RECUERDOS DEL COMUNISMO
1
Más o menos un año después de la caída del Muro hice una breve visita a Moscú. Lo primero que noté fue que los taxistas moscovitas, por lo general insuperables maestros de la conversación, se habían vuelto notablemente repetitivos.
—¿De dónde es usted? —me preguntó el taxista.
—De Yugoslavia.
—¿Y en su país se ha ido al traste el comunismo?
—Aún se mantiene…
—Pues aquí ha palmado —presumía el taxista.
Aunque los taxistas intentaban convencerme de que el comunismo había «palmado», tuve que esperar una larga cola «comunista» en el Hotel Beograd para tomarme el primer café matutino. Un tipo detrás de mí profirió con voz ronca:
—Devushka, déjeme comprarle un «eclaircito»…
—¿Por qué? —le pregunté.
—Pues porque sí. A usted un «eclaircito», y a mí un pequeño coñac…
El hombre se ofrecía amablemente a comprarme un éclair, un triste pastel soviético de producción industrial. A decir verdad, era lo único que estaba expuesto en el mostrador. Conmovida por la vista de los pasteles aplastados en el escaparate, sintiendo una nostalgia anticipada de los paisajes de la cotidianidad comunista mucho antes de que desaparecieran y enternecida por los diminutivos rusos, acepté compartir la mesa con el desconocido. Sorbía el aguado café. El hombre succionaba sus 250 gramos.
—A ver, devushka, ¿quién es usted? —me preguntó mi interlocutor.
—¿Yo? Um…, soy una escritora.
—¡No jorobes! Me he topado con todo tipo de mujeres en la vida, con putas y alcohólicas, pero nunca con una mujer-escritora.
—¿Y quién es usted?
—¿Yo? Soy un alcohólico —me contestó el tipo amablemente.
El alcohólico me contó que hace muchos años juró vivir hasta que el comunismo muriese.
—Para poder morirme tranquilo yo también.
—Pues ya se ha muerto, ¿o no? —dije con grosería.
—Por si acaso yo me quedaré unos años más aquí. Sólo para asegurarme… —contestó el autonombrado forense.
2
El fantasma del comunismo ha dejado de recorrer Europa desde hace tiempo. Y no obstante nadie sabe decir cuándo el comunismo entregó su alma realmente: los hay que afirman una cosa y los hay que afirman otra distinta. Unos se jactan de haberlo liquidado ellos mismos (los que lo hacen son normalmente antiguos miembros del partido), otros que se derrumbó por sí solo, y los terceros lo dudan aún y, por si acaso, exigen atravesar el corazón muerto del comunismo con una estaca de espino blanco.
Al cadáver del comunismo le costó bastante llegar de la piscina de formol a las salas de autopsia académicas. Hoy día se están abriendo con cuidado y lentamente unos estudios anticipatorios (y esperemos que también emancipadores) de poscomunismo, postsocialismo y de comunismo comparado, sobre todo en países que no han tenido demasiado contacto con el comunismo. Una cátedra americana de lenguas eslavas anuncia sus servicios intelectuales en la web con el oportuno y brioso eslogan comunista Uchites’ post-komunizmu! Y en lo que respecta a los estudios antropológicos, sociológicos, históricos y políticos, no es que no los hubiera anteriormente. Al contrario. Pero como sujeto en sí mismo de la investigación —un gran sistema ideológico, que tuvo sus defensores y sus detractores— durante años fue interpretado desde la posición de los defensores o desde la de los detractores, y además los estudiosos del comunismo ni podían ni tenían la obligación de guardar unos estándares científicamente escrupulosos. En este sentido, en términos de investigación, incluso los bosquimanos han tenido más suerte.
Y en lo que se refiere a los ciudadanos de los antiguos países comunistas, ellos han fallado. Porque, mientras el comunismo estaba vivo, sus habitantes eran gente vivaz y con mucho humor. Pero en cuanto el comunismo expiró y en las tiendas aparecieron los plátanos, que antes eran un producto deficitario, afloró una catastrófica carencia de humor. Hoy se pueden comprar en Moscú, Bucarest y Praga zapatos de Prada, pero de una forma inexplicable han desaparecido los chistes.
Mientras Lenin muerto languidecía en su mausoleo, la vida cotidiana soviética rebosaba de chistes a su costa[16]. Cuando el comunismo se llevó a la tumba también a sus iconos, incluido Lenin, empezaron aquellos aburridos y sosos debates: qué hacer con el mausoleo, dejar a Lenin o enterrarle. Tan sólo cuando realmente fue posible, ya nadie se atrevió a proponer que se abriese un Kentucky Fried Chicken en el mausoleo de Lenin
3
La cultura de la vanguardia rusa que ha marcado el siglo XX —Bulgákov, Babel, Pilniak, Olesha, Zoshchenko, Platonov, y muchos otros— ha escrito los textos literarios más emocionantes, más vigorosos, más oscuros y más ingeniosos sobre la vida, en verdad fantástica, cotidiana comunista. El becerro de oro de Ilf & Petrov es una de las novelas más graciosas y políticamente subversivas escritas en tiempos del comunismo. El timador Ostap Bender, cuyo único objetivo en la vida es convertirse en millonario y trasladarse a Río de Janeiro, pertenece a la serie de grandes héroes clásicos, como lo son don Quijote o el buen soldado Svejk de Hasek. La novela se publicó en el año 1927, cinco años antes de la conferencia de Jarkov y de la impostura del realismo socialista, y hasta hoy día no se ha escrito nada mejor en este género. Hungría, la República Checa, Polonia, durante el gobierno del comunismo, dieron excelentes pensadores políticos, escritores, directores de cine y teatro, y crearon una gran cultura artísticamente interesante y subversiva.
El sots-art ruso, movimiento artístico de vanguardia, que con inusual nostalgia anticipadora destruía la cultura del realismo socialista, penetraba en el núcleo de la cotidianidad soviética comunista, interpretaba su lenguaje y sus símbolos, y terminó su trabajo «conmemorativo» antes de la muerte del comunismo. Artistas como Iliá Kabakov, Komar y Melamid, y muchos otros, sólo se trasladaron a Occidente cuando su «misión» artística había acabado. La figura de culto del samizdat ruso Yuz Aleshkovski, que con sus textos literarios del absurdo hacía reír al público soviético, emigró y, a pesar de que sus libros fueron traducidos, no tuvo éxito en Occidente. Los lectores no tenían la experiencia de la vida cotidiana comunista, el humor del autor no era comprensible, la subversión lingüística dejaba indiferentes a los lectores, lo absurdo y lo grotesco del mundo totalitario resultaba incomprensible para ellos.
Por eso tuvieron éxito en el mercado de Europa occidental y de Estados Unidos los que llegaron después de la muerte del comunismo: pequeños vendedores de mercancía comunista tarada, «traductores» (aquellos, por lo tanto, que han «traducido» la compleja cotidianidad comunista a una simplificada lengua comprensible para el lector occidental); los que han ido al encuentro de los estereotipos occidentales acerca del comunismo; los autores de confesiones personales sobre sufrimientos personales durante el comunismo; todos aquellos que han descrito de segunda mano la realidad comunista. Después de la caída del Muro, del fin de la guerra fría, el mercado se ha inundado de obras que repetían el temario de la guerra fría. Los autores de estas obras retomaban una vez más los temas de los retretes de Europa oriental en los que no hay papel higiénico; de los camareros antipáticos; de las humillantes colas; de la mala higiene bucal; de la represión de la identidad sexual, de género, religiosa y étnica; de gente que ha comido latas de comida para perros en vez de filetes; del gris de la vida cotidiana comunista; de la fea arquitectura; de los ridículos monumentos comunistas; de las personas sombrías, gordas, borrachas, incompatibles con la moderna economía de mercado; de sus tiendas autoservicio en los que no hay nada más que té. La literatura del ajuste de cuentas poscomunista con el comunismo estaba tan llena de clichés en su ideología estratégica y los alcances artísticos como la literatura estalinista. Y, sin embargo, los autores de estas obras lograron tocar los puntos sensibles traumáticos de la imaginación del lector occidental. Resultó que los puntos sensibles no son los absurdos, difícilmente imaginables, del comunismo, sino cosas simples, comprensibles: la mala higiene bucal y los supermercados vacíos.
El segundo gatillo que ha disparado las fantasías occidentales y activado puntos dolorosos fue la apertura de las fronteras y la época en la que los «orientales» invadieron Occidente. Empezaron a circular historias de pesadilla sobre las mafias ruso-ucranianas, sobre rusos que educan a sus niños en Suiza y compran diamantes como si fueran palomitas, sobre el tsunami ruso que inunda la Costa Azul, sobre rusos que adquieren villas suntuosas en los mejores lugares de Europa y América, sobre cómo los «orientales» se pasean por Nueva York, Berlín, Londres, historias sobre los «nuevos rusos», sobre la mafia poscomunista, sobre Moscú, la antigua capital comunista, que ya no nada en lágrimas sino en dinero… Las historias despertaban una compleja mezcla de sentimientos: desde un anticomunismo abierto hasta un chovinismo oculto, desde el herido ego occidental hasta el deterioro de su autoconfianza que durante años se basó en la idea de que los occidentales merecidamente vivían mucho mejor que los «rojos» detrás del Muro. El aprendizaje súbito de las reglas del capitalismo —y los rusos se mostraron como los mejores alumnos— fue el peor golpe para el ciudadano occidental medio. Quizá ése es el motivo de la falta de compasión con los rumanos poscomunistas, que por las ciudades europeas piden limosna tocando el acordeón «gitano», con los búlgaros, que limpian los aseos europeos, con las profesoras moldavas y ucranianas, en la actualidad prostitutas en las calles de las ciudades occidentales.
4
Inmediatamente después de su muerte, el comunismo se trasladó a los puestos callejeros de recuerdos baratos: estos vendedores fueron los primeros que previeron los beneficios de la nostalgia por las reliquias materiales de una cultura que desaparecía. En Berlín, después de la caída del Muro, los pequeños vendedores comerciaban con los gorros de piel de conejo soviéticos, los ushanka, con las antiguas condecoraciones comunistas, los uniformes militares y fragmentos del Muro de Berlín. En Budapest se abrió un parque de esculturas comunistas, cuyo proyecto parece haber sido ideado por un anticomunista de la época de McCarthy. El único detalle vivo que vi durante mi visita al museo fue una radio húngara de los años cincuenta, colocada en la caseta de la vendedora de entradas, en la que sonaba la Internacional en húngaro[17].
Todo esto —empezando por la literatura basura poscomunista que únicamente confirmaba los estereotipos sobre el comunismo mantenidos durante años, y terminando por los souvenirs basura— suscita un aburrimiento atroz. Si por azar el comunismo hubiera sido estadounidense, los recuerdos mediáticos inundarían el mercado global. Porque las bases imaginarias ya existen. El Superman americano, por ejemplo, no es otra cosa que un típico héroe «comunista» positivo, una réplica de Prometeo, un icono comunista, un superhombre que hace el bien a la gente y le trae la luz. Aquí hay que añadir también la aeroobsesión comunista, su imaginación científico-fantástica, el deseo de controlar el globo y sus maniáticos megaproyectos de reformar el mundo. Al fin y al cabo, parece que el comunismo cayó por error en manos de la parte del mundo menos ingeniosa, en manos de aquellos que no se lo merecían.
Por supuesto que todo esto a simple vista parece frívolo. Cualquiera de los antiguos países comunistas, Rusia, Polonia, República Checa, Rumania, Bulgaria, Hungría, trata su reciente pasado de una forma particular y aplicando distintas estrategias: desde la historia oral y el archivo de los testimonios de gente corriente sobre la vida durante el comunismo; desde estudios políticos, sociológicos, históricos y antropológicos; desde la aparición de la ostalgia (palabra alemana acuñada después de la caída del Muro que viene a significar nostalgia por el Osten, el Este, por el comunismo) y sus distintas formas; desde la museización, archivo y coleccionismo de la cultura material del comunismo; desde las investigaciones artísticas —literarias, visuales, cinematográficas— de la relación con el comunismo; desde las revisiones históricas de la política y de la ética del recuerdo y del olvido, hasta la pequeña industria de los souvenirs.
5
¿Y qué pasa con los yugoslavos y su comunismo?
El Estado de Yugoslavia no nació de la revolución, como el movimiento comunista, sino en la Segunda Guerra Mundial, como un proyecto antifascista. En 1943, durante de la Segunda Guerra Mundial, los partisanos con Tito al frente, inseguros del resultado final de la contienda, pusieron las bases de la futura Yugoslavia. Al salir victorioso, Tito y los partisanos constituyeron el nuevo Estado comunista de Yugoslavia. Con la Resolución del Cominform de 1948 los comunistas yugoslavos fueron acusados de «desviarse del camino marxista leninista», de estar a favor de una orientación política «antisoviética», y al cabo de sólo tres años Yugoslavia fue definitivamente expulsada de la hermandad comunista.
En la película de Emir Kusturica Papá está en viaje de negocios existe un detalle que no entendieron muchos espectadores extranjeros, y será un enigma para muchos niños que crecen en los nuevos Estados posyugoslavos, y se educan con los nuevos manuales de historia revisados. El padre, que hojea en el tren el periódico, se topa con una caricatura de Stalin y comenta a su amante, que viaja con él, la falta de gusto y el tono insultante de la caricatura. Después de esto (porque la acompañante lo denunciará a la policía secreta) sale «en viaje de negocios», a la isla de Goli Otok, un campo de trabajo para presos políticos, organizado a semejanza de los campos de concentración estalinistas[18]. Yugoslavia fue durante un breve periodo escenario de una caza de brujas parecida a la de McCarthy pero dirigida contra los comunistas (de orientación estalinista) y con métodos de reeducación estalinistas.
En este detalle reside la paradoja del comunismo yugoslavo. Los yugoslavos tuvieron muchas cosas que los ligaban a los ciudadanos de otros países comunistas: la iconografía comunista, la estética del kitsch totalitario, los desfiles, los pioneros, las celebraciones masivas (cumpleaños de Tito) y los descomunales monumentos. También tuvieron algunas cosas con las que los ciudadanos de otros países comunistas sólo podían soñar: fronteras abiertas, un pasaporte que les permitía viajar, la autogestión, películas americanas, un nivel de vida mucho mejor y medios mucho más liberales. Es cierto, los yugoslavos también tenían sus «personajes disidentes» (como Milovan Đilas), pero nunca desarrollaron una cultura de resistencia al comunismo y una clandestinidad intelectual más significativa, como los rusos, checos, polacos y húngaros.
Evidentemente la dolorosa cuestión yugoslava no fue el comunismo sino el nacionalismo. El comunismo y su caída sirvieron a los yugoslavos para dar una explicación comprensible a los intérpretes y políticos extranjeros, es decir, una coartada aceptable para la guerra. La desintegración de Yugoslavia (aunque es difícil definir qué fue antes, la gallina o el huevo) fue un momento favorable para continuar la Segunda Guerra Mundial y la modificación de su resultado. En este sentido, los ustachas y los chetniks se convirtieron de perdedores en vencedores. Y los partisanos, cincuenta años más tarde, perdieron definitivamente la batalla.
Desde 1990 hasta 2000 se destruyeron en Croacia tres mil monumentos antifascistas. El monumento de Jasenovac, uno de los más conocidos campos de concentración ustachas en el que durante el Estado Independiente Croata fueron asesinados decenas de miles de judíos, serbios, gitanos y croatas, está abandonado y devastado. Se cambiaron los nombres de calles, escuelas, instituciones, de todo lo que llevaba nombres antifascistas. Según las instrucciones del Ministerio de Educación y Cultura croata, las bibliotecas croatas llevaron a cabo un expurgo de libros antifascistas, comunistas y escritos en cirílico. Algunos libros fueron a la hoguera, otros se tiraron a la basura. La fotografía de Biserka Legradić, una mujer con las bragas bajadas y en cuclillas orina sobre una tumba partisana, se publicó en muchos periódicos. La mujer había decidido celebrar a su manera la victoria final sobre el antifascismo. En el año 2004, el 27 de diciembre, dinamitaron finalmente el monumento de Tito en Kumrovec, una obra antológica de Agustinčić, que mostraba a Tito en uniforme partisano. La cabeza de Tito voló por los aires en el acto. Dos días más tarde, del club de antiguos combatientes partisanos en Dubrovnik, robaron La cabeza de combatiente, obra del escultor Kršinić, parte de un monumento derrumbado unos años antes. Al mismo tiempo desfilaban en Zadar ustachas vestidos con camisas negras portando las fotografías de Ante Pavelić y de Ante Gotovina, «héroe» de la reciente «guerra patriótica» y acusado por el Tribunal de La Haya. Al mismo tiempo se celebró en Zagreb una misa de réquiem por el caudillo ustacha Ante Pavelić, y en Zadar, por Jure Francetić, el tristemente famoso jefe de la Legión Negra ustacha. Y aproximadamente en la misma época el Parlamento serbio tomó la decisión de igualar el trato que se daría a los chetniks y a los partisanos. Según esta decisión, algunos chetniks aún vivos tienen el derecho a una pensión de veterano de guerra.
La verdadera batalla para reinterpretar la historia la riñó, con el apoyo de Slobodan Milošević en el lado serbio, el antiguo general de Tito y partisano Franjo Tudjman. Tudjman, para dar al Estado croata la legitimidad de la continuidad histórica, borró cincuenta años de «yugoslavidad» y lo hizo vinculando sin más la nueva Croacia al Estado Independiente Croata. En la realización del programa de reinterpretación de la historia no hubiera podido tener mejor ayuda que la que le proporcionaron los ustachas por parte croata y los chetniks, como coartada ideal, por parte serbia. Junto con los ustachas aún vivos de la Segunda Guerra Mundial y los de nuevo cuño, Tudjman también tuvo que liberar de la botella la ideología oportuna: el «clerofascismo», el antisemitismo, la ideología y la práctica de las limpiezas étnicas; y luego —a causa de su propio desdoblamiento esquizofrénico y su conversión de comunista en nacionalista, así como por el respaldo del contexto de entusiasmo generalizado por la caída del comunismo en otros países de la Europa de Este— también el anticomunismo.
Y en lo que respecta a los recuerdos comunistas, no los hay. Lo único que he advertido durante mi visita a Croacia en diciembre de 2004 son detalles. La palabra Tito —que antaño solían escribir con enormes letras en colinas desnudas, de forma que era visible desde un avión— ha sido sustituida por la palabra Tudjman. En el césped junto a la Biblioteca Nacional —donde empieza una de las mejores vistas de Zagreb: la ciudad, la catedral y el monte Sljeme al fondo— el nombre Tudjman estaba «grabado» en grandes letras en la hierba reseca. La estafeta de Tito —las felicitaciones que se escribían para el cumpleaños de Tito y que se transportaban de mano en mano dentro de recipientes de forma fálica, a través de toda Yugoslavia, hasta Belgrado y Tito— se sustituyó por una espectacular llama sagrada, que los fieles en las navidades de 2004 se pasaron de mano en mano desde la catedral de Viena hasta la de Zagreb. Visité también Mirogoj, el cementerio de Zagreb. Justo en la entrada del camposanto, en un terreno cedido por la Iglesia católica de Croacia, hay una asombrosa tumba monumental de mármol negro. Por su monumentalidad el sepulcro supera en mucho a la Casa de Flores de Tito. En la losa está tallado en letras doradas: «Franjo Tudjman, el primer presidente croata».
El déficit de recuerdos comunistas, especialmente en Croacia, nos dice que el comunismo en Croacia no existió. Además, en los medios croatas ya nadie utiliza la palabra comunismo sino totalitarismo. Mientras tanto el fascismo sigue siendo «fascismo» y suele aparecer a la par que el «totalitarismo», lo cual lleva a los ingenuos a la conclusión de que el fascismo no era totalitario. Los «souvenirs fascistas» en el mercado mental croata nos dicen que en Croacia existió el fascismo, pero que paralelamente existió también el antifascismo, cuyos portadores, por desgracia, eran los partisanos, Tito y los comunistas. Con la liberación del Estado croata de la «represión yugocomunista», el mercado croata, y por lo tanto también el de los recuerdos, se convirtió en un campo de batalla por la supremacía. Croacia, al igual que otros países poscomunistas que nacieron de la antaño común Yugoslavia, tiene un grave problema con la aleación ideológica. La caída catastrófica de las acciones comunistas en la bolsa mundial de ideologías políticas forzó a Croacia a renegar por completo de su historia comunista. Y el trabajo ya está hecho: el pasado comunista está borrado, los monumentos comunistas destruidos, los nuevos manuales de historia sobre el periodo de «oscuridad totalitaria» y el periodo de luz que empieza, asegurado por los «héroes» de la reciente «guerra patriótica» contra la agresión serbia, están impresos. Por otro lado, las señales de Bruselas de que Croacia, antes de comenzar las negociaciones para una eventual entrada en la Unión Europea, debería liberarse de la cálida nostalgia por su pasado fascista les resultan a los croatas demasiado directas[19]. Los políticos croatas tienen en este momento un gran problema. Y el problema reside en la inseparable aleación ideológica. Porque resulta que los comunistas croatas eran antifascistas y que los antifascistas eran comunistas. Y, aún peor, eran también yugoslavos.
6
Con la muerte del comunismo se produjo la quiebra de la «imaginación social[20]», que fue elogiada como «la entrada a una época madura, posideológica». Hoy día nadie contempla seriamente una alternativa posible al capitalismo (F. Jameson), vivimos en un tiempo «poshistórico», «sin conflictos» o un «tiempo apático». «Parece como si el horizonte de la imaginación social ya no nos permitiera entusiasmarnos con la idea de la posible muerte del capitalismo, porque, de algún modo, todos aceptamos tácitamente que el capitalismo está aquí para quedarse; la energía crítica ha encontrado una salida sustitutiva en la lucha por las diferencias culturales que deja intacta la homogeneidad fundamental del sistema capitalista mundial. El precio a pagar por esa despolitización de la economía es una suerte de despolitización de la misma esfera política; la verdadera lucha política se ha transformado en disputas culturales por el reconocimiento de identidades marginales y la tolerancia de las diferencias.»[21]
Después del primer entusiasmo que la caída del Muro produjo, supongo que muchos ciudadanos de los antiguos países comunistas sienten una vaga decepción. La sienten los habitantes de la antigua Unión Soviética, sobre todo los rusos, su estigma es el mayor: ellos implantaron el comunismo. Stalin fue su monstruo, maltrataron durante muchos años a polacos, húngaros, checos, y luego también a los suyos: uzbecos, lituanos, estonios… Han pasado por la pesadilla real de los campos estalinistas; por la Segunda Guerra Mundial, durante la cual dejaron en los campos de batalla unos veintisiete millones de muertos que nunca nadie les tuvo en cuenta; al contrario, en muchos manuales de historia occidentales ni se menciona su participación antifascista; la vida cotidiana de posguerra era apenas soportable; el posestalinismo trajo cierto alivio, pero también una enorme emigración; pasaron también por la traumática disgregación de la Unión Soviética, que trajo nuevas víctimas humanas. A la salida de este túnel de pesadillas les aguardaba el premio que debería haber recompensado todos sus sufrimientos: un supermercado grande y amplio en el que podían comprar latas de atún tailandés, yogures alemanes, arenques holandeses y chicles americanos. Sin embargo les aguardaba también la certeza de que aunque era verdad que podían comprar todas estas cosas, carecían de dinero para hacerlo. Asimismo han tenido que enfrentarse a un montón de paradojas que nunca podrán contar a nadie, porque estas cosas a nadie interesan, y al hecho de que una vez que se establece un estigma, éste funciona como un rumor. Y producir un rumor es mucho más fácil que desmentirlo. Las verdades establecidas a posteriori rara vez le interesan a la gente.
Supongo que también sienten decepción aquellos que no estaban vinculados al comunismo, pero el mundo comunista era la medida que les servía para medir el nivel de la propia felicidad. Con el comunismo desapareció un campo para la proyección de oscuras fantasías; al sádico se le escapó de repente su víctima más apreciada.
La muerte del comunismo también resulta decepcionante para aquellos que de repente se han hallado en un mundo del que la utopía ha sido expulsada. La más popular de todas la series televisivas inglesas, Only fools and horses, acaba de una forma inesperada. Los Trotter, Del, Rodney y Granddad, antihéroes cómicos, representantes de los bajos fondos de la sociedad inglesa, que durante años hacían reír a los espectadores con sus baldíos esfuerzos para ganarse unas perras, se convierten al final realmente en millonarios[22]. Y no gracias a que han trabajado duramente —cosa que nos habría sugerido la ideología capitalista—, sino por pura casualidad. Al principio les agrada la fortuna, pero el alegre y enérgico Del se vuelve muy pronto apático. Una noche sale a hurtadillas de su villa de rico y vuelve a su antiguo piso. En el pequeño y pobre piso se produce el esperado encuentro. Impulsados por la nostalgia de la vida antigua Rodney y Granddad entran a escondidas en el piso. Los tres confiesan que la vida ha perdido sabor. Al recordar lo emocionante que era la vida antes, cuando lo que más deseaban era convertirse en millonarios, Del de repente se anima y propone la única salida posible: ¡Escuchad, y que os parece si nos convertimos en multimillonarios!
Y finalmente parece que ésta es la única solución que nos queda a todos: una eternidad de la implacable lógica del capital.
Enero de 2005