5. ¡Un carrito lleno y te he encontrado!
La lección más importante que puede aprender el hombre a lo largo de su vida no es que, ciertamente, en este mundo haya dolor, sino que depende de sí mismo transformarlo en algo positivo, que es capaz de convertirlo en alegría.
Sadhana
RABINDRANATH TAGORE
A menudo la muerte coloca las cosas en su sitio, Gina.
Han cambiado o han desaparecido relaciones contigo, costumbres, proyectos, momentos, espacios, caricias.
Se han destapado viejas heridas.
El dolor a veces lo contamina todo.
Son muchos años de lucha al pie del cañón.
Son muchas energías.
Son muchos despropósitos y esperanzas frustradas.
Son muchas horas de hospital, de noches en vela, de incertidumbres, de reproches y de puñetazos directos a la cara.
Son muchos días de incomprensión, de soledad, de rabia.
Son muchas jeringuillas, medicamentos, miedos, preocupaciones y renuncias.
Y cuando todo se acaba es como si destaparas la caja de los truenos y apareciera el sufrimiento de tantos años, digerido de la mejor manera posible, pero dolor en definitiva.
Después de un fin de semana de mierda, de mucho sufrimiento, sentí que el descenso a los infiernos no podía seguir. Hemos estado casi un mes bajo mínimos, intentando remontar a ratos, pero sin conseguirlo de verdad. La ropa limpia y la sucia se acumula en montones que nadie quiere tocar. Y las bolas de polvo se pasean por el pasillo y acampan debajo de las camas, y nadie lo evita. Suerte que hemos tenido dos hijos que nos obligan a tirar adelante. Pero es verdad que nuestro hogar parece que se haya perdido en una niebla espesa, y que esté a punto de desaparecer.
Hemos tocado fondo y tenemos que avanzar.
Hemos regresado a casa de Marina, nuestro refugio emocional. Ayer le di una sesión de reiki a su Ariadna. Una de las únicas personas a quien daba reiki con regularidad eras tú, Gina, y siempre sonreías. No sé si te servía para algo— no estoy lo bastante formada en reiki para saberlo—, pero por lo menos te hacía feliz. Cuando le daba reiki a esta chica, notaba que se lo podía dar como a una hija, como te lo daba a ti. Y mientras estábamos en ello con aquella adolescente hablamos de cosas de las que seguramente podría haber hablado contigo si hubieras llegado a su edad, y si hubieras podido hablar. Podríamos haber tenido lo que en mi imaginación defino como aquellas entrañables conversaciones entre una madre y una hija. Mejor que ni lo piense, no las tendremos jamás. Para mí fue un auténtico regalo dar reiki y tiempo a la hija de mi amiga. Ahora me doy cuenta de que el amor que das a una hija también lo puedes dar a otras personas, porque lo llevas dentro.
El dolor de este fin de semana me ha llevado a otro descubrimiento crucial, y este te afecta directamente a ti.
Cuando el sufrimiento y el desconcierto eran más intensos, cerré los ojos y comprendí que ya no era necesario seguir buscándote.
Y sobretodo, que no hacía falta seguir buscándote fuera.
No es una teoría, es un hecho.
Me di cuenta de que te llevo dentro.
Si cierro los ojos y respiro, te tengo dentro; siento tu aliento, la fuerza, la alegría.
No es un concepto mental.
Es un sentimiento.
Solo tengo que cerrar los ojos y respirar hondo. Te veo, te siento, sin cuerpo.
Ya no necesito tus fotos.
¡Victoria!
Y este triunfo tiene consecuencias. Hoy por fin he ido al supermercado de siempre para comprar comida abundante, y he llenado el carrito hasta los topes. Tenía muchas ganas de decirle a la cajera que estás muerta. Le quería explicar por qué últimamente he ido poco, el motivo de que en esas escasas visitas solo haya comprado cuatro croquetas congeladas y poco más. Antes de tu muerte, hacíamos macrocompras (éramos cinco en casa), y después parecía, no que hubiera muerto una hija, sino que hubiera muerto la familia entera. Tenía muchos deseos de decirle que todo había sido fruto de la aflicción por la muerte de una hija. Le quería hacer saber que ahora quizá las cosas empezarían a cambiar y que me encontraba un poco mejor, más optimista, que la vida sigue y que queremos seguir vivos y comer. Pero al final no le he dicho nada.
Hoy, desde hace muchas semanas, vuelvo a sentir deseo por la comida. Tú, en los últimos tiempos, cada vez comías menos. Los últimos días nos dijeron que solo te diéramos caldo. Y el día antes, que solo necesitabas un poco de agua para seguir tomando la medicación: agua y medicación. Era desolador; nosotros tampoco éramos capaces de comer. Kewal estaba horrorizado. Decía que si no te dábamos de comer no te podrías recuperar, y a medida que avanzaban las horas tu temperatura bajaba y bajaba, hasta los 32 grados; estabas helada. Tu temperatura fue siempre una batalla. En invierno se te congelaban los pies aunque te pusiéramos dos pares de calcetines, y cuando llegabas de la escuela teníamos que meterte los pies gélidos en una palangana con agua tibia para devolverles la vida. No tenías la capacidad de regular la temperatura de tu cuerpo, como pasa con los bebés: en verano te derretías de calor y en invierno te quedabas helada aunque llevaras ropa de esquí.
Y en aquellas últimas horas el frío se apoderaba otra vez de tu cuerpo, y te tapamos con el edredón. Qué desolador, ahora que lo recuerdo. Te estabas muriendo y nosotros lo sabíamos perfectamente. Qué tortura.
Tu relación con la comida empezó a deteriorarse con la aparición, hacia los siete años, de la disfagia, la dificultad en el paso de sólidos o líquidos de la boca al estómago. ¿Te acuerdas de que tosías cada vez que comías? Primero lo salvamos espesando la comida y los líquidos. Pero llegó un momento en el que ya no era sostenible y empezaste a tener neumonías por broncoaspiraciones, es decir, que en lugar de ir al estómago, minúsculas porciones de comida se te colaban en los pulmones. Recuerdo días en los que ya no querías comer nada. Era espantoso ver que solo te quedaban piel y huesos, sin que nosotros pudiéramos remediarlo... Qué suplicio. Durante tu segunda neumonía nos hablaron por primera vez del botón gástrico: un agujero en la barriga para darte la comida triturada. Me di un hartón de llorar. Me acuerdo de que estábamos en el comedor del hospital y había una mujer que daba la comida a su hijo por medio del botón. Me acompañaba mi hermana y me propuso lo siguiente: «¿Quieres que hablemos con esta madre? Quizá te ayude». Yo estaba tan abatida que no quise saber nada del tema. Al final, ante la posibilidad de que te murieras a causa de las neumonías y de que tus pulmones se fueran atrofiando, decidimos ponerte el botón. Sin embargo, no te lo podían poner hasta que estuvieras fuerte y recuperada de la neumonía.
Y para ayudarte a restablecerte te instalaron una sonda nasogástrica: un tubo que te entraba por la nariz y llegaba hasta el estómago, y por el cual te podíamos alimentar gracias al impulso de una máquina. Te trajimos a casa con aquel aparato. Para recuperarte tenías que pasar la mayor parte del día conectada a aquel artefacto que te iba alimentando. Estabas tan débil que te teníamos que enchufar cada cuatro horas. Te dábamos un líquido espeso —a mi entender química pura— que llevaba las raciones que necesitabas de vitaminas, hidratos, minerales, todo en su proporción. Pasabas buena parte del tiempo tendida en la cama, comiendo por la nariz aquella pasta con cuentagotas. Nos teníamos que levantar durante la noche, y casi no podíamos salir de casa durante el día. Estábamos muy desanimados, y agotados.
Me acuerdo de que habíamos pasado tanto tiempo en el hospital, colocando a Pol con amigos y familiares, que cuando regresamos a casa él quería estar todo el rato con nosotros. Lo habíamos apuntado a un cursillo del Barça —su sueño—. Pero él no quería ir porque lo que deseaba era estar con su hermana, contigo, Gina. Pol es de los que más ha sufrido con tu enfermedad porque, en tanto que niño, no tenía suficientes recursos para enfrentarse a ella. Cuando no levantaba dos palmos de tierra, ya tenía que andar. Cuando no tenía ni un año, ya tenía que comer solo. Y era todavía un enano que yo ya le pedía que estuviera pendiente de ti porque yo tenía que ir a la cocina a preparar la cena o a tender la ropa; porque por entonces ya me había separado o estaba a punto de hacerlo. Pude tirar adelante esa vida compleja al lado de una niña rara —entonces eras para mí una niña muy extraña— gracias a Pol. Sé que sin él no habríamos sobrevivido, de ninguna manera te habría podido querer como lo he hecho, no habría podido satisfacer mis deseos de madre normal.
Al cabo de poco más de un mes enganchados a aquella máquina alimentadora llegó el día de la operación, que se desarrolló bastante bien a pesar de las circunstancias. Y al día siguiente nos presentaron las grandes jeringuillas con las que te tendríamos que alimentar a partir de ese momento. Alimentarte de ese modo me pareció un castigo divino, algo despersonalizado, horrible, y me puse a llorar otra vez. No tenía hambre. Si yo comía y tú no, me sentía mal. Nadie en casa tenía ganas de comer por aquel entonces, nos sentíamos culpables por la decisión que habíamos tomado. Si alguna cosa te había llamado poderosamente la atención hasta entonces había sido la comida, la disfrutabas. Te habíamos salvado la vida, pero te habíamos quitado el placer de comer.
A partir de aquel día se acabó tu delectación con la comida, y tengo la teoría de que te empezaste a morir de tristeza. Pero con el tiempo todo se relativiza; una vez más había valido la pena seguir adelante. De nuevo, el precio era muy alto.
Y en tu boca no volvió a entrar comida como tal. Solo alguna vez más llegó a entrar una puntita de chocolate o de helado. Y eso sobre todo fue después de intuir —años después— que te morirías inevitablemente, que el botón gástrico solo nos había regalado un poco más de tiempo. ¿Qué podía ser más terrible que morir? ¿Por qué no experimentar un poco de placer con el gusto?
De todos modos, poco a poco, fuiste perdiendo la satisfacción por el gusto, y la única delicia que nos quedó fue la del líquido del dentífrico. Y, finalmente, en los últimos días, solo te alimentabas de agua, medicamentos y oxígeno, diez litros de aquella bombona grande que te secaron la lengua mientras perdías el mundo de vista. Me estremezco cuando lo pienso.
Hay sensaciones que las debo de tener grabadas en la memoria celular y, me guste o no, las llevaré siempre conmigo. Hace un rato hemos puesto la canción «Respira» de Andreu Rifé, y me he puesto a saltar con los niños y a pasarnos un globo naranja. ¿Te acuerdas de la canción? Te la canté por última vez cuando ingresaste en la UCI, y me ha emocionado. Recuerdo que yo te decía «respira, Gina, respira» cuando respiraba por ti la máquina de ventilación artificial y mecánica.
Hay un momento para respirar y hay un momento para dejar de hacerlo. Ahora ya no te tengo que decir «respira», porque ya no lo necesitas.
Finalmente, esta noche he cocinado con placer, hemos comido con placer, hemos recuperado quizás el sabor de la vida. Aunque una buena amiga que perdió al marido me avisa de que esto es un ir y venir, y que a pesar de que crea que ya he superado una etapa, puedo volver a caer. «Y que lo digas», pienso.
El proceso de tu muerte, Gina, nos hizo vivir en una especie de ceguera. Recuerdo que el segundo día después de tu muerte fuimos a comprar un anorak para Pol, porque no me había dado cuenta en los últimos meses de que el suyo estaba viejo y le iba pequeño. No lo había percibido, lo confieso, no veía a tus hermanos, estaba obsesionada y estresada por el hecho de que tú te ibas consumiendo.
Así que entramos en una tienda de colores vivos con la intención de comprar un anorak, y escogimos uno verde esperanza precioso. Cuando estaba pagando, la dependienta me propuso que me hiciera la tarjeta del establecimiento. Solo hacía falta rellenar una ficha con el nombre y la edad de mis hijos. Le dije que no tenía un buen día, pero ella, muy simpática, insistió, era muy sencillo. Me hundí, y entre sollozos le dije: «Es que se me ha muerto una hija». En ese momento me pregunté «¿cuántos hijos tengo ahora?, ¿tres?, ¿dos vivos y uno muerto?». Yo seguiré siendo tu madre, Gina. Tengos tres hijos, siempre tendré tres hijos, o quizá cuatro con el tiempo. Ya se verá.
Siempre seré la madre de una hija muerta, tu madre. Es el amor lo que transforma el sufrimiento, solo la gran estima que sentimos por nuestros hijos nos puede llevar a aceptar su pérdida. Así es cómo siento lo que pasó ese 16 de enero, Gina, el amor fue lo que me ayudó a transformar lo que pasó, y todavía ahora lo estoy digiriendo.
Doy pequeños pasos. Hoy me he despertado un poco más contenta, pero también estoy un poco enfadada conmigo, solo un poco. Siento que no puedo estar un poco alegre porque tú estás muerta —no estás—, y es como si te estuviera traicionando, de modo que me siento un poco alegre y un poco enfadada.
Motivada por la necesidad de comprensión, busco textos que me den consuelo. Dice el maestro Thich Nhat Hanh en el libro Miedo: «Si hemos perdido a un ser querido y estamos llorando su muerte, deberíamos mirar con más detenimiento. De algún modo, la persona perdura y podemos hacer algo para que siga mejor. Todavía vive dentro de nosotros y a nuestro alrededor. Y del mismo modo en que reconocemos la nube en la taza de té, podemos reconocer a esa persona en formas muy diversas. [...] Jamás has perdido a tus seres queridos. Solo han cambiado de forma.
[...]
»Tenemos que desarrollar una observación profunda para advertir su continuación y apoyarla». Thich Nhat Hahn se dirige a su madre muerta: «“Sé que, de un modo muy real, estás aquí. Yo respiro para ti. Te busco a mi alrededor y disfruto, por ti, de la vida. Sé que todavía estás aquí, muy cerca de mí y en mí”. De ese modo, transformamos nuestro sufrimiento y nuestro miedo en comprensión despierta y nos sentimos mucho mejor.[...]Si puedes pararte y mirar profundamente, reconocerás a tu ser querido manifestándose una y otra vez en formas muy diversas. Entonces te liberarás del miedo y del dolor y disfrutarás de nuevo de la alegría de vivir».[4]
Hoy hace frío, y con el piloto automático pienso que esta temperatura te dolerá, Gina. Y acto seguido pienso que ya no estás y que ya nada puede hacerte daño, y que quizá eres parte de este frío que se me cala en los huesos, tal y como dice Thich Nhat Hahn.
Otra vez busco consuelo en los libros. Estos días he leído un libro muy revelador de un médico que se ha aproximado a las terapias alternativas. Se trata del doctor Francisco Barnosell, que en el libro Entre dos aguas dice: «Nosotros somos un alma, y el cuerpo es nuestro traje en este mundo. Lo tenemos prestado mientras vivamos. Luego, cuando se acabe el tiempo de nuestro destino, volvemos a ser solo alma, y ya no sentiremos el peso de este traje, que a lo largo de nuestra vida se convierte en una carga pesada».[5]
¿Te has liberado de esta pesada carga, Gina? Tu destino eran once años de vida. ¿Cuál será el nuestro a partir de ahora?