EL HOLLYWOOD SERBIO

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No hace mucho estuve en una pequeña localidad cercana a Groninga, al norte de Holanda. El lugar se llama Eelde y la probabilidad de que pasara por allí alguna vez por mi propia voluntad es escasa. En Eelde existe uno de los museos pequeños de arte figurativo más bellos que he visto nunca. Todo es perfecto: la arquitectura insólita que se funde a la perfección con la naturaleza y la naturaleza que ha diseñado perfectamente la mano del arquitecto de jardines más famoso de los Países Bajos. Los inusuales catálogos del museo están diseñados con un gusto exquisito, la cafetería se acopla a las mil maravillas en el paisaje museístico del jardín. Era domingo y el museo estaba lleno de visitantes locales. Quizá por eso, porque era un día de ventas, o quizá porque en ese lugar tan pequeño no había adonde ir salvo a navegar a vela o al museo. El museo de Eelde sólo sería un digno ejemplo de la puesta en práctica de la idea de la unión entre el dinero (uno de los donantes es un banco holandés), una alta conciencia ecológica (el museo está perfectamente integrado en la naturaleza local) y el arte si cumpliera su función básica. Y es que en ese museo hay de todo salvo arte. Es cierto, en las paredes cuelgan algunos cuadros, pero ni siquiera podrían denominarse obras de aficionados (incluso los aficionados pueden tener encanto). En las paredes del precioso museo cuelgan ejemplares de «artistuchos» de la peor clase. Y cuando se tienen en cuenta los precios de los cuadros en el catálogo, el visitante deduce que merece la pena ser artista, pero malo.

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Hace unos cuantos años me hallaba en Santa Bárbara, en una rica universidad americana, en la inauguración de una instalación artística de Iliá Kabakov. La obra de Kabakov se había «instalado» en el parque de la universidad en presencia del mismo Kabakov y de muchos visitantes. La instalación se componía de una botella de alambre, o mejor dicho de alambre en forma de botella. El cuello de la botella apuntaba hacia una fuentecilla de agua, apenas visible, que brotaba de un pequeño orificio en el césped. El título de la instalación era Madre e hijo, pero no quedaba claro cuál de las dos partes de la instalación debía simbolizar la madre y cuál el hijo. En los rostros de los reunidos —y todos eran fieles admiradores de Kabakov, incluyéndome a mí misma— se leía la satisfacción. Más aún, muchos, impulsados por un hondo sentimiento interno de fraude o de vergüenza, se lanzaron a una fervorosa explicación del opaco, pero profundo, sentido de la instalación de Kabakov, que es una de las estrellas del arte moderno. Al fiasco de las estrellas jamás lo llamamos fiasco, sino nueva fase o un nuevo logro en la obra de un conocido artista, actor, músico o escritor.

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Si teclea en internet Mutanj, Srbij, enseguida aparece la pregunta: Do you mean: Mutants, Serbia? No obstante, este pequeño test descubre que los geógrafos son la especialidad más ferviente, más hacendosa y más precisa en internet. Mutanj es un pueblecito en la montaña de Rudnik en Serbia central y en internet se pueden encontrar mapas, imágenes por satélite y otros datos sobre el pueblo. Los geógrafos no hacen diferencia entre los millones de habitantes de Nueva York y Mutanj, donde viven ochenta y cuatro personas en total. ¿Por qué el pueblo de Mutanj es importante? Por nada. Sin embargo, un conductor, a finales de octubre de 2007, que iba por la carretera nacional del Ibar, vio en el cerro de Straževica las blancas letras fantasmales de «Hollywood» y fue a investigar el insólito fenómeno de teletransportación del célebre símbolo hollywoodiense. Resultó que el autor de la extraña instalación era Ivan Jakovljević, de veinticuatro años, natural de la localidad citada. Jakovljević, trabajador en las minas de plomo y cinc, había montado solo la instalación. Debajo de las grandes letras de «Holywood», en un tamaño más pequeño ponía «serbio» en alfabeto cirílico. Al Holywood de Jakovljević le faltaba una letra «L», el autor de la instalación la había omitido deliberadamente para, como dice él mismo, evitar problemas de derechos de autor. Por lo demás, Jakovljević desea atraer a su pueblo «el séptimo arte» y sobre todo a los creadores de «películas de ecología, historia y etnología». Jakovljević declara que su acción no tiene un «trasfondo político», que sólo es un «símbolo del séptimo arte y nada más». Para llevar a cabo su proyecto Jakovljević ha solicitado un crédito de ochocientos euros, y piensa iluminar con reflectores su «Holywood serbio» para las fiestas de Navidad y Año Nuevo.

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En los países de la antigua Yugoslavia florece la cultura caprichosa de las estatuas (Bruce Lee en Croacia, Rocky Balboa, Samantha Fox y Johnny Weissmüller en Serbia, Bill Clinton en Pristina) que podría explicarse como una suerte de polémica salvaje relacionada con los monumentos que consiste en la práctica animada de destruir los que tienen una carga ideológica y levantar otros con una carga política distinta. En los países de la antigua Yugoslavia existe una activa cultura que erige monumentos funerarios y que se caracteriza por la competición que se establece para ver cuál es el más original, y así se pueden encontrar monumentos con forma de ordenador, con el teclado, la pantalla y el disco duro, o con retratos holográficos del difunto en la pantalla del ordenador. Mientras el conocido artista Iliá Kabakov en los Estados Unidos reconstruye los retretes soviéticos, hoy desaparecidos, las escuelas y otros ejemplos de las costumbres arquitectónicas soviéticas (Madre e hijo no es más que un exceso artístico), en el remoto pueblo serbio brota una réplica del conocido símbolo hollywoodiense. Si continúa esta alegre teletransportación posmoderna de símbolos en nuestro mundo sin fronteras, existe la posibilidad abierta de que las torres gemelas neoyorquinas surjan un día en Shanghái, y las numerosas cabezas decapitadas de Stalin y de Lenin broten del hielo en algún punto de la Antártida.

Todo esto es comprensible y divertido. Sólo una cosa sigue siendo un misterio: la obsesión de los terrícolas por el arte. De veras es difícil de entender por qué alguien en Eelde, en el norte de Holanda, paga cinco mil euros por un cuadro que en un mercadillo se puede adquirir por tres, por qué alguien paga diez, veinte o treinta veces más para que en el parque de la universidad se alce una fea botella de alambre y un agujerito del que mana agua, y por qué alguien pide un préstamo de unos cuantos centenares de euros para colocar en un bosque, al lado de un villorrio, las grandes letras de metal que ya existen en otra colina, en la otra punta del mundo.

Aunque las razones siguen siendo incomprensibles, la obsesión por el arte y el arte en sí mismo son un hecho en nuestra vida terrenal y por eso no nos queda más remedio que alentar a Ivo Jakovljević del pueblo de Mutanj. Si Ivo Jakovljević fuera un artista conceptual serbio ya alguien se habría puesto a los pies de su instalación y habría hallado que su sátira de la megalomanía serbia es inteligente y aguda. Si Jakovljević fuera Andy Warhol, su instalación estaría en un museo como una obra de arte maestra que de manera ingeniosa une símbolos de dos culturas, la que se escribe en alfabeto latino y la que se escribe en alfabeto cirílico. Pero Ivo Jakovljević es un minero de las minas de plomo y cinc y su «Holywood serbio» es tan sólo la empresa solitaria del solitario tonto del pueblo. Ignoro cuánto puede consolar al endeudado Ivo Jakovljević el hecho de que la diferencia entre «arte supremo» y el arte aficionado es insignificante y que no es más que cuestión de contexto. En el mundo del arte, los participantes suelen dejarse arrastrar por la mayoría, como sucede en otras esferas de la vida. En una palabra, igual que los votantes serbios que a la pregunta del representante de un pequeño partido antinacionalista respecto a si les votarían en las siguientes elecciones, contestaron: «Primero consigan el poder y entonces les votaremos.»