I

l segundo día de la feria amaneció muy claro, con un sol dorado y radiante y una bruma ligera flotando como un velo sobre el río. Rogelio Dod se levantó con el alba, sacudió a Gregorio para despertarle, se lavó en el río y desayunó a base de pan y cerveza floja antes de dirigirse a la caseta de su amo. A lo largo del camino, los comerciantes se levantaban de las capas extendidas sobre las que habían dormido, bostezaban y se desperezaban, y preparaban las mercancías para la venta. Rogelio saludó a varios de ellos al pasar. En un lugar donde se reunían tantas personas, hasta un hombre tan adusto y silencioso como él no podía evitar trabar amistad con algunas.

Al ver de lejos la caseta de maese Tomás todavía cerrada en medio del ajetreo de sus vecinos, Rogelio frunció el ceño y soltó una maldición. ¡El sol ya brillaba en el cielo y la caseta cerrada! Warin debía de estar durmiendo como un tronco en su interior. Rogelio aporreó las tablas de la entrada que, a aquella hora, ya hubieran tenido que estar colocadas sobre los caballetes y llenas de mercancías para la venta. No obtuvo respuesta.

—¡Warin! —rugió—. ¡Que el diablo te lleve, levántate y déjame entrar!

Ninguna respuesta. Varios vecinos se volvieron a mirar con curiosidad, interrumpiendo sus tareas ante aquel inesperado clamor.

—¡Warin! —tronó Rogelio, golpeando enérgicamente las tablas—. Puerco holgazán, ¿qué haces ahí dentro?

—A mí me ha extrañado —dijo el mercader de telas de la caseta de al lado, deteniéndose con un rollo de tejido de franela en los brazos—. No le hemos visto el pelo. ¡Menudo dormilón está hecho vuestro vigilante!

—¡Un momento! —el mercader de armaduras del otro lado se inclinó sobre el hombro de Rogelio y tocó con las yemas de los dedos el borde de la puerta de madera—. Astillas, ¿veis? —las tablas mostraban junto a la aldaba unas zonas más pálidas que apenas se distinguían. Con un leve movimiento de la mano, la puerta mostró un resquicio de oscuridad—. No hace falta golpear, está abierta. ¡Han utilizado un cuchillo! —dijo el mercader en medio del silencio de los presentes.

—¡Dios quiera que sólo lo hayan utilizado para eso! —dijo Rogelio en un susurro mientras abría la puerta.

Para entonces ya se habían congregado a su alrededor unas doce personas. Hasta el galés Rhodri de Huw se había abierto paso entre los tenderetes mientras sus perspicaces ojos negros parpadeaban rodeados por la espesa maraña de su cabello y su barba, aunque nadie se molestó en preguntarle lo que pensaba de aquel asunto, sabiendo que no hablaba inglés.

Desde la oscuridad de la caseta les llegó el olor de madera caliente, vino y confitura, mezclado con un leve y extraño ruido semejante a los murmullos entrecortados de un mudo. Los curiosos que se apretujaban a su espalda le empujaron sin querer hacia el interior de la caseta. Los fardos de mercancías y los pequeños toneles de vino adquirieron forma gradualmente, tras la ceguera inicial provocada por el paso desde la luz del sol a la oscuridad. Todo estaba perfectamente en orden, tal como lo dejaran la víspera, pero de Warin no había ni rastro. Rhodri de Huw, con su habitual sentido práctico, abrió la compuerta anterior para que la luz de la mañana penetrara sin impedimentos.

Tendido a lo largo de la misma pared anterior donde Rhodri debió de estar a punto de pisarle, Warin yacía envuelto en su propia capa y tan fuertemente atado con cuerdas por los codos, las rodillas y los tobillos que apenas podía moverse. Tenía la cabeza cubierta con un saco, cuyo áspero tejido se le metía en la boca bajo la presión de una venda de lino anudada en la nuca. Trataba de responder a las llamadas, y los limitados movimientos y leves gruñidos demostraban a las claras que estaba vivo. Rogelio emitió un grito de alarma e indignación, se arrodilló y quitó la venda de lino que sujetaba el saco. El áspero tejido estaba mojado de saliva por delante y la boca de Warin debía de estar llena de fibras, pero, por lo menos, el pobre desdichado podía respirar. Sus entrecortados gruñidos trataron de formar unas palabras mucho antes de que le quitaran la venda de lino y le permitieran escupir la mordaza. Con la cabeza todavía metida en el saco, un chirriante graznido preguntó en tono agraviado:

—¿Por qué has tardado tanto, estando yo aquí medio muerto?

Para entonces, otras manos voluntariosas, animadas por su voz y sus quejas, ya estaban ocupadas con las restantes ataduras. Warin emergió poco a poco de sus trabas, rodó por el suelo para librarse de la capa que lo envolvía y, tendido boca abajo, pronunció unas cuantas palabras inconexas. Después, se incorporó indignado y con tanta agilidad que en seguida se comprobó que no tenía ningún hueso roto y tampoco ninguna herida, ni siquiera había sufrido demasiados calambres provocados por las ataduras. Levantando los ojos por debajo de las enmarañadas greñas canosas, miró medio a la defensiva y medio a la ofensiva al círculo de sus liberadores, como si éstos fueran culpables de sus males.

—¡Mejor tarde que nunca! —dijo con amargura, escupiendo las fibras de arpillera—. ¿Por qué habéis tardado tanto? ¿Acaso estáis sordos? ¡Llevo toda la noche dando coces!

Media docena de manos se extendieron para ayudarle a levantarse y sentarse cómodamente sobre un tonel de vino. Rogelio se apartó a un lado para que los mirones pudieran satisfacer su curiosidad y miró con furia a su compañero. ¡El muy sinvergüenza no había sufrido tan siquiera un arañazo! A la primera amenaza, se había derrumbado sin la menor resistencia.

—Por el amor de Dios, pero ¿qué te ha pasado? Tenías la caseta cerrada. ¿Cómo pudieron sorprenderte? Hay otros mercaderes que duermen aquí con sus mercaderías, no tenías más que gritar.

—No todos —terció el mercader de telas—. Yo mismo duermo en la taberna, tal como hacen otros muchos. Si vuestro hombre dormía profundamente, tal como seguramente debió de suceder, una vez cerradas las casetas…

—Era pasada la medianoche —dijo Warin, frotándose los doloridos tobillos—. Lo sé porque antes de dormirme oí el toque de maitines al otro lado de la muralla. Después, no oí nada hasta que me desperté con este capuchón en la cabeza. Me metieron la tela del saco en la boca. No vi rostros ni figuras, me envolvieron como si fuera una bala de algodón y me dejaron atado.

—Pero ¿por qué no gritaste? —preguntó Rogelio—. ¿Cuántos eran? ¿Uno o más?

Warin estaba desconcertado y no podía decirlo con certeza.

—Creo que dos. Pero no estoy seguro…

—Te metieron la cabeza en un saco, pero podías oír. ¿Dijeron algo?

—Sí, recuerdo que hubo unos susurros. Pero no entendí las palabras. Sí, eran dos. Oí que se movían entre los toneles y los fardos de mercancías…

—¿Durante cuánto rato? Seguramente actuaron despacio para evitar ruidos que despertaran a los feriantes —comentó razonablemente el mercader de armaduras—. ¿Cuánto tiempo estuvieron aquí?

Warin no podía asegurarlo; para un hombre atado de pies y manos y con los ojos vendados, el tiempo puede estirarse como una madeja de hilo enredada.

—Lo suficiente para encontrar lo que tenía más valor —dijo el mercader de armaduras, encogiéndose de hombros sin apartar los ojos de Rogelio Dod—. Será mejor que mires y veas lo que falta, muchacho. Los toneles de vino no debieron de interesarles porque hubieran necesitado un carro para transportarlos, y un carro a altas horas de la noche hubiera despertado a alguien. Vinieron por algo más valioso y de menor tamaño.

Rogelio volvió la espalda a su compañero rescatado y empezó a buscar frenéticamente entre los fardos de mercancías y las cajas amontonadas junto a la pared.

—¡El arca de caudales de mi amo! La escondí aquí detrás… Menos mal que anoche me llevé casi toda la recaudación a la barcaza y la tengo bajo llave, pero, aun así, quedaba una buena suma. Y todas las cuentas, los pergaminos…

Rogelio retiró a toda prisa las cajas y las bolsas de especias que inmediatamente esparcieron su perfume por el aire. Después, apartó los toneles de madera que contenían dulces de azúcar venidos de Oriente a través de Venecia y la Gascuña y que en el mercado se pagaban muy bien.

—Aquí, adosada a esta pared…

Rogelio se quedó de pie, con las manos en las caderas. Había retirado las mercancías que cubrían las tablas de la caseta y las había amontonado a ambos lados, pero, entre ellas, no había nada. El arca de caudales de maese Tomás había desaparecido.

Fray Cadfael aprovechó el amanecer para trabajar una o dos horas con fray Marcos en el huerto de hierbas medicinales. No tenía ninguna razón para temer una amenaza contra Emma, la cual estaría durmiendo todavía en la hospedería con Constanza, a resguardo de cualquier peligro. La mañana era clara y soleada, y la bruma que se cernía sobre el río iluminada por rayos oblicuos semejaba un dorado tapiz. Marcos cantaba alegremente mientras arrancaba malas hierbas y escuchaba con atención las instrucciones de Cadfael sobre lo que tendría que hacer aquel día.

—Tal vez tendré que dejarlo todo en tus manos. Sé que podré hacerlo con toda tranquilidad, en caso de que me llamen.

—Estoy bien enseñado —dijo fray Marcos, esbozando una grave sonrisa, tras la cual se ocultaba un destello de malicia que sólo Cadfael podía distinguir: él había sido el primero en descubrir y alentar ese rasgo—. Sé lo que tengo que agitar y lo que debo dejar reposar en la cabaña.

—Ojalá pudiera yo estar tan seguro de lo que tengo que hacer fuera de ella —comentó tristemente Cadfael—. Hay ciertos brebajes que necesitarían ser tratados con esa misma seguridad, muchacho, y no sé muy bien las cosas que debería agitar y las que convendría dejar reposar. Camino sobre el filo de una navaja con terribles precipicios a ambos lados. Conozco mis hierbas. Tienen propiedades determinadas y siguen normas sagradas. En cambio, las criaturas humanas, no. Pero tampoco me gustaría que las siguieran. No quisiera que desapareciera ni un solo matiz de su complejidad, sería una pérdida lamentable.

Ya era hora de prima. Fray Marcos se agachó para lavarse las manos en el barreño de agua que habían puesto a calentar al sol para regar con ellas las hierbas al anochecer.

—El hecho de estar a vuestro lado me hizo comprender mi deseo de ordenarme sacerdote —dijo el joven, expresándose con toda sinceridad, tal como siempre hacía con Cadfael.

—Yo nunca había sentido esta necesidad —señaló Cadfael, con los pensamientos en otra parte.

—Lo sé. Eso era lo único que fallaba. ¿Vamos?

Cuando los monjes salieron de prima y los criados legos se dirigieron a la iglesia para asistir a misa, Rogelio Dod apareció en la caseta de vigilancia casi sin resuello y con la cara desencajada.

—Vaya por Dios, ¿otra novedad? —se preguntó Cadfael con un suspiro, adelantándose para interceptarle el paso antes de que llegara a la hospedería.

Al verle acercarse con paso decidido, Rogelio se detuvo angustiado, pero se tranquilizó al ver que era el monje que había acompañado al segundo alguacil en las infructuosas tareas de búsqueda de maese Tomás la víspera de San Pedro.

—¡Ah, sois vos, hermano, menos mal! ¿Está Hugo Berengario en la hospedería? Tengo que hablar con él. ¡Estamos consternados! Ayer la barcaza, hoy la caseta y sabe Dios lo que nos espera y qué será de nosotros antes de que abandonemos este siniestro lugar. ¡Los libros de mi amo han desaparecido…!, ¡el dinero, el arca y todo! ¿Qué pensará la señora Emma? ¡Antes hubiera preferido romperme la cabeza que darle este disgusto!

—¿De qué cabezas rotas estás hablando? —preguntó Cadfael, alarmado—. ¿A quién te refieres? ¿Quieres decir que los ladrones han saqueado también vuestra caseta?

—¡Anoche! El arca de caudales ha desaparecido, a Warin lo hemos encontrado atado de pies y manos, amordazado y con la cabeza metida en un saco, y nadie oyó nada. Lo hemos encontrado hace apenas media hora…

—¡Ven! —dijo Cadfael, agarrándolo por la manga mientras se dirigía a toda prisa a la hospedería—. Encontraremos a Hugo Berengario. ¡Cuéntale inmediatamente lo ocurrido!

En los aposentos de Aline, las mujeres acababan de levantarse de la cama, y Hugo estaba tomando una frugal refección, vestido con camisa y calzones, pero con los pies descalzos, cuando Cadfael llamó con los nudillos a la puerta y asomó cautelosamente la cabeza.

—Pido perdón, Berengario, pero hay novedades. ¿Podemos entrar?

Hugo echó un vistazo a su rostro, comprendió que se había acabado la tranquilidad y les indicó con gesto resignado que pasaran.

—Aquí hay alguien que quiere contaros algo —dijo Cadfael—. Viene directamente de la feria de caballos.

Al ver a Rogelio, Emma se levantó alarmada mientras sus ojos se despertaban de golpe y el rubor de la mañana desaparecía de sus mejillas. Su cabello negro, todavía sin trenzar, formaba una aterciopelada cortina sobre sus hombros; iba descalza y aún no se había ceñido las enaguas.

—¿Qué ha pasado, Rogelio? Habla.

—Más robos y bellaquerías, mi señora; bien sabe Dios que no veo razón alguna para que todos los bribones del condado la hayan tomado con nosotros —Rogelio respiró hondo y se lanzó de cabeza a contar lo ocurrido—. Esta mañana encontré la caseta cerrada y nadie contestaba desde dentro a mis gritos y llamadas. Se acercaron unos vecinos y uno de ellos vio que la tranca del interior había sido levantada con un cuchillo… que, por cierto, debía de tener la hoja muy fina. Entramos y descubrimos a Warin envuelto como un fardo en su propia capa, fuertemente atado, con la boca amordazada y la cabeza metida en un saco que por poco lo asfixia.

—¡Oh, no! —exclamó Emma, cubriéndose horrorizada los temblorosos labios con la mano cerrada en puño—. ¡Oh, pobre Warin! ¿No habrá… no está muerto?

—¡Qué va! —contestó Rogelio con una mueca de desdén—. Está vivo y coleando, aparte la rigidez que le han provocado las cuerdas. No entiendo cómo no despertó cuando rompieron la aldaba y abrieron la puerta. Si oyó algo, debió de intentar ocultarse. Ya sabéis que Warin no se distingue por su valentía. Dice que despertó cuando le cubrieron la cabeza con el saco y que no vio ningún rostro ni ninguna figura, aunque cree que eran dos porque les oyó hablar en susurros. Quizá les oyó entrar, pero no quiso darse por enterado para que no le clavaran el cuchillo entre las costillas.

Emma recuperó nuevamente el color y suspiró aliviada.

—Pero ¿está bien? ¿No ha sufrido ningún daño? —al ver la comprensiva mirada de Aline, soltó una trémula carcajada—. Ya sé que no es valiente. ¡Y me alegro de que no lo sea! No es muy listo ni laborioso, pero le conozco desde que era niña, y solía hacerme juguetes y silbatos de madera de sauce. ¡Doy gracias a Dios de que no le hayan hecho daño!

—¡Ni un rasguño! —dijo Rogelio, ardiendo de celos al contemplar aquella esplendorosa belleza que no precisaba de ningún afeite ni siquiera por la mañana—. Ojalá me hubiera quedado a vigilar; entonces no hubieran entrado tranquilamente ni se lo hubieran encontrado todo en bandeja.

—Pero hubieran podido matarte, Rogelio. Me alegro de que no estuvieras allí, porque te hubieran dañado. ¿Dos contra uno que, además, no iba armado? No quiero que nadie sufra el menor daño por proteger mis bienes.

—¿Y qué sucedió después? —preguntó Hugo, introduciendo los pies en los zapatos y extendiendo la mano hacia la chaqueta—. ¿Le has dejado solo en la caseta? ¿Se encuentra en buenas condiciones?

—Tanto como vos o como yo, mi señor. Cuando regrese os lo enviaré para que él mismo lo cuente todo.

—No hace falta, te acompaño para ver el lugar y los daños. Termina el relato. No creo que se largaran con las manos vacías. ¿Qué se llevaron?

Rogelio dirigió una humilde mirada de disculpa a su señora.

—¡Lamento decíroslo, mi señora, pero se han llevado el arca de caudales del amo!

Fray Cadfael estaba observando el rostro de Emma con la misma intensidad que su desesperado admirador, y le pareció que la dicha de saber que su viejo criado había sobrevivido al ataque la había fortalecido contra cualquier otro golpe. La joven recibió la noticia de la pérdida del arca con absoluta serenidad. En aquel ambiente en el que estaba a salvo de las fervorosas manifestaciones de pasión de su criado, no tuvo el menor reparo en consolar a Rogelio. Era una muchacha de buen corazón y no quería que el pundonor de sus servidores sufriera el menor menoscabo.

—No debes preocuparte —le dijo con afecto—. ¿Cómo hubieras podido evitarlo? Tú no tienes la culpa de lo ocurrido.

—Anoche llevé buena parte del dinero a la barcaza —explicó Rogelio con la cara muy seria—. Está guardado bajo llave y ya no ha vuelto a entrar nadie. Pero los libros de las cuentas de maese Tomás, las cartas, los valiosos pergaminos…

—Habrá copias —dijo Emma sin inmutarse—. Es más, si se llevaron el arca, creyendo que estaba llena de dinero, lo más seguro es que desechen el arca y los pergaminos que para ellos no tienen ningún valor. Ya verás cómo los recuperamos.

No sólo era bondadosa sino que, además, tenía sentido común y sabía resistir con nobleza las pérdidas. Cadfael miró a Hugo y vio que éste le miraba a su vez con rostro impasible, pero con una ceja arqueada en leve gesto de escéptica admiración.

—Nada de lo que se ha perdido tiene valor, comparado con una vida —dijo Emma con firmeza—. Puesto que Warin está a salvo, no puedo sentirme triste.

—Aun así —apuntó Hugo—, convendría que alguien de la abadía montara guardia en vuestra caseta hasta que termine la feria. No es justo que los percances que debieran compartir todos los clientes de la abadía se acumulen exclusivamente sobre vos. ¿Queréis que le pida al prior Roberto que se encargue de ello?

La joven bajó la mirada con expresión pensativa y después abrió unos ojos tan azules y claros como el cielo y un punto más inocentes que si acabaran de abrirse al mundo.

—Es muy amable de vuestra parte —contestó—, pero me parece que ya nos han hecho todo lo que podían hacernos. No creo necesario que se monte una guardia para protegernos.

Hugo acudió a la cabaña de Cadfael después de la comida del mediodía, tras haber dejado a Emma con Aline, y se sirvió una cuerna del vino que guardaba el monje en su bodega. Luego se sentó a la sombra bajo el alero. La fragancia de las hierbas de aquel huerto rodeado de tupidos setos le embriagó como el vino y le indujo a bostezar, pese a que deseaba mantener una seria discusión. Allí estaban aislados del mundo, y el rumor del mercado, que les llegaba como de lejos; era tan agradable como la dulce música de las abejas de fray Bernardo. La presencia de fray Marcos, quitando las malas hierbas de los cuadrados del huerto con amorosas manos, no constituía el menor impedimento para su soledad.

—Una criatura aparte —dijo fray Cadfael, mirándole con distante afecto—. Mi sacerdote, mi prójimo. Tuve que encontrar algún medio de evadirme del destino que me cercaba. He aquí mi cordero expiatorio, el mejor del rebaño.

—Algún día os oirá en confesión —dijo Hugo mientras Marcos arrancaba las malas hierbas con compasiva delicadeza— y entonces estaréis perdido porque conocerá todas vuestras evasiones —después, tomó un sorbo de vino, lo mantuvo en la boca con aire pensativo, lo tragó y disfrutó un momento del agradable sabor—. Este Warin tenía muy poco que añadir. ¿Qué decís ahora? Eso no pudo ser una casualidad.

—No —convino Cadfael, abriendo de par en par la puerta de la cabaña para que corriera el aire y sentándose al lado de su amigo—, no pudo ser una casualidad. Matan al hombre y lo desnudan, saquean su barcaza y saquean su caseta. Nadie en esta feria, donde se reúnen hombres tan ricos como él, ha sufrido él menor ataque o pérdida. No, eso no tiene nada de casual.

—Pues, entonces ¿qué? ¡Hablad sin rodeos! La muchacha dijo que se llevaron ciertas cosas de la barcaza. Ahora, un arcón de caudales, el objeto de más valor que había en la caseta, ha sido robado. Si eso no son simples robos, ¿qué son? ¡Decídmelo vos!

—Etapas de una búsqueda —contestó Cadfael—. Me parece que buscan algo. No sé qué es, pero debe de ser un objeto valioso de reducidas dimensiones que poseía maese Tomás o que, por lo menos, alguien así lo cree. La noche en que llegó, le mataron y le desnudaron. Primera etapa de la búsqueda. Debió de ser infructuosa porque, al día siguiente, saquearon la barcaza. Segunda etapa.

—Esta vez, no totalmente infructuosa —dijo secamente Berengario—. Sabemos que los visitantes se llevaron tres cosas: una cadena de plata, un ceñidor con hebilla de oro y un par de guantes bordados.

—¡Mmmm! —Cadfael se comprimió la morena nariz entre el índice y el pulgar y miró de soslayo a su joven amigo.

—¡Vamos! —exclamó Hugo, esbozando súbitamente una sonrisa—. Puede que no repare en estas sutilezas con tanta rapidez como vos, pero, desde que os conozco, he tenido que aguzar el ingenio. La muchacha es muy inteligente y tiene buena memoria; no creo que se equivoque con respecto al bordado de los guantes robados, pero, aun así, dudo que existieran.

—Podrías dudarlo —sugirió Cadfael sin demasiada esperanza—; intentad preguntarle de golpe qué es lo que oculta.

—¡Ya lo hice! —confesó Hugo, sonriendo con cierta tristeza—. ¡Me miró con ojos ofendidos y dijo que no me entendía! No sabe nada, no oculta nada, no tiene nada que añadir a lo que ya ha dicho, y todo es la pura verdad. A pesar de todo, la angelical muchacha nos miente. ¿Qué es lo que os indujo a sospechar mucho antes de que yo empezara a abrigar recelos?

—Lamentaría muchísimo —contestó lentamente Cadfael— decir o hacer algo que os indujera a pensar mal de la joven, porque no es ésa mi intención.

—Ni la mía, no temáis. Pero creo que se está mezclando en algo muy poco conveniente y no quisiera, como vos y como el abad Radulfo, que sufriera ningún daño, estando bajo nuestra protección. Ni en ningún otro momento, a decir verdad, porque le tengo gran aprecio.

—Cuando fuimos a la barcaza —dijo Cadfael— y ella gritó, antes de que transcurriera un minuto, que alguien había estado allí revolviendo sus cosas, no dudé ni por un momento de que decía la verdad. Las mujeres saben cómo dejan las cosas, basta un pliegue distinto para descubrir una mano desconocida, y está claro que su sorpresa y sobresalto no fueron fingidos. Tampoco fingió después, cuando le pregunté si se habían llevado algo y contestó que no, sin detenerse a pensarlo. Un no absoluto, yo diría incluso que triunfal. En aquel momento, no le di importancia, pero, aun así, le aconsejé que se asegurara. Cuando le dije que convendría informar de lo ocurrido, lo pensó mejor y, al final, descubrió que faltaban algunas cosas. Creo que lamentó habérmelo dicho al principio, pero, si las autoridades tenían que saberlo, mejor asegurarse de que el hecho pasara por un robo sin importancia, cometido por un vulgar ladronzuelo. La verdad es lo que dijo involuntariamente con el desdeñoso «no» inicial. Después, quiso borrar el efecto mediante una mentira y debo reconocer que, para ser una persona no acostumbrada a mentir, lo hizo muy bien. Creo, como vos, que esos objetos tan bonitos jamás existieron y nunca estuvieron a bordo de la barcaza.

—Queda la pregunta —dijo Hugo en tono pensativo— de por qué al principio estuvo tan segura de que no se habían llevado nada.

—Porque —contestó sencillamente Cadfael— sabía qué buscaba el ladrón y sabía que no lo había encontrado porque no estaba allí. La segunda etapa también fue infructuosa. Sea lo que fuere, maese Tomás no lo llevaba encima, como hubiera sido lo más natural, y tampoco estaba en la barcaza.

—¡De ahí el tercer intento! A ver si adivináis si esta tercera búsqueda ha tenido éxito o no, Cadfael. El arca de caudales del mercader ha desaparecido, y era un buen lugar para guardar algo tan valioso. ¿Será el final?

Cadfael sacudió enérgicamente la cabeza.

—El intento ha sido un fracaso como los anteriores —contestó sin asomo de duda—. Tenedlo por cierto.

—¿Cómo podéis estar tan seguro? —preguntó Hugo con curiosidad.

—Vos visteis lo mismo que yo. ¡A Emma le importa un bledo la pérdida del arca de caudales! Tras averiguar que Warin no había sufrido daño, se tomó lo demás con mucha calma. Sabe que lo que busca el desconocido no estaba en la barcaza y tampoco en la caseta. Sólo se me ocurre una explicación del porqué sabe con tanta certeza dónde no está, y es porque sabe con análoga certeza dónde está.

—En tal caso, la siguiente posibilidad que tendrá en cuenta el enemigo —dijo Hugo con absoluto convencimiento— es el lugar donde ella esté… sabiendo que lleva el objeto encima o lo tiene en algún escondrijo que sólo ella conoce. Bien, procuraremos vigilar a Emma entre los dos. No —añadió Hugo en tono pensativo—, no puedo imaginar ninguna maldad por su parte, pero tampoco comprendo cómo se ha podido mezclar en algo capaz de provocar asesinatos, violencia y robos, ni por qué, si sabe que corre peligro y necesita ayuda, no quiere pedirla. Aline ha tratado por todos los medios de ganarse su confianza y la muchacha se muestra cariñosa y agradecida, pero no suelta ni una palabra sobre el peso que probablemente la agobia. Vos sabéis que Aline sabe ganarse la confianza de la gente sin el menor esfuerzo; cualquier persona que se le resista, no está al alcance de ninguno de nosotros…

—Me alegro de que estéis tan orgulloso de vuestra esposa —dijo Cadfael, complacido.

—Bien podéis alegraros; fuisteis vos quien la arrojó en mis brazos. ¡Más vale que ahora os preocupéis por la clase de padre que voy a ser! Rezad por mí cuando alguna vez os recojáis en oración. No, en serio, Cadfael…, no sé qué pensar de esta joven. Aline la aprecia y eso dice mucho en su favor. Y ella, a su vez, aprecia a Aline…, no, ¡más que apreciarla, la quiere de verdad! Y, sin embargo, nunca se sincera con ella. Cuantas más pruebas de afecto le da, tanto más se esfuerza en no dejar escapar ninguna palabra sobre su situación.

Fray Cadfael no veía en ello la menor paradoja.

—Es natural, Hugo —dijo muy serio—. Si se sabe en peligro, no querrá arrastrar consigo a quienes quiere y aprecia. Es más, procurará por todos los medios (sé que es una muchacha inteligente e ingeniosa) apartar a sus amigos de la arriesgada situación en que se encuentra.

Berengario reflexionó largo rato, con la cuerna vacía en la mano.

—Bueno, pues, lo único que podemos hacer es protegerla de cualquier acción que alguien pueda emprender contra ella.

No se le había ocurrido lo que en aquellos momentos estaba empezando a insinuarse en la mente de Cadfael, es decir, que el siguiente movimiento decisivo podría proceder de la propia Emma en lugar de contra ella.

Hugo dejó la cuerna y se levantó, sacudiéndose el polvo estival de la chaqueta.

—Entretanto, el alguacil tiene que resolver un asesinato y yo os digo, Cadfael, que este asunto cada vez tiene menos visos de ser la venganza de un humillado mozo de la ciudad que previamente había bebido más de la cuenta…, aunque, a decir verdad, eso nunca nos convenció demasiado a pesar de no poder descartarlo de buenas a primeras.

—¿Y ahora no habrá más probabilidades de que el preboste pueda pagar la fianza y llevarse a su hijo a casa? —preguntó Cadfael, alentado—. De todos los jóvenes de esta ciudad, Felipe debe de ser el más limpio de sospecha con respecto al último ataque y también al saqueo de la barcaza. El carcelero que lo custodia puede declarar dónde estuvo durante todo este tiempo, y jurar que nunca se ausentó.

—Ahora me voy al castillo —dijo Hugo—. No puedo hablar en nombre del alguacil, pero ciertamente se lo comentaré y también hablaré con el preboste. Merecerá la pena.

Apartando a un lado sus preocupaciones con una súbita sonrisa maliciosa, Berengario pasó una mano por el abundante cabello entrecano que rodeaba la bronceada tonsura de Cadfael y se lo dejó erizado como los espinos, tamborileó con un dedo sobre la morena cúpula de la cabeza del monje y se alejó con sus habituales andares y su porte despreocupado, que los incautos solían tomar erróneamente por una muestra de frivolidad. Semejantes licencias solía permitírselas exclusivamente con los amigos, cuando andaba preocupado por cuestiones de especial gravedad.

Cadfael le vio alejarse mientras se alisaba con aire distraído la cresta guerrera que Hugo le había levantado. Sería mejor que él también empezara a moverse y dejara las tareas del huerto en manos de fray Marcos hasta el anochecer. No convenía perder de vista a Emma mucho rato. Aline, para complacer a su solícito esposo, solía retirarse a descansar una o dos horas por la tarde en atención al niño que iba a nacer. Los nietos por poderes, pensó Cadfael, podían ser una insólita y agradable recompensa para un célibe en la flor de la vida. En cuanto a la vejez, ni siquiera había empezado a pensar en ella; sin duda tendría también sus alicientes.