USA NAILS

Se puede ser un hombre activo y pensar en el cuidado de las uñas al mismo tiempo. ¡Para qué discutir con nuestro siglo inútilmente!

La costumbre es déspota entre los hombres[5].

Eugenio Oneguin, A. S. PUSHKIN

Sí, es verdad, ya nada es como era. No puedo decir con seguridad cuándo empezaron a aparecer los vietnamitas. Si después del 11 de septiembre o inmediatamente antes. Sólo sé que dos años atrás no había. Pero cuando la primavera pasada visité Nueva York, o más exactamente la Segunda Avenida y la calle Setenta y seis, donde siempre paro, advertí enseguida que el paisaje había cambiado. La Segunda Avenida se había llenado de letreros NAILS, y no era la única. Nueva York parecía por momentos haber salido de la novela Las doce sillas, de Ilf & Petrov, que empieza con el comentario de que en la ciudad de provincias N. había tantas peluquerías y tantas funerarias que el visitante tenía la sensación de que sus habitantes nacían sólo para afeitarse, cortarse el pelo, refrescarse la cabeza con loción y morir enseguida. Desde no hace mucho a los neoyorquinos les ha dado por mimar sus uñas, tanto las de las manos como las de los pies. Los neoyorquinos se han lanzado en masa to do their nails. Y los encargados de hacerlo son los vietnamitas.

Puesto que soy de los que piensan que la información más rápida sobre las tendencias políticas locales y globales se obtiene en las peluquerías, taxis y lugares parecidos, lo primero que hice fue acercarme a la peluquería más próxima. Ya nada más sentarme en la silla comprendí que todos los que trabajaban allí eran rusos. Toda la Segunda Avenida —y una calle puede ofrecer una visión del mundo absolutamente legítima— estaba salpimentada por salones de belleza rusos. La ciudad N. se había trasladado a Nueva York, al menos en lo que a las peluquerías se refería. La institución de las barberías y peluquerías —cuyo papel indirecto en la historia política de esa parte del mundo que se corta el pelo y afeita con regularidad nadie ha destacado hasta ahora— se había degradado definitivamente. A todas luces pocos hablaban allí de política. Y en lo que al ruso concierne, hacía ya tiempo que había salido de los guetos neoyorquinos y se había mudado de Brighton Beach a la Quinta Avenida. De ello tuve oportunidad de convencerme durante un paseo matutino, cuando de los lujosos edificios que daban a Central Park salían porteros uniformados que hablaban en ruso y se detenían limusinas largas y brillantes cuyos chóferes también hablaban en ruso.

En efecto, ya nada es como antes. En un taxi, un conductor malhumorado de grandes bigotes y espesas cejas me preguntó adonde íbamos con el tono con que habría preguntado adonde se dirigía este mundo en general, y no yo en concreto. La chapa con su nombre revelaba un mensaje inequívoco: Ahmed Muhamedanov.

—¿De dónde es usted? —preguntó él.

—De la antigua Yugoslavia —dije.

—¿Se da cuenta de lo que nos están haciendo, la madre que los parió a todos?

Enseguida me enteré de a quiénes se refería con aquel «la madre que los parió», y qué era lo que nos estaban haciendo. Alabó a Milošević. Abominó del Tribunal de La Haya, que no tenía ni idea de lo que estaba sucediendo en el mundo. Milošević eran un gran hombre, el primero que había empezado la lucha contra el fundamentalismo islámico. Porque ellos, los musulmanes, la madre que los parió, ponen en tela de juicio nuestra civilización cristiana.

—Pero usted es musulmán, ¿no? —dije, clavando la vista en la chapa con el nombre del conductor.

—¿Yo? ¡Dios no lo quiera!

—¿Y qué es?

—Judío.

—¿De dónde?

—De Uzbekistán.

Aunque soy una usuaria apasionada de los taxis, nunca había oído nada parecido en Nueva York. De manera que Ahmed Muhamedanov era un ejemplo solitario del apoyo a Milošević, ese «precursor» de la lucha contra el terrorismo islámico. Es cierto que no he encontrado a muchos serbios americanos. Salvo a las amables vendedoras de los grandes almacenes Saks Fifth Avenue, que suelen ser rusas y, mira por dónde, belgradenses.

A cambio, siempre me topo con bosniacos que entretanto se han convertido en americanos. Conocí a una joven bosniaca que trabaja en Wall Street como corredora de bolsa.

Not a big deal —me dijo.

Hay más gente de la antigua Yugoslavia allí. También conocí a Edin, un joven pintor que se había convertido en decorador de interiores.

—Sólo acepto pisos en Park Avenue —me dijo.

En Manchester, en New Hampshire, conocí a Bego, un refugiado que antes de llegar a Estados Unidos había pasado un tiempo en un campo de concentración serbio para musulmanes.

—No sabía que había volado a Estados Unidos. Creía que era el Manchester de Inglaterra —me dijo.

Hacía siete años que había salido como refugiado y ya había encontrado trabajo, comprado una casa, casado a su hija, enviado a su hijo al colegio y arreglado el jardín. En ese jardín tiene un estanque con peces de colores y un pabellón de estilo oriental. En la celebración de su cumpleaños, a la que yo también asistí, Bego, en el jardín iluminado por la luna, bailó un inspirado sirtaki. Sus vecinos americanos creen que es griego, porque se parece un poco a Anthony Quinn y por ese sirtaki con el que Bego termina triunfalmente todas sus celebraciones domésticas. De Bosnia ya ni se acuerda. Aquí, en los Estados Unidos, están todos los «suyos», la familia, los parientes, los amigos.

Sí, parece que ya nada es como antes. Sin embargo, ¿qué relación guardan rusos, uzbekos, bosniacos y el sirtaki griego con los vietnamitas? Ninguna. O la misma que los neoyorquinos con la espera en las colas. Las filas que encontré la primavera pasada en Nueva York me recordaban por su longitud a las que había visto por última vez en Moscú, veinte o más años atrás, delante de la tienda Jadran, que vendía productos yugoslavos, desde pesados sofás hasta zapatos de charol. Vi cola delante de la Neue Galerie, en el Upper East Side. Los neoyorquinos esperaban para probar la célebre tarta Sacher, hojear una edición americana de Freud, Broch, Musil, y contemplar los cuadros de Egon Schiele y Oskar Kokoschka. He visto colas inconcebiblemente largas delante del MOMA para la exposición de Gerhard Richter. Los alemanes orientales podían languidecer en largas filas para comprar detergente. Y como si tuvieran que pagar una deuda, los neoyorquinos hoy aguantan pacientemente en colas más largas aún para ver los cuadros de un antiguo alemán del Este.

Aunque ya nada es como antes, Nueva York es una ciudad tan a medida del hombre como «obscena», gracias a Dios. Soy de esas que aman Nueva York con un amor incondicional: desde los homeless que envueltos en harapos sucios duermen en cajas de cartón, hasta las blusas transparentes de Zoran, que cuestan varios miles de dólares y cubren suavemente los hombros de las privilegiadas que las llevan. Dicho sea de paso, Zoran es un compatriota who really made it. Zoran es el que ha inscrito «nuestro nombre» en el mapa mundano de la «obscenidad».

Por lo demás, el término obsceno lo usó una conocida feminista británica que en uno de sus textos escribía horrorizada de la «obscenidad» de Nueva York y se emocionaba con la modestia y sensibilidad social de Toronto. A diferencia de esa conocida feminista británica, aunque a decir verdad a mí nadie me ha preguntado, yo adoro la obscenidad neoyorquina. Esa clase de obscenidad me excita y no hiere la dignidad de mi bajo poder adquisitivo. En las escenas neoyorquinas de mi cabeza nunca se han mezclado los que hurgan en los contenedores de basura con los que beben té de a cien dólares la bolsita. La obscenidad es educativa como realización de una fantasía social. El diminuto bolso de piel cuyo precio alcanza varios miles de dólares y se expone en el escaparate de una tienda de Madison Avenue, es la confrontación con la existencia de otros mundos sociales. Y, en cualquier caso, más que la «obscenidad» neoyorquina me preocupa la hipocresía, la falsa modestia y la retórica cortina de humo sobre el derecho de todos los hombres a la igualdad en este mundo.

Sin embargo, ¿hay relación entre la obscenidad y las uñas y los vietnamitas? La hay. En las fantasías de los pobres sólo los ricos pagan para que alguien les arregle las uñas. En las fantasías de los pobres sólo los ricos tienen tiempo, y el tiempo, ya se sabe, es un lujo. Y así hemos llegado por fin a las uñas, la unidad humana de valor más pequeña. En mi idioma materno, para comparar a una persona con otra se dice: él vale menos que la uña del dedo meñique de ella. En las religiones antiguas de muchos pueblos, las uñas y el pelo son las partes más místicas (sólo las uñas y el cabello crecen durante un tiempo después de muerto el hombre), las que representaban el mayor tabú del cuerpo humano. Poseer un mechón de pelo de alguien, algunas uñas cortadas y un poco de cera basta para tener un poder absoluto sobre esa persona. Por lo demás, no hace falta remitirnos a los rituales de las tribus (que según parece conocían el ADN); algunos de nosotros recordamos todavía a los chicos de provincias de los años sesenta y la moda de llevar larga la uña del dedo meñique, un sustituto visible del pene invisible.

Si Nueva York es el centro del mundo, y yo, como provinciana de Europa del Este, no dudo que lo es, entonces desde ese centro puede decirse que las uñas viven su boom absoluto. De esta «uñamanía» neoyorquina también sacan su pequeño provecho los estudiantes de las academias de arte. «Aunque no soy religiosa, me he especializado en Vírgenes», declara a un periódico neoyorquino una estudiante de pintura que se gana un dinero pintando Vírgenes, cada una diferente, en las uñas de sus clientes.

La iniciación en esta nueva tendencia la experimenté en un salón de manicura de la Segunda Avenida. El dueño, un vietnamita, me esperaba con una amable sonrisa, y sus colaboradoras me sentaron en un cómodo sillón de piel. Una se ofreció a masajear mi cansado cuello, otra se dedicó a las uñas de mis manos y de mis pies. Abra, abra, me preguntaba la tercera. Abra, abra, insistía la vietnamita, y luego con gestos me explicó que Abra eran las cejas. Por diez dólares más podía depilarme las cejas. No acepté. La entonación de su oferta me sonaba un tanto pornográfica. Estaban a punto de cerrar, era la única clienta en el local. Me entretenía mirando cómo el dueño vietnamita instruía a una joven mexicana de dedos regordetes en el arte de la manicura. El vietnamita era delicado y paciente, primero él le pintó las uñas, mostrándole cómo se pasaba el pincel por la superficie. Luego extendió la mano pidiéndole a ella que le enseñara lo que había aprendido. Era una escena perfecta. Iluminados por la luz de la calle, el maestro y la alumna que se pintaban las uñas el uno al otro componían una escena digna de Vermeer.

Era la escena del contacto entre representantes de dos mundos alejados, entre vietnamitas y mexicanos, en la Segunda Avenida de Nueva York. Dos personas se ofrecían la una a la otra las puntas de los dedos, tocándose como dos extraterrestres. Se me ocurrió que la gente, de manera obstinada e imparable, taladra pequeños pasos por toda la esfera terrestre. Pensé en cómo las personas emigran, se trasvasan de un lugar a otro como arena, cómo se presentan de repente en otro lugar cual mensajeros misteriosos, disfrazados de propagandistas de habilidades insignificantes y en apariencia absurdas como es la pedicura. Yo, una balcánica holandesa, una mexicana, varios vietnamitas, todos al final de una jornada neoyorquina, nos encontramos en un misterioso proyecto cuyo sentido no entendemos. Se me ocurrió también que el mundo se regulaba de algún modo por sí mismo y que existía una vida paralela que en apariencia no tenía ninguna relación con las ideologías ni con los sistemas ideológicos. El salón de belleza en ese momento me pareció mucho más importante que el Pentágono. Era un templo barato para un consuelo barato, asequible para los neoyorquinos, turistas, emigrantes, visitantes ocasionales. Era un lugar de simbólica reconciliación global. Porque me vino a la mente que los ciudadanos americanos dejan en los salones de manicura surgidos en los últimos tiempos decenas de kilos de sus uñas y unos cuantos kilos de sus cejas. Me vino a la mente que se las dejan a los vietnamitas. Según las antiguas creencias, los vietnamitas, si lo desearan, podrían tener a los estadounidenses en sus manos para siempre. Porque los maoríes, los wirajuri australianos, los mani y los yumbe de África occidental, los tahitianos, los habitantes de las islas Salomón, los antiguos incas, los patagonios, los makololo surafricanos y muchos otros pueblos prestan gran atención al lugar en el que esconderán sus uñas y cabellos para que no caigan en manos enemigas. En otras palabras, los americanos dejan voluntariamente su cabeza en el tajo; mientras que los vietnamitas, en lugar de dedicarse a corregir «las injusticias históricas», masajean amables las nucas, manos y pies cansados de los que apenas cuarenta años atrás les causaron grandes desgracias, además de hacerse desgraciados a sí mismos.

Así que quizá los vietnamitas disfrazados de pedicuros en realidad son portadores de un mensaje muy importante. Quizá los vietnamitas nos invitan a mostrar un poco de comprensión por el otro participante en la cadena histórica del trauma entre los colonizadores y los colonizados, los explotadores y los explotados, los poderosos y sus víctimas. Quizá los vietnamitas nos quieren hacer saber que toda la sabiduría consiste en que ahora se masajea el cuello del «poderoso» y se le cortan las uñas. Es posible leer de este modo el mapa global del mundo. Porque si hace un año el mundo entero se abalanzó para leer la simbología del ataque terrorista en Estados Unidos, legalizando así mediante la interpretación simbólica el acto criminal y la respuesta americana a esa acción, entonces yo también tengo derecho a leer la simbología global desde un ángulo completamente opuesto, desde el punto de vista conciliador, «hedonista», del salón de belleza.

Dicho sea de paso, no hace mucho estaba en un centro comercial de Ámsterdam, en Ostordpplein. Y lo primero que vi fue un nuevo local con la inscripción USA NAILS. Eché un vistazo. Una vietnamita me esperaba con un fogoso y seductor mantra: Enkbra, enkbra… Sabía perfectamente lo que me estaba diciendo. Nee wenkbrauwen, aleen, nagelen, farfullé en un holandés igualmente malo. Dejo para aquellos que tengan ganas la interpretación de esta insólita migración global. En lo que a mí se refiere, planeo ir la próxima semana a probar los servicios de los USA NAILS vietnamitas en Ámsterdam. Pero en lo que a las uñas respecta…

Cut them on Monday, you cut them for health,

Cut them on Tuesday, you cut them for wealth,

Cut them on Wednesday, you cut them for news,

Cut them on Thursday, a new pair of shoes,

Cut them on Friday, you cut them for sorrow,

Cut them on Saturday, you see your true love tomorrow,

Cut them on Sunday, your safety seek,

The devil will have you the rest of the week.

Septiembre de 2002