NO HAY NADIE EN CASA

Los salvajes tienen arco y flechas

Ferrocarril pueblo ciudad.

Que viva el país entero

Que viva el trabajo ya.

Estoy en el banco. Espero que la persona que tengo delante termine sus asuntos en la ventanilla. Al cabo de un rato llega mi turno. Me acerco y un joven empleado detrás de la ventanilla me dice bruscamente…

—Usted no tiene número…

Me vuelvo hacia atrás. No veo a nadie.

—¡Si no hay nadie! No necesito número.

—Primero coja un número —repite el joven fríamente.

—¡Si no hay nadie esperando!

—Sin número no puedo atenderla —repite con voz gélida.

—El número sirve que para nadie se cuele en la fila. Y en este momento no hay nadie más que usted y yo…

El joven me observa con mirada de reptil. Sus pupilas son rígidas, es un soldado que defiende el sistema: la negociación ni se contempla.

La esencia de toda cotidianidad comunista —por lo menos en lo que respecta a la gente corriente— no residía en la carencia de democracia, en la restricción de libertades políticas, religiosas, sexuales u otras, ni en el miedo ante la invisible cara del totalitarismo o al contrario ante las largas colas visibles y las tiendas semivacías, sino en la humillación constante, diaria, de la simple razón humana. La pesadilla comunista consistía en la repetición de la humillación del individuo humano en las situaciones cotidianas, en la inextricable mística de prohibiciones, en la imposibilidad del diálogo y mediación, en el persistente golpeteo de la cabeza contra el muro ciego del absurdo. Porque la vida diaria no se vivía, sino que se ejercía. La gente se parecía a corredores sudorosos que marchan por la vida llevando encima una carga que pesa dos veces más que ellos. Nada, pero absolutamente nada iba, sobre ruedas, nada se podía hacer sin trabas ni dificultades: la puerta estaba casi siempre cerrada. Los tableros con mensajes Vyhodnoj den’ (Día libre), Zakryto na remont (Cerrado por obras) o simplemente Zakryto (Cerrado) eran parte inseparable del paisaje cotidiano comunista, mientras la paranoia y la profunda sensación de absurdo una parte inseparable del otro paisaje, el interior[23].

Sin embargo, la escena descrita al principio no ocurrió en la Moscú soviética, sino en una filial del banco holandés más poderoso de Ámsterdam, en junio de 2005. Y, dicho sea de paso, no se trata de un incidente aislado: cosas similares suceden cada vez más a menudo. Numertje, numerito, es una de las palabras holandesas más frecuentes. El pequeño aparato que expulsa un papelito con un número cuando se le pulsa un botón, espera al visitante en el banco, en correos, en la oficina de hacienda, en la de extranjería, en algunas tiendas, a menudo en el consultorio médico, y casi en todas las administraciones. La persona que posee experiencia en ambos sistemas, el capitalista y el comunista, se pregunta si acaso la vital cotidianidad comunista —expulsada de los países en los que gobernó durante varias décadas— no se ha colado ilegalmente en Occidente. Pues ¿qué ocurrió después de la caída del Muro? El libre flujo. Y ya que es así, entonces es lógica la suposición de que el flujo no es unidireccional, que no va sólo desde el Oeste al Este, ¿no es cierto?

En lo que respecta a la dirección Oeste-Este, los nostálgicos capitalistas, los derechistas con sueldos humildes y jubilaciones inciertas, la caterva de capitalistas sin derechos a los que les gustaría evocar de nuevo el sabor fresco del capitalismo, todos emigran al Este, a los países poscomunistas. Dicen que el epicentro del capitalismo en este momento está en China, pero los occidentales corrientes no tienen dinero para llegar tan lejos, y además por qué hacerlo: al alcance de su mano tienen los McDonald’s de Europa central y oriental frescos y recién construidos. La cotidianidad capitalista y sus símbolos emigran, por lo tanto, al Este. En el este europeo, en Polonia, Hungría, Croacia, el occidental de bajo presupuesto puede permitirse recuperar por un instante la dignidad de su ser individual oprimido. Un belga, un austriaco y un alemán pueden, por ejemplo, permitirse un corte de pelo realizado por un peluquero poscomunista excepcional. Jura, Jacek o Zsusza no sólo mantienen sus peluquerías abiertas hasta las nueve de la noche, sino que están dispuestos a acudir completamente equipados a la habitación del hotel, si fuera necesario. Los cansados defensores occidentales del capitalismo descubren en los antiguos países comunistas las maravillas de los servicios perfectos: pedicuros, peluqueros, dentistas, modistas, fisioterapeutas, médicos, y finalmente los servicios sexuales. La corrección de la nariz, la eliminación de las bolsas grasientas alrededor de los ojos, los implantes dentales, las prótesis y puentes de porcelana, las liposucciones, los masajes, los by-pass, los abortos, las eficaces operaciones de cálculo biliar y gota, todo esto y muchas más cosas se hacen en las clínicas privadas poscomunistas más barato y más rápido que en las occidentales. Y ellos, los poscomunistas, son amables y serviles, dominan bastante bien los idiomas extranjeros. La comida local es sana, variada y económica, los taxis cuestan mucho menos, los precios de hotel son asequibles. Y todo, o al menos así se ve desde la perspectiva turística, funciona como «un reloj suizo», el símbolo de puntualidad y eficacia capitalista. Sí, el aire en las zonas poscomunistas es saludable: huele a dinero fresco y a un futuro capitalista seguro.

A diferencia del de las zonas poscomunistas, el aire en las capitalistas occidentales se ha vuelto pesado y electrizado, como si anunciara una tormenta. Los ciudadanos están nerviosos, pisan al otro aunque nadie los haya pisado antes, muerden al otro aunque nadie los haya mordido antes. Ni ellos mismos saben por qué lo hacen: viven en sociedades socialmente sensibles, organizadas, democráticas, tolerantes, tienen garantizados todos los derechos. Quizá están un poco apretados, y parece que ya nada funciona como debería. Se espera más que antes a los autobuses, los tranvías no son puntuales, y ya no es seguro que el viajero llegue de Utrecht a Ámsterdam el mismo día. Los servicios públicos se vuelven demasiadas veces caóticos. La burocracia es dura y vaga, como en todas partes, pero aquí es además olvidadiza. El más simple certificado cuesta tanto esfuerzo, recorrer tantos despachos y tanto tiempo que una persona normal desiste. Los vendedores se han vuelto brutos, y la compra de la cosa más normal se puede convertir en una pesadilla. El pequeño hombre occidental, que ha construido durante años su autoestima ciudadana viendo documentales sobre los rusos que pasan todo el día esperando en la cola de los plátanos, de repente se da cuenta de que él también consume sus días llamando sin éxito a distintos servicios: la televisión pública (le han cobrado por tercera vez en la cuenta bancaria el canon anual y no consigue que le reembolsen el dinero); hacienda (le han aplicado unos impuestos que doblan sus ingresos anuales); la tienda de electrodomésticos (hace meses que no envían el nuevo televisor, que él había pagado como es debido y devuelto, porque no funcionaba); el hospital (hace varios meses que han extraviado su diagnóstico y no consiguen encontrarlo); el banco (allí se produjo también un error, y hace meses que paga unos intereses desorbitados por demora); el colegio (se han negado a matricular a su hijo sin darle ninguna explicación). Y cuando, siguiendo obedientemente las instrucciones del contestador automático, por fin consigue el número pedido, allí le aguarda un mensaje gélido: Al onze medewerkers zijn op dit moment in gesprek (Todos nuestros operadores están ocupados en este momento). El mensaje es claro: toda la gente en este mundo trabaja, sólo él malgasta su tiempo persiguiendo su minuto de justicia. Y el único recurso que le queda —aparte de los caros abogados o el suicidio— es un gesto personal terrorista (¡para darse también él un capricho!): le hará una mala pasada a otro, con gusto pisará a alguien en el tranvía, asustará a un peatón montando en bicicleta, clavará el codo en las costillas de algún paseante, demorará la expedición del permiso de alguien que lo necesita urgentemente, depositará su basura en la puerta de un vecino, aplastará el intermitente de un coche ajeno…

Un día en junio de 2005 necesité los servicios de un fotógrafo. Ámsterdam es una ciudad turística y existen muchos estudios fotográficos. Dos o tres que conocía de antes estaban haciendo reformas (Zakryto na remont!). No obstante, encontré uno que trabajaba. En la tienda estaban dos ingleses, obviamente turistas. La dependienta les había vendido una cosa equivocada, y ahora les devolvía con pocas ganas el dinero. Los ingleses se fueron y yo esperaba. La dependienta, ignorándome, estaba ocupada recogiendo: metía enérgicamente montones de papel en una bolsa de basura. Y por fin alzó la vista…

—Y usted, ¿a qué está esperando?

—¿Y a usted por qué le parece que estoy aquí y espero?

La vendedora entornó los ojos, un espasmo de indignación recorrió su cara (contestando su pregunta con otra había insultado su inteligencia).

—¡Salga de mi tienda!

La escena descrita no es típica, es más bien una excepción, pero las situaciones que demuestran la falta de amabilidad y la preocupante disminución de la competencia profesional van en aumento. Había sido víctima casual de un gesto terrorista personal de una dependienta amsterdamesa: la mujer, nerviosa, había descargado conmigo su furia. Al salir de la tienda rebobiné en mi cabeza una serie de flashbacks que pertenecían a otros tiempos y lugares. En realidad, no eran flashbacks, eran reflejos condicionados: empezaba a salivar en cuanto oía la campanita cuyo sonido conocía demasiado bien. El insulto de la repentina y absurda humillación emergió a la superficie, el legible psicograma de la cotidianidad comunista.

La liberación del hombre sucedió precisamente así como lo prometía durante años a sus fieles el comunismo. Existe una mayoría, los entusiastas, gente que sin cuestionarlo participa en todo, y una insignificante minoría, los escépticos, gente que se resiste. Los entusiastas —que tienen la suerte de vivir hoy día un presente que a otros durante años les fue prometido como el «futuro luminoso»— viajan con vuelos baratos a todos los destinos, atascan los aeropuertos, arrastran tras de sí a sus mocosos, se abren camino a codazos en los museos, galerías y exposiciones, se apiñan en la Capilla Sixtina, emitiendo sonidos colectivos de asombro, corren por los MOMA americanos y europeos con la misma energía con que recorren los supermercados, se amontonan y trepan por el Himalaya, bucean en el Caribe, bajan en kayak por el Dniéper, circulan por los caminos transitados, abren otros nuevos, compran sin criterio, admiran a sus dioses y diosas mediáticas, se reproducen, abonan regularmente sus cuotas del seguro funerario y mueren.

Los escépticos bajan el tempo y poco a poco se «desenganchan»: se jubilan a los cuarenta, se dan de baja de todo a lo que estaban abonados, desenchufan los teléfonos y la televisión por cable, cierran las cuentas bancarias, destruyen las tarjetas de crédito, se desconectan, compran sólo lo imprescindible, y además en efectivo, se mudan de las direcciones registradas a otras desconocidas. En estas direcciones aspiran a vivir «más humanamente», más o menos igual a como se vivía en los países comunistas en los años sesenta: visitan al mismo tipo de gente, beben interminables cafés, charlan con los vecinos, confeccionan su propia ropa, hacen jerséis de punto para ellos y sus hijos, elaboran confituras de frambuesa (cultivadas en su propio jardín), intercambian recetas, juegan con los niños, invierten su tiempo cuidadosamente y con plena conciencia de que están invirtiendo el capital de sus pequeñas vidas. Mientras los primeros, los entusiastas, son adoradores del mercado y de su ideología, los segundos son «desertores del frente laboral», silenciosos defensores del movimiento antimercado.

Hoy día el capitalismo ha penetrado profundamente en el comunismo. El pensamiento de que el trabajo ha creado al hombre es hondamente comunista. El hombre de hoy realmente es «dueño de su cuerpo» y «su propio operario»: todo lo hace él mismo, no explota a otros. Los servicios que antaño hacían otros para él, el hombre moderno los hace solo. Los billetes los compra solo: en la pantalla del ordenador elige el destino y el mejor precio, transfiere dinero de su cuenta a la cuenta de la agencia de viajes, el check-in en el aeropuerto lo hace él mismo. A través de la red puede comprar todo, «desde una aguja hasta una locomotora». En los grandes centros comerciales —que han sido ideados como lugares de socialización— hoy día es difícil encontrar un vendedor: el comprador elige su ropa solo, a la salida lo espera una cajera, e incluso esto lo percibe como un mal de comunicación inevitable. En Estados Unidos existen ordenadores médicos callejeros parecidos a los cajeros de los bancos. Si a una persona que pasa por allí le empieza a doler la cabeza, puede apretar un botón y recibir las primeras informaciones sobre su dolencia. Es muy probable que en el futuro desaparezcan servicios más complejos: es fácil imaginarse a un hombre que llega al hospital, se mete en el escáner, lee los resultados y con apoyo de instrucciones por ordenador se opera a sí mismo. Por supuesto, si todo funciona como es debido, si los ordenadores no fallan globalmente.

Y sobre cómo era antes el mundo laboral y de intercambio de trabajo el interesado se podrá informar en los museos. Allí, en el museo de cultura industrial, por ejemplo, podrá conectarse a una play station, apretar un botón, bajar a una galería minera, agarrar un pico minero virtual, picar las capas virtuales del carbón y sentir cómo le chorrea el sudor virtual por la espalda. Y cuando se haya hartado de todo, apretará otro botón, levantará una revolución virtual y derrocará a los odiosos exploradores. Y luego, todavía por unos instantes en la mina, reflexionará sobre el hecho de que los exploradores de antaño tuvieran una cara, un nombre y apellido, e inevitablemente se preguntará qué ocurre con los actuales. Los actuales son invisibles y quizá por ello a todo el mundo le parece que no existen. ¿Existirán realmente? ¿Existen las clases? ¿Y a qué clase pertenece él? ¿Quiénes son sus enemigos? ¿Y qué pasa con los amigos, dónde están? ¿Es posible que se haya quedado solo en este mundo?

Dicen que Groenlandia se ha convertido en los últimos años en un destino turístico muy popular. Gente con los nervios a flor de piel y los bolsillos bien llenos va allí a observar los glaciares. Muy, muy despacio, seguidos por las miradas maravilladas de los observadores en la penumbra, desfilan los enormes glaciares, centellean mágicamente, con un brillo azul lechoso, flotan como merengue en unas natillas. Conteniendo la respiración, la gente contempla los bloques de hielo. El aire es punzante, cubierto de un sinnúmero de grandes estrellas. Y en algún lugar, allí entre los astros, el contestador automático del Todopoderoso rebobina un mensaje muy antiguo: All our operators are currently busy… Al onze medewerkers zijn op dit moment in gesprek… Tutti i nostri operatori sono momentaneamente occupati… Todos nuestros operadores están ocupados en estos momentos… Nygdo neni domu… Nobody’s home… No hay nadie en casa…

Junio de 2005