«GO, BUREKANA, GO!»

La dinámica con que la mano de obra circula por la Unión Europea supera la imaginación del ciudadano medio de ésta. Nuestra premisa es que el ciudadano medio de la Unión Europea vive allí donde le ha tocado y no viaja si no es necesario. ¿Por qué iba a aburrirse con vuelos baratos (en los que el personal se comporta con los viajeros como si fueran ganado, exteriorizando ese tipo de sadismo especial que los pobres manifiestan contra los más pobres que ellos), cuando todo el mundo en los últimos tiempos viene a él? De manera que mientras unos se quedan en el sitio, otros se mueven y lo ven todo como en la palma de la mano. Sólo la movilidad de la mafia europea unida permanece invisible. Por los periódicos me entero de que un mafioso serbio-ruso se ha cargado a un mafioso croata-albanés en un restaurante europeo-japonés. Parece que mis antiguos compatriotas prefieren los restaurantes japoneses que se llaman Kobe o algo similar. Los entiendo, no pueden pasarse sin sushi, devoran sushi hasta que les sale por las orejas.

En cambio la movilidad de la mano de obra sexual de Europa oriental es visible, es decir se ve la punta del iceberg que flota en las profundas y oscuras aguas de la ilegalidad. No hace mucho he estado en Oslo. Es una ciudad pequeña, de modo que no hay que buscar un simbolismo especial en el hecho de que las prostitutas búlgaras se paseen alrededor del Centro Nobel de la Paz recientemente abierto. Se pasean por todas partes, alrededor del Hotel Opera, que se ubica junto a la estación de ferrocarril, y la estación se halla en el corazón de Oslo. Igual que el Centro de la Paz. Me pregunto por qué precisamente Oslo. Como si todos los proxenetas de la Unión Europea hubieran aprobado una resolución secreta sobre el reparto del territorio, y a las meridionales búlgaras les hubiera correspondido el norteño Oslo. Y mientras las búlgaras esperan de pie a sus clientes en las calles grises y lluviosas de la capital noruega, sobre Bulgaria se abalanzan los pedófilos occidentales camuflados en clientes de los baratos balnearios búlgaros, persiguiendo a niños y niñas, por lo que el Parlamento búlgaro está pensando seriamente en eliminar los obsoletos prejuicios comunistas y aprobar una ley liberal que legalice la prostitución. Los noruegos, siguiendo el ejemplo sueco, han aprobado una ley que penaliza a los clientes de servicios sexuales. Los clientes noruegos en el futuro deberán contar, si no con otra cosa, al menos con un riesgo económico adicional.

Esos que a cada rato se matan entre sí, rusos, ucranianos, estonios, albaneses, serbios, turcos y a saber cuántos más, trafican con carne fresca femenina. Se acercan a Estonia, Moldavia, Ucrania, Lituania, Letonia, Rusia, Rumania, atraen con engaños a las chicas, les prometen trabajo de criadas o niñeras en Europa y ellas acaban como esclavas sexuales en Hamburgo o en Tel Aviv, en los burdeles albaneses o en oscuros enclaves serbios en Bosnia, en Serbia del Sur, en los países árabes, en todas partes.

La trata de blancas en Europa oriental es uno de los mayores negocios que, según el último informe del Helsinki Human Rights Group británico, reporta a los tiburones de la industria sexual varios billones al año. La mujer puede ser vendida y utilizada hasta que se muere, se vuelve loca o se suicida, lo que sucede a menudo. El suicidio es mejor que Turquía, donde en la ciudad de Trebisonda venden a las mujeres como esclavas en el mercado. Desde Bosnia hasta Israel, el precio de la mujer depende de la «calidad de la carne». Las mujeres están obligadas a devolver el dinero de su transporte y su pasaporte, que, por supuesto, se queda en poder de los proxenetas. Sus propietarios las hacen pasar hambre, las golpean y someten al «gang bang», una suerte de test. La «comisión examinadora», unos cinco o seis hombres, violan a una mujer conjuntamente con el fin de prepararla para el trabajo. La mujer trabaja siete días a la semana, a lo largo del día recibe de diez a treinta clientes, y le proporciona a su jefe inmensos beneficios. A cambio obtiene un poco de comida y algún cigarrillo.

Los árabes, que cubren a sus mujeres de los pies a la cabeza, no tienen nada en contra de las juergas salvajes con carne del Este de Europa. Los judíos de Israel, a los que su religión no les permite desperdiciar su semen por ahí, lo depositan en la carne barata de las rusas compradas. Las rusas son las que más los excitan. Las coloridas películas de Bollywood que en los últimos tiempos enloquecen a los europeos, ocultan una oscura realidad india con miles y miles de prostíbulos, con mujeres que dan a luz en esos burdeles a hijas que se convierten en prostitutas que dan a luz en burdeles a hijas que se convierten en prostitutas. Los mafiosos rusos ricos, según cuentan, tienen su propia diversión: en sus balnearios utilizan a chicas desnudas como soportes de ceniceros. Las chicas están a cuatro patas y sostienen en la espalda los ceniceros en los que los rusos apagan sus cigarros.

La trata de blancas global —que tiene sus caminos establecidos y una organización perfecta, donde las mujeres son esclavas sexuales que producen ganancias mayores que el tráfico de drogas y un riesgo incomparablemente menor— es una de las realidades más terribles del mundo contemporáneo. Según las estadísticas oficiales alrededor de un millón de mujeres al año son víctimas de este tráfico ilegal.

Cada año un millón de mujeres resultan apaleadas, violadas, privadas de sus derechos, convertidas en esclavas sexuales y sometidas a las humillaciones más atroces. Cada año los hombres se enriquecen con ese millón de mujeres vendiendo su carne a otros hombres. Las mujeres no ganan nada, sus jefes las tratan peor que a los perros.

Al mismo tiempo, el mundo, tanto hombres como mujeres, está ocupado con naderías locales y globales. Hace uno o dos años el planeta entero se sublevó por las caricaturas de Mahoma publicadas en un periódico danés. Y mientras tanto millones de mujeres viven peor que los perros y nadie va a organizar una marcha de protesta por sus derechos. Ni los padres de la Iglesia ni los usuarios de sus servicios ni los que ganan dinero a su costa ni la policía ni los gobiernos se preocupan de esas mujeres, nadie salvo los que quieren arreglar el mundo, silenciosos, anónimos, tan silenciosos y anónimos como las mismas mujeres.

En esta desgracia inmensa y espantosa se encuentra algún grano de felicidad amarga, como la lastimera película estadounidense Pretty Woman.

Enseguida lo llamaron Giani Piraneze porque apareció en Rijeka con un gran perro de montaña de los Pirineos. Piraneze era un hombre pequeño de apenas un metro cincuenta, la raza, qué se le va a hacer, tampoco sus padres alcanzaron más de un metro y medio. Aunque pequeño, Piraneze era armonioso, moreno, un brillante cabello rizado, ojos verdes con largas pestañas negras, dientes como perlas, perfectos brazos musculosos con unas manos pequeñas y bellas y unos dedos cuidados, impecables, en una palabra: un muñeco de hombre. Se matriculó en primero de estomatología en Rijeka, como tantos italianos: dicen que aprobar la carrera de dentista en Croacia es más fácil que en Italia. Al instante consiguió en Rijeka hordas de amigos, la falta de centímetros la camuflaba con dinero a espuertas. Pagaba comidas y cenas, fiestas y diversiones, y repartía a diestro y siniestro caros regalos. Tras él no tardó en llegar Burekana. Burekana era albanesa, una mujer enorme y robusta, tres veces más grande y ancha que Piraneze. Al apodar a la albanesa Burekana, los chicos del lugar tenían en mente su trasero grande y redondo que les recordaba la bandeja de latón en la que los albaneses locales horneaban el burek o empanada. Burekana había sido prostituta en Italia, adonde la había llevado la mafia albanesa, cómo se encontró con Piraneze y cómo logró escapar de la mafia no lo sabía nadie. Era una chica tranquila, silenciosa y lenta, y no se separaba de Piraneze. Parecía más su guardaespaldas o el perro de montaña de los Pirineos que su chica. Por lo demás eso es lo que era. Lo llevaba en brazos a casa cuando se emborrachaba, y se emborrachaba todos los días… Y un día desaparecieron. Es decir, Piraneze desapareció, y Burekana regresó a Italia. Qué es lo que sucedió en realidad, nadie lo sabía. Circulaban distintas historias, unos habían visto a Piraneze en Barcelona, otros en Madrid, otros en París… El alcoholismo acabó con Piraneze, lo que no era difícil si se tiene en cuenta su cuerpecillo y la cantidad de alcohol que ingería. Piraneze se consumió como una cerilla. La tranquila y silenciosa Burekana vive con los padres de él. Se ocupa de los dos ancianos diminutos y de sus corazones rotos de manera altruista y entregada. También se ocupa del perro de montaña de los Pirineos, el único buen recuerdo de Piraneze. Los viejos no tienen a nadie en este mundo salvo a Burekana, por lo que cuando mueran le dejarán todo lo que tienen. Y se dice que su fortuna puede alimentar a muchas compatriotas de Burekana. Go, Burekana, go!