LA MALETA

Numerosos autores han escrito páginas magníficas sobre el exilio. Gracias a este retoque inconsciente, el exilio ha adquirido un aura romántica de rebelión contra la ley y el orden de la vida cotidiana, una renuncia romántica al hogar para mayor gloria de la libertad personal. Los propios escritores de estas páginas olvidan los detalles banales: por ejemplo, el detalle de que Walter Benjamin se suicidó porque no obtuvo los papeles, y que quizá todo habría acabado de distinta manera si el funcionario hubiera estampado el sello en su pasaporte. Pero en los mitos, también en los del exilio, todos tienden a olvidarse del funcionario anónimo. De este modo, la cara obtusa de la trivialidad burocrática, gracias al retoque del autor, pero también al del receptor, se convierte en la cara desdichada del Destino.

En muchos casos, los mismos exiliados retocan inconscientemente la historia de su exilio o permiten sin más que lo haga el entorno. Conozco a uno que no protestó cuando el entorno en el que se hallaba vio en su decisión de vivir por un tiempo fuera de su país «la rebelión moral del intelectual contra el neofascismo emergente». Mi conocido huía más de su mujer que del fascismo emergente, pero ya era tarde para admitirlo. No quería decepcionar al amable entorno. Al final, no obstante, la brújula moral de mi conocido no falló: su huida de la mujer lo convirtió en un modesto combatiente contra el fascismo que entretanto se había desbordado de su cauce.

También conozco el caso contrario. Un hombre que de verdad se marchó asqueado por el fascismo emergente en su tierra. Y no se privó de contarlo a voz en cuello. En el país que le ofreció asilo político descubrió que por fin podía vivir alegre y sin obstáculos lo que en el país del fascismo emergente era imposible: su homosexualidad. El fascismo dejó de preocuparle tanto.

Exiliados, asilados, emigrantes, refugiados, nómadas, inmigrantes, buscadores de papeles, todos resultan fastidiosos para el entorno al que han ido a parar. Los entornos civilizados, desde luego, nunca lo reconocerán. Se jactan de su multiculturalismo, trabajan diligentemente en proyectos de ayuda e integración, desarrollan instituciones amables, fundaciones, formaciones y estructuras burocráticas, organizan manifestaciones para apoyar a Estas o Aquellas minorías emigrantes (según las que en ese momento se hallen en el centro de la atención). Sea como fuere, las buenas personas llevan a cabo su actividad hasta el agotamiento. Y sólo para no estrellarse contra la dura verdad: los recién llegados siempre resultan fastidiosos para la mayoría local.

En la literatura, el exilio en general muestra su cara romántica. En la realidad, el exiliado vive su reverso traumático. El estado de exilio conlleva un desgarro rebelde, pero también una sumisión servil en el proceso de asunción del nuevo hogar. La única manera que tiene el exiliado de dominar los traumas del exilio es precisamente no dominarlos, sino vivirlos como un estado permanente, convertir la sala de espera en una alegre ideología de vida, experimentar la esquizofrenia del exilio como la norma de la normalidad y respetar sólo a un Dios: la maleta.

Porque el lado más íntimo del exilio está vinculado con el equipaje. Mientras escribo estas líneas estoy rodeada de una decena de tipos de bolsos de viaje, maletas (con y sin ruedas), caras, baratas, compradas en diferentes ciudades. Las contemplo con ternura: son mis únicos acompañantes incansables, los únicos testigos de mi deambular. Las maletas viajan, traspasan las fronteras, se mudan y emigran conmigo.

Y si sueño con algo, no es con un hogar, sino con una maleta nueva. Vi una en una lujosa tienda londinense. Nunca la olvidaré. Su tamaño casi alcanzaba mi estatura. Se abría como un armario. Tanto por fuera como por dentro era del mejor cuero trabajado a mano. El interior estaba organizado con más perfección que el más perfecto de los armarios del mundo, con unos compartimentos maravillosos, desde los más pequeños para las tarjetas de crédito y cepillos de dientes, hasta los más grandes para los vestidos de noche, abrigos de piel y zapatos. Costaba ocho mil libras.

Bueno. Si existe una maleta más cara, me gustaría que me lo dijeran cuanto antes. Para saberlo. Porque si alguna vez gano un premio serio en la lotería, sé lo primero que me compraré. East, West, home is best, casi todo el mundo está de acuerdo en ello. Casi todo el mundo siempre se equivoca. East, West, suitcase is best!