III
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a falange en movimiento llegó al final del puente y se detuvo un instante mientras su jefe dirigía una mirada de inspección a la barbacana, a lo largo de la cual se alineaban los tenderetes más pequeños, y al embarcadero. Tras dar unas rápidas órdenes, se volvió, seguido de unos diez jóvenes, y bajó por el camino del río mientras los demás proseguían su avance. Con la misma presteza, los atónitos ciudadanos se dividieron en dos grupos y siguieron a ambos contingentes. Nadie quería perderse lo que iba a ocurrir. Cadfael analizó las filas con más serenidad y se reafirmó en su opinión de que sus intenciones eran de lo más austeras; no había ni una sola maza entre ellos, y dudaba que alguno llevara tan siquiera un cuchillo. Nada en ellos era belicoso, a excepción de sus rostros. Además, les conocía a casi todos y sabía que no pretendían causar deliberadamente el menor daño. Aun así, echó a andar tras ellos por el camino, sin tenerlas todas consigo. El retoño de Corviser tenía fama de alocado, y solía acalorarse y discutir constantemente con sus padres. Por si fuera poco, algunas veces bebía más de la cuenta. Pero aquella tarde seguramente no había bebido porque tenía asuntos más apremiantes en que pensar.
Fray Cadfael suspiró y bajó a regañadientes por el camino del río, pensando que los jóvenes eran propensos a rebasar el punto en el que la experiencia obliga a dar media vuelta y volver sobre sus propios pasos; y que, cuanto más inteligentes fueran, tanto más se inclinaban a llegar a las manos.
No le sorprendía que Rhodri de Huw, siendo un viajero tan experto, hubiera abandonado el embarcadero junto con su segundo mozo y todas las mercancías. Rhodri no andaría lejos, tras haberse asegurado de que todas sus mercancías estaban guardadas bajo llave en la caseta de la feria de caballos. Probablemente querría ver lo que ocurría para adoptar sus propias medidas, pero habría elegido un lugar desde el que pudiera marcharse tranquilamente cuando le pareciera oportuno. Sin embargo, había como media docena de embarcaciones de distinto tamaño, descargando mercaderías, y entre ellas destacaba la noble barcaza de Tomás de Bristol. Su propietario oyó el repentino rumor de urgentes pisadas a su espalda y se volvió a mirar con expresión autoritaria antes de reanudar la supervisión de la descarga. La cantidad de toneles y fardos amontonados en el embarcadero era impresionante. Los jóvenes que bajaban hacia el río no tendrían más remedio que calcular el alcance de las fuerzas con las que se enfrentaban.
—¡Señores…! —gritó Felipe Corviser, deteniéndose con los pies separados ante Tomás de Bristol. Poseía una sonora voz, y los mercaderes de menor importancia interrumpieron sus tareas para escucharle—. ¡Señores, os pido vuestra atención porque todos vosotros sois ciudadanos de alguna ciudad como yo lo soy de Shrewsbury, y sin duda, os preocupáis por vuestra ciudad tanto como yo por la mía! Vosotros pagáis impuestos y portazgos a la abadía, mientras que la abadía niega la menor ayuda a la ciudad, pese a necesitar mucho menos que nosotros cierta parte de lo que vosotros traéis.
El joven respiró hondo porque se había quedado sin resuello. Era un mozo desgarbado que aún no dominaba por completo el gobierno de sus largas extremidades, puesto que contaba apenas veinte años y acababa de terminar su desarrollo. Cadfael observó que iba impecablemente vestido, pero no calzado, confirmando así el viejo dicho según el cual el hijo del zapatero es el que siempre va descalzo. Tenía un abundante cabello pelirrojo y un rostro más bien agraciado que ahora había palidecido de rabia, pese a estar muy bronceado por el sol. Decían que era un hábil artesano cuando no se dejaba arrastrar por la defensa de alguna causa. En aquellos momentos su causa le inducía a exponer ante los insensibles comerciantes todos los argumentos que su padre había utilizado en el capítulo con la ilusa esperanza de convencerle.
—Si el abad desprecia la apurada situación de la ciudad, ¿os pondréis vosotros de su parte? Hemos venido para contaros nuestra versión de la historia y para apelar a vosotros como hombres que sois, preocupados por las necesidades de vuestros burgos; muchos de vosotros habréis visto en las murallas y los adoquinados los efectos de la guerra y el asedio. ¿No os parece razonable que pidamos una parte de los beneficios de la feria? El año pasado la abadía no sufrió el menor daño, pero la ciudad sufrió muchos. Si ellos no quieren aportar una parte al bien común, nos dirigimos a vosotros que no gozáis de protección contra las calamidades del mundo y sin duda comprenderéis la situación de aquéllos que comparten las mismas cargas.
Los comerciantes, que estaban empezando a perder el interés, se encogieron de hombros y reanudaron sus tareas de descarga. El valiente mozo levantó la voz.
—Lo único que os pedimos es que retengáis un diezmo de lo que pagáis a la abadía y lo entreguéis a la ciudad para la reconstrucción de las murallas y el adoquinado de las calles. Si todos os unís, ¿qué podrán hacer los administradores de la abadía contra vosotros? De todos modos, no pagaréis más de lo que tendríais que pagar; y nosotros recibiremos lo que en justicia nos corresponde. ¿Qué decís a eso? ¿Nos ayudaréis?
¡No pensaban hacerlo! Los murmullos de indiferencia y burla apenas necesitaban explicación. ¿Por qué plantear un desafío a algo que ya había sido acordado, no teniendo nada que ganar con ello? ¿Por qué correr riesgos? Los mercaderes reanudaron su labor, encogiéndose de hombros. Los jóvenes agrupados detrás de su jefe empezaron a hablar en voz baja, todavía tranquilos, pero cada vez más furiosos.
Tomás de Bristol, alto y arrogante, agitó un puño ante el rostro del cabecilla, y dijo con visible impaciencia:
—¡Quítate de en medio, muchacho, estás molestando a personas de más autoridad que tú! Conque pagar un diezmo a la ciudad, ¿eh? ¿Acaso los derechos de la abadía no se han establecido según la ley? ¿Os atreveréis a decirme que la abadía no paga lo acordado? Si tenéis alguna queja porque no cumple la ley, acudid al alguacil, tal como corresponde, pero no vengáis aquí con vuestras tonterías. Y ahora, largo, dejad que los hombres honrados sigan con su trabajo.
El joven se enfureció.
—¡Los hombres de Shrewsbury son tan honrados como vosotros, señor, aunque no alardeen tanto de ello! ¡Aquí la honradez la damos por descontada! Y no es ninguna tontería que la ciudad tenga las murallas y las calles destrozadas mientras la abadía y la barbacana han escapado a tales daños. No, pero escuchadme…
El mercader se volvió de espaldas con gesto desdeñoso y fue por el bastón que había apoyado contra los toneles apilados, indicándoles a sus hombres que prosiguieran su labor. Felipe le siguió, indignado por su ademán despectivo, como si aquel hombre se hubiera limitado a apartar un insecto molesto.
—¡Mi señor mercader —gritó, apoyando una mano en la manga ricamente recamada de Tomás—, sólo una palabra!
Ambos eran coléricos por naturaleza y, más tarde o más temprano, hubieran podido llegar a las manos en el mejor de los casos, pero a Cadfael le dio la impresión de que Tomás se sorprendía de que lo sujetaran por el brazo y creyó que estaba a punto de ser atacado. Cualquiera que fuera la causa, el mercader giró en redondo y golpeó ciegamente con el bastón que sostenía en la mano. El mozo levantó el brazo, pero demasiado tarde para protegerse la cabeza. El golpe le dio de lleno en el antebrazo y la sien y le dejó tendido cuan largo era en el embarcadero; un hilillo de sangre manaba de la herida abierta por encima de la oreja.
Aquello fue el final de la comedida y pacífica protesta, y el comienzo de la declaración de guerra. Muchas cosas ocurrieron en aquel instante. Felipe cayó sin emitir sonido alguno y quedó tendido medio inconsciente, pero alguien gritó enardecido, e inmediatamente se le sumó el rugido de cólera de los restantes jóvenes. Dos de ellos se acercaron a toda prisa a su cabecilla caído, pero los demás, pidiendo venganza, se adelantaron para enfrentarse a los soliviantados mercaderes. En un momento, las mercancías recién descargadas fueron levantadas y arrojadas al río, seguidas de inmediato por uno de los agresores, que cayó al agua pesadamente. Por suerte, los que habían vivido siempre a orillas del Severn solían aprender a nadar antes que a caminar, por lo que el joven no corrió el menor peligro. Cuando salió y regresó a la refriega, el alboroto ya era mayúsculo.
Algunos ciudadanos, más cautos, se acercaron para intentar separar a los contendientes y convencer a los enfurecidos jóvenes de que depusieran su actitud; y uno o dos de ellos, menos cautelosos, recibieron golpes destinados al rival, tal como les ocurre a menudo a quienes intentan poner paz cuando nadie se siente inclinado a aceptarla.
Cadfael se acercó al embarcadero junto con los demás, tratando de impedir un segundo bastonazo definitivo, a juzgar por el congestionado rostro del mercader que aún sostenía el bastón. Pero alguien se le adelantó. Una muchacha salió a toda prisa de la pequeña cabina de la barcaza, se recogió la falda y saltó a la orilla a tiempo para sujetar con toda su fuerza el tembloroso brazo y suplicar con voz alterada:
—¡Tío, no, por favor! ¡No ha cometido ninguna violencia! ¡Le has hecho mucho daño!
Los ojos castaños de Felipe Corviser, abiertos todo el rato, aunque sin ver, parpadearon rápidamente al oír aquella inesperada voz. El mozo se incorporó trémulamente, consciente de su herida y de su humillación, y recuperando sus facultades se levantó para presentar batalla. Sus esfuerzos no fueron muy eficaces, pues mientras trataba de levantarse, se le doblaron las rodillas y se sostuvo la cabeza entre las manos como si temiera que pudiera caérsele al sacudirla. Sin embargo, fue la visión de la muchacha lo que le detuvo. Agarrada al brazo del mercader, la joven le suplicaba al oído en un tono capaz de conmover a un dragón, compadeciéndose de Felipe, de quien no conseguía apartar ni un momento sus dilatados y angustiados ojos. ¡Y llamaba «tío» a aquel viejo demonio! Felipe perdió de golpe su ansia de venganza, pero apenas lo lamentó, a juzgar por la transformación que se operó en su magullado y enfurecido rostro. Oscilando sobre una rodilla y todavía aturdido, el mozo contempló a la doncella tal como unos peregrinos hubieran hecho ante una visión milagrosa o unos viajeros extraviados ante la estrella polar.
La joven, de dieciocho o diecinueve años, era digna de ser contemplada; llevaba los brazos y la cabeza al aire, con dos trenzas negro azuladas hasta la cintura que enmarcaban un redondo rostro infantil todo rosas y nieve, iluminado por dos grandes ojos azul oscuro de largas pestañas, en aquel momento enormemente abiertos por el temor y la inquietud. No era de extrañar que el simple sonido de su voz hubiera domeñado a su gigantesco tío, del mismo modo que su presencia dejó inmovilizados a los dos jóvenes que se habían adelantado para salvar y vengar a su cabecilla y ahora la miraban boquiabiertos y con gesto inofensivo.
Justo en aquel momento, la pelea en el embarcadero, convertida en una rebatiña irremediablemente enredada, se desplazó sobre las planchas de madera, derribó la pila de toneles y los envió rodando ruidosamente en todas direcciones. Cadfael sujetó al joven Corviser por las axilas, lo levantó y lo arrastró lejos del peligro, empujándole hacia los brazos de sus amigos dado que aún estaba aturdido. Un tonel rodante levantó del suelo los pies de Tomás, y la muchacha, arrojada a un lado en su caída, osciló peligrosamente en el borde del embarcadero.
Una ágil figura pasó corriendo por delante de Cadfael en un revuelo de cabello dorado, saltó por encima de otro tonel rodante con la flexibilidad de un ciervo y, con su largo brazo, tiró de ella para salvarla del peligro. Su gracia y su seguridad casi insolentes eran tan conocidos como su cabello rubio. Cadfael se limitó a ayudar a Tomás a levantarse y a apartarse del borde del embarcadero y no se sorprendió demasiado cuando, una vez hecho esto, vio que el largo brazo aún seguía rodeando galantemente la cintura de la joven. Por su parte, ésta no parecía tener demasiada prisa en apartarse. Es más, miraba el sonriente, hermoso y tranquilizador rostro de su salvador con el mismo asombro con que Felipe Corviser la había mirado a ella.
—¡Ya estáis a salvo! Pero permitidme que os ayude a regresar a bordo; es mejor que os quedéis un rato allí, y vuestro tío también. Os lo aconsejo, señor —dijo el joven con la cara muy seria—. Nadie os causará el menor daño. Teniendo a nuestro lado a esta joven, nadie podría ser tan poco galante —añadió con cándida expresión admirativa.
La clara piel de la joven se tiñó de rosa.
Tomás de Bristol se sacudió el polvo con manos levemente temblorosas, pues era un hombre en extremo corpulento y había caído pesadamente al suelo.
—Os doy fervorosamente las gracias por vuestra ayuda, señor. Y a vos también, fray. Pero mis vinos…, mis mercancías…
—Dejadlo de nuestra cuenta, señor. Lo que pueda recuperarse, se recuperará. Quedaos tranquilamente a bordo, y esperad. Esto no puede continuar, de un momento a otro la ley perseguirá a estos jóvenes alborotadores. La mitad de ellos se encuentra en la barbacana, volcando tenderetes y acosando a los administradores de la abadía. No tardarán en dar con sus huesos en la cárcel de la ciudad y con la cabeza molida a palos, pensando que ojalá no hubieran tenido la ocurrencia de entablar pelea con el abad de un monasterio benedictino.
El joven miró a Cadfael que, ocupado en enderezar y recuperar los toneles, no andaba lejos y podía oír sus palabras. Inevitablemente, el monje se vio arrastrado en los magistrales planes de aquel muchacho, quien tal vez buscaba con ello una garantía de respetabilidad. Los ojos eran ligeramente maliciosos, pero el semblante se mantenía muy serio. El benedictino que tenía más a mano estaba siendo cariñosamente utilizado como representante de su orden.
—Mi nombre —dijo alegremente el joven— es Ivo Corbière, de la mansión Stanton Cobbold de este condado, aunque la parte principal de mis posesiones se halla en el condado de Chester. Si me lo permitís, tendré sumo gusto en ofreceros mi ayuda… —ya había retirado a regañadientes el brazo del talle de la joven, pero la seguía abrazando y halagando con la mirada, cosa que a ella no parecía disgustarle—. ¡Mirad! —gritó Corbière con aire triunfal mientras un joven encaramado al parapeto del puente lanzaba un agudo silbido—. ¡Fijaos cómo corren a esconderse! Su vigía ha divisado a los hombres del alguacil que aplastarán la rebelión.
Su apreciación resultó acertada. Media docena de cabezas se levantaron bruscamente al oír el sonido y observaron el brazo que se agitaba con apremio; y media docena de desmelenados jóvenes se alejaron rápidamente de la pelea; soltaron lo que sostenían en sus manos y se diseminaron a toda prisa en distintas direcciones, algunos a lo largo del Gaye hacia los escondrijos de la orilla del río, otros por la ladera de la colina hacia los estrechos senderos detrás de la barbacana, y uno bajo el ojo del puente para emerger corriente arriba sin más daño que los pies mojados. En cuestión de un momento, se oyeron cascos de caballos resonando sobre el puente y media docena de hombres del alguacil bajaron trotando hacia el embarcadero mientras sus compañeros se dirigían hacia la feria de caballos.
—¡Ya podemos darlo por terminado! —exclamó Ivo alegremente—. Hermano, ¿me prestáis un remo? Creo que conocéis el río mejor que yo, y aquí flotan muchas cosas que han costado mucho de ganar, y buena parte de ellas se puede salvar.
No pidió permiso; eligió la embarcación más pequeña y manejable de las que estaban amarradas al embarcadero y, cruzando a toda prisa las tablas de madera, saltó a su interior casi antes de que los hombres del alguacil se abrieran paso con sus caballos entre los contendientes y empezaran a agarrar por el cabello a los airados jóvenes. Fray Cadfael le siguió. Faltaban diez minutos para completas, según su reloj mental, y hubiera debido marcharse y dejar la tarea de recuperación de las mercancías a aquel valiente y emprendedor muchacho, pero, puesto que le habían enviado allí para ayudar a un mercader de la feria de la abadía, ¿por qué no decir que había estado ocupado en lo mismo? Ya se encontraba a bordo de la embarcación prestada, con un remo en la mano y la mirada fija en un cercano tonel que flotaba sobre el agua iluminada por el sol poniente, cuando encontró la respuesta, la cual fue, por cierto, más que suficiente.
El tumulto cesó en seguida. Todos los que estaban allí empezaron a sacar del río, por medio de garfios, todos los fardos que pudieron. Persiguieron algunos de ellos corriente abajo hasta las pequeñas calas donde se habían alojado, abandonaron los excesivamente empapados y frágiles como para ser rescatados, se apuntaron pequeñas pérdidas y calcularon con alivio los beneficios que aún podrían obtener tras pagar impuestos y portazgos. Los daños no habían sido muy cuantiosos, y podrían sobrellevarse. A lo largo de la barbacana, la gente empezó a enderezar los tenderetes y a colocar de nuevo las mercaderías. Era improbable que el tumulto hubiera llegado hasta la feria de los caballos, donde los grandes mercaderes exponían sus bienes. En los pétreos confines del castillo y la cárcel de la ciudad, aproximadamente una docena de jóvenes estarían sin duda curándose las magulladuras y los rencores y preguntándose cómo era posible que su noble y digna protesta hubiera degenerado en semejante desastre. En cuanto a Felipe Corviser, nadie sabía dónde estaba, tras haberse alejado de los fieles seguidores que le habían ayudado a escapar a toda prisa del embarcadero. La breve aventura había tocado a su fin y el precio no había sido excesivamente elevado. Ni siquiera el alguacil, Gilberto Prestcote, pensaba castigar con dureza a aquellos bienintencionados pero mal aconsejados jóvenes de Shrewsbury.
—Señores —dijo Tomás de Bristol, ya más tranquilo y locuaz—, nunca os podré agradecer bastante vuestra generosa ayuda. No, los toneles no han sufrido ningún daño. Los que compren mis vinos deberán guardarlos debidamente durante algún tiempo, antes de tapar la espita del tonel; de este modo, su calidad no sufrirá el menor menoscabo. Por suerte, el azúcar aún no se ha descargado. No, no he tenido graves pérdidas. Y mi sobrina está en deuda con vosotros. ¡Ven, hija mía, no te escondas dentro, sal a hacer los honores a estos buenos amigos! Permitidme que os presente a mi sobrina Emma, hija de mi hermana Emma Vernold; heredera única de su padre, maestro cantero de nuestra ciudad, y también mía porque no tengo otros parientes. ¡Emma querida, puedes escanciar el vino!
La muchacha había aprovechado muy bien la pausa. Ahora salió con las trenzas recogidas en la nuca con una redecilla dorada, y una hermosa túnica de lino bordado sobre su sencillo vestido. ¡En mi honor no lo habrá hecho!, pensó Cadfael. Ya era hora de despedirse y regresar a sus deberes. Se había perdido completas por recuperar unas mercaderías de las aguas, y ahora tendría que pasarse casi una hora trabajando en su cabaña antes de acostarse. Sin embargo, aquella noche nadie se acostaría temprano. Tomás de Bristol no era hombre capaz de encomendar a terceros la supervisión de su caseta y la disposición de sus bienes, por muy dignos de confianza que fueran sus criados; en seguida iría a la feria de caballos para comprobar que todo estuviera convenientemente guardado y listo para el día siguiente. En caso de que considerara oportuno dejar allí a la joven pareja hasta su regreso, allá él. El hecho de que la mansión de Stanton Cobbold no fuera más que una mínima parte de las propiedades de los Corbière le había causado una buena impresión. No hubiera sido necesario mencionar las futuras riquezas de Emma, pero los tíos y tutores como es debido siempre tienen que estar alerta, en busca de buenos partidos para sus pupilas, y aquel joven ya se prendó de su rostro antes de oír hablar de su fortuna. Lo cual no era de extrañar porque la muchacha era hermosa bajo cualquier punto de vista.
Fray Cadfael se excusó, deseó buenas noches a los presentes y regresó sin prisas a la caseta de vigilancia. Junto a la barbacana se observaba un gran bullicio, pero todo estaba tranquilo. Se había restablecido el orden y la feria de San Pedro podría comenzar a la mañana siguiente sin el menor trastorno.