«TOYS FOR BOYS»

Yugoslavia era una especie de fiera mitológica, algo así como una boa gigantesca a la que unos niños mataron, molieron a palos, arrastraron por el polvo, le arrancaron la piel a tiras convirtiéndolas en trofeos. Con los trofeos se adornan y alardean: quién fue el primero en hundirle el cuchillo en la carne, y quién la golpeó con mayor eficacia. Yugoslavia —esa horrible fiera mitológica— puso en su lecho de muerte un huevo (Eslovenia), y luego otro (Croacia), y otro más del que según dicen surgió un hijo con tres cabezas (Bosnia), y un cuarto (Macedonia), y un quinto («Yugoslavia amputada»). La «Yugoslavia amputada» se partió en dos nuevos Estados, Serbia y Montenegro. Y justo cuando los niños se calmaron un poco, cuando enterraron el hacha de guerra, acallaron sus gritos belicosos, el vientre de la fiera muerta hacía tiempo se hinchó de nuevo y, ¡zas!, de Serbia salió un nuevo huevo: ¡Kosovo! Ahora, todos con pasmo observan el cadáver y se preguntan si todavía queda por poner algún huevo. ¿La República Srpska? ¿Vojvodina? ¿Sandžak? ¿O si el hijo de tres cabezas, Bosnia, se dividirá en tres partes, en tres nuevos pequeños Estados?

Los países pequeños son juguetes para los niños. Los países grandes son juguetes para los muchachos. Boys love toys. Los chicos sacan de los baúles, de los armarios, de los sótanos y desvanes, las medallas de sus padres, abuelos y bisabuelos, se ponen un gorro en la cabeza, en la cara unas barbas terribles, ponen los ojos en blanco, se pintan los colores de guerra, cogen las mazas, los arcos y las flechas, las lanzas, los puñales y cuchillos y empiezan a gritar. Así asustan al enemigo. Sus enemigos son también chicos y cuanto más se parecen más se odian. El odio y la guerra son una especie de iniciación tribal. Los chicos pegan de paso a sus padres, pero es parte de la iniciación. Se pegan entre sí, los más fuertes hacen prisioneros a los más débiles, los torturan un poco, ahorcan a alguno, ejecutan a otro, canjean a un tercero con el enemigo, venga, uno vuestro por uno nuestro. Y luego se dispersan por el mundo en busca de reconocimiento para su heroísmo. El reconocimiento sólo pueden obtenerlo de los chicos mayores, y cuando éstos lo hacen efectivo, ponen manos a la obra para construir sus Estados. Así, recién salidos de una guerra, eligen a su presidente, a su primer ministro, nombran a otros ministros, a los policías, a los diplomáticos, a sus representantes. Aprenden de otros cómo se hace un país, pues carecen de experiencia. Imitan a los chicos mayores en su forma de hablar, de vestirse y demás cosas útiles. Los muchachos buscan aliados, se apresuran para unirse a alianzas de chicos más grandes y más fuertes para que los enemigos, los que viven al otro lado de la frontera, no puedan perjudicarlos. Si los enemigos les pisotean un poco la frontera, enseguida montan un gran escándalo, se ponen en formación unos frente a otros a lo largo del confín, se amenazan con sus mazas, cuchillos, flechas, sacan de nuevo los gorros polvorientos y las barbas, ponen los ojos en blanco y gritan, hasta que los chicos mayores los amenazan con un dedo. Los niños eligen a sus «sacerdotes», les construyen cabañas, en lo alto de la cabaña colocan algún símbolo, una cruz o algo parecido, distinto del símbolo de los niños que viven al otro lado. Cosen sus banderas, a menudo con águilas o leones, animales poderosos, con la esperanza de que el espíritu del águila o del león les penetre y proteja su joven Estado del enemigo. Cosen también sus uniformes, inventan sus rituales y construyen monumentos a sus héroes. Luego celebran sus victorias sobre el adversario, se reparten condecoraciones por los servicios prestados, y se construyen cabañas en los mejores lugares de su pequeño territorio. Los Estados en esta fase se parecen más a campamentos de boy scouts que a improvisadas colonias tribales.

A las niñas no las dejan acercarse, los Estados son juguetes de chicos. Ellos, de todos modos, no saben qué podrían hacer con las niñas, las temen un poco y por eso las declaran tontas y feas. A veces abusan de ellas o las revenden a chicos que viven en otros países por una bagatela interesante. Las niñas por lo general están a un lado entretenidas con sus muñecas. Esperan a que los chicos crezcan y sueñan con tener un hijo un día con ellos.

Sí, los Estados son juguetes para los chicos, toys for boys. La mayor ironía —aunque los chicos no entienden la palabra ironía— reside en que en sus paisitos nada es suyo ni independiente. No tienen ni idea de que detrás está un amo invisible, el que les ha puesto los juguetes en la mano. Los nombres de esos amos invisibles son distintos, pueden ser: «capitalismo corporativo», «mafia unida», y en cualquier caso DINERO.

Todo esto se ve así desde la segura vista de pájaro, desde luego. Con los pies en el suelo, las cosas se ven más grandes, y nuestros chicos son adultos, hombres grandes. Sobre ellos descansa el mundo y no está en nosotros burlarnos de ellos. Somos víctimas de sus juegos. Durante la desintegración de Yugoslavia se mató a muchas personas, se destruyeron y quemaron muchos bienes, mucha gente se desplazó, se aniquilaron muchas vidas, todo se volvió del revés. El único consuelo, según dicen, es que así lo quisieron los hombres, o no exactamente así, pero las cosas se escaparon de su control y quizá se vertió demasiada sangre en «defensa del hogar, la casa, la cuna de la identidad nacional y de los sueños milenarios de un Estado constituyente».

El huevo más reciente, Kosovo, es el último eslabón de la desintegración de Yugoslavia y el final real de la guerra, dicen, aunque no haya pruebas de ello. La euforia alrededor del nacimiento del nuevo Estado independiente en Europa sólo confirma que los chicos no son capaces de crear nada salvo países basados en principios étnicos (con el respeto debido a los derechos de las minorías, por supuesto). La misma falta de imaginación se ratifica en Serbia, la cual afirma que jamás renunciará a Kosovo, a su «cuna». Los chicos saltan, destruyen, protestan, odian, rompen los cristales de los escaparates de las pastelerías albanesas en Serbia, de los McDonald’s americanos (porque los americanos han reconocido Kosovo), de las embajadas, de los países que también lo han reconocido y lo reconocerán. Tampoco los albanokosovares, humillados durante años, han sido capaces de imaginar algo más inteligente que la antigua máxima de «cada uno en su terreno», algo más que un Estado independiente basado en el principio étnico. El nacimiento del Estado estuvo acompañado por el romántico flamear de las recién diseñadas banderas kosovares, banderas albanesas, banderas americanas (porque los americanos habían reconocido Kosovo) y de globos amarillos flotando en el aire. Globos amarillos, estrellas amarillas, un beso dirigido a la Unión Europea. La misma falta de imaginación demuestran los chicos, tanto los de la Europa (des) unida como los de Estados Unidos y Rusia, que enseguida plantaron sus zarpas protectoras cada uno en su esfera de interés. A todos los chicos les gustan y respetan los Estados, los Estados son definitivamente toys for boys.

Muy poco ha quedado de la antigua Yugoslavia. Aunque es raro, todavía puede verse, por ejemplo, el primer automóvil de fabricación yugoslava, el Zastava 750, el equivalente al Fiat 600. En un vídeo casero colgado en YouTube aparece un chico inmenso, un campesino, rompiendo a bastonazos su viejo juguete, un Zastava, en el patio de su casa. Quizá así entierra simbólicamente la repugnante Yugoslavia. No hace mucho unos cuantos entusiastas locales de un pueblo croata recuperaron un viejo Zastava, lo pintaron de azul y blanco y en las puertas escribieron «Milicija». La policía croata lo confiscó con el argumento de que la resurrección del viejo Zastava policial «ofendía el recuerdo» de la antigua Yugoslavia. Aunque casi han pasado dos décadas desde la muerte de Yugoslavia, los chicos todavía temen a los fantasmas del antiguo Estado, incluso cuando se aparecen en forma de juguete simbólico como el viejo Zastava. La pregunta es ¿por qué? ¿Quizá porque el antiguo país común estaba construido sobre cimientos más sólidos, más justos y más modernos que los actuales? ¿O quizá porque el antiguo Estado era una «zona de sombras» de la que estaban deseando salir a la libertad y liberarse de la tortuosa convivencia con los otros? ¿La forma de gobernar era mejor o peor que la actual? ¿El antiguo Estado era un régimen de terror en el que los ciudadanos agonizaban bajo la pesada bota del comunismo? ¿Tienen hoy más o menos miedo? ¿Y de qué tienen miedo? Hay muchas preguntas. No hay nada malo en hacer preguntas, por lo demás nuestros nietos pronto empezarán a plantearnos cuestiones parecidas. Lo interesante es, sin embargo, que nadie las hace. En lugar de preguntar, lo chicos agitan sus banderas y queman las ajenas, rompen los cristales de las ventanas, aúllan, entrechocan los cuchillos, se lamentan, se acusan, piden ayuda, amenazan, sugiriendo con su conducta que los Estados en realidad son el resultado del azar o del puro ciclo biológico: mientras unos mueren otros nacen.

También es interesante que sólo dos cosas en el mundo actual susciten una reacción histérica en los hombres: una es Dios, otra el Estado. Los poderosos e incontrolados estallidos de emociones cuando se trata de Dios y del Estado son indicios de que ambas instituciones, en realidad, están vacías de su significado. De la muerte de Dios ya nos anunció algo hace cien años Friedrich Nietzsche. De la del Estado no sabíamos nada.