13. ¡Despierta!
Los hombres duermen mientras viven. Pero cuando mueren despiertan.
EL CORÁN
Podría vivir preguntándome: Gina está muerta, ¿por qué tengo que seguir aquí?
Qué condena más triste sobrevivir a una hija.
Pero no.
Luchar contra la enfermedad o la muerte como un enemigo externo que nos ataca nos hace sufrir en tanto que individuos y en tanto que sociedad. Como alternativa, podemos entender qué nos dice la enfermedad, dónde nos lleva, qué dice de nuestra manera de comportarnos y sentir, y cómo podemos reconstruirnos para protegernos del dolor y para descubrir el significado más genuino de nuestra existencia. La enfermedad y la muerte pueden destruir o iluminar, depende de cómo las interpretemos, y esto sí está en nuestras manos. Rebrotan las hojas en el árbol en primavera y caen —se mueren— en otoño, y no es una traición, ni una tragedia. No llora el árbol: se renueva y acepta. Pensamos que somos libres de las leyes de la naturaleza, pero no es así. Las mismas leyes que gobiernan el árbol marcarán nuestra historia. En la naturaleza la renovación es constante, también en nuestra biología, en la que hay una constante renovación celular. Desde esta perspectiva no tiene mucho sentido hablar de muertes justas o injustas, pues vivir y morir está en nuestra propia naturaleza. Hay vidas cortas y vidas largas. Una mosca puede vivir entre quince o treinta días y una tortuga de las Galápagos doscientos años. El problema es el aferramiento, lo mío, y el miedo de ir muriendo poco a poco con las cosas, las capacidades o las personas que perdemos. Morimos un poco, cada día, en cada instante, y acto seguido renacemos. La madre en funciones de Gina está muerta, ya no existe, ya no está operativa, y a veces todavía siento una punzada en el corazón cuando me doy cuenta; pero dos minutos después todo está bien porque su muerte ha dado paso a una madre para la eternidad. No tiene mucho sentido vivir la muerte de un ser querido como si nos hubieran robado algo. Vivir la muerte desde la rabia, desde el resentimiento,resistirse solo conlleva una gran frustración. La vida ni se toma ni se da, se vive mientras existe, si puede ser con plena conciencia. Dice el maestro budista Thich Nhat Hanh que hay que vivir la vida con mindfulness (‘plena conciencia’) al caminar, al comer, al respirar; es la única manera de afrontar con sencillez los grandes cambios y disminuir el inevitable dolor.
Estos días corre por la red el vídeo extraordinario de un hombre de treintaiséis años que, a las puertas de la muerte a causa del ELA, dice: «Tengo los ojos abiertos, y recuperaré el significado de las palabras te quiero entre mis amigos. Puedo ver que la vida no es algo que nos pertenezca. No se trata de vivirla como si el mundo se fuera a acabar, pero si hoy fuera el último día de mi vida, ¿estaría contento de cómo la he vivido? Se ha acabado sobrevivir. La vida es un regalo que debemos agradecer y sentir plenamente. Mi vida ya no es mía, pero ahora empiezo a vivir».
Debemos ser capaces de intuir nuestra propia trascendencia durante la vida misma.
Debemos ser capaces de dar otra vida a la muerte, a nuestros muertos, y sentirnos acompañados por su presencia, porque infinitos —y quizá también inmortales— lo somos todos.
En noviembre de 2013 estaba preparando un programa de L’ofici de viure sobre la muerte lúcida y hablé con la especialista de la conciencia Paloma Cabadas para que participara al comienzo de la emisión. Después le conté que Gina estaba en paliativos y me comentó que seguramente ella ya estaba a medio camino entre la vida y la muerte, y que la podíamos ayudar a no tener miedo del tránsito. Desde ese día empecé a tener diálogos silenciosos primero y después en voz alta con Gina para que no tuviera miedo a morir. Gracias, Paloma. El programa se emitió, pero yo no lo escuché porque me daba mucho miedo que Gina se muriera.
Hoy, 29 de abril de 2014, cinco meses después de la emisión, lo recupero y lo escucho: http://www.catradio.cat/audio/770608/Afrontar-la-mort-amb-lucidesa.
Recojo las palabras de la filósofa Begoña Román: «La muerte te reconcilia con las reglas de la vida. ¿Qué pasaría si la vida no tuviera fin? Se instalaría el tedio, el aburrimiento. Pero, además, si unos no marchan, los otros no podrán venir. [...] Se tiene que reivindicar el derecho a morir dignamente y el deber de hacerlo. [...] Si una sociedad teme a la muerte es que teme ir al fondo, a las raíces, y tiende a vivir superficialmente. [...] Es importante dar herramientas a la persona para que pueda morir en paz, marchar con gratitud por lo que se ha disfrutado y que no pese tanto lo que no fue satisfactorio; y dar tiempo también a la reconciliación».
Y resumo también las palabras de otro invitado, el teólogo Xavier Melloni: «La muerte es la otra cara de la vida, es la supremacía de la vida, nuestra muerte. La muerte puede ser una pesadilla o puede ser el momento para casarse con la eternidad. Amemos la muerte porque amamos la vida, no como una claudicación, sino como una celebración. La muerte lúcida es la muerte consciente, aceptada. Llegamos a la vida para trabajarnos y para trabajar, para hacer que la especie humana avance un paso más hacia el espíritu. La vida es una oportunidad para hacer un trayecto de conciencia. Todos sabemos que el billete es de ida y vuelta, no sabemos la fecha de caducidad, pero no rehuyamos la muerte. Somos seres finitos, y porque existe finitud cada instante tiene todo el valor de la vida, y es una llamada a vivir cada momento con plenitud. En lugar de temerla, es la hermana muerte, que permite que un ciclo acabe y empiece otro que nosotros no vemos». Dice Melloni: «Yo entiendo que el proceso de nuestra vida es la gestión del espíritu en nuestro interior, y cuando hacemos el recorrido entonces el cuerpo se desprende para liberar al espíritu. Cuando llegamos al final de nuestra existencia, debemos poder tener la claridad de mirar nuestro recorrido y decir “ha estado todo bien”, y pedir perdón por el mal que hayamos podido hacer sin querer, y prepararnos para lo que nacerá habiendo concluido nuestro recorrido. Debemos ser cocreadores de nuestra muerte, no esperarla pasivamente, que nos llegue por ejemplo a través de una enfermedad degenerativa. Mucho antes de llegar a esta situación debemos preguntarnos si es humano o necesario llegar a esos extremos. ¿No es nuestro miedo a rendirnos lo que hace que prolonguemos una última etapa de la vida que no es humana ni para la persona ni para los familiares?».
Recordaré siempre el correo electrónico que me envió Xavier Melloni después de la muerte de Gina y que en ese momento me acunó especialmente:
Tu hija ha regresado a la luz de donde venía,
después de haberte hecho su madre.
Gracias por decirme que Gina murió entre tus brazos
y que fuiste comadrona de su segundo nacimiento.
Gina vino del mundo de las almas y debe de haber regresado allí, seguramente como todos algún día. Esto es lo que he entendido en este periplo y es lo que entreví el día de su muerte, sin integrar entonces la trascendencia del mensaje. Y no penséis que este es el consuelo de una madre conmocionada: la la muerte nos desvela la trascendencia de la vida, nos coloca en un marco más amplio en el que también podemos leer lo que no es visible a los ojos y que es más sustancial. Una muerte también puede ser un regalo, si sabemos salir del drama, del ego, de la identidad. He empezado este libro definiéndome en función de las relaciones, de las etiquetas, de los roles que podemos desarrollar en el paso por la vida que conocemos. Pero cuando caen estas etiquetas, y se muere un poco nuestro ego, queda lo que es más esencial y lo que verdaderamente nos define.
Tengo un buen recuerdo del western moderno Dead Man (‘Hombre muerto’), del director Jim Jarmusch, en el que sale un gran indio norteamericano llamado Nobody (‘Nadie’) que guía al hombre muerto, Johnny Depp, hacia el mundo espiritual. Con la perspectiva, ahora me hace pensar que seguramente solo si no somos nadie, si hemos soltado todos los roles, creencias y programas, podremos experimentar lo que somos en realidad: una energía con inteligencia.
Dice Joan Garriga que en la pérdida existe el descubrimiento de una luz desconocida. Esta luz es la que me impactó de lleno el día de la muerte de Gina y me ha traído hasta aquí para que resonemos juntos en alguna cosa que también está en tu interior, lector, no hace falta que se te haya muerto un hijo. Yo no soy más especial que tú. Solo he buscado caminos, soluciones, respuestas y consuelo, como tantas personas que buscan. Lo menos importante es quiénes somos, nuestra historia concreta. Me gusta la distinción que establece el psicólogo Enric Corbera entre el poder y la fuerza en un vídeo que habla de la abundancia. La fuerza es el ego, el personaje que defendemos a capa y espada. El poder es lo que hay de divino en nosotros y nuestra auténtica fuerza cuando conectamos con él. Con la muerte de un hijo se debilita la fuerza, el ego, y no tienes más remedio que mirar hacia dentro, dejar de engañarte y encontrarte. Y relegar las excusas: no tengo tiempo, no puedo, estaré bien si tengo, si hago, si soy...
La idea de la muerte fortalece al ego.
La realidad de la muerte es el camino de la humildad.
Dice el psicólogo Joan Garriga que «una buena vida es aquella en la que aprendemos más y más a ser otra cosa distinta a nuestro cuerpo, nuestros pensamientos, nuestros personajes y roles, y a las historias que nos contamos, para reconocer otro aroma y otra libertad cuando, con valor, miramos en nuestro interior para investigar quiénes somos de verdad y nos vemos desnudos, desposeídos de lo que creemos que somos y de nuestra mente conceptual. Con alegría dejamos de ser alguien para reconocernos nadie».
Garriga dice que una pérdida solo es curativa y purificadora cuando, a pesar de los lamentos, las culpas y las penas, llegamos a inclinarnos humildemente ante la voluntad de la vida. Y añade que esto es especialmente cierto en el caso de muerte de seres muy queridos, que nos obliga a intensos tránsitos y procesos emocionales que culminan con una especie de alegría reencontrada y un sentimiento de más humanidad y rendición.
Unos diez días antes de la muerte de Gina, Pol pintó un dibujo en el que salíamos todos en la playa haciendo actividades (castillos en la arena, surf, volei), y Gina estaba separada, encima de una toalla, un rectángulo, como en una tumba. Antes siempre la había dibujado en silla de ruedas. Al cabo de unos meses de la muerte de Gina nos volvió a dibujar, esta vez a los pies de unas montañas nevadas. Gina también salía, sana, sin silla. Pol aún no es consciente de la fuerza reveladora de sus dibujos, habla su subconsciente.
Kewal me ha contado que esta noche me ha oído hablando con Gina. Estoy contenta de encontrarme con Gina en sueños y de conversar con ella, aunque luego no me acuerde. Según la teoría del entrelazamiento cuántico, dos partículas que han estado en contacto lo mantendrán siempre, y lo que pase con una afectará a la otra. La ciencia lo avala, la información no se pierde en el campo cuántico.
En un mundo ideal, Gina habría entrado en un instituto el año que viene. No irá, el mundo es como es. A veces pienso cosas que son como una punzada de dolor, y lloro, y quizá será así toda la vida. Por favor, no presionéis a aquellos que han perdido a un hijo o a una hija. Dadles tiempo para reconstruirse, para reencontrarse, para resituarse, para recuperar el aliento y el gusto por la vida. Con un poco de suerte no tendréis que pasar por una experiencia como esta. Respetad con tacto lo que sienten.
¡Y, sobre todo, despertad en la vida!
Me gustaría terminar este capítulo con las palabras de Xavier Melloni...
Nada permacece
Nada puede ser retenido
Todo se esta soltando continuamente
Aunque nuestra mente y nuestros deseos desvalidos
pretendan detener lo que han tenido
Este soltar soltándonos
Es la rendición que nos libera
Rendición que no es claudicación sino ofrenda
No nace de la impotencia
Brota de la asunción agradecida
de todo lo que hemos sido viviendo.