Capítulo 18

Cole sabía que la única manera de no recrearse en su disgusto era trabajar.

Aunque era lunes, era Nochebuena y Ron les había dado el día libre a todos sus empleados, sin pagárselo, por supuesto, así que a Cole no le quedaba más remedio que ponerse a hacer alguna chapuza en su casa.

Aquella noche, iba a cenar en casa de su madre. Tenía todo el tiempo del mundo para pintar el baño de invitados. Estaba preparando la pintura cuando Pooch ladró, indicándole que llegaba alguien. Durante un segundo, Cole sintió que el corazón se le aceleraba, pero pronto su mente racional entró en juego.

—Se ha ido.

Cole suponía que a aquellas horas Tessa estaría en San Antonio, dejando su coche de alquiler. Todo en ella hacía sospechar que era de esas personas a las que les gustaba ir con mucha antelación.

—¿Hay alguien en casa?

Blake.

—Por favor, que haya venido solo —murmuró Cole.

Quería mucho a su hermana, pero no le apetecía nada verla en aquellos momentos.

—Estoy aquí. Espero que no te importe el olor a pintura.

—El olor a pintura es mucho mejor que el del asqueroso puro que se fumó tu jefe en la partida del otro día —contestó su cuñado entrando en la habitación—.

Bonito color.

—Gracias.

Desde que había hablado con Annie sobre la desastrosa manera de tratar a sus empleados que tenía Ron, Cole había estado pensando seriamente en dejar la empresa. Si no trabajara para él, no se sentiría obligado a invitarlo a sus partidas de póquer.

—¿Qué ocurre? ¿Por qué no estás haciendo las compras de última hora? —le preguntó Cole.

—Las dejé hechas todas ayer. He comprado un balón de fútbol y un oso de peluche. Como tu hermana no quiere saber el sexo del bebé, he preferido cubrirme las espaldas.

—Qué terca es.

—Sí, es terca, pero yo tengo una vida perfecta con ella y tú me parece que estás bastante mal, así que he venido a ayudarte.

—Genial. Toma una brocha.

—No me refería a eso. Hemos venido todos. Me he traído a los chicos y unas cuantas cervezas —contestó Blake llevándose dos dedos a la boca y silbando.

Al oír botas en el porche, Cole comprendió y, al poco tiempo aparecieron en el baño Brady, Luke y Jake.

¿Jake también?

—Voy a lavar la brocha. Tardo un momento.

Cole se tomó su tiempo. No tenía nada que contar porque no había nada de lo que hablar. Tessa había tomado una decisión. No quería tener una relación con él. Se lo había dejado muy claro.

Claro que sus amigos no lo sabían. Se preocupaban por él y les agradecía el gesto. Se reunieron en el porche porque parecía que quería salir el sol y a Cole ya le dolía la cabeza de tanto olor a pintura. Blake fue quien rompió el hielo.

—Así que se ha ido, ¿eh? Se ha vuelto para Oregón.

—Sí —contestó Brady—. Eso he oído. Por cierto, Cole, me has hecho perder veinte dólares.

—¿Y eso? ¿Habías apostado que se iba a quedar?

—No —contestó Luke—. Todos sabíamos que, tarde o temprano, se iría. Brady había apostado que te irías con ella. Yo había dicho que, ante todo, eres texano y que no podrías vivir en el noroeste, pero Brady es un romántico empedernido.

—Todos creíamos que tenías algo con ella —comentó su cuñado—. Algo…

importante, porque has cambiado desde que la conociste. Estás mejor.

Cole suspiró con una mezcla de indulgencia y molestia.

—Estamos preocupados por ti —dijo Blake.

—No queremos verte mal —remachó Brady.

—Has vivido como un ermitaño durante un tiempo. Si no fuera porque quedábamos para jugar al póquer, no te habríamos visto —comentó Luke—. Por cierto, eso me recuerda que Jake nos ha hecho un maravilloso regalo de Navidad a todos: nos deja jugar a las cartas en el Card.

—Sólo hasta que lo venda —se apresuró a añadir el aludido—. No te ofendas, Cole, pero creo que la mesa que te ha regalado Ron está embrujada o algo así. Es la única manera que se me ocurre de que un borracho tenga tanta suerte.

—¿Vas a arreglar el Wild Card?

—Sólo lo básico. No me gusta nada vivir allí en el estado en el que está ahora y todo el mundo me dice que resultará más fácil venderlo si le arreglo el tejado y lo pinto.

A Cole le parecía lo mejor y comenzó a preguntar detalles, pero su cuñado lo interrumpió.

—¿Qué haces aquí, Cole?

—¿Es una pregunta con truco de las tuyas? —contestó Cole mirando a los demás.

Luke sonrió.

Blake suspiró.

—Annie me ha dicho que Tessa es la mujer perfecta para ti, Cole. Y tu hermana te conoce mejor que nadie. Además, al estar embarazada, percibe los sentimientos de los que la rodean —añadió ignorando las risas de Luke—. Ella dice que tú estás enamorado de Tessa y que ella está enamorada de ti. ¿Es eso cierto?

—Eso es asunto mío —contestó Cole dejando la botella de cerveza.

—Somos tus amigos —contestó Brady—, nos preocupamos por ti y creemos que has cometido un error dejando que se marchara.

Jake asintió.

—No tienes más que pedirlo y Luke… eh… le pedirá prestado el helicóptero…

a su hermano. Estarás en el aeropuerto de San Antonio antes de que el avión despegue. Lo conseguiremos aunque tengamos que meternos en la pista.

Todos asintieron muy convencidos.

—Sois mis amigos, sí, pero también sois imbéciles —contestó Cole—. Si se os ocurre poneros delante de un avión lleno de gente, os buscaréis un buen lío con la policía y terminaréis en la cárcel.

Aquello enfrió el entusiasmo.

—Tengo un amigo que trabaja en una de las oficinas de alquiler de coches.

Seguro que nos deja uno de esos cochecillos de golf para llegar a la terminal —

propuso Luke.

—Esas cosas van muy despacio. Yo corro más y eso que tengo una rodilla lesionada —señaló Brady.

—Pero Cole no puede correr. Si se le fastidia el tobillo, la haremos buena —

apuntó Jake muy serio.

—Ya basta. Esto es una locura. No conseguiríamos pasar por el control de seguridad y, aunque lo lográramos, lo importante es que Tessa no quiere estar conmigo. Se lo pedí y me dijo que no.

Completamente humillado, se bebió la cerveza de un trago.

Nadie dijo nada durante unos cuantos minutos.

—¿Qué tipo de «no» te dio? —quiso saber Brady—. ¿Fue un «no» tipo

«preferiría estar casada con uno del corredor de la muerte a salir contigo»?

—¿O fue un «no» tipo «eres un hombre estupendo, pero no quiero nada contigo» —preguntó Luke.

—¿O fue más bien el típico «no eres tú sino yo, que necesito espacio para encontrarme a mí misma»?, preguntó Jake.

Cole se quedó pensativo, pero antes de que le diera tiempo de hablar, lo hizo su cuñado.

—A lo mejor era que no había química entre ellos.

—Te aseguro que había química suficiente como para incendiar el monte. Y era mutua. No está con otro hombre, ni con uno del corredor de la muerte ni con ningún otro, y sabe perfectamente quién es, una persona que se ocupa primero de los demás.

Por eso, precisamente, ha vuelto a Oregón, para cumplir con su socia y con su empresa. Si no gana dinero, no puede cuidar de su madre ni ayudar a su hermana y a su sobrino si las cosas no salen bien con Joel, que es exactamente lo mismo que haríamos cualquiera de nosotros.

Sus amigos se miraron y Cole se preguntó si sentían lástima por él. Maldición.

Lo último que necesitaba era compasión, así que se puso en pie.

—Bueno, chicos, muchas gracias por venir. Sé que os preocupáis por mí y por lo que me suceda, sobre todo porque necesitáis el dinero que me dejo todas las semanas en el póquer, pero no os preocupéis porque estoy bien. No me voy a suicidar porque la mujer a la que quiero me haya rechazado. Soy un hombre hecho y derecho y soy perfectamente capaz de encajar el rechazo.

Brady fue el primero en ponerse en pie y estrecharle la mano a su amigo.

—¿Te vas a pasar mañana por el Circle C? La madre de Luke me ha dicho que cuenta contigo para que los demás no nos desmadremos. Te tiene por el bueno de la película.

—No tienes más que llamarme si necesitas el helicóptero —se despidió Luke dándole una palmada en el hombro.

Cole se despidió de él con un breve abrazo. Le agradecía sinceramente su ofrecimiento, pues sabía que a su amigo no le hacía ninguna gracia tener que pedirle nada a su hermano mayor, sobre todo el helicóptero, porque le recordaba que lo habían echado del ejército tras tener un accidente que le había afectado de manera permanente la vista.

El último en acercarse fue Jake, que se quedó mirándose las botas durante un rato.

—Supongo que estarás muy ocupado, pero, si te sobra tiempo, me vendría bien que me echaras una mano en el bar.

No le estaba dando explicaciones sobre cómo le había ido la vida ni por qué había decidido volver a River Bluff, pero por algo se empezaba.

—Cuenta con ello —contestó Cole.

Los tres se dirigieron a la monovolumen de Blake, pero su cuñado se quedó atrás para hablar con Cole a solas.

—Mira, Cole, a todos nos cae bien Tessa. Las fotografías que nos regaló anoche eran maravillosas y dicen mucho de lo que siente por ti. No dejes que una mujer así salga de tu vida como si tal cosa. Mira lo que nos sucedió a tu hermana y a mí.

Estuvimos a punto de perderlo todo. Ahora, me despierto todos los días dando gracias por haber tenido una segunda oportunidad. No todo el mundo tiene esa suerte. Si crees que Tessa es la mujer adecuada para ti, lucha por ella —se despidió su cuñado—. Ya sabes que Annie y yo podemos venir a cuidar del perro si tienes que ausentarte.

—Gracias. Lo tendré en cuenta. Nos vemos esta noche en casa de mi madre.

—Claro que sí. Me gustaría que tú no estuvieras, pero yo en eso no me parezco a tu hermana, sé cuándo callarme y dejar que cometas tus propios errores.

¿Mis propios errores?

Aquellas palabras lo acompañaron mientras entraba en casa. Una vez dentro, Cole se paró ante la fotografía que Tessa le había regalado la noche anterior. La había colgado en el vestíbulo para que la viera todo el mundo. Se trataba de una imagen en blanco y negro de él con sus amigos.

De alguna manera, Tessa había sabido captar la personalidad de cada uno de ellos en una sola imagen. Al instante supo por qué Tessa había elegido aquella fotografía. Representaba la imagen idealizada de los amigos, la continuidad y la comunidad, cosas que ella no había tenido y que, tal vez, no se creía merecedora de tener.

«¿Exactamente igual que no me creo merecedor de tener el tobillo bien?».

Cole se estremeció, cerró la puerta y atravesó el salón. De repente, aquella casa tan vacía lo sobrecogió. Su vida también estaba vacía. ¿Por qué no había comprado muebles? Si tenía pensado pasar allí el resto de su vida, tenía que convertir aquella casa en su hogar.

No era de extrañar que Tessa no quisiera nada con él. Había pasado de vivir como un adicto al trabajo a ser tan austero que parecía un mendigo, lo último que Tessa quería.

Cole entró en la cocina, donde había dejado cargando el teléfono móvil. No sabía si Tessa y él iban a poder limar todas sus diferencias, pero de lo que sí estaba seguro era de que no había nada que hacer si estaban separados.

Cole se apresuró a escribir una lista con las cosas que tenía que hacer: Llamar a Ron para dejar el trabajo.

Pooch.

Comprar billete a Oregón.

Tessa encontró la puerta de embarque sin problema, pero, al consultar la hora que era, comprobó que llegaba con demasiada antelación. Devolver el coche no había llevado tanto tiempo como había supuesto y el autobús que la había dejado en la terminal había salido en cuanto ella había llegado.

Para su sorpresa, las colas de las que hablaba la televisión se estaban produciendo en las aerolíneas que volaban hacia el noreste. Hacia el noroeste no había problema.

Estaba tan nerviosa que no se sentó, se dirigió a una cafetería y se compró un refresco. Eso mató diez minutos. A continuación, se dirigió a una librería en la que hojeó algunos ejemplares, pero no encontró ningún título que le interesara.

Había varios libros sobre El Álamo, la historia de San Antonio y sobre el estado de Texas. Tessa miró las fotografías, pero se apresuró a cerrarlos porque las imágenes le recordaban a las fotografías que había regalado la noche anterior.

A todos les habían encantado. A June le había hecho mucha ilusión el tríptico de flores que Tessa había encontrado paseando por River Bluff.

Al salir de la librería, Tessa le deseó feliz Navidad a la dependienta y volvió a la sala de espera, donde se sentó y sacó la cámara del bolso. A pesar de las lágrimas que le nublaban la visión, miró la pantalla.

Las fotografías más recientes las había hecho aquella misma mañana en Horizon. Se trataba de Sunny con su hijo en brazos, de Sunny con el camisón que le había regalado ella y de Sunny flanqueada por Autumn y Joel mirando el álbum que Tessa había confeccionado narrando su peripecia.

Tessa fue pasando las fotografías hasta que encontró una de Cole, aquel hombre amable y generoso que sabía perfectamente quién era y lo que quería en la vida.

¿Qué tenía aquello de malo? Era cierto que su casa no era grande ni lujosa como la de su ex suegro, pero era una paleta blanca que alguien podría convertir algún día en un hogar maravilloso… alguien a quien no le diera miedo arriesgar… un poco… de vez en cuando.

Tessa apagó la cámara, la guardó en el bolso y sacó el teléfono móvil.

—Hola, Marci, soy yo —le dijo a su socia cuando contestó el teléfono—. Estoy en el aeropuerto, pero antes de subir al avión quería saber qué está ocurriendo. Sé perfectamente que me estás ocultando algo y me estoy poniendo nerviosa. ¿Alguien nos ha denunciado? ¿Se ha quemado la oficina? ¿Qué ocurre?

—Mira, te lo quería decir en persona para poder verte la cara porque es importante para mí saber cómo te hace sentir. Te conozco bien, Tessa, y sé que eres capaz de poner cara de felicidad cuando crees que eso es lo que quiere la otra persona.

—¿Ah, sí?

—Sí, fue lo que te pasó cuando me casé.

—Marci, de verdad que me alegré mucho por ti cuando te casaste.

—Cuando te dije que me iba a casar, sonreíste y me abrazaste, pero yo sabía que estabas preocupada por si aquello afectaba a la empresa.

—Ya sabes que se me da muy bien preocuparme, pero todo ha salido bien. La empresa va fenomenal y has demostrado a todo el mundo que eres capaz de hacerlo todo, trabajar y llevar una vida de casada.

—Tessa, estoy embarazada.

Tessa sintió como si le hubieran dado un puñetazo en la boca del estómago.

—Vaya, qué bien. Me alegro mucho por ti. Enhorabuena.

Marci permaneció en silencio unos segundos.

—Sabía que ibas a decir eso. Por eso, precisamente, quería decírtelo en persona.

Estás disgustada.

—Claro que no. Vas a ser una madre maravillosa.

—Tessa, por favor, las dos sabemos que me gusta tenerlo todo completamente controlado y tener siempre la razón. Seguramente le voy a fastidiar la vida a mi hijo y algún día me denunciará, pero menos mal que he aprendido trabajando contigo que se pueden hacer las cosas en equipo, así que espero que Matthew y yo seamos capaces de hacerlo con el niño.

—Claro que lo haréis. Eres la persona más centrada y motivada que conozco.

—Gracias. Tú tampoco estás nada mal. Mira lo bien que lo has hecho con tu sobrino. Te adora y sabe que puede confiar en ti.

—La verdad es que lo voy a echar mucho de menos —contestó Tessa con un nudo en la garganta—. Mi hermana todavía no puede viajar, va a tener que quedarse aquí durante meses haciendo rehabilitación y Joel, el padre de Joey, acaba de conseguir un trabajo como encargado de un bar en Bandera, así que no creo que vuelvan a Oregón.

—¿Y tu madre?

—No lo sé —contestó Tessa encogiéndose de hombros—. La madre de Cole y ella se han hecho muy amigas y están incluso planeando irse en autobús a Branson esta primavera.

—O sea que te vas a quedar aquí sola.

«Siempre he estado sola».

Con la diferencia de que, en aquellos momentos, había un hombre que quería entrar a formar parte de su vida de manera permanente.

—Cole me ha dicho que quería iniciar una relación conmigo y que estaba dispuesto a venirse a Oregón.

Marci lanzó un grito que hizo que varios viajeros se giraran hacia Tessa.

—¿Y le has dicho que sí?

—Yo estoy en el aeropuerto y él no, así que tú qué crees?

Marci no contestó inmediatamente.

—Tessa, las dos somos mujeres pragmáticas —dijo al cabo de un rato—. Si contratáramos a A.R.E. para que nos hiciera un análisis de la empresa en su situación actual, ¿qué crees que nos dirían?

Tessa se quedó pensativa y contestó sinceramente.

—Que disolvieran la sociedad tranquilamente mientras siguieran teniendo una buena relación de amistad.

—Exacto.

La realidad le daba miedo, pero también la liberaba.

—Matthew y yo llevamos días hablando de esto. Ha revisado nuestros libros de contabilidad y ha estado haciendo números y está seguro de que podrías seguir adelante tú sola contratando a una ayudante media jornada. Yo.

—¿Me lo estás diciendo en serio?

—Piénsalo, Tessa. Te ahorrarías el alquiler de la oficina, que apenas utilizamos.

Apenas habría que cambiar la página web y yo me encargaría de las cosas que no te gusta hacer, los informes, las facturas y… tratar con el contable.

Tessa se rió.

—¿De verdad crees que podría seguir adelante yo sola?

—¿Por qué no? Entre tú y yo tenemos suficientes clientes como para que la empresa siga adelante seis meses y seguro que, luego, salen más clientes. Siempre nos ha ido bien. Lo único que tienes que hacer es apostar un poco.

«Pero yo no apuesto, yo no juego».

—¿Y sabes lo mejor? —se entusiasmó Marci.

—¿Qué?

—Que podrás trabajar desde casa y decidir dónde quieres vivir. Podrías vivir en Portland, en Texas o en Tombuctú.

Tessa sintió que la piel se le ponía de gallina y que los ojos se le llenaban de lágrimas. ¿Dónde estaba su hogar? ¡Donde estuviera Cole!

Tessa se limpió los ojos y tomó aire.

—Eres una amiga inteligente con mucha intuición. Mars. ¿Sabe Matthew la suerte que tiene?

—Él ha tenido mucho que ver en esta idea. Sabía que me iba a sentir culpable ante la idea de abandonarte, pero estaba preocupado porque, de seguir trabajando al ritmo que he llevado hasta ahora, podría abortar.

—No habrías abortado, te habrías cuidado y habrías bajado el ritmo —la tranquilizó su amiga—. Siempre se te ha dado bien organizar los viajes, lo que tendré en cuenta, por cierto, cuando trabajes para mí.

A continuación, hablaron de cómo hacer el cambio de manera suave, pero Tessa no podía dejar de pensar en que no había nada que le impidiera instalarse en River Bluff.

Eso significaba que Cole y ella podrían estar juntos. Si él seguía queriendo, claro…

En aquel momento, avisaron por megafonía para que embarcaran los viajeros con destino a Portland.

—Me acaban de llamar, te tengo que dejar —le dijo a su amiga.

—¿Por qué?

Aquella pregunta hizo que se parara en seco.

¿Por qué? Ahora, ella era la jefa, su propia jefa, ya no tenía una reunión al día siguiente de Navidad y podría ver a Marci cuando volviera a Portland.

—Ya sabía yo que te había elegido como socia por algo, Marci. Eres un genio.

Te quiero mucho, amiga mía.

—¿Eso significa que te quedas?

—Sí, pero no te preocupes. Dentro de un par de días, apareceré por allí. Dile a tu marido que haga una lista de los activos comunes que tenemos para que podamos dividir las cosas cuando vuelva.

—No hay problema. ¿Vas a volver a River Bluff? ¿Vas a llamar o te vas a presentar por sorpresa?

Tessa consultó el reloj y calculó que, para cuando le hubiera dado tiempo de alquilar otro coche y de llamar a River Bluff, la fiesta en casa de June ya habría terminado.

—Voy a ir directamente a casa de Cole, aunque no sé si querrá hablarme porque anoche me hizo una propuesta y la rechacé.

—¿Santa Claus te pidió que te casaras con él y le dijiste que no?

Por el tono de voz de su amiga, Tessa supuso que la había hecho buena, pero decidió seguir adelante, así que, tras despedirse de Marci, empujó el carrito con su equipaje en dirección al mostrador de la empresa de alquiler de coches.

Una vez allí, el dependiente, un joven de unos diecisiete años que evidentemente hubiera preferido no estar trabajando aquella noche, le dijo que no tenía ningún coche libre.

Cuarenta minutos después, Tessa seguía esperando, completamente desesperada.

—Estoy dispuesta a llevarme lo que sea —imploró.

—No tengo nada, señora —le dijo el chico como si estuviera pidiendo un trineo tirado por ocho renos—. Ya le he dicho que estoy esperando que me devuelvan un coche, pero hay que limpiarlo y…

—No me importa que no esté limpio.

—No se lo puedo entregar sucio. Política de la empresa.

—Estoy dispuesta a firmar lo que sea.

—Por favor, espere ahí —le indicó el chico señalando un banco.

Tessa se tragó la frustración y se sentó. Al cabo de unos minutos, rebuscó en el bolso, encontró la tarjeta de visita que Luke le había entregado y marcó su teléfono móvil.

—Luke Chisum.

—Hola, Luke. Soy Tessa Jamison. Sigo en San Antonio.

—¿Has perdido el vuelo?

—Eh, sí. Adrede. He cambiado de opinión. He decidido quedarme.

—¿Y eso?

—Por Cole. ¿Has hablado con él?

—He estado tomando una cerveza en su casa esta tarde.

—¿Está bien?

—Un poco deprimido, pero sobrevivirá. ¿Cómo es que has cambiado de parecer y has decidido quedarte?

Tessa se quedó pensando, buscando las palabras adecuadas.

—Sabes que dicen que una imagen vale más que mil palabras, ¿verdad? Pues, bueno, resulta que tengo seiscientas fotografías en la cámara y quinientas son de Cole. Cuando me he puesto a mirarlas, me he dado cuenta de que mi subconsciente me estaba intentando decir algo y yo no lo quería escuchar, pero, ahora que me he dado cuenta, estoy haciendo todo lo posible para que me alquilen un coche y poder volver a River Bluff, pero no lo consigo. A este paso, no voy a poder estar ahí hasta mañana por la mañana.

—¿Quieres que te vaya a buscar?

Tessa dudó.

¿Habían sido imaginaciones suyas o Luke había hablado con tono de John Wayne?

—Necesito un coche.

—¿Te va bien un helicóptero?

Definitivamente, John Wayne.

—¿Cómo dices?

—No se mueva de ahí, señorita. Voy a hacer unas cuantas llamadas e iré a recogerla.

Dicho aquello, Luke cortó la comunicación. Tessa se encogió de hombros, apoyó la barbilla en la mano y suspiró.

La noche se presentaba larga.