8. Cataluña, Valencia y el este decisivo para la República
8
Cataluña, Valencia y el este, decisivo para la República
8.1. Cataluña
8.1. CATALUÑA
Jamás podré olvidar la impresión de ese amanecer, bajo el grito angustioso de las sirenas, que llamaban a la lucha a los trabajadores. Era algo que taladraba los oídos y que electrizaba las armas. De todas las casas veía fluirse a los hombres, poniéndose las chaquetas, acudiendo los unos a la llamada, los otros preguntando:
—¿Qué pasa?
Pronto las descargas de fusilería, el fragor de los combates retumbaba de un ámbito al otro de Barcelona. [Federica Montseny.][1]
La revuelta se inició en Cataluña en la madrugada del domingo 19 de julio. En Barcelona afectó a la totalidad de regimientos y cuarteles, excepto Aviación e Intendencia, pero fue seguida de manera desigual. También se sublevaron las guarniciones militares de Lérida, La Seu d’Urgell, Gerona, Figueras y Mataró. Sin embargo, las guarniciones de Tarragona y Manresa permanecieron al margen.
Pero en Cataluña el éxito o el fracaso de la sublevación se jugaron en Barcelona, donde existían las fuerzas militares más importantes y numerosas y los centros neurálgicos de la política catalana. En la madrugada del domingo 19 las tropas salieron de los cuarteles de la periferia hacia el centro de la ciudad para ocupar los centros oficiales. «Parecía como si los militares pensasen reproducir el éxito del 6 de octubre de 1934, cuando fue suficiente que los primeros soldados saliesen a la calle para que el gobierno de la Generalitat se rindiese. Pero ahora no contó con que la situación era muy diferente: además de las fuerzas del orden público de Escofet el movimiento anarcosindicalista barcelonés estaba dispuesto a lo que fuese»[2].
Desde hacía tiempo se había formado un Comité de Defensa confederal en Barcelona, con la misión de asumir la dirección de la lucha obrera contra una previsible acción del Ejército. Durruti, García Oliver, Ascaso, Jover y Gonzalo Sanz formaban parte de él y solo esperaban el mínimo movimiento de las tropas para movilizar a las masas confederales ya preparadas. Desde el 13 de julio los obreros de la CNT hacían guardia de noche en los locales del sindicato así como en otros centros de reunión por si los militares salían a la calle.
Las sirenas de los barcos del puerto y de las fábricas empezaron a sonar para dar la señal de alarma. La ciudad se comenzó a cubrir de barricadas y se iniciaron los combates en las calles. El día anterior el presidente Companys se había negado a armar a los sindicatos, a pesar de los continuos requerimientos. Pero los obreros comenzaron a asaltar las armerías y a recoger las que tenían escondidas desde octubre del 34 en nichos del cementerio y en las cloacas de la ciudad. La madrugada del 19 de julio un joven anarquista oyó que se estaban distribuyendo armas en la Generalitat. Marchó a la plaza de Sant Jaume y al llegar no cabía nadie más, repleta de jóvenes que pedían armamento. Sobre las cinco de la mañana, desde los altavoces instalados en la plaza para escuchar las informaciones de Radio Barcelona, se anunciaba que las tropas de Infantería del cuartel de Pedralbes acababan de abandonar su recinto dirigiéndose por la avenida Diagonal hacia el centro de la ciudad. Entonces se produjo un hecho insólito: uno de los guardias del palacio, con mosquetón al hombro, cogió su pistola y se la entregó al obrero más próximo. Los otros guardias hicieron lo mismo y de esa manera unos doscientos obreros se vieron provistos de un arma. La multitud se fue corriendo hacia las Ramblas. Los que no habían conseguido un arma marcharon al Parque de Artillería del barrio de Sant Andreu, que acababa de ser tomado al asalto por los obreros. En unos instantes la topografía urbana de Barcelona se transformó. Por todas partes empezaron a verse obreros armados y barricadas. «Lluís Companys, encerrado en su despacho, se vio en la soledad de su poder deslegitimado por el acto espontáneo de los guardias, que sirvió de detonante para la revolución proletaria en marcha. En efecto, había dado comienzo la revolución»[3].
Las tropas del Regimiento de Infantería Badajoz n.º 10 del cuartel del Bruc (en Pedralbes) y las del Regimiento de Caballería n.º 10 del cuartel de Numancia (en Hostafrancs) fueron las primeras en salir. Según uno de los participantes, el teniente de Infantería Ramiro Vizán Revilla[4], destinado en el primero de los regimientos, había muchos oficiales comprometidos, que firmaron el compromiso en un papel. Restringieron los permisos de verano a partir del 15 de julio, sobre todo a los comprometidos, para que estuviesen todos. Estaban de acuerdo con los falangistas, que una vez iniciado el movimiento en Melilla pasaron al cuartel con su camisa azul bajo la consigna «Fernando, Furriel, Ferrol». En total entraron unos ciento veinte. Entre ellos estaban el jefe territorial en Cataluña, el jefe de Milicias y varios jefes de Centuria. Se les armó y se les dieron unas explicaciones elementales de cómo emplear el armamento. Todos los comprometidos se pusieron a las órdenes del comandante López Amor. Sobre las once de la noche del 18 de julio llegó el coronel del regimiento, Espallargas, quien se opuso al movimiento e intentó impedir la salida de las tropas a la calle. Luego se repitió la escena con el general de la Brigada Ángel San Pedro, quien pretendió arengar a las tropas a favor de la República. El general y el coronel fueron detenidos y otros setenta y tantos oficiales y tropa. Sobre las cuatro de la madrugada del 19 de julio todos los comprometidos estaban preparados para salir a la calle. Previo el grito de ¡Viva España!, las unidades salieron a la calle.
A partir de las cinco de la mañana se fueron sublevando el resto de regimientos de la ciudad: el de Artillería de Montaña n.º 1, situado en el cuartel de los Docks; Caballería n.º 9, del cuartel de Gerona; Artillería Ligera n.º 7, del cuartel de Bailén; Batallón de Zapadores Minadores, del cuartel de Lepanto; Maestranza y Parque de Artillería, del cuartel de las Atarazanas.
Los conspiradores no habían contado con las fuerzas del Regimiento de Infantería Alcántara, según testimonio del entonces teniente coronel Jacobo Roldán Fernández[5], quien tenía el mando por ausencia del titular, el coronel Críspulo Moracho. Pero se sumó a las fuerzas sublevadas. A las cinco y media de la mañana del 19 de julio le telefoneó el general Llano de la Encomienda con gran excitación «y me preguntó si el Regimiento era leal o rebelde. Yo, manteniendo por entonces el equívoco, le dije: “Leal, mi General, siempre leal”. Y en mi intención era así, de lealtad para la Patria en contra de su ilegítimo Gobierno. Entonces me mandó que tocara Generala y formara las Unidades que pudiese». Como esto convenía al plan de los sublevados, ordenó la organización de tres compañías de fusiles y una de ametralladoras, además de una de morteros. Una vez preparadas las fuerzas, el general le ordenó que salieran y se unieran a las fuerzas de Asalto. «El teniente coronel le preguntó: “Contra quién, mi General”. Contra las tropas facciosas que se han sublevado contra el Gobierno. Entonces le contesté: “Este Regimiento, mi general, no sale a luchar contra sus hermanos del Ejército”. Entonces (replica furioso) “Vd. me desobedece”. Reitero: “Mi general, ya le he dicho que este Regimiento no sale a luchar contra sus hermanos”».
El jefe accidental del regimiento salió al patio y dirigió a las unidades formadas una calurosa arenga, diciendo que «hermanos de armas se habían levantado en otras partes de España contra un Gobierno que, legítimo o no, en su origen, que no era momento de dilucidarlo, era completamente ilegítimo a su ejercicio, ya que era castigo y verdugo de la verdadera España, de la Religión, de la Familia y de la Propiedad. Que nosotros no debíamos abandonar a aquellos hermanos de armas, que debíamos secundar el Movimiento. Que yo, su Jefe, con todos los que me siguieran, estaba dispuesto a hacerlo y terminé: “Soldados de la Patria, hijos míos. ¿Abandonaréis a vuestro Teniente Coronel? ¡No! ¡No!, ¡Viva nuestro Teniente Coronel! ¡Viva España!, contestaron ellos clamorosamente, rompiendo en estentóreos aplausos”».
El general Fernández Burriel llamó para que se adhirieran a sus tropas y así lo ordenó el teniente coronel. Una compañía tomó varias casas y azoteas. Unas y otras sufrieron el ataque de las milicias y el teniente coronel ordenó su regreso al cuartel ante las numerosas pérdidas humanas. Cuando llegó el general Goded le telefoneó. Le ordenó que fuera con las unidades disponibles al cuartel de los Docks (Artillería) y de ahí con las ametralladoras se acercaran al edificio de Gobernación para bombardearlo. Hacia las dos de la tarde salió casi sin oficiales («estuve muy abandonado por la mayor parte de la Oficialidad») hacia el cuartel de Artillería. Desde allí era imposible avanzar hacia Gobernación, por el fuego enemigo. Decidió volver, al enterarse de que su cuartel había decidido adherirse a la Generalitat. Regresó con sus tropas pero no pudo hacer nada, al coincidir con el fin del movimiento en Barcelona.
Los primeros enfrentamientos armados en la ciudad de Barcelona se produjeron en la plaza de Cataluña, cuando llegaron los soldados procedentes del cuartel de Pedralbes. Las fuerzas militares consiguieron apoderarse de la plaza y posteriormente de Telefónica. Pero una vez logrado el objetivo, fueron desalojadas de dicho edificio, viéndose obligadas a regresar al centro de la plaza. Esto ocurría alrededor de las ocho de la mañana. Desde la Telefónica, la azotea del Banco de Vizcaya y otros edificios se intensificaron los tiroteos hacia el centro de la plaza. «Por los vomitorios del Metro, también llovía fuego y plomo», recuerda el teniente Vizán. Ante la evidente superioridad numérica de las milicias populares, los mandos militares sublevados dieron orden de retirada. Se replegaron unos hacia el Hotel Colón y otros al Casino Militar, donde se hicieron fuertes. A las seis de la tarde, el edificio del Casino Militar, donde se encontraba el teniente Vizán, fue tomado por la Guardia Civil, Asalto y otras fuerzas.
En otros puntos de la ciudad también se luchaba. Los tres escuadrones que bajaron del cuartel de Gerona fueron parados por guardias de Asalto y por un buen número de milicianos en la plaza del Cinc d’Oros, la confluencia entre el paseo de Gracia y la Diagonal. Las tropas del Regimiento de Santiago n.º 3 de Caballería, al mando del coronel Francisco Lacasa, salieron de madrugada con el objetivo de hacerse con el cruce de la Diagonal con el paseo de Gracia. Los guardias de Asalto y otras fuerzas desde tejados y azoteas abrieron fuego, impidiéndoles cumplir su objetivo. Lograron tomar el convento de los Carmelitas y casas próximas, hasta que en la mañana del día 20 agotadas las municiones y toda clase de recursos capitularon ante las fuerzas de la Guardia Civil que mandaba el coronel Escobar[6].
Según Moisés Trigueros Seco[7], teniente del Regimiento de Caballería Santiago, tomaron la terraza de la casa número 365 de la Diagonal con mucho esfuerzo, por el fuego enemigo. Se defendieron de los disparos y de la aviación, pero pronto se les agotaron las municiones, por lo que tuvieron que rendirse. En el cruce de la calle Balmes con Diagonal también sufrieron un duro correctivo las fuerzas del Regimiento de Artillería Ligera[8], que quedaron prácticamente inoperantes.
Desde el Regimiento de Caballería de la calle Tarragona un grupo de soldados ocupó la plaza de España, donde pronto empezaron los enfrentamientos armados. Otro grupo bajó por el Paralelo y fue detenido por las fuerzas confederales en la brecha de San Pablo. Un tercer grupo se instaló en la plaza de la Universidad, donde quedó aislado. Según el testimonio del teniente Ángel Clavero Fernández[9], del Regimiento de Cazadores de Montesa 4.º de Caballería, el 18 de julio todos los implicados llegaron al cuartel, convocados por el coronel Escalera a las seis de la mañana para proceder a la distribución de las fuerzas que al día siguiente debían salir a la calle. A las cuatro de la tarde se tocó diana, formando la tropa en el patio junto a unos cincuenta paisanos que debían actuar en la plaza de la Universidad. «Inmediatamente y a presencia del General de la Brigada Excmo. Sr. Don Álvaro Fernández Burriel, el Coronel Escalera dirigió la palabra a la fuerza, saliendo a continuación el regimiento». La mayoría de sus fuerzas fueron destrozadas por el enemigo sólo abandonar el cuartel. Algunas unidades llegaron hasta el centro de la ciudad. «A las cinco de la tarde se retiró la fuerza al Cuartel por orden del Señor Coronel». Los oficiales fueron arrestados en el Gobierno Civil y en el vapor Uruguay.
Los combates se fueron extendiendo por la ciudad, llegando a las inmediaciones del puerto, e incrementando su crudeza en el centro de la ciudad. Mientras, la aviación comenzó a bombardear los cuarteles.
Poco antes del mediodía llegó Goded para ocuparse de la dirección de la sublevación. El capitán general de Cataluña, general Francisco Llano de la Encomienda, se había manifestado contrario a la conspiración. Por esta razón se buscó a un general de prestigio aunque de fuera de la región. Pero todo, o casi todo, estaba perdido. La única esperanza que le quedaba era la Guardia Civil. Cuando a las dos de la tarde un tercio mandado por el coronel Antonio Escobar, reforzado con soldados de Intendencia, se dirigió por la Vía Layetana a la plaza de Cataluña para derrotar definitivamente la revuelta, desaparecieron todas las dudas.
A las cinco y media de la mañana del 19 de julio esperaban en el puerto de Palma de Mallorca cinco hidros Saboya de la Base de Mahón, al mando del teniente de navío Martínez de Velasco, pero no llegaron hasta las diez. En el primer hidro embarcó el general Goded; en el segundo, su ayudante; el hijo del general, el abogado Manuel Goded, en el tercero; el capitán aviador Casares, que había sido enviado de Barcelona como enlace, en el cuarto; quedando el quinto hidro en el puerto de Palma. Sobre las doce de la mañana sobrevolaron Barcelona, pero pudieron apreciar que no estaban colocadas en la Aeronáutica Naval las señales convenidas para el aterrizaje y que la ciudad parecía tomada por los milicianos. Transcurrida media hora de vuelo sobre Barcelona, y en vista de que seguían sin aparecer las señales convenidas, el general decidió descender, en contra de la opinión de su ayudante, quien le recomendó no pasar a Barcelona: «yo creo que se mete Vd. en la boca del lobo», le dijo. El general le contestó: «ya lo sé pero he dado mi palabra y voy a cumplirla»[10]. Aterrizaron frente a la Base Aeronaval, la Aeronáutica.
El general y sus acompañantes fueron recogidos en dos botes. Al desembarcar Goded fue recibido en la Aeronáutica por todos los oficiales con el brazo en alto y la marinería formada, rindiéndole los honores de ordenanza. Al pasar por delante de la formación dio un ¡Viva España! El general saludó a todos y pidió detalles sobre la situación. En la propia Aeronáutica, un practicante de la escuela, con un máuser en la mano, se disponía a hacer fuego sobre el general por la espalda. El responsable de la base, capitán de corbeta Antonio Núñez Rodríguez, se percató de las intenciones del subordinado y le arrebató el arma, evitando la muerte de Goded a los pocos minutos de pisar suelo barcelonés[11]. Posteriormente el general montó en un coche que se puso en camino hacia la sede de la división militar, siguiéndole en otros vehículos de la Aeronáutica el resto del acompañamiento.
Entró en el edificio de la IV División a las trece horas. Seguidamente el general Burriel hizo entrega del mando al general Goded, quien fue consciente desde el primer momento de la situación adversa, con las fuerzas del 7.º Regimiento de Artillería, las más comprometidas con el alzamiento, destrozadas, y con las fuerzas militares y populares leales a la República dominando la ciudad. Ordenó que la escuadrilla que le había traído bombardeara el Aeródromo Militar del Prat, pero el teniente de navío Emilio Lecuona, enlace y organizador de la conspiración en la Base Aeronaval de Barcelona, le manifestó la imposibilidad de cumplimentar sus órdenes por carecer de bombas.
Goded intentó convencer al general Aranguren, responsable de la Guardia Civil, para que se sumara al alzamiento con todas sus fuerzas, quizá como única y última posibilidad. Le telefoneó y mantuvieron una breve conversación en la que Goded le explicó que el movimiento estaba justificado por la lucha contra toda clase de extremismos. Al negarse Aranguren a secundar sus planes, el general Goded finalizó sus palabras con la amenaza de fusilarle al día siguiente, cuando el movimiento hubiese triunfado. «Si mañana me fusila usted —le respondió el general Aranguren— habrá fusilado a un general que ha hecho honor a su palabra y a sus juramentos militares. Pero si mañana le fusilamos nosotros, fusilaremos a un general traidor que ha faltado a su palabra y a su honor»[12].
Ante la negativa de la Guardia Civil y viendo que las pocas fuerzas con que contaba estaban aisladas por grupos y, casi todas, cercadas, pidió refuerzos a Palma de Mallorca y Zaragoza. Mientras tanto, la artillería y aviación republicanas bombardeaban el edificio de la división, produciendo numerosas bajas. Sobre las seis de la tarde, las fuerzas republicanas entraron en el patio del edificio y posteriormente se hicieron con todas las dependencias, tomando prisioneros a todos los jefes y oficiales, entre ellos el general Goded.
El presidente Companys pidió a Goded que anunciara su rendición por la radio. Goded habló por los micrófonos para decir que ante el fracaso del alzamiento dejaba libres a los sublevados de todo compromiso y él renunciaba a la lucha. Según el testimonio del ayudante del general, este se prestó a hablar por la emisora porque pensaba sinceramente que el movimiento estaba perdido en toda España salvo en Baleares. Pretendía avisar a las tropas de Palma para que no embarcaran hacia Barcelona. «Espero que esta madrugada me fusilen habiendo salvado a Palma y así moriré tranquilo»[13], le dijo el general ante la insistencia e incomprensión mostrada por su ayudante, coronel Carlos Lázaro. El general Goded fue fusilado en el castillo de Montjuic, en compañía del general Fernández Burriel, el 12 de agosto a las 6.20 horas.
La intervención radiofónica del general Goded resultó determinante para sus seguidores. A partir de ese momento los acontecimientos se precipitaron. En la plaza de la Universidad y en la plaza de Cataluña los soldados se rindieron antes de media tarde. Sólo quedaban pequeños focos de resistencia en el cuartel de las Atarazanas, en las dependencias militares (Gobierno Militar) y en el convento de los Carmelitas, que acabaron rindiéndose al día siguiente, 20 de julio. Especialmente trágica fue la lucha en el cuartel de las Atarazanas, en las Ramblas, cerca del puerto. Fue preciso utilizar la aviación y la artillería para someter a los sublevados. Murió casi toda la oficialidad y numerosos soldados.
En la Base Naval los jefes, aliados de Goded, se negaron sucesivamente a cumplir las órdenes de Madrid para que bombardearan la división durante el día 19. Por ello las milicias populares y fuerzas militares leales comenzaron a tirotearla desde las laderas de Montjuic y desde el muelle del carbón. Este tiroteo duró casi toda la tarde, contestándose con fuego de fusil, ametralladora y cañón. Al amanecer del día 20 empezaron a volar los aparatos del Prat sobre la base, dando vueltas cada vez a menor altura. De pronto, los oficiales fueron aisladamente sorprendidos y hechos prisioneros por la marinería y auxiliares, capitaneados por el oficial 1.ª Antonio Molina. El jefe de la base, capitán de corbeta Antonio Núñez Rodríguez, fue detenido junto al también capitán de corbeta Juan Díaz Domínguez y seis tenientes de navío. «Mi comandante, no haga disparates», le dijo el oficial 2.ª que detuvo al jefe al entregar este su pistola[14]. Se acababa uno de los últimos reductos sublevados.
El resultado de las dos jornadas de sublevación resultó trágico en lo que respecta al número de víctimas. Según algunos historiadores, alrededor de los cuatrocientos cincuenta muertos y unos dos mil heridos. Buena parte de las víctimas cayeron en el cuartel de las Atarazanas. «La última batalla de Barcelona había sido, pues, especialmente trágica, pero el desastre final del ejército en Barcelona acabó siendo decisivo para que el resto de guarniciones sublevadas de Cataluña regresasen a los cuarteles y el eco de este fracaso contribuyó también a minar la moral de los sublevados en otros lugares»[15].
Barcelona, y con ella toda Cataluña, permaneció al lado de la República gracias a varios factores. El primero, y principal, el caos organizativo de la conspiración en los últimos momentos. Si el mando y las órdenes hubieran estado claros, hubiera sido muy difícil, como sucedió en el resto del país, vencer la sublevación. En las últimas horas, en Cataluña y Valencia la improvisación fue total. El día antes de la sublevación hubo cambio de planes y de responsables. Lógicamente, todo salió mal. El general Goded, que había sido designado para encabezar el golpe en Valencia, a última hora fue enviado a Cataluña. El general González Carrasco, a quien correspondía dirigir el movimiento en Cataluña, decidió ir a Valencia.
La noche del 16 de julio, el teniente coronel Galarza recibió la última orden de Mola: «Dar contraorden al General Goded, que debía dirigir el Alzamiento en Valencia, para que en vez de a esta ciudad se dirigiera a Barcelona. Al día siguiente quedó cumplimentada la orden. Un enlace salió de Madrid»[16]. Según la versión de un íntimo amigo del general, Finat, Goded fue a Barcelona contrariado y forzado, sospechando que se le enviaba allí para verle fracasar[17]. Esta no parece cierta, sobre todo al descubrir la versión del general Goded, en boca de su propio ayudante[18].
Días antes del golpe, este fue enviado por Galarza a Barcelona para recibir los informes de los militares comprometidos. El comandante de Estado Mayor Mut le comunicó que allí no querían para jefe del alzamiento al general González Carrasco por pensar que se echaría para atrás como hizo en Granada en agosto de 1932. Los jefes y oficiales de la Junta Militar de Barcelona le pidieron que lo encabezara el general Goded, a quien seguirían sin titubeos. Informado el general, ordenó a Mut que viajase a Palma, y en la entrevista que tuvieron se acordó que Goded iría a Barcelona a ponerse al frente del movimiento. A punto de comenzar este, el general comunicó por clave su decisión al mismo Mola para que variara los planes, lo que este hizo a pesar de no estar convencido, según el testimonio del ayudante de Goded. Parece ser que cedió a consecuencia tanto de la presión de los militares catalanes como de su poco entusiasmo en ir a Valencia.
Según el fundador de la UME, Bartolomé Barba, el general Goded no estaba conforme con su responsabilidad en Valencia. «Repetidas veces me dijo que Valencia desde su punto de vista no le importaba». Días antes de comenzar el movimiento, exigió ir a Barcelona[19]. Desde luego podía haber una razón muy clara para Goded: Cataluña resultaba un territorio decisivo para el alzamiento, y a pocos observadores les quedaba duda de que un triunfo allí abría las puertas al triunfo del alzamiento en toda España. Goded, un general que había sido jefe del Estado Mayor con Azaña al comienzo del régimen republicano y destituido en junio de 1932, sentía cortada y malograda su carrera, por lo que podía tocar de nuevo la gloria.
Para el general Varela, la decisión de cambiar al responsable del movimiento en Cataluña creó un gran desconcierto hasta en los propios protagonistas, sobre todo en el general González Carrasco, «pues el general Carrasco no recibe a cambio misión alguna de quien debía y podía, y ante la solicitud reiterada de dos comandantes que se presentan de la guarnición de Valencia, que le piden ponerse al frente de la misma, y faltándole tiempo para la consulta, se pone en camino voluntariamente para dirigir el levantamiento en aquella ciudad»[20].
Los cambios de última hora fueron claves en la derrota, sobre todo si se piensa, como el general González Carrasco, que buena parte de los militares estaban comprometidos. El general envió el 10 de julio al capitán Joaquín Cañadas a Barcelona con el fin de «explorar el espíritu de aquella guarnición y en cumplimiento de esta con el Comandante de Estado Mayor Francisco Mut, Teniente Coronel de la Guardia civil Cercas, General de Artillería Legorburu, Coronel de Caballería La Casa, Capitán de Infantería Lizcano de la Rosa, Capitán de Artillería López Varela y un Abogado cuyo nombre no recuerda que era el que manejaba al personal civil de Barcelona; todos ellos a quienes habló en nombre del General González Carrasco se mostraron conformes con acatar la Jefatura de dicho General y optimistas en cuanto al resultado, excepto el General Legorburu que veía dudoso el triunfo aunque se manifestó dispuesto a secundar las órdenes del General González Carrasco»[21].
Tras el cambio de líder, el «técnico» Galarza comunicó a Mola y a Franco su diagnóstico a pocas horas de dar comienzo el golpe: fracaso en Madrid, Barcelona y Valencia. «Sin embargo, ya en conjunto vi el problema ganado. Mientras se mantuvieran África y en la Península Castilla, Navarra y Aragón, la gloria del Alzamiento no me ofrecía duda alguna. Se ganaría»[22].
Para el general Varela, el general González Carrasco tenía todo preparado para el alzamiento en Barcelona: «seguramente el triunfo de Cataluña habría sido posible, pero para ello precisaba la condición de proceder con la máxima rapidez y esto exigía haberse lanzado el mismo día diez y ocho, como se efectuó en otros lugares de España, cosa que no pudo hacerse sin estar presente el encargado del Movimiento en Barcelona, al llegar tarde a dicha Plaza malogró incluso la actuación heroica del propio general Goded, prestigioso militar que tuvo que atender antes el problema de Baleares, restándole el tiempo que después le faltó para Cataluña y bien puede asegurarse que cuando dicho general llegó a Barcelona es ya tarde y el Movimiento estaba virtualmente perdido, por desaprovechamiento de oportunidad»[23].
En 1942, en la información instruida en averiguación de los hechos ocurridos en el Cuartel General de la IV División orgánica de Barcelona durante los primeros días del movimiento, se hace responsable del fracaso del alzamiento en esa ciudad al general Fernández Burriel. Se había acordado que hasta que Goded se hiciese cargo de la división lo hiciera el más antiguo, que era el general Fernández Burriel: «La condición impuesta por Burriel para adherirse al Movimiento de que se tuviera una entrevista con el General Llano de la Encomienda en la creencia de que se lograría convencerle fue un hecho que tuvo la mayor trascendencia y que influyó de una manera evidente en el fracaso del movimiento en Barcelona, toda vez que se puso en conocimiento de aquel General enemigo toda la clave del alzamiento en Barcelona»[24].
Además de los propios errores de los conspiradores, también resultó decisiva la fidelidad de los principales jefes militares, empezando por el capitán general Francisco Llano de la Encomienda, y terminando por la de los jefes de la Guardia Civil (general Aranguren) y fuerzas de orden público (Vicente Guarner y Federico Escofet). También hay que añadir el respaldo popular, que se echó a la calle en los primeros instantes.
Otro factor importante fue sin duda alguna el conocimiento de la conspiración y, especialmente, la preparación de la defensa por los responsables de orden público de la Generalitat, Escofet, Guarner y un tercer hombre, el comandante Alberto Arrando, jefe de sus fuerzas militares. Los tres pasaron muchas horas diurnas y nocturnas ante un gran plano de la ciudad preparando la defensa de Barcelona cuando estallara la sublevación y sobre todo teniendo en cuenta no caer en los mismos errores del 6 de octubre de 1934, cuando dos baterías de artillería y muy pocas fuerzas de infantería controlaron la ciudad con gran facilidad. Ahora esperaban muchas más fuerzas militares y bien armadas. Calle por calle y azotea por azotea fueron revisadas para escoger los puntos estratégicos. Las hipótesis de la ocupación de Barcelona que barajaron quedaron corroboradas al fracasar el alzamiento. Al general Goded le fue ocupado un plano de la ciudad en el que, con trazos de lápiz rojo, se hallaban los itinerarios que habrían de seguir las fuerzas militares sublevadas, con muy pocas diferencias de lo esperado por las fuerzas de orden público[25].
Desde la óptica de los sublevados[26], las causas del fracaso de la sublevación en Barcelona fueron varias: las vacilaciones del general Fernández Burriel, que tal vez por no ser el jefe efectivo del alzamiento en Barcelona dejó de actuar con la energía y rapidez que resultaban indispensables en tal trance; la tardanza en que llegó el general Goded (no imputable a él); el haber permitido los elementos militares que el enemigo ocupase las mejores posiciones estratégicas, demostrando con ello una confianza injustificada e inexplicable; el escaso número de fuerzas empleadas, ya que los cuarteles, a consecuencia de los permisos de verano, estaban solo con dos tercios de los efectivos normales; el error gravísimo de no haber ocupado la tropa las emisoras locales de radio, mediante las cuales el enemigo consiguió mantener la moral de sus adictos, mientras en el campo nacional se producía la desorientación y el desconcierto; y la defección final de la Guardia Civil. Lacruz afirma que en el alzamiento salieron a la calle un total de 1200 soldados, apoyados por pequeñas formaciones de paisanos. A pesar de ello llegaron a ocupar buena parte de Barcelona contra fuerzas que, según él, decuplicaban las de los sublevados sumando fuerzas de Asalto, guardias civiles, policías de la Generalitat y paisanos armados.
El fracaso de la sublevación en Barcelona determinó la rendición de las guarniciones alzadas en el resto de Cataluña. En Figueres se sublevó la guarnición del castillo de San Fernando, mientras en Mataró el coronel Julio Dufoo, del Regimiento de Artillería Pesada, declaró el estado de guerra. En La Seu d’Urgell el coronel Joaquín Blanco Valdés, del Batallón de Montaña n.º 5, proclamó el estado de guerra. En Tarragona, sin embargo, donde había oficiales comprometidos en la sublevación, resultó determinante en el fracaso de la misma la actitud del coronel Ángel Martínez Peñalver, quien se negó a declarar el estado de guerra.
En Lérida las fuerzas del Regimiento n.º 25, cuyo cuartel era el castillo que preside la ciudad, proclamaron el estado de guerra el 19 de julio con el coronel Rafael Sanz Gracia y el teniente coronel Luis José de Gomar a la cabeza, este último presidente de la UME y de Renovación Española en la provincia y uno de los artífices de la conspiración. Según parece, los bandos estaban firmados por el general González Carrasco y tenían un papel encima de este nombre con el del general Goded[27]. Hacia las ocho de la mañana comenzaron la ocupación de los puntos neurálgicos de la ciudad, como la comisaría de la Generalitat, la Paería, la estación de ferrocarril y la emisora de radio. Tan solo hubo incidentes frente a la Diputación Provincial, donde los disparos de la Guardia de Asalto produjeron la muerte de un paisano.
La Guardia Civil no solo no se sublevó sino que contribuyó a reducir a los que lo hicieron. El teniente coronel jefe de la Comandancia era contrario al alzamiento por lo que intentaron convencer al teniente Sánchez Zamora, jefe de la línea de Balaguer, para ponerse al frente del mismo. Le esperaron el día 19 de julio, pero ni se presentó ni contestó a la solicitud que le había realizado un miembro del Consejo Regional de la CEDA de Cataluña[28].
Sobre las once de la mañana se presentaron en el castillo unos trescientos civiles dispuestos a ayudar a las fuerzas militares sublevadas. Había falangistas, requetés, miembros de las Juventudes de Acción Popular, de Renovación Española y de la CEDA y algún que otro militante de la Lliga Catalana[29]. La fuerza civil fue armada por los militares y dedicada a la vigilancia de la población.
Por la tarde, la CNT, la UGT y la Unión Local de Sindicatos, controlada por el POUM, constituyeron un Comité de huelga y convocaron la huelga general para el día siguiente. El ambiente hostil de la población, la escasez de fuerzas militares y las noticias que llegaban de Barcelona fueron las razones principales de la rendición de los sublevados el 20 de julio. La mayor parte de los jefes y oficiales sublevados, entre ellos el coronel y comandante militar de la plaza, fueron fusilados cinco días más tarde.
En Gerona se produjo una situación parecida a la de Lérida. El Ejército, tras proclamar el estado de guerra, ocupó militarmente la ciudad. Mientras, se constituía un Frente Antifascista que empezó a organizar grupos armados para atacar a las fuerzas sublevadas. El general Jacinto Fernández Ampón declaró el estado de guerra hacia las siete de la mañana del 19 de julio.
La noche anterior el general, gobernador militar de la plaza, y los demás jefes de la guarnición (Batallón de Montaña Asia n.º 2 y Regimiento Pesado de Artillería n.º 2 y Servicios) fueron informados por el teniente del Servicio de Enlace José Borbón, recién llegado de Barcelona, de la hora y planes previstos para el alzamiento. De madrugada llamó al capitán general Llano de la Encomienda, quien le confirmó la sublevación, pero le aseguró que él «se mantenía leal y eso mismo recomendaba y exigía a todos».
Tras la conversación con su superior, el general Ampón dio órdenes en persona al teniente coronel Antonio Alcubilla Pérez, que mandaba el batallón, de disponer una compañía para ir a declarar el estado de guerra y que el resto de la fuerza saliese a ocupar los puntos estratégicos de la ciudad, según el plan determinado de antemano. Se decidió aprovechar los bandos impresos (y no utilizados) para las elecciones del 16 de febrero y con gran prisa y entre todos los presentes fueron fechándolos mientras el general los firmaba, llevándoselos en seguida el capitán ayudante de la media Brigada Antonio Patiño, que se prestó voluntariamente a leerlos y fijarlos.
Cuando la ciudad estaba en poder de los militares, el general Ampón dio orden de vuelta a los cuarteles. Algunos jefes le indicaron su incomprensión, pidiéndole al menos una demora de veinticuatro horas[30]. El general se reafirmó. Las tropas comenzaron su regreso, algunas con problemas por la contestación armada de las milicias populares. El teniente Borbón, cada vez más acorralado, necesitó hacer fuego y defenderse mediante una marcha en la oscuridad por un itinerario algo largo que le permitió llegar al cuartel con dos bajas a medianoche. A diversas horas lograron irse incorporando las demás secciones, siendo tiroteada una batería de artillería.
Tras retomar el control de la ciudad las autoridades civiles y militares de la República, el general Ampón fue encarcelado en los camarotes de emigrantes del vapor Uruguay. Fue juzgado en Gerona con la oficialidad de la guarnición y condenado a muerte por el Tribunal Popular. Fue ejecutado en el castillo de Montjuic el 2 de septiembre de 1936. El régimen franquista le cuestionó también su actitud, culpándole de la rendición de la plaza. En el sumario de la Causa General hay opiniones a favor y en contra del general. Sí parecía probado, según el enlace y organizador de la sublevación en Gerona, teniente coronel del Batallón de Montaña Antonio Alcubilla, que el general Fernández Ampón se sumó a la misma con entusiasmo desde el momento que tuvo conocimiento de ella, sin manifestar dudas ni vacilaciones, razón por la cual la guarnición en su totalidad se adhirió al movimiento y le reconoció en todo momento como jefe del mismo[31].
Según el comandante de Infantería Antonio Pons Lamo de Espinosa, la orden de retirada no la dio el general inmediatamente sino que antes se informó de la conducta de las demás guarniciones de Cataluña. Para dar la mencionada orden no hubo reunión previa ni consultó el general a los jefes. Los reunió en su despacho pero para comunicarles su resolución y ordenar se cumpliera. «Dicha disposición fue mal recibida y se le hicieron observaciones siendo el que con más vehemencia se produjo el Coronel de la media Brigada D. Jorge Villamide, pero el General insistió en que dada la marcha de los acontecimientos, estimaba que debía evitarse tanto los choques de la fuerza con el populacho, como su contacto con este y posible desmoralización de la tropa y que sin deponer nuestra actitud, debía retirarse esta a los Cuarteles y quedar en estos en espera de las nuevas órdenes que las circunstancias aconsejaran, siendo acatada la orden»[32].
Para el teniente coronel Carlos Fina de Caralt, al general no le quedó otro remedio al conocerse el fracaso de la sublevación en Barcelona. No se contaba con elementos de la población civil, lo que «unido a que las fuerzas de la Guardia Civil mediada la tarde del diez y nueve empezaron a flaquear conocedoras de la actitud de dichas fuerzas en la Plaza de Barcelona es criterio del declarante que el mando o sea el General solo podía contar con la adhesión inquebrantable de los pocos Jefes y Oficiales de guarnición en la Plaza de Gerona así como de algunas clases y por consiguiente su defensa hubiera sido estéril»[33].
8.2. Levante
8.2. LEVANTE
En Valencia los errores de última hora de la conspiración resultaron claves para el fracaso del alzamiento. El estado de la guarnición no podía ser más propicio para los sublevados, ya que se contaba con el Regimiento de Caballería, con las fuerzas de la Guardia Civil, con la mayoría de los jefes y oficiales de los dos regimientos de Infantería (el de Octubre y el de Guadalajara), con las fuerzas de Ingenieros y con las de Intendencia y Sanidad. El Partido de Derecha Regional Valenciana se había constituido en milicia y contaba con armamento, también los tradicionalistas y los de Falange estaban listos para el combate. En resumen, estaba todo organizado y en espera de que una persona de prestigio asumiera la dirección y con energía desarrollara el plan conveniente para conseguir el fin que se proponía[34]. Pero todo salió mal.
El fracaso de Valencia fue motivado en gran parte por la decisión tomada a última hora para que Goded no viniera a esta ciudad y se hiciera cargo de la sublevación en Barcelona. Al final llegó tarde a Barcelona y en Valencia su improvisado sustituto, general González Carrasco, no tuvo la decisión esperada ante la falta de conocimiento de la estrategia y de los hombres comprometidos.
El general González Carrasco llegó a Valencia a tiempo, pero, según el general Varela, «desconocía total y absolutamente el estado de ánimo de la guarnición y si era o no gusto de ella, sin saber la verdadera situación y predisposición de los Mandos, sin conocerlos, sin el pulso que acusara la sensibilidad para facilitar su acción»[35]. Según su propio testimonio[36], el 16 de julio el teniente coronel Galarza le transmitió «un recado» de Mola: «El general Goded exige ir a Barcelona y estimaré que por patriotismo no ponga inconveniente». Llevado del deseo de no poner dificultades se resignó. Ese mismo día recibió, por conducto del comandante Cañada, una carta del comandante Barba desde Valencia en la que le invitaba a encabezar el alzamiento en esa región militar.
El general llegó el día 17 y por la noche se reunió la Junta Militar para preparar el alzamiento y designar los futuros cargos[37]. Todo, por tanto, muy precipitado. Además hubo otro acontecimiento que vino a incidir en el fracaso del alzamiento en Valencia. A principios de julio parece ser que una representación de Falange de la provincia visitó en la cárcel de Alicante a su líder José Antonio Primo de Rivera. Hablando sobre el creciente número de afiliados, les dijo que con tantos afiliados tan próximos, cómo estaba él en la cárcel. Al llegar a Valencia, el jefe de Milicias y algunos directivos pensaron en «hacer una hombrada», y no se les ocurrió otra que lo siguiente: a las nueve de la noche del 11 de julio una escuadra de Falange, apoyada por otras que quedaron en la puerta, subió al estudio de Unión Radio y su jefe, encañonando al locutor, pronunció ante el micrófono las siguientes palabras: «Aquí Falange Española de Valencia, que habla desde el estudio de Unión Radio tomado militarmente por ella, así como las manzanas próximas. Españoles dentro de breves días se llevará a cabo la Revolución Nacional Sindicalista que nos redimirá a todos. Arriba España». El alboroto que se formó fue tremendo, debiendo hablar poco después el alcalde de la ciudad para asegurar que el Ejército estaba al lado del gobierno. Las consecuencias fueron que se detuvieron a bastantes falangistas y que las autoridades establecieron un férreo control de cuarteles y jefes y oficiales, lo que perjudicó los planes de Mola[38].
Para Bartolomé Barba, «En el plan primitivo, en el que tuve parte principal y directa, para oponernos a la revolución que avanzaba a pasos agigantados se enviaba a Barcelona al general Carrasco y a Valencia al general Goded. Yo creo que si esto se hubiera hecho la guerra no hubiese alcanzado las proporciones que ha tenido, y en Valencia desde luego se hubiera triunfado»[39]. Nunca lo sabremos, pero lo que sí se confirmó fechas después fue el fracaso absoluto en Valencia.
El general acudió a Valencia a última hora, ante el ofrecimiento de algunos elementos de la guarnición de la ciudad, realizado por medio de la Junta de Valencia. Uno de sus integrantes, el teniente coronel de Estado Mayor Bartolomé Barba Hernández, le envió una carta de invitación días antes. El general, previa consulta con otros generales residentes en Madrid (Villegas y Fanjul) y previa conformidad del general Mola, «aceptó dicho ofrecimiento y designación»[40].
El 17 de julio el general González Carrasco salió de Madrid en automóvil hacia Valencia acompañado del comandante Cañada, llegando a la ciudad a las doce de la noche. Un capitán de la Guardia Civil le estaba esperando en las inmediaciones de la ciudad para cambiar de coche por uno con matrícula de Valencia y así no levantar sospechas. Se le tenía preparado alojamiento en casa del tradicionalista Francisco Pérez de los Cobos, pero al final fue a casa del hermano de este, Juan, por haber aparecido la policía en el primero de los domicilios. Ya en casa de Juan Pérez de los Cobos mantuvo una reunión con el teniente coronel Barba, el teniente coronel Cabello y otros, donde hablaron de los planes previstos y repasaron los compromisos tanto civiles como militares. Carrasco encomendó al teniente coronel de Ingenieros Cabello que la mañana siguiente se entrevistara con el general de la Guardia Civil, con quien se contaba, y con varios jefes militares, para confirmar su apoyo. El teniente coronel Cabello llevó a cabo dichas misiones, aunque no pudo entrevistarse con el responsable de la Comandancia por haberse ausentado de la ciudad; pero sus subordinados le confirmaron el apoyo. A continuación puso en conocimiento del general su resultado por medio de enlace, pues no pudo hacerlo personalmente por haber sido arrestado por el general Martínez Monje, jefe de la III División, que conocía o sospechaba de sus actuaciones.
Los dirigentes del alzamiento acordaron la entrada en la División para apoderarse del mando el día 19 a las once de la mañana. Los oficiales francos de servicio y retirados estarían paseando por delante de dicho edificio, en espera del general González Carrasco. En el local de la Derecha Regional Valenciana, situado enfrente de la División, habría preparados unos doscientos hombres armados. Parece ser que el general González Carrasco pidió la colaboración de una compañía de la Guardia Civil, que no le fue concedida, con el compromiso de que la Guardia Civil se sumaría una vez iniciado el alzamiento.
La mañana del 19 estaba todo preparado tal como se había previsto. La mujer del capitán Latorre recibió la señal convenida para el inicio de la operación, dos telegramas, uno de Barcelona y otro de Pamplona, el primero indicando que la guarnición de Barcelona se había alzado y el segundo como orden de que se hiciera así también en Valencia. Los textos decían: «Envía cinco remesas papel tipo diecinueve» y «Juanito llegará a esa el 19, a las siete y media», respectivamente. También estaban preparados los bandos para la proclamación del estado de guerra y un manifiesto dirigido al pueblo dando cuenta de los fines que se perseguían con el movimiento.
Según el testimonio de Joaquín Maldonado, enlace y uno de los civiles protagonistas en la preparación del golpe, cuando llegó a por el general Carrasco notó en él cierta indecisión, solicitando garantías mayores de las existentes para iniciar la entrada en el local de la División. Uno de los presentes al oír esta justificación dijo al general: «si yo pensara al hacer los negocios lo que Vd. piensa para decidirse, pocos negocios hubiera yo hecho en la vida». Maldonado y el teniente coronel Barba insistieron al general, pero no lo consiguieron, contestando este que sería mejor esperar a la tarde o a otro día para entrar en el local de la División[41]. En el mismo sentido se manifestaría Juan Pérez de los Cobos, militante de Derecha Regional Valenciana y que alojó en su casa al general el 17 de julio: «tuvo desde el primer momento una actitud titubeante como lo demuestra el que estuvo cinco veces en Capitanía General y sin embargo no se hizo cargo de ella, ni tomó los acuerdos que precisaban las circunstancias»[42]. Alguno fue más lejos. El teniente Cabello, hijo del teniente coronel de Ingenieros, fue a ver al general para comunicarle que la guarnición empezaba a decir que el general era un cobarde[43].
Ante la actitud del general y el conocimiento del fracaso en Barcelona, decayeron los ánimos. Nadie sabía qué hacer. Lo único que parecía claro es que el plan concebido había fracasado. El desmoronamiento entre los sublevados fue total. El general González Carrasco se marchó a Alicante, desde cuya población y por gestiones de la embajada alemana consiguió salir poco después. Al finalizar la guerra el general de División Manuel González Carrasco fue procesado. El 24 de agosto de 1939 se hizo pública la sentencia del Procedimiento n.º 271 instruido en Valencia contra su persona por la que se le condenaba a ocho años de prisión militar mayor con la accesoria de separación del servicio[44].
En el proceso el general González Carrasco expuso las razones que le hicieron desistir del asalto a la División: 1.ª Por no haber podido encontrar a los comandantes Cañada y Arredondo, no obstante haberlos buscado desde las diez y media para que le informasen del personal reunido a dicho fin; con el segundo habló por teléfono y le prometió venir, no haciéndolo. 2.ª No haber recibido contestación del Estado Mayor de la División. 3.ª Haberse negado una compañía de la Guardia Civil que había solicitado, y 4.ª Saber que el Regimiento de Artillería acuartelado al lado de la División, estaba completamente enfrente del movimiento. La sentencia decía estar probada la falsedad de las dos primeras razones; la tercera ya sabía que la Guardia Civil dependía del gobernador; y la cuarta, ya conocía el procesado que ese regimiento estaba en contra del alzamiento desde un principio, por lo que no le debía sorprender. La sentencia le acusa de pasividad, indecisión injustificada y negligencia. Debía haber iniciado el alzamiento «aun a riesgo de desembocar en el fracaso», «apreciando el Consejo como atenuantes a su favor su indiscutible adhesión a la Causa Nacional, la premura de tiempo con que se le encargó del Movimiento en esta Plaza, el desconocimiento que tenía de la misma y de su guarnición si bien estas atenuantes deben ser compensadas con la agravante de la grandísima trascendencia que tuvieron los hechos, en contra de la Gloriosa Causa Nacional»[45].
La propia indecisión de los militares fue la clave para el fracaso del alzamiento en Valencia, aunque para los anarquistas su actuación resultó determinante. Desde los primeros momentos, David Antona, secretario del Comité Nacional de CNT, pidió una entrevista con el ministro de la Gobernación para advertirle del peligro que representaba para Madrid y para la República que Levante cayera en poder de los militares. El ministro les prometió las armas que tenía retenidas la Guardia Civil de Valencia. Pero los fusiles no llegaron, por lo que el Comité Nacional decidió entregar cuantas ametralladoras y fusiles fue posible conseguir a los anarquistas valencianos. «Dos días después, los hombres de la CNT y de la Federación Anarquista Ibérica emplazaban aquellas máquinas frente a los cuarteles, obligando a rendirse a los traidores»[46].
El fracaso de Valencia arrastró al de Alicante. El problema de Valencia no era solo del cambio de última hora. Parece que el general Goded no tenía casi nada atado y bien atado. Por lo menos así se desprende de la declaración del teniente coronel de Infantería José Cosidó Cantó, con destino en el Grupo de Fuerzas Regulares de Infantería de Alhucemas n.º 5 de Alicante. Para él, el alzamiento se comenzó a preparar con prontitud, de acuerdo con Valencia, de donde se recibían las instrucciones, que en muchos casos se encargó de distribuir él mismo en persona. Pero en el mes de julio «cesaron de venir instrucciones de Valencia y de tarde en tarde y después de reiteradas gestiones se nos decía que no se tenían noticias y que ya se avisaría. Como no convenciesen estas razones a la impaciencia natural que había marchó a Madrid el Teniente D. Gonzalo Simón a entrevistarse con compañeros de la Guarnición de Madrid y decirnos lo que había sobre el particular, regresando a los pocos días completamente decepcionado de sus entrevistas en la citada población, esto contribuyó a que se enfriase el entusiasmo, el Teniente Freixas pidió destino y fue destinado a Sevilla, los que nos seguían a remolque se fueron alejando de nosotros y acercándose al bando contrario»[47].
Según el capitán Fernando Pignatelli, otro de los protagonistas de la conspiración, a partir del asesinato de Calvo Sotelo esperaban impacientemente la orden de sublevación desde Valencia, «orden que no llegó hasta el día quince en el sentido de que debía esperarse al mes de agosto, pues el telegrama recibido decía aproximadamente Mi hermana Pepita no puede operarse hasta el mes de Agosto, según el criterio de los Doctores»[48].
En Alicante la indecisión de los militares valencianos resultó el factor principal del fracaso del alzamiento, según las declaraciones de algunos implicados[49]. El teniente Joaquín Luciáñez, con permiso, se incorporó rápidamente a su destino y en unión del teniente Santiago Pascual trató de sumar al alzamiento a la oficialidad del Regimiento de Infantería n.º 11. No consiguieron muchos adeptos. La mayor parte de los oficiales preferían esperar el desarrollo de los acontecimientos en Madrid, Barcelona y Valencia, para decantarse al lado del triunfador. El teniente coronel Manuel Hernández Arteaga, jefe accidental del Regimiento n.º 11, decidió acuartelar la tropa en espera de acontecimientos, decisión que aceptó el general José García Aldave, gobernador militar de la plaza.
El 21 de julio el coronel Rodolfo Espá, jefe del Regimiento n.º 11, llegó de Almería, donde se encontraba de vacaciones. Hombre enérgico y fiel a la República, se hizo cargo del Gobierno Militar, destituyendo al general García Aldave, hombre de edad y poco decidido a pesar de su compromiso. Desde ese momento pudo considerarse perdida toda esperanza de triunfo para los golpistas. El día 22 el coronel se reunió con todos los jefes del regimiento y ordenó levantar el acuartelamiento, saliendo del mismo unos trescientos cincuenta hombres, pues el resto estaba con permiso. Además, dispuso la detención de los principales oficiales implicados en la preparación del alzamiento, capitán José Meca Romero, tenientes Luciáñez, Pascual y Enrique Robles Galdó, el teniente coronel de la Caja de Recluta Félix Ojeda Vallés y de varios suboficiales. El alzamiento quedaba definitivamente frustrado en Alicante por la indecisión de muchos y la enérgica resolución de uno: el coronel Espá.
La justicia franquista culpó al teniente coronel Hernández Arteaga del fracaso en Alicante. Con sus vacilaciones permitió que esta provincia quedara en poder de la República, «sin atender las indicaciones de parte de la oficialidad que estaba decidida a sublevarse contra el Gobierno de la República»[50]. Posteriormente fue nombrado gobernador militar de Málaga. Condenado a muerte al finalizar la guerra, fue ejecutado en la madrugada del 15 de julio de 1939.
El coronel de Carabineros se mantuvo claramente fiel a la República; y con él todas sus fuerzas. No fue tan clara la actitud del teniente coronel jefe de la Comandancia de la Guardia Civil, José Estañ Herrero, aunque la Guardia Civil no se rebeló. Estañ fue juzgado en 1936 por un tribunal popular de la República y en 1939 por un consejo de guerra del Ejército franquista. Los dos le condenaron.
El Tribunal Popular lo hizo a doce años de prisión militar y separación de servicio por auxilio a la rebelión. Según parece, el 19 de julio se reunieron todos los jefes militares en la Comandancia Militar, exigiendo el gobernador militar a los jefes de las fuerzas militares y de orden público una declaración de lealtad al régimen. Así la obtuvo del jefe de la Subinspección de Carabineros, coronel Rafael Cabrera Castro, y del teniente coronel jefe accidental del Regimiento de Infantería, Hernández Arteaga, pero no del teniente coronel Estañ: «manifesté yo que no consideraba procedente hacer muestras de adhesión al Gobierno, sino por el contrario unirnos al movimiento»[51]. El coronel Cabrera respondió que tenía setecientos hombres dispuestos para lanzarlos contra los que se sumaran a la sublevación. El jefe de la Comandancia de la Guardia Civil se recluyó en la Comandancia Militar hasta que recibió la visita de Martínez Barrio que, como delegado del gobierno, le ordenó no ejercer el cargo. A los pocos días fue trasladado a Málaga. En octubre fue detenido y juzgado. Según la declaración del hijo del jefe de la Comandancia de la Guardia Civil de Albacete en julio del 36[52], el teniente coronel Estañ estaba comprometido con los conspiradores, y especialmente con su padre, al que había asegurado sublevar Alicante en las primeras horas y apoyar el alzamiento en la capital manchega. La justicia militar franquista le acusó de abandonar sus compromisos ante las dificultades presentadas en Valencia y la indecisión de los jefes militares de Alicante y de colaborar con las autoridades republicanas de Alicante, primero, solicitando incluso a su compañero y amigo Chápuli que rindiera la plaza sublevada de Albacete; y de Málaga después, donde actuó como comandante militar. El Consejo de Guerra le condenó a la pena de seis años de prisión, en virtud de sentencia de 3 de julio de 1939.
En Castellón de la Plana el fracaso de Valencia también resultó fundamental. Antonio Martí Olucha, militante de Derecha Regional Agraria y candidato en las elecciones del Frente Popular, fue a Madrid tras el asesinato de Calvo Sotelo[53]. De manos de Pérez de Laborda, presidente nacional de la JAP, recibió la documentación referente al alzamiento, entre ella la clave del mismo para Valencia, con objeto de que la entregara a Manuel Atard, representante en Valencia de Derecha Regional Agraria. En la noche del 16 de julio, Martí fue a Valencia y en la mañana del 17 entregó la documentación a Atard. Estuvo esperando la declaración del estado de guerra para partir hacia Castellón, pero no sucedió y permaneció en la capital de la región.
El comandante militar de la plaza y teniente coronel de Infantería Primitivo Peire Cabaleiro, que mandaba el Batallón de Ametralladoras n.º 3, y el capitán Rafael Blasco Borreguero se encargaron de reducir el tímido intento de sublevación. El capitán Ignacio Cervelló, enlace del batallón con Valencia, como encargado de hacerse cargo del batallón y posteriormente salir a la calle con la fuerza, fue detenido junto a sus acompañantes por los responsables del mismo en cuanto entró en el cuartel[54]. El teniente coronel ordenó la retirada de los aparatos receptores de radio de la sala de banderas y cuarto de suboficiales y cortó el teléfono. Además, reunió al resto de jefes y oficiales a los que solicitó fidelidad al gobierno, «todo ello en un tono imperativo»[55]. Poco después fueron detenidos varios oficiales y suboficiales más, el teniente coronel de la Guardia Civil José Estarás Ferro y algunos de sus oficiales, siendo llevados al barco prisión Isla de Menorca, anclado en el muelle y custodiado por la fuerza de Carabineros. Allí compartieron prisión con otros militares y civiles hasta el 29 de agosto, fecha en que el barco fue asaltado y asesinados sus prisioneros.
El teniente coronel Peire se negó a readmitir a varios oficiales que estaban de vacaciones y a los que consideraba sospechosos, ordenándoles siguieran con su permiso (entre otros, capitán Alejandro Jiménez Vaquer, capitán médico Alonso Encalado Ruano, teniente Jaime Babiloni Andreu, teniente Luis Molina Mesado, teniente Julián Coello Baidal, alférez Indalecio Zaplana, alférez Pedro Izquierdo Ortiz)[56]. Alegó que siguieran disfrutando del permiso porque no sucedía nada grave, y que si los necesitara los llamaría. Días después, con la situación controlada, fueron admitidos.
Las fuerzas de Carabineros, compuestas por dos compañías a las órdenes del comandante Horacio Ramos Fernández, una destinada en la capital y otra en Vinaroz, permanecieron leales a la República. La Guardia Civil de toda la provincia, compuesta por más de doscientos hombres, fue concentrada en la capital, alojada en el cuartel del Batallón de Ametralladoras. Detenidos algunos de sus jefes y oficiales, la mayoría de sus hombres partieron con los milicianos hacia el frente de Teruel, desde donde la mayoría se pasaron al bando enemigo.
8.3. Murcia
8.3. MURCIA
En Murcia fracasó el alzamiento tanto por la propia indecisión de los conspiradores como por la decidida actitud del general gobernador militar de la plaza, Toribio Martínez Cabrera, de claras simpatías hacia el gobierno republicano, fusilado posteriormente en Valencia por los sublevados. También resultó determinante el hecho de que existiese un fuerte núcleo de oficiales y jefes de las distintas armas favorables a la causa republicana, especialmente en el Regimiento de Artillería de Costa n.º 3, con sede en Cartagena. También la Guardia de Asalto y la Guardia Civil permanecieron afectas, casi en su totalidad, a la legalidad republicana[57].
En la capital la mayor parte de los oficiales del Regimiento de Artillería n.º 6, mandado por el coronel Jorge Cabanyes Costa, estaban comprometidos con el movimiento militar, aunque la incertidumbre e indecisión de los altos mandos militares paralizó las actuaciones decisivas a favor del alzamiento. Según uno de los implicados en la conspiración, el comandante Francisco Millán[58], el coronel era «hombre lleno de miedo a la responsabilidad, sin ninguna virtud militar y falto de decisión». Para él, no supo aprovechar el ímpetu de buena parte de oficiales y jefes militares y la predisposición de la Guardia Civil, concentrada en la capital en los primeros instantes. El coronel no dio la orden esperada para seguir el plan previsto: meter unas escuadras de Falange en el Centro de Movilización y con la ayuda de la Guardia Civil haber desarmado a la Guardia de Asalto, única fuerza claramente opuesta al alzamiento, ya que todos estaban en el mismo local del cuartel de Garay.
Además de la indecisión o fidelidad del coronel, fusilado al acabar la guerra, también contribuyó a la inexistencia de sublevación la actitud ofensiva de grupos de obreros, germen de las futuras milicias, que en los días siguientes al 18 de julio habían rodeado el cuartel de Artillería para impedir cualquier movimiento de tropas.
Situación similar se dio en Cartagena. El Regimiento de Infantería Sevilla n.º 34 contaba con una actitud favorable a cooperar con el alzamiento. Únicamente el coronel, Lázaro García Díez, un teniente coronel, dos capitanes y un teniente se significaron con anterioridad como leales al régimen republicano. Pese a estas condiciones, en el regimiento, como en la mayoría de la plaza cartagenera, se mantuvieron en actitud pasiva y dudosa, sin inclinarse francamente a ningún lado y acuartelados en su guarnición.
En el Departamento Marítimo de Cartagena, del cual dependía una buena parte de la flota de guerra española, la noticia del alzamiento llegó a mediodía del 18 de julio, cuando el jefe de la estación de radio, capitán de corbeta Manuel Sierra Carranza, captó la proclama que el general Francisco Franco dirigió al Ejército y a la Marina para que se unieran «contra la subversión marxista». El capitán marchó inmediatamente a notificarlo al almirante. Este comisionó a su jefe de Estado Mayor y a un teniente de navío para que fueran a visitar al gobernador militar de la plaza, Toribio Martínez «para darle cuenta de la noticia recibida y exhortarle para declarar el Estado de Guerra y proclamar el Alzamiento Nacional en Cartagena»[59]. Este aconsejó un compás de espera en tanto no se recibían noticias de la Jefatura de la Región Militar, residente en Valencia. Mientras, los responsables del Departamento Marítimo, ante la evasiva del gobernador militar, decidieron fijar para las cuatro de la tarde la proclamación del estado de guerra, a cuyo efecto una hora antes se formaron y armaron dos compañías de marinería. Al mismo tiempo enviaron un hidroavión a Valencia con tres oficiales con el fin de obtener instrucciones. Estos oficiales fueron detenidos al llegar a Valencia, quedando los jefes del departamento sin noticias de la capital de la región militar. Esta ignorancia fue aprovechada por el gobernador militar de la plaza para, de acuerdo con el gobierno, conseguir el aplazamiento de la declaración del estado de guerra: primero hasta las 18 horas, luego hasta las 22 y posteriormente hasta la madrugada del día siguiente. Dicho tiempo fue aprovechado por el Frente Popular para armar al pueblo y propalar sobre la marinería las noticias que dieron lugar a los primeros actos de insubordinación y el fracaso del alzamiento.
La madrugada del 19 de julio fue aprovechada por la Guardia de Asalto para ocupar los lugares estratégicos del Arsenal, con lo que quedaba imposibilitado todo tipo de acción contra las autoridades republicanas. Tan solo hay que añadir un incidente, ocurrido sobre las diez de la mañana. Un fogonero mató de varios disparos al teniente de navío Ángel González López, cuando se hallaba de ronda. Repelió la agresión un compañero de armas del teniente de navío y un auxiliar de Artillería, que hirieron gravemente al fogonero, falleciendo posteriormente en el hospital. Sobre las 23 horas se concentró gran cantidad de público frente a la puerta del Arsenal con ostentación de armas cortas. El almirante invitó a la marinería y a una comisión del Frente Popular a entrar en su recinto, para asegurarse de que no se preparaba ninguna acción contra el régimen republicano. Las milicias y marinería aprovecharon para hacerse dueños del Arsenal y comenzar las detenciones de los jefes y oficiales sospechosos de colaborar con la sublevación militar[60].
El único movimiento de importancia en pro del alzamiento tuvo lugar en la Base Aérea de San Javier, que pertenecía a la Marina de Guerra. Desde las 8 horas del 18 de julio se implantó el estado de guerra en la base. El día transcurrió a la espera de órdenes que no llegaron de la Base Naval de Cartagena. De madrugada, la base fue asaltada y tomada por efectivos de la Base Aérea de Los Alcázares, dirigidos por el comandante Ortiz, apoyados por tres aparatos de vuelo así como por civiles armados de localidades próximas y de Cartagena.
8.4. La excepción, en las Islas Baleares
8.4. LA EXCEPCIÓN, EN LAS ISLAS BALEARES
De las Islas Baleares solamente Menorca quedó en poder del gobierno de la República, aunque en un primer momento triunfó el alzamiento. En Mahón se sumaron a él la totalidad de los jefes y oficiales del Ejército y de la Armada, Guardia Civil, Asalto y Carabineros. Se ofrecieron incondicionalmente a la autoridad militar la mayoría de los militares retirados, funcionarios del Estado y un considerable número de personas de derechas que acudieron al Gobierno Militar dispuestas a prestar cuantos servicios les encomendara, «siendo utilizados únicamente un grupo de jóvenes que prestaron servicios en la Guardia Civil, Casa Cuartel, en el Gobierno Militar y en las vías públicas, hasta el momento en que se adueñaron los marxistas de la Ciudad»[61].
A las once de la mañana del domingo 19 de julio, el teniente Manuel Llaneras Ferrer, al frente de una sección de Infantería, proclamaba el estado de guerra en Menorca por medio de la lectura del bando firmado por el general Bosch, acompañada de toques de cornetas y tambores. Al mismo tiempo, otras fuerzas militares se apoderaban del Ayuntamiento, fábricas de electricidad y gas y las oficinas de Correos y Telégrafos. En la Delegación del Gobierno, donde su titular Pedro Alberto Ameller estaba ausente con permiso oficial, se instaló el comandante de Artillería Manuel Quintero.
Desde Mahón partieron las tropas hacia Ciudadela. Se adueñaron de calles y plazas y un piquete acompañado del secretario del Ayuntamiento y del comandante del puesto de la Guardia Civil procedió al cierre de las sedes de la Federación Obrera Ciudadelana, Agrupación Socialista y Radio Comunista. Posteriormente, sin que se produjeran disturbios, fue proclamado el estado de guerra. «Desde aquel instante se sumaron al Alzamiento las fuerzas del puesto de la Guardia Civil y las de Carabineros y una porción de paisanos que estaban de común acuerdo con otras personas de Mahón»[62]. En el cuartel de Infantería permanecieron indecisas las tropas hasta que al final se opusieron al alzamiento. Sobre las cinco de la tarde la compañía de Ametralladoras, con un centenar de hombres de la Federación Obrera y agrupaciones marxistas, se había hecho fuerte en dicho cuartel emplazando las ametralladoras y parapetándolas en barricadas que al objeto se iban construyendo para hacer frente a los militares sublevados que se hallaban en el edificio del Ayuntamiento. Las tropas sublevadas se entregaron a las autoridades republicanas a las ocho y media de la noche[63].
Tabla 23
Bando declarando el estado de guerra en Menorca
DON JOSÉ BOSCH ATIENZA, GENERAL DE BRIGADA, Comandante Militar de Mahón.- Hago saber: Que en esta fecha, acuerda y declara el estado de guerra en esta isla y en su consecuencia ORDENO Y MANDO
Art. 1.º Serán repelidos por la fuerza, sin previa intimación, todos los actos de violencia, realizados contra cuarteles, polvorines, dependencias militares, conducciones de agua, energía eléctrica, y los que se cometan contra edificios públicos y particulares, Bancos, Fábricas, o establecimientos que estén o no custodiados por fuerzas del Ejército o de Seguridad.
Art. 2.º Queda suprimido el derecho a la huelga debiendo reintegrarse al trabajo todos los obreros a la hora de empezar. Los Directivos de las Sociedades Obreras, serán directamente responsables del cumplimiento de este artículo, siendo sometidos a juicio sumarísimo.
Art. 3.º Queda terminantemente prohibido que excedan de … personas así como la celebración de reuniones, mítines, conferencias o manifestaciones públicas, ni aún las Juntas Generales, Ordinarias o Extraordinarias de asociaciones y sindicatos, sin mi autorización. Los infractores de lo primero serán violentamente disueltos por la fuerza pública sin intimidación de ninguna clase, los organizadores de los segundos, serán sujetos a juicio sumarísimo.
Art. 4.º Las autoridades o corporaciones civiles, continuarán funcionando en todos los asuntos que no se relacionen con el orden público, limitándose en cuanto a este a las facultades de mi autoridad le delegue.
Art. 5.º Los funcionarios y corporaciones que no presten el inmediato auxilio que por mi autoridad o por mis subordinados sea reclamado, o que se opongan en cualquier concepto al exacto cumplimiento de este Bando, serán juzgados inmediatamente a juicio sumarísimo.
Art. 6.º Se declaran incautados a mi disposición los automóviles de carga, viajeros, particulares, motocicletas y vehículos de todas clases, quedando absolutamente prohibida la circulación rodada tanto en el interior de las poblaciones como fuera del casco de la misma y en las carreteras, caminos, pistas y veredas, debiendo los conductores proveerse de una licencia especial, para cada caso y viaje, que será solicitado de mi Autoridad o de la que en caso designe.
Mahón 19 de Julio de 1936. El General Comandante Militar, José Bosch.
Fuente: Archivo Histórico Nacional, Fondos Contemporáneos, Causa General de Baleares, Pieza Principal, Leg. 1458-1.
En Alaior sucedió algo similar. El día 19 de julio se secundó el alzamiento ordenado por el gobernador militar de la isla. Se proclamó el estado de guerra, poniéndose a las órdenes inmediatamente el puesto de la Guardia Civil, así como algunos paisanos. Tomaron los centros oficiales. «Desde las primeras horas de la mañana del día 20 de Julio de 1936, nutridos grupos de obreros de izquierda principalmente de la FAI se colocaron en los puntos céntricos de la población invitando a los soldados a que abandonaran los edificios y desobedecieran a sus Jefes, y en las primeras horas de la tarde los grupos adoptaron una actitud airada, penetrando en el Ayuntamiento y obligando al Teniente que mandara retirar la fuerza y depusieran las armas, lo cual no se hizo hasta las cinco horas de dicha tarde al tener noticia de la rendición de Mahón, que también se había sublevado»[64].
En Mallorca triunfó la sublevación. Fue la excepción de todo el este español. El gobernador se entrevistó con el general Goded la mañana del día 18 y este le dijo no saber nada del movimiento y que por el momento estaba en su puesto y en el cumplimiento de su deber. A las seis de la tarde llegó al comandante militar la orden de sublevación con el telegrama previsto: «María dio a luz hermoso niño día 14 a las 5. Ambos hoy perfectamente bien. Pedro». Goded llamó a los jefes de cuerpo para recabar de nuevo su adhesión al alzamiento, que fue confirmada. Desde el día 1 de julio estaban en poder del comandante de Estado Mayor José Clar las órdenes y los bandos redactados por el general y señalados inclusive los sitios donde debían fijarse[65]. Las tropas fueron acuarteladas. En el cuartel de Caballería se concentraron los falangistas y sus milicias. El teniente coronel Garrido de Oro comunicaba órdenes reservadas a los jefes que debían actuar al día siguiente.
Se organizaron dos columnas para tomar la ciudad. La primera, al mando del comandante de Infantería Enrique Esquivias Zurita, estaba formada por dos secciones de fusiles, dos secciones de ametralladoras, una batería de 10,5 con material y una sección de Artillería a pie. La segunda se componía de dos secciones de Infantería con fusiles ametralladores, una batería de 7,5 con material, una batería a pie y la Plana Mayor del Grupo de Artillería de campaña. Su responsable era el comandante de Artillería Antonio Salgado Muro.
Los primeros momentos —según informe del Estado Mayor del Ejército de la República—[66] fueron de desconcierto en Palma. El gobernador civil, Antonio Espina, se negó a entregar las armas a los obreros cuando las reclamaron, por confiar la máxima autoridad civil en la lealtad de Goded. La Guardia Civil estuvo vacilando hasta que se sumó al movimiento. La Guardia de Asalto y Carabineros fueron desarmados por los golpistas y aprisionados; después muchos se sumaron a la sublevación.
Hacia las cuatro de la madrugada el presidente de la Diputación fue al Gobierno Civil para insistir ante el gobernador en la necesidad de armar a las organizaciones obreras y tomar posiciones, pues sabía «por fidedigno conducto» que a las cinco y media tenía orden el Regimiento de Artillería de formar para salir a la calle. El gobernador pudo comprobar por sí mismo como poco después soldados de infantería con ametralladoras se estaban situando en las inmediaciones del Gobierno Civil. Llamó por teléfono al comandante militar para preguntarle si había declarado el estado de guerra. El general Goded se lo confirmó. «Mi general —replicó el gobernador—, tengo que hacerle presente que el Gobierno considera facciosa dicha declaración»[67]. La máxima autoridad civil colgó el teléfono, organizó la evacuación de su familia y ordenó avisaran a la Casa del Pueblo de la situación. Veinte minutos después, fuerzas de caballería penetraron en el edificio oficial y detuvieron al gobernador.
A las siete de la mañana comenzaron a salir a la calle la mayor parte de tropas sublevadas, conforme al plan previsto. La columna del comandante Esquivias tomó la dirección de la plaza de la Conquista para entrar por la calle de San Miguel y por Colón desembocar en Cort. Ocupó el Ayuntamiento y la Diputación, tras apaciguar algún que otro tiroteo en la calle. La del comandante Salgado tomó sin resistencia el Gobierno Civil y luego la Casa del Pueblo. La 2.ª compañía del primer batallón del Regimiento de Infantería fue la que se encargó de leer y publicar el bando de guerra. A las ocho de la mañana del 19 de julio quedaban cumplidos todos los objetivos señalados por el mando militar. Los falangistas con su camisa azul y brazal junto a numerosos soldados quedaron repartidos por toda Palma para asegurar el triunfo y vigilar todas las calles y edificios oficiales y de comunicaciones. A media mañana, una vez controlada la ciudad y comprobada la situación personalmente, el general Goded abandonaba la ciudad en dirección a Barcelona.
Poco después, la Comandancia Militar cursó telegramas a los comandantes militares de Inca e Ibiza con la orden de hacer la misma proclamación en sus cabeceras de mando. Se remitió el bando a todos los pueblos para fijarlo oportunamente. En algunas poblaciones hubo incidentes, ante la resistencia de las autoridades y de las organizaciones obreras a obedecer las órdenes de los militares sublevados. En Esporlas interceptaron con troncos las vías ordinarias de acceso al municipio para impedir el paso al Ejército. El Ayuntamiento se rindió en cuanto hicieron acto de presencia las fuerzas militares. En Pollensa se organizó la resistencia en el mismo Ayuntamiento. Se montó guardia exterior toda la noche servida por paisanos armados con los más diversos artefactos, como escopetas, hachas, hoces, palos…, mientras que en el interior se intensificaba la producción de bombas de mano caseras. Desde la capital salió una columna de artillería que se unió a las fuerzas de la guarnición de Inca. Ambas sofocaron la resistencia dejando varios muertos y numerosos heridos. También en La Puebla resultaron muertos un sargento y heridos varios oficiales y tropa tras una batalla campal producida en las inmediaciones del cuartel.