GEOPOLÍTICA LITERARIA
Un escritor sin su pueblo es como mierda bajo lluvia.
JONAS PSHIBILIAUSKIENE-KRIKSHCHIUNAS
Zeus, padre de todos los dioses, sonríe estos días benévolamente observando las actividades de su Europa, su favorita. No se puede decir que ella haya traicionado sus expectativas, porque no las tenía. Cuando la abandonó, le dejó con galantería sin igual unos regalos que cualquier mujer desearía: una jabalina que nunca erraba el blanco y valiosas joyas.
Después de utilizar a su admirador como el más rápido medio de transporte para alcanzar regiones geográficamente más propicias y bellas, y al término del jolgorio erótico con el animal cornudo del que también parió hijos, Europa se casó contenta y complacida con el joven local Asterión. El único dato que se puede encontrar en el currículum vitae del pobre Asterión es que se casó con la amante de Zeus y adoptó a sus tres hijos ilegítimos. Con el talento nato de saber manejar a dioses, animales y hombres, y luego también el pequeño pero significativo capital que recibió como indemnización por eventuales daños morales, Europa continuó viviendo a todo tren. Aquel primer viaje sobre la espalda de Zeus despertó en ella apetitos geográficos, por lo que siguió descubriendo nuevos países y continentes. A muchos los colonizó, pero finalmente también los descolonizó. Así aumentaba su fortuna. Inventó muchas cosas. Se reservó el absoluto copyright sobre muchos conceptos como son la democracia, el humanismo, el arte, la literatura y la filosofía. También fue agresiva, riñó muchas batallas y perfeccionó el arte de la exterminación. Hace unas décadas llevó a cabo el crimen más grande y terrible en la historia de la humanidad, asesinando a unos seis millones de judíos, lo que, por supuesto, no le supone un impedimento para desempeñar el papel de árbitro moral siempre que sea necesario.
Hoy día Europa, como buena y sabia patrona, une a sus países, pese a que hace poco suspendió la asignatura de la unificación. La que apenas se esforzó para evitar la desintegración de Yugoslavia y la guerra, hoy masculla palabras como «postnational units» y «postnational constellations». La que ni se dio cuenta de la desaparición de los «yugoslavos» (y se trataba de una minoría «mezclada» indiferente a las cuestiones étnicas que vivía en la antigua Yugoslavia y era más numerosa que los nacionalmente concienciados eslovenos), hoy exige como condición principal para entrar en sus filas un estricto respeto a los derechos de las minorías.
Quién sabe, quizá precisamente por eso hoy una de las herramientas ideológicas más importantes de la unificación europea es la cultura. Al igual que cada pequeña localidad en los antiguos países comunistas tenía su «Casa de la Cultura», así el gran mapa europeo de la unificación está cubierto por una red de «casas de cultura» virtuales y reales. Y la cultura puede ser un paquete regalo turístico-educativo, cuyo contenido se compone de un poco de historia, un poco de folclore y uno o dos versos; puede servir como identity help-kit; como turbio punto de autorrespeto y respeto mutuo; como campo libre para la inscripción y lectura de significados. La cultura puede ser comprendida como forma de vida, whether of Berbers or barbers, como señala con inteligencia Terry Eagleton, como una cadena histórico-cultural desde Séneca hasta Seinfeld, como antítesis de la barbarie, como símbolo del romanticismo, como forma de manipulación y supremacía, como simple producto de marketing o sinónimo de la palabra identidad nacional. La palabra cultura cuadra perfectamente en el diccionario del nuevo lenguaje administrativo de la Unión Europea. Porque en ese diccionario las palabras más frecuentes son justo las más turbias, como fluidity, mobility, fusion…
En este sentido neoeuropeo, la cultura debería ser tradicional, nacional y cosmopolita, todo, por supuesto, en una medida racional y equilibrada. La cultura debería promover sus particularidades, pero al mismo tiempo permanecer abierta, y por descontado la cultura debería abrir fronteras al mismo tiempo que consolidar estereotipos. Cada turista termina su visita a los Países Bajos comprando unos pequeños zuecos, un pequeño molino y bulbos de tulipán. Y a pesar de que el tulipán es producto de la imaginación floral turca, y a pesar de que los zuecos son un calzado propio de la población rural a lo largo de la fangosa Europa septentrional, y a pesar de que los molinos giran también en Don Quijote, nada de esto quebrará la firme decisión del visitante de llevarse de su viaje algo «holandés». Y los vendedores de los recuerdos los apoyan. Ellos saben muy bien que cualquiera que intente hacer el mercado de estereotipos menos estereotipado acabará en bancarrota.
La cultura es, por lo tanto, la representación de algo. El arte es también representación de algo. En esta fusión conceptual, la más habitual de todas, la cultura está ligada al concepto del «arte» que se comprende de una manera muy amplia. En lo que al arte se refiere, en su rica historia cultural Europa instauró el mecenazgo, una fructífera conexión de arte y dinero, que generó tanto una edad de oro como el canon cultural europeo. Además, Europa ha experimentado el matrimonio del arte y la ideología, etapa ésta en la que, como dice Walter Benjamin, «a la estetización de la política que obra el fascismo, el comunismo responde con la politización del arte». Europa ha experimentado también distintos cánones estéticos, conceptos y periodos artísticos: ha vivido largas etapas de una elevada cultura elitista, y luego el tiempo de la «reproducción mecánica» y de la eliminación del aura del arte, para encontrarse ante una completa maraña de conceptos, pero dentro de una dinámica en la que se mezclan la democratización del arte y el dictado del mercado, una fuerte dominación de la cultura de masas, generalmente americana, y en relación con esto también la geopolitización de la cultura, seguida de los restos de los conceptos culturales tradicionalistas y su politización. Dentro de toda esta maraña existe la necesidad que tiene Europa de rearticular y redefinir esta cultura suya, usando como pegamento ideológico precisamente la cultura.
A primera vista parece que no existen razones para preocuparse. Porque un paseo rápido por internet nos muestra que la Europa actual está conectada por una potente red de cientos de autopistas, carreteras y caminos, cientos de fondos y fundaciones, organizaciones paraguas, organizaciones no gubernamentales, networks, servicios culturales y oficinas virtuales, cuya única misión es facilitar un tráfico cultural sin trabas. Innumerables gestores, «officers», «abogados» e intermediarios culturales se ocupan de asegurar este flujo y una buena cooperación cultural. Estas personas cobran por ser europeístas entusiastas. Entre ellos se encuentran nacionalistas, posnacionalistas e internacionalistas, cosmopolitas y globalistas, nacionalistas europeos y regionales, defensores de las particularidades y diferencias europeas, pero también de la unificación europea, profesionales de identidades multiplicadas, hombres con varias cabezas sobre un cuerpo. De manera que la actual y la futura vida cultural europea se desarrolla en esta rica red de burócratas europeos de la cultura unidos y contando con los productores directos de la cultura que carecen de red propia por el momento.
Aunque la literatura ha perdido desde hace tiempo el lugar dominante y lo ha cedido a medios más atractivos y representativos, su vida sigue desplegándose dentro de la misma dinámica. También el escritor europeo moderno, especialmente el del Este, es un producto de la citada confusa dinámica cultural. Él también es un cuerpo con varias cabezas y se esfuerza por posicionarse de acuerdo con los cambios. Procura conservar discretamente el papel tradicional de «alma de su pueblo». En los países occidentales esta función del escritor está despolitizada desde hace tiempo, pero se ha mantenido silenciosamente, como sinecura. En los países recién incorporados (excepto Malta, probablemente), que todavía no han logrado desprenderse del nacionalismo «libertador», el escritor como «alma del pueblo» aún tiene una función. El modelo, por lo tanto, no ha perdido su atractivo. Porque el «alma» de un pueblo comunica más fácilmente con el «alma» de otro, es más difícil comunicar con el «alma» sin fronteras y sin una dirección permanente, ¿no es cierto? En anteriores circunstancias, nuestro lituano o esloveno, al defender la autonomía del «arte literario», quizá rechazaba ser representante de su pueblo (comunista). Hoy de nuevo está dispuesto a serlo. ¿A causa de su pueblo (poscomunista)? ¿Se debe a que ha cambiado su postura sobre la literatura? No, la razón es la oferta y la demanda artística. Porque el mercado literario europeo no puede soportar la avalancha de cincuenta escritores lituanos (ni el lituano puede absorber más de dos autores holandeses, por ejemplo), y por eso sólo uno o dos serán bienvenidos. Estos dos elegidos se convertirán en «representantes» de la literatura lituana. Este nuestro escritor del Este (pero también el del Oeste) es al mismo tiempo un «alma de orientación europea» que anhela su afirmación en este mercado, y un «alma globalista» que sin pestañear vendería su afirmación europea por la más provechosa americana. La salida del paraíso de la literatura nacional, donde aún se trata al escritor como «representante» y «artista de la palabra», conlleva además la aceptación de la democracia del mercado. A los escritores de Eslovaquia y Eslovenia, que hasta el momento estaban rodeados de sus miopes e inertes colegas, les espera la confrontación con el mercado, en el que los aguarda, entre otros, David Beckham, que hace poco recibió el British Book Award, porque un libro firmado con su nombre proporcionó un montón de dinero a la industria del sector. Por eso nuestro estonio, si tiene fe en el mercado, tendrá, desde este momento, que incorporar a su vida literaria la visita regular al gimnasio. Porque la competencia es muy fuerte, injusta y traumática. Es verdad que la burocracia cultural europea, la cual aún respeta y fomenta el intercambio de identidades literario-nacionales, demora por ahora de forma suave el enfrentamiento con el brutal mercado, por lo menos en este periodo de transición. Por ello, por supuesto, se lleva su porcentaje, igual que cualquier otro agente. También los lectores empujan en esta dirección, les gustaría disponer de una rápida información y leer algo estonio.
¿Qué ocurre con aquellos que no tienen identidad nacional? ¿Con la chusma cosmopolita, proletario-intelectual, con los defensores de la identidad europea, del melting pot europeo, a los que les gustaría borrar las fronteras estatales, las separaciones nacionales y étnicas, y regular legalmente la situación con la entrega de pasaportes europeos y el estatus de ciudadano europeo? A juzgar por las apariencias, tendrán que esperar. Su sola esperanza reside en los movimientos del gran capital, da igual cómo suene esto de paradójico. Porque, en el futuro, en lugar de los pueblos y Estados, el nuevo «identity maker» podría ser cualquiera de las grandes compañías multinacionales, y en este caso podría ocurrir que la lógica del dinero simplemente borrase las fronteras del Estado y de la identidad. Si esto llega a suceder, Serbia se llamará Ikea, y sus habitantes ikeanos, y Eslovenia, Siemens, y sus habitantes siemensianos.
Y parece que la propia vida cava silenciosamente en esta dirección. Con el ingreso de los diez nuevos países miembros no se trasladará el este al oeste, lo que tanto teme cualquier asustado chovinista occidental, sino que, según parece, el oeste se mudará al este. No sé nada de los flujos del gran capital, pero sé que la costa croata está vendida, que la ciudad búlgara de Varna está llena de holandeses, belgas y alemanes medianamente solventes, aquellos que llegaron tarde a comprar pisos en Dubrovnik, Praga o Budapest, y ahora están comprando allí donde todavía es posible. Es muy probable que estos pequeños, numerosos e invisibles emigrantes que nadie tiene en cuenta, estos insignificantes propietarios de pocos metros cuadrados de viviendas croatas, húngaras, búlgaras y rumanas, acaben determinando el futuro de Europa, y también el porvenir cultural, ¿por qué no? Saben que en los países recientemente incorporados a la Unión Europea (y aquellos que aguardan su entrada) la vida será más barata y alegre que en los caros guetos urbanos de la Europa occidental. Además, allí tienen de sobra de esta condenada «identidad»: desde los cómicamente largos kebabs búlgaros hasta los cósmicos cantos de sus abuelas.
En lo que atañe a la admisión de los nuevos países miembros, mi corazón se alegra imaginando cómo se les traba la lengua a los franceses cuando pronuncian nombres lituanos y a los alemanes cuando articulan nombres letones. Del mismo modo, me encanta el hecho de que los lituanos —que hasta ahora se jactaban de que Vilna era el centro geográfico de Europa— al entrar en la Unión Europea tendrán que atenuar su exagerado entusiasmo acerca de sus particularidades nacionales. Me alegra también que los estonios con su ingreso estarán obligados a acortar los largos párrafos en sus guías turísticas, que afirman que el aciano es una planta sólo de Estonia, porque crece en territorio estonio desde hace más de mil años. Como bien sabemos, la identidad nacional es cuestión de un largo e inteligente marketing. Y repito: el símbolo nacional de los Países Bajos es el tulipán, antigua flor turca.
La propia literatura, ¿cambiará a causa de la interacción? Sí, lo hará. Supongo que en la fase de la primera adaptación los escritores eslovacos, lituanos y letones añadirán algún nuevo libro al ya existente montón de volúmenes sobre los sufrimientos personales durante la época comunista. Actualmente en Belgrado los retrasados vendedores de recuerdos venden pequeños bustos de Tito (treinta euros la pieza). «Si es por los extranjeros, a ellos les gusta llevarse algo comunista», dicen los vendedores. Habrá, por lo tanto, intentos de comerciar con recuerdos parecidos, pero no tardarán en desaparecer. A la literatura, sospecho, volverá la topografía que con el tiempo se había perdido. En las novelas croatas inteligentes de finales del siglo XIX y de la primera mitad del XX (en la literatura checa, la húngara y en otras la situación fue parecida), los protagonistas se movían en la relación Viena-Praga-Budapest, conversaban en alemán o francés, y los libros se publicaban sin notas a pie de página que tradujeran sus diálogos a croata. Esta topografía se enriquecerá. Del repertorio temático del escritor del Este desaparecerán poco a poco los temas del exilio, pasaportes y visados, igual que la división del mundo europeo en «nosotros» y «ellos». Y desde la perspectiva del insignificante número de occidentales que se sentían atraídos por el Este de Europa desaparecerá aquel componente de superioridad imperial. Sería interesante que los escritores europeos se mirasen bien a los ojos y escribieran algo sobre este tema. Pero el entusiasmo que rodea la unificación y los buenos modales de lo políticamente correcto no les permitirá hacerlo. Y el mercado promoverá temas más ligeros y juveniles.
Y finalmente, ya que hablamos de la unificación literaria europea y de la geopolítica literaria, he aquí lo que piensa de ello Miroslav Krleža:
¿Qué representa un libro aislado en el mundo actual a pesar de que realmente mereciera ser publicado? Menos que una gota aislada en el Amazonas. Hace cuatrocientos años, cuando Erasmo hizo tiradas de doscientos ejemplares de sus libros, supuso un acontecimiento para la élite europea desde Cambridge y París hasta Florencia, mientras que hoy día, entre un centenar de ferias del libro en las que aparecen cientos de miles de novedades, ¿cómo se puede uno fijar en un libro solitario perdido? Los grandes maestros, que han convertido el libro en una mercancía lucrativa, soberanos de las metrópolis de la literatura y del arte, dictan el mercado literario, el gusto y los criterios estéticos, y sin los truenos de su propaganda miles y miles de libros desaparecen en el absoluto silencio del anonimato. No quiero decir con ello que con la prensa y la publicidad puedan crearse éxitos literarios, del mismo modo que con el ruido periodístico no pueden acertarse los ganadores de las carreras de caballos, pero pienso que es indiscutible que una evaluación imaginaria de los valores literarios hoy día nos daría una imagen sobre el estado del libro europeo distinta de la que promociona la prensa de los centros metropolitanos. El valor estructural de la media o del total de la producción literaria adoptaría otras proporciones. Tal vez esto no variaría fundamentalmente los criterios actuales, pero sin duda multiplicaría la galería de nombres de países que están separados de las metrópolis literarias por las barreras de sus desconocidas lenguas. Por lo menos cartográficamente, se ampliarían los límites de los libros buenos[12].
Hoy, al cabo de varias décadas, el lamento de Krleža sigue siendo actual. Sin embargo, en lo que concierne a los repartos literarios justos tendremos que seguir esperando. La literatura es un espacio geopolítico. Existen grandes literaturas que llevan la carga de los valores universales, y pequeñas literaturas de las que se espera que en su hatillo lleven sus particularidades locales, regionales, étnicas, ideológicas y otras. Así, durante la reciente guerra en la antigua Yugoslavia, muchos extranjeros (que por trabajo o por otros intereses estaban ligados al territorio) se jactaban de leer a Ivo Andrić y a Miroslav Krleža. ¿Por qué?, les preguntaba. Para entender mejor la mentalidad balcánica, respondían. Si le mencionara a un alemán que leo a Günter Grass para entender mejor «el espíritu alemán», o a un americano que con ayuda de Philip Roth me adentro mejor en el núcleo de la mentalidad americana, creo que experimentarían un incómodo sobresalto. Grass y Roth son grandes escritores, y no autores de guías turístico-espirituales. La periferia y el centro, sin embargo, jamás han recibido el mismo tratamiento, y por eso los libros de Krleža y de Andrić seguirán siendo para muchos una guía literaria de los Balcanes.
La misma diferencia en el tratamiento existe entre la literatura y la literatura femenina. La primera carga con los valores universales, mientras que la segunda se dedica a una especificidad de género limitada. Cuando las mujeres escriben sobre sexo, está en cuestión el punto de vista femenino, cuando los hombres escriben sobre lo mismo, el punto de vista es universal. Cada escritor es un fenómeno en sí mismo, una personalidad. A las escritoras en la práctica (teórico-literaria, histórico-literaria y sociológica) siempre se las «trata» en grupos, de dos, de tres, de cuatro, sobre todo si proceden de pequeños países. Dos búlgaras, tres europeas del Este… Orientadas a la literatura de género, las mujeres que se dedican a la crítica literaria no se diferencian mucho de los rígidos críticos literarios chovinistas masculinos. Ellos también sólo ven la literatura que escriben mujeres como un fenómeno de género. Así, la preocupación fraternal por el estatus de la literatura escrita por mujeres ha contribuido a que «las hermanas» sigan languideciendo en su gueto genérico, aunque, al menos como consuelo, el gueto sea más visible y ruidoso. De este modo, el tan anhelado derecho a la identidad genérica, étnica o racial acaba convirtiéndose con frecuencia en castigo y pesadilla.
Sin embargo, en el mapa de la literatura universal las cosas son más complejas y no pueden explicarse sólo mediante las relaciones binarias entre la periferia y el centro, entre las literaturas grandes y las pequeñas, o mediante las zonas de influencia y de dominación de textos literarios marcados por lo nacional, lo racial y lo genérico. Basta con que nos imaginemos por un momento la producción literaria millonaria de China para que nuestro optimismo relativo al pequeño crecimiento de las acciones lituanas, croatas y estonias en el mercado literario europeo decaiga ipso facto. A la comprensión de las complejas relaciones en la «república literaria» universal contribuirán más seguramente la perspectiva económico-política y el discurso (como el que usa Pascale Casanova en su libro La República mundial de las Letras), las nociones del «capital literario», de la «economía literaria», del «mercado verbal», del «mercado mundial de bienes intelectuales», de las «guerras invisibles», de la «riqueza inmaterial», «de la política de la literatura», que los conceptos literarios tradicionales.
Por eso, colegas literatos, abrámonos a los desafíos del capital y de la física, porque a la metafísica como coartada para sus actividades ya sólo se dedican los criminales.
Abril de 2004