IV
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ra mi siervo —afirmó Ivo en el cuarto de la caseta de vigilancia adonde habían conducido el cuerpo— y tengo el poder de hacer justicia sobre los míos. Éste tenía que pagar con su vida. No tengo que defenderme ni defender a mi arquero, que simplemente obedeció mi orden. Todos hemos visto que la herida de este hombre no es un rasguño producido por un clavo sino un corte causado por un puñal; el fragmento de tela que quedó en el puñal del guantero coincide sin la menor duda con la tela de esta manga. ¿Alguien puede dudar de que este hombre es un asesino?
Nadie podía. Cadfael les había acompañado al interior del cuarto a petición de Hugo, y no tenía la menor duda. Aquél era el hombre que Euan de Shotwick alcanzó con su puñal antes de morir. Por si fuera poco, parte del dinero y los bienes de Euan se habían encontrado entre las escasas pertenencias de Ewaldo; una bolsa de cuero llena de monedas y dos pares de guantes de mujer que tal vez quería regalar a su esposa o su hermana. El mozo era sin lugar a dudas el asesino. Turstan, que le había abatido con su dardo, no se consideraba culpable de ningún asesinato, como tampoco se hubieran considerado los arqueros de Prestcote si éste les hubiera ordenado disparar. Turstan pensó que aquello no era asunto suyo, aparte la obligación que tenía para con su amo, y se fue a cenar como si tal cosa.
—Yo le traje aquí —dijo Ivo amargamente, limpiándose las manchas de sangre de la mejilla cuajada de rasguños—. Ha ofendido no sólo las leyes de esta tierra sino también mi honor. Tenía derecho a vengarme.
—No os preocupéis —le cortó Prestcote—. El condado se ha ahorrado un juicio y una ejecución, lo cual es siempre beneficioso; quizás este desdichado hubiera preferido morir así. Fue un disparo certero y tenéis un tirador excelente. Jamás pensé que se pudiera disparar un dardo con semejante precisión desde tanta distancia.
—Conozco las aptitudes de Turstan —dijo Ivo, encogiéndose de hombros—. De otro modo, no se lo hubiera ordenado, poniendo en peligro mi caballo o cualquiera de los centenares de inocentes que se encontraban en la barbacana. No sé si esperaba que muriera…
—Sólo hay un motivo de pesar —dijo el alguacil—. Si tenía cómplices, ya no podremos obligarle a que nos diga sus nombres.
—¿Y vos decís, Berengario, que probablemente eran dos?
—Ya estaréis convencidos, supongo —concluyó Ivo—, de que ni mi fiel Turstan ni mi joven mozo Araldo tuvieron nada que ver con los robos, ¿verdad?
Él mismo insistió en que les interrogaran. Turstan había sido un dechado de virtudes desde su última caída, y el más joven era un ingenuo zagal de rostro lozano; ambos habían trabado amistad con otros criados y gozaban de general simpatía. Ewaldo tenía un temperamento arisco y taciturno, y siempre se mantenía apartado de los demás, por lo que el descubrimiento de su crimen no sorprendió demasiado a sus compañeros.
—Queda la cuestión de los restantes delitos. ¿Qué pensáis? ¿Participó este hombre en todos ellos?
—No puedo quitarme de la cabeza la idea de que la muerte de maese Tomás fue obra de un solo hombre —contestó Hugo, sacudiendo lentamente la cabeza—. Por simple intuición y sin tener ninguna prueba, no creo que Ewaldo fuera el asesino. En cuanto al resto…, ¡no lo sé! Dos, dijo el vigilante del mercader, pero no estoy muy seguro de que no exagere para justificar su cobardía… o su sentido común, según se mire. Sólo un hombre hubiera entrado en la barcaza a pleno día y sin duda con muchas prisas, como si tuviera algo que recoger o algo que entregar. En caso de que hubiera dos, Ewaldo debió ser sin duda uno de ellos. El otro todavía no sabemos quién era.
Después de completas, Cadfael fue a informar al abad Radulfo de lo ocurrido. El alguacil ya había tenido la deferencia de visitarle, pero, aun así, Radulfo deseaba conocer la opinión de su observador autorizado, el cual estaría más preocupado por la buena fama y la regla de una casa benedictina. En una orden en la que la moderación en todas las cosas se consideraba el fundamento de la felicidad, estaban ocurriendo cosas inmorales.
Radulfo lo escuchó todo en disciplinado silencio, sin que su rostro dejara traslucir si deploraba o aprobaba un juicio tan sumario.
—La violencia no puede por menos que ser desagradable —dijo el abad con aire pensativo—, pero vivimos en un mundo tan desagradable y violento como hermoso y bueno. Por encima de todo me preocupan dos cosas, y una de ellas os podrá parecer una cuestión trivial, hermano. Esta muerte, el derramamiento de esta sangre, tuvo lugar fuera de nuestras murallas, de lo cual me congratulo. Vos habéis vivido tanto dentro como fuera, y para vos no hay diferencia entre lo que se debe aceptar y tolerar tanto dentro como fuera. Pero muchos de los que moran aquí carecen de vuestros escasos conocimientos y, tanto por su bien como por el de la paz que procuramos preservar aquí no sólo para nosotros sino también como refugio para los de fuera, conviene que la santidad de este lugar se conserve sin mancha. La segunda cuestión os preocupará tan profundamente como a mí: ¿Era culpable este hombre? ¿Es cierto que mató?
—Es cierto —contestó fray Cadfael, eligiendo cuidadosamente las palabras— que participó en un asesinato, probablemente en compañía, por lo menos, de otro hombre.
—En tal caso, por mucho que nos cueste aceptarlo, su muerte fue un acto de justicia —intuyendo el significado del silencio de Cadfael, el abad levantó bruscamente la mirada—. ¿No estáis muy convencido?
—Estoy convencido, efectivamente, de que el hombre tomó parte en un asesinato. Las pruebas son claras. Pero ¿qué es la justicia? Si fueron dos y sólo uno soporta todo el castigo mientras el otro queda en libertad, ¿os parece que eso es justicia? En el fondo de mi corazón estoy seguro de que hay más cosas que todavía no se conocen.
—Y mañana, toda esta gente regresará a sus ocupaciones, sus hogares y sus talleres, dondequiera que estén. Tanto los culpables como los inocentes. Ésa no puede ser la voluntad de Dios —dijo el abad, haciendo una pausa de meditación—. Pese a ello, es posible que la voluntad de Dios decida arrebatarnos este asunto de las manos. Proseguid vuestra vigilancia durante toda la mañana, hermano. Después, otros asumirán la carga en otro lugar.
Sentado en el borde de su catre, en la celda del dormitorio, con los codos apoyados sobre las rodillas y la cabeza entre las manos, fray Marcos no podía soportar la tristeza que lo embargaba. Desde niño, vivió una dura existencia en la que las privaciones, la brutalidad y el dolor fueron sus constantes compañeros hasta que llegó a aquel refugio, al principio sin excesivo entusiasmo. Pero la muerte horrendamente instantánea y sin posibilidad de remisión era demasiado oscura y monstruosa para él. Vivir maltratado, peor alimentado y sin el menor descanso en el trabajo, era vida a pesar de todo porque uno podía gozar del cielo, los árboles, las flores y los pájaros, el color, las estaciones del año y la belleza. La vida, aun vivida de esta forma, era una buena amiga. La muerte, en cambio, era una forastera.
—Hijo mío, la llevamos siempre con nosotros —dijo Cadfael, pacientemente sentado a su lado—. El verano pasado murieron noventa y cinco hombres en la ciudad, y ninguno de ellos había cometido asesinato. Murieron por haber elegido el bando equivocado. Cae sobre mujeres inocentes en la guerra, e incluso en la paz a manos de hombres malvados. Cae sobre los niños que jamás hicieron daño a nadie, sobre los ancianos que hicieron bien a muchos y que, sin embargo, son brutal e insensatamente asesinados. Jamás pierdas la esperanza de que hay un equilibrio en el más allá. Lo que ves es sólo una pieza rota de un todo perfecto.
—Lo sé —dijo fray Marcos, hablando entre los resquicios de los dedos, fiel a sus creencias, pero desconsolado a pesar de todo—. Sin embargo, que a uno le maten sin juicio…
—Lo mismo les ocurrió a los noventa y cuatro del año pasado —dijo Cadfael con dulzura—, y el que hacía noventa y cinco fue asesinado. La justicia que aquí vemos no es más que un pedazo de un todo, pero nuestro deber es preservar lo que podamos, juntar todos los fragmentos que encontremos, y aceptar el resto con los ojos cerrados.
—¡Y sin confesión! —exclamó fray Marcos.
—Lo mismo le ocurrió a su víctima. Y él no había robado ni matado, o, si lo hizo, sólo Dios lo sabe. Muchos hombres que han traspasado aquella puerta sin salvoconducto, alcanzarán la gloria del cielo antes que algunos que salieron escoltados con la absolución y las ceremonias, y tenían sus asuntos en orden. Los reyes y príncipes de la Iglesia pueden verse postergados en favor de humildes pastores y siervos, y algunos que afirman haber hecho mucho bien tendrán que ceder el lugar a pobres desgraciados que obraron mal, pero se arrepintieron y trataron de enmendarse.
Fray Marcos le escuchó en silencio y, al final, empezó a comprenderlo. Humildemente reconoció y admitió la verdadera raíz de su aflicción.
—Tuve su brazo en mis manos, le vi hacer una mueca cuando le limpié la herida, y sentí su dolor. Fue un dolor muy leve, pero lo sentí. Me alegré de poder ayudarle, fue un placer aplicarle el bálsamo, vendarle con un lienzo limpio y saber que le había aliviado. Y ahora ha muerto, atravesado por el dardo de una ballesta… —fray Marcos se enjugó unas lágrimas y dejó al descubierto su rostro acusador—. ¿De qué sirve curar a un hombre si, a las pocas horas, es destruido sin remedio?
—Estábamos hablando de almas, no de meros cuerpos —dijo Cadfael en voz baja—. Quién sabe si el ungüento y la venda que le aplicaste curaron con mayor eficacia lo que es más duradero. No hay dardo capaz de traspasar el alma. Pero puede haber bálsamos que la curen.