9. Albacete, puerta hacia Levante

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Albacete, puerta hacia Levante

COMO EN LEVANTE HABÍA fracasado el alzamiento, la victoria momentánea de los golpistas en Albacete se vivió como una tragedia para la República, pues suponía dejar la puerta abierta hacia ese territorio. Por eso días después, cuando fueron reducidas las fuerzas sublevadas, la euforia de Albacete se sumaba a la de Guadalajara y Toledo. La prensa republicana y el gobierno no paraban de mostrar su satisfacción… «También comunican de Murcia, Valencia y Cartagena que se han formado en las calles impresionantes manifestaciones de entusiasmo y júbilo por la libertad de España de los enemigos facciosos», decía el diario Ahora, que titulaba su portada a toda página «Albacete, en poder de los leales»[1]. En Alcázar de San Juan la entrada de las milicias alcazareñas que marcharon a Villarrobledo provocó el delirio popular:

El pueblo entero las tributó un recibimiento entusiasta a los acordes de la banda republicana. En la manifestación figuraban las banderas de los distintos partidos del Frente Popular y entre los manifestantes iban los concejales y el alcalde, que eran vitoreados[2].

No era para menos. El valor estratégico de la ciudad manchega era inmenso: «Ha caído el muro de fuerza —escribía el diario ABC en su editorial— con que los traidores quisieron aislar a Madrid de la región levantina. Libres quedan las comunicaciones ferroviarias entre la capital de la República y aquellas provincias, tan pródigas en recursos de toda clase»[3]. Con la rendición, Albacete se convirtió en el punto de partida de una acción dirigida hacia Andalucía. Se trataba sobre todo de cerrar el desfiladero de Despeñaperros, para cortarle así el camino hacia Madrid a la columna del Ejército de África. El general Miaja, uno de los oficiales de más alta graduación entre los que permanecían fieles a la República, puso en marcha la operación el 28 de julio. Su tropa cruzó sin dificultades una región adicta al gobierno e incluso se reforzó gracias al alistamiento voluntario de muchos campesinos. A principios de agosto, había superado sus objetivos y alcanzado Montoro, a 40 kilómetros de Córdoba[4]. Pero el general Franco, tal vez por este despliegue o por otras razones, decidió ir a Madrid por Extremadura.

En la tarde del 18 de julio, cuando ya el teniente coronel de la Guardia Civil Chápuli fue conocedor del alzamiento de las tropas en Melilla, se negó a aceptar la orden del general Pozas de enviar a Madrid a ciento cincuenta guardias civiles, dos tenientes y un capitán. La rebelión había comenzado en el cuartel de Albacete. Al Gobierno Civil acudieron diversas figuras destacadas de la política local, como Arturo Cortés y Eleazar Huerta, urgiendo al gobernador a que detuviera a los jefes de la Guardia Civil y armara al pueblo.

Sobre las doce del mediodía del domingo 19 de julio, por confidencia de dos agentes de Investigación y Vigilancia, los sublevados supieron que el gobernador civil, Manuel Pomares Monleón, había ordenado al Cuerpo de Asalto y Comisaría I y V la recogida de todas las armas y explosivos existentes en las armerías y establecimientos dedicados a su venta en la ciudad y se llevaran a sus habitaciones particulares. La Guardia Civil se adelantó e hizo que las armas y municiones pasasen a su cuartel, donde ya estaba establecida la Comandancia Militar y por consiguiente la dirección del movimiento que recaía sobre el teniente coronel de Infantería con destino en esta plaza, Enrique Martínez Moreno, no sin antes vencer las resistencias de los comisionados por el gobernador. Inmediatamente después se fueron entregando a los falangistas que voluntariamente se adherían al alzamiento[5].

Posteriormente se proclamó el estado de guerra y el comandante de la Guardia Civil Ángel Molina Galano, al mando de un pequeño grupo de las fuerzas a su mando y falangistas, tomaba al asalto el Gobierno Civil, procediendo a la detención del gobernador y varios representantes del Frente Popular que estaban con él. El comandante de Infantería Valerio Camino Peral se hizo cargo del Gobierno Civil y de la Alcaldía. A su vez, el capitán Ramón Martínez con un grupo de falangistas asaltó la Casa del Pueblo, clausurándola, e hizo lo propio con las demás sociedades republicanas. Detuvo a sus dirigentes y puso en libertad a los presos políticos de ideales afines a la causa. Además fueron ocupados los edificios de Correos y Telégrafos, Teléfonos y estación de ferrocarril, los depósitos de CAMPSA y algunas entidades bancarias. La toma de la ciudad se completó con la extensión por todo el casco urbano de servicios de vigilancia y seguridad, especialmente en las carreteras y vías de entrada y salida.

Al tener noticias la Inspección de la Guardia Civil de Madrid de los hechos relacionados, el general Pozas llamó personalmente por teléfono al jefe de la Comandancia de la Guardia Civil, teniente coronel Fernando Chápuli García, pidiéndole explicaciones por haber declarado el estado de guerra, exigiéndole pusiese en libertad al gobernador civil. Se negó rotundamente.

Entre los sublevados figuraban tres oficiales de aviación: el capitán Rafael Padilla Manzuco y los tenientes Francisco Pina Alduini y Carlos Ferrandiz Arjonilla. El primero de ellos al mando de un grupo de guardias civiles y paisanos se apoderó del aeródromo de la Torrecita y voló sobre la población lanzando proclamas en un tono más duro que el propio bando del comandante militar[6].

Los sublevados procedieron en primer lugar a sofocar algunos focos de resistencia formados en pueblos como Fuenteálamo, Montealegre, Almansa, Bonete, Villar, Pozo-Cañada, Ontur, Mahora, Minaya y otros. Todos fueron reducidos a excepción del de Almansa, donde las autoridades y milicias republicanas habían logrado expulsar del Ayuntamiento a los guardias civiles que se habían apoderado del mismo el día 19 de julio. Desde Albacete, el comandante Molina envió una columna compuesta por guardias civiles y falangistas en tres vehículos. En las inmediaciones de Almansa se entrevistaron con el alcalde, dos dirigentes de la Casa del Pueblo, un alférez y dos guardias civiles. Estos se unieron a los sublevados, llevándose preso al alcalde y a sus acompañantes. Mientras, iban llegando los refuerzos procedentes de Alicante, con una columna de trescientos carabineros y otros tantos milicianos mandados por el comandante Enrique Gillis Mercer. Las fuerzas rebeldes enviadas desde Albacete decidieron regresar, como explican los informes de la Causa General. A pesar de los medios que se pusieron, no se consiguió la rendición por ser más numerosas las milicias republicanas de defensa que las fuerzas que salieron de Albacete al mando del teniente de Asalto Edelmiro Verges Gilabert. Al llegar a Almansa con escasa dotación de municiones se encontraron con el pueblo rodeado de fuerzas enemigas, siendo además atacados por la retaguardia desde un tren de milicias procedente de Chinchilla, por lo que al verse cogido entre dos fuegos el teniente acordó la retirada.

Después de sofocar la oposición al alzamiento en esas poblaciones, las fuerzas militares sublevadas de Albacete se dedicaron a hacer frente a las columnas republicanas que procedentes de las provincias de Jaén, Ciudad Real, Toledo, Madrid, Cuenca, Valencia, Alicante y Murcia avanzaban sobre la capital y sostener con ellas algunos encuentros. Mientras, debían resistir a los continuos ataques de la aviación republicana que procedente de la base de los Alcázares se lanzaron sobre la capital. El día 21 fue abatido con fuego de fusil el primer avión enemigo, que en unión de otros sobrevoló la capital arrojando proclamas. El día 22 de julio se produjo un nuevo bombardeo de la aviación republicana sobre la capital, en el que parece ser se produjeron las primeras víctimas mortales. Los informes de la Guardia Civil hablan de once muertos del personal civil y unos cincuenta heridos. También la aviación sublevada bombardeó la ciudad sitiada, pero con proclamas dirigidas a la población civil, como recogía la prensa local:

¡Albacetenses! El movimiento militar que salvará a España ha triunfado plenamente. Los gobernantes y dirigentes han abandonado cobardemente a sus adictos intentando fugarse al extranjero. Pagarán con la vida su osadía y falta de patriotismo. Invito a guardar a los ciudadanos el máximo orden como mejor medio de cooperar al restablecimiento de la paz donde se haya alterado. El Estado de Guerra ha sido declarado en toda la provincia y sería doloroso verter sangre inútilmente. ¡Viva España!

Mientras esto sucedía en la sublevada Albacete, fuerzas republicanas sofocaban el alzamiento de la Guardia Civil de la ciudad industrial de Hellín. La tarde del 19 de julio —según las declaraciones realizadas en 1942 por el alcalde y el comandante de puesto de la Guardia Civil—[7] numerosos grupos de obreros, en unión de la Guardia Municipal, armados de instrumentos contundentes y de armas de fuego recorrían las calles practicando registros domiciliarios y cacheos. Aquella noche se congregaron en las inmediaciones de la casa cuartel de la Guardia Civil diversas personas voceando que era preciso a toda costa desarmar a los guardias civiles. Entonces la fuerza mandada por el capitán Joaquín Serena Enamorado, perteneciente a la 2.ª Compañía de la Comandancia de Albacete, salió a la calle a dispersar a los grupos y al toque de atención dado por el corneta se dispersaron sin que fuera necesario hacer uso de las armas. Alrededor de las diez de la noche fue hecho público el bando declarando el estado de guerra, firmado por el comandante militar de la provincia Enrique Martínez Moreno. Seguidamente el capitán Serena con unas siete parejas de dicha fuerza se dirigió al Ayuntamiento y se hizo cargo del mismo, destituyendo al alcalde y concejales. Además liberaron al teniente de Infantería Pedro Gol Catarineut, que los republicanos habían hecho prisionero y desarmado. El alzamiento estaba protagonizado por la Guardia Civil y veintiséis paisanos. Parece ser que había unos ochenta guardias civiles, muchos de ellos procedentes de pueblos del partido judicial, como Tobarra y Letur, que habían sido concentrados en la capital del mismo, lo que impidió el estallido del alzamiento en ellos por esa misma concentración.

El citado capitán intentó formar una Comisión Gestora Municipal, pero no lo consiguió porque los elementos que consideraba de confianza para tales cargos se excusaron ante la gravedad de aquellas circunstancias, por lo que solamente quedó en el Ayuntamiento el alcalde Cristóbal Díaz Lozano, controlado por la Guardia Civil. Esta, además, procedió a clausurar la Casa del Pueblo y sedes de los partidos y sindicatos de izquierda.

El día 22 llegó una batería de artillería ligera procedente de Cartagena y Murcia, compuesta de cuatro piezas con unos cien artilleros mandada por el comandante Antonio Berdonces, que se situó a unos dos kilómetros de Hellín. También vinieron, procedentes de Cartagena, unos ciento cincuenta soldados de Infantería y una compañía de Infantería de Marina y gran cantidad de paisanos armados como milicianos mandados por el teniente Burguete y un diputado apellidado Zafra. A ellos se sumaron republicanos de Hellín.

Sobre las once de la mañana de ese día, las fuerzas sitiadoras enviaron en concepto de emisarios a dos vecinos de la localidad, quienes entregaron un escrito al capitán de la Guardia Civil pidiéndole la rendición. Además le advertían que de no rendirse abrirían fuego contra el cuartel. El capitán Serena Enamorado no solo no aceptó la rendición sino que procedió a detener a los dos emisarios y a organizar la defensa en el cuartel, colocando una ametralladora en cada uno de los tres balcones.

El ataque comenzó inmediatamente a cargo de dos baterías del Regimiento de Artillería Ligera n.º 6 de la guarnición de Murcia, dos compañías de Infantería del 34 Regimiento de Cartagena y otra de Infantería de Marina, más guardias de Asalto, Carabineros y grandes contingentes de milicianos procedentes de Cartagena y Murcia. La artillería hizo varios disparos sobre la población en dirección a la casa cuartel, en el momento en que numerosos grupos de milicianos armados trataban de entrar en la ciudad por el desmonte de la vía férrea denominado Cerro del Pino, ordenando el capitán Joaquín Serena se abriera fuego contra ellos. Las bajas que les causaron impidieron conseguir su propósito.

Poco después sobrevoló la población un aparato arrojando varias bombas en las inmediaciones de la casa cuartel, que ocasionaron varios muertos de la población civil. Ante la gravedad de la situación el capitán de la Guardia Civil puso en libertad a los dos emisarios que había detenido y los envió con un escrito en el que se ofrecía a negociar. Se suspendió el fuego y hacia las cuatro de la tarde el capitán de Artillería Rufino Bañón se presentó en la casa cuartel para conferenciar con el capitán Serena, quien no aceptó la propuesta del capitán Bañón de rendición y entrega de armamento. Entonces hizo presencia en la casa cuartel el comandante Berdonces acompañado de dos tenientes de la misma arma y de forma inesperada acordaron sumarse a los sublevados[8], a lo que se opuso el referido capitán Bañón. Ante esta oposición el comandante y el capitán Serena acordaron que toda la fuerza de la Guardia Civil con su armamento y municiones saliera en concepto de rehenes para Murcia a las órdenes del referido comandante Berdonces para unirse a las fuerzas de la Guardia Civil en Albacete. Sobre las diez de la noche marcharon en camiones por la carretera de Elche de la Sierra, haciendo ver con esto que se dirigían por Caravaca a Murcia, pero al llegar a Elche de la Sierra se bifurcaron por la carretera de Lister presentándose en Albacete sobre las cinco de la mañana del día siguiente.

Al salir de esta ciudad la Guardia Civil entró en la misma el capitán Bañón con las cuatro piezas de artillería, ametralladoras y fuerza a sus órdenes, alojándose en la posada de San Juan y en la casa cuartel de la Guardia Civil. Al llegar el comandante de la Guardia Civil Ángel Molina Galano con unas cincuenta parejas en camiones a esta ciudad sorprendió al referido capitán Bañón y a la fuerza a sus órdenes. Los hizo prisioneros, incautándose de las piezas de artillería y demás armamento y municiones y unos cincuenta caballos, llevándoselo todo a Albacete. Hellín, por abandono, quedaba definitivamente en poder de la República.

El día 23 persistió sobre la capital el bombardeo de la aviación republicana, que se procuró neutralizar, sin éxito, con los pocos medios disponibles. Por la emisora radio-telegráfica del cuartel se comunicaron a Tetuán todas las novedades, interesando el envío de munición y de aviación; «no obstante —se escribe en la Causa General—, se continúa con el mayor entusiasmo acudiendo a todos aquellos puntos donde era necesaria la presencia de las fuerzas. Por la tarde, con el fin de cortar el avance de dos columnas que se sabía venían hacia esta, se procedió en virtud de orden de los Jefes del Movimiento a la voladura de las vías férreas de Murcia y Valencia y emplazamiento de las piezas de artillería que en Hellín habían sido copadas».

El día 24 continuaron los bombardeos en Albacete, causando cuatro nuevas víctimas: dos mujeres, un hombre y una niña. Por la tarde, el jefe de las fuerzas sublevadas destacadas en Villarrobledo comunicó la existencia de una columna en las proximidades de Socuéllamos y las condiciones de rendición que ya le había propuesto el enemigo, las que rechazó desde el primer momento. En vista de ello, el mando le ordenó la voladura de la vía férrea de Madrid y su repliegue a Albacete, efectuándolo en unión de todas las fuerzas y armamento en la misma noche.

Las tropas leales y las milicias entraron en Villarrobledo, expulsando de sus posiciones a los rebeldes y apoderándose de la fábrica de harinas y de la iglesia, posiciones desde las cuales dominaban la situación. En esta población la trama golpista estuvo encabezada por el falangista Jesús Ortiz, actuando de enlace con los conspiradores de Albacete el abogado Francisco Jiménez de Córdoba. La noche del día 19 este llegó a Villarrobledo y en unión de un grupo de falangistas acudió al cuartel de la Guardia Civil. Con la ayuda de los guardias presentes marcharon al Ayuntamiento, destituyendo al alcalde, que fue sustituido por el capitán de Infantería retirado Francisco Barnuevo. Declararon el estado de guerra, clausurada la Casa del Pueblo y fueron detenidos algunos republicanos significados. Los guardias se marcharon a Albacete, quedando el pueblo en poder de los falangistas hasta que el día 24 llegaron las columnas de guardias civiles fieles al Gobierno y milicianos de Alcázar de San Juan, Tomelloso, Campo de Criptana, Pedro Muñoz y Socuéllamos, concentrados en esta última población[9].

A este éxito se unía otro de tanta o más importancia: la toma de Chinchilla por las columnas de Murcia y Alicante. El camino hacia Albacete estaba libre… «El entusiasmo que estas noticias han producido en Madrid es muy grande», decía la prensa[10].

Los sublevados tenían claro que ya estaba todo perdido. Comenzó entonces una serie de mensajes por radio entre el comandante militar de Albacete y Franco, interceptados por un ingeniero albacetense en su estación receptora[11]. La situación era desesperada. A las siete y diez de la mañana del día 25 el comandante militar de Albacete enviaba un mensaje por radio angustioso solicitando refuerzos al general Franco, en Tetuán, y al general Cabanellas, en Valladolid:

En estos momentos avanzan por carretera Valencia, hacia la capital a una distancia de dos kilómetros fuerzas de Artillería y de Infantería, protegidas por aparatos de Aviación: Espero romperé fuego inmediatamente, estando dispuesto con primer Jefe esta Comandancia y fuerzas a sus órdenes a perder vida en defensa de España. Úrgeme envíen refuerzos. Caso no funcionar esta estación, sería por corte fluido, no por rendición. ¡Arriba España!

Cincuenta minutos después el general Franco daba esperanzas a los rebeldes de Albacete con la contestación al mensaje anterior:

Enviaré refuerzos. Resista hasta heroísmo. Fe en el éxito. Constantemente deme noticias[12].

Pero los refuerzos no llegaron. Solo consta el envío de un Fokker 20-2, que despegó inmediatamente de Tetuán… pero su piloto, el teniente Ureña, aterrizó horas después en Getafe, poniéndose a las órdenes de las autoridades militares republicanas.

La situación era desesperada. A las doce y diez de la mañana, el comandante Molina solicitaba de forma agónica auxilio con un nuevo mensaje, dramático por la dificilísima situación: «Desmoralización fuerzas extremada», argumentó. Mientras Molina intentaba convencer al gobernador militar Martínez Moreno de continuar la lucha, el teniente coronel Chápuli se suicidó. A Tetuán llegó el último mensaje de los sublevados a las doce horas y cuarenta minutos:

Artillería, aviones, nos bombardean incesantemente. ¡Socorro! ¡Socorro! Primer Jefe Comandancia suicidase. Imposible sostenerse en esta situación. 12,40 mañana.- Albacete a generales Franco y Cabanellas donde se encuentren: Vamos a rendirnos.

La insistencia de las incursiones aéreas y sus bombardeos a la línea defensiva había indicado la proximidad de la columna enemiga, «pudiéndose entonces apreciar la inutilidad de las piezas de artillería por la traición de varios sargentos y algunos sirvientes que se pasaron a los rojos», decían textualmente los informes de la Causa General. Se intentó repararlas, pero solo se consiguió que hicieran unos disparos. Ante esta situación se dio la orden de retirada al cuartel y sin tener tiempo material para la concentración, la población quedó invadida por las columnas republicanas procedentes de Alicante y Cartagena sobre las trece horas del día 25 de julio. Muerto el comandante militar Martínez Moreno, Molina formó a unos trescientos guardias civiles para rendirse formalmente. Los civiles, mientras tanto, salieron huyendo por donde pudieron.

El alzamiento había fracasado. En la rendición tomaron parte una batería de cuatro obuses de Murcia y Cartagena, una compañía de Infantería de Marina, una compañía del Regimiento de Infantería n.º 34, una compañía de Infantería n.º 4, doscientos cincuenta carabineros, una compañía de guardias de Asalto, dos mil milicianos de distintas provincias y unos mil quinientos de Albacete[13]. Posteriormente fueron liberados de la cárcel el gobernador civil y cuatro diputados a Cortes del Frente Popular, detenidos desde el inicio de la rebelión. Un diputado por Murcia fue quien puso en conocimiento del gobierno la noticia de la rendición de los rebeldes albaceteños con un telegrama al subsecretario de Comunicaciones. «Fernando Valera, después de agradecer la rapidez con que le informó Moreno Galvache, se apresuró a dar cuenta al presidente de la República y al gobierno de la sensacional noticia»[14]. La caída de Albacete produjo un efecto dominó en los pueblos aún sublevados de la provincia, como Alborea, Yeste, Balazote, La Gineta y Mahora. El día 27 los detenidos en Albacete llegaron a Alicante, como informaba la prensa:

Han llegado trescientos prisioneros sediciosos procedentes de Albacete. La fuerza pública que los custodiaba los ha librado de la indignación del pueblo. Quedaron 180 instalados en las bodegas del vapor Jaime II y los restantes en las del vapor Sil, ambos requisados para utilizarlos como prisión[15].

Parece ser que veintiséis de ellos fueron asesinados a bordo del Sil. Los responsables no pudieron o no quisieron evitar el ajusticiamiento popular.