12. La paz esté con nosotros
Nuestra conciencia continúa después de la muerte.
¿Existe la muerte?[16]
ANJI CARMELO & LUJÁN COMAS
Todas las madres, padres, parejas, esperamos el milagro de que se nos aparezcan los difuntos, en sueños o en la vida real. Recibir un mensaje del más allá que nos confirme que estáis bien y que nos permita sosegarnos. Sea real o inventada, todos estamos esperando la llamada del difunto o difunta. «Llaman... ¿Quién es? Sale Gina en la pantalla. No puede ser. Eres tú, ¡glups! ¿Y ahora qué te digo? ¿Que vuelvas, que si estás bien? ¿Que te quiero, que cómo es la vida ahí donde estás? ¿Que te echamos de menos? ¿Que no sufras por nosotros? ¿Que si te podemos hacer una visita?».
Todos esperamos la llamada o la señal que nos pacifique.
No ha existido ninguna señal desde el más allá y he ido a trabajar con normalidad; después he ido a comprar ropa de verano para Pol y Jan, y no he podido ni mirar la ropa para niñas. Me sabe mal, no podría tocarla. Lo siento, este año no voy a comprarte ropa, Gina.
Voy todo el día como si estuviera dentro de una burbuja.
Hacía tiempo que no tenía tantas ganas de estar sola. No puedo ni quiero compartir algunas cosas que solo tú y yo sabemos que existieron. Y desde esta soledad que el cuerpo, la cabeza y el espíritu me reclaman puedo reconocer aún con más claridad que sin Kewal a nuestro lado, detrás y como referente, nada de lo que hemos tenido tú y yo, hija mía, habría sido posible. Ni tan siquiera la despedida serena que nos pudimos dar en esta vida.
Pero es verdad que ahora siento que tenemos que tener un momento, un espacio, unos días para estar a solas y decirnos las cosas a las que no hace falta poner palabras, que solo con una mirada quedan dichas. De tú a tú.
Esta noche otra vez te he soñado, Gina. Te habíamos dejado sola en una casa. Estabas viva, visible, estabas, aunque muerta. Yo me enfadaba conmigo misma porque te habíamos dejado sola. Ni muerta te quería dejar sola. Quería estar a tu lado, aunque nadie lo entendiera, porque tú eras mi home. No sé por qué he pensado la palabra en inglés, mi hogar. Tú, Gina, eres mi hogar. Yo misma, tú misma, otra vez la unidad.
En la vida real hemos intentado comunicarnos con Kewal, pero Internet no funcionaba. Lo volveremos a probar mañana. Cuando los niños duermen, la casa me parece especialmente vacía. Cojo el tarro con tus cenizas y tu fotografía y me siento en el sofá rojo. Tengo la urna en brazos y me coloco exactamente en el mismo lugar donde te moriste. Y empiezo a hablar contigo, con tu fotografía. Hablo con un hilo de voz, no como en un monólogo, sino como si conversáramos. Tú y yo solas. De vez en cuando la emoción modula mis palabras hasta que los lloros las distorsionan y no se entiende nada. Creía que ya no tenía nada más que decirte, y no es verdad. Desde lo más profundo de mi ser emergen palabras, emociones y amor. Te miro de vez en cuando, puedo oír tu carcajada sonora que sale de la fotografía, y este sonido atenúa mi desconsuelo y a veces me hace sonreír. Reír y llorar. Al cabo de poco me despierto. Me había dormido en el sofá con el tarro de las cenizas en las manos y tu fotografía girada.
Siento que si tú estás bien, ahí donde estés, la muerte no tiene ninguna importancia.
Por la mañana, un día más dejo los niños en la escuela y me voy a trabajar. Por trabajo me llega un autor y un libro a las manos, Pablo d’Ors. Sendino se muere. El filósofo y sacerdote Pablo d’Ors recogió los últimos días de la vida de la doctora África Sendino, que entre otras cosas le dijo: «Mírame, no evites la mirada del moribundo».[17] Dice Pablo d’Ors en una entrevista que he encontrado en Internet: «La vulnerabilidad del enfermo toca a nuestra propia vulnerabilidad y en él ves un espejo de tu propio límite. Y cuando se comparte esta vulnerabilidad, entonces se puede producir el milagro de la verdadera comunión y comunicación, y entonces sí puede existir una relación de ayuda al enfermo». D’Ors explica que la doctora Sendino le dijo: «He dedicado mi vida a ayudar a los demás, pero no he podido marcharme de este mundo sin dejarme ayudar por ellos. Dejarse ayudar supone un nivel espiritual muy superior al del simple ayudar. Porque si ayudar a los demás es bueno, mejor es ser ocasión para que los demás nos ayuden. Sí, lo más difícil de este mundo es aprender a ser necesitado. Solo si te dejas querer puedes dar amor».
Tú, Gina, te dejaste ayudar, y así nos ayudaste a hacer crecer el amor.
Yo también me he dejado ayudar: la acupuntura, la sanación energética, los especialistas en el duelo. Haremos lo que sea necesario para recuperar el bienestar.
A partir de su propia experiencia de años acompañando la muerte en un hospital, Pablo d’Ors dice que a pesar de que la tendencia natural sea huir del sufrimiento, es necesario mirarlo a la cara. Atravesarlo y descubrir que se puede vivir como camino, y no necesariamente como castigo. En la entraña del dolor, existe un núcleo, una médula constructiva, que vale la pena.
Todavía buceo en este núcleo del dolor. Mientras Kewal está en la India mis noches se han convertido en una búsqueda de respuestas. Hoy le toca el turno a La balada de Narayama. Es una película japonesa brutal, llena de imágenes fuertes que me hieren la sensibilidad por todos lados. No te la recomiendo, Gina. Es una película muy bestia que habla de cómo sobrevivir en un mundo más cercano al de los animales que al de las personas. Lo que llama más la atención es el valor que se da a la muerte. En esta pequeña comunidad rural de Japón, cuando una persona llega a anciana, su hijo —tal y como marca la tradición— la acompaña a la montaña sagrada, Narayama, cargándola a las espaldas (al revés de cómo la madre lo llevó a él cuando era pequeño) y la deja ahí sola meditando y esperando la muerte. Y aquel que no lo hace es considerado una vergüenza social. Esto es lo que espera con ansias una de las protagonistas, una mujer de unos sesenta años que incluso se rompe los dientes para parecer mayor y más ajada y avanzar así su viaje a la montaña sagrada. Es la percepción del morir lo que nos duele. Esta señora se siente orgullosa de ir a la montaña sagrada y no teme en absoluto a la muerte. Al contrario, tiene prisa por morir. La señora parece cansada de vivir en un mundo en el que no es fácil sobrevivir y acepta su destino de buena gana. A veces la muerte también puede ser una liberación. A algunas personas les cuesta más morir que vivir.
Es la percepción lo que nos duele. Solo tenemos que corregir la percepción, tal y como dice el amigo y psicólogo Enric Corbera. El problema es que normalmente percibimos a partir de aquello que somos y de aquello que hemos vivido, y esto no nos abre demasiado a nuevas percepciones, sino que más bien nos limita.
Seguramente es con la voluntad de abrir la mirada y también la percepción que hoy vamos con Jan y el tarro con tus cenizas a la playa de Gavà Mar. Pol está con su padre. En esta playa te bañaste por última vez al final de un otoño caluroso. Me acuerdo de aquel día. La cara que pusiste cuando te sumergías en el agua era una mezcla de sorpresa, susto y alegría. Hoy es Jan quien grita contento y da patadas al mar, hasta que una ola lo atrapa y le moja los zapatos.
El mar me sigue hablando de ti, Gina.
Al día siguiente vamos a Can Bou, a casa de mis padres, a cinco kilómetros de Piera. También traemos la urna blanca que contiene tus cenizas. Can Bou es una parada obligada para ti y para mí. En Can Bou te deleitabas con los aromas del romero, el tomillo, la lavanda, los pinos, con los murmullos de la naturaleza, con el sol y la fuerza del viento; por ello dejo aquí también parte de tus cenizas.
Paseamos con Jan por el pequeño núcleo de Can Bou. El abuelo era de aquí, y aquí me crié de pequeña, y aquí tengo también una parte de la familia, que siempre me dice que te parecías mucho a la abuela Antònia, que era dulcísima. Gracias, familia: Montserrat, Jordi, Josep Maria, Maria, Josep, Roberto, Eva, Chary y las primas.
Vamos con Jan a un sitio cercano a la casa de mis padres, en plena naturaleza: la isla. Mi abuelo contaba que hace muchos años en la isla existía una casa. Con el paso del tiempo y la fuerza de las lluvias, el torrente se fue comiendo la casa y el suelo, y ya solo queda una especie de isla-corredor en medio de un torrente, con una caída de unos veinticinco metros, y que tiene unos veinte metros de longitud. Cuando llegas al final te da la impresión de que has llegado al fin del mundo. Desde este punto, si gritas te llega el eco del torrente, silencio y el susurro de la naturaleza. Es un lugar extraordinario. Llegar hasta aquí no es fácil, porque con los años el camino se ha hecho cada vez más angosto. No es un camino recomendable para quien padece vértigo. A mí siempre me ha gustado especialmente. A ti, Gina, te había traído cuando eras pequeña. Pero después dejé de hacerlo porque no es un camino sencillo de transitar con un peso considerable a cuestas.
Hoy llevo a Jan en brazos y llego hasta el final de nuestro mundo, en la isla. Y canto otra vez la canción que escribió Jorge Drexler para ti, Gina, y a la que puso música Santiso.
Canto esas estrofas tan especiales. Jan me observa en silencio enganchado a mi chorro de voz que se escampa por el torrente. Y cuando termino me dice «mamá la nena está aquí». Yo no digo nada, pero él repite convencido: «La nena está aquí, está aquí, mamá». Miro al vacío decorado de naturaleza y pienso que quizá tiene razón, que también estás aquí, y otra vez pienso que ahí donde hay belleza estás tú. Lo cojo en brazos para deshacer el caminito y regresar a tierra firme; al continente, siento yo. Cuando llegamos, lo dejo en el suelo, pero él me dice que quiere volver a la isla. «¿Adónde vas?», le pregunto. «La nena, la nena», repite Jan. Le digo que no, y se pone a llorar con sentimiento. Le brotan unas lágrimas gordas y pone una cara muy triste. Le digo que tenemos que volver a casa, y me dice que no, que la nena está ahí y que él no quiere marcharse. Intento convencerlo diciéndole que enseguida comeremos —suele ser un reclamo infalible—, pero no me escucha.
Finalmente, lo cojo en brazos y me lo llevo campo arriba, en dirección a la casa de mis padres. Y al llegar le digo que puede tocar el piano mientras preparo la comida. En casa de mis padres hay un piano viejo que nadie sabe tocar como es debido.
Mientras preparo la comida oigo que Jan me llama con urgencia desde la habitación del piano: «¡Mamá ven, ven, ven!». Y le pregunto: «¿Adónde?». Él toca varias teclas y entonces me dice: «¿No escuchas a la nena, mamá?». Y yo le contesto: «Si tú lo dices...».
La escena me da que pensar. Los niños tienen una mayor intuición, nosotros la perdemos a medida que crecemos y lo vamos racionalizando todo.
Nosotros también fuimos niños intuitivos, y quizá tener hijos es una oportunidad para rescatar a nuestro niño interior. A menudo vamos demasiado ajetreados. Tenemos hijos y luego no tenemos paciencia para conectar con ellos. En Occidente, el mundo que más conozco, la mayoría de adultos vivimos desconectados, lejos de la frescura y de la espontaneidad. Somos rígidos, y jugamos, reímos y nos divertimos en contadas ocasiones. Llenamos nuestras vidas de responsabilidades y de exigencias, y a la larga también de la culpa por no haber estado al lado de nuestros hijos. Poco a poco, y por inercia, llenamos la vida de los niños de ocupaciones. Los adultos siempre encontramos excusas para no jugar, para no perder el tiempo, distraernos o hacer tonterías —que les gustan tanto a los más pequeños—. Siempre hay tareas por hacer en una casa con familia. Estamos atrapados y vamos agotados. Recuerdo aquella canción de los payasos de cuando era pequeña, «sábado antes de almorzar una niña fue a jugar, pero no pudo jugar porque tenía que planchar, así planchaba, así así», etc. Es un horror de cantilena que me viene a la cabeza cada vez que escojo el deber en lugar del placer. Lo peor es que tengo la impresión de que estamos educando a los hijos de una manera muy similar a como nos educaron a nosotros. Perdemos por el camino la libertad de ser. No sé cómo podemos hacerlo mejor.
Kewal me dice a veces que soy aburrida. Quizá tiene razón. Él es de un mundo muy diferente, más caótico, imprevisible, sorprendente y espontáneo. Nosotros aquí estamos muy organizados, y ocupados, y estresados, y nos pasa la vida rápido rápido hasta que nos morimos. ¿Es esto vivir?
Para acabarlo de arreglar últimamente me río poco. Hace tiempo que estoy más triste que alegre, quizás hace años. A veces me ofende la alegría frívola de las personas, y me siento mejor en casa, con un libro en las manos. Demasiados interlocutores a la vez me ponen nerviosa. Excepto si tengo un motivo especial, como cuando quería explicar tu historia o la de Kewal; entonces hago un esfuerzo. No sé desde cuándo me cuesta reír. Le pregunto a una amiga si soy una persona seria y me dice que un poquito, pero que cuando estoy relajada también sé pasármelo bien. Yo no me siento una persona seria, quizás un poco excéntrica a veces. Cuando tengo ganas de reírme lo hago de corazón, y cuando no me apetece no lo hago solo por complacer a los demás. Es cierto que a menudo he puesto por delante la responsabilidad a la diversión. Es algo que me debieron de enseñar cuando era pequeña o simplemente lo fui incorporando cuando crecí. La culpa de todo no la tienen los padres, también nosotros escogemos las cartas que queremos y las interpretamos de determinada manera. Luego, con estas cartas, jugamos nuestra partida de la vida. Quizás he tenido o me he autoimpuesto demasiadas responsabilidades. Demasiado peso en las espaldas, y todavía no me he recuperado.
Siento que me falta espontaneidad.
Siento que me falta alegría.
Siento que me falta frescura.
Todo esto lo llevo dentro, solo tengo que rescatarlo.
Todo esto es lo que tú siempre tuviste, ¿verdad, Gina? Y en ti era más evidente, porque gracias a tu enfermedad no te domesticamos.
Un ser no domesticado lucha por salir de dentro de cada uno de nosotros, como un alien que no reconocemos como propio, con cosas buenas y cosas no tan buenas (aunque bueno y malo son conceptos morales). Es la sombra de la que hablaba el psiquiatra y psicólogo Carl Gustav Jung, el inconsciente en el que escondemos todo lo que no nos gusta de nosotros mismos. Pero nosotros somos todas nuestras partes, y solo cuando somos capaces de integrar la sombra nos podemos sentir completos y felices.
Jung escribió sobre la vida después de la muerte. Si admitimos que existe una continuación en el más allá, podremos concebir una existencia psíquica, porque la vida de la psique no tiene necesidad de tiempo ni de espacio. Desde esta perspectiva, dijo Jung, inconsciente y país de los muertos serían sinónimos.
¿Puede ser el inconsciente una puerta para ir a verte, Gina?
Según la física cuántica, el tiempo y el espacio tampoco existen. Debe de ser ese mundo del más allá, sin tiempo ni espacio, del que habla Jung, y que sobrevive a la caducidad del cuerpo. Desde este punto de vista, somos el eco del big bang, y todas las partículas del universo se interrelacionan sin que importe la distancia o el tiempo, porque todo es simultáneo e instantáneo. La muerte no existe desde esta perspectiva. Y yo te puedo sentir, Gina, más allá de lo que mi mente crea o haya aprendido a creer.
Hay muchas cosas en las que creo y que me limitan a la hora de sentirte. Eso sí me da rabia. Mi propia mente me impide experimentarte. Me duermo con estas ideas y sueño en cosas importantes que luego no recuerdo. Cosas importantes.
Me despierto con energía. Vuelvo a tener cita con Snezana, la sanadora. Voy sin muchas expectativas.
Salgo emocionada. Hoy sí he viajado. La energía del corazón y la presencia de esta sanadora lo han hecho posible. Otra vez te he sentido muy cerca, Gina. No estaba sola, y me han venido lágrimas a los ojos y he sentido de nuevo el desconsuelo de haberte perdido. Ahí donde tú estabas no necesitaba ser yo, identidad, nombre y apellidos, solo era una energía. Y entonces me preguntaba qué había de ti en el más allá, y veía una luz muy potente. Y cuando me daba cuenta de que estabas muy cerca de la luz me sentía inmensamente feliz. Y quería saber qué había más allá de la luz así que la observaba resplandeciente y me daba cuenta de que también yo era luz y que la podía sentir en mi interior. Acto seguido, sentía que la energía del corazón me subía a la cabeza y que tenía una especie de foco o de linterna en la frente, pero que solo iluminaba si estaba conectado con el corazón.
La sensación era la de estar conectada con algo muy potente para el corazón, encima de la cabeza, pero también era consciente de que en la parte inferior del cuerpo sentía los mismos miedos de siempre, y que lo que necesitaba era bajar toda la energía de arriba abajo. Y lo hacía, y me imaginaba cómo me salían raíces de los pies para fijarme mejor en el suelo. Y me esforzaba por bajar a los pies todo lo que había percibido cerca de la luz potente. Entonces, sentía paz, mucha paz. Por fin había equilibrio y armonía. Tenía una percepción tan clara de que yo era energía y que el cuerpo era otra cosa, que incluso tenía la impresión de que podría salir del cuerpo. Pero, ay, también entendí que si salía del cuerpo quizá no regresaría, y sentí vértigo. Y no lo hice.
Dice Snezana que tenemos que vivir con aquello que nos resuena y no aceptar lo que no nos sugiere verdad. Snezana me explica que nos encontramos delante de una nueva manera de percibir y vivir el mundo, ante un gran cambio de conciencia. La escucho y a menudo no la entiendo demasiado, y me da la impresión de que ella va muchos pasos por delante de la mayoría. Yo no sé si creer o no creer. Simplemente siento. Supongo que tu muerte, Gina, me está llevando por estos caminos de trascendencia.
Kewal todavía no ha regresado de la India. Su ausencia se me hace muy larga. Este fin de semana he buscado una película antigua para ver con los niños, Mary Poppins. Cuando empezaba la película Jan me ha preguntado si tú vives en las nubes con esta excéntrica canguro, y le he dicho que quizá sí. «Nada es lo que parece», dice Mary Poppins a los dos niños protagonistas en una película que mezcla la magia y la vida. La vi por primea vez hace muchos años ya y ahora la puedo leer de un modo muy distinto.
Cuando los niños se van a dormir sigo mi búsqueda de muerte y encuentro a Tánatos. Según la mitología griega, Tánatos era la personificación de la muerte sin violencia; su toque era suave, com el de su hermano gemelo, Hipnos, el sueño.
Así fue tu muerte, Gina, suave y dulce.
En una página de Internet dedicada a los hijos muertos encuentro un fragmento del libro El desafío de renacer que me gusta especialmente. Dice: «No te pido que me des un trato especial. No estoy enfermo, no tienes que alejarte de mí, solo te pido que consideres algunos aspectos, pues me ha sucedido lo peor que me pudo haber sucedido. Te pido que no tengas temor de pronunciar el nombre de mi hijo, ya que él vivió, vive aún en mí y fue y es muy importante. Considera lo feliz que me siento de saber que tú también lo recuerdas y hablas de él. Me gusta saber que tú también lo tienes presente. [...] Te pido que me des espacio para ser libre con mis emociones [...]. No me obligues a estar contento si me ves retraído, porque estoy pensando en mi hijo».[18]
Gina, pueden nombrar tu nombre sin miedo, porque a mí me harán feliz.
Me pregunto qué porcentaje del día sigo pensando en ti, Gina. Al principio era un 100 % y ahora depende de los días, 50 %, 30 %, 20 %. No recuerdo haber pasado ni un solo día sin pensar en ti, cualquier excusa es buena. Esta tarde, por ejemplo. Hemos celebrado una fiesta de aniversario. Primero era para Jan, que hacía días que me lo pedía. Quería, como los demás niños de su clase que ya han cumplido los tres años, una corona y un pastel. Pero su aniversario no será hasta el mes de septiembre. Luego Pol también ha pedido una fiesta de aniversario, aunque el suyo es en agosto; y también le hemos hecho una corona, y un pastel para los dos con una docena de velas. Evidentemente, Gina, tú tampoco podías faltar.
A media celebración hemos conectado vía skype con Kewal y la familia de la India. Y hemos terminado cantando «Cumpleaños feliz» y soplando las velas todos juntos en un falso día de aniversario. ¿Quién dice que es falso? Es lo que nos apetecía. No es el aniversario de nadie y es el aniversario de los tres. Gina, ha sido el primer aniversario sin ti de cuerpo presente.
Me levanto con tos en plena noche. Estos últimos días tengo una tos persistente, como si algo se me hubiera atascado a la altura del pecho. No me puedo sacar de la cabeza cómo se iban cerrando tus pulmones, Gina, lentamente, hasta que al final el aire no pudo entrar y exhalaste tu último suspiro. Si lo pienso todavía me horrorizo. Dice el acupuntor que quizá la tos nace del trauma de haber visto cómo se cerraban tus pulmones.
¿Pero quién dice que un hecho traumático no puede traer también cosas positivas? Para el psicólogo Enric Corbera, el artífice de la bioneuroemoción (www.enriccorbera.com) tu muerte ha sido un regalo para mí porque me ha ayudado a limpiar muchas cosas que llevaba encima y que no me dejaban respirar.
Este alivio debe de ser el responsable de haber cambiado algunas percepciones. Como si el tiempo no existiera, hoy todo lo que he deseado ha sido posible. Y como si se tratara de un chicle, cada momento se ha alargado para albergar sin angustias todas las actividades del día.
Por la noche he vuelto a soñar contigo. Cuanto más tiempo llevas muerta, más sana te veo. Es como si poco a poco fuera desapareciendo la enfermedad, porque ella es del cuerpo y no del alma. La primera vez que te vi después de muerta estabas prácticamente igual, muy afectada por la enfermedad. En cada nueva aparición onírica estás un poco mejor, más tranquila y con menos síntomas del síndrome de Rett. Esta noche ya caminabas normalmente, no hacías movimientos raros con las manos —típico de las niñas Rett— y tenías buena cara, solo estabas un poco seria. Recuerdo perfectamente la esquina donde estábamos. Sabía con seguridad que estabas muerta, pero toda la escena era muy real. Hacía calor, llevábamos ropa de verano e íbamos al cine. Estabas casi sana, solo te faltaba hablar. Cuando me he despertado he tenido la impresión, muy auténtica, de que la muerte te está curando, y que en el próximo sueño es muy probable que ya hables.
Me he sentido muy reconfortada y he contado el sueño a Pol. Kewal todavía está en la India. Desde el desconsuelo profundo de los primeros días a este sueño hay una evolución, una pacificación, una búsqueda personal y espiritual. Siento, ahora sí —no en teoría, sino como un hecho—, que la muerte te ha dado una vida mejor, libre de tu cuerpo. La certeza ilumina, la duda es corrosiva.
Estamos en el aeropuerto de Barcelona esperando impacientes el avión de Delhi. Cuando veo a Kewal, Gina, me entran ganas de llorar. Me hace tanta ilusión que haya vuelto, lo he echado tanto de menos, y los niños también. Nos abrazamos formando una piña, y tú en el medio.
Estamos a dos pasos de la Semana Santa y por primera vez tenemos un plan de vacaciones que no consiste en quedarnos en casa. Vamos con los niños al Pallars, al refugio de Cuberes, un paraíso aislado de naturaleza y algún ciervo en la sierra de Boumort, regentado admirablemente por Gabi, Anna y sus tres hijos. Un lugar excepcional al que nunca habríamos ido contigo, Gina, porque hay una hora de pista forestal y ningún hospital cerca. Pero ahora sí podemos ir, contigo, Gina, en tu urna blanca.
Y en una sierra que escala al cielo azul dejamos también una pequeña parte de tus cenizas grises. Ahora ya lo tenemos claro. Te iremos liberando poco a poco y te haremos llegar donde tú no pudiste ir. Y donde haya belleza, estarás tú.
«Tramuntàrem la carena, lentament sense dir res, si la lluna féu el ple, també el féu la nostra pena»,[19] escribió Pere Quart.
Y en lo alto de la montaña,
a un paso de los Pirineos,
guarnecemos la tierra con tus cenizas,
veo de nuevo la luz de la que saliste,
y me fuiste dada por once años
y doy las gracias,
y ahora te devuelvo a la luz
y experimento bienestar.
Dijo san Agustín que la felicidad consiste en coger con alegría lo que la vida nos da y en soltar con la misma alegría lo que la vida nos quita. Dice el psicólogo Joan Garriga en su libro La llave de la buena vida que una parte de nuestro sufrimiento procede de no saber soltar. Dice Garriga: «No siempre es posible hacerlo con alegría, pero al menos es necesario hacerlo para volver a sentir esa alegría. Al soltar algo que perdimos, sentimos que se nos arranca una parte de nuestra identidad o de nuestra narrativa vital, de lo que parece que somos, lo cual genera zozobra y resistencia, pero también oportunidades de libertad, de madurez y de futuro».[20]
Así es, amigo Joan Garriga. Así lo hemos experimentado.
Aprendemos de las propias circunstancias, pero también de la sabia experiencia de los que nos han precedido, como Elisabeth Kübler-Ross, médica, psiquiatra e investigadora.
Encuentro un librito de homenaje a Elisabeth Kübler-Ross que explica de dónde viene la metáfora que solía utilizar —sobre todo para hablar con niños— para explicar la muerte: como un gusano que se libera del cuerpo y se transforma en mariposa, el espíritu. La metáfora procede de su experiencia en un campo de concentración cuando solo tenía diecinueve años. Kübler-Ross se dio cuenta de que en todos los barracones de madera los niños habían grabado mariposas con las uñas. Y reflexionó: «¿Por qué mariposas? Ellos sabían mucho más que yo. Sabían intuitivamente que pronto serían libres y se convertirían en mariposas. En homenaje a todos los niños de los campos de concentración utilizaré esta metáfora».
Kübler-Ross escribió: «Los niños lo saben todo, cuando el envoltorio, el cuerpo, está estropeado y ya no puede vivir, libera a la mariposa. Este es el auténtico ser interior».
Buen viaje, hija.
Vuela, vuela, mariposa.
Nos volveremos a encontrar.
Nunca nos abandonaremos.