2. La despedida
«¿Qué puede ser más natural que ver a personas llorando en un entierro? Es bueno llorar de tristeza. Conmueve ver a la gente que quería a la persona difunta, todos juntos, expresando con su presencia y con sus lloros el sentimiento de pérdida que todos comparten.»
M’agrada la família que m’ha tocat.[3]
CARME THIÓ DE POL
Después de la muerte llegó el ataúd de madera de pino, el más económico, porque tanto da si se tiene que quemar, y no ver tu cuerpo nunca más.
Después llegaron las visitas, muchas palabras de consuelo y la fiesta de despedida, porque lo vivimos como una fiesta de despedida, ¿verdad, Gina? Alguien podría pensar que estamos locas por hacer una fiesta, pero los que estuvieron pueden corroborar que fue una ceremonia luminosa. Fue la fiesta que te prometí mientras morías. Sublime. Primero sonó «Noia de porcellana» de Pau Riba, en recuerdo de tu querido Jesús, el director de Esclat, que ahora ya está contigo y que te cantaba al oído esta canción. Cuando él murió, supe que tú no tardarías en seguirlo. A continuación, oficiamos una especie de ceremonia improvisada y emotiva, con otra banda sonora: tu canción, la que escribió Jorge Drexler y que interpretó con un corazón gigante Santiso, ya lo conoces (y que encontraréis al final del libro por si la queréis cantar). Recuerdo el modo en que miré como embrujada a los ojos a todos y cada uno de los asistentes para no olvidar nunca ese momento. Y acto seguido me dejé llevar por una especie de serenidad que se emanaba de tu muerte e hice, y dije, todo lo que me salió del corazón. Seguro que tú te reías allá arriba.
Y entonces se te llevaron para incinerarte, no a ti, a tu cuerpo. No he entendido nunca qué sentido tiene que te vistan de una manera especial para quemarte, pero para ti quizá sí era importante llegar guapa al otro mundo. Pol nos preguntó si te dolería que te quemáramos. Nos pusimos a reír y le respondimos que si estás muerto, nada te puede hacer daño.
Al día siguiente ya tenía tus cenizas en mis brazos dentro de una urna blanca. Cuando el operario de turno me la dio, me vinieron lágrimas a los ojos, suerte que Pol estaba conmigo. Kewal todavía ahora se pregunta cómo todo un cuerpo y un ataúd pueden quedar reducidos a una bolsita de cenizas: quizá porque en su país queman a las personas con mucha madera y se forma mucha más ceniza.
Recuerdo aquellos primeros días. Cada vez que Pol me veía llorar, decía «papagi, mamá llora, ¿qué podemos hacer?», y corrían a abrazarme con Jan.
Cogimos tus cenizas y nos fuimos al Montseny, a pesar del aviso de lluvias y de frío, a hacer un pícnic. Tú sabes bien que contigo no podíamos salir de excursión a la montaña, y menos cuando hacía frío. Casi nunca había llevado a Pol y a Jan de excursión, pero no es culpa tuya. Hay cosas que hace años fuimos dejando de hacer, como esta; pero no pienses que lo he vivido mal, lo hice con gusto, porque quería estar a tu lado. Bien visto, yo no lo vivía mal, los niños, quizá sí.
Aquel día gélido caminamos y caminamos hasta un lago y nos hicimos fotos con tus cenizas. Nos las pasábamos de mano en mano y hablábamos de ti como si todavía estuvieras con nosotros. No teníamos claro aún qué queríamos hacer con tus cenizas, lanzamos unas pocas en el Montseny y el resto nos lo llevamos a casa. Fue un paseo muy agradable y, aunque triste, muy placentero.
A partir de aquel día la tristeza lo tiñó todo, como el paisaje de invierno de tierra gris y marronosa del Montseny, y me ponía a llorar de golpe y casi por cualquier cosa. Me despertaba cada mañana con la noticia de tu muerte, como si me la volvieran a dar cada día. «Gina está muerta». Sentía vértigo y un nudo en el estómago al darme cuenta de que era verdad. Era como una pesadilla que se repetía cada mañana; como la película del día de la marmota (Atrapado en el tiempo), en la que la historia recomienza cada vez que suena el despertador. No teníamos ánimos ni para levantarnos, ni para ir a trabajar, ni para vivir; nos sentíamos desorientados, desanimados y confundidos.
Es curioso, porque con los años nos habíamos acostumbrado a trabajar y seguir con las actividades rutinarias en cualquier circunstancia. Lo seguíamos haciendo contigo enferma en casa, contigo en el hospital, contigo en la UCI. La gente se sorprendía, y yo les decía: «Puedes parar un tiempo corto, pero cuando tu vida es así, tienes que aprender a vivir con esto y normalizarlo tanto como sea posible». Así, casi nunca paramos la actividad, pasara lo que pasara, tú seguías adelante y nosotros también.
Y así fue hasta un par de días antes de tu muerte. Entonces nos dimos cuenta de que no podíamos continuar, que era demasiado lo que nos caería encima, y que nos teníamos que concentrar totalmente en lo que estaba sucediendo. Y después de la muerte, uf, éramos incapaces de organizarnos. En mi caso, esto se traducía en que tenía en la cabeza la idea de que si salía a la calle no sabría qué dirección tomar. Me acordé de Pep Guardiola, que explicó al dejar el Barça que lo había dado todo y que se sentía vacío. Nos habíamos ido vaciando durante todos estos años, y ahora ni tan siquiera sabía quién era o qué quería hacer con el resto de mi vida. Lo único que me consolaba era pensar que cuando estás vacío estás preparado para volverte a llenar, e imaginaba que algún día podría volver a sentirme llena. Aún ahora siento que tengo que seguir explicando lo que hemos vivido en los últimos meses y años.
En los primeros días, una de las ideas que me resonaba con más fuerza en la cabeza era «necesito conectar con Gina», como si fuera vital para sobrevivir y simplemente tuviera que encontrar el cable adecuado para hacerlo posible. Quizás era que sentía el efecto cordón umbilical. Mientras tanto, seguramente tú ya hacías camino para desconectar de nosotros, después del estrés de los últimos días. Pero yo una vez más te reclamaba. Tenía la obsesión de volver a comunicarme contigo, con tu fuerza, tu energía, y pensaba que si no lo conseguía, me volvería loca o me moriría de tristeza. ¿Quién tiene la fuerza, tú o yo, Gina? ¿Quién tiene la vitalidad que yo tenía y ahora no tengo? ¿Dónde está mi fortaleza? Contigo siempre he buscado inspiración y energía. Y ahora también he buscado en ti respuestas. «¿Qué quieres que haga a partir de ahora?».
Pero de la muerte no regresa nadie. Silencio. No me respondiste.
Al cabo de poco me di cuenta de que quizá te estaba pidiendo demasiado, y que ahora no es esto lo que quieres ni puedes hacer. Te has liberado de tu cuerpo enfermo, y tu esencia debe de estar en algún sitio entre el mundo tangible y el intangible —haciendo su proceso—, y yo ya no tengo derecho a pedirte que nos ayudes. Debemos aprender a caminar por nosotros mismos. ¿Quién es la maestra, hija? ¿Tú o yo? Tenemos que dejar que te vayas otra vez, y hacerlo con alegría para honrar tu manera de hacer y la bondad de tu corazón.
Para nosotros se abren nuevos caminos, lo sé. La cabeza me dice que tendríamos que sentirnos libres de culpa, también lo sé, pero no es fácil. Los dos primeros días la culpa me pesaba y me sentía mal cuando me daba cuenta de que se nos había aligerado la vida, y a la vez pensaba que el precio de este alivio era demasiado alto: tu muerte. Pero nosotros no la hemos escogido, no la hemos provocado. Siempre hemos estado a tu lado, te hemos querido y hemos luchado por ti, hija, hasta el último aliento, y esto nos hace sentir satisfechos.
Estoy convencida de que podré volver a sonreír, a sentir placer, a soñar, sin ti. Ahora puedo retomar el hilo de todo aquello que he ido aplazando, como cuidar de mí misma o poner atención y cariño en Jan, en Pol y en Kewal, que ha sido nuestro pilar en estos últimos años a tu lado.
¿Recuerdas cuántas veces papagi se levantó en medio de la noche para ir a tu lado y hacerte dormir entre sus brazos? Y cuando las crisis y la ansiedad no te dejaban dormir, ¿cuántas veces pasó la noche en blanco a tu lado velándote sin perder la paciencia? ¿Cuántas veces te cargó a ti y a tu cochecito en una auténtica carrera de obstáculos? Incluso te llevó empujando la silla de ruedas un día hasta Montserrat. Todavía ahora me parece asombroso que lo consiguiera. ¿Cuántas veces subió a horas intempestivas corriendo o en bicicleta hasta Sant Joan de Déu? —entonces no tenía carné de conducir—. Se necesitan buenas piernas para ir al hospital en bicicleta porque la subida es pronunciada. ¿Cuántas veces corrió por ti ante una urgencia, te arrancó una sonrisa con solo mirarte o me transmitió a mí el aplomo necesario para tirar adelante? ¿Cuántas? Es más, estoy absolutamente convencida de que a Kewal lo convocaste tú cuando te diste cuenta de que no durarías muchos años. No querías dejarme sola. No nos querías dejar solos a mí y a Pol, y de regalo llegó Jan, que te ha querido en sus dos años y medio con veneración. Gracias, hija.
Hoy hace una semana que moriste, el tiempo nos ha pasado volando. Hoy hemos quemado romero para purificar el aire de casa de emociones tóxicas —tal y como dice nuestra amiga Marina—, y hemos estado limpiando y organizando. La casa estaba sucia, desordenada, abandonada, gris, triste, de duelo. Otra vez estamos intentando tomar las riendas de la casa, pero no sé si lo conseguiremos. Estoy un poco animada, decidida a cuidarme y a sentirme un poco mejor y, si lo consigo, ofrecértelo como regalo. Tengo muy claro que nos querrías ver bien. Si hace unos días ver un retrato tuyo era un pinchazo doloroso, ahora me contagias tu entusiasmo. Quizás es cierto que tu fuerza ya la tenemos dentro, y que tú solo nos hacías de espejo.
Después de todo lo que hemos experimentado en los últimos días, estoy convencida de que se puede hablar de la muerte desde otra perspectiva. Tal y como lo hacemos en nuestra sociedad, la muerte genera sufrimiento y se aleja del ciclo natural de la vida y de la muerte. ¿Por qué nos aferramos de este modo a la vida? ¿Porque no tenemos nada más conocido, seguramente, porque no sabemos qué hay más allá o porque tenemos un concepto materialista de la vida? Yo sé que lo que tú nos has mostrado, Gina, es la punta de un iceberg.
A tu lado, transitando hacia la muerte, experimenté una lucidez extrema: sabía lo que debía hacer y cómo lo debía hacer. No me sentía angustiada, estaba serena y sabía lo que pasaría hasta el último minuto, y ya me parecía bien. ¿Podemos trasladar esta lucidez al hecho de vivir? ¿Al día a día? Nunca jamás había tenido tanta presencia de espíritu. Es como si en aquel momento hubiera estado conectada con aquel todo, la unidad, que he leído tantas veces en los libros sagrados, y que afirma también la física cuántica. Y cuando formas parte de la unidad todo es posible, y todo está bien, y puedes fluir con cada circunstancia aceptando lo que venga —sea bueno o malo— con una actitud amorosa e incluso una sonrisa que celebre cada instante. Cuando recuerdo lo que sentí, mi cuerpo se ensancha para tomar aire. Una de las claves es respirar esta serenidad, porque respirando sientes y te conectas con el todo. No fue una experiencia mística con luces y auras: fue como entender que la muerte es absolutamente normal; es y basta.
Otra de las enseñanzas de estos días tiene relación con el miedo. Cuando no tienes miedo, todo está bien y casi nada te puede herir, o te duele menos. Sin embargo, cuando experimentas el temor, estás indefenso. Cuando no tienes miedo tienes una lucidez extraordinaria, sabes lo que debes hacer como si un orden natural te guiara para actuar. Lo experimenté en la mañana de tu muerte y durante la ceremonia de despedida. En ese estado no hace falta pensar, ni tan siquiera llorar. Pero cuando escuchamos las voces del pensamiento, los miedos, las dudas, el qué dirán, o valoramos si lo estamos haciendo bien o mal, entonces estamos vendidos. Y es así porque no podemos escuchar la verdadera naturaleza de cada momento. Vivimos desconectados del origen, del cuerpo físico y de nosotros mismos la mayor parte de la vida. Una de las claves está en respirar y sentirnos en coherencia. Y siento que esto es lo que me ha llevado a experimentar la paz que a veces he descubierto en los últimos días. En ese estado excepcional ni tan siquiera la muerte te puede doler, porque ella también está bien, y desde esta perspectiva puedes ser invencible.
Me da la impresión de que la muerte puede ser una maestra. Mirarla con naturalidad nos abre las puertas a la inmortalidad, porque nos hace falta un cuerpo para seguir existiendo. No sé si he perdido el juicio, no es místico, es real, y es lo que experimento.
Tú, Gina, ya debes saber de qué hablo, a estas alturas. Quizá fuiste tú quien me contó todo esto pocas horas antes de morir, cuando yo estaba a tu lado cogiéndote de las manos y me dormí. Justo al despertar, sentí que había entendido la naturaleza de tu muerte. Entenderlo es fundamental porque nos libera del miedo. Poco a poco. Gina, busco respuestas. Sabía que tus últimas enseñanzas serían imporantes. Gracias, bonita.
Lo difícil es trasladar esta paz y esta fuerza a la vida cotidiana. A veces lo consigo; otras me dejo arrastrar por la tragedia de la muerte, por el aferramiento. En lugar de celebrar la alegría de haber compartido la vida contigo, siento el dolor de la ausencia. No paré de olerte mientras morías, los xeiros brasileños que hacen las madres a los hijos, o entre parejas, que se huelen. Y mi pituitaria todavía retiene tu olor.
Estoy a punto de dormirme. «Deixa’m venir amb tu», déjame ir contigo, como dice la canción de Serrat «Menuda», y que tan bien canta Sílvia Pérez Cruz. Solo esta noche, déjame ir contigo para darte el último beso.
Me despierto desorientada un día y con regusto de desolación. No sé qué puedo hacer con el espacio de tiempo que ahora se ha abierto en nuestras vidas. Contemplo más que nunca a Jan, y sobre todo a Pol, porque tú sabes muy bien, Gina, que cuando era pequeño no pude dedicarle bastante tiempo. Tantas cosas que antes quería hacer pero no podía, y ahora no sé por dónde empezar. ¿Clases de yoga? ¿Dedicarme más a la profesión? ¿Escribir un libro? De hecho, es lo que estoy haciendo, no porque quiera, sino porque o bien escribo o bien exploto, ya me conoces. Con el libro Criaturas de otro planeta me pasó lo mismo. Fue diferente El meu amor sikh; un placer que no me lo podía guardar para mí sola; tenía que escribir aquella historia de amor tan bella que habíamos vivido, ¿verdad, Gina?
Volvemos al presente. Tu hermano pequeño tiene fiebre, nos han llamado de la guardería cuando estábamos en la escuela para darles tus cosas, para que tengan una nueva vida. Me dolía ver tu silla en casa sin ti. Me pasó como la primera vez que te ingresaron en la UCI de madrugada y me enviaron a casa con tus pertenencias encima de tu silla vacía. Ahora prefiero que otros niños disfruten de tus objetos.
Jan tiene fiebre, qué pereza. Hace solo ocho días dejamos atrás las jeringuillas, los analgésicos, los antibióticos, la morfina. Acabamos de retirar tu arsenal de medicinas y ahora Jan tiene fiebre. Estamos saturados de administrar medicamentos, siempre, cada día, cada hora. Estoy agotada de hacer de enfermera o de médico —un sueño que tenía de pequeña, como también ser astronauta o arquitecta—. Dice Kewal, con su gran y necesario sentido del humor, que solo necesito el título porque en los últimos años la doctora de Gina he sido yo misma. Él afirma que, dijeran lo que dijeran los médicos, yo seguía mis propias teorías y que los convencía de lo que era necesario hacer contigo. Quizá sí que las madres y los padres hacemos un auténtico máster de medicina con hijos como tú; Kewal también con los años se ha convertido en todo un experto. La razón es que, en el camino, aprendemos de los médicos y de las enfermeras profesionales. Gracias, sabios.
Pero ahora no puedo, me veo incapaz de administrarle nada a Jan, ni de enfrentarme a esta pequeña fiebre. Ahora no puedo. Soy incapaz. Sé que él también tiene derecho a estar enfermo, pobrecito, pero, ¿no podría haber esperado un poco? Jan tiene fiebre, 38,2ºC y muchos mocos. Vamos a buscar a Jan a la guardería y Kewal es el que le da la medicina. Yo no puedo ni tocar las jeringuillas.
Tú empezaste un domingo con 38ºC; el lunes estabas a 40,6ºC y al cabo de tres días, el jueves, moriste invadida y colapsada por los mocos. Fue todo tan de prisa... Solo cinco días para morir.
Hay cosas que no me puedo sacar de la cabeza. Por ejemplo, que ya no tenemos que preparar ni presentar —una vez más— los papeles de la solicitud de la farmacia gratuita. La Administración ha llegado tarde para ayudarte a tener una vida más fácil. Y aun así de vez en cuando siento como si lo tuviéramos pendiente y no lo pudiera borrar de la agenda mental. Estamos tan acostumbrados a tus rutinas de baños, pañales, sondas... Todavía no he tenido el coraje para tocar tu ropa; no la quiero dar ni lavar, pues te huelo a través de ella. Todo es muy contradictorio, sé que nos quieres ver contentos porque la vida sigue, pero a veces tengo arranques de lágrimas y tengo que parar y ponerme a llorar.