Capítulo 17

Milagro de Navidad

Mientras abría la puerta de la nevera de casa de su madre, Cole intentó ignorar el titular del artículo que su hermana había escrito sobre la recuperación de Sunny.

El recorte llevaba allí dos semanas.

Por supuesto, estaba encantado de que Sunny estuviera recuperándose, pero estaba harto de tener que dar detalles sobre su progreso y, por lo visto, todos querían hablar de aquel error médico que había hecho que saliera del coma.

—Tráeme a mí algo también, Cole —le dijo Annie.

Cole se había pasado por casa de su madre para hablar con Tessa, pero no estaba. Su madre le había dicho que había ido a llevar flores para la misa de Navidad de aquella tarde.

—Supongo que no tardará en volver.

Así que Cole había decidido esperarla. Necesitaba hablar con ella porque durante las dos últimas semanas apenas habían tenido oportunidad.

—¿Refresco o cerveza?

—Muy gracioso.

Cole sacó una cerveza para él y rebuscó entre la cantidad ingente de comida hasta que encontró una lata de limonada, que era lo que bebía su hermana últimamente.

—¿Tienes pensado ir a misa esta noche? —le preguntó cuando su hermano entró en el salón en el que ella estaba leyendo una felicitación de Navidad de un pariente—. Dicen que a lo mejor mandan a una unidad de televisión.

—¿De verdad?

—Claro. La historia de Sunny es preciosa. Sobre todo, en esta época del año.

Tessa no había podido volver a hacerse cargo de las fotografías en el Polo Norte porque, en cuanto la gente se había enterado de lo de Sunny, los medios de comunicación no habían parado de querer hablar con ella. Cole ya la había visto dos veces en televisión y, por lo que le había dicho su madre, la cuenta bancaria que había abierto para su familia no paraba de recaudar dinero.

Sin embargo, por lo visto, nada de todo aquello había hecho que Tessa cambiara de opinión. Se iba a ir. Cole se acercó a la ventana. Estaba oscureciendo y se dijo que tenía que encender las luces de Navidad de fuera.

—¿Qué te pasa, Coley? Blake me ha dicho que estás hecho un ermitaño. Por lo visto, la semana pasada ni siquiera fuiste a jugar al póquer.

—Es que no tengo dinero —mintió Cole.

—¿Cuándo le vas a pedir un aumento al tacaño de tu jefe? Entiendo que, al principio, aceptaras un sueldo bajo porque acababas de llegar, pero eres mucho mejor que la mayoría de sus empleados con experiencia. ¿Por qué no te lanzas y pones una empresa por tu cuenta?

A Cole también se le había ocurrido la misma idea. Se había planteado que, quizá, Tessa no se iría si ganara más dinero.

—¿Para qué? ¿Para trabajar como una mula y tener a mi cargo empleados a los que no podría pagar bien?

Su hermana no contestó.

—¿O para hacerme un fondo de pensiones que podría desaparecer por terminar resultando una estafa? ¿O para tener que aguantar a clientes como Crystal y yo, que nos separamos en mitad de la construcción de la casa y dimos al traste con los planes del constructor?

—Bueno, si te pones así…

Cole golpeó la mesa con el puño.

—No tengo que demostrarle nada a Tessa. Tengo la vida que quiero. No voy a ser rico y me da igual porque para ser rico hay que sufrir mucho, hay que pasar muchas noches en vela y tener muchas úlceras y depresiones.

—Si estás enfadado con Tessa, no lo pagues conmigo —le advirtió su hermana.

Cole tomó aire.

—No estoy enfadado con Tessa. Ella tiene una forma de ver la vida y yo tengo otra. La suya es la de una persona ambiciosa que quiere tener mucho dinero para demostrarle al mundo que no es ninguna víctima. La entiendo perfectamente. A mí me pasó lo mismo, yo ya he vivido eso.

—Pero la quieres, se va a ir y no sabes qué hacer.

Cole se puso la botella, que estaba fría, en la frente.

—Estoy haciendo exactamente lo que ella quiere que haga. Nada. ¿Podríamos hablar de otra cosa, por favor?

—Claro que sí. Menos mal que has terminado con lo de Santa Claus porque estás de un humor de perros y le podrías haber arrancado la cabeza a algún niño.

¿Dónde está Tessa? Te aconsejo que hables con ella.

—Por eso, precisamente, he venido. Está ayudando a mamá a llevar las flores para lo de esta tarde. Supongo que estarán a punto de terminar.

—¿Y si decide quedarse directamente a la misa sin pasar por casa? Haz el favor de ir a buscarla.

Cole se dijo que su hermana tenía razón. La misa iba a empezar en un cuarto de hora y, conociendo a Tessa, seguro que se ofrecía a quedarse para ayudar.

—¿Y tú?

Annie se puso en pie y lo empujó hacia la puerta.

—Yo ya no llego porque los pantalones se me han quedado pequeños y he tenido que ir a casa a cambiarme. Me voy a quedar esperando a Blake, que se va a pasar por la clínica para recoger a Sunny, a Joel y al niño. Venga, vete ya —sonrió.

Tessa echaba de menos a Cole.

Hala, ya lo había admitido. Llevaba dos semanas intentando no pensar en él, intentando no pensar en la noche que habían compartido, intentando no pensar en todo lo que le había hecho y que la había vuelto loca de placer.

No estaba enamorada de él. Lo que sentía por él era… deseo. Tessa se dijo que, si era cierto que solamente sentía deseo por él, no debería estar tan triste ante la perspectiva de irse al día siguiente.

—¿Lista? —le preguntó June acercándose a ella.

—Sí, perdona. ¿Dónde hay que dejar las flores?

Estaban hablando de tres docenas de lirios blancos. Había que entregar una flor a cada miembro de la cadena de oración. Sunny formaba parte de la lista porque, aunque todavía no podía andar, había hecho muchos progresos en aquellos quince días y estaba encantada de participar en la misa de aquella noche.

Después de la misa, June había invitado a amigos y a familia a su casa. Tessa daba por supuesto que Cole también iba a estar aunque no había hablado con él.

Llevaba días sin hablar con él.

—June, ¿sabes si los amigos de póquer de Cole van a ir a tu casa esta noche?

June estaba preciosa con un vestido de lana rojo mientras que Tessa, como de costumbre, se sentía mal vestida. No podía soportar los pantalones negros y el jersey rojo ni un día más. Cuando llegara a casa, los iba a quemar. Se moría de ganas por recuperar su maravilloso armario.

—Creo que sí. Puede que Jake no venga, pero los demás suelen venir todos los años.

«Bien».

Tessa había revelado y enmarcado fotografías de todas las personas que habían ayudado a su familia, incluidos los miembros de la pandilla de póquer, pues estaba segura de que habían hecho donativos generosos para Sunny.

Tessa abrió el maletero de su coche. Aunque las cajas de flores no pesaban, eran delicadas de transportar, así que lo hicieron de una en una. Era la primera vez que Tessa entraba en aquella iglesia gótica.

—¿Te he dicho que le he llevado un par de vestidos de Annie a tu hermana esta mañana? Cuando he llegado, me he encontrado con Sally Knutson, que es peluquera.

Ha convencido a tu hermana para que se cortara el pelo y así le creciera todo a la vez.

Está preciosa. Ya verás cuando la veas.

—Sunny siempre decía que jamás se cortaría el pelo. Supongo que una de las cosas buenas que tiene que no haya recuperado la memoria por completo es que no se acuerda de asuntos así.

Ambas sonrieron.

Los médicos le habían dicho a Tessa que su hermana iba a necesitar meses de terapia física y ocupacional y que, tal vez, jamás recuperara la memoria por completo, pero Sunny avanzaba en su recuperación desde que se había despertado.

Buscando en internet, Tessa se había enterado de que su hermana no era la única paciente que había salido del coma después de haber tomado una pastilla para dormir, pero nadie parecía saber por qué aquel medicamento les iba bien a algunos pacientes con daños cerebrales y no les hacía absolutamente nada a otros.

Tessa se alegraba de que su hermana hubiera sido una de las agraciadas.

Se apresuró a abrirle la puerta a June. La iglesia no estaba vacía. Había más de diez parroquianos ayudando para el servicio de aquella noche.

—El reverendo John me ha dicho que dejáramos las flores en los bancos de atrás

—le indicó June.

Tessa la siguió.

—Es maravilloso lo de los resultados de la prueba de paternidad de Joel —

comentó la madre de Cole dejando la caja que llevaba sobre un banco—. Claro que, ese chico es un amor. Cuando ni siquiera sabía si era el padre de tu sobrino o no, ya se estaba desviviendo por él y por Sunny.

Tessa dejó su caja junto a la de June.

—Joel es un buen hombre. No es que a mí me encante cómo se gana la vida, pero eso ya es problema mío.

Dicho aquello, se dirigieron de nuevo al coche. Tessa había estado pensando mucho sobre la conversación que había mantenido con su madre sobre el pasado. No podía negar que los problemas personales de Zeb y las desastrosas decisiones que había tomado habían tenido un gran impacto en su vida y en sus decisiones, pero ahora que era adulta podía cambiar todo eso.

¿Quería hacerlo? Lo cierto era que le gustaba la vida que llevaba.

—No es fácil encontrar sitio para aparcar durante las vacaciones —comentó June una vez junto al coche y tras haber sacado la última caja de flores—. ¿Te importaría mucho volver a casa, dejar allí el coche y volver andando? Ya me encargo yo de esta caja y de guardarte un sitio. Tienes tiempo si vienes por el atajo.

—No hay problema —contestó Tessa.

Tras aparcar detrás de la furgoneta de Cole unos minutos después, Tessa se duchó, se cambió de ropa y volvió a salir. A continuación, cruzó el jardín a oscuras y estaba pasando junto a la rosaleda de la señora Vanderswan cuando oyó un gemido que la hizo detenerse en seco.

—¿Quién anda ahí?

—¿Tessa?

Tessa miró a su alrededor y vio que se trataba de Cole, que estaba sentado junto al muro del jardín de la vecina.

—¿Qué te pasa? ¿El tobillo otra vez?

Cole maldijo en voz baja y se puso de pie a la pata coja.

—He pisado mal. La señora Vanderswan debería arreglar esto si no quiere que alguien la denuncie.

—Probablemente, diría que has entrado en su propiedad sin permiso.

—¿De qué lado estás?

Tessa se acercó y Cole comprobó que estaba sonriendo.

—Del tuyo —le aseguró—. Apóyate en mí. ¿Crees que podrás llegar hasta casa de tu madre?

Cole miró el reloj.

—No tenemos tiempo.

—No pienso ir a la misa y ver cómo sufres durante tres cuartos de hora.

Cole cedió a pesar de que en aquellos momentos le dolía más el ego que el tobillo. Lo cierto era que no necesitaba apoyarse en Tessa porque, si tenía cuidado, casi no le dolía el pie, pero tenerla cerca era todo un regalo.

Volvieron a entrar en casa de su madre por la puerta de atrás.

—Siéntate —le ordenó Tessa—. Me ha parecido ver una de esas bolsas de hielo en el congelador. Quítate la bota.

—¿Me podrías traer un par de aspirinas? Están en la estantería de arriba de la despensa.

Tessa volvió unos segundos después con una venda elástica, tres pastillas y un vaso de agua. Tras ponerle el hielo en el tobillo, se sentó frente a él.

—Siento mucho lo de tu tobillo, pero me alegro de que tengamos un momento para hablar porque luego va a haber mucha gente.

—Sí.

—Me voy mañana.

Cole se tomó las aspirinas y sintió ganas de golpear algo.

—Te vas a perder el día de Navidad.

—Tengo una cita muy importante con mi soda el día veintiséis. Tenemos que mirar la agenda y el presupuesto para el próximo año. Es la tradición y no puedo saltármela.

—¿Y tu socia es tan intransigente que no puede esperar un día o dos?

Tessa se puso en pie.

—La intransigente soy yo —declaró—. Recuerda que me gusta mi trabajo y estoy dedicada a él en cuerpo y alma. Compré el primer billete que había porque creo que a Marci le pasa algo. Ella me dice que está bien, que la empresa va bien, pero yo sé que me está mintiendo.

Cole no le pidió detalles. No los necesitaba. Sabía por las bolsas que tenía bajo los ojos y por las arrugas de tensión que le enmarcaban la boca que Tessa estaba bajo mucha presión. Presión que ella misma se había impuesto, pero presión de todas maneras. Cole había experimentado también crisis similares. La última había estado a punto de costarle casi todo por lo que había trabajado con tanto ahínco.

—Tessa, no sé lo que estará ocurriendo en la vida de tu socia, pero no va a cambiar porque tú vuelvas a Portland ahora o dentro de una semana. Tu empresa no se va ir al garete de un día para otro y, si así fuera, no podrías hacer nada de todas maneras. Te lo digo por experiencia.

—A lo mejor es que tu empresa no era tan importante para ti como la mía lo es para a mí.

Tenía razón.

—Tessa, ¿soy yo el único que cree que lo que hubo la otra noche entre nosotros estuvo muy bien? ¿Acaso una pasión así no merece una segunda oportunidad? ¿Y si es algo bueno? A lo mejor te parece que voy un poco deprisa, pero lo he estado pensando y quería pedirte que te quedaras… conmigo. Si hay una cosa que he aprendido en el póquer es que no puedes ganar si no arriesgas.

Tessa se quedó mirándolo y Cole se dio cuenta de que no le iba a gustar su respuesta.

—Olvidas que yo no juego. Ojalá jugara, pero no es así. Si fuera jugadora, llamaría a Marci y le diría «lo siento, compañera, no sé qué te pasa, pero yo me voy a quedar a vivir aquí en Texas. Ahí te quedas», pero no puedo hacerle eso.

—¿Por qué? —preguntó Cole a pesar de que ya lo sabía.

—Porque, si yo no hubiera pagado las pólizas de seguro médico de mi hermana, Sunny no habría podido estar en Horizon, mi madre no tendría pensión de jubilación y mi sobrino no tendría dinero para la universidad. Todos dependen de mí, Cole.

—Admiro la dedicación que sientes por tu familia, pero no tienes por qué hacerlo sola. ¿Y si fuera yo el que me fuera ahora contigo? Seguro que necesitan carpinteros en Portland, ¿no?

Tessa lo miró con los ojos muy abiertos y tomó aire.

No había aceptado su oferta. Cole se estaba dando cuenta de que le iba a decir que no. Había sido vendedor durante mucho tiempo como para saber cómo reaccionaba el cliente.

Tessa se acercó a él, se sentó en otra silla y lo miró.

—Cole… hay muchas razones que me llevarían a decirte que sí, pero todas son egoístas. La realidad es que, le pase lo que le pase a Marci, tengo que trabajar. Me he quedado sin dinero con todo lo que ha sucedido. Menos mal que gracias a los donativos Sunny, y Joey están cubiertos, pero yo tengo que seguir trabajando y no voy a tener tiempo para tener vida social.

¿Vida social? Desde luego, no era aquélla la declaración de amor que Cole esperaba.

—Bueno —comentó Cole quitándose el hielo de la pierna—. En póquer, esto se llama «ir a por todas». Lo he intentado, pero no has aceptado mi declaración de amor, así que me tengo que dar por vencido.

Tessa le acarició la mejilla.

—Sigue adelante con tu vida. No me necesitas para nada. Te lo digo en serio.

Sales ganando.

Dicho aquello, caminaron hasta la iglesia en silencio. No se trataba del silencio cómplice del que habían disfrutado en alguna otra ocasión sino de un distanciamiento frío que le dejó muy claro a Tessa que lo había herido a pesar de que había intentado ser pragmática.

No se quería sentir culpable. Cole le había pedido que se quedara y ella había dicho que no. Tenía derecho. A partir del día siguiente, tendría que dejar aquella relación atrás y seguir adelante con su vida, aquella vida que tanto le había costado tener.

Cuando Cole abrió la puerta, acababa de terminar de cantar el coro infantil y estaban ocupando sus lugares los miembros del coro de adultos. Tessa vio a su madre, que les hizo una señal para que se sentaran junto a ella en uno de los bancos de las primeras filas. Cole la siguió. Tessa se dijo que debía de ser su imaginación, pero tuvo la sensación de que todo el mundo los miraba.

¿Acaso se habrían dado cuenta de que le acababa de romper el corazón a uno de los hijos predilectos de River Bluff?

Cuando llegaron, los demás le hicieron un sitio y Tessa se sentó junto a la silla de ruedas de su hermana. En aquel momento, el reverendo, un hombre de cuarenta y pocos años, se acercó al púlpito. Llevaba un micrófono de pinza, así que su voz llenó la catedral.

—Después de esta maravillosa interpretación que ha quedado grabada para la posteridad por cerca de cincuenta padres, vamos a pasar a dar la bienvenida a un ángel que ha vuelto a la vida gracias a las oraciones colectivas de sus amigos y de su familia. Se llama Sunny Barnes y ha querido estar con nosotros para que veamos el poder que tiene la oración.

Tessa le estrechó la mano a su hermana y Joel se puso en pie y le entregó el lirio blanco que llevaba para ella. A continuación, empujó su silla hasta el altar, donde habían colocado un micrófono, que él ajustó con manos expertas a la altura de una persona sentada.

—Yo… quiero… daros las gracias —dijo Sunny—. No me han presentado a muchos de vosotros… creo… —añadió sonrojándose—, pero os conozco, os llevo en mi corazón y siempre os agradeceré lo que habéis hecho por mí y por mi familia.

Los aplausos fueron tan altos que Joey se tapó los oídos y se acurrucó contra su abuela, a quien le resbalaban las lágrimas por las mejillas. Tessa también lloraba, pero no sabía si de alegría o de desesperación.