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mma se levantó con el alba, se deslizó sigilosamente de la ancha cama que compartía con Constanza y se vistió en silencio. Pero la sensación de movimiento, más que el ruido, turbó el sueño de la doncella y la indujo a abrir inmediatamente sus inteligentes ojos.
Emma se acercó un dedo a los labios y dirigió una significativa mirada a la puerta, detrás de la cual Hugo y Aline aún estaban durmiendo.
—¡Ssss! —susurró—. Voy al rezo de prima en la iglesia. No quiero despertar a nadie.
Constanza se encogió de hombros sobre la almohada, arqueó ligeramente las cejas y asintió. Aquel día se celebraría la misa por el tío y después el ataúd sería trasladado a la barcaza que le conduciría a casa. No era de extrañar que la muchacha quisiera convertir la jornada en un ejercicio de penitencia por el eterno descanso del alma de su pariente y para beneficio de la propia.
—Pero no podéis salir sola.
—Voy directamente a la iglesia —prometió Emma con la cara muy seria.
Constanza asintió de nuevo mientras sus párpados empezaban a cerrarse. Ya estaba durmiendo cuando Emma cerró la puerta muy despacio y se dirigió al patio.
Fray Cadfael se levantó para prima como los demás, pero abandonó su celda y fue a consultar con la única autoridad a la que podía revelar su más reciente descubrimiento. Semejante transgresión entraba de lleno en las competencias del abad, y sólo él tenía derecho a conocerla antes que nadie.
Tras la puerta de la austera celda del abad, ambos hombres se sentían completamente a sus anchas. Se conocían muy bien el uno al otro y siempre exponían con claridad lo que tenían que decir. El pétalo de rosa, un poco encogido y marchito, pero con el rosa y el amarillo todavía tan brillantes como la seda, yacía sobre la palma de la mano del abad como una lágrima dorada.
—¿Estáis seguro de que no pudo caer cuando Emma llevó la flor como ofrenda? Fue un detalle muy delicado —dijo Radulfo.
—No cayó ni un solo grano de polen. Sostenía la flor en el hueco de ambas manos como una vasija de vino. Observé todos sus movimientos. Aún no he visto el ataúd a la luz del día, pero no dudo de que lo habrán tratado con cuidado y estará tal como estaba cuando el maestro carpintero lo cerró. Pese a ello, lo han abierto y vuelto a cerrar —explicó fray Cadfael, plenamente convencido.
—Acepto vuestra palabra. Ha sido una vileza —dijo el abad.
—Lo es —sentenció Cadfael, esperando.
—¿Y no sabéis quién pudo hacerlo?
—Todavía no.
—¿Ni si ha ganado algo con ello? ¡Dios no lo quiera!
—¡No, padre! Pero Dios no lo querrá.
—Poned todo vuestro empeño en aclararlo —dijo Radulfo, haciendo una breve pausa de meditación, tras la cual añadió—: Tenemos un deber con la ley. Haced lo que consideréis mejor, aprovechando vuestra amistad con el segundo alguacil del condado. En cuanto al ultraje sufrido por la iglesia, nuestro hijo difunto y su heredera, veré lo que hay que hacer entre rúbrica y rúbrica. Esta mañana se celebrará una misa por el difunto. El sagrado rito borrará todas las impurezas de su muerte y de su féretro. En cuanto a la niña, puede estar tranquila porque su tío está en manos de Dios y no se ha cometido la menor violencia contra su alma.
—Estará más tranquila si no se entera de lo ocurrido —dijo fray Cadfael con sincera gratitud—. Es buena y su dolor necesita toda clase de consuelos.
—Encargaos de ello lo mejor que podáis, hermano. Ya es casi la hora de prima.
Cuando abandonó a toda prisa los aposentos del abad para dirigirse al claustro, Cadfael vio a Emma doblando la esquina y aminoró el paso para poder observarla sin que ella le viera. Aquel día, más que ningún otro, la joven tenía derecho a rezar y meditar, pero, puesto que también la angustiaba una preocupación profana, nadie hubiera podido adivinar a cuál de ambas necesidades quería atender con su mañanero celo.
Emma entró en la iglesia por la puerta sur y fray Cadfael la siguió discretamente. Los monjes ya estaban en sus sitiales, con los ojos fijos en el altar. La muchacha avanzó en silencio, como si buscara un lugar retirado, pero, en vez de desviarse, siguió adelante y se dirigió a la puerta parroquial del lado oeste que daba acceso a la barbacana, más allá de los muros del monasterio. Exceptuando los períodos de tensión, como por ejemplo el asedio a Shrewsbury el año anterior, aquella puerta nunca estaba cerrada.
Con sólo entrar por una puerta y salir por otra, la muchacha podría gozar de un rato de libertad e ir donde se le antojara, regresando por el mismo camino como si saliera inocentemente de la iglesia.
Las sandalias de fray Cadfael la siguieron, pisando en silencio las baldosas del suelo, pero sin acercarse demasiado por si volvía la cabeza, aunque el monje estaba razonablemente seguro de que allí dentro no lo haría. El gran pórtico parroquial tenía la aldaba descorrida y la joven se limitó a abrir un resquicio por el que su esbelta figura pudiera pasar sin que los rayos del sol la traicionaran, pues el muro daba al oeste. Cadfael le concedió unos momentos para que, una vez fuera, girara a derecha o izquierda, aunque seguramente sería a la derecha, hacia el recinto de la feria. ¿Con qué propósito hubiera ido hacia el río y la ciudad?
Cuando Cadfael salió de la iglesia y dobló la esquina del lado oeste, mirando hacia la barbacana, la vio caminar sin prisas entre los primeros compradores que paseaban por el camino y se detenían ante los tenderetes abiertos para examinar mercancías y regatear precios. El último día de la feria solía ser el más ajetreado. Podían comprarse auténticas gangas y los precios estaban muy rebajados. Pese a lo temprano de la hora, había mucho bullicio, pero los compradores paseaban con calma. Emma imitó su ejemplo, como si sólo quisiera curiosear entre los tenderetes, aunque, en realidad, se dirigía a un lugar determinado. Cadfael la siguió a prudente distancia.
Sólo una vez la joven se detuvo a hablar con el propietario de uno de los tenderetes más grandes, a quien debió de preguntarle alguna dirección ya que el hombre se volvió y le indicó un camino y el muro de la abadía. Emma le dio las gracias y apuró el paso en la dirección indicada. Sabía exactamente con quién tenía que reunirse, aunque no dónde encontrarle. Ahora lo había averiguado. A aquellas alturas, los principales mercaderes de la feria sabían dónde estaba cada cual.
Emma se detuvo casi al final de la barbacana, en donde media docena de casetas se hallaban adosadas al muro de la abadía. Al parecer, había llegado a su destino. Sin embargo, miraba a su alrededor con desconcierto, como si la escena la sorprendiera. Cadfael se acercó un poco más. La muchacha se aproximó frunciendo el ceño a la última caseta, encajada en un rincón entre el muro y un arbotante. Cadfael la reconoció; un enjuto y receloso rostro había asomado por allí cuando los hombres del alguacil colocaron a Turstan Fowler sobre una tabla y lo llevaron a una celda de la abadía la víspera de la feria: era la caseta de Euan de Shotwick. ¡Allí estaban los imaginados guantes, tan conmovedoramente descritos y tan pronto robados!
Al ver la caseta completamente cerrada, Emma se quedó perpleja y sin saber qué hacer. Se adelantó unos pasos, levantó la mano como si quisiera llamar con los nudillos a la puerta cerrada, pero después vaciló y la retiró. Un musculoso carnicero del otro lado dejó su tenderete, le dio unas amables palmadas en el hombro, aporreó vigorosamente la puerta y prestó atención. No hubo respuesta.
Una enorme manaza se apoyó pesadamente en la espalda de Cadfael y la cavernosa voz de Rhodri de Huw atronó su oído en galés.
—¿Qué es lo que pasa? ¿Maese Euan aún no ha abierto la tienda? ¡Me extraña muchísimo! Nunca le vi perder una venta ni ninguna cosa que pudiera beneficiarle.
—En la caseta no hay nadie —dijo Cadfael—. Tal vez el hombre se ha ido a casa.
—¡Qué va! Pasada la medianoche estaba aquí. Poco antes de regresar a la posada salí a dar una vuelta para refrescarme y vi luz dentro.
En aquellos momentos no se filtraba ninguna luz, aunque tal vez los oblicuos rayos del sol la habían hecho palidecer con su resplandor. Pero no, tampoco era eso. Las rendijas entre la compuerta y el marco estaban totalmente oscuras.
Demasiado parecido a lo que Rogelio Dod encontrara en otra caseta hacía apenas dos días. Sin embargo, entonces la caseta estaba atrancada por dentro y alguien había levantado la aldaba con un cuchillo. Allí, en cambio, había una cerradura que podía abrirse por dentro y por fuera, pero no se veía la llave por ninguna parte.
—Esto no me gusta nada —dijo Rhodri de Huw, adelantándose para intentar abrir la puerta. Como era de esperar, la encontró cerrada y miró a través del ojo de la cerradura—. La llave no está puesta por dentro —añadió sin dejar de mirar—. Aquí no hay ningún movimiento —Cadfael ya estaba a su lado y otros tres o cuatro hombres también se habían acercado—. ¡Dejadme sitio!
Rhodri asió con los dedos de ambas manos el borde de la puerta, apoyó un pie en las tablas de madera de la pared y tiró con fuerza, echando los poderosos hombros hacia atrás. La madera se astilló alrededor de la cerradura, las minúsculas astillas volaron como motas de polvo y la puerta se abrió. Rhodri se tambaleó, pero recuperó el equilibrio y fue el primero en entrar. Cadfael le siguió inmediatamente para asegurarse de que no tocara nada. Ambos asomaron la cabeza hacia la oscuridad del interior y entraron codo con codo.
La caseta del guantero estaba totalmente revuelta, los estantes se encontraban vacíos y las mercancías aparecían diseminadas por el suelo como granos de trigo. La capa del mercader estaba extendida sobre un camastro de paja adosado a la pared del fondo y, a su lado, en una palmatoria de hierro, una vela apagada formaba varios repliegues de sebo. Tardaron unos segundos en acostumbrar los ojos a la oscuridad. Rodeado de cinturones, guantes, bolsas y alforjas, Euan de Shotwick yacía boca arriba con las piernas dobladas y la cabeza entrecana medio metida en un saco. Por debajo del borde del capuchón, su boca de finos labios estaba abierta en un doloroso rictus que dejaba entrever la blancura de los dientes; la cabeza, doblada en un extraño ángulo, semejaba la de un muñeco de madera roto.
Cadfael se volvió y levantó la persiana para que entrara la luz. Después se inclinó para tocar el torcido cuello y la enjuta mejilla.
—Frío —dijo Rhodri a su espalda sin molestarse en comprobar su afirmación, tan seguro estaba de ella. La piel de Euan estaba más fría que el hielo—. Muerto —sentenció Rhodri.
—Desde hace varias horas —añadió Cadfael. En medio de la tensión del momento, el monje se había olvidado de Emma, pero su grito de dolor lo obligó a girar en redondo. La muchacha se había acercado para mirar por encima de las cabezas de los presentes y, con los ojos desorbitados por el horror, se cubría la boca con ambas manos cerradas en puño.
—¡Oh, no! —exclamó en un susurro—. ¡Muerto, no! Él no…
Cadfael la estrechó en sus brazos y la empujó fuera de la caseta, abriéndose paso a codazos entre los mirones.
—¡Regresad en seguida! No podéis quedaros aquí. Volved antes de que os echen en falta, y dejadlo de mi cuenta.
Cadfael no estaba muy seguro de que la muchacha hubiera entendido las apresuradas palabras que le murmuró al oído. Blanca como la leche, temblaba de pies a cabeza y mantenía los grandes ojos azules fijos en la distancia. El monje miró a su alrededor, buscando a alguien a quien poder encomendar a la joven; dudaba que pudiera regresar sola a casa y él no se atrevía a abandonar la escena del delito hasta que Berengario se hiciera cargo del asunto o, por lo menos, hasta que llegara uno de los oficiales del alguacil. El súbito grito alarmado que se escuchó desde el fondo de la multitud congregada fue como una bendición.
—¡Emma! ¡Emma!
Ivo Corbière avanzó sin contemplaciones como un repentino vendaval en un campo de trigo, doblando las espigas que se interponían en su camino. La joven volvió el rostro mientras sus ojos se iluminaban con un destello de vida. Con un suspiro de alivio, Cadfael la empujó hacia los brazos del muchacho, el cual los extendió gustosamente para recibirla.
—Por el amor de Dios, ¿qué le ha sucedido? ¿Cómo…? —la mirada de Ivo pasó del aturdido rostro de la muchacha al de Cadfael y de éste a la puerta abierta, con las tablas astilladas. Por encima de la cabeza de Emma, sus labios preguntaron en silencio a Cadfael—: ¿Lo mismo que el otro día? ¿Otro?
—Acompañadla a casa —dijo lacónicamente fray Cadfael—. Cuidad de ella. Y decidle a Hugo Berengario que venga. Aquí se necesita al alguacil.
Corbière la acompañó a lo largo de la barbacana, rodeándola con su brazo y acompasando sus largos pasos a los suyos mientras le murmuraba palabras de consuelo. Hasta que llegaron a la puerta oeste de la iglesia, ella guardó silencio, caminando dócilmente a su lado sin apenas darse cuenta de los consoladores murmullos y la tranquilizadora presencia. De pronto, dijo:
—Está muerto. Lo he visto y lo sé.
—Le habéis visto de lejos —contestó Ivo, tratando inútilmente de calmarla—, puede que no sea así.
—No —insistió Emma—, sé que ha muerto. ¿Cómo ha podido ocurrir? ¿Por qué?
—Siempre hay robos, violencia y maldad en todas partes. Es triste, pero son cosas que suceden a menudo —los dedos nerviosos de Ivo apretaron fuertemente su mano—. Vos no tenéis la culpa y, por desgracia, ni vos ni yo podemos hacer nada para evitarlo. Ojalá os lo pudiera hacer olvidar. Con el tiempo, lo olvidaréis.
—No —dijo la joven—. Jamás lo olvidaré.
Quería regresar a través de la iglesia como a la ida, pero ahora ya no importaba. Tanto Ivo como los demás pensaban que había salido de mañana para comprarse unos guantes o, por lo menos, para ver lo que tenía el guantero. Por consiguiente, entró con Ivo por la caseta de vigilancia. Cuando llegó a la hospedería, tiernamente colgada del brazo de su acompañante, ya estaba mucho más tranquila. Sus mejillas habían recuperado el color y su voz parecía más viva, aunque su tono diera a entender que la vida era dolorosa.
—Ya estoy más calmada, Ivo —dijo—. No tenéis que preocuparos por mí. Le diré a Hugo Berengario que le necesitan.
—Fray Cadfael os ha confiado a mí —contestó Ivo con amable autoridad— y vos no me habéis rechazado. Cumpliré mi misión hasta el final. Y espero —añadió con una sonrisa— poder cumplir cualquier otra misión que en adelante queráis encomendarme.
Hugo Berengario llegó con cuatro hombres del alguacil, dispersó a los mirones congregados alrededor de la caseta de Euan de Shotwick y escuchó las versiones de los mercaderes, del carnicero de enfrente y de Rhodri de Huw, cuya declaración fue interpretada por Cadfael, frase por frase. Aunque no tenía ninguna prisa por marcharse, ya que, según él mismo, su mejor mozo acababa de regresar con la embarcación desde Bridgnorth y estaba perfectamente capacitado para vender las existencias que todavía le quedaban, el galés no parecía tener demasiado interés en quedarse, una vez hecha la declaración. Imperturbable y mirándolo todo sin perder detalle, se alejó con andares pausados a la primera indicación de que la ley no necesitaba nada de él. Otros, más persistentes, permanecieron alrededor de la caseta en un silencioso círculo, si bien los obligaron a apartarse para que no pudieran oír nada. Berengario entornó incluso la puerta. La luz que penetraba a través de las compuertas era más que suficiente.
—¿Puedo fiarme de la declaración de ese hombre? —preguntó Hugo, contemplando la espalda de Rhodri mientras éste se retiraba.
Tan seguro estaba el galés que ni una sola vez miró hacia atrás.
—Totalmente, por lo que respecta a lo que ha ocurrido desde que yo llegué. Es un excelente observador, no se le escapa nada de lo que le atañe y de lo que no le atañe. Además, es un buen comerciante y su presencia aquí tiene razón suficiente. Pero es posible que sólo conozcamos la mitad de los negocios que se lleva entre manos.
Ahora sólo quedaban ellos en el interior de la caseta, dos seres vivos con uno muerto. Ambos se mantenían apartados, de pie el uno al lado del otro, para no tocar el cuerpo ni los objetos de cuero diseminados alrededor y encima de él.
—Afirma que vio luz a través de las rendijas después de medianoche —dijo Berengario—. Ahora la vela está apagada, pero no ardió del todo. Y, si él cerró la puerta bajo llave…
—Es natural que lo hiciera —le interrumpió fray Cadfael—. Lo que Rhodri dice me suena a verdad. Un hombre que no se fiaba de nadie y que siempre supo cuidar de sí mismo hasta ahora. Es natural que cerrara la puerta bajo llave.
—Eso significa que también la abrió para dejar entrar al asesino. La cerradura no fue forzada, tal como vos mismo habéis visto. ¿Por qué un hombre tan precavido le abrió la puerta a alguien a altas horas de la madrugada?
—Porque esperaba a ese alguien —contestó Cadfael—, aunque no a quien apareció. Tal vez se había pasado tres días esperando a alguien y suspiró de alivio cuando, al final, llegó.
—¿Tanto alivio que olvidó sus precauciones? Ateniéndonos al retrato que de él ha hecho vuestro galés, lo dudo mucho.
—Y yo —convino Cadfael—, a no ser que esperara un santo y seña que el visitante le dio. Un nombre, tal vez. Mirad, Hugo, creo que él sabía que la persona que esperaba jamás llamaría a su puerta de noche ni se detendría de día a charlar con él junto a la barbacana.
—Os referís a Tomás de Bristol, que está muerto —dijo Hugo.
—¿Y a quién si no? ¿Cuántas extrañas casualidades pueden producirse, todas contra lo que es más probable e incluso posible? Un mercader es asesinado, registran su barcaza y su caseta y después, ¡hasta su ataúd! Aún no he tenido tiempo de contároslo, Hugo —Cadfael decidió contárselo. En la pechera de su hábito guardaba envuelto en un trozo de lino el pétalo de rosa que todavía le hablaba con la misma elocuencia de antes—. Podéis fiaros de mis ojos, sé que no había caído antes y que estaba dentro del ataúd. Ahora la sobrina de este hombre intenta acercarse en secreto a la caseta del guantero y lo encuentra muerto como su tío. Es una lista muy larga de hechos, todos relacionados con Tomás de Bristol. Puesto que el supuesto tesoro no se encontró ni siquiera en el ataúd, como salvoconducto para Bristol a falta de su entrega, el siguiente punto de búsqueda fue esta caseta…, donde maese Tomás hubiera tenido que entregarlo.
—Para eso hubieran tenido que saberlo previamente.
—O tener buenas razones para adivinarlo sin temor a equivocarse.
—Según vuestro testimonio —dijo Hugo—, el ataúd fue abierto y cerrado entre completas y maitines. Antes de la medianoche. ¿Cuándo diríais vos (vuestra experiencia es superior a la mía) que murió este hombre?
—En las primeras horas de la madrugada. Calculo que hacia la segunda hora después de medianoche ya estaba muerto. Después de registrar el ataúd, debieron de suponer que, a pesar de la estrecha vigilancia a que fue sometido maese Tomás desde su llegada, y tras haberle matado la víspera de la feria, éste, u otra persona en su nombre, consiguió entregar el valioso objeto. Anoche este pobrecillo le abrió la puerta a alguien creyendo que tenía asuntos que tratar con él. La mención de un nombre…, un santo y seña… Abrió la puerta a su asesino, pero lo que él esperaba era el objeto prometido.
—Pero, a pesar de tener dos asesinatos sobre sus conciencias —dijo Hugo—, aún no han conseguido lo que buscan. Él creyó que se lo iban a entregar. Y ellos confiaban en encontrarlo aquí. Ni una parte ni la otra lo tenía, y ambas sufrieron una decepción —sujetándose la barbilla con una mano y frunciendo el entrecejo con inusitada solemnidad, Hugo añadió—: Emma vino aquí… en secreto.
—En efecto. No todos los hombres —dijo Cadfael— piensan de las mujeres lo que vos o lo que yo. A casi todos los de vuestra clase y a casi todos los de la mía, jamás se les ocurriría tomar en consideración a una mujer en cuestiones importantes. Y tanto menos a una chiquilla recién salida del cascarón. Por lo menos, no antes de que se les cerraran todos los caminos y no tuvieran más remedio que ver a una mujer metida de lleno en el asunto. Que tal vez era lo que pretendían.
—Y que ahora se ha traicionado —dijo Hugo con sombrío semblante—. Menos mal que gracias a Corbière ha llegado sana y salva a la hospedería. La ha dejado muy trastornada con Aline, y a pesar de su fortaleza y su testarudez, hoy no dará un paso sin que la vigilen. Os lo prometo. Creo, dicho sea entre nosotros, que podemos arreglarle las cuentas a Emma. Ahora veamos si este pobre desventurado puede decirnos algo que todavía no sepamos y que nos sirva.
Hugo se agachó y retiró el áspero saco que cubría el huesudo rostro del guantero desde la ceja de un lado a la mandíbula del otro. Una magulladura abierta en el canoso cabello por encima de la sien izquierda revelaba que le habían golpeado con la mano derecha en cuanto abrió la puerta. Probablemente pretendieron aturdirle para meterle la cabeza en el saco y amordazarle como a Warin. Aquí tenían que entrar y enfrentarse con un hombre despierto, no con un tímido dormilón.
—Le hicieron más o menos lo mismo que al otro —dijo Cadfael—. Dudo que quisieran matarle. Pero a éste no lo pudieron quitar de en medio tan fácilmente. Debió de oponer resistencia. Tiene el cuello roto. Por su aspecto, debieron rodearle por la espalda para taparle los ojos y, en medio de la lucha, le echaron la cabeza violentamente hacia atrás. Era un hombre ágil y musculoso, pero sus huesos estaban envejeciendo y eran demasiado frágiles para resistirlo. No tuvieron intención de matarle. Lo hubiéramos encontrado atado de pies y manos y vivo como Warin, si no se les hubiera enfrentado. Al percatarse de que estaba muerto, registraron la caseta a toda prisa, y lo dejaron todo desordenado.
Berengario apartó los cinturones, correas y guantes esparcidos por el suelo y encima del cuerpo. El brazo derecho de Euan estaba cubierto, del codo hacia abajo, por los faldones de su túnica, empujados con los pies por los saqueadores para que no les dificultara la búsqueda. Mientras alisaba los pliegues, Hugo soltó un silbido de asombro al ver que la mano de la víctima sostenía un largo puñal de hoja acanalada con adornos de oro alrededor de la empuñadura. En su cinto, medio oculta por la cadera derecha, la funda estaba vacía.
—Fijaos en esto.
En la punta de la hoja había sangre, cubriendo las acanaladuras hasta unos tres dedos de ancho y formando dos finas líneas carmesí que ahora se estaban ennegreciendo al secarse.
—Rhodri de Huw —recordó Cadfael— dijo que era un alma solitaria que no se fiaba de nadie… y que por eso él mismo se hacía de mozo y de vigilante. Añadió que solía llevar un arma y sabía utilizarla —el monje se arrodilló junto al cuerpo y retiró los objetos que todavía lo rodeaban, estudiándolo detenidamente de arriba abajo—. Supongo que lo trasladaréis al castillo o a la abadía para examinarlo con más detalle, pero creo que la única sangre que ha perdido es de la herida en la sien. La del puñal no es suya.
—¡Si él pudiera decirnos de quién es! —exclamó Hugo, sentándose ágilmente sobre sus talones al otro lado del cuerpo.
Fray Cadfael apoyó sus chirriantes rodillas sobre las duras tablas del suelo y le envidió por un instante. El joven levantó el brazo rígido de la víctima y probó a abrirle los dedos doblados, que ya estaban rígidos.
—¡Qué fuerte lo sujeta! —dijo. Le costó bastante aflojar la mano para liberar la empuñadura del puñal. Bajo la luz oblicua que penetraba por la compuerta abierta, algo brilló fugazmente en la punta de la hoja y desapareció de nuevo, tal como van y vienen las motas de polvo bajo la dorada luz del sol.
—¡Un cabello rubio! —exclamó Cadfael—. ¡Ahora lo he vuelto a ver!
El amarillo fulgor se curvó y se retorció mientras Hugo movía el puñal en su mano.
—No es un cabello sino un hilo amarillento. Un hilo de lino no blanqueado. La acanaladura ha arrancado un trocito de tela y la sangre lo ha pegado a la hoja. ¡Fijaos!
Era un minúsculo fragmento de tejido pardo, pegado a la acanaladura. Fino como una hoja de hierba, cuando Cadfael tomó un hilo por un extremo y lo estiró, el trozo de tejido le cubrió toda la longitud de la mano. El color era pardo con reflejos cobrizos. En su extremo ondeaba alegremente un largo hilo de lino, ondulado como un bucle.
—Un desgarrón largo como una mano —dijo Cadfael— y que termina en un dobladillo. Éste es el hilo que sirvió para coserlo.
Entornó los ojos y se imaginó a Euan abriendo la puerta, recibiendo inmediatamente el golpe que no consiguió domeñarle y sacando el puñal para enfrentarse con su atacante, en una lucha casi cuerpo a cuerpo; él que era tan hábil con la mano derecha, tenía delante el fácil blanco del corazón de su enemigo.
—Quiso clavárselo en el corazón —dijo Cadfael sin el menor asomo de duda—, como haría yo, o, mejor dicho, como hubiera hecho en otros tiempos. El otro debió de rodearle por detrás y esquivó el lance, pero allí es donde él apuntó. Alguien, en algún lugar, tiene una chaqueta rota. El desgarrón quizá esté en la parte izquierda de la pechera, o tal vez en la manga. El desconocido debió de levantar los brazos para protegerse. Yo diría que en la manga izquierda, desde el dobladillo hacia la mitad del antebrazo. Primero la punta del puñal quedó prendida en el hilo de la costura y arrancó varias puntadas.
Hugo analizó concienzudamente la explicación y no le vio el menor defecto.
—¿Poco más que un arañazo diríais vos? La sangre no goteó hasta la puerta. Seguro que no era mucha.
—La manga la absorbió. Fue un rasguño, pero bastante largo. Suficiente para ser visible.
—¡Si supiéramos dónde buscar! —Hugo soltó una breve carcajada, imaginándose qué ocurriría si enviara algunos oficiales a la feria y éstos exigieran a los hombres que se arremangaran la manga izquierda y les mostraran el brazo—. ¡Sería muy fácil! En cualquier caso, vos y yo y todos los hombres de confianza a quienes pueda encomendar esta tarea mantendremos los ojos muy abiertos, buscando una manga desgarrada… o recién remendada —el segundo alguacil del condado se levantó y se volvió para llamar a su oficial más próximo desde la compuerta abierta—. Bueno, pues, lo sacaremos de aquí y haremos lo que podamos. Una palabra a vuestro Rhodri de Huw no estaría de más. Me da la impresión de que en su propio idioma sacaréis más de él de lo que yo he conseguido con intérprete. Si conocéis tan bien a este hombre, tiradle de la lengua y hacedme saber lo que os diga.
—Así lo haré —dijo Cadfael, levantándose con las rodillas anquilosadas.
—Tengo que ir al castillo a informar del hallazgo. Esta vez me encargaré de algo más —añadió Hugo—. Anoche el alguacil no estaba de humor para escucharme, pero, después de lo ocurrido, no tendrá más remedio que poner en libertad al joven Corviser, una vez su padre haya pagado la fianza. Haría falta un hombre más porfiado que Prestcote para pensar que el mozo tuvo algo que ver con la primera muerte, a la vista de todos los delitos que se han cometido mientras él estaba en prisión. Hoy comerá en su casa.
Rhodri no sólo estaba dispuesto a pasar una hora derramando los frutos de su sabiduría y experiencia al oído de fray Cadfael, sino que ésta era precisamente su intención en cuanto se llevaron el cuerpo de Euan de Shotwick y cerraron la caseta, dejándola custodiada por uno de los hombres del alguacil. Pese a su omnipresencia, el galés tenía el don de la discreción… hasta que decidía ser indiscreto. Entonces aparecía inesperadamente como si el azar le hubiera llevado hasta allí.
—Estoy seguro de que ya habréis vendido todo lo que llevabais —dijo Cadfael, tropezándose con él entre los tenderetes como por casualidad.
—Los productos de calidad se reconocen en todas partes —contestó Rhodri, mirándole con sus risueños y perspicaces ojos negros—. Mis mozos están vendiendo las últimas jarras de miel, y la lana se terminó en seguida. Pero tengo aquí media botella, ¿os apetece tomar un trago a esta hora? Es hidromiel, no vino, pero siendo galés os encantará.
Se sentaron junto a una mesa de caballete que unos pequeños comerciantes habían desocupado tras vender sus existencias y colocaron la botella entre ambos.
—¿Qué pensáis de lo que ha ocurrido esta mañana? —preguntó Cadfael, señalando con un gesto de la cabeza la caseta vigilada por uno de los hombres del alguacil—. ¿Creéis que tenemos más aves de presa que de costumbre? Quizá sintieron miedo y abandonaron los condados donde todavía hay luchas para reunirse aquí.
Rhodri sacudió la desgreñada cabeza y sonrió, mostrando la blancura de sus grandes dientes entre el tupido bosque de la barba.
—Yo diría que esta feria ha sido insólitamente tranquila y pacífica…, aparte las desgracias que han sufrido dos mercaderes. Bueno, esta noche, por ser la última, supongo que habrá unas cuantas borracheras y algún que otro altercado, pero eso no significa nada. Sin embargo, lo que le ha ocurrido a Tomás de Bristol no es casual. El azar nunca persigue tres días seguidos a un hombre entre varios centenares de semejantes que no han sufrido ni un solo rasguño.
—Euan de Shotwick ha sufrido algo más que un rasguño —comentó secamente Cadfael.
—¡Ni hablar! Mirad, fray, quien hacía las veces de ojos y oídos del conde Ranulfo de Chester viene a la feria del condado de Shrop, y lo matan. Tomás de Bristol, procedente de una ciudad que apoya al conde Roberto de Gloucester, viene a la misma feria, y lo matan la misma noche de su llegada. Y, después de su muerte, revuelven de arriba abajo todo lo que llevaba sin apenas robar nada, según me han dicho —Rhodri tenía una capacidad especial para enterarse de todo lo que sucedía a una legua a la redonda, pero no había mencionado para nada la profanación del ataúd de maese Tomás. O no se había enterado, y jamás se enteraría, o fue el primero en saberlo y sería el último en confesarlo. La puerta parroquial de la iglesia estaba siempre abierta, por lo que no hacía falta atravesar el patio o pasar por la caseta de vigilancia—. Me parece que algo traído a Shrewsbury por Tomás le interesa mucho a alguien, y este alguien no lo encontró en su persona, en la barcaza ni en la caseta. Después, matan a Euan de Shotwick por la noche y revuelven todos sus bienes. Yo no diría que no robaron nada. Todos sus artículos son de pequeño tamaño y fácil manejo, ¿por qué no aprovechar de paso para obtener una ganancia? Pero, aparte todo eso…, no, ¿dos hombres pertenecientes a facciones rivales en un país dividido, reuniéndose a medio camino para negociar un asunto privado? ¡Puede ser! El hombre de Gloucester y el hombre de Chester.
—¿Y de dónde sería el tercer hombre? —preguntó Cadfael.
—¿El tercero?
—El que tiene tanto interés en los dos que han muerto por esa razón. ¿A qué bando podría pertenecer?
—Bueno, hay otras muchas facciones, y todas necesitan espías. Está, por ejemplo, el bando del rey; podrían tener cierta curiosidad si supieran que el hombre de Gloucester y el de Chester asistirían a una feria situada a medio camino entre ambos condados. Y no sólo el rey…, hay otros que se consideran reyes de sus propias tierras, aparte el de Chester, y necesitan averiguar lo que trama el de Chester para impedirlo en caso de que perjudicara sus propios intereses. Y después está la Iglesia, fray, si no lo tomáis como una ofensa a los benedictinos. Ya sabréis que estas últimas semanas el rey ha tenido ciertas diferencias con algunos de sus obispos, ha urdido toda clase de planes y ha convertido a su propio hermano y mejor aliado, el obispo Enrique de Winchester, que por si fuera poco es legado papal, en su más encarnizado enemigo. Es posible incluso que el obispo Enrique tenga algo que ver en este asunto, aunque dudo que se haya enterado a tiempo de las cosas que ocurren aquí, pues nunca abandona el sur. Pero tanto si es el de Lincoln como si es el de Worcester… Todos esos señores necesitan saber lo que pasa y, para hombres de tanta influencia, siempre hay sicarios dispuestos a hacer el trabajo sucio mientras sus amos permanecen sentados en sus casas libres de toda sospecha.
«También podía haber —pensó Cadfael—, acaudalados mercaderes sentados en sus tenderetes libres de toda sospecha y a la vista de todo el mundo, mientras sus sicarios hacían el trabajo sucio. ¡Y este moreno galés me lo está explicando con pelos y señales y, encima, parece que se divierte!» ¡Cuando le tomaban deliberadamente el pelo, Cadfael siempre se daba cuenta! Sin embargo, no sabía si aquello era un capricho de un hombre inocente, pero malicioso, o bien la bravata de un culpable que se complacía en su propia inmunidad e inteligencia. Los ojos negros centellearon y los dientes blancos resplandecieron. ¿Por qué privarle de aquel placer si con ello se pudiera averiguar algo útil? Además, su hidromiel era excelente.
—Aquí tiene que haber varios del condado de Chester —dijo Cadfael con aire pensativo—, e incluso algunos cercanos a la corte de Ranulfo. Vos mismo, por ejemplo, no venís de muy lejos y conocéis aquellos lugares, sus hombres y sus ideas. Si estáis en lo cierto, los que hayan cometido estos delitos sabían dónde encontrar lo que buscaban, tras cerciorarse de que no estaba entre los efectos personales de Tomás de Bristol. Pero ¿cómo pudieron elegir, digamos entre Euan de Shotwick y vos? ¡Es sólo un ejemplo, naturalmente! ¡No lo toméis a mal!
—¡Por supuesto que no! —dijo Rhodri jovialmente—. ¡Podéis estar tranquilo! La única razón de que me conozca a mí mismo es que soy yo mismo y sé que no estoy al servicio de Ranulfo de Chester. Pero vos no podéis saberlo, ciertamente, y nadie puede saberlo. Sólo hay un pequeño detalle, claro…, que yo sepa, Tomás de Bristol no hablaba galés.
—Y vos no habláis inglés —dijo Cadfael, suspirando—. ¡Lo había olvidado!
—Hace apenas un mes, un viajero de Gloucester se quedó a pasar la noche en la corte de Ranulfo —dijo Rhodri, deleitándose en su propia omnisciencia—, un juglar que se ganó su favor al grado de que fue invitado a cantar un par de estrofas en privado para Ranulfo y su dama, cuando éstos abandonaron la sala por la noche. La primera noticia que tengo de las aficiones musicales del conde Ranulfo. Desde luego, se hubiera necesitado algo más que un estribillo francés para atraerle a la causa de su suegro. Sin duda hubiera querido saber qué posibilidades de éxito se le ofrecían y cuál sería su recompensa —Rhodri le dirigió a Cadfael una radiante sonrisa y escanció el último hidromiel que quedaba en la botella—. ¡A vuestra salud, fray! Vos, por lo menos, estáis libre de la codicia de las ganancias. A menudo me he preguntado si existirá alguna pasión lo bastante fuerte como para ocupar su lugar. Porque yo todavía estoy en el mundo, ¿comprendéis?
—Creo que posiblemente la haya —contestó Cadfael en voz baja—. ¿La pasión por la verdad, tal vez? ¿O por la justicia?