3. Los trámites y el duelo

 

 

 

Las dificultades que vivo son la oportunidad para aprender lo que todavía no sé. Sin ellas, no podría actualizar mi potencial.

 

DANIEL GABARRÓ

 

Vivimos en una sociedad, Gina, en la que calibramos aquello que queremos en función de cuánto sufrimos. Yo ya hace muchos años que a tu lado aprendí que querer no es sufrir. No hemos venido a este mundo a sufrir. Aunque el dolor elaborado nos hace crecer como ninguna otra cosa. El dolor abre puertas, si tú quieres. Si no quieres, te puedes recrear en el dolor y sentirte una víctima. Pero hay otra opción: hacerte responsable de tu propia vida.

Tú has sufrido muchas veces, pero vete a saber cómo. Siempre me sorprendió ver la gran resistencia que tenías a los pinchazos de las agujas; en cambio, si te estiraba un repelo de la uña o te limpiaba las orejas, refunfuñabas enfadada. Pero la verdad es que nunca te quejaste demasiado. Ya nos contarás algún día tu secreto. Debe de ser lo que decía el psiquiatra Viktor Frankl: podemos escoger la respuesta, somos libres de decidir qué actitud tenemos ante cada circunstancia, incluso en un campo de exterminio, como fue su caso. Con esta actitud, Frankl sobrevivió a Auschwitz y a la muerte de su esposa y de sus padres en campos de concentración. Una vez liberado escribió la obra El hombre en busca de sentido, en la que expone que, incluso en las condiciones más extremas de deshumanización y sufrimiento, se puede hallar una razón para vivir basada en una dimensión espiritual. Esta seguramente también es la clave para afrontar tu muerte, porque es posible otra forma de vivirla.

 

De hecho, en los últimos meses pienso que ya estabas entre dos mundos: aquí con nosotros y en otra dimensión. Lo veo en las últimas fotos que te hicieron en la escuela. Las miro y se me pone la piel de gallina. Pienso cómo es posible que no me diera cuenta de que efectivamente te estabas muriendo. El sexto sentido me lo decía, pero yo no lo quería escuchar.

 

El primer día del año tuve una pesadilla en la que tú te morías y yo no podía evitarlo, y me sentía muy impotente. Se lo conté a Kewal y me tranquilizó diciendo que no fuera paranoica. Olemos la muerte, la intuimos, pero no queremos hacerle caso, como si se tratara de una cosa maléfica que queremos ahuyentar.

 

Mira si somos ilusos... Todos vamos a parar a ella.

 

Pero la señorita muerte nos seguía dirigiendo signos de alerta.

 

Fuimos al traumatólogo del hospital y nos confirmó que no era posible operarte para enderezar la escoliosis porque no lo superarías. Y añadió —como si tuviera una bola de cristal— que te morirías de un problema respiratorio y que no tardarías en hacerlo.

Efectivamente, solo ocho días más tarde te morías. Recuerdo la cara de papagi cuando oyó al médico decir «tu hija se morirá». Y el médico acabó diciendo con escepticismo: «Vaya, si queréis os doy hora para dentro de un año y nos lo volvemos a mirar, si Dios quiere». Yo, otra vez, quería escapar corriendo de tu muerte y ponerme a llorar en un rincón. Mientras tanto, tú, medio dormida en la silla, dejabas pasar el tiempo, porque seguramente ya habías hablado con Dios para decirle qué día te querías coger el traspaso, pues estabas muy cansada de vivir y ya habías empezado con los preparativos para el viaje.

Salimos planchados, desanimados.

 

Pero, ¿por qué nos parece tan terrible morir? Tú ya estás muerta, y descansas en otra dimensión —tal y como dice Paloma Cabadas, la investigadora de la conciencia—, y te reorganizas como nosotros. Tú haces tu camino, nosotros deberíamos hacer el nuestro. Yo, de nuevo, no sé qué camino tomar. Hemos sido un tándem extraordinario, Gina.

 

Recuerdo que cuando tú estabas bien yo me sentía feliz, y cuando estabas mal yo entristecía y me ponía nerviosa; estábamos profundamente conectadas. Con tan solo una sonrisa, una mirada o un parpadeo nos decíamos te quiero. Ahora no estás, y no sé dónde estoy, no sé dónde miro.

Pero tampoco es esto, miro a Pol y a Jan. Me he dado cuenta de que cuando se fue haciendo mayor había dejado de tocar a Pol, de acariciarlo, y que dedicaba todas las caricias al pequeño Jan, y especialmente a ti. El primer día sin ti pedí a Pol si me dejaba tocarlo; se me hacía extraño no tenerte. Entonces me di cuenta del tiempo que hacía que no lo acariciaba. Lo adiviné sobre todo por su cara de sorpresa ante mi petición. Ahora ya no se lo pido, lo toco, le hago mimos —como contigo—, y él se deja hacer contento. Espero no llegar tarde. No todo es negativo. A veces pienso que te has ido para dejar sitio a los demás, pero yo te echo tanto de menos todavía... Te necesito en el plano físico, tocarte y abrazarte. Miro tus fotos llenas de sonrisas y siento energía positiva.

 

Sin ti experimentamos un vacío mental, físico, de actividades, y no sabemos cómo llenarlo. ¿Teniendo otro hijo? ¿Una hija? Disculpa, preciosa, Kewal y yo hemos hablado de ello. Los dos hemos sentido un gran deseo de tener otro hijo. «Un hijo de sustitución o una reacción biológica», afirmaría cualquier experto en duelo. Es posible, o no. Ya hace tiempo que empezamos el duelo por ti; lo hemos hecho en marcha por la vida. Tener otro hijo no sería para sustituirte, o sí. Tengo claro que nunca más conoceré a alguien como tú. Esto ya lo sabes, porque te lo dije siempre, un montón de veces. Pero es verdad que ambos sentimos que nuestra familia se ha quedado coja, triste, vacía y descolocada. Debe de ser normal. Me juré que nunca más volvería a pasar por un embarazo, y ahora tengo dudas. Siento un gran deseo de tener una hija, y por esta razón —por lo menos por ahora— creo que es mejor no tenerla y dejar que maduren las circunstancias. Soy mayor, tengo cuarenta y cuatro años, y el último hijo lo tuve con cuarenta y dos. Es cierto que es un riesgo tener otro hijo a mi edad. Prefiero aplazar la decisión. Si tiene que ser, será; si no tiene que ser, no será.

 

Me despierto dando vueltas a tu muerte y me pongo de mal humor. Hoy tenemos un día malo. Kewal y yo te echamos de menos, y no nos lo decimos, y siento que estamos un poco enfadados porque no estás aquí. Escucho las noticias y me resbalan todas, me da igual lo que pasa en el mundo, por mí como si se acaba. Me gustaría tener una foto tuya siempre delante de los ojos, abrirlos y solo mirarte. También me gustaría disponer de un limpiaparabrisas en los párpados para hacer nítida tu imagen cada vez que se volviera borrosa. Esta es la imagen mental que me hago.

 

Releo los correos del día de tu muerte y lloro a mi pequeña niña, que se ha rendido ante la enfermedad. Te quiero, Gina. Mi abuela Antonia y Jesús se ocupan de ti —si en el mundo donde estás os cuidáis los unos a los otros—; yo ya no lo puedo hacer. He sido relevada de mis funciones de manera irrevocable. Hemos luchado juntas en tantas batallas, chica, y ahora ya no tengo por qué luchar. ¿Por qué lucho ahora, Gina? ¿Por qué me tengo que levantar con fuerzas cada mañana?

 

Pol tiene una versión diferente de la situación. Dice que estás con el Goku de Bola de dragón, en un mundo paralelo, y que te has transformado en la diosa del norte, una niña con los cabellos de color azul. Me parece bien, lo importante para mí es que Pol hable de ello, que haga su proceso, como todos.

 

Para evitar recaer en el mal humor hemos hecho un esfuerzo y hemos salido de casa —hemos ido a casa de Marina y Aleix—, y en algún momento incluso me he olvidado de tu muerte. Gracias, Marina, Aleix, Ariadna y Gerard por la paciencia, por acogernos y por la alegría de vivir que nos habéis inyectado en estos meses tan difíciles.

A veces nuestra casa es como una especie de cárcel. Aquí moriste tú, entre estas cuatro paredes, y aquí difícilmente te podemos olvidar. Me dice una conocida en Facebook: «Míratelo de otra manera, aquí murió, pero también aquí vivió». Es cierto. La urna con las cenizas está encima de la cama, con tus sábanas y el edredón, que aún conserva tu perfume. De momento no nos hemos atrevido a cambiarlos. Lo que sí hemos tocado es tu ropa. La hemos sacado del armario y la hemos metido en una caja de plástico transparente. No tengo claro qué haremos con ella; la quiero guardar de momento con nosotros. En tu armario hemos puesto la ropa de Pol, ¿te parece bien? Tenemos a dos pequeños príncipes en casa, Jan y Pol, que están sentados sobre las piernas de Kewal mirando Tom y Jerry. Me faltas tú, muñequita. Me he quedado sola como mujer en casa. Mira que te lo tenía dicho, «no me dejes sola con esta banda de salvajes».

 

He empezado a buscar consuelo para sentirme un poco mejor, y he acudido a un jesuita de sabias palabras, Xavier Melloni. Me ha ayudado a sentir que sigues aquí, y que siempre estarás aquí, porque siempre has estado y toda la vida estarás. Y siento que te puedo seguir queriendo, no necesitamos el cuerpo. Ahora es un cuerpo; mañana quizá será otro. Gina, te siento más viva que nunca. Has tenido que morir —se ha tenido que acabar tu cuerpo— para sentir que estás más viva que nunca, y sentir tu fuerza, mi vitalidad, el arrebato del universo, de Dios, o como quieras llamarlo. Yo te he enseñado, tú me has enseñado. Yo te he ayudado y tú me has ayudado. Miro tu foto y te siento más cercana que nunca, carne de mi carne. Explicaban en Brasil que la saudade es un sentimiento tan fuete como la muerte de un hijo, en la que se puede sentir su ausencia como el dolor fantasmal de un miembro amputado. Pero no es dolor lo que siento, Gina, es amor, es paz y presencia, esto es lo que siento que tú eras: un destello de aquello que es divino, puro y universal.

 

Gracias, Gina, por escogernos, gracias por habernos encontrado, por habernos dejado servirte, por haberte querido. A veces pensamos que una persona con discapacidad no nos puede aportar nada; «pobrecita», pensamos, y nos equivocamos. Vuestra manera diferente de mirar el mundo nos enriquece, suma. La mayor parte de las veces, cuando llegaba del trabajo estresada, te miraba y me calmaba participando de tu mundo minimalista y auténtico. Muy a menudo me sorprendió tu inteligencia emocional para darnos a cada uno de la familia la sonrisa o la mirada que necesitábamos. Nos enseñaste a mirar desde otra perspectiva, nos contagiaste tu alegría de vivir y nos ayudaste también a proyectarnos al mundo gracias a tu poder para atraer —con tan solo una mirada— la simpatía y el apoyo de la gente. Nos has dado mucho mas de lo que jamás te pudimos dar.

 

Echaré de menos tus cabellos finísimos —entre el dorado y el pelirrojo, en función de cómo les tocaba el sol— y recogerlos en peinados imposibles.

Echaré de menos tu piel tiernísima que enjabonaba con cremas aromáticas.

Echaré de menos tus ojos verdes de mar que en un breve cerrarse y abrirse decían tantas cosas bellas.

Echaré de menos tus manos de geisha menuda, con los dedos doblados por la enfermedad.

Echaré de menos tu cuerpo, como un puñetazo, que se escondía entre mis brazos y me hacía sentir la madre más feliz del mundo.

 

Pero ahora sé que tras haberlo perdido todo, finalmente lo tenemos todo, y ya no nos podrán quitar nada.

En esta línea, el amigo y director del Instituto de Expertos Raimon Samsó dice: «Acepta lo que es desde la comprensión del corazón. A este nivel eres invulnerable y atraes el apoyo del cosmos entero: lo que aceptas se resuelve, pero si te resistes persiste. Tu invulnerabilidad consiste en tener la conciencia de que nadie te puede hacer nada, ningún daño es posible, si no te lo haces tú mismo. Si tu noción de debilidad está vinculada a tu cuerpo físico, crees en la separación y esto te hace sentir vulnerable».

Nada nos puede hacer sufrir, ni separar, ni acabar con el amor que hay entre tú y yo. ¿Hay algo peor que la muerte? Y ni tan siquiera esta nos hace un daño aniquilador.

Es fácil sonreír cuando todo va bien; es fácil llorar cuando todo va mal. Es extraordinario sonreír desde el corazón también cuando las cosas no son como nos habría gustado o simplemente son dolorosas. Es el sí a la vida que defiende el psicólogo Joan Garriga. Sí a la vida a pesar de todo, a pesar del dolor y a pesar de los aprendizajes más difíciles. Esto es lo que tú nos has enseñado.

 

Me explica una psicooncóloga amiga, Eva Juan, que ha acompañado a muchas personas en el proceso de la muerte, que por un lado existe el miedo a la muerte, al dolor, a la enfermedad y a la pérdida de un ser amado. Y, por otro, existe el egoísmo o el sentimiento de que la pérdida del otro nos causará un dolor insoportable. Juan dice que solo hay que ser capaces de mirar más al otro, acompañándolo y olvidándonos de nuestro propio sufrimiento. Básicamente también porque nuestro sufrimiento es lo que a menudo aferra al otro a la vida, con el lema casi irracional de «lo tenemos que salvar», cueste lo que cueste, de las garras de la muerte. Pero ahora siento que no es así, que salvar una vida no vale pagar cualquier precio. Tampoco se tiene que tirar la toalla demasiado pronto por el miedo a sufrir. Tenemos que saber encontrar la medida justa entre el vivir y el morir, entre acompañar y dejar marchar. Yo tenía mucho miedo de no saberlo ver, Gina, pero al final —gracias sobre todo a paliativos— creo que lo supimos encontrar.

 

Hoy me he despertado olvidándome de tu muerte y cuando he ido a la cocina y he cogido tus cereales lo he recordado y he sentido vértigo, y he gritado asustada a Kewal: «Gina está muerta», y él me ha dicho «sí, claro, ¿estás bien?».

No, estoy mal.

 

Y a pesar de estar mal, mis pensamientos refuerzan la idea de que lo que hemos vivido es lo que nos tocaba vivir. Y me digo: imagina que alguien te hubiera dicho hace doce años «Elisabet, tendrás un hija preciosa que simbolizará muchas cosas, entre ellas el amor puro, pero no podrá hablar, ni caminar y tendrá crisis epilépticas. A menudo sufrirá problemas respiratorios y no podrá comprender. Y esta hija tan singular, cuando tenga once años, un mes y siete días —como si se tratara de una condena—, se morirá. ¿La quieres? A pesar de lo que te he contado, ¿la quieres?». ¿Y yo qué habría dicho, Gina? ¿Qué diría la mayoría ante una pregunta tan dura como esta? ¿Aceptaríamos? ¿Rechazaríamos por miedo a sufrir? La mayoría quizá sí, pero ahora siento que quizá nos equivocaríamos porque nos perderíamos algunas de las cosas más fundamentales de la vida. Ay, el miedo a sufrir, ¿eh, Gina? Y, dicho esto, sé que si me volviera a quedar embarazada, y en una prueba diagnóstica me dijeran que llevo a otra niña con síndrome de Rett, no tiraría adelante el embarazo. ¿Contradictorio, verdad? Quizá sí, pero habiéndote conocido, se me hace impensable que no hubieses existido.

 

Y esto no quiere decir que de vez en cuando no tenga pensamientos negativos. Cuando me encuentro con una pareja joven con criaturas pienso «qué fácil y bonito es tener una criatura, pero qué largo y tortuoso es perderla», y añado por dentro: «No sabéis todavía lo que puede pasar con un hijo, ingenuos, un hijo se puede morir, y se acaba de golpe la felicidad y la alegría». Y cuando tengo estos pensamientos me siento injusta con ellos y puedo detectar la amargura, y no es este el camino que quiero seguir.

 

A pesar de esto, la verdad es que no me siento enfadada con nadie porque tú faltes, ni tan siquiera con la enfermedad. Ya hace muchos años que la acepté como una desgracia que me ha llevado a descubrir otras cosas buenas de la vida, como tu mirada sincera. Sí, señoras y señores, ha valido la pena tener once años, un mes y siete días a Gina a nuestro lado. Volvería a repetir mil veces este destino, a pesar del final. Porque te quiero, hija, tal y como eres, y porque me has motivado a descubrirme y a entender que podemos vivir sin tanta aflicción.

 

Estos días me he dado cuenta de que experimento un efecto óptico bastante común. Cuando estás embarazada solo ves embarazadas. Cuando te compras un coche nuevo solo ves ese modelo. Cuando has topado con la muerte, solo atraes muerte, y me paso el día escuchando historias de muertos. Todos llevamos una muerte a nuestras espaldas, o la llevaremos, es inevitable. Algún día se acabará nuestra vida y la de las personas a quienes más queremos; es la transitoriedad de la vida, es inevitable. Podemos creer que no nos pasará, pero nos engañamos. ¿Por qué, entonces, no prepararnos?

«Murió matando», me cuenta una persona a quien se le suicidó la mujer, y la frase me golpea. La vida puede ser infernal —o insostenible— para una persona que tiene una enfermedad física muy evidente, invalidante y dolorosa. Pero también puede ser insoportable la vida a causa de un gran dolor emocional, y que el único camino sea morir. Aunque esto, a los que nos quedamos, nos puede hacer sentir enfadados, coléricos, dolidos, traicionados y abandonados por lo que ha hecho el otro.

Recuerdo cuando un tío mío se suicidó. Yo tenía veintitantos años. Se respiraba en el ambiente una sensación de tragedia absoluta. Recuerdo los olores de aquel día, el hedor de infortunio. No entendemos ni perdonamos el suicidio. Qué desesperación tiene que sentir quien escoge este camino. Pero es que a veces la muerte es la única vía para acabar con el sufrimiento. Y esto no quiere decir que no tengamos que dar razones y ánimos para seguir viviendo a los que no encuentran el sentido para hacerlo.

 

Me explican también el caso de niños de la edad de Pol que no han podido despedirse del padre porque los adultos consideraron que eran demasiado pequeños para enfrentarse a la muerte. Queremos proteger a los demás del dolor, sobre todo a los más pequeños, pero ¿no es esto un error? Si les protegemos del dolor, no les enseñaremos a vivir. Me llega por otro lado el testimonio de una amiga que tiene un amigo a las puertas de la muerte, y que no sabe cómo acompañarlo por la impresión que le causa. Yo la invito a hacer frente a lo que se acerca cogiendo la mano del moribundo y hablándole en silencio para darle fuerzas. O también la historia de una persona muy cerca de morir que cree que en cualquier momento saldrá del hospital y se pondrá buena, y me hace sufrir que nadie la pueda ayudar a entender que se tiene que despedir de este mundo.

 

¿Quién es el valiente que le dice al moribundo «tranquilo, no pasa nada, te estás muriendo, no te preocupes, estaremos a tu lado para lo que haga falta?». Al contrario, todos queremos salvar al moribundo, tanto la medicina convencional como las alternativas. Todo el mundo busca el milagro de eludir a la muerte. Pero es que la muerte, insisto, es una certeza. Somos mortales y a veces parece que lo queramos olvidar. Hemos de morir, esto tú lo sabes bien. Por favor, aprendamos a morir en paz. Hay muchas muertes distintas, es cierto. Cada uno explica y siente su historia, y la encaja como puede. Con despedida o sin, con más o menos pena, con aviso o sin, del hijo, de la madre, de la pareja, del mejor amigo. Algunas las consideramos razonables y rechazamos otras como antinaturales —como la muerte de un hijo—, o la del padre cuando el hijo está en el vientre de la madre. El problema, desde mi perspectiva, es la asepsia y la incomodidad con que hacemos frente a la muerte, que no nos ayuda y multiplica la angustia.

 

Recuerdo que la primera vez que entramos en la UCI, Gina, yo lloraba porque pensaba que por el hecho de entrar allí ya estabas muerta. Esto fue en 2008, y has resistido hasta 2014, seis años más. En la UCI descubrí muchas historias de vida. A los niños los ingresan para salvarlos, no para verlos morir. Hago memoria: aquella primera vez había unas mujeres que tocaban música, ¿las recuerdas? A mí me caían las lágrimas porque me parecía que era la banda sonora de tu defunción. Pero no fue así, y con los años entré en la UCI con tranquilidad, sabiendo que lo daban todo por ti unos magníficos profesionales que velan veinticuatro horas al día por vosotros.

 

Pero hay un tiempo para estar en la UCI y hay un tiempo para entender que se tiene que estar en casa, y que hay que dejar de luchar.

Y esto implica dejar de vivir de espaldas a la muerte. Y no lo digo porque me haya convertido en una Morgana y ahora rinda culto a la muerte, sino porque la vida y la muerte son dos caras de la misma moneda, y una sin otra no tienen sentido. Es importante —y esto lo hemos aprendido en el curso de tu enfermedad— encontrar a profesionales honestos y valientes que te digan las cosas claras, a pesar del dolor que implica.

 

Contigo, Gina, he sentido que inevitablemente estábamos escribiendo la crónica de una muerte anunciada, brutal a veces, pero necesaria.

Después de tu defunción hemos tenido que enfrentarnos a los miedos del día siguiente. Kewal me cuenta que los dos primeros días tenía miedo en casa. Sentía que en cualquier momento podía aparecer tu fantasma caminando, y le daba miedo. Él procede de una cultura en la que creen en los fantasmas. Dice que al final fue a hablar con tus cenizas —porque tú sabes que estamos haciendo estas cosas— y te dijo que si aparecías te abrazaría, y se sintió aliviado. Y es que esto es lo que tenemos que aprender, a abrazar a la muerte, no oponerle resistencia, pues la negación nunca funciona.

 

Sospecho que yo estoy en el otro extremo de eludirla. No me puedo sacar de la cabeza que no estás. Pregunto a Pol cómo está y me dice que cuando se va a dormir lo último que hace es pensar en ti, y que cada noche casi llora, porque tú eres su hermana —la única— y siempre lo serás, y te quiere muchísimo. Jan también te echa de menos, duerme mal, cuando antes era un dormilón. Pero además cuando se va a dormir siempre nos pide la manta de la nena. Es la manta azul con el dibujo de la abeja Maya que te poníamos en los pies para ir por el mundo abrigada cuando ibas en la silla de ruedas. De todos modos, siento con tristeza que Jan te olvidará muy pronto. Solo tiene dos años y medio. Aunque nosotros le enseñaremos tus fotos y le hablaremos de ti, siento que sus propios recuerdos a tu lado ya se están borrando. ¿Recuerdas cómo se subía encima de tu cochecito para llenarte de besos y abrazos, y provovarte carcajadas? Ya sabes, Gina, que Jan es un poco salvaje, un espíritu libre, como digo yo. Quizá nadie te ha querido tanto con su pureza en los últimos años, porque él aún no te veía como a una niña enferma, solo como a una hermana cariñosa.

 

Hay días en que entrevés la luz, y días oscuros. Kewal, que hoy ha puesto orden en el caos que otra vez se ha apoderado de la casa, ha movido tu foto, pero yo no puedo escribir sin mirarte. Hemos limpiado un poco, pues hemos recaído en aquella etapa del duelo en la que no tenemos ganas de hacer nada. Esto es un ir y venir, y cuando tenemos la impresión de que estamos mejor nos volvemos a desanimar y caemos en el pozo del desconcierto. No nos apetece levantarnos, ni comprar, ni comer, ni limpiar, ni trabajar, ni salir. Estamos un poco como almas en pena. Solo hacemos lo que es estrictamente necesario para que las otras dos criaturas tiren adelante. No es solo un tema de estado de ánimo, es que falta el combustible.

 

Estoy triste, inmensamente triste y desanimada. Claudia —la osteópata de Gina— nos ha tratado hoy a los cuatro porque todos andamos muy necesitados de curas. Claudia ha sido como una madre, como una abuela, como una amiga y como una sanadora para todos nosotros. Primero empezásteis haciendo las sesiones en la piscina, ¿recuerdas cómo las disfrutabas? Y después, con los problemas respiratorios, siguió tratándote en tierra firme una vez a la semana. Cuando entraste en paliativos, Claudia se ofreció para venir a diario. Los últimos días venía dos veces. Y nunca olvidaré aquella ocasión en que ya había venido dos veces y volvió a llamar para venir a las once de la noche; nosotros la dejamos hacer un poco aturdidos por las circunstancias. Claudia entró en el comedor, ¿lo recuerdas, Gina? Tú estabas en el sofá rojo y ella me dijo: «Elisabet, ¿sabes que se está acabando?», y me abrazó muy fuerte, muy fuerte. Qué dolor siento solo recordarlo. Claudia perdió a una hermana cuando era joven, y a menudo estas experiencias son las que nos hacen más sensibles. No tenemos palabras para agradecerte todo lo que has hecho, Claudia.

 

Tengo ganas de hablar de ti, Gina, como si tuviera miedo de que el día en que lo deje de hacer te volverás a morir. Pero sé que no es así. «Se nos ha aliviado la vida, —pensé al principio—, todo será más fácil». Pero fácil ¿para hacer qué? Si no tenemos ganas de nada. Hacer cualquier nimiedad —que antes era mecánica— ahora nos cuesta una barbaridad. Me duele el estómago, me he pasado la noche mareada y finalmente por la mañana lo he vomitado todo. Y cuando digo todo quiero decir que no me ha quedado nada en el cuerpo y que me he quedado deshecha. Necesitaba expulsar todo lo que tenía dentro. No solo los nutrientes, también tengo que sacar los recuerdos y las emociones. Es esto lo que necesito, Gina, vomitar todo lo que he acumulado en mi interior durante años. Es como si mi cuerpo fuera tóxico.

Bebo manzanilla y como arroz hervido y estoy en la cama enferma. Recuerdo que diagnosticaron fibromialgia a una madre con una hija en una situación similar a la tuya. Estos años a veces he sentido dolores en el cuerpo que me hacían frenar. Cuando me agotaba —que pasaba de vez en cuando—, tenía miedo de quedarme sin energía para cuidar de ti y de los niños, y paraba. Y eso que no estaba sola. Con Kewal compartíamos la mayoría de las actividades, y con los años algunas cosas las asumió él, como meterte en la cama cada noche y cambiarte los pañales. Y cuando yo me ponía enferma se espabilaba él solo con vosotros. No me puedo imaginar cómo habría sido nuestra vida sin su fortaleza física y amorosa.

Ahora de nuevo he caído enferma y siento dolores en el cuerpo, como si tuviera la gripe. No tengo hambre y aún tengo el estómago muy cerrado.

 

Necesito encontrar una luz, un faro que ilumine esta oscuridad. Sentir tu amor sin que sea necesario mirar ninguna foto tuya. Te estamos borrando poco a poco: del padrón, de la Ley de la Dependencia, de hijo a cargo, como titular del coche, de la tarjeta sanitaria y de tu cuenta bancaria. Cuando alguien se muere lo borramos. Resistirse es ir contra el curso natural de las cosas. Busco respuestas, busco paz. Hace días que no tengo. Me releo para ayudarme, y a veces me sorprendo al escuchar mi fortaleza, que debe de estar en algún lugar y que tengo que buscar. Está ahí.

 

Observar a los niños me ayuda a ver las cosas desde otra perspectiva. Ellos se instalan en el presente y viven el momento, y no dan tantas vueltas a las cosas como nosotros. ¿Yo también podría pasar página? Pero no veo nada detrás. Solo aquel vértigo de saberte muerta, el nudo en el estómago y un miedo que no acaba de irse.

Es como el viaje al infierno y al cielo de Dante, aunque siento que lo hacemos los que nos quedamos. Hay días en los que notas que todo está bien, y en los que te reconcilias con el mundo y todo tiene un color muy bonito. Y otros días en los que bajas al infierno y te dejarías arrastrar por la tristeza más profunda porque nada tiene sentido. Me ha pasado por la cabeza alguna vez la idea de buscar alguna sustancia para olvidarme de todo, pero ¿y qué? Cuando pase el efecto volveré a encontrarme de nuevo conmigo misma y sin ti. En los últimos días he vuelto a fumar un cigarrillo antes de irme a dormir porque me calma la ansiedad. Pero sé que en realidad nada puede aliviar el desconsuelo que siento.

 

Hace unos días una amiga me preguntó: «¿Te sientes sola?». Lo pensé, y acto seguido le dije que no. El argumento es que nos apoyamos los unos a los otros, y es verdad. Pero también me siento sola de ti. Hay una parte de la conexión y de la comunicación que tú y yo teníamos que ahora no encuentro. ¿Dónde estás, Gina? Acude a mis sueños. Me siento sola y vacía. Y así mismo sé que todo lo que necesito de ti ya lo llevo dentro.

 

La pérdida de un hijo te lleva a cuestionarlo todo, incluso la maternidad. Me pregunto por qué es tan importante tener hijos. Y los que no tienen, ¿por qué nos parece que les falta algo? ¿Por qué queremos tener hijos si después no tenemos tiempo que dedicarles? A veces tenemos que renunciar a tantas cosas que somos incapaces de vivirlo bien. Sin culpa. ¿Cuál és el propósito de tener hijos? ¿Hasta qué punto llenan nuestra vida de sentido? ¿Por qué enseñamos nuestros hijos como un trofeo y nos sentimos orgullosos de cada pequeña cosa. Proyectamos en los hijos unas expectativas y después sois como sois, y enfrentarse a ello es todo un ejercicio. ¿Tenemos que aceptaros incondicionalmente, Gina? ¿Incluso si el destino es la muerte? Con los hijos dejas de preocuparte solamente de ti y lo haces también por los otros. ¿Quizá demasiado? ¿Quizá dejas de preocuparte de ti mismo, cuando también lo necesitas? Los hijos son la semilla de pensar más en los otros que en ti mismo.

 

Y a pesar de lo que acabo de decir, ¿por qué queremos ahora tener otra hija, Gina?

¿Qué hay de irracional en el deseo de trascendencia a través de los hijos?

 

Lo que sí tengo muy claro es que habrá un antes y un después de tu muerte. Y nos preguntaremos «¿esto pasó antes o después de tu muerte?». Al principio lo sabremos muy bien, y después se nos mezclarán los dos mundos. Será como decir antes de la muerte de Gina, a. G., o después de la muerte de Gina, d. G. Pondremos fechas a partir de este hecho como si hubiera empezado una nueva era, la era contigo o sin ti. Qué radical: contigo o sin ti. Hoy hablábamos con Kewal del dolor de una madre cuyo hijo ha tenido que irse lejos por obligación, como es su caso. Y yo le decía: «Como mínimo tu madre sabe que un día te podrá volver a abrazar; yo a Gina, no». A él lo empujaron a marchar para mejorar la situación de la familia. En parte se fue a regañadientes y por dinero, en parte era una aventura y un desafío. Cuando pierdes a un hijo te das cuenta de que no te lo devolverán ni con todo el oro del mundo. Entiendes que lo más importante es el afecto que puedes compartir con él mientras está vivo, y quizá también cuando está muerto. Esto es lo que quiero descubrir.

 

Busco poco a poco las diferentes piezas del rompecabezas de tu muerte, Gina, y siento que cuando las tenga me sentiré más reconfortada, pero ahora todavía no estoy bien. Kewal me cuida como a una muñeca, ya lo conoces. Es como si yo fuera la pequeña y él el mayor, y según la edad biológica es al revés. Kewal me lleva al trabajo en coche, me escucha y de vez en cuando también me hace tocar de pies en el suelo, para que no me obsesione excesivamente con la muerte, porque reconozco que estoy un poco obcecada. Él viene de una cultura en la que la muerte está más presente y es más fácil integrarla. A veces esto me enfada y otras me ayuda.

 

Kewal y yo nos hemos apoyado desde que te moriste, aunque es verdad que hay momentos difíciles en una pareja después de la muerte de un hijo, y me da la impresión de que es muy importante que cada cual respete la manera de expresar el duelo del otro, y que no haya juicios. Cada uno tiene su ritmo y necesita su tiempo. También en el sexo. Cuesta hacer el amor por primera vez cuando has perdido a un hijo o una hija. Al principio te parece que el dolor no te dejará disfrutar nunca más. Sin embargo, la muerte no es incompatible con la vida, es más bien la confirmación del valor de la vida. Y por consiguiente puedes volver a hacer el amor, aunque después te salga una riada que lo inunde todo, porque por dentro estás llena de dolor. Es un lloro que cuando se desata es beneficioso, que sale a borbotones y alivia. Hacer el amor quiere decir que la vida vuelva a circular por el cuerpo, que la vida empuja. Hacer el amor es dejar que el placer venza al dolor, al menos un rato, y esto también cura. Hacer el amor es comunicarse sin palabras, vaciarse, compartir, sentirse vivo y que la vida siga. Hacer el amor no es traicionar a quien ha muerto; al contrario, es no dejarse morir. Es difícil, pero es importante dejarse volver a abrazar por la vida. Haces el amor y podrías volver a tener una hija, un hijo. Es así de sorprendente.