PEQUEÑO PERO MATÓN

He aquí una paradoja: la gente pequeña no sólo ocupa más sitio que la grande, sino que arma más ruido.

Entro en un avión. Una larga fila, los pasajeros entran uno por uno, lenta y tranquilamente. Delante de mí un hombre bajito. ¡Clap!, un ruido me despierta de la somnolencia. ¡Clap, clap! El tipo bajito de delante está inquieto, le humilla tener que hacer cola, o se aburre, sin más. Y, mira, ha descubierto que patear el suelo plastificado del tubo en el que esperamos pacientemente para penetrar en el avión produce un ruido sonoro. Prueba otra vez. A los viajeros les irrita los oídos, pero nadie se vuelve.

Las piernecitas del hombre bajito delante de mí se vuelven más alegres y seguras. ¡Clap, clap!

Jamás he visto un motorista alto. Los motoristas suelen ser hombres pequeños. Por eso eligen el medio de transporte que más ruido produce. ¡Trrrrrrrr! ¡Trrrrrrrr! No hay mayor felicidad para un tipo bajito que marcar su territorio con ruido. Se monta en la moto a medianoche, cuando todos están acostados, y se pone en marcha: ¡trrrrrrrrr! Informa a la ciudad entera de su existencia. ¿Por qué de noche? Porque por la noche se oye más. Los hombres pequeños eligen compañeras pequeñas y livianas, que pueden acomodarse detrás de ellos en la moto. ¿Han visto alguna vez a un hombre pequeño que lleve montada detrás una chica alta? El hombre pequeño elige una compañera compatible, que pueda colocar en la moto.

Nunca he visto una figura alta que en los días que preceden a la Navidad tire petardos a diestro y siniestro. Suelen ser niños y adolescentes los que lo hacen. Entre los niños y adolescentes puede verse a veces a un hombre pequeño. Éstos no se mueven en grupo, les resulta incómodo, sino que salen de noche y arman ruido. Tras de sí dejan un gran estruendo.

¿Le ha empujado alguna vez por la calle una persona alta? A mí no. Pero muchas veces me han sacudido en las costillas las personas pequeñas. Son las que invaden el espacio y les hacen saber a los otros que existen. Son los que los golpean con sus mochilas, los que les pisan, los que hablan a gritos por el teléfono móvil en lugares públicos. ¿Han visto a algún gigante gritar cuando habla por el móvil? Yo nunca. El tipo alto se hace a un lado, camina livianamente como un gato para no hacerle daño a uno, se hacen más pequeños de lo que son, más silenciosos de lo que podrían ser. Los gigantones en realidad aspiran a ser invisibles.

Pequeño pero matón, suele decir mi madre. La escena del pataleo descarado y autosuficiente no la olvidaré nunca, y me recorre un leve escalofrío al recordarla, porque el tipo delante de mí no era Fred Astaire. En el cuerpecillo tenso y en las piernas inquietas titilaban los genes de caudillos militares, desde Atila hasta la actualidad.

Advierto en los americanos la tendencia fascistoide de elegir a sus representantes entre las personas altas. Porque en cuanto eligen a una baja les sobrevienen las desgracias. En verdad no tengo nada en contra de la democracia divina y del hecho de que somos tal y como Dios nos ha creado. Por lo demás, cada uno es para sí mismo su propio Himalaya. Sin embargo, para el servicio público establecería cierta forma de cautela. Si son escépticos con los gordos —que de veras no le han hecho nada a nadie salvo a sí mismos—, no veo la razón de no ser cautos con los bajitos.

¿Y qué pasa con los pueblos? «Los pueblos bajitos producen ruido y los altos ideas», decía Goran. Soy propensa a creerle. Es macedonio.