3. La conspiración contra la República
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La conspiración contra la República
3.1. Los militares entran en contacto. Primeras tentativas
3.1. LOS MILITARES ENTRAN EN CONTACTO. PRIMERAS TENTATIVAS
En fin, mi general, aquí me tienes a tus órdenes cada día más inflado, trabajando con más gusto y viendo que las luchas y contrariedades sirven para seleccionar a los hombres; que esta selección se tendrá que hacer porque todos se irán dando cuenta de quiénes son los acomodaticios, los flojos, los vividores, y quiénes son los que ponen por encima de su bienestar y de sus conveniencias el cumplimiento del deber por duro que sea… [Carta de Yagüe a Franco de 25 de marzo de 1936][1].
Los estudios más recientes sobre la conspiración no la ven como un proceso único y bien formado, sino como un fruto de varias conspiraciones paralelas que dieron como resultado un final único muy debilitado. Para Julio Aróstegui[2], a partir de abril de 1936 hubo dos claras líneas conspirativas, que solo en el momento del alzamiento llegaron verdaderamente a fundirse para la acción: la primera se aglutinaba en torno a los generales Mola (jefe de la Comandancia Militar de Navarra, con sede en Pamplona) y Sanjurjo (residente en Estoril) y estaba integrada en un principio, fundamentalmente, por militares retirados. El líder de la segunda era Franco, indudablemente el general con más prestigio del momento, que consiguió aglutinar a generales, jefes y oficiales con mando efectivo. La conspiración de Mola fue más pública que la de Franco, consiguiendo hacerse cada vez con más generales en actividad tanto por los efectos de esa publicidad como al convencerse él y Sanjurjo de que los únicos que tenían posibilidad de sacar a los soldados a la calle eran los generales con mando de tropa. Franco permaneció a la expectativa en Canarias, siendo clara su resolución solamente a partir del asesinato de Calvo Sotelo. Enrique Sacanell[3] habla de hasta cuatro procesos conspirativos. Antes de mediados de mayo de 1936 existían cuatro proyectos insurreccionales plenamente documentados: el que encabezaba Mola bajo la dirección de Sanjurjo, el de la Junta de Generales bajo la jefatura provisional de Villegas, el que tramaba Queipo de Llano tras el cese de su suegro como presidente de la República y el que elaboraba la Junta Suprema Militar de la Comunión, que ofrecería a Sanjurjo ser la cabeza militar de sus requetés. El primero fue el que resultó triunfante.
A pesar de la opinión de la reciente historiografía, la conspiración fue una sola aunque en distintas etapas. La evolución la hizo cambiar, crecer y madurar. Fue meticulosamente preparada y estudiada, lo que permitió presentarse en julio de 1936 con una fuerte organización, aunque con algunos errores como no podía ser menos en una trama tan amplia y que se pretendía secreta.
La conspiración contra el gobierno del Frente Popular comenzó antes incluso de las elecciones que le dieron el triunfo. El punto de partida fue una reunión celebrada en Madrid, en el domicilio del general Barrera, en el mes de enero de 1936. Acudieron los generales González Carrasco, Fernández Pérez, Orgaz, Villegas y Ponte. Asistió también la Junta Suprema de la UME y algunos delegados de provincias. En previsión de la victoria de la izquierda, se acordó la ejecución del movimiento para el momento de las elecciones. En otras reuniones celebradas en días posteriores se decidió realizarlo el miércoles posterior a las mismas. El general Goded, director de la trama, decidió su suspensión pocos días antes, cuando ya algunos generales estaban en su misión de destino, como González Carrasco, que se enteró en Barcelona[4]. La sublevación no estaba madura y su fracaso parecía asegurado. Pero el germen quedó formado y listo para continuar.
Los primeros pasos de la definitiva conspiración militar contra la República que provocó el golpe de Estado de julio de 1936 se dieron a los pocos días de tomar posesión el nuevo gobierno del Frente Popular. Los generales Goded, Rodríguez del Barrio y Varela fueron las piezas clave del inicio del movimiento conspirativo, estimulado tras el traslado del primero, Franco y Mola, entre otros, fuera de Madrid. Con fecha 21 de febrero, Franco fue destituido como jefe del Estado Mayor del Ejército —nombrado por Gil Robles como ministro de la Guerra— y enviado a Canarias como comandante militar. Fanjul, también destituido, recibe destino en Madrid. Goded, inspector general del Ejército, es nombrado comandante militar de las Baleares. Y Mola, destituido como jefe de las fuerzas militares de Marruecos, es destinado a la Comandancia General de Pamplona, dependiente de la región militar con sede en Zaragoza.
Los ánimos estaban encendidos entre los trasladados. Tanto es así que, según el testimonio del ayudante de Goded[5], al día siguiente de ser destinado a Baleares este fue al cuartel de la Montaña con ánimo de lanzarse a la calle al frente de los regimientos que allí había, pero tuvo que desistir del propósito ante la oposición de los respectivos coroneles, quienes convencieron al general de abandonar una temeridad condenada al fracaso. En el mismo sentido se manifestaría uno de los presentes, el comandante Arsenio Fernández Serrano, destinado en el mencionado cuartel, quien el 17 de febrero acompañó al general Goded a la reunión que mantuvo con los jefes de las tres unidades de guarnición en el cuartel, el coronel del Regimiento de Infantería n.º 4 González Celaya, el coronel del Regimiento de Zapadores García Pruneda y el comandante del Grupo de Alumbrado Marías Marco para llevar a cabo con carácter inminente un levantamiento militar. El comandante Fernández Serrano ofreció una Compañía de Infantería y unos tanques de Artillería preparados para salir en el acto. Goded salió decepcionado ante la negativa de los jefes militares, expresando su disconformidad con el acuerdo tomado, diciendo al declarante: «Ahora se ganaría. Después costará mucha sangre, y quien sabe el resultado»[6].
La reunión clave, promovida por el general Mola y auspiciada por la UME, tuvo lugar en Madrid el 8 de marzo en casa de José Delgado, agente de Bolsa y militante de la CEDA, situada en la calle General Arrando, número 19, horas antes de la marcha hacia Canarias del general Franco. Acudieron Mola, Franco, Rodríguez del Barrio, Fanjul, Varela, Orgaz, Ponte, Villegas, Saliquet, González Carrasco y Kindelán. También el teniente coronel Galarza, en representación de la UME. Se procedió a nombrar una junta formada por varios de estos generales, sobre todo los residentes en Madrid (Rodríguez del Barrio, Fanjul, Varela, Orgaz, Villegas, Saliquet, González Carrasco, Kindelán y García de la Herrán) y, como jefe, se designó a Sanjurjo. Este era uno de los generales más condecorados de la historia de España. Como general de división dirigió el desembarco de Alhucemas, primera operación anfibia de la historia llevada a cabo con éxito. Había sido alto comisario de España en Marruecos, director general de la Guardia Civil y del Cuerpo de Carabineros. Por su intentona militar de 1932 fue condenado a muerte. Azaña aceptó conmutarle la pena capital por la cadena perpetua. Posteriormente las Cortes le amnistiaron. Residía en Estoril (Portugal), donde se encontraba exiliado[7].
Según fuentes próximas a Sanjurjo, este se negó a aceptar la jefatura de Franco receloso de él y de su entorno, tal vez, entre otras causas, por no haberse sumado a su golpe militar de agosto de 1932[8]. La versión del propio Franco resulta bien distinta:
A mí me propusieron ser quien dirigiese el Movimiento, pero no acepté, pues estaba seguro que el general Goded no me obedecería con agrado, ya que le había notado una actitud muy especial cuando desempeñé el cargo de jefe del Estado Mayor Central. Prefiero, dije, que el jefe del Movimiento sea el teniente general Sanjurjo, pues por su mayor categoría y prestigio militar, su jefatura será reconocida por todos los generales, y por su carácter modesto y sencillo se dejará aconsejar en todo lo que redunde en bien del triunfo del Alzamiento[9].
Rodríguez del Barrio, inspector general del Ejército, quedó como responsable en representación de Sanjurjo, y a su lado Valentín Galarza actuaría como jefe de Estado Mayor. Después de cinco horas de debate solo se llegaron a dos conclusiones, expuestas con energía por el general Franco: que el movimiento solo se desencadenase en el caso de que las circunstancias lo hiciesen absolutamente necesario y que tal movimiento sería exclusivamente por España, sin ninguna etiqueta determinada, sin denominación política. También se debatió sobre las tácticas posibles (sublevación en Madrid y extensión a todas las provincias o sublevación en provincias para converger sobre la capital), pero no se llegó a acuerdo[10].
Esta reunión resultó trascendental para el futuro inmediato de la conspiración, sobre todo teniendo en cuenta que su resultado fue muy distinto al planeado por el alma de la misma hasta entonces, Galarza. Pocos días antes de la citada reunión, el general Sanjurjo recibía una carta del técnico Galarza en la que le exponía sus temores sobre la persona de Rodríguez del Barrio. Para él, siempre había pretendido ser el jefe, pero en los momentos decisivos, cuando en dos o tres ocasiones todo estaba preparado para la sublevación, se había echado atrás y nada hizo, «como no fuera el manchar a los demás achacándoles la misma carencia de facultades de que él adolece y ha evidenciado una y otra vez». En cambio opinaba que Franco, también indeciso años antes, tenía ahora verdadera decisión, no importando que estuvieran fuera del centro. Galarza terminaba recomendando a Sanjurjo que no delegara el mando en ningún general, pues lo debería asumir él, y que nombrara un comité formado por Villegas, Varela y Orgaz con un jefe de Estado Mayor para organizar todos los preparativos necesarios para el golpe. Además, recomendaba que en el momento preciso del mismo, si Sanjurjo no estuviera presente en España, como era previsible, fuera Franco, al que denominaba cariñosamente «el pequeño que está fuera», el jefe de la sublevación[11].
Al día siguiente de la reunión, un automóvil con dos ocupantes paró de noche ante la casa del general Franco: era el general Varela, que en el coche del diputado señor Delgado, y conducido por este, recogía a Francisco Franco. Dentro del vehículo ambos generales concretaron los últimos pormenores de la preparación del movimiento, antes de salir Franco para Canarias. Parece ser que las últimas palabras de este al marcharse fueron: «Se me aparta de aquí, pero os juro que volveré en cuanto las circunstancias exijan mi presencia, para el bien de España»[12].
Los generales de Madrid se reunieron en varias ocasiones para preparar el movimiento. Se organizaron juntas regionales, designando las Divisiones de que cada uno debía hacerse cargo, y se formaron dos planes: uno considerar Madrid como fundamental y África como secundaria y otro a la inversa, quedando Madrid como objetivo, preparándose desde África la marcha sobre Madrid[13].
No solo se trabajaba en Madrid. Mola, desde Pamplona, dio un gran impulso a la conspiración. Mola llegó a la capital navarra la noche del 14 de marzo. «El Gral. se entregó de lleno a la redacción de instrucciones, claves, normas, prevenciones, organización de columnas, itinerarios, objetivos de estas, estando constantemente enlazado por cifrados con el Teniente Coronel D. Valentín Galarza, residente en Madrid y Jefe de E. M. del Movimiento», según testimonio de su ayudante[14]. Para este, uno de los principales colaboradores de Mola, desde la distancia, era el general Franco, con quien se relacionaba por escritos cifrados por medio del teniente coronel Galarza; del teniente coronel de Sanidad Militar Luis Gabarda Sitgar, residente en Santa Cruz de Tenerife, donde tenía montada una clínica de gran reputación médica; y de un tal Castilla de Pamplona y del comandante de Infantería retirado Sergio Arteche Ros, amigo íntimo del general Mola. El enlace en Madrid del general Franco era Ramón Serrano Suñer.
El general Francisco Franco no había participado en la Sanjurjada de 1932, entre otros motivos por creer que todavía no era el momento, debido a que el pueblo estaba aún ilusionado con el régimen, y por ver la acción poco conjuntada[15]. Pero en marzo de 1936 ya no tuvo duda: «Yo siempre fui partidario del movimiento militar, pues comprendía que había llegado la hora de salvar a España del caos en que se hallaba con los socialistas y todas las fuerzas de izquierdas, que unidos marchaban decididamente a proclamar una dictadura del proletariado, como sin reserva alguna proclamaba Largo Caballero en sus mítines y en la prensa, y sobre todo en el Parlamento»[16].
Según el testimonio del teniente coronel de Caballería Juan José Alfaro Lucio[17], que en 1936 ejercía el mando del Establecimiento de Cría Caballar y remonta de Marruecos en Larache y luego fue el responsable del alzamiento en esta ciudad, en mayo de 1936 asistió en Madrid a la Asamblea del Arma que trataba sobre asuntos de Socorros Mutuos y del Colegio de Huérfanos en representación de todos los oficiales de Caballería destinados en Marruecos. Allí tuvo conocimiento de la conspiración por el capitán José Navarro Morenés, quien después de la guerra sería ayudante del Generalísimo. Marchó a Pamplona y el general Mola le ordenó dirigirse a Franco.
Otro testimonio en el mismo sentido de implicación de Franco es nada menos que el del responsable de la UME, comandante Barba, quien unos meses antes del alzamiento fue destinado forzoso a Tenerife, al sospechar las autoridades de su implicación en la conspiración. En Santa Cruz de Tenerife tuvo ocasión de hablar con el general Francisco Franco «de todas estas cuestiones»[18]. Días antes de la fecha señalada fue trasladado a Valencia, donde participó activamente en la conspiración.
Si los propios protagonistas de la conspiración confirman la participación activa del general Franco desde el principio, no parece tener mucho fundamento la opinión de algunos especialistas, para los que Franco se sumó a la misma a partir del asesinato de Calvo Sotelo, constituyendo esta su principal consecuencia. Franco permaneció a la expectativa en Canarias, siendo clara su resolución solamente a partir del asesinato de Calvo Sotelo, opina el profesor Aróstegui[19]. Para Sacanell[20], cuya mayor aportación la realiza a través de la documentación inédita del archivo del general Sanjurjo, Franco se sumó al alzamiento en los últimos momentos: «Cuando el 23 de junio dirija su carta a Casares, no habrá descartado siquiera la idea de mantenerse fiel al Gobierno de la República. Mola le enviaría, a lo largo del mes de junio, cuatro mensajes, obteniendo la callada por respuesta. No extrañe a nadie, pues, que sus compañeros de conspiración le llamasen Miss Canarias, por lo mucho que se dejaba cortejar. Cuando por fin se decida a subir al Dragon Rapide tras cortarse el bigote para no ser reconocido, Queipo comentará: Ese bigote es lo único que Franco ha sacrificado por el alzamiento». Gabriel Cardona[21] va todavía más allá. Parece que la sublevación surgió casi al azar y que Franco pasaba por allí de casualidad. Refiriéndose al alzamiento de Melilla el 17 de julio dice: «Como no tenían ningún general al frente, telegrafiaron a Francisco Franco, comandante general de Canarias, ofreciéndole el mando». Pío Moa[22] opina también que Franco solo se decidió a participar en la conspiración tras el asesinato de Calvo Sotelo, porque no lo creía bien organizado —se había planeado como una serie de acciones violentas, pero breves y resolutivas— y esperaba hasta el final un giro en la política del gobierno. Cuando se comprometió lo hizo con absoluta resolución. Para Tusell[23], Franco tuvo un papel escaso en la conjura militar. Estuvo en la reunión del 8 de marzo en Madrid pero después, a raíz de su marcha a Canarias, desapareció del centro de gravedad de la misma. Y no solo no participó en la organización de la conspiración, sino que para muchos de los conspiradores su decisión de sumarse fue una incógnita hasta el último momento. El 12 de julio remitió un mensaje en clave («Geografía poco extensa») que implicaba su no participación en la sublevación. La noticia fue recibida con irritación por Mola. Sólo el asesinato de Calvo Sotelo provocó la intervención del general Franco.
Quizás pudo pasar que Franco hiciera un doble juego, confirmando a unos y dando largas a otros, que todo es posible en una trama golpista. Según Paul Preston[24], Franco venía jugando un doble juego, como se apreciaba en la carta que el 23 de junio de 1936 escribió a Casares Quiroga. En ella insinuaba que el Ejército permanecería leal si se le trataba como era debido; aunque más bien parecía referirse a su situación personal: si Casares le asignaba el puesto adecuado, desbarataría el golpe. Mola lo sumó a última hora por su prestigio tanto en el Ejército de Marruecos como entre las clases altas y medias, por el papel que había tenido en la represión de las insurrecciones obreras de Asturias en 1917 y 1934.
Casi mes y medio después de la reunión de Madrid, la conspiración fijó la fecha del golpe militar. El día 17 de abril la Junta de Generales se reunió en el domicilio del general González Carrasco, decidiéndose llevar a cabo el levantamiento tan solo tres días más tarde, el día 20, a las diez de la mañana[25]. La cabeza del mismo estaría en Madrid, donde, bajo la suprema dirección de Rodríguez del Barrio, los generales Varela y Orgaz se harían cargo, respectivamente, del Ministerio de la Guerra y de Capitanía. Villegas se alzaría en Zaragoza, Fanjul en Burgos, Ponte y Saliquet en Valladolid, Mola en Navarra, González Carrasco en Barcelona y Franco en África.
El sábado 18 de abril, pocas horas antes de la fecha señalada para el golpe, Rodríguez del Barrio decidió suspenderlo, tanto por la escasez de apoyos como por el conocimiento del gobierno de toda la trama por ciertas indiscreciones de la esposa del general[26], aunque ante el general Varela, a quien primero notificó el aplazamiento, alegó razones de carácter particular. El tiempo daba la razón a Galarza y a sus dudas sobre este personaje. «Varela intentó disuadirle, pero todo fue inútil. Llamadas urgentes a todas las provincias dando contraórdenes; indignación de muchos y lágrimas de requetés y falangistas, que veían defraudadas sus ilusiones»[27]. Posteriormente se comunicó la suspensión a todos los mandos comprometidos, unos presentes en la capital y otros en camino o situados ya en sus puestos de observación. El gobierno reaccionaría enviando desterrados a Orgaz y Varela a Canarias y Cádiz, respectivamente; destituyendo a Rodríguez del Barrio de la Inspección que ostentaba, y pasando a la situación de disponible a otros de los comprometidos.
El fracaso de Madrid significó el triunfo de Pamplona. Mola tomaba ahora las riendas de la conspiración en su tercera (y definitiva) etapa. Maíz, enlace de Mola, pone en boca del general estas palabras: «Ahora es cuando debemos y podemos encauzar el proyecto. Pero serenamente, sin precipitación alguna»[28].
3.2. La conspiración definitiva
3.2. LA CONSPIRACIÓN DEFINITIVA
Ha de advertirse a los tímidos y vacilantes, que aquel que no esté con nosotros está contra nosotros, y que como enemigo será tratado. [General Mola, Instrucción reservada n.º 5, 20 de junio de 1936].
La conspiración siguió en marcha tras el 20 de abril, aunque con importantes cambios. El primero afectó a la dirección de la misma. Ausentes de Madrid los generales Varela y Orgaz, se procedió, «precisamente por esta causa, a un nuevo ajuste de mandos y misiones, recayendo la delegación del general Sanjurjo en el General Mola, por varias razones elegido, siendo la primera y principal la del lugar en que este ejercía el mando, tan favorables al Alzamiento»[29]. A finales de mayo, también en parte por esta misma razón de la facilidad de movimientos que tenía en Navarra, Sanjurjo designó al general Mola como «director», ante la imposibilidad que él tenía desde la distancia de implicarse en mayor medida en la conspiración y necesitarse en el territorio español un ejecutor más que un delegado, sobre todo para imponer autoridad en la organización y en la negociación[30]. Una de las primeras decisiones de Mola fue buscar la aprobación del general Franco, pues según manifestó a uno de sus colaboradores necesitaba de esta confirmación antes de lanzarse de lleno a su tarea. La obtuvo sin titubeos[31].
En Madrid quedaba como responsable un hombre considerado por él como indispensable: el teniente coronel Valentín Galarza, El técnico en boca de todos. Los generales Fanjul y Villegas sustituyeron en la capital de España a Orgaz y Varela, respectivamente, e ingresaron en la conspiración los generales Queipo de Llano y Cabanellas. Muchos de los conspiradores no tenían muy clara la adhesión de Gonzalo Queipo de Llano por dos razones: la primera, por estar emparentado, por la familia de su mujer, con Alcalá Zamora; la segunda, por haber estado implicado en el frustrado golpe militar de diciembre de 1930 con el que algunos republicanos, socialistas y militares de izquierda intentaron derrocar a Alfonso XIII. En 1931 había sido un ferviente partidario de la República.
Según el testimonio de Queipo[32], este venía entablando conversaciones con Mola desde finales de marzo. En abril comió con él en la venta de Irurzun, a veinte kilómetros de Pamplona en la carretera de San Sebastián. Se fijaron como primer objetivo sumar a la conspiración al general Cabanellas, jefe de la V División. Dada la amistad que unía a Queipo con Cabanellas, este aceptó en el acto cuando le realizó la propuesta. En junio Queipo se hizo cargo de Sevilla porque allí la situación no estaba clara. El general García Escámez estuvo en la ciudad por encargo de Mola para pulsar el estado de ánimo de las fuerzas militares. «Las niñas bien, las encargadas mal», contestó con su impresión en mensaje cifrado al general Mola. Las primeras eran de comandante para abajo, las segundas los de empleo superior a comandante[33].
La trama conspirativa ganó en organización y empuje en manos de Mola, tanto por ser ya el único responsable como por su capacidad estratégica, puesta en duda por algunos especialistas sin razón[34]. Frente a la opinión muy generalizada de los historiadores de una conspiración débil e improvisada, los planes de Mola estaban bien meditados, mejor estudiados y muy trabajados[35]. El general Mola era un hombre meticuloso y estudioso en todos los detalles, como él mismo confesaría al marqués de Valdeiglesias, director de La Época, durante la conspiración: «Yo siempre los he cuidado todos, concluyó, y quizá por eso nunca me ha salido mal ninguna»[36], le dijo refiriéndose a su trayectoria militar y narrando sus operaciones en África. Según el testimonio de uno de sus más estrechos colaboradores, «Mola cuidaba los últimos detalles del plan con todo esmero. Sustituía y acoplaba. Repasaba cifras, claves y, una vez consultados, volvían los papeles a sus carpetas de origen. Movilizaba a sus enlaces a todas horas. Recibía y transmitía instrucciones de previsión»[37].
Mola dejó pocos cabos sueltos. Su conspiración no tenía nada que ver con las anteriores, como las de 1923, 1926, 1929 y 1932. Los errores, que los hubo, se debieron más a apetencias e intereses personales que a fallos estratégicos e improvisación del general. Y era consciente en todo momento de los apoyos con los que contaba, con los que nunca contaría y con los dudosos. El fundador de la UME, Bartolomé Barba, «Tenía listas en las que por observación de su conducta y de sus ideas, conocía en todos los regimientos de España y África quiénes eran enemigos, quiénes neutrales o indiferentes, quiénes eran afectos»[38].
Donde encontraba mayor predicamento era en los oficiales. El director de La Época, marqués de Valdeiglesias, estuvo al tanto de la conspiración desde sus primeros momentos. Acudió a una reunión de jóvenes oficiales en casa de su amigo Bartolomé Barba, en la Red de San Luis, de Madrid. Asistieron unos quince o veinte militares. «Me quedé impresionado del grado de violencia verbal con que todos se expresaron», recordará el periodista[39]. Su ira se desataba no solo contra la República, sino contra todos los jefes superiores del Ejército, a los que no veían decididos.
La red y trama se extendían por todo el territorio español, en gran parte por el esfuerzo personal del general Mola, quien se entrevistó con la mayor parte de generales y jefes implicados. Según el informe de su ayudante, Mola entabló contactos y sumó a la conspiración a mandos de diversos territorios, provincias y ciudades, como Madrid, Vitoria, Burgos, Valladolid, La Coruña, Asturias, Logroño, Bilbao, Valencia, Barcelona, Islas Canarias, Islas Baleares, Zaragoza, Cádiz, Sevilla, Palencia, Salamanca, León, Zamora, Ávila, Toledo y Marruecos español. El resto lo dejó en manos de una amplia red de enlaces y colaboradores, principalmente oficiales de la UME. En muchos casos, se trataba de los mismos protagonistas de agosto de 1932.
El 29 de mayo, Mola tuvo su primer contacto oficial con el jefe nacional de Falange, José Antonio Primo de Rivera, a través del agente de enlace Rafael Garcerán, antiguo pasante del bufete de José Antonio. El líder falangista se encontraba detenido desde el 14 de marzo. Durante las semanas siguientes se cruzaron una serie de mensajes en los que hacía confidencias al general sobre personas y funcionamiento orgánico del partido. Como había hecho antes con la UME, José Antonio intentó imponer ciertas condiciones políticas a los militares, pero Mola las rechazó[40]. A pesar de ello, Primo de Rivera dio instrucciones a la Falange para que se pusiera a las órdenes de los dirigentes del movimiento.
La Comunión Tradicionalista se sumó a la conspiración «oficialmente» el 15 de julio, aunque desde mucho tiempo atrás en algunas provincias los carlistas venían colaborando estrechamente en la preparación con los militares. Los carlistas deseaban que la sublevación militar acabara en la liquidación de la República y la proclamación de Javier de Borbón como regente de España para, mediante un plebiscito popular, decidir luego cuál sería el futuro régimen. Las negociaciones fueron arduas hasta el final. Tanto que el propio Mola el 9 de julio «se rendía», como reconocía en un escrito dirigido al responsable carlista:
Muy señor mío y amigo: al recibir su carta de ayer he adquirido el convencimiento de que estamos perdiendo el tiempo. El precio que ustedes ponen para su colaboración no puede ser aceptado por nosotros. Al Ejército sólo le interesa la salvación de España; nada tiene que ver con la ambición de los partidos.
… El tradicionalismo va a contribuir con su intransigencia de modo tan eficaz como el Frente Popular al desastre español. Allá ustedes con su responsabilidad histórica[41].
Sanjurjo y su intermediario, Varela, convencieron a Fal Conde, jefe de la Junta Carlista de Guerra, para dejar en suspenso la decisión del régimen hasta que no se lograra el primer objetivo: derrocar a la República. La mañana del 15 de julio el emisario de Mola llegaba a la localidad francesa de San Juan de Luz, donde Manuel Fal Conde le entregaba un documento firmado por él y por Javier de Borbón y Parma en el que esta formación política aceptaba el programa que les había enviado el general Sanjurjo unos días antes y se sumaba «con todas sus fuerzas en toda España al Movimiento Militar para la salvación de la Patria»[42].
Además de falangistas y carlistas, la conspiración contó con el apoyo humano y económico de formaciones como Renovación Española y la CEDA, aunque algunos, como el propio Franco, dijeran posteriormente que no se tuvo en cuenta a la CEDA para «no dar publicidad de nuestra actuación»[43]. Ambas formaciones colaboraron en la trama tanto con sus afiliados, como muestran buena cantidad de testimonios de militantes en la Causa General, como con dinero. Gil Robles así lo reconocía en una carta manuscrita dirigida al general Mola desde Lisboa en diciembre de 1936. Unas semanas antes del movimiento se presentaron en su domicilio de Madrid Francisco Herrera, Francisco Rodríguez y Carlos de Salamanca para decirle en nombre del general que hacían falta con urgencia 500 000 pesetas para los primeros gastos del movimiento, cantidad que fue dada al día siguiente por el líder cedista de un remanente del fondo electoral de Acción Popular. El ayudante del general Mola diría posteriormente que no se utilizó tal cantidad[44], algo desmentido por su propio jefe, para quien en los días siguientes se sacaron unas 5000 pesetas para determinados gastos y «hasta el día del movimiento que retiré una cantidad bastante crecida con destino a las tropas que salieron en la tarde del 19 de Julio»[45].
También algunas organizaciones patronales contribuyeron económicamente al alzamiento. En el norte, varios militares se encargaron de pedir ayuda económica en los meses de abril y mayo a distintas sociedades. Fruto de esta solicitud, por ejemplo, el Consejo de la Unión Cerrajera de Mondragón decidió contribuir con 25 000 pesetas, «disfrazándolo como constitución de un fondo patronal», lo que un año después significó la condena de sus dirigentes por parte del Tribunal Popular de Bilbao[46].
No fueron las únicas fuerzas políticas comprometidas. En Valencia destacó el compromiso de Derecha Regional Valenciana. Más extraño resulta en algunos lugares, como en Ciudad Real, la implicación de algunos dirigentes de Unión Republicana, formación integrada en el Frente Popular. Las personas, en algunos casos, estaban por encima de las organizaciones políticas a las que representaban.
El plan de Mola se basaba en tres premisas básicas: el peso de la organización lo llevaba la UME, la conspiración debía mantener el máximo secreto posible y el establecimiento de varios modelos de conspiración y alzamiento que garantizase el triunfo. Mola confió la organización básicamente en la UME, por existir una «unión espiritual entre todos los oficiales, producto de la unidad de sentimiento», según el testimonio del comandante Bartolomé Barba[47]. También se contó con las asociaciones filiales de retirados y algunas organizaciones civiles de derechas. Según Barba, el plan intentaba ser lo más secreto posible, por conocer «la psicología humana, las pequeñas pasiones y los egoísmos terrenos». La consigna era no decir nada a los dudosos.
En todas las cabeceras de división se organizaron unas juntas más o menos numerosas, que a su vez se relacionaban con todas las guarniciones que estaban en su territorio. La Junta Militar estaba integrada por representantes de cada arma, cuerpo y demarcación. En cada provincia se organizó otra junta, con representantes de las distintas guarniciones. Esta controló los apoyos con una amplia red de agentes y enlaces para cubrir todas las guarniciones, unidades militares, fuerzas de orden público y fuerzas civiles y políticas comprometidas. Todo estaba estudiado al detalle.
En Cataluña, por ejemplo, el alma de la conspiración era el capitán del Regimiento de Artillería de Montaña Luis López Varela, quien dirigía la UME regional. El 18 de mayo quedó constituida la Junta Militar de Defensa Nacional en una reunión a la que asistieron unos setenta militares, representantes de todos los regimientos de Infantería, Caballería, Artillería e Ingenieros, así como del Estado Mayor, Aviación, Intendencia, Carabineros, Parque de Artillería, Dependencias Militares, Guardia Nacional Republicana y fuerzas de Seguridad y Asalto[48].
Tabla 7
Junta Militar de Cataluña
— Presidente:
Francisco Isarre, teniente coronel de Intendencia.
— Secretario:
Martínez Lange, capitán Jurídico.
— Miembros:
Emilio Pujol, coronel de Intendencia.
Francisco Mut, comandante de E. M.
Agustín Recas, comandante de la Guardia Civil.
Luis López Varela, capitán de Artillería.
Luis Oller, comandante de Infantería.
José García Valenzuela, capitán de Caballería.
— Enlaces con las guarniciones de Lérida, Gerona, Tarragona, Manresa, Mataró y Figueras:
Rafael Sanz, coronel de Infantería.
Antonio Alcubilla, teniente coronel de Infantería.
Julio Castro, coronel.
Sanz Álvarez, teniente coronel.
José Lubelza, capitán.
Antonio Patiño, capitán.
Fuente: Bernardo Félix Maíz: Alzamiento en España. De un diario de la conspiración. Pamplona, 1952, p. 112.
En Zaragoza, el general jefe de Artillería recuerda la importancia de los enlaces, uno en cada cuartel: «Las primeras reuniones tuvieron lugar en la Sala de Esgrima del cuartel del Carmen y después en el cuartel del Cid, en el domicilio particular del teniente coronel Anselmo Loscertales y otras veces en el cuartel de Castillejos. Su importancia y tesón fue tremendo, no parando de reunirse con unos y otros; y no sólo eso: Desde ese momento se fomentaron los encuentros entre los oficiales de la guarnición, organizando partidos de fútbol, tenis, cacerías y comidas»[49].
Los enlaces iban extendiendo los compromisos en cada guarnición o formación política. En muchos casos se exigía un compromiso de adhesión por escrito, donde por la palabra de honor se comprometía a coadyuvar al alzamiento militar. En el caso de Cataluña, por ejemplo, varias de estas hojas fueron encontradas en el registro de la vivienda del capitán Pedro Valdés, días antes de la sublevación. Además, las fuerzas de orden público de la Generalitat conocían los nombres de buena parte de los firmantes de la Guardia Civil[50].
En el Departamento Marítimo de Cartagena dirigió la conspiración el capitán de fragata Marcelino Galán Arrabal, comandante del destructor Almirante Ferrándiz, asistido por el capitán de corbeta Francisco Pemartí San Juan, quienes recabaron de todos los oficiales, a excepción de dos o tres que se consideraban de ideología contraria, la firma de un documento en el que se comprometían a sublevarse en contra del gobierno[51].
3.3. Los modelos de la conspiración
3.3. LOS MODELOS DE LA CONSPIRACIÓN
La mayor parte de estudios hablan de una conspiración desarrollada en unos lugares muy concretos, que contaban con unas provincias determinadas, especialmente aquellas donde había mayor presencia de fuerzas militares. El resto apenas eran tenidas en cuenta. A tenor de la documentación consultada, esto no parece ya sostenible. La conspiración afectó a todo el territorio español. Unas provincias jugaron un papel, otras, otro; pero todas participaron en la trama conspirativa. Con todas se contaba. Por supuesto que el protagonismo de unas y otras lo determinaba la presencia de regimientos o unidades militares, pero aquellas que no tenían ninguno también se sintieron protagonistas. Esta fue una de las claves de la parte de éxito de la conspiración: Mola supo ilusionar a todos, incluso a pequeños grupos de militares burócratas y falangistas exaltados, únicas fuerzas comprometidas en provincias sin ningún tipo de unidades militares, como Ciudad Real o Cuenca.
Mola no trazó un modelo de conspiración, sino varios. Unos y otros se contrapesaban, actuaban de poder compensador, y evitaban dejar cabos sueltos. El general ideó una trama basada en cuatro modelos, con el fin de integrar a todas las provincias y al mayor número posible de fuerzas políticas implicadas.
El primer modelo, el militar, fue el más común y hasta ahora considerado único. Englobaba a todas aquellas provincias que tenían alguna unidad o guarnición militar y la mayor parte de sus jefes y autoridades militares secundaron los planes conspirativos. Para desarrollar con mayor seguridad la conspiración en la trama daban la cara, sobre todo, jefes de segunda fila u oficiales. El peso de la conspiración lo llevaron los militares, porque la sublevación que desembocó en la Guerra Civil fue, principalmente, una sublevación de militares que contó con el apoyo de contingentes civiles. La conspiración no fue, en su origen, una empresa de partidos políticos, de organizaciones civiles o grupos de presión, conjurados para un asalto al poder utilizando como instrumento a las fuerzas armadas. «En principio, y sin que esto signifique ignorar la existencia de incitaciones civiles al golpe militar, el proceso parece haber sido exactamente el contrario: una empresa del Ejército como corporación que coincidía con y representaba los intereses de unos grupos sociales precisos, pero que se negó a identificarse con programas políticos concretos. El Ejército aceptaba una representación social, pero rechazaba todo proyecto que no tuviera a la corporación misma como aglutinante y protagonista»[52].
La primera Instrucción reservada dirigida a los conspiradores el 25 de abril por el general Mola estipulaba la creación de dos organizaciones, una civil y otra militar. La primera nunca llegó a ponerse en marcha, salvo raras excepciones, aunque en la conspiración participaron civiles, especialmente procedentes de Falange Española y de la Comunión Tradicionalista. De todas las provincias que contaban con unidades militares dispuestas a seguir el alzamiento, en una se ignoró a los falangistas (Segovia) y en otra fue impedida su colaboración tanto en la conspiración como en la sublevación (Málaga).
En Valencia el comandante de Estado Mayor Bartolomé Barba, fundador de la UME, fue uno de los miembros de la Junta Militar. Según su testimonio, una de las primeras decisiones que tomó dicha junta fue la de establecer contacto con las entidades de derecha que pudieran y quisieran prestar apoyo al movimiento. A principios de junio se preparó una reunión en El Saler a la que asistieron representantes de Derecha Regional, Tradicionalistas y Renovación Española. Falange también fue invitada pero entonces rehusó asistir, aunque a pesar de ello mantuvo enlace con la Junta Militar, ofreciendo con posterioridad trescientos hombres. El primero ofreció a sus militantes más activos, a los que encuadrarían en milicias. Los tradicionalistas ofrecieron cinco mil requetés de la provincia. «Los indicados representantes presididos por mí quedaron constituyendo una Junta Civil que había de funcionar supeditada y en colaboración con la Militar», declararía Barba[53]. Es el único ejemplo conocido de haberse constituido una junta civil. También una muestra de cómo los tradicionalistas participaron en la conspiración a nivel provincial antes incluso que se cerrara el pacto general. Entre los acuerdos que tomó en su primera reunión destacó el que ningún partido u organización política podría tomar decisión alguna sin autorización u orden de la Junta Militar y el de proceder inmediatamente a la recaudación de fondos económicos necesarios para la sublevación.
En Málaga, el 18 de julio, cuando la situación empeoraba por momentos para los sublevados, el gobernador militar, general Patxot, se negó a permitirles intervenir y, por supuesto, a facilitarles armas, por ser un «Movimiento puramente militar que no necesitaba para nada la intervención del elemento civil», según respondió a un jefe de la Guardia Civil ante sus requerimientos[54].
En Bilbao, Falange estuvo en relación con Renovación Española, Tradicionalistas y la CEDA. Sus contactos en el cuartel de Basurto eran los tenientes Ausín y Del Oso y el capitán Ramos, con quienes mantuvieron diversas reuniones. Al llegar el 18 de julio estuvieron esperando órdenes de los militares, que no llegaron[55]. Renovación Española, según su líder provincial[56], participó en numerosas reuniones organizativas desde el mes de marzo del 36, tanto con otras fuerzas políticas como con el capitán Ramos, destinado en el Batallón de Montaña y principal organizador de la conspiración. Se consiguió la adquisición de más de ciento veinte armas largas y trescientas cortas.
En La Rioja los militares fueron los únicos protagonistas, y sobre todo los jefes de las unidades. La Junta Organizadora estuvo compuesta por el comandante de Aviación Roberto White, jefe del Aeródromo de Agoncillo; el teniente coronel de Infantería Ricardo Marzo Pellicer, jefe accidental del Regimiento Bailén 24; y el comandante de Artillería Juan Innerarity Cifuentes, pues se desconfiaba del coronel Santos Rodríguez Cerezo, del teniente coronel Julián Durán Salazar y del gobernador militar general Víctor Carrasco. Posteriormente se incorporó el coronel Ricardo Moltó Moltó, que sustituyó en junio al coronel Rodríguez Cerezo al frente del Regimiento de Artillería Ligera n.º 12. Dependiente de esta junta se organizó una comisión de enlace, presidida por Innerarity. El capitán Navarro fue designado para dirigir la conexión con los civiles, y una de sus misiones fue encargar al empresario Federico Pérez-Íñigo que recaudase fondos para la compra de armas. Ya no contó más con ellos. Este capitán, a finales de mayo, trajo de Pamplona todo el plan del movimiento y constitución de las columnas que tenían que marchar sobre Madrid[57].
En el norte de África los conspiradores fueron los altos mandos militares. El responsable fue el teniente coronel Juan Yagüe Blanco, jefe de la Segunda Bandera de la Legión, con destino en Ceuta. La relación con Mola era continua. En la gestación del plan de alzamiento colaboraron estrechamente un conjunto reducido de militares, tenientes coroneles y coroneles, encargados en cada plaza o servicio de organizar la estructura militar necesaria para que en el momento señalado el levantamiento fuera un éxito. Gautier en Ceuta, Seguí en Melilla, Sáenz de Buruaga en Tetuán, Losas en Larache y Beigbeder en la Delegación de Asuntos Indígenas, formaban el cuadro principal de la conspiración. A su vez, estos militares extendieron la red de la conjura en cada uno de los territorios o servicios a ellos asignados. Esta selección de mandos, siempre con prestigio hacia los subordinados, facilitó en su momento la respuesta disciplinada de la guarnición militar[58].
En La Coruña los artífices principales de la conspiración eran militares, lógico en una provincia tan marcadamente dominada por su posición de sede del Departamento Marítimo del Cantábrico y de la Capitanía General de la VIII División Orgánica, pero también participaron elementos civiles (Falange, Bloque Nacional, JAP), aunque con un papel secundario. Martín Alonso, africanista cercano a Sanjurjo y primer jefe militar tras el golpe de julio, fue considerado el cerebro de la sublevación en La Coruña y Galicia. A Garicano Goñi, el capitán general de la plaza le permitió tomar permisos de viaje con excusas como, por ejemplo, el traslado a las fiestas de San Fermín en Pamplona, ocasión que aprovechó para reunirse con Mola. También se encargó de los contactos con los mandos de la Base Marítima de Ferrol. Desde los primeros días de julio se intensificó la preparación del golpe. Contactos y circulares se multiplicaron, tanto entre los partidos políticos afines (JAP, Falange) como hacia los cuarteles, con órdenes de concentración y preparación de las tropas. Falange fue la organización con mayor actividad, enviando emisarios con cartas por toda Galicia. Incluso la semana anterior al alzamiento, alrededor de dos decenas de falangistas recibieron instrucción y realizaron prácticas de tiro en el cuartel de Santiago[59].
En Pontevedra el hombre fuerte de la conspiración fue el teniente coronel Antonio Durán Salgado, al que se sumaron tres comandantes de la guarnición militar. En el comité militar conspirativo figuraban también el director del Polígono de Marín, Francisco Bastarreche, y el capitán de la Guardia Civil Manuel Bernal Hernández, que jugó un papel de atracción de los hombres destinados en las dos comandancias de la provincia, la 139 y la 206. La Guardia Civil y el Cuerpo de Carabineros tenían presencia en setenta y una poblaciones de la provincia, por lo que resultaban fuerzas decisivas, como así se demostró con su actuación en el alzamiento. Días antes del golpe militar fueron concentradas en las diferentes sedes de las secciones. Los primeros días del mes de junio resultaron las fechas clave de la conspiración en Pontevedra. Las guarniciones de Pontevedra, Marín y Vigo decidieron sumarse a ella, relegando de los preparativos tanto al gobernador militar como al jefe del Regimiento de Artillería n.º 15 de Pontevedra, el teniente coronel Mario Sánchez Sánchez, las dos máximas autoridades militares de la provincia. El veterano gobernador militar, general José Luis Iglesias Martínez, se mostró remiso tanto a embarcarse en la conspiración como a sumarse al alzamiento, tal vez por estar ya cercano su retiro y no querer correr riesgos. Junto al comité militar actuó un comité civil de apoyo, compuesto por falangistas, carlistas y hombres de la CEDA y Renovación Española. Varias docenas de falangistas pontevedreses habían recibido instrucción militar y fueron armados gracias al tráfico ilegal que funcionaba a través de Portugal[60].
En Lugo la iniciativa y dirección de la conspiración la llevaron a cabo los militares. La guarnición estaba constituida por fuerzas del Regimiento de Zaragoza n.º 30, ejerciendo de comandante militar el coronel Alberto Caso Agüero, protagonista principal de la sublevación. El comandante Fernando Álvarez Holguín era el responsable de la Guardia Civil, cuerpo que se sumó de pleno a la sublevación. La comandancia de Carabineros, que también se unió al Ejército en la sublevación, estaba a las órdenes del comandante Revuelta. Falange tuvo un destacado protagonismo, aunque subordinado a los militares. Del resto de fuerzas políticas conservadoras, parece ser que la CEDA y Renovación Española también conocían la conspiración, pero no intervinieron en ella[61].
En Orense, la conspiración fue lenta y tardía[62]. En el mes de junio un oficial procedente de Melilla fue enviado para sondear el ambiente existente en la guarnición. Dirigió la conspiración en su última fase el coronel de Estado Mayor Luis Tovar Figueras, representante regional de la UME, que consigue, junto al comandante del Batallón de Infantería José Ceano Vivas, el compromiso de la práctica totalidad de la oficialidad del cuartel, de algunos mandos de la Comandancia de la Guardia Civil y de relevantes personajes vinculados a la derecha monárquica, además de falangistas y carlistas, que proporcionaron apoyos económicos e información sobre dirigentes políticos considerados enemigos.
En Guadalajara, el gobernador civil Miguel de Benavides, según declaró ante la justicia republicana[63], conocía la desafección al régimen de varios jefes y oficiales de la guarnición de la localidad. Por ello, el 20 de abril de 1936 comunicó al Ministerio de la Gobernación la conveniencia de trasladarlos. Los conspiradores constituyeron una junta «que aunase esfuerzos y mantuviese contacto con otras guarniciones», quedando formada por Rafael Ortiz de Zárate, comandante de Ingenieros (presidente), José María Robles Núñez Arenas, capitán de Ingenieros (vocal), Luis Javaloyes (vocal); Luis Casillas Martínez, capitán de Infantería (vocal) y José Burgos Iglesias, teniente de Infantería (vocal)[64]. El capitán Casillas, junto al capitán Nombela, fueron nombrados enlaces del Regimiento de Aerostación con los falangistas y otras fuerzas civiles de derechas[65]. El jefe del Regimiento de Aerostación, coronel Delgado, respaldó firmemente la acción conspirativa de la junta, no así el jefe de la Comandancia de la Guardia Civil, teniente coronel Ferrari. El día 17 de julio el gobernador dirigió una orden reservada al comisario de Vigilancia y al teniente coronel de la Guardia Civil Ricardo Ferrari para que extremaran la protección de lugares públicos y la vigilancia de «elementos fascistas».
En Córdoba la conspiración fue protagonizada por muchos militares retirados, oligarquía del latifundio, viejos políticos primorriveristas y algunos nobles (el conde de La Jarosa, el marqués de Sauceda, el conde de la Cortina y otros más). A la cabeza figuraba Eduardo Quero Goldoni, teniente coronel de Caballería retirado, en estrecho contacto con el coronel Cascajo[66].
En Granada la conspiración comenzó de la mano del general Eliseo Álvarez Arenas, comandante militar. Pero duró poco al frente de la Comandancia Militar por su poca recatada actitud; más bien provocadora. Durante los desórdenes sociales del 10 de marzo llegó a decirle al gobernador Aurelio Matilla: «Si usted es incapaz de resolver el conflicto, el Ejército lo hará»[67]. A finales del mes fue destituido. La conspiración sufrió un duro revés, pero el nuevo comandante militar, general Manuel Llanos Medina, continuó con los planes previstos y alentados por buena parte de jefes y oficiales. Una nueva indiscreción puso en alerta a las autoridades y enfrió los ánimos de los conspiradores. A mediados de junio un suboficial de Aviación declaró públicamente la implicación de su máximo jefe y sus actividades conspirativas, en cuya boca ponía además una amenaza que lanzó en una reunión con suboficiales: «Cuando nosotros venzamos próximamente las cosas cambiarán». El gobernador civil mandó acuartelar a las fuerzas de seguridad, extremar la vigilancia en centros oficiales y cuarteles y detener al jefe de la Aviación y del aeródromo de la Armilla, el capitán artillero Joaquín Pérez Martínez de Victoria. Este resultaba una pieza fundamental en la trama, por constituir el aeródromo una base imprescindible para la recepción de tropas marroquíes. Días después el gobierno decidió destituir al general Llanos, al conocerse su encuentro con Queipo de Llano. El 11 de julio tomó posesión como gobernador militar el general Miguel Campins Aura, que fue mal acogido por los conspiradores. Nada más llegar a la plaza se encargó públicamente de dar muestras de lealtad a la República. Incluso rechazó el ofrecimiento de su amigo Franco para encabezar la sublevación en Granada, alegando que el Ejército debía limitarse «a cumplir las órdenes republicanas, a respetar su legalidad». En Granada los jefes falangistas eran de cierta edad y poco adecuados para la acción. Los jóvenes, más preparados para actuar como fuerzas de choque, no sumaban más de cien en julio del 36, siendo la mayoría estudiantes, por lo que estaban casi todos de vacaciones fuera de la ciudad. La Comunión Tradicionalista carecía de un jefe destacado. El 17 de julio le sorprende en plenas tareas preparatorias del Requeté[68].
En Valladolid la conspiración la alienta el comandante de Artillería Gabriel Moyano, y gracias a él se forma la Junta Militar, donde está el coronel Serrador, implicado en la sublevación del 10 de agosto de 1932[69]. En Salamanca, en abril de 1936 se había establecido el comandante retirado Fortea, enlace del general Mola. Consiguió organizar un grupo conspirador conectado con el de Valladolid, del que el comandante de Infantería Francisco Jerez fue uno de los impulsores, junto al líder falangista Francisco Bravo[70].
En Burgos participaron activamente en la conspiración los civiles y los militares. Al frente de la misma se encontraba el general jefe de la I Brigada de Infantería González de Lara. Estaban implicados el resto de jefes militares: el coronel Gistau, jefe del Regimiento de Infantería San Marcial; el teniente coronel de Caballería Marcelino Gavilán y el comandante de Intendencia Fernando Pastrana. Además participaban numerosos oficiales. El comandante de Infantería Luis Porto servía de enlace con Mola. Honorato Martín Cobos actuaba de enlace de las fuerzas falangistas y carlistas, de las que Fidel Dávila era responsable en la trama. El gobierno sabía del enorme calado de la conspiración en las fuerzas militares de Burgos y decidió relevar a la máxima autoridad militar. El 13 de junio nombró jefe de la VI División Orgánica al general Domingo Batet, en sustitución de Pedro de la Cerda, comprometido con los conspiradores. «Batet mandó espiar los pasos conspirativos de Mola en Pamplona y sus alrededores, así como a sus secuaces en Burgos, pero más bien el vigilado era él mismo, pues casi todos sus subordinados estaban en el complot y conocían sus averiguaciones, ya que el personal de la telefónica escuchaba todas sus conversaciones y daba cuenta de ellas a los conspiradores»[71].
En Segovia los militares que integraban la conspiración formaron una junta compuesta por dos representantes del 13 Regimiento Ligero, dos de la Academia de Artillería y dos de la Escuela de Automovilismo. El 29 de junio se celebró una reunión de la Junta en la que dieron entrada y un especial protagonismo a la Guardia Civil, comprometida a través del comandante Joaquín España Cantos[72]. Falange no participó en ninguna reunión con los militares para la preparación del movimiento militar. Ni siquiera se les informó de los planes de acción[73].
En Zamora desde el mes de abril un grupo reducido pero selecto del Regimiento Toledo diseñaba la conspiración en contacto con los oficiales comprometidos de Valladolid. Se formó un comité militar presidido por el teniente coronel Carmona, que contó con la participación activa de civiles, como Agustín Martín, presidente de Acción Popular[74].
En el segundo modelo se incluían las provincias donde la presencia de unidades militares era importante pero la trama conspirativa no calaba, por distintas razones. En algunos casos, como Madrid, Mola perdió todas las esperanzas casi desde el principio. Allí se concentraban la mayor parte de los mandos militares, por lo que el general era consciente de que la República controlaba bien la situación en la capital.
En parecida situación parece ser que se encontraba Asturias, tal vez por el peso de los mineros y la importancia que tuvo en ella la revolución del 34. Según el general Aranda, líder de la resistencia del cerco de Oviedo, Asturias estaba al margen, no habiendo planes para el alzamiento, por estimarla «totalmente perdida para los fines del mismo la provincia de Asturias pensando en recuperarla después una vez hubiese triunfado el Movimiento de otras provincias de España». Por parte de los responsables de la conspiración, solo se habían hecho tentativas aisladas «sin llegar en ningún caso declaradamente al Jefe que suscribe ni concretar nunca los fines de su acción ni la personalidad de los dirigentes»[75]. Esta versión contrasta con la de Falange. Según su informe para la Causa General, fechado en 1942, el comandante Caballero, iniciador de la conspiración en Asturias, trató de visitar al coronel en varias ocasiones, sin conseguirlo. Ello causó un gran recelo entre los conspiradores, que finalizó al negarse el coronel a entregar las armas a las organizaciones obreras el 19 de julio, con una maniobra «de audacia y valentía»[76].
En otros casos, como Barcelona y Sevilla, Mola siguió intentándolo hasta el último momento, consciente de que la única oportunidad era hacerse con el favor de los jefes de las unidades y de las autoridades militares.
Sevilla había protagonizado la Sanjurjada de 1932, y tal vez por las represalias los ánimos entre los jefes militares no estaban muy decididos a involucrarse en otra intentona. Mola ordenó a Queipo de Llano actuar in situ desde unos días antes y a la desesperada. La conspiración la preparó el comandante del Cuerpo de Estado Mayor José Cuesta Monereo, uno de los principales protagonistas del golpe de Sanjurjo en 1932. Le acompañaban en la Junta Militar siete personas, el general Queipo de Llano y su ayudante, otro comandante y cuatro capitanes. La situación no estaba nada clara pocos días antes de la fecha prevista para el alzamiento, por lo que el propio Queipo fue a Sevilla a agilizar las gestiones ante los jefes militares. Llegó el día 11 de julio y solicitó la adhesión al jefe del Regimiento de Granada n.º 6, coronel Manuel Allanegui Lusarreta, quien se opuso. Tampoco se adhirieron el coronel Santiago Mateo Fernández, jefe del Regimiento de Caballería Taxdir n.º 7; coronel Santos Rodríguez Cerezo, del Regimiento de Artillería Ligera n.º 3; y el comandante jefe del aeródromo de Tablada, Rafael Martínez Esteve. El Batallón de Zapadores, al mando del teniente coronel Eduardo Marqueríe y Ruiz-Delgado, era el más definido. La Guardia Civil parecía proclive, aunque no se pudo conectar con el coronel Arturo Blanco Horrillo, de baja esos días por enfermedad. Falange aportaba cinco escuadras de choque compuestas cada una por un jefe, un enlace y nueve elementos divididos en tres grupos. Con la Guardia de Seguridad y de Asalto no se podía contar[77].
Queipo fue expresamente a Huelva para hablar con el general José Fernández de Villa-Abrille. El comandante Cuesta le comunicó el deseo del general Queipo, pero Villa-Abrille se negó a charlar con él: «Dile que se vaya enseguida; que no quiero verle, porque tendría que dar cuenta al gobierno de las gestiones que viene realizando». Volvieron a Sevilla con el temor de tener noticias el ejecutivo de la trama sevillana, lo que hubiera desbaratado todos los planes. Pero «nada de esto ocurrió y por ello se hizo merecedor de nuestro agradecimiento», según Queipo[78]. Era una de las pocas noticias buenas para el general jefe de Carabineros, consciente de la dificultad de su misión ante la falta de compromiso de los jefes de las unidades militares sevillanas.
En Almería y Santander las fuerzas civiles, sobre todo falangistas, intentaron tomar el protagonismo dejado por los responsables militares, pareciendo la situación al cuarto de los modelos, aunque sin llegar al mismo por la confianza de los jefes falangistas de lograr tarde o temprano el apoyo de los militares.
En Almería las autoridades militares no se adhirieron a la conspiración. Uno de los últimos intentos por conseguirlo se realizó pocos días después del asesinato de Calvo Sotelo. Algunos jefes falangistas visitaron al gobernador militar y jefe del Batallón de Ametralladoras n.º 2, teniente coronel Juan Huerta Topete. «Se mostró bastante frío», según los falangistas. Les comentó que ya serían avisados si fueran necesarios. Horas antes del «17 a las 17» rehusó el ofrecimiento de hacer pernoctar a todas las milicias en el cuartel para recibir instrucción y estar dispuestas a la acción. Falange había conseguido formar cinco centurias a pesar de las dificultades internas del partido en la primavera de 1936, que motivaron que fuera enviado desde Madrid el falangista Mario López Rodríguez. Venía con órdenes expresas de realizar una activa agitación, de conseguir armas y de preparar todos los detalles de la conspiración[79].
En Santander la inseguridad de apoyos militares, especialmente del jefe de la guarnición de la capital, hizo que la trama civil, dirigida por el exconcejal primorriverista del Ayuntamiento de Santander y exfalangista Emilio Pino Patiño, tomara una destacada importancia. Pino actuaba de coordinador de los distintos grupos civiles involucrados. Junto a Pino, de la Agrupación Regional Independiente, secundando su labor, se encontraban los también exfalangistas capitanes retirados Monteoliva y Esteve, encargados por el Bloque Nacional de cooperar en la conspiración en Santander, y Luis Quevedo. Los falangistas desarrollaron una mayor actividad y conexión con los militares. A finales de febrero tuvieron lugar los primeros contactos, a través de Manuel Hedilla, jefe provincial, con el comandante Ubiña, que les ofreció ochocientos fusiles del cuartel si estallaba una rebelión contra la República. «A finales de abril se recibieron nuevas órdenes de Madrid en las que se disponía el recuento de afiliados y simpatizantes dispuestos a secundar la sublevación, tanto en la capital como en la provincia, así como su organización en Escuadras, Falanges y Centurias de choque. A partir de este momento se procedió a dividir la capital en tres distritos: Miranda, Cuatro Caminos y Santa Lucía, asignando a cada uno una serie de fuerzas que les habrían de cubrir»[80]. En los preparativos golpistas participó activamente también la Comunión Tradicionalista, a través de José Luis Zamanillo, que formaba parte de su Junta Militar o Junta de Conspiración, participando, además, como emisario cerca del general Mola; y de Alejandro Velarde González, comandante retirado de Artillería y jefe del Requeté en Cantabria.
En el tercer y cuarto modelo se englobaban las provincias que no tenían regimientos o unidades militares, aunque podían contar con algún pequeño destacamento militar. En total había nueve: Toledo, Cuenca, Ciudad Real, Jaén, Huelva, Albacete, Teruel, Ávila y Soria. La conspiración en unas y en otras fue diferente según la implicación de las fuerzas de seguridad y orden público, que constituían una fuerza muy importante, sobre todo desde el punto de vista cuantitativo, por estar repartida en la mayor parte de municipios del país y por su preparación. En 1936, la Guardia Civil estaba organizada en 24 tercios además de Baleares y Marruecos, 59 comandancias, 205 compañías, 8 escuadrones, 198 cabeceras, 747 líneas y 3199 puestos. Las fuerzas de Carabineros estaban distribuidas en 10 zonas, 20 comandancias, 110 compañías y cabeceras y 1658 puestos[81]. En conjunto, las fuerzas de seguridad y orden público estaban compuestas por 8 generales, 2642 jefes y oficiales, 3785 suboficiales y 60 865 guardias y carabineros[82].
El tercer modelo estaba conformado por aquellas provincias donde no había unidades militares y el liderazgo de la conspiración recayó en la institución militar de la Guardia Civil con la inestimable colaboración de civiles, especialmente falangistas. La Benemérita llegaba prácticamente a todos los pueblos, con puestos fijos o servicios móviles. En este modelo se incluirían Albacete, Toledo, Cuenca, Soria y Ávila.
En Albacete, el artífice de la sublevación y responsable de la conspiración fue el segundo jefe de la Comandancia de la Guardia Civil, el malagueño Ángel Molina Galano, compañero de promoción de Franco, que tuvo una actuación destacada en los sucesos de mayo de 1936 en Yeste. En todo momento fue apoyado por su superior, el teniente coronel Chápuli[83]. Los falangistas pusieron a su disposición ciento cincuenta hombres[84].
En Toledo, el núcleo conspirador radicó en la Comandancia de la Guardia Civil, a través de su propio jefe, el teniente coronel Pedro Romero Basart, personaje implicado en la Sanjurjada. Todos los comandantes de puesto de los cuarteles de la provincia habían recibido un sobre lacrado que solo deberían abrir cuando, por el conducto reglamentario, recibieran la consigna: Siempre fiel a su deber. Los sobres contenían las instrucciones precisas (medios de transporte, de las familias, de las armas y bagajes) para replegarse sobre las cabeceras de línea y, a continuación, marchar hasta Toledo[85].
En Cuenca, el jefe de la Comandancia de la Guardia Civil Francisco García de Ángela San Román no era proclive a la conspiración, pero no pudo controlar una situación interna dentro del cuerpo que abogaba por ella. Los dos oficiales encargados de llevar adelante la conspiración dentro de la Guardia Civil fueron el teniente Benítez González y el capitán Carmelo Martínez, quienes llegaron a establecer el plan de actuación[86]. En él colaboraban activamente los falangistas, que realizaron numerosas reuniones preparatorias por toda la provincia, a las que asistieron enlaces de la Jefatura Nacional del partido. Llegó a visitarla José Sainz, jefe territorial de Castilla la Nueva, «quien mantuvo reuniones con los mandos conquenses y elaboró un dispositivo para el instante en el que se recibiese la orden de levantamiento. Los objetivos eran hacerse con el poder en la ciudad, controlar el Gobierno Civil y desplegar todas la unidades por la provincia»[87].
En Soria la conspiración la protagonizó la Guardia Civil y las fuerzas foráneas. No tenía fuerzas militares pero tampoco falangistas. El 17 de julio de 1936 había en Soria siete falangistas, todos ellos afiliados en Madrid. Y de los siete, cinco estaban encarcelados[88].
El cuarto de los modelos estaba integrado por las provincias donde no había unidades militares. Los responsables de la Guardia Civil tampoco apoyaron los planes golpistas. En ellas los civiles fueron protagonistas y líderes de la conspiración. Como ejemplos se pueden incluir las provincias de Jaén, Ciudad Real y Huelva.
En Jaén la conspiración la alentaron el capitán de la Guardia Civil José Rodríguez de Cueto, acaudalado propietario y activo dirigente de la Federación Provincial de Labradores, y José Cos Serrano, presidente de la mencionada organización patronal agraria. Ambos mantuvieron un permanente entendimiento con el capitán de Infantería Eduardo Gallo, delegado en Jaén de la UME. Ante la falta de compromiso de los jefes de la Guardia Civil se dedicaron sobre todo a organizar las milicias de Acción Ciudadana, integradas por patronos agrícolas, falangistas, requetés y otros individuos de filiación ultraconservadora. En el mes de junio se constituyó la Junta del Alzamiento, donde eran mayoría los representantes de Falange y los oficiales retirados por la Ley Azaña. Su principal esfuerzo se dirigió a intentar conseguir el apoyo de los responsables de la Guardia Civil, quienes permanecían informados pero indecisos[89].
En la provincia de Ciudad Real la preparación de la sublevación se llevó a cabo desde la capital bajo la dirección de Falange, al no contar con el apoyo del jefe de la Comandancia de la Guardia Civil. Amadeo Mayor Macías era su máximo representante a nivel provincial. Según declaración de su hermano político y también militante falangista, Juan José Miguel López, «por la fecha de Mayo o Junio de 1936 vino a esta Capital el camarada Fernando Aguinaco Blanco enviado por la Jefatura Nacional de Falange, siendo portador como elemento de enlace con la Nacional de instrucciones para cooperar al Alzamiento»[90]. Aparte tenía que realizar una misión proselitista y preparar a las escuadras falangistas. Para la justicia republicana, el máximo responsable y cerebro de la conspiración fue el industrial militante de Falange Juan Antonio Solís Huescar, quien además se encargó de repartir armas en diversos pueblos por medio de los autobuses de sus líneas de transporte de viajeros que recorrían casi toda la provincia[91].
En el mes de julio se sumaron a la conspiración la Comunión Tradicionalista y Renovación Española. Por parte de los primeros Daniel Burgos, jefe del Requeté, realizó diversos viajes a pueblos de la provincia llevando órdenes para el inicio del levantamiento armado. Respecto a la agrupación monárquica, su responsable local, Manuel Navas Aguirre, se encargó de buscar apoyos al alzamiento tras el asesinato de Calvo Sotelo, especialmente de la Guardia Civil[92].
El general Primo de Rivera puede que hiciera un gran favor a la República al privar a Ciudad Real de un regimiento militar tras la sublevación del Primer Regimiento Ligero de Artillería el 29 de enero de 1929. De los pocos militares que había destinados en los centros burocráticos de la capital algunos apoyaron la sublevación y participaron en la conspiración, como los capitanes del Centro de Movilización Ricardo Escribano Aguado y Jesús Calero Escobar. También el sargento Sánchez, destinado en el Gobierno Militar, que cumplió una función fundamental en la conspiración, al conseguir aumentar los apoyos civiles, especialmente con unos diez afiliados a Unión Republicana, entre ellos el del presidente local, el farmacéutico Manuel Romero, reconocido por él mismo[93].
La ambigüedad de esta formación política no debía ser exclusiva de la capital. En un pueblo de su provincia, Villarrubia de los Ojos, el Partido Socialista y el Partido de Izquierda Republicana, únicos que integraban el Frente Popular, hicieron un comunicado conjunto de los comités locales, de fecha 25 de junio de 1936, solicitando la desautorización del Comité Local de Unión Republicana, cuyos componentes eran «todos ellos de lo más rancio del Caciquismo Local Fascista Monarquizante de la peor especie»[94].
3.4. El plan de sublevación
3.4. EL PLAN DE LA SUBLEVACIÓN
El plan de acción, en contra de lo que muchos describen, estaba claramente definido a partir de los apoyos con los que se contaba con seguridad. No estaba improvisado, ni era un cuartelazo ni un pronunciamiento clásico del siglo XIX.
Madrid era la clave, para Mola. El 25 de mayo ofrecía una de las primeras instrucciones donde aseguraba que la capital de la nación resultaba decisiva: «todo hecho que se realice en ella, se adopta como cosa consumada por la inmensa mayoría de los españoles». Pero reconocía la falta tanto de apoyos como de responsables:
Desgraciadamente para los Patriotas que se han impuesto en estos momentos trágicos la obligación de salvar a España, volviendo las cosas a su justo medio, en Madrid no se encuentran las asistencias que lógicamente eran de esperar entre quienes sufren más de cerca que nadie los efectos de una situación político-social que está en trance de hacernos desaparecer como pueblo civilizado y sumiéndonos a la barbarie: ignoramos si falta Caudillo o si faltan sus huestes; quizás ambas cosas[95].
Sanjurjo recibía el día 18 de mayo un cifrado, bien pudiera ser de Galarza, en el mismo sentido: «En Madrid nada. Siguen cinco generales de siempre, bajo la jefatura de Villegas, pero no hacen nada ni creo que harán»[96].
El primer y principal objetivo, por tanto, no estaba claro. Por la falta de apoyos seguros en Madrid, Mola tuvo durante toda la trama una honda preocupación, como reconocía a su propio ayudante:
Constituía para el Gral Mola una preocupación primordial el que nuestro Movimiento no dejase de producirse en Madrid … La labor para conseguir tal propósito era dura y exigía disponibilidades y asistencias que desgraciadamente no se encontraban y a medida que el tiempo iba pasando y la conspiración avanzaba, febrilmente en el resto de España, en Madrid iban siendo más dueños de la situación los elementos marxistas afines al Gobierno que se multiplicaba en concederles y permitirles organización y medios … No desmayaba por ello nuestro Gral y ya que él no pudo conseguir el ir a Madrid, no solo con permiso, que él hubiese aprovechado eficazmente para su propósito, sino que hasta se le negó el trasladarse a la Capital para extraer el caballo que le correspondía del Depósito Central de Remonte, envió a dicha Ciudad a distintos emisarios suyos, hizo venir a Pamplona a sus enlaces de la capital, no pasaba día sin enviar cifrados al Tte Coronel Galarza con órdenes, instrucciones y gestiones a realizar para conseguir por lo menos que al estallar el Movimiento en provincias, la guarnición de Madrid se limitase a abandonar sus cuarteles sin entablar lucha con las masas marxistas en la población dirigiéndose a buscar cuanto antes el contacto con las columnas que de Burgos, Valladolid, Pamplona y Zaragoza marcharían en dirección a Madrid y una vez establecido el contacto todas las fuerzas unidas y al grito de «Viva España» entrar en la Capital haciéndose dueños de la misma[97].
El plan militar establecido para el golpe pretendía caer sobre Madrid, al no contar ya con esta ciudad. El general de cada división orgánica debería declarar el estado de guerra para poner en manos militares la autoridad de los gobernadores civiles y de los alcaldes, lo cual les permitiría militarizar el orden público. Las divisiones orgánicas V (Zaragoza), VI (Burgos) y VII (Valladolid) tenían una importancia fundamental. En cuanto se produjera el levantamiento debía salir sin demora una fuerte columna de Valladolid para marchar sobre Madrid a través de los puertos de Guadarrama y Navacerrada, para lo que sería auxiliada por fuerzas de Salamanca, Zamora y Cáceres. Esta columna coincidiría en la sierra madrileña con otras que, procedentes de Burgos, Pamplona y Zaragoza, confluirían sobre Madrid a través del puerto de Somosierra. Por su parte, la VIII División (La Coruña) y la IV (Barcelona) contendrían a los revolucionarios de sus propias regiones, mientras que la III (Valencia) lanzaría también una columna sobre Madrid. Zaragoza y Valencia debían acudir en ayuda de Barcelona.
Tabla 8
Instrucción de Mola del 25 de mayo de 1936. Objetivo, medios e itinerarios del alzamiento
1.ª Que se declaren en rebeldía las Divisiones 5.ª, 6.ª y 7.ª con el doble objeto de asegurar el orden en el territorio que comprenden, y caer sobre Madrid.
2.ª Que las fuerzas de la Comandancia Militar de Asturias tengan a raya a las masas de la cuenca minera y Puerto de Musel, y que parte de la 8.ª División y guarnición de León refuercen dichas tropas.
3.ª Que la 3.ª División secunde también el movimiento y disponga de dos columnas; una para remontar la costa levantina, hasta Cataluña si fuera preciso y otra para lanzarla sobre Madrid en ataque demostrativo.
4.ª Que la 4.ª División se haga cargo del mando y Gobierno de la Región Catalana y tenga a raya a las masas proletarias de Cataluña, coadyuvando de esta forma al Movimiento General.
5.ª Que permanezcan en actitud pasiva las fuerzas que guarnecen Baleares, Canarias y Marruecos; para que en el caso probable de que el Gobierno acuerde traer a la Península fuerzas de choque a combatir a los Patriotas, dichas fuerzas se sumen al Movimiento con todos sus cuadros.
6.ª Que la 1.ª y 2.ª Divisiones si no se suman al movimiento, por lo menos adopten una actitud de neutralidad benévola, y desde luego se opongan terminantemente a hacer frente a los que luchan por la causa de la Patria.
7.ª La colaboración de la Marina de Guerra, la cual debe oponerse a que sean desembarcadas en España fuerzas que vengan dispuestas a oponerse al Movimiento.
8.ª La colaboración de las masas ciudadanas de orden así como sus milicias, especialmente Falange y Requetés[98].
Fuente: Archivo General Militar de Ávila, Armario 31, Legajo 4, carpeta 8.
En junio, ante el pesimismo sobre la situación de Madrid, Mola toma una decisión estratégica de gran importancia: llevar el estallido al Marruecos español. Allí se organizarían dos columnas mixtas, sobre la base de La Legión y Regulares, una en la circunscripción oriental y otra en la occidental, columnas que debían desembocar, respectivamente, en Málaga y Algeciras, emprendiendo, sin pausa, una rápida marcha sobre Madrid por Despeñaperros. Con ellas se completaba el avance desde otras provincias hacia la capital definido en el plan original. Mola tenía «casi la seguridad absoluta» de que este solo hecho sería suficiente «para que el Gobierno se dé por vencido»[99]. Entonces, el general Sanjurjo llegaría para presidir la Junta Militar.
El 20 de junio, Mola elevaba confidencialmente una serie de instrucciones para la armada. A la Base Naval de Cádiz le encarga que «actuará de acuerdo con las tropas de África con las cuales se pondrá inmediatamente en contacto para facilitar los embarques, transportes y desembarques en los puertos que le indique el Jefe de las fuerzas de tierra», y a las fuerzas navales de África, «su cometido principal es de escoltar los transportes de tropas y facilitar el embarque y desembarque de ellas»[100].
Como ha escrito uno de los principales historiadores militares, el protagonismo de Marruecos cambiaba todo: «Aparecía Marruecos, y con Marruecos, Yagüe y Franco. Pues la nueva dirección impresa por Mola al Alzamiento convertía al comandante militar de Canarias en la figura principal de la futura operación estratégica; y el hecho de ofrecerle el mando de todas las fuerzas marroquíes remarcaba la fe que en él se tenía de que nadie como Franco sería capaz de hacer que aquellas fuerzas llegasen rápidamente a Madrid, ocupándole»[101].
Para completar las instrucciones a las fuerzas de Marruecos, Mola también establecía las claves para dar aviso de estar preparados y después para comunicar día y hora del movimiento:
El telegrama de estar preparados dirá: Mil felicidades en nombre de toda la familia. Eduardo. A lo que contestará el director con un telegrama fechado en Ceuta y firmado por Juan por el que se comprende está dispuesto poniendo en el telegrama un texto cualquiera.
El movimiento se avisará por un telegrama que dirá: Día (tal) llegará a esa fulanito ruego salgas a recibirle. Firmado Eduardo. El nombre de fulanito indicará por el número de letras, la hora, que será de la mañana, si no lleva apellido; si se pone apellido, se refiere a la tarde[102].
El 1 de julio «El Director» redactaba las directivas para la II División[103], en Andalucía, cuya misión principal era favorecer el desembarque en sus costas de las fuerzas expedicionarias de Marruecos y el avance de dichas tropas sobre Madrid. Para ello estipulaba los pasos a seguir: declaración del estado de guerra en todas las guarniciones comprometidas; requisa de los vehículos de tracción mecánica, que serán concentrados en los puertos de desembarco; asegurar el orden y «hacer abortar la huelga general usando de la mayor energía»; destitución de todas las autoridades y su sustitución por comisiones gestoras; facilitar a los «paisanos patriotas» armamento y municiones para que engrosen las columnas de Marruecos; organización de una columna en Sevilla para hacer frente a fuerzas que pudieran proceder de Extremadura.
Para algunos autores, ante la falta de compromisos y de plan de acción, los generales conjurados pretendían sublevar las guarniciones del Marruecos español para, por efecto dominó, ir extendiéndola acto seguido al resto de acuartelamientos de la Península. «Para el triunfo de este plan contaban más con los efectos psicológicos de una acción rápida, eficaz y brutal que con el número de los sublevados», escribe Beevor[104]. Según Payne, ante la imposibilidad de organizar y conectar bien las varias regiones y unidades, al punto de que una sola sublevación instantánea y coordinada de casi todo el Ejército parecía imposible, empezaba «casi como un pronunciamiento decimonónico, con sublevaciones escalonadas desde el sur hasta el norte por un período de tres días, y de hecho de cuatro o cinco días; esencialmente, una serie de pequeñas revueltas mal conectadas». Para él, el resultado es que en muchos lugares, como Madrid y Valencia, «fue más un cuartelazo que una sublevación enérgica»[105].
Federico Escofet[106], responsable del orden público de la Generalitat de Cataluña en 1936 y principal artífice de la estrategia oficial frente a la sublevación en ese territorio, también ha visto como un error de los sublevados que las guarniciones se rebelaran escalonadamente, perdiendo así la ventaja que proporciona siempre una acción inesperada y simultánea.
Frente a estas versiones tradicionales cada vez parece más seguro el acierto, de nuevo, del general Mola. El golpe militar de julio de 1936 tuvo una estrategia muy diferente a levantamientos anteriores para evitar el fracaso de estos. Hay que recordar la sublevación artillera del 29 de enero de 1929, cuando todas las fuerzas comprometidas tenían orden de actuar el mismo día y a la misma hora. Hubo contraorden y algunos siguieron adelante, como el Regimiento Primero Ligero de Ciudad Real, constituyendo el movimiento un rotundo fiasco.
Ahora no se preveía el alzamiento de las guarniciones comprometidas en un día y hora concretos, sino que Mola dio libertad a cada plaza para que buscara el momento más oportuno. La única fecha y hora establecida era la del estallido, en Melilla el 17 a las 17. El triunfo escalonado de las guarniciones provocó un efecto dominó: aquellas unidades que dudaban, se lanzaron con mayor seguridad al alzamiento, porque sus responsables lo primero que preguntaban era qué sucedía en el resto de guarniciones y de provincias, sobre todo las más cercanas. El plan estratégico de Mola, por tanto, no fue ni mucho menos improvisado, sino meditado en función de las circunstancias y de las limitaciones de los medios de comunicación y de transporte del momento. Sabía que contaba con un margen de varios días para ir sublevando unidades, pues ni las fuerzas terrestres, ni la aviación ni la armada que quedaran al lado del gobierno tenían una fácil capacidad de movilización. Tampoco las noticias llegaban de forma inmediata en aquel momento, lo que permitía a los sublevados jugar con el efecto de la sorpresa en circunstancias poco sorpresivas en el contexto actual.
3.5. El ideario político
3.5. EL IDEARIO POLÍTICO
En fin, mi general, soy optimista, tengo fe en España que estaba dormida y ha despertado. La juventud está en la calle y matan y mueren por sus ideales; terminarán triunfando los mejores, los más fuertes, los más valientes, y estos gobernarán con autoridad por haber escalado los puestos con valor y sangre, no con amaños electorales ni marrullerías. ¿Qué más podemos pedir? [Carta de Yagüe a Mola de 25 de junio de 1936.][107]
Entre los documentos redactados y enviados por Mola en los últimos meses estaban las Normas de ejecución, que consistían en nueve puntos claros sobre el futuro tras el triunfo del movimiento militar, con la idea de consolidar la organización del mismo a partir de unas pautas comunes de actuación. En ellas destacaban la militarización de la vida pública, la clausura de las sedes de sindicatos y organizaciones obreras, la prohibición de manifestaciones y la censura previa en todo tipo de publicaciones y comunicaciones.
Tabla 9
Normas de ejecución
a) Declaración del Estado de Guerra. Bando breve, enérgico, justificando en una actuación unánime del Ejército que no puede mantenerse indiferente ante tal espectáculo anárquico y criminal que ofrece España a partir del 16 de febrero.
b) Clausura de las Casas del pueblo, sindicatos de la CNT, FAI, etc., deteniendo, como medida de seguridad y de protección personal a sus directivos y a cuantos se hubieran significado por su participación o influencia en los últimos desórdenes.
c) Llamada a filas a título provisional de los tres últimos contingentes de cuotas… que serán encuadrados por oficiales en situación de disponibilidad, y a falta de estos, por retirados. Estas últimas unidades así organizadas, con el armamento de todas clases de que se disponga, se destinarán a la custodia de edificios públicos y a la protección también de los servicios (agua, luz, electricidad, transportes…).
d) Organización ciudadana. Recoger el movimiento entusiasta que ha de producirse para organizarla, clasificándola en un grupo técnico de colaboración en todos los servicios públicos, y otro de ayuda para el mantenimiento del orden.
e) Intervención en los servicios de correos, telégrafos y teléfonos, ejerciendo en ellos una severa censura. Análogas medidas en cuanto a la prensa y cualquier otro medio de publicidad y difusión de noticias.
f) Adoptar todo género de medidas (requisa de carruajes automóviles y otra clase de medios de transporte) para poder enviar las fuerzas del Ejército de que pueda prescindirse a aquellos lugares donde su presencia sea necesaria.
g) Las fuerzas de la Guardia Civil, apoyadas por las del Ejército que sean necesarias, atenderán exclusivamente a mantener el orden en la provincia. Las de Seguridad, que desde los primeros momentos se pondrán a las órdenes del Jefe de la Guardia Civil, coadyuvarán al mismo fin, una vez asegurado el orden de la capitalidad.
h) Los Gobiernos Civiles se entregarán a los jefes más caracterizados de la Guardia Civil.
i) Prohibición de todo género de manifestaciones de tipo político que pudieran quitar al movimiento el carácter de neutralidad absoluta que lo motiva[108].
Fuente: Archivo Histórico Nacional, Fondos Contemporáneos, Causa General, Leg. 1538-2.
La última norma de ejecución de Mola establecía la prohibición de manifestaciones de tipo político «que pudieran quitar al movimiento el carácter de neutralidad absoluta que lo motiva».
Muchos no entendían su significado concreto ni el objetivo político de la sublevación militar que se preparaba. Tal vez por ello, días antes de la fecha prevista para el golpe una parte importante de los altos mandos militares y de las fuerzas de orden permanecían indecisas. El objetivo político no estaba claro o, mejor dicho, no quería definirse por presentarse como apolítico, aunque sí era evidente que no era un movimiento monárquico. En 1957, Franco confesó a su primo:
Jamás oí decir a ninguno de los que intervinieron en la preparación del Movimiento militar que se contara con S. M. el rey. Nunca oí que se nombrase al rey y se hablara de monarquía como ideal de dicho Movimiento; sonaban los nombres de los dirigentes, se hablaba de Sanjurjo, de Mola, de Franco, de Queipo, etc.; pero no del que había sido rey de España, porque el Movimiento militar no tuvo carácter monárquico, aunque lo fuéramos muchos firmantes del mismo y un sinfín de jefes y oficiales decepcionados con la actuación de los republicanos.
Que Don Alfonso estuviera con el Alzamiento, o, mejor dicho, que lo viera con simpatía, es cosa distinta[109].
En efecto, el objetivo monárquico no estaba entre los conspiradores. Los distintos manifiestos dirigidos los primeros días de la guerra así lo atestiguaban, al firmar con un contundente «¡Viva la República!». Incluso así aparece en los comunicados de la formación de la Junta de Defensa Nacional. El 23 de julio de 1936 el general de la VI División escribe un radiograma al general Franco: «Para augurar triunfo se nombrará en Burgos hasta designar el gobierno provisional la Junta de defensa nacional que presidirá el general Cabanellas el más antiguo de los que intervienen en el movimiento representará a España y afirmará su nueva personalidad ante las naciones. Viva España, Viva la República»[110]. Otro dirigido en el mismo sentido a todas las divisiones dice que asume el poder «hasta que se constituya el Directorio Militar que ha de desarrollar el programa exigido por el sentimiento nacional».
Este era el único objetivo político definido dentro de la indefinición general. En la primera de las Instrucciones reservadas, Mola hablaba en la Base 6.ª del establecimiento de una dictadura militar. Un nuevo documento del 5 de junio intentaba aclarar su composición y objetivos:
Tan pronto tenga éxito el movimiento Nacional, se constituirá un Directorio que lo integrarán un Presidente y Cuatro Vocales Militares. Estos últimos se encargarán precisamente de los Ministerios de la Guerra, Marina, Gobernación y Comunicaciones … El Directorio se comprometerá, durante su gestión, a no cambiar en su gestión el Régimen Republicano, mantener en todo las reivindicaciones obreras, legalmente logradas, reforzar el principio de autoridad … y adoptar cuantas medidas se estimen necesarias para crear un Estado fuerte y disciplinado[111].
Además, mencionaba los primeros decretos y leyes que haría el Directorio, entre ellos suspender la Constitución, disolución de Cortes, cese del presidente de la República y miembros del gobierno, separación de Iglesia-Estado, libertad de cultos y «Defensa de la Dictadura Republicana».
3.6. El asesinato de Calvo Sotelo
3.6. EL ASESINATO DE CALVO SOTELO
El 13 de julio un acontecimiento iba a resultar trascendental para el discurrir no solo de la conspiración, sino de la propia existencia del régimen republicano: el asesinato del diputado José Calvo Sotelo. La noche del domingo 12 de julio (horas antes pistoleros falangistas habían asesinado al teniente de la Guardia de Asalto José Castillo) la pasó Calvo Sotelo en su casa conspirando contra la República. Así, por lo menos, lo reconocía su íntimo amigo Andrés Amado, ministro de Hacienda del autotitulado Gobierno Nacional en 1939, con quien estuvo conversando entre las 10 y las 11 de la noche: «La conversación versó, principalmente, acerca del Movimiento Nacional, por cuyo triunfo trabajaba sin cesar el señor Calvo Sotelo»[112]. Les acompañaban Arturo Biempica y Modesto Fernández Román. Mientras, en el cuartel de la Guardia de Asalto de Pontejos el ambiente estaba muy exaltado, por el asesinato del teniente Castillo, pidiendo venganza muchos miembros de la guardia republicana.
Pocas horas después, José Calvo Sotelo era sacado de su domicilio y asesinado. Según la declaración de dos guardias de seguridad, de servicio en la puerta de la casa del diputado, en la calle de Velázquez, sobre las dos y media de la madrugada del día 13 de julio pasó ante ellos una camioneta oficial ocupada por una veintena de hombres, vestidos unos de uniforme de la Guardia de Asalto del grupo de especialidades del Cuartelillo de Asalto de Pontejos y otros de paisano. Un grupo quiso penetrar en la casa, y la pareja de seguridad se opuso, pero el más caracterizado les enseñó un carnet de la Guardia Civil (oficial), alegando al propio tiempo que iba al piso del señor Calvo Sotelo a cumplir un servicio, y ante las manifestaciones del oficial y su identificación mediante el carnet, pues iba de paisano, le permitieron subir con algunos de sus acompañantes. Otros miembros de la camioneta se quedaron en la puerta y los demás se apostaron en las bocacalles inmediatas, impidiendo el acceso de los transeúntes, a los que cacheaban. Mientras esto sucedía, Calvo Sotelo se asomó al balcón, preguntando a los guardias de seguridad si los que habían llegado eran agentes de la autoridad, y la pareja le contestó que sí, e insistiendo dos veces más en la pregunta de si eran auténticos agentes, los de seguridad le repitieron otras tantas la misma contestación afirmativamente. Pasado algún tiempo, Calvo Sotelo bajó a la calle con el oficial y los demás que habían subido al piso, el portero de la casa, la señorita de compañía y el botones de la familia, y volvió a ocuparse la camioneta por los que en ella habían llegado, quedando en tierra el oficial y Calvo Sotelo, al cual invitó aquel a subir, ocupando una de las banquetas, y seguidamente arrancó el vehículo en dirección a la calle de Alcalá[113].
Según testimonio del guardia de Asalto Aniceto Castro Piñeiro, que estuvo presente en la camioneta n.º 17, cuando esta arrancó Calvo Sotelo se despidió de su familia, que estaba en los balcones, diciéndoles adiós con la mano:
Unos momentos después de haberse puesto en marcha la camioneta y hacia la altura de la calle de Ayala, sonó un disparo, y al instante volvió la cabeza el mismo que declara, y vio que al propio tiempo caía el señor Calvo Sotelo hacia la derecha, el pistolero esgrimía una pistola con la que sin duda acababa de disparar a quema pelo sobre la nuca de aquel. En el acto se retiró al departamento posterior el guardia que iba a la derecha del señor Calvo Sotelo, y el referido pistolero, levantándose de su asiento e inclinándose sobre el cuerpo de aquel, hizo otro segundo disparo sobre su cabeza[114].
Sobre las once de la mañana, el juez de instrucción n.º 3 de Madrid recibió una comunicación del depósito de cadáveres del cementerio del Este de que había allí, sin identificar, uno que pudiera ser el de Calvo Sotelo. Se trasladó rápidamente al depósito. Allí pudo comprobar que, efectivamente, era el del líder monárquico. Entre tres y media y cuatro de la mañana la camioneta de la Guardia de Asalto dejó allí el cuerpo sin vida, colocándolo en una mesa: «Presentaba este dos heridas de armas de fuego inmediatas en la región occipital y una erosión reciente en casi todo el largo anterior de la tibia izquierda, producida a no dudar en un movimiento reflejo por consecuencia de la lesión del cerebelo y el roce brusco de la pierna contra una parte dura del vehículo»[115].
La derecha se radicalizó aún más. José Bernal Torres escribía una carta al diputado José María Cid pidiendo la retirada del Parlamento: «Si la minoría agraria a la vista de los sucesos que presencia el país y tras del vil asesinato de Calvo Sotelo no se retira del Parlamento, es que carece esa minoría de patriotismo y dignidad. Ya perdonaron Vds a los traidores del 6 de Octubre, ya perdonaron Vds a los dinamiteros de Asturias. ¿Pueden Vds convivir con asesinos? No sean cómplices señores agrarios»[116].
A pesar de la pérdida dolorosa, a los conspiradores les vino muy bien porque supieron aprovechar la conmoción que en los sectores más proclives al alzamiento había provocado la muerte del líder monárquico para justificar su acción y atraer a los últimos indecisos, dando el impulso necesario que faltaba, según el propio Mola había reconocido en su informe reservado del 12 de julio.
3.7. La fecha: «El 17 a las 17» (julio del 36)
3.7. LA FECHA: «EL 17 A LAS 17» (JULIO DEL 36)
El asesinato de Calvo Sotelo no determinó el alzamiento. Cuando este sucedió la conspiración ya estaba plenamente consolidada y la fecha más o menos escogida desde mucho tiempo antes, no a raíz de la muerte del diputado, como apuntan buena parte de los especialistas de este período. La organización de la conspiración había estudiado meticulosamente las fechas más idóneas y había decidido que el alzamiento se produjera en plenas vacaciones de verano, en la segunda quincena de julio, por varios motivos. Uno era la climatología, cuya estabilidad debería resultar fundamental en las operaciones navales o aéreas previstas en el margen del Estrecho. Otro era el período vacacional. Durante la segunda quincena del mes de julio la mayor parte de los militares se encontrarían de vacaciones, por lo menos los que más les interesaban, los no afines al movimiento. Así sucedió: los partidarios del alzamiento permanecieron todos en su sitio, alertados por los enlaces, atentos a las órdenes de Mola. Mientras tanto, muchos oficiales y suboficiales afines a la República estaban lejos de sus destinos al comienzo de la sublevación, lo que evitó cualquier conato de resistencia en algunas guarniciones. La mayor parte de los declarantes en las causas judiciales abiertas tras la Guerra Civil apuntan en esta dirección como una de las claves del triunfo del alzamiento en algunas provincias. Los partidarios del régimen republicano, en cambio, muestran su lamento al encontrarse muchos de sus compañeros lejos del acuartelamiento.
Hay que decir que la fecha estaba muy bien elegida y muy pensada, como el resto de la trama. Y esto no pudo decidirse unos días antes, como dicen muchos autores al referirse a la incidencia del asesinato de Calvo Sotelo, que para ellos puso fecha al alzamiento. Según los plazos habituales de solicitud de permisos y vacaciones, estas tenían que solicitarse como mínimo un mes antes (una vez publicados en el Diario Oficial, en el caso de los oficiales, por ejemplo, las unidades procedían a confeccionar las relaciones de turnos, que enviaban a la división para su aprobación), por lo que es probable que a finales de mayo o principios de junio quedara definida la fecha de la sublevación, por lo menos los días sobre los que se desarrollaría, porque es fácilmente justificable que el día definitivo y la hora solo se divulgara unas jornadas antes, por motivos de seguridad. Pero todos los implicados sabían lo que tenían que hacer y sobre cuándo lo tendrían que realizar, aunque esperaban ansiosamente las claves para dar comienzo a la sublevación.
La mayor parte de los libros sobre el alzamiento hablan de la importancia de las maniobras celebradas en el Rif durante los primeros días de julio para decidir la fecha de la sublevación militar. El día 11 de julio quedaron reunidas en Ketama, inmediaciones del Llano Amarillo, todas las fuerzas que habían tomado parte en las maniobras militares celebradas en la Sierra, unos 20 000 hombres dispuestos para desfilar el domingo 12 ante el jefe superior de las fuerzas militares de Marruecos, general Gómez Morato, y el alto comisario, en el acto solemne de fin de maniobras. Desde Ketama, en el Rif Central, la noche del día 12 de julio, el teniente coronel Yagüe escribió una carta al director general del movimiento, general Mola, en la que daba cuenta de los múltiples compromisos y su plena seguridad de que el día 16 de julio estarían todas las fuerzas de maniobras en sus respectivas bases, y que todas ellas tenían misión concreta para dar principio a su ejecución tan pronto como se recibieran las órdenes que impacientes aguardaban. «Tengo todo preparado; los Bandos de guerra hechos. No dudo un momento en el triunfo. El espíritu de todos, magnífico», finalizaba Yagüe[117].
Este escrito, resultado de unos días de convivencia militar en el Llano Amarillo, resulta una prueba más de que la decisión del alzamiento estaba tomada, que aun sin el asesinato de Calvo Sotelo se hubiera producido igual, y de que la fecha ya había sido elegida tiempo antes, aunque es obvio —por razones de seguridad— que en muchos casos no fue comunicada hasta el último momento; de ahí las claves estipuladas con las que se ordenaría comenzar el alzamiento.
Hasta la hora estaba bien estudiada. El general Mola había decidido iniciarlo por la tarde para impedir la llegada de la aviación gubernamental.
3.8. Últimos preparativos y últimas órdenes
3.8. ÚLTIMOS PREPARATIVOS Y ÚLTIMAS ÓRDENES
Durante los últimos días se intensificaron los esfuerzos por conseguir armas allá donde faltaban. Según el testimonio de uno de los implicados de la Comandancia de la Guardia Civil de Córdoba[118], dos o tres días antes del 18 de julio se empezaron a recoger de las armerías y establecimientos dedicados a su venta las armas de fuego, cortas y largas. Después fueron trasladadas con sus municiones al cuartel de la Guardia Civil, adonde fueron también llevadas las que existían en otras dependencias oficiales, para quedar allí depositadas. En Madrid fueron más madrugadores. En el mes de junio se presentaron en Lérida dos enlaces de la CEDA, trasladándose con Carlos La Rosa, afiliado al partido, a Andorra. Allí compraron unas trescientas pistolas, que llevaron a la capital[119].
Mola comenzó una amplia difusión de órdenes a todas las juntas militares. En las Instrucciones que deben tenerse en cuenta por todos los comandantes de fuerzas destacadas, sea cualquiera su importancia numérica[120], los conspiradores recomendaban, entre muchas cuestiones, evitar la diseminación de fuerzas en pequeños grupos, estar alerta para la lucha en las poblaciones porque el enemigo puede surgir en todo momento y de cualquier lado, vigilar en todas direcciones y rondas nocturnas para evitar emboscadas, evitar la aproximación de la gente y si es preciso con las manos en alto, y no estorbar la actuación de los paisanos armados que lleven el distintivo que se indicará oportunamente. Además, «no deben mezclarse las tropas con el pueblo, en general (paisanos) por ningún pretexto (salvo el caso de fuerzas armadas organizadas), ni admitir obsequios de comidas o bebidas que puedan encerrar engaño».
Mola era consciente de la falta de apoyos y entusiasmo en Madrid, por lo que exigía un mayor compromiso al resto de capitales. El 12 de julio enviaba a todos los comprometidos un informe reservado: «La dirección del movimiento patriótico estima necesario dirigirse a los compañeros comprometidos en él para ponerles al corriente con toda lealtad de ciertos hechos demostrativos de que el entusiasmo por la causa no ha llegado todavía al grado de exaltación necesario para obtener una victoria decisiva y de que la propaganda no ha alcanzado un resultado completamente halagüeño»[121]. Finalizaba diciendo que todo estaba en marcha y que no debía de cundir el desaliento ni por la falta de apoyos ni por las detenciones. «Los que queden deben proseguir la obra iniciada», diría para mantener la moral. Finalizaba mostrando cierto desencanto con algunas fuerzas políticas como los carlistas, que pretendían mercadear su apoyo, «pues la colaboración es ofrecida a cambio de concesiones inadmisibles que nos harían prisioneros de cierto sector político en el momento de la victoria».
Unos días antes de la fecha prevista para el alzamiento, Mola envió a todos los enlaces y a todas las provincias en las que los jefes militares estaban comprometidos las claves telegráficas con las que se daría orden de inicio del golpe[122]:
— Barcelona: «Dígale al Procurador que presente la demanda. Rodríguez Sánchez».
— Bilbao: «Se vendió la casa. Serrano».
— Burgos: «Se ganó asunto Audiencia. Fernández».
— Valencia: «A las… se hizo contrato naranja. Velarde».
— Sevilla: «La escritura se firmó a las… Santiago».
— Zaragoza: «Luisa ha dado a luz robusto niño… hora. Zabala».
El día 15 de julio, Arraiza entregó en Madrid a Serrano Suñer las últimas instrucciones y mensajes de Mola para Franco. Además, el capitán Garicano las dejaba en manos del teniente coronel Galarza[123]. La orden de comenzar el alzamiento se extendió por todas las provincias comprometidas. En Valencia, por ejemplo, el día 16 le llegó a la Junta Militar la comunicación del general Mola de que el movimiento se iniciaría en África en la tarde noche del 17 de julio y que las distintas guarniciones debían levantarse sucesivamente en las fechas establecidas[124].
A las siete y cuarto de la mañana del día 17 de julio el enlace de Mola, B. Félix Maíz, enviaba desde Bayona tres radiogramas en clave para Franco, en Tenerife; para Sanjurjo, en Lisboa; y para Seguí, en Melilla[125]. En ellos se recordaba la orden de comenzar el alzamiento el 17 a las 17.