Capítulo 19

—Ya sé que, normalmente, abrimos los regalos por la mañana, pero quiero entregarte éste ahora, Cole —dijo June entregándole a su hijo un paquete envuelto en papeles de vivos colores y que tenía el tamaño de una tostadora.

Pero pesaba poco para ser una tostadora.

Autumn se había retirado hacía un ratito, después de haber dejado a su nieto acostado tras abrir el regalo que le había hecho Cole, un tren de plástico especialmente diseñado para que lo montara él mismo.

—Espero que sea un tren porque, después de haber estado jugando con el de Joey, Blake y yo hemos decidido que también queremos uno.

Su madre se rió y se sentó junto a él en el sofá.

—No sé qué hacer, si recoger el tren o dejarlo, porque por la mañana va a tener muchos más juguetes —comentó mirando el trenecito que Joey había dejado sobre la alfombra al irse a dormir.

—Yo había pensado recogerlo antes de irme —contestó Cole—. Joel ha dicho que quería llevarse unas cuantas cosas para enseñárselas a Sunny mañana por la mañana.

—Muy bien —sonrió June—. Es maravilloso lo bien que está saliendo todo,

¿verdad?

Aunque Cole se alegraba sinceramente de que a su amiga le sonriera la vida, no pudo evitar pensar que a él le iba fatal.

—Venga, abre el regalo, que se está haciendo tarde. ¿Seguro que no te quieres quedar a dormir en el sofá para estar aquí cuando Joey se despierte?

—No, gracias. Siempre me levanto antes de las seis y seguro que el niño no abre los ojos hasta después de las ocho —contestó Cole pensando que, a lo mejor, le daba tiempo de pasar por casa de su hermana a la mañana siguiente para mirar vuelos a Portland.

Su madre se rió.

—Oh, Cole, cuántas cosas te quedan por aprender de los niños. Algún día serás padre y las entenderás.

Cole se preguntó si sería así de verdad. Tener a Joey cerca y a todos los niños con los que había estado en contacto mientras había hecho de Santa Claus le habían hecho desear una familia, algo que nunca le había pasado estado casado con Crystal.

—¿Quién se despertaba primero el día de Navidad? ¿Annie o yo?

—Tú, siempre tú. Tu padre tuvo que poner una campanita en el pomo de tu puerta para oírte porque temíamos que nos pillaras envolviendo los regalos.

—¿Yo? No me lo puedo creer. Pero si siempre decías que era un niño buenísimo.

—Y lo sigues siendo, pero te parecías mucho a tu padre. Eras curioso e impaciente y lo querías todo al instante.

Cole se preguntó si seguiría pareciéndose a su padre. ¿Y si iba a Oregón y Tessa lo volvía a rechazar? ¿Se deprimiría tanto como para terminar con su vida como hizo su progenitor?

—Mamá, ¿tú crees que he podido heredar lo que tenía papá?

—No, claro que no —contestó June a pesar de la sorpresa que le había ocasionado la pregunta de su hijo—. Ni tú ni tu hermana sois maniaco depresivos.

Ahora no lo llaman así, pero eso fue lo que dijo el médico en aquel entonces. Tu padre fue el amor de mi vida, pero estaba enfermo. Estaba física, mental y metabólicamente enfermo —le dijo June tomando aire y cerrando los ojos un momento—. En aquel entonces, no entendía que las subidas y las bajadas de ánimo se debían a algo que ocurría en su interior y me culpaba… sobre todo, cuando murió

—añadió con mucha pena—. Sé cómo te hiciste lo del tobillo, hijo.

—¿Ah, sí?

—Sí, tu hermana me lo contó. Hacemos cosas de manera impulsiva cuando estamos disgustados, sobre todo cuando se tienen once años y acaba uno de perder a su padre, pero eso no te convierte en una persona bipolar. Eres la persona más equilibrada que he conocido. Anda venga, abre el regalo.

Cole se rió para disimular que estaba emocionado y abrió el regalo rasgando el papel.

—¿Una maleta? —se extrañó—. Es genial, mamá —añadió comprendiendo—.

La voy a estrenar cuando vaya a Oregón —dijo mirando a su madre, rezando para que lo apoyara en una decisión que podía separarlos—. Tengo que intentarlo.

—Claro que sí —contestó June acariciándole la mano.

—Gracias, mamá. Gracias por todo. Me voy a casa a hacer el equipaje, pero estaré aquí mañana por la mañana para ver lo que Santa Claus le ha traído a Joey.

—Tengo la sensación de que a ti también te va a traer algo especial porque has sido un chico muy bueno este año.

Cole se rió de nuevo y se fue hacia el coche. El único regalo que quería estaba en un avión con destino a Oregón, pero, con un poco de suerte, no tardaría mucho en alcanzarlo.

Eran las nueve de la noche y a Tessa le hubiera encantado tirar la toalla, llamar a un taxi y decirle que la llevara a algún hotel cercano, pero se había quedado sin batería en el móvil.

No había vuelto a tener noticias de Luke desde antes de que la batería se descargase, así que no tenía ni idea de si iba a ir a buscarla.

Jeremiah, el chico del alquiler de coches, no era despiadado ni cruel, simplemente joven e inexperto, pero educado.

—Lo siento mucho, pero me tengo que ir —le dijo, informándola de que había quedado para cenar en casa de su madre en Gruene.

—No pasa nada —contestó Tessa levantándose y tirando de su maleta—.

Gracias por intentarlo. Feliz Navidad —se despidió decidiendo volver a la terminal para llamar a un taxi desde allí.

En aquel momento, sonó el teléfono de la agencia de alquiler y Jeremiah contestó.

—¡Espere un momento! —le gritó acercándose a la ventana—. Me parece que…

han venido a recogerla. Era mi jefe. Me ha dicho que tiene un amigo que… bueno, mire.

Tessa siguió al chico y se acercó también a la ventana.

—¿Ese helicóptero acaba de aterrizar? —le preguntó.

—Sí.

Mientras miraba, se abrió la puerta del aparato y saltaron a tierra dos hombres con sombreros de Santa Claus.

—Desde luego, tiene usted contactos en las altas esferas.

—¿Tú crees?

Petrificada por la sorpresa, Tessa observó cómo entraban en el edificio Jake y Brady.

—Madre mía, pero si es Brady Carrick —se sorprendió Jeremiah.

El jugador de fútbol saludó al chico, pero se concentró en Tessa, que tragó saliva.

—¿Qué hacéis aquí?

Jake agarró su maleta.

—Luke la ha bautizado como Operación Santa Fix —contestó con ironía haciéndole una señal para que los siguiera—. El helicóptero es de su hermano y no se lo ha pedido prestado, así que nos tenemos que dar prisa en volver.

—¿Me habéis venido a buscar en un helicóptero robado?

—No te preocupes —le dijo Brady agarrándola del codo—. Luke ha pilotado en miles de misiones bajo fuego enemigo. Puede con su hermano.

—¿Por qué hacéis esto? No creo que sea por mí.

—Vamos por ahí en un helicóptero robado el día de Nochebuena porque Cole es amigo nuestro —le aclaró Blake apareciendo de repente en la puerta—. Cole te quiere, así que también te consideramos amiga nuestra. ¿Nos podemos ir ya? La verdad es que no estoy seguro de que tengamos permiso para aterrizar tan cerca del aeropuerto.

—Oh —contestó Tessa—. Vámonos.

Dicho aquello, se despidió de un alucinado Jeremiah y corrió afuera, bajó la cabeza al llegar cerca de los rotores de la aeronave y, en un abrir y cerrar de ojos, se encontró con el cinturón de seguridad puesto y sentada entre dos de los mejores amigos de Cole.

Tessa sintió que las lágrimas le resbalaban por las mejillas. Jake se apresuró a darle un pañuelo.

—Gracias.

Jake se llevó las manos a los oídos para indicarle que no la oía.

—Gracias —repitió Tessa—. Nunca he tenido amigos como vosotros.

Jake y Brady se miraron.

—Cole es Cole y él habría hecho lo mismo por nosotros —le dijo el jugador de fútbol—. Además, se merece un respiro. Sobre todo, en lo concerniente al amor.

Amor.

Tessa sintió que se mareaba, pero se dijo que debía de ser por el helicóptero. Le daba miedo mirar para abajo, pero más miedo le daba todavía plantearse qué iba a suceder cuando hubieran aterrizado. ¿Seguiría Cole queriéndola? Debería haberlo llamado por teléfono. Para empezar, jamás tendría que haberse ido. ¿Estaría a tiempo de saltar todavía?

Blake, que iba sentado en el asiento del copiloto, en la parte delantera, se giró y le hizo una señal con el pulgar elevado.

Tessa tomó aire y exhaló lentamente, diciéndose que podía hacerlo, que podía ganar aquella mano con las cartas que le habían tocado.

Cole estaba sentado en la cama intentando recordar cómo se ponía la alarma del despertador cuando escuchó el motor de un helicóptero. Sabía que muchos ganaderos de la zona los utilizaban para moverse, pero no sabía que volaran por la noche.

Al comprobar que el ruido se acercaba, se puso en pie y fue hacia la ventana.

Pooch lloriqueó desde el otro lado de la puerta y Cole se la abrió.

—No pasa nada. Debe de ser Santa Claus, que ahora se mueve en helicóptero.

Quédate aquí. Voy a ver qué pasa.

Estaba descalzo, así que no salió al jardín sino que se quedó en el porche, apoyado en la barandilla. Desde allí, vio cómo el helicóptero tomaba tierra en la pradera que había junto a su casa.

Fue entonces cuando Cole vio el logo que estaba pintado en los laterales de la aeronave y supo que era Luke quien la pilotaba.

Acto seguido, vio tres haces de luz provenientes de tres linternas y aparecieron Brady, Jake y Blake. Los dos primeros llevaban sombreros de Santa Claus exactamente iguales que el que Cole había estado utilizando hasta aquel mismo día.

Había otra persona con ellos.

Tessa.

Tessa echo a correr hacia él. Brady y Jake se pararon, pero Blake siguió andando con una maleta en una mano y un bolso de Coach en la otra.

—Cole —gritó Tessa con la respiración entrecortada—. Tus amigos me han ido a buscar porque no quiero tener una gran casa en la ciudad, no necesito ropa de marca para demostrar quién soy y quiero que… me enseñes a jugar al póquer.

Cole quería estar completamente seguro.

—¿Te quieres casar conmigo?

Tessa tomó aire.

—Sí —contestó.

—Perfecto —sonrió Cole estrechándola entre sus brazos y besándola.

Su cuñado dejó el equipaje de Tessa en uno de los escalones del porche y carraspeó.

—Lo de los sombreros ha sido idea de Brady y lo de la misión de rescate, de Luke. Jake y yo nos hemos unido porque no queríamos perdérnoslo. Tengo que volver con mi mujer, que me va a matar. Buenas noches y Feliz Navidad.

—¡Feliz Navidad! —gritó Tessa diciéndoles adiós con la mano muy emocionada

—. Y gracias. Os quiero mucho.

Los tres hombres volvieron a montarse en el helicóptero, que despegó. Tessa se giró hacia Cole y lo abrazó con fuerza.

—No sabía que el amor pudiera ser tan grande.

—No olvides que estás en Texas y aquí todo es mucho más grande —sonrió Cole—. Tessa, ¿y tu empresa? —añadió poniéndose serio—. Sé que no puedes dejar la vida que tienes en Oregón así como así, así que tengo la maleta hecha para seguirte a donde sea necesario.

Tessa le acarició el rostro.

—No va a hacer falta porque he hablado con Marci. Está embarazada y hemos decidido disolver la sociedad. Eso significaba que voy a empezar a trabajar desde casa y el lugar donde quiero tener mi casa es éste. Quiero vivir aquí, Cole. Contigo.

Para toda la vida.

Cole sintió que el aire no le llegaba a los pulmones y tardó unos segundos en contestar.

—¿Sabes qué? —sonrió—. Santa Claus existe de verdad porque a mí me ha traído exactamente lo que había pedido —añadió mirando a los ojos a la mujer a la que amaba.

Fin