salió de Sevilla en dirección a Huelva fue la dirigida por su nuevo alcalde, el capitán de corbeta Ramón Carranza. El primer pueblo de Huelva al que llegó la Columna Carranza fue Hinojos, el 24 de julio. A partir de esa fecha las fuerzas militares fueron tomando la mayor parte de las poblaciones de la provincia, llegando a la capital el día 29. El último intento de frenar el avance de las tropas de Queipo se realizó el lunes 27, cuando estas estaban en La Palma del Condado. El teniente coronel López Vicencio al mando de una compañía de Carabineros, media de la Guardia Civil, una sección de Asalto y una compañía de Infantería decidió salir a su encuentro. Buena parte de sus oficiales decidieron no secundarle, por lo que ordenó regresar a Huelva. La llegada de López Vicencio a la capital el día 28 de julio representó el principio del fin de la Huelva republicana, pues dio paso a la desbandada general. Las autoridades comenzaron a salir de la ciudad.

La noticia de que el gobernador civil y otros dirigentes del Frente Popular habían huido se extendió rápidamente por toda la ciudad. En el Gobierno Civil y cuarteles de la Guardia Civil, Asalto y Comisaría se produjeron tiroteos. «A los pocos momentos de comenzar el tiroteo se personaron en el Gobierno Civil —según relato del comisario Lumbreras— un pelotón de fuerzas de la Guardia Civil que coadyuvó con las que allí había a la liberación de la Capital, y cuyo pelotón era mandado por un Oficial de este Instituto, haciendo entrega a este Oficial por representar a la Autoridad Militar del Gobierno Civil, del que en los primeros momentos hube de hacerme cargo»[59].

Entre las diez y media y las once de la noche del día 28 las fuerzas de Varela Paz ocuparon el Ayuntamiento y el Gobierno Civil. Desde allí, en el mismo centro de la ciudad, en medio de un gran estruendo de disparos, se fueron extendiendo por la ciudad. Durante toda la noche hubo frecuentes tiroteos con las milicias, totalmente desorganizadas. En la Casa del Pueblo se opuso cierta resistencia, perdiendo la vida dos de sus defensores. La noche se saldó con más de trescientos detenidos. Sobre las ocho de la mañana del día 29, fuerzas de la Guardia Civil, Infantería y Asalto se desplazaron a la estación de ferrocarril para proteger la llegada de la columna de Sevilla, que lo hizo en dos trenes al mando del comandante de la 4.ª Bandera de la Legión José Viena Trápaga. Eran fuerzas del Tercio, de Intendencia, de Artillería y de Falange. Con ellas también llegaron Carranza y su columna. A las once de la mañana del 29 de julio, el capitán Gumersindo Varela Paz comunicó a Sevilla la ocupación definitiva de la capital onubense. Huelva arrastró en su caída a más de media provincia, aunque la resistencia de los pueblos mineros impidió a las tropas franquistas dominar toda la provincia hasta el día 21 de septiembre de 1936.

6.7. Triunfo de los sublevados en Granada y Córdoba

6.7. TRIUNFO DE LOS SUBLEVADOS EN GRANADA Y CÓRDOBA

En la ciudad de Granada los oficiales sublevados consiguieron el 20 de julio que el general Miguel Campins Aura, quien en principio se resistía a sumarse al alzamiento, firmara el bando proclamando el estado de guerra. El 18 de julio había reunido a sus jefes y oficiales para indicarles las acciones del gobierno para abortar el alzamiento, haciéndoles ver que la intentona estaba controlada. A última hora del día el general Queipo de Llano le ordenaba declarar el estado de guerra, pero Campins no solo no lo lleva a cabo, sino que además se puso en contacto con las comandancias militares de Almería y Málaga —subordinadas a Granada— para advertir a sus titulares que no secundasen las órdenes cursadas desde Sevilla. «Dígale que yo no hablo con traidores», contestó con energía al oficial que le llamó por teléfono por orden de Queipo de Llano para saber si había declarado el estado de guerra, como le había ordenado, y pedirle ese oficial que hablara con el jefe de la II División[60].

Acto seguido, Campins ordenó acuartelar todas las fuerzas. La madrugada del 19 se intensificaron los contactos entre los jefes y oficiales comprometidos con la sublevación, especialmente en el Regimiento de Artillería Ligera n.º 4 y en el Regimiento de Infantería Lepanto n.º 5. El día 20, Campins visita el cuartel de Artillería. Allí el coronel Muñoz Jiménez le comunica que «El alzamiento no lo para nadie; la decisión es irrevocable». El general Campins, desautorizado, es trasladado al Gobierno Militar y obligado allí a firmar el estado de guerra, a lo que accede ante la presión y la casi unanimidad de los jefes y oficiales militares[61].

Desde la declaración del estado de guerra, fuerzas del Regimiento de Artillería, de la Guardia de Asalto y de la Guardia Civil, a las que se unieron algunos grupos falangistas, pasaron a controlar las instituciones de la capital, deteniendo al gobernador civil, al presidente de la Diputación Provincial y al alcalde. La resistencia obrera más importante se produjo en el barrio del Albaicín, pero fue vencida a cañonazos días después. También esa tarde las fuerzas artilleras sublevadas, con algunos guardias civiles y falangistas, se hicieron cargo del aeródromo de Armilla sin ninguna resistencia.

Según el testimonio de dos testigos de los acontecimientos, los hermanos José María y Bernabé Bérriz Madrigal[62], el mismo día 18 de julio, al tenerse noticia en Granada del movimiento militar de Melilla y Ceuta, una gran masa de gente se concentró en la plaza del Carmen, ante el Ayuntamiento y en el interior del mismo, pidiendo armas para defender la República. Al día siguiente, la plaza del Carmen era un hervidero, y la calle Duquesa, sede del Gobierno Civil, se llenó de obreros y republicanos. Hasta el día 21 los granadinos no supieron realmente con quien estaban. El 18 los gritos por la calle eran de «muera el fascio». El 19 las fuerzas militares patrullaban las calles y se oyeron disparos, pero no se sabía a quien defendían. Hasta el 21 no se afirma la situación con claridad: «Hoy hemos sabido que estamos sublevados, secundando el movimiento de Sevilla», escribe Bérriz. Circulan camiones con tropa gritando ¡Viva España!, ¡Muera la República! A cada momento se oyen tiros. El comercio está cerrado y no se ve a nadie por las calles.

Las fuerzas militares llegaron a la plaza del Carmen, donde se bajaron los soldados de los camiones y comenzaron el despliegue por el centro de la ciudad y por los centros oficiales. Emplazaron un cañón y ametralladoras enfrente del Ayuntamiento. Una batería se emplazó frente a la Casa del Pueblo y otra frente a la sede de la CNT. El capitán Nestares, al mando de la Guardia de Seguridad y Asalto, se apoderó de la Comisaría, donde se produjo el primer muerto, un miliciano que cargaba dinamita y armas para llevar a Jaén y disparó sobre la fuerza al verse sorprendido. Un guardia de Asalto le tiroteó. Desde la Comisaría, Nestares fue al Gobierno Civil, apoderándose del edificio. Sólo quedaba el foco de resistencia del Albaicín.

En vista de que en la noche del 21 los obreros del Albaicín seguían haciendo fuego sobre la ciudad, la autoridad militar ordenó que a las dos y media de la tarde del día 22 baterías de artillería emplazadas en el Fargue y en la Alhambra rompieran fuego sobre el barrio, mientras los aviones lo bombardeaban. Hasta esa hora se dejó bajar a las mujeres y niños. Empezó la bajada del Albaicín a Granada desde muy temprano, «yo no sé las miles de criaturas que bajaron por la calle Calderería, viejas, mujeres, niños, hombres y mocitos, todos con líos de ropa, máquinas de coser a cuesta y los hombres con niños en los brazos y hombros y muchos con sus radios». A la hora prevista voló sobre el Albaicín un aeroplano y cuando empezó a disparar con su ametralladora, empezaron a ondear en los tejados sábanas y demás ropa blanca en señal de rendición y la fuerza militar lo tomó sin apenas disparar un tiro.

Los Bérriz ponen de manifiesto en sus cartas y almanaque la indecisión del general Campins, gobernador militar de la plaza, informado y condescendiente primero con la conspiración, opuesto en cuanto estalló y obligado a firmar el bando de declaración del estado de guerra el día 20 superado por los acontecimientos. Fue al cuartel de Artillería a comprobar por qué no se habían entregado las armas al pueblo, que él había autorizado. En el cuarto de estandartes los jefes y oficiales pistola en mano le obligaron a firmar el bando, metiéndolo en un automóvil en compañía de oficiales que lo dejaron en el Gobierno Militar arrestado. «Se dice que el Coronel de Artillería le entregó una pistola para que se suicidara pero el General no encontró pertinente el consejo». Campins fue trasladado a Sevilla y fusilado el 16 de agosto, a pesar de la mediación de su buen amigo Francisco Franco, con el que coincidió como subdirector cuando Franco dirigía la Academia Militar de Zaragoza. Le acusaron de que con su indecisión el movimiento había fracasado en Málaga, Almería y Jaén, cuyas guarniciones estaban pendientes de lo que hacía Granada.

En Córdoba el 18 de julio a las 14.30 el general Queipo de Llano telefoneó al coronel de Artillería Ciriaco Cascajo, notificándole el éxito de la declaración del bando de guerra en Sevilla, por lo que debía proceder inmediatamente a declarar el estado de guerra en Córdoba. La pasividad del gobernador civil, Rodríguez de León, fue determinante. No solo no hizo nada, sino que encima despreció el ofrecimiento de lealtad del jefe del Tercio de la Guardia Civil y del responsable de la guarnición de Asalto. Tal vez por ello aunque se adhirieron a la República, no movieron ni un fusil en contra de los sublevados. Tampoco se entusiasmó ante el ofrecimiento realizado por el alcalde de Peñarroya de varios camiones con mineros y dinamita[63].

Hacia las tres de la tarde el coronel Cascajo comunicó al gobernador que, siguiendo órdenes del general Queipo de Llano, se encargaba del gobierno de Córdoba e iba a proclamar el estado de guerra. Los principales líderes políticos y sindicales marcharon rápidamente al Gobierno Civil reclamando armas para el pueblo, que ya estaba comenzando a organizarse. La delegación del Frente Popular exigía al gobernador actuar con decisión para evitar que los militares y falangistas de la provincia pudieran hacer causa común con los sublevados de Marruecos. Como si nada estuviera pasando, el gobernador, relata un testigo presencial,

aseguró que el orden estaba totalmente asegurado y que no hacía falta tomar ninguna medida excepcional ya que se contaba con la plena fidelidad de los mandos del ejército y con el de toda la fuerza pública. La discusión fue en extremo violenta, pues los comisionados exigían la inmediata puesta en práctica de enérgicas medidas para impedir la sublevación, indicando los rumores de los jefes militares que estaban comprometidos con los sublevados, entre los cuales se encontraba el designado para jefe de la sublevación en la provincia, coronel Cascajo, jefe del regimiento de artillería que guarnecía la capital. El Gobernador sostenía que cualquier medida especial que se tomase irritaría a los militares, lo que sería lanzarlos al campo de la sublevación en contra de su propia voluntad[64].

Las autoridades municipales, mientras tanto, permanecieron más activas. El alcalde, miembros de su corporación y numeroso público se atrincheraban en el Ayuntamiento con la pretensión de su defensa a toda costa.

Hacia las cinco de la tarde, en el patio del cuartel de Artillería, ante la tropa formada del Regimiento de Artillería Pesada n.º 1, únicas fuerzas del Ejército que había en la capital, se leyó el bando de guerra del coronel Cascajo, en el que anunciaba que se hacía cargo de la provincia. También había numerosos civiles. Eduardo Quero se encargó del reparto de armas a los falangistas y requetés y de organizar las escuadras y los puntos estratégicos de la ciudad asignados a cada una de ellas. «No fue necesaria la lucha en estos puntos, porque la clase obrera, descoordinada, no pudo o no supo oponer resistencia. Los civiles armados salieron a patrullar por Córdoba (alrededor del centenar. Al día siguiente, domingo, ya eran dos mil), bien como apoyo de la tropa, bien para intimidar a la población y evitar la concentración de grupos»[65].

Las tropas del coronel Cascajo salieron a las calles a publicar el bando de guerra y a ocupar los edificios públicos. Se apoderaron de la emisora de radio, de la central de Telégrafos, Teléfonos y Correos. Marcharon hacia el Gobierno Civil. Los artilleros, con la colaboración de falangistas y requetés, hostigaron su sede, donde permanecían resistiendo las autoridades fieles a la República y más de doscientos guardias de Asalto. A las seis de la tarde el coronel ordenó acabar con la resistencia. Poco después, y ante la negativa del gobernador a rendir sus fuerzas (según parece por presión de los líderes políticos y sindicales), comenzó el ataque de fusiles y ametralladoras. Hacia las ocho de la tarde resonaron en toda la ciudad las bombas de los cañones, situados estos en las inmediaciones de la plaza de toros, a unos doscientos metros del objetivo. Una hora después se izó bandera blanca[66].

El gobernador no pudo esperar la llegada de tropas de auxilio, prometidas por el ministro de Gobernación. La mayor parte de los encerrados fueron fusilados días después. No así el gobernador, que recibió un trato más que amable de las nuevas autoridades. «Tal amabilidad de los sublevados obedecía, forzosamente, a los servicios prestados aquella tarde, negándose a continuar una defensa para la que el Gobierno le había prometido ayuda»[67].

Esa misma noche los artilleros, acompañados de falangistas armados, consiguieron controlar toda la ciudad. La ocupación del Ayuntamiento se hizo sin ningún tipo de resistencia. Posteriormente se hicieron con la sede de la CNT, Centro Comunista y la Casa del Pueblo, que fue incendiada. Grupos aislados de obreros reaccionaron quemando parcialmente las iglesias de Santa Marina y San Agustín y destrozando algunos altares e imágenes. Esta fue la última resistencia a los militares sublevados.

Los militares rebeldes de la capital fueron asediados por diferentes columnas de milicias gubernamentales que venían de las cuencas mineras de Almadén, Villanueva de Córdoba, Carolina y Linares. «Esta situación de precario control de los rebeldes sobre la capital cordobesa perduraría hasta los primeros días del mes de agosto, cuando la manifiesta incapacidad mostrada por la columna gubernamental dirigida por el general Miaja haría desistir definitivamente a las autoridades republicanas de sus intenciones con respecto a la recuperación de la ciudad de los califas»[68].

La sublevación de la capital había estimulado la de los pueblos, que contaron ahora sí con la colaboración de la Guardia Civil. El 19 de julio, cuarenta y ocho de los setenta y cinco municipios se adhirieron a la sublevación. La zona más importante de Córdoba que permaneció leal a la República fue la cuenca minera de Peñarroya-Pueblonuevo y el noroeste de la provincia. Particularmente dura fue la lucha por la posesión de Puente Genil, nudo de comunicaciones ferroviarias, que los sublevados querían a toda costa tener libre para el transporte de tropas procedentes de Marruecos. Allí las autoridades del Frente Popular contando solo con las milicias obreras locales, casi desarmadas y al frente de las cuales se encontraba, entre otros, el dirigente del Partido Comunista Juan Fuentes, lograron en principio neutralizar a los falangistas locales y a la Guardia Civil, sin tomar contra ellos ninguna represalia sangrienta. Pero unas fuertes columnas armadas procedentes de Córdoba y Sevilla asaltaron el pueblo, «contando con la cooperación de los emboscados en este que no habían sufrido, como queda dicho, ninguna represalia, pasando, acto seguido, a realizar una de las más brutales masacres de toda la guerra contra la población indefensa, entre la cual fueron varios miles de personas sin distinción de edad ni sexo las que cayeron asesinadas, después de haber sido hechas prisioneras»[69].

6.8. Almería y Jaén, republicanas

6.8. ALMERÍA Y JAÉN, REPUBLICANAS

En Almería la sublevación se retrasó hasta el 21 de julio por la indecisión de los jefes militares, la falta de unanimidad y el temor a quedar aislados, según la bibliografía actual[70]. Sin embargo, pudo ser más bien por deficiencias en su preparación. Así lo reconocía, por lo menos, el comandante José Cuesta Monereo, principal organizador de la conspiración en el seno de la II División seis días antes del comienzo en un informe secreto elevado al general Queipo de Llano: «Y Almería, allá en el fin del mundo, con el pobre de Huertas de Comandante Militar, ni nos hemos acordado. Ya bailará al son que le toque»[71].

El sábado 18 el teniente coronel Huerta Topete, que no se había implicado con los conspiradores, aunque tampoco les había cerrado las puertas, mantuvo diversas conversaciones telefónicas. Habló con Sevilla, desde donde le animaban a sumarse al alzamiento. Por la tarde, Huerta mandó acuartelar a sus fuerzas, siguiendo el consejo del general Campins, comandante militar de Granada. La mayor parte de los jefes y oficiales, bien trabajados por los falangistas en los meses previos, se mostraban favorables a la sublevación. Sin embargo, Huerta no quería precipitarse, por lo que esperaba acontecimientos mostrando al gobernador civil, Juan Ruiz-Peinado Vallejo, una postura oficial de fidelidad al régimen. El día 19 recibió un telegrama del general Franco exigiéndole declarar el estado de guerra: «Declare estado de guerra, tome mando plaza y póngase a mis órdenes». El 21 de madrugada se sublevaba la guarnición granadina. Huerta Topete pensó que el momento oportuno ya había llegado.

La noche del 20 al 21 de julio los jefes y oficiales del Batallón de Ametralladoras de guarnición en el cuartel de la Misericordia de la capital, con su teniente coronel y comandante militar de la plaza Juan Huerta Topete al frente, sublevaron a las fuerzas a sus órdenes. La fuerza se componía de cuatro compañías y unos quinientos hombres, aunque en esas fechas había ciento veintiséis soldados, dos jefes, veinte oficiales, veintitrés suboficiales y treinta cabos, por estar el resto de vacaciones o de maniobras. Al batallón se unieron varios jefes y oficiales de la Guardia Civil y de Carabineros, estos al mando del coronel de la zona Toribio Crespo Puertas, quienes fueron recibidos en el cuartel con vítores y aplausos. Organizaron diversas columnas que se apoderaron del edificio de Correos y Telégrafos y de la estación de radio. Dos columnas compuestas por Carabineros y fuerzas del Ejército hicieron la declaración del estado de guerra, estampando los correspondientes bandos en la vía pública y leyendo su texto en la estación emisora de la radio local[72].

Posteriormente intentaron tomar la Casa del Pueblo y el Gobierno Civil. El primer objetivo fue conseguido a pesar de la oposición presentada por los obreros. El segundo no lo lograron gracias a la resistencia que opusieron los guardias de Asalto y las milicias populares, compuestas de más de dos mil personas, muchas venidas de los pueblos de la provincia. Los dirigentes obreros y el propio jefe de la Comandancia de Carabineros, teniente coronel Isaac Llopis, venían desde el día 18 organizando estas milicias e impartiendo una mínima instrucción.

En el Ayuntamiento de la capital la situación fue rocambolesca. En esa misma noche se concentraron el primer teniente alcalde José Santisteban Rueda acompañado del jefe de la guardia municipal, Antonio Morell Zorrilla, de todos los guardias municipales y más de veinte mineros de los pueblos de Almería, provistos de abundante cantidad de dinamita. Una vez dentro del edificio, Morell dio órdenes para que se cerrase la puerta principal del edificio y situó a los guardias y mineros en los balcones y tejados convenientemente armados de pistolas y bien provistos de cartuchos de dinamita en espera de las tropas sublevadas. Ante la tardanza de los sublevados, los mineros bajaron cansados de esperar.

A las tres de la madrugada, Rueda abandonó el edificio consistorial, quedando de jefe de la fuerza Morell. Serían las cinco menos cuarto de la mañana cuando las tropas salieron del cuartel para proclamar el estado de guerra y adueñarse de la ciudad. Poco antes, Morell había situado a varios guardias armados de pistolas en los balcones que corresponden a la parte trasera del edificio y desde los cuales también se domina la calle de Arráez con la misma finalidad que dio a los antes citados dinamiteros. Antes de dicha hora los dinamiteros bajaron del tejado, sin duda cansados de esperar,

y cuando supieron que las fuerzas del Ejército avanzaban por la calle de Arráez subieron al primer piso del edificio y vieron como los guardias municipales lejos de hacerles frente, se habían retirado de los balcones y observaban una actitud completamente pasiva. Ante ella, Morell palideció porque se dio perfecta cuenta de que no contaba con los guardias para llevar a cabo sus planes, ya que tan sólo la exigua minoría de cinco o seis guardias le era fiel en sus designios … En un descuido, el declarante subió al tejado y cerró con un candado la puerta de acceso al mismo. Y de ahí que cuando los dinamiteros intentaron subir al saber que las tropas estaban en la calle, no consiguieron abrir la puerta, no intentando forzarla ni tampoco buscaron al que depone para pedirle la llave[73].

El conato de resistencia en el Ayuntamiento, por tanto, fue sofocado desde el propio interior del edificio. Hacia las diez de la mañana la situación general quedó estabilizada. El Ejército ocupaba casi toda la ciudad y controlaba la emisora de radio. La resistencia, organizada por el propio gobernador civil, solo aguantaba en el Gobierno Civil con una veintena de guardias de Asalto, aunque contaban con milicianos dispersos por azoteas y calles. Unos y otros enviaban mensajes solicitando ayuda para culminar la ocupación o para resistir, respectivamente.

Los primeros que recibieron la ayuda fueron los gubernamentales. Alrededor de las once de la mañana, un grupo de soldados de aviación se incorporaron a la defensa del Gobierno Civil. Se trataba de unos setenta soldados mandados por un brigada que habían huido de la base aérea de Armilla (Granada) al producirse la sublevación. Además de los fusiles y municiones, traían una ametralladora, que contribuyó a la defensa del edificio. Mientras, los militares locales no contaron ni con la colaboración de los falangistas. A primera hora del día 21 no pasaban de quince los civiles incorporados. Ante ello, Huerta Topete se mostró indignado, comentando que si «esos eran los quinientos que decían tener»[74].

La situación quedó definida a favor de los republicanos a partir de la llegada del destructor Lepanto poco después del mediodía. El comandante del buque, capitán de Fragata Valentín Fuentes, envió un radiograma al teniente coronel Huerta Topete amenazándole con atacar la ciudad si no se rendía inmediatamente. Le ordenó que izara bandera blanca en la Alcazaba y en el cuartel y que tratara las condiciones de rendición con el gobernador civil.

El teniente coronel debió de comunicar rápidamente la situación al general Franco, porque este le envió un mensaje desde las emisoras africanas en tono amenazante: «Ante un remoto peligro que evitara retirándose pueblo interior, le destruiré yo con la aviación y le exigiré cuenta estrecha cobardía». Huerta Topete, sin embargo, decidió rendirse. A las 12.45 las banderas blancas eran izadas en los lugares señalados y se iniciaban las gestiones para la rendición. El general Franco hizo un último intento desde la emisora de Tetuán: «Si pacta V. o entrega la plaza se le fusilará donde se le encuentre»[75].

Tras aceptarse las condiciones de los sublevados, aproximadamente a las dos de la tarde del día 21 los jefes y oficiales del Ejército y Carabineros se rindieron y entregaron en el buque de guerra situado en el puerto. Más tarde lo hizo toda la fuerza de la Guardia Civil, bajo la amenaza de dinamitar la Comandancia, con lo que quedó sofocada la sublevación en Almería. La lucha se saldó con siete muertos y diversos heridos. En el mes de septiembre, el teniente coronel y treinta y cinco jefes y oficiales fueron condenados a pena de muerte[76].

En Jaén las fuerzas militares y de orden público no eran numerosas. Había una compañía del Regimiento de Infantería de Granada, encargado de custodiar la cárcel provincial, y un número reducido de soldados destinados a cubrir las necesidades de la Caja de Recluta. La Guardia Civil tenía unos ochocientos hombres en toda la provincia y unos setenta y cuatro en la capital. La Guardia de Asalto se componía de ochenta hombres en toda la provincia. El teniente coronel Revuelta, jefe de la compañía militar, se había manifestado en distintas ocasiones fiel a la legalidad republicana. La mayoría de la Guardia Civil y de la Guardia de Asalto, sin embargo, parecía estar de acuerdo con los conspiradores. Pero enfrente tenían a un maduro, radicalizado y muy bien organizado movimiento obrero[77].

La sublevación militar del 18 de julio fracasó estrepitosamente debido principalmente a la indecisión de los jefes de la Guardia Civil, especialmente del teniente coronel Pablo Iglesias Martínez y del comandante Eduardo Nofuentes Montero, y a la rápida y organizada reacción de las organizaciones obreras jiennenses, que lograron hacerse con la situación en un momento tan delicado. Los jefes de la Comandancia de la Guardia Civil se opusieron a cumplir la orden del gobernador civil de entregar armas a las organizaciones populares. Los responsables de estas empujaron a las masas a la obtención de las armas reunidas en los cuartelillos de cada localidad mediante actos de pillaje[78].

El 16 de julio el capitán Gallo, responsable de la UME en Jaén, recibió la orden, procedente de Sevilla, de mantenerse preparado para iniciar el alzamiento para el día 18. Avisó a los civiles con quienes había mantenido estrechos contactos para que a las tres de la tarde del día 18 acudiesen al cuartel de la Guardia Civil de la capital para unirse a los efectivos que pudieran conseguir y proclamar el estado de guerra[79]. La noche del 17 al 18 de julio cerca de quinientos hombres de las milicias de Acción Ciudadana esperaban armas en las afueras de la capital provincial. Eduardo Gallo solicitó el armamento en la Comandancia de la Guardia Civil, negándose a satisfacer tal demanda el teniente coronel Pablo Iglesias.

Al no contar con el apoyo de la Benemérita a mediodía del 18, la concentración fue pospuesta hasta las nueve de la noche, a la espera de la decisión de los jefes de la Guardia Civil. Por la noche, tras recibir a través de Radio Sevilla el bando dictado por el general Queipo de Llano declarando el estado de guerra en Sevilla y su demarcación, las escuadras falangistas jiennenses se desplegaron hacia la ocupación de los lugares previamente concertados, apostándose en las proximidades del cuartel de la Guardia Civil, mientras el mando (Junta del Alzamiento) se había instalado en el Café San Francisco. La señal convenida del disparo de un cohete no sonó, debido a la indecisión mostrada por los jefes de la Comandancia. El teniente coronel Pablo Iglesias acabó posicionándose al lado de las autoridades republicanas, cediendo las armas a las organizaciones obreras ante la solicitud del gobernador. El gobernador civil de Jaén, Luis Rius Zunón, sería el primer gobernador de toda la Península que decidió entregar las armas al pueblo.

Mientras pasaba el tiempo, las fuerzas políticas y sindicales integradas en el Frente Popular organizaron la movilización de sus efectivos. Las milicias populares, armadas, junto a guardias de Asalto consiguieron mandar a casa a los falangistas y requetés, haciéndose rápidamente en todas partes dueños de la situación. Su entusiasmo logró vencer con energía las vacilaciones de algunas autoridades, entre ellas las del propio gobernador civil al que el Frente Popular retiró su confianza en los primeros días y el gobierno se vio obligado a sustituir por un viejo dirigente del Partido Socialista y de la UGT en la provincia[80]. Las milicias y mineros de Linares formaron columnas que marcharon a defender la República por todos los pueblos de Jaén, buena parte de Granada y de Córdoba. La Guardia Civil había sido concentrada en la capital y cabeceras de compañía, por lo que se encontraron el camino libre.

El pueblo era consciente de vivir en la revolución: «Frente a los traidores, a los provocadores, cada ciudadano, cada obrero debe ser un soldado de la revolución del Frente Popular», decía un comunicado del Comité Provincial del Frente Popular publicado en el diario La Mañana el 19 de julio[81]. Surgían así las formas de organización y resistencia campesina y popular, auténticos gérmenes del nuevo poder nacido de una situación de crisis política y social generalizada.

La concentración en la capital a partir del día 19 de más de cuatrocientos guardias dio un giro inesperado a la actuación de la Guardia Civil. Santiago Cortés González y José Rodríguez de Cueto consiguieron relegar y desplazar a los jefes de la Comandancia, convirtiéndose en auténticos agitadores y artífices de un calculado conjunto de operaciones que desembocarían en la declaración en rebeldía de la mayor parte de guardias concentrados en el cuartel central de la Comandancia. También del paso a las filas enemigas de los restantes efectivos dispersos en distintos lugares de la geografía provincial. Una buena parte de los guardias civiles de Jaén acabaron encerrados con sus familiares y otros simpatizantes a lo largo del mes de agosto en el Santuario de Santa María de la Cabeza, situado en plena Sierra Morena, provocando en fechas tan tardías un auténtico alzamiento fuera ya del alzamiento. La rebelión del santuario fue finalmente sofocada el primero de mayo de 1937, creándose por el bando y el régimen de Franco una mitología sobre el asedio parecida a la del Alcázar de Toledo o a la del cuartel de Simancas en Gijón[82].

En algunas poblaciones de la provincia triunfó la sublevación, aunque momentáneamente[83]. En Fuerte del Rey la mañana del 18 de julio el comandante del puesto de la Guardia Civil, cabo Pedro Vivas Chaverna, auxiliado por la fuerza a sus órdenes y un grupo de civiles se personó en el Ayuntamiento, destituyendo a las autoridades municipales. Publicó un bando declarando el estado de guerra y ordenó la entrega de todas las armas. Mandó instalar un altavoz de radio en el lugar más céntrico del municipio, conectado continuamente con Radio Sevilla. Permanecieron en esta situación hasta el 21 de julio, fecha en que por orden superior tuvo que salir la fuerza del puesto para Jaén, lo que, unido a que en los pueblos limítrofes no se habían levantado a favor del alzamiento, motivó el regreso de las autoridades del Frente Popular a la corporación municipal. En Martos el comandante del puesto de la Guardia Civil, cabo Claudio Gamallo Gómez, planeó apoderarse de los edificios del Ayuntamiento y de la Casa del Pueblo, pero no pudo por la resistencia de las milicias populares. Sus hombres detuvieron a varios concejales e intentaron resistir, pero no contaron con ningún tipo de auxilio. El día 19 por la mañana recibieron orden de salir para Jaén, con lo que el pueblo quedó dominado por las autoridades republicanas.

En otros municipios todo quedó en un enfrentamiento armado, como en Andújar y Arjonilla[84]. En la primera población el día 19 la Guardia Civil se enfrentó a los milicianos, resultando cinco obreros muertos y siete heridos y un guardia civil herido. En Arjonilla la Guardia Civil se enfrentó a los milicianos que habían llegado de Linares, resultando un guardia herido.

En Jaén parte del fracaso del alzamiento puede atribuirse a los organizadores, al no contar con el jefe de la Comandancia de la Guardia Civil, que se había incorporado a la misma el 1 de abril de 1936. Llegaba destinado a Jaén como castigo, por las difíciles relaciones que había tenido en Logroño con las autoridades del Frente Popular. Según su testimonio, el alzamiento le cogió desprevenido, pues no sabía nada. Se enteró del mismo en el Gobierno Civil a las ocho de la mañana del 18 de julio. «Pensé seguidamente sumarme a él, pues esa era mi manera de pensar y estaba identificado con su ideal. Estudié las posibilidades de secundarlo con una acción armada; pero como no tenía en aquel momento en Jaén más que unos 47 guardias, y ya las milicias marxistas en número muy considerable y la Compañía de Guardias de Asalto era casi en su totalidad marxista, adquirí la seguridad de que fracasaría, sin conseguir otra cosa que la total destrucción de la Comandancia»[85]. Tampoco anduvo luego muy decidido, prefiriendo no arriesgar su vida y seguir instalado cómodamente en la jefatura de la Comandancia, mientras su mujer e hija se refugiaron en el Santuario de Santa María de la Cabeza. El 23 de agosto de 1936 fue destinado a la Comandancia de Guadalajara. El 6 de agosto de 1937 fue separado del servicio por desafecto al régimen republicano, con pérdida de todos los derechos y haberes.