7. ¿Sabes adónde vamos después de morir?
Mi ser verdadero no es la conciencia del yo, sino algo que no nace y no muere.
¿Existe la muerte?
WILLIGIS JÄGER
He hablado con una mujer que tiene tres hijos y ha publicado tres libros sobre espiritualidad. Se llama Alicia, es licenciada en Derecho y hace canalizaciones. Me ha contado qué es eso: recibir la información de los guías espirituales, seres de luz que están en otro plano. Antes me habría parecido esotérico. Ahora sé, estoy convencida de ello, que tú eras y eres energía, luz, y que quizá cuando muramos todos lo acabaremos siendo. La canalizadora me ha contado, desde su perspectiva, qué pasa cuando nos morimos. Gina, tú me dirás si es verdad. Dice que cuando nos morimos nuestro guía espiritual recibe nuestra alma. A continuación, si lo he entendido bien, se revisa si queda algo pendiente, por ejemplo si se ha hecho daño a alguien, que no creo que sea tu caso. Y entonces el alma se puede encarnar de nuevo en otro cuerpo. La verdad es que me gustaría que te reencarnaras en un cuerpo que te permitiera hacer todo aquello que no has podido hacer en esta vida, y sobre todo que no sufrieras, o solo un poquito —no sé no sé si es viable la vida sin ningún malestar—.
Otra opción, según la canalizadora, es que la persona se convierta —eso sí, temporalmente— en un guía espiritual. Y si lo hace puede ser útil a alguien de la familia o a un ser cercano que necesite ayuda. Cuando cierro los ojos, percibo que estás en paz y tranquila. Y ella dice que quizá podrías ser mi guía espiritual. Pero yo diría que no te necesito como tal. Tu fuerza ya la tengo, forma parte de mí, cuando respiro, cuando pienso, cuando nado.
La canalizadora me ha sugerido que me comunique contigo, que te sienta y que entonces hable contigo con normalidad. Me he dormido con este pensamiento y al despertar he entendido que todavía no tenemos que sacar de casa lo que queda de tus cenizas. Siento que esto me lo has dicho tú, ¿es así? Kewal dice que ha soñado que tú lo ayudabas, le decías ven, y le dabas tu apoyo.
La canalizadora me habla de la muerte y de la trascendencia sin embudos, como se hace en otras culturas. Me explica Kewal que en la India cuando alguien se muere se hace una fiesta. Dice que toda la familia y amigos y vecinos no se apartan de los que pasan el duelo hasta que ven que tienen suficientes fuerzas para tirar adelante. Y las personas más cercanas al difunto lloran tanto como necesitan, tal y como dice la tradición. Y me cuenta que las mujeres incluso se dan golpes para llorar con más fuerza y sacar así toda la rabia de dentro. La muerte se hace visible, se colectiviza, se comparte. Dice Kewal que en su país, después de la muerte de alguien —una vez pasado el duelo—, en su casa hay mucha paz y serenidad porque se ha sacado todo.
Ya veremos qué pasará en nuestra casa con el tiempo, Gina.
En nuestro país callamos la muerte. No sabemos cómo hacerle frente, y esto no nos permite sacar lo que sentimos. Kewal argumenta que no tenemos tiempo de expresar nuestros sentimientos porque vivimos en una sociedad individualista y trabajamos como máquinas. Debe de ser así como nos ve.
Aquí, en la mayoría de los casos, después de la muerte pasamos página asimismo borramos los recuerdos de los muertos para que no nos contaminen; y miramos a los que no lo hacen como si fueran seres extraños. Sí, después de la muerte de un ser querido hay que seguir adelante, pero sin olvidar, e incorporar la muerte a nuestro bagaje, pues nos habla de la relevancia de la vida y de la propia muerte.
Recuerdo que cuando tenía dieciocho años murió mi abuelo de Benamejí, el precioso pueblo blanco de Córdoba donde nació mi padre. Pasamos toda la noche velándolo. El abuelo estaba en su habitación, estirado en la cama, y el resto de la casa estaba lleno de gente. Bueno, de hecho, las mujeres estaban en una casa y los hombres en otra, de unos vecinos o unos parientes. Pasamos toda la noche hablando sentadas en mesas camilla con brasero. Hacía años que no veía a la mayoría de la familia y, como siempre, utilizamos la oportunidad del entierro para reencontrarnos y compartir. Lo que recuerdo de aquella noche es que al principio sí hablamos de la muerte, pero el resto del tiempo se habló de hijos, de anécdotas, se contaron chistes. Fue un canto a la vida a los pies de la muerte porque el difunto estaba de cuerpo presente. Me gustó, fue muy enriquecedor. Era una cosa impensable en Cataluña.
Kewal me cuenta que en la India pequeños y mayores ven y viven la muerte como algo natural. Dice que los niños saltan al lado de los muertos y que lo más normal del mundo es que todo el mundo se reúna alrededor del difunto. Yo tengo que reconocer que cuando te moriste no hice que tus hermanos vinieran a verte, Gina. Quería que te recordaran viva. Yo también soy fruto de esta sociedad que no sabe cómo lidiar con la muerte.
En la India no se ruborizan como nosotros delante de un cuerpo sin vida, sino que acometen los rituales propios de la ocasión. Por ejemplo, antes de quemarlo dan unos golpes con un palo de madera en la cabeza del muerto para que el alma deje el cuerpo si es que todavía está ahí. Yo creo que contigo no hacía falta hacerlo, Gina, porque la energía abandonó tu cuerpo en el momento de la muerte. Me explica Kewal que acto seguido se cubre la persona con madera, y el ser más querido o el que está más entero enciende la pira crematoria. Y las cenizas se lanzan al río. Para ellos, sería un sacrilegio tenerlas en casa como hemos hecho nosotros.
Creo que no habría sido capaz de verte ardiendo, Gina. Prefiero no haberlo visto. Quizá si un día lo veo en la India, no me parecerá tan extraño.
He vuelto al acupuntor y otra vez tenía estancada la energía del corazón. Con unas agujas finísimas, esta vez sí se ha desbloqueado. Por lo menos esto es lo que me ha dicho el médico. Mientras tenía clavadas las agujas sentía cómo el nudo del estómago crecía y luego poco a poco se disolvía, aunque no del todo. Estoy un poco mejor. Recomiendo con los ojos cerrados ir al acupuntor cuando se siente un dolor agudo como el que yo siento y he sentido. Me explica el buen amigo acupuntor que lo que él hace es acupuntura japonesa, ni china, y que quizá por esta razón casi no he notado el pinchazo de las agujas.
Sigo buscando respuestas. He mantenido una conversación que ha sido un regalo con Anji Carmelo, doctora en metafísica y especialista en el duelo. He sentido que le podía abrir mi corazón y contarle cómo me sentía. Ella perdió a su pareja hace cuatro años. «El nacimiento de todo el mundo es muy similar, la muerte también», me dice. Hablar ayuda a entender. Me cuenta que los niños tienen una gran capacidad para entender y aceptar la muerte porque ellos viven conectados a la vida. En cambio, nosotros, a causa del miedo, vivimos desconectados de la vida. Me explica también que cuando nos relacionamos establecemos campos energéticos comunes en los que hay intercambio de información. Y aunque la otra persona marche lejos, tan lejos como la muerte, esta información permanece en nosotros. Me explica que en su caso se ha descubierto haciendo cosas de su pareja que antes le disgustaba hacer. Sería como incorporar en nosotros una parte —a través de la información y la energía— de la persona muerta. Somos un poco el otro. Y el otro se ha quedado con un pedazo de nosotros. Me parece muy interesente y también bonito. Dice que a veces incluso se escucha pronunciando frases propias de su pareja. De todos modos, las dos hemos coincidido en que, en este proceso precioso, nos falta alguna cosa que todavía no hemos experimentado. Ella dice que no ha conseguido soñar más con su pareja. Yo solo te he soñado muriendo, muerta o bien con las cenizas.
Más allá, en tu nueva existencia, todavía no nos hemos encontrado en sueños.
Me da la impresión de que todavía queda algo.
Sigo investigando sobre ti,
sobre mí,
sobre nosotras.
La vida a veces me parece incomprensible sin ti. La muerte tiene una cosa buena —seguramente tiene varias—: pone las cosas en su sitio y ayuda a mostrar la verdadera esencia y el valor de las cosas y de las personas. Me explicó Anji que la dimensión pública de la muerte hace que afloren algunas cosas inesperadas. No obstante, ella piensa que la causa no es el óbito en sí, sino la dimensión social de la muerte, la que hace que nos tengamos que posicionar y mostrar. Según ella, lo único que muestra la muerte es la bondad de las personas. Quizá tenga razón.
Solo la posibilidad de la muerte ya nos coloca en una nueva perspectiva. Ayer por la noche miré una película india interesante, como todas las que me propone Kewal, que me ayudan a conocer y querer este país extraordinario. En la película salía una chica joven que sufría esclerosis múltiple y a quien no le quedaba mucho tiempo de vida. Un joven periodista enamorado de ella le pedía que se casaran y ella respondía: «¿Tú sabes que yo solo tengo 419 días de vida y que luego me iré muy lejos?». Y el chico decía: «Pues este año y medio lo viviremos cada día como si fuera el último».
Y en otra conversación la chica le decía: «Quiero bailar muy deprisa, quiero cantar. Solo quiero pedir tres días, sin la silla de ruedas, sin la enfermedad y sin las medicinas».
¿Te imaginas, Gina, que nos hubieran concedido tres días a nosotros también sin la enfermedad, sin la silla de ruedas y sin medicamentos? ¿Te lo imaginas? Si lo pienso se me llena el pecho de aire y creo que podríamos haber dado un par de vueltas a la Tierra con tanta salud. O no hace falta, también podríamos haber hecho cosas muy sencillas, con normalidad. Pero si me lo imagino lo que más me duele es pensar qué podría pasar el cuarto día, cuando volviéramos a caer en las manos del síndrome de Rett, al cochecito, a las crisis, a las apneas y al cóctel de medicinas.
La imagen de aquella chica tumbada en la cama con oxígeno, medio inconsciente, y luego muerta, y a continuación la de su cremación me removieron por dentro y me provocaron el llanto con toda la virulencia del dolor. Y rememoré de nuevo los últimos días de tu vida.
El día anterior me pasó lo mismo con el corto Cuerdas, premiado en los Goya. Una vocecita me decía «no lo mires», pero al final lo miré, y ostras. El niño, la silla, María, las cuerdas, el juego, y el baile juntos. Me acordé otra vez de nuestros bailes, durante los cuales tú eras la criatura más feliz del mundo y el amor nos envolvía en cada giro. Y después —como pasa en el corto— la muerte y la ausencia de alguien que solo hablaba con el corazón, el lenguaje más auténtico del mundo. Y esta falta de ti cuesta mucho de digerir.
Hay cosas absurdas que también cuestan de entender. Ahora te reirás, Gina. Esta semana nos han concedido una beca comedor para ti. La primera beca que nos conceden y tú ya estás muerta. Luchamos toda la vida por la farmacia gratuita y no la conseguimos. Se ve que con la muerte hemos tenido más suerte. Tenemos que llamar a la escuela Esclat para avisarles de que nos la han concedido.
Me siento muy agradecida a la escuela Esclat porque entendieron y acogieron el punto en el que nos encontrábamos con una gran humanidad y también profesionalidad. Tú lo sabes bien, Gina. En estas escuelas —Nexe, Guimbarda y Esclat son las que más hemos conocido— no solo educan a los niños, los quieren, y ayudan a que la familia los reconozca, los valore y los descubra. Siempre se lo digo, la suya es una vocación grandísima que la sociedad no reconoce lo bastante. En estas escuelas hacen una cosa fundamental: ayudarnos a vivir con nuestros hijos de otro planeta con normalidad. Gracias a todos los que habéis querido y cuidado a Gina. Y, sobre todo, gracias, Mila, por haber sido para Gina como una segunda madre. También nuestro agradecimiento a todos los que la llevasteis cada día a la escuela en la furgoneta y la acompañasteis a pesar de sus supercrisis. Para todos vosotros nuestro amor eterno, ¿verdad, Gina? El amor es una energía que no se destruye, perdura en las personas y quizá también en los paisajes.
Estamos en El Prat, en el mirador de los aviones. Necesitaba ver verde, campo, tierra. De la tierra venimos y a la pútrida tierra volveremos. Estamos en un caminito. A la derecha hay cañas y un canal que desemboca en el mar, y a la izquierda hay campos. Abro los brazos y le digo a Jan, que se ha quedado detrás, que venga. Él también abre los brazos y se pone a correr hacia mí. Lo observo con los brazos en cruz, y entonces te veo a ti también corriendo a su lado. Tus cabellos son rubios y rizados, como cuando eras más pequeña. Te veo delgada, frugal, casi volátil, a su lado; le acompañas. Si cae, estoy convencida de que le ayudarás a levantarse. Cuando lleguéis a mi lado, abrazaré a Jan, sabes que lo haré. Y al hacerlo tú desaparecerás hecha brisa, hecha mar, hecha colores del paisaje. Lloro por dentro, lloro por fuera. Camino y lloro. Hoy tengo un día de verter lágrimas.
Cuando tú estabas viva, yo sentía que nuestra familia estaba completa y cerré el capítulo de los hijos. Desde que moriste vuelvo a sentir que nuestra familia está incompleta. Sé que eres insustituible, pero no estás. En mi cabeza asoma de nuevo el deseo de tener un hijo. Pero se han abierto otros proyectos que también me apetecen mucho, y no sé si será compatible. Le cuento a Kewal lo que siento mientras tomamos el camino hacia El Prat y me contesta que quizá te podrías reencarnar en la nueva criatura y entonces te volveríamos a tener. ¿Dónde tengo que firmar para que esto sea una realidad? Ahora sí que me gusta esto de la reencarnación. Te podrías reencarnar en un cuerpo sano y volveríamos a estar juntas, ¿verdad, bonita?
Cuando regresamos a casa tengo ganas de recogimiento. Cojo un libro que leí hace muchos años, Martes con mi viejo profesor, de Mitch Albom, que cuenta la vida de un hombre afectado de esclerosis lateral amiotrófica (ELA), un testimonio sobre la vida, la amistad y el amor. Recuerdo que cuando lo leí por primera vez me impactó mucho. Ahora que la vida me ha estallado en plena cara, lo leo como una bella historia de despedida, ¿verdad, Gina? El proceso de la muerte ya no me da miedo. De hecho, últimamente cuando escucho que alguien tiene una enfermedad terminal el corazón me dice: «Tienes que ir a verlo. Dile que no tenga miedo, que si no tiene miedo, el sufrimiento no será tan intenso. Dile que la muerte solo es un tránsito hacia otra destinación».
Me siento como una especie de embajadora de la muerte con un mensaje por divulgar, y con una colección de reflexiones, que pueden ser acertadas o no; lo cierto es que la cabeza me hierve. En Europa, en Occidente hemos hecho —en mi opinión— un culto excesivo a la juventud y a la vida longeva. La mayoría querrían triunfar cuanto más jóvenes mejor, y se quiere evitar el envejecimiento a toda costa. Si un niño empieza pronto a lo que sea —caminar, hablar, leer—, estamos contentos, y si va con retraso, nos preocupamos. Tenemos prisa, pero no queremos dejar de ser jóvenes, y nos resistimos a crecer, a ponernos enfermos y morir. Nos tenemos que salvar de la muerte a cualquier precio. Ignoramos la muerte. Vivimos en una cultura muy individualista —que potencia la identidad del individuo—, y estamos convencidos de que cuando morimos se acaba todo aquello que somos. Nosotros —en general— no creemos en la trascendencia o en la reencarnación —como otras culturas o religiones—, y esto hace que se pueda pensar que la muerte es la aniquilación absoluta.
La muerte nos horroriza, sobre todo la de los niños, porque la encontramos antinatural. Pero hace cien años los niños morían durante el parto o durante la infancia con mucha facilidad, y era lo normal. Gracias al progreso técnico creemos que esto ya lo tenemos controlado, hasta el punto de sacralizar la infancia. Un niño no se puede morir, pero en la vida real sí hay niños que mueren. Y cuando se muere un niño se hunden nuestras expectativas, muere un proyecto y se considera un fracaso rotundo para la familia, para la medicina y para la sociedad en conjunto. Pero ¿es un fracaso o simplemente una posibilidad?
En la naturaleza también mueren cachorros. No sé, Gina, si los animales lloran a los hijos de la misma manera. ¿Lloran los animales? ¿Están tristes? ¿Sienten la ausencia? ¿Existe un cielo y un infierno para los animales? ¿Tienen alma los animales? ¿Existen fantasmas de animales? Me cuenta Kewal que cuando en la India muere el hijo de una vaca, la madre puede llorar durante una semana y busca a su hijo como una loca en los sitios donde solía estar, y no come; y si la vaca despierta a media noche, llora de un modo tan desolador que pone la piel de gallina. Dice que en su pueblo se respeta mucho a la vaca que ha perdido a un hijo: la dejan unos días a su aire y ni tan siquiera le sacan la leche hasta que se repone de su pena.
Kewal me enseña un vídeo muy visto en Internet en el que unos leones persiguen a una manada de búfalos y atrapan a uno pequeño, mientras el resto escapa. Al cabo de un rato los búfalos del rebaño vuelven y salvan al cachorro empujando a los leones, en teoría mucho más feroces. Pero es que la fuerza por salvar a las crías es muy poderosa en la mayoría de las especies. Es evidente que los animales tienen instinto de protección, pero quizá no entienden la muerte como el final de la vida. Y si no la entienden, ¿la sienten?, ¿la sufren? ¿Es el sufrimiento una capacidad exclusiva de la vida humana? ¿Y de la conciencia? ¿Agudiza el dolor de la muerte ser conscientes de que moriremos? Y Gina, ¿tú qué sentías? ¿Sabías que te tenías que morir? ¿Estabas angustiada? O simplemente viviste la muerte como un agotamiento de la energía de tu cuerpo?
Entender la muerte nos puede ayudar —en tanto que sociedad— a perderle el miedo. Dice la experta en el duelo Anji Carmelo que la muerte «desde el cuerpo espiritual no es ausencia. El vínculo que tenemos con la persona que queremos nunca se rompe. Pero esta es una realidad no visible ni racional. Por tanto, necesitamos fe, sabiduría, confianza, para elevarnos por encima de lo que podemos ver y tocar y acceder a la auténtica verdad: que nuestro ser querido está más vivo que nunca, más con nosotros que cuando estaba físicamente. Ahora ya no necesita su cuerpo y se ha liberado de los obstáculos del tiempo y del espacio, liberándonos también».
Esta comprensión me reconcilia, en parte, con tu muerte, Gina, pero a pesar de ello la pena circula y me quema por dentro como si fuera la lava de un volcán que se resiste a salir al exterior. Hay días en los que solo hace falta que alguien me toque ligeramente, como una brisa suave, para que se desate el torrente de lágrimas que tengo dentro de mí. Sigo llorando cada día un poco. Tengo los ojos ligeramente hinchados por la acumulación de minutos llorados.
Días después de tu muerte, Gina, Claudia nos dijo que durante el primer año de tu muerte cada día y cada fecha señalada serían la primera vez sin ti, y que esto nos dolería. Es exactamente así.
Mañana es Carnaval, uf. El año pasado fui a veros a los tres disfrazados. Este año no me siento con ánimos de ir a ningún sitio, no me apetece la fiesta. ¿Te acuerdas de los carnavales de la escuela Ítaca, Gina? Entre los niños normales salíais a la pista la flor y nata de Esclat, con las imaginativas y preciosas coreografías a las que nos teníais acostumbrados. Cada año cuando te veía en medio de la pista haciendo filigranas con la silla de ruedas lloraba emocionada y tenía ganas de decir a todo el mundo «esa es mi hija». Este año no verte sería insoportable. En la escuela nos han invitado, pero sé que me daría un hartón de llorar. Lo siento, Gina.
Enseguida después de levantarme le he dicho a Pol que este año me ofende la alegría del Carnaval, y que no creo que vaya a la fiesta de su escuela ni a la de Jan. Mientras hablaba con él, he vertido unas lágrimas, y sus ojos se han enrojecido y me ha abrazado. Le he dicho a Pol: «Lo entiendes, ¿verdad?», y me ha contestado «no te preocupes, las madres de los otros niños de la escuela se ocuparán de mí».
Es absolutamente cierto. En este largo camino, siempre hemos tenido a padres y a madres a nuestro lado que han acogido a Pol en los momentos más difíciles. Gracias, amigos y amigas. Estos padres y madres ayudaron a sus hijos a estar en el tanatorio, al lado de Pol y de Jan, para darte la mejor despedida, con la alegría y la vida de los niños, que también te quisieron. Los amigos de Pol lo han entendido, lo han acompañado y animado. Toda la escuela Lavínia lo ha hecho, no solo ahora, siempre y en cada ingreso hospitalario, o promoviendo la recaudación de dinero para investigar tu enfermedad en Sant Joan de Déu.
Recuerdo que cuando era pequeña —yo también iba a la escuela Lavínia— murió el padre de un niño de la clase de un ataque al corazón. Nos impactó mucho y no podíamos hablar de otra cosa. Éramos pequeños para entender bien qué había pasado, pero la inquietud nos pinchó a todos. La cuestión era sencilla: «¿Y si hubiera sido nuestro padre el que se hubiera muerto sin previo aviso y no hubiéramos podido despedirnos?». Una madre de la clase de Pol perdió así a su marido hace pocos años y todavía siente el dolor de no haberse podido despedir del marido. Para ella es difícil dibujar una nueva vida.
La muerte nos remueve desde los cimientos porque cuestiona, porque ya no queda nada sagrado por defender a ultranza, y todo se puede reinventar. A menudo, la proximidad de la muerte provoca una cierta selección de las relaciones humanas: algunas persisten e incluso se fortalecen; otras otras se diluyen. Mueren y nacen relaciones en un juego de duelos que te acompañan como un seguicio de la muerte.
También hay momentos de absoluta introspección. He pasado un par de días sin ganas de hablar y pocas ganas de escribir. Estaba enfadada. A menudo tengo la impresión de que nadie puede entender el dolor que siento por tu ausencia o simplemente no lo quiero compartir. Busco espacios para estar a solas contigo, pero el fragor de la vida, de la familia y del trabajo no me lo permiten. Me falta abrazarte, olerte y compartir contigo aquellos pequeños momentos nuestros de afecto.
Estaba muy cabreada, y antes de ser antipática con los demás, me he puesto a limpiar para transformar, en algo positivo, la energía negativa que sentía. A veces miramos en la dirección contraria de donde está la respuesta y tenemos que movernos para cambiar el punto de vista. Dice un proverbio chino: «Si tienes un problema, haz volar una cometa», cambia la perspectiva.