Capítulo 8

—Que sepas que estás jugando con los mejores —comentó Brady.

—¿Ah, sí? —contestó Tessa sin saber si estaba echándose un farol o bromeando.

—Todos nosotros llevamos muchos años jugando. Cole no tiene la fuerza necesaria como para entrar a matar y tampoco se le da muy bien echarse faroles, pero el resto no tenemos piedad.

—Lo que no tenéis es abuela —bromeó Annie—. No les hagas ni caso, Tessa. Mi marido es el único que gana y lo hace porque juega con la cabeza y no con el corazón.

—Venga, Annie —se rió Brady—. Tu marido gana cuando yo le dejo.

Tessa observó la conversación como un espectador en un partido de tenis. Se lo estaban pasando en grande. El debate terminó cuando Joey y June se reunieron con ellos. Joey parecía satisfecho y bien comido, pero también ansioso, y Tessa comprendió que era porque echaba de menos a su madre y a su abuela. Aquello le dio pena, así que se puso en pie, cruzó el salón y lo tomó en brazos.

—¿Has comido bien?

El niño asintió.

—¿Y le has dado las gracias a la señora Lawry?

—Gracias.

—Le he dicho que me llame Nanna June. Así me llaman los niños de la guardería.

Joey se quedó mirando las fichas de colores que había sobre la mesa.

—Van a jugar a un juego —le explicó su tía—. ¿Quieres verlo?

Joey asintió y Tessa se dispuso a tomar asiento en el otro extremo de la mesa, para no molestar, pero Cole le indicó que se sentara a su lado. Tessa así lo hizo, tomando a Joey en su regazo, y se sorprendió cuando vio que su sobrino se entretenía colocando las fichas de colores que tenía ante sí.

—¿Es tu amuleto de la suerte? —le preguntó a Cole cuando Joey tomó una horquilla de plata y turquesas para sujetar el dinero.

—No, pero lo llevo siempre conmigo —contestó él—. Era de mi padre. A él no le dio mucha suerte, pero yo lo llevo en el bolsillo desde hace tanto tiempo y no sé qué haría sin él.

—¿Mío? —dijo Joey.

—No, cariño, es de Cole y lo necesita para jugar —contestó su tía.

Brady comenzó a repartir dos cartas a cada uno y le explicó a Tessa cómo se jugaba, pero ella estaba más pendiente de que Joey no levantara las cartas de Cole y las pusiera boca arriba. Cole las tomó y se las enseñó a ambos. Eran un as de diamantes y un dos de tréboles. Blake hizo entonces la apuesta máxima y Luke se retiró de la partida.

—¿Qué te parece, compañero? —le preguntó Cole al niño—. ¿Igualamos la apuesta?

—¡Sí! —gritó Joey.

A continuación, Cole le enseñó cómo echar las fichas en el cuenco que había en el centro.

Brady también igualó la apuesta y repartió tres cartas más. Blake aumentó su apuesta. Cole le dijo algo a Joey al oído y el niño volvió a echar dinero en el cuenco de las apuestas.

—Vaya, Cole, ¿vas? —dijo Luke—. No es tu estilo.

Brady igualó también la apuesta. Era el turno de Blake de levantar las cartas.

—Ya podéis empezar a llorar —dijo, y mostró un trío de reyes.

Tessa vio que Cole y Joey tenían una escalera. No le parecía que fueran muy buenas cartas y sintió que el corazón se le aceleraba.

—Joey y yo tenemos escalera de as, dos, tres, cuatro y cinco —dijo Cole, levantando las cartas.

—No está mal, pero yo tengo full —contestó Brady levantando tres reinas y dos cincos.

Cole hizo una mueca de disgusto.

—Bueno, Joey, qué le vamos a hacer. Lo hemos intentado.

Brady recogió sus ganancias.

—Creo que acabamos de establecer un nuevo récord. He echado a Cole de la partida en sólo una mano.

—No seas así —contestó Luke—. ¿No ves que está preocupado?

—A lo mejor es la mesa, que está gafada —apuntó Blake—. No me extrañaría porque después de haberla utilizado Ron para sus comidas familiares…

Cole miró a Tessa y sonrió.

—A mis amigos no les cae bien Ron porque les gana al póquer.

Se produjo un serio revuelo después de aquella afirmación, pero Tessa no pudo seguir la conversación porque Cole se puso en pie.

—Bueno, ha llegado el momento de presentarte a Pooch —le dijo a Joey.

—¿Ya te han eliminado? —le preguntó Annie llegando con una taza de café en la mano.

—Sí, así que puedes ocupar mi sitio si te apetece —contestó su hermano—. Yo voy a aprovechar para enseñarles a Tessa y a Joey la casa y el terreno.

—¿No necesitará tu madre ayuda en la cocina? —le preguntó Tessa una vez a solas.

—No, a mi madre le gusta hacer las cosas a su manera —contestó Cole—. Es muy eficiente y tendrá la cocina recogida en un abrir y cerrar de ojos. Cuando termine, se subirá a mi habitación a leer, seguro. Le encanta leer.

—¿Qué tipo de libros lee?

—Novelas de amor.

—A mi madre también le encantan —sonrió Tessa—. Aunque ahora dice que no puede concentrarse. Ojalá pudiera. Así, pasaría el rato en el hospital.

Cole asintió y, a continuación, emitió un silbido.

—Pooch —llamó—. Ven aquí, vamos. Joey es muy simpático y te va a caer bien.

El perro se acercó a regañadientes hacia Cole, que lo recibió con los brazos abiertos. A continuación, Cole le indicó a Joey que se acercara y con mucha paciencia los presentó. Tessa los observaba muy atenta por si su sobrino necesitaba ayuda, pero el perro era un bendito.

—¿Por qué es tan miedoso? ¿Le han pegado de pequeño?

—Puede ser. No lo sé. Yo lo encontré siendo ya adulto. Bueno, más bien, me encontró él a mí. Llevaba viviendo aquí una semana cuando apareció un día en el porche de atrás. Intenté encontrar a sus dueños, puse anuncios con su foto y todo, pero nadie contestó. Es muy bueno aunque es cierto que es muy tímido.

Tessa comprendía al animal. Ella se sentía exactamente igual cuando tenía que acudir a eventos sociales. En el trabajo, no tenía problema, no le temía a nada, pero, si la metían en una habitación llena de desconocidos, enseguida se escondía detrás de la cámara.

—¡Uy, me he dejado la cámara de fotos en el comedor! —exclamó Tessa—.

Esperadme aquí, que ahora vuelvo.

Tessa entró en la casa sin hacer ruido para no molestar a los jugadores, recogió su bolso, que había dejado en el pasillo que conducía a la cocina y, estaba a punto de irse cuando oyó que alguien la llamaba.

—Tessa.

Tessa se volvió y se encontró con June, que la llamaba desde el otro lado del pasillo.

—¿Sí?

—Ven un momento —le dijo la madre de Cole tomándola de la mano y conduciéndola al dormitorio principal—. No te voy a entretener mucho. Mira, es que te quería dar unas cosas para tu hermana y para tu madre. Annie me ha contado que no querías ayuda, pero, cuando les he contado la situación por la que estás pasando a un par de amigas… bueno, es un regalo —dijo June señalando tres bolsas llenas de regalos, comida y un gran ramo de flores—. Mucha otra gente me ha preguntado adonde podían mandar donativos.

Tessa se vio asaltada de repente por recuerdos dolorosos y espantosos, imágenes en las que se veía pidiendo ayuda a personas que la trataban como basura.

En aquel entonces, se había prometido a sí misma no volver a caer jamás tan bajo, no volver a encontrarse jamás en la necesidad de pedir ayuda.

—No puedo aceptarlo… gracias, pero no.

Dicho aquello, se giró con lágrimas en los ojos y se chocó de bruces contra Cole.

—Tessa.

Tessa se apartó y salió corriendo. No quería buscar consuelo en los brazos de Cole. Otra lección que también había aprendido hacía mucho tiempo. Ni siquiera el consuelo era gratis.

Cole pensó que no había sido buena idea tocarla. Menos mal que no le había dejado abrazarla.

—¿Qué ha ocurrido? —le preguntó a su madre, que estaba al borde de las lágrimas.

—Le he dicho que tenía unos regalos para ellas. Juguetes para Joey, libros y revistas para su madre, galletas caseras y esas cosas. No sé si la habré ofendido. Ya sabes que hay gente a la que no le gusta la caridad.

—No te preocupes —la consoló Cole—. No sé qué le ocurre.

—¿Dónde has dejado a Joey?

—Fuera, con Annie y con Pooch —contestó Cole—. Yo he tenido que entrar a por un sombrero porque tu hija se ha puesto como loca con el cáncer de piel.

—Será porque hace poco entrevistó a un chico de tu edad que se está muriendo de cáncer de piel y deja viuda y tres hijos.

—Ahora lo entiendo todo —asintió Cole poniéndose una gorra azul—. No te preocupes, voy a buscar a Tessa. Supongo que estará desbordada por la situación —

la tranquilizó—. Muchas gracias por el intento, mamá. Eres la mejor. Por favor, dile a Annie que lleve a Joey a la orilla del río dentro de un rato. Quiero hablar con Tessa a solas.

No se había alejado mucho. La encontró junto al muelle, desde el que había una vista preciosa del lugar. A lo mejor, con el disgusto, ni siquiera se había dado cuenta.

Estaba sentada en el columpio de madera que su madre le había regalado cuando había estrenado la casa.

—Lo siento mucho. Me siento muy avergonzada. Voy a ir a pedirle perdón a tu madre —se lamentó Tessa con un pañuelo de papel en la mano.

Cole se sentó a su lado.

—No tengas prisa —le dijo al ver que Tessa hacía amago de ponerse en pie—.

Está disgustada porque tú te has disgustado. No quería insultarte ni ofenderte.

Tessa tomó aire.

—Mira, te voy a explicar una cosa… normalmente no hablo de esto porque no me gusta que me tengan lástima… Cuando era pequeña, éramos pobres. Mi padrastro era drogadicto y murió de sida. Durante mucho tiempo, tuve que pedir dinero y muchas otras cosas y me prometí que jamás aceptaría la caridad de nadie, pero ése es mi problema y no el de tu madre.

Aquella confesión repentina y cándida tomó a Cole completamente por sorpresa.

—Cuando murió mi padre, Annie y yo nos habríamos muerto de hambre si no hubiera sido por los vecinos y por los amigos. Supongo que tuvimos suerte de pertenecer a una comunidad que te da antes de que se lo pidas.

Tessa apartó la mirada.

—Te aseguro que tener que poner la mano no es nada bonito —le dijo encogiéndose de hombros—. Aunque también recuerdo un día, antes de que se pusiera enfermo, que Zeb, mi padrastro, me llevó con él. Tocaba la guitarra cerca de la estación Amtrak. Aquel día, fue como un juego, como si jugáramos a las sillas. Yo tenía que recoger las monedas que tiraba la gente a la funda de la guitarra antes de que parara la música. Aquel día, no me sentí como una mendiga.

Cole no supo qué contestar. No se quería ni imaginar una infancia ensombrecida por el miedo a no tener nada. Aquello no encajaba en absoluto con la infancia que Sunny le había descrito.

—Tu hermana nunca me contó nada de esto.

—No me sorprende. Ella tenía a su padre en un pedestal. Yo también lo quería mucho… hasta que me di cuenta, cuando crecí, de que los demás no vivían como nosotros.

—¿Y tu madre dónde estaba?

—Haciéndose cargo de las facturas. Trabajaba de camarera, pero siempre tenía trabajos de media jornada porque es difícil tener un trabajo fijo cuando estás casada con un hombre que toca en un grupo. Viajábamos mucho.

—¿Y el colegio?

—Nos educaron en casa. A mí me encantaba leer. Terminé el bachillerato a los dieciséis años, fui a la universidad con una beca y trabajaba en tres sitios a la vez para ayudar a mi madre y a Sunny.

—Ahora entiendo que dependan tanto de ti.

—Ahora, la que está haciendo el trabajo más duro es mi madre —contestó Tessa

—. Yo sólo me tengo que encargar de no perder de vista a mi sobrino. Por cierto,

¿dónde está?

—Con Annie y con mi madre. Vendrán dentro de un rato —contestó Cole poniéndose en pie.

Se sentía agradecido de que Tessa hubiera compartido aquello con él, pero también se sentía incómodo y raro.

—¿Tu hermana y tú crecisteis aquí? —le preguntó Tessa mientras paseaban.

—Sí —contestó Cole apartando una rama—. Mis padres vinieron aquí cuando a mi padre lo echaron del ejército. Encontró trabajo en la presa.

—Y los demás también son de por aquí, ¿verdad? Parecen texanos de pura cepa.

—Ni que lo digas. Los Carrick llegaron a estas tierras poco después de la caída del Álamo. La familia de Luke se estableció aquí una generación después y se dedicó a comprar todas las tierras que pudieron.

—Entonces, el que lleva menos tiempo por aquí eres tú —sonrió Tessa.

—Sí. Mi padre era piloto militar y no tenía raíces. Estaba en el ejército cuando fue con unos cuantos amigos a Nuevo México y allí conoció a mi madre, que trabajaba de camarera.

—Y tu madre no se ha vuelto a casar, ¿verdad? La mía tampoco.

—Yo creo que todavía se siente culpable por no haber estado a su lado cuando murió.

—Mi padrastro tardó cuatro años en morir. Al final, murió durmiendo. Mi madre estaba sentada en una silla junto a su cama y ni siquiera se dio cuenta.

Cole iba a contarle el resto de su historia, pero los ladridos de Pooch lo interrumpieron y, al girarse, vio que Joey se acercaba muy sonriente. El niño había visto a su tía y ya había comenzado a correr. Annie intentó seguirle el paso, pero no le resultó posible y su madre intentó agarrarlo de la camiseta, pero no llegó. Cole, retorciéndose el tobillo, que protestó, consiguió atraparlo antes de que cayera al suelo.

—Madre mía, qué movimiento tiene este niño —se quejó Annie con la respiración entrecortada—. Espero que la mía sea una niña.

—Se parece a Cole —se rió June—. Cole era como un mono de pequeño y no tenía miedo de nada.

—¿Lo dices por cuando me caí de un árbol y me rompí los dos brazos? —

contestó el aludido.

—¿Te refieres a cuando te caíste del tejado del Wild Card Saloon?

—¿Cómo lo sabes? —se sorprendió Cole—. Jake nos dijo que su madre no tenía seguro y que podía perder el bar si contábamos lo que había sucedido, así que nos inventamos la historia del árbol.

June asintió.

—Lola supuso que eso era lo que había sucedido y vino a contarme la verdad aun arriesgándose a que la denunciara, pero yo le dije que no había nada que denunciar, que había sido un accidente y que le podría haber sucedido a cualquiera.

Annie miró a su madre muy sorprendida.

—¿Sabías que lo que te había contado era mentira y no le dijiste nada?

Recuerdo que eso fue cuando yo pedí dar clases de baile y me dijiste que no teníamos dinero, precisamente, porque Cole se había roto los brazos y había que llevarlo al médico —añadió girándose furiosa hacia su hermano—. Me debes una.

Cole se rió.

—No hay problema. ¿Sabes si hacen tutús para embarazadas?

—¡Oh, cállate! —exclamó Annie girándose y alejándose a toda velocidad.

—Annie, tranquila —le dijo su madre siguiéndola—. Piensa en el bebé.

—Es exactamente igual que Sunny —sonrió Tessa—. Cuando se enfada, mi hermana hace lo mismo —añadió quedándose en silencio de repente.

—¿Pelota?—preguntó Joey.

Pooch se metió entre unos arbustos y salió con una vieja pelota de tenis en la boca.

—A este perro no se le da muy bien vigilar, pero os aseguro que es un gran rastreador —sonrió Cole—. ¿Volvemos a casa?

Tessa asintió, así que Cole tomó a Joey de la mano y abrió la comitiva. Tessa los siguió.

—¿Te importa que vaya a buscar a tu madre? —le preguntó mientras se iban aproximando a la casa—. Me gustaría hablar con ella sobre lo que ha sucedido antes.

—Supongo que la encontrarás en la cocina —contestó Cole—, pero no es necesario.

—Ya lo sé, pero quiero hacerlo. Ahora vuelvo. Gracias por quedarte con Joey.

—Es un placer, te lo aseguro.