Capítulo 9
24 de agosto
Fredrika Nyman estaba en el trabajo, pensando en sus hijas y preguntándose qué había hecho mal.
—No lo entiendo —le dijo a su colega Mattias Holmström.
—¿Qué es lo que no entiendes, Fredrika? —le preguntó.
—¿Cómo es posible que esté tan enfadada con Josefin y Amanda? Es como si estuviese a punto de estallar.
—¿Y por qué te has enfadado?
—Son tan arrogantes… No me dicen ni hola.
—Joder, Fredrika, son adolescentes. Es normal. ¿Ya no te acuerdas de cómo eras tú a esa edad?
Fredrika se acordaba. Había sido una chica ejemplar, buena estudiante, buena tocando la flauta y jugando al voleibol, y buena cantando en el coro, y, por supuesto, también se mostraba siempre muy educada y cortés. Era toda sonrisas y amabilidad y siempre decía «Sí, mamá» y «Claro que sí, papá» como una feliz niña soldado. Seguro que había sido insoportable en algún que otro momento, pero… de ahí a ni siquiera contestar cuando te preguntaban algo…
Le resultaba incomprensible, y no podía remediar ponerse de mal humor, perder los nervios por las noches y acabar pegándoles gritos. Estaba demasiado cansada. Necesitaba dormir, descansar y disfrutar de un poco de tranquilidad. La verdad es que debería recetarse unos somníferos en ese mismo instante y, ya puestos, ¿por qué no algo fuerte, alguna droga? Como había sido una adolescente tan ejemplar, se podía permitir desmadrarse un pelín y mezclarlo todo con un poco de vino y unos analgésicos. Se rio y, para no quedar mal, le dijo un par de palabras amables a Mattias, quien le dedicó una sonrisa tan encantadora que casi deseó echarle también una bronca.
Luego volvió a pensar en el mendigo; era lo único de su trabajo con lo que últimamente se comprometía de verdad. Fredrika seguía actuando como si no fuera un caso del que la policía pasaba por completo, y había solicitado con urgencia una datación por radiocarbono, carbono 14, de los dientes, lo que le permitiría conocer la edad del hombre con un margen de error de dos años, y también otro de carbono 13, que determinaría los hábitos alimentarios de su infancia, cuando se le formaron los dientes, y que señalaría, asimismo, la composición del estroncio y del oxígeno.
Además, había cotejado el resultado del análisis autosómico del ADN con la base de datos internationalgenome.org, lo cual había indicado que el hombre, con toda probabilidad, era originario de alguna zona meridional de Asia Central, un dato que no le había sido de gran ayuda, por lo que estaba a la espera de saber los resultados del análisis segmentario del cabello, que, en el peor de los casos, podrían tardar varios meses. Había presionado al laboratorio todo lo que había podido, pero, aun así, decidió llamar una vez más a su secretaria.
—Ingela —dijo—, sé que soy muy pesada.
—Eres la menos pesada de todos. Aunque de un tiempo a esta parte te has superado un poco.
—¿Han llegado los resultados del análisis del cabello?
—¿Del hombre desconocido?
—Ese mismo.
—Espera un momento, voy a echar un vistazo a la central de informes.
Fredrika tamborileó en la mesa con los dedos mientras miraba el reloj de la pared. Eran las diez y veinte de la mañana, y ya tenía ganas de comer.
—Vaya, vaya… —dijo Ingela al cabo de un rato—. Sí que se han dado prisa, mira tú por dónde… Ya están aquí. Ahora te los subo.
—No hace falta, dime solo lo que pone.
—Pues pone… Espera un momento.
Fredrika se sintió extrañamente impaciente.
—Al parecer, tenía el pelo largo —continuó Ingela—. Tenemos tres segmentos y son… todos negativos. No hay rastro de opiáceos, ni tampoco de benzo.
—De modo que no era un toxicómano.
—No, tan solo un viejo alcohólico. No, espera… Aquí dice que… han encontrado restos de aripiprazol. Eso es un neuroléptico, ¿no?
—Exacto, se usa en la esquizofrenia.
—Y ya está, no veo nada más.
Tras colgar, Fredrika se quedó pensando un buen rato. O sea, que a excepción del aripiprazol, ingerido bastante tiempo atrás, el hombre no había tomado ningún psicofármaco. ¿Qué significaba eso? Se mordió el labio mientras clavaba una mirada irritada en Mattias, que mostraba la misma estúpida sonrisa que antes. Pero resultaba bastante evidente, ¿no? O bien el hombre, de repente —quizá por casualidad— había conseguido hacerse con un montón de somníferos y se los había tragado, o alguien quiso matarlo y le dio una botella envenenada. Y no es que Fredrika supiera qué gusto tenía el alcohol mezclado con zopiclona, seguro que no muy bueno, pero resultaba más que probable que el hombre no fuera de paladar muy exquisito. Aunque, por otra parte, ¿por qué querría alguien matarlo? Imposible saberlo, al menos de momento. No obstante, ya podía descartar que se tratara de un homicidio espontáneo. Eso no se había hecho respondiendo a un impulso repentino. Eso exigía cierta sofisticación: mezclar las pastillas con el alcohol y, encima, añadir unos opiáceos, en concreto dextropropoxifeno.
Dextropropoxifeno.
Había algo en ese opiáceo que despertaba sus sospechas. Con el dextropropoxifeno, el cóctel resultaba demasiado perfecto, como si hubiese sido preparado por un farmacéutico o por alguien que hubiera consultado a algún médico. Sintió de nuevo una leve excitación en el cuerpo y pensó en lo que debería hacer. Podía llamar a Hans Faste y recibir, con toda probabilidad, otra lección sobre cómo se comportaban esos payasos. Pero no tenía ganas. En lugar de ello, completó su informe y llamó a Mikael Blomkvist: una vez violado el secreto profesional, ¿qué más le daba seguir contándole detalles?
Catrin Lindås se hallaba en Sandhamn, en la casa de vacaciones de Mikael, intentando redactar un breve editorial para Svenska Dagbladet. Pero no le salía. Le faltaba inspiración, y ya estaba cansada de las fechas límite de entrega y harta de tener que dar siempre una opinión sobre cualquier tema. En general, estaba harta de todo menos de Mikael Blomkvist, lo que, por supuesto, era estúpido, pero ya no tenía remedio. Debería marcharse a casa y cuidar de su gato y de sus plantas, y mostrar un poco de independencia.
No fue capaz de irse a ninguna parte. Estaba como pegada a él y, por extraño que pudiera parecer, no habían discutido en absoluto, tan solo habían hecho el amor y hablado durante horas y horas, lo que tal vez tuviera que ver con el hecho de que ella —de eso hacía ya unos cien años— hubiera estado algo enamorada de él, como todas las jóvenes periodistas de aquella época. Aunque en realidad pensó que más bien se debiera a su propio asombro, a que lo ocurrido había sido del todo inesperado. Ella tenía claro que él la despreciaba y que solo deseaba dejarla en evidencia. Por ello se había mostrado arrogante y se había puesto a la defensiva, como solía suceder cuando se sentía presionada, y quiso echarlo del despacho. Ya estaba a punto de hacerlo cuando intuyó algo diferente en sus ojos, un hambre, y entonces la cosa se descontroló. Ella se transformó en la mismísima antítesis de lo que la gente pensaba de su persona, y no le preocupó lo más mínimo que alguno de sus colegas pudiera aparecer por la puerta en cualquier momento. Se abalanzó sobre él con un ardor que todavía la sorprendía, y luego salieron a hartarse de vino, a pesar de que ella jamás consumía nada en exceso.
Se fueron a Sandhamn en un barco-taxi a altas horas de la madrugada y entraron dando tumbos en la casa; luego pasaron los días sin hacer otra cosa más que permanecer tumbados en la cama abrazados, o sentados en el jardín, o navegando en el barco de Mikael. No obstante, ella se negaba a creer que aquello pudiera tratarse de algo serio; tampoco le había comentado nada, todavía, de lo único realmente constante en su vida, de ese terror que nunca la abandonaba, y al día siguiente pensaba marcharse a casa… O quizá esa misma noche. Aunque, a decir verdad, también el día antes y el otro había dicho lo mismo, y, sin embargo, allí seguía… Eran ya las diez y media de la mañana del lunes. Miró por la ventana y observó que en el mar hacía viento. Luego, alzó la mirada al cielo y vio una cometa verde que se movía nerviosa. De pronto, oyó un zumbido.
Era el móvil de Mikael. Él había salido a correr, y era evidente que ella no iba a coger su teléfono. Aun así, miró la pantalla. Ponía «Fredrika Nyman». Tenía que ser esa médica forense de la que él le había hablado, y entonces lo cogió.
—El móvil de Mikael —dijo.
—Quería hablar con Mikael.
—Ha salido a correr. ¿Quiere dejarle algún recado?
—Que me llame —respondió Fredrika—. Dígale que acabo de recibir los resultados de unos análisis.
—¿Se trata del mendigo que iba con un plumas?
—Eso es.
—¿Sabe que yo me encontré con él? —comentó Catrin.
—¿Ah, sí?
Catrin percibió la curiosidad que había en la voz de la médica.
—Se me echó encima —dijo.
—Perdóneme, pero ¿quién es usted?
—Soy Catrin, amiga de Mikael.
—¿Y qué pasó?
—Se acercó a mí en Mariatorget y empezó a gritar.
—¿Y qué quería?
Se arrepintió de habérselo comentado. Se acordó de la sensación que experimentó en ese momento, la sensación de que algo terrible volvía como un gélido viento del pasado.
—Quería hablar de Johannes Forsell.
—¿Del ministro de Defensa?
—Supongo que querría echar pestes sobre él, como todos. Pero me fui de allí en cuanto pude.
—¿Hubo algo que la hiciera pensar en cuál podría ser su procedencia?
Catrin creía saberlo con bastante certeza.
—No, no tengo ni idea —respondió—. ¿Qué dicen los resultados de esos análisis?
—Eso es mejor que se lo comente a Mikael.
—Sí, quizá sea mejor. Le diré que la llame.
Tras colgar, recordó al mendigo y sintió cómo el miedo volvía a apoderarse de ella; recordó cómo aquel hombre, arrodillado junto a la estatua de la plaza, le había dado una sensación de déjà vu, como si hubiera regresado a sus viajes de la infancia, y hasta era posible que le hubiera mostrado una sonrisa ligeramente nerviosa, al igual que había hecho con todos los pobres diablos desharrapados con los que se había encontrado en su vida. Fuera como fuese, el hombre debió de pensar que por fin alguien reparaba en su existencia, y se sintió aceptado. Se levantó de un salto, cogió la rama que yacía en el suelo junto a él, se acercó a ella y le gritó:
—Famous lady!, ¡famosa!
Catrin se asombró de que la reconociera. Pero, a medida que aquel hombre fue aproximándose a ella, descubrió los muñones que tenía por dedos y la mancha negra de su cara, así como su amarillenta piel y la desesperación que desprendían sus ojos, y entonces fue como si se quedara paralizada, sin poder moverse: el hombre la agarró de las solapas de la americana, y hasta que empezó a desvariar sobre Johannes Forsell no consiguió soltarse y marcharse de allí.
—¿No te acuerdas de nada de lo que te dijo? —le había preguntado Mikael.
Ya le había dicho que eran las mismas chorradas ininteligibles de siempre. Pero quizá no fuera así. Las palabras volvieron a acudir a su mente, y en esta ocasión ya no se le antojaron tan incomprensibles, ni tampoco pensó que fueran los típicos comentarios que solían oírse sobre Forsell. Ahora le susurraban algo muy diferente.
Mikael se acercaba a su casa. Estaba hecho polvo, sudoroso, y se volvió para mirar hacia atrás. No había nadie, y entonces pensó de nuevo: «Es solo mi imaginación, tonterías». Durante los últimos días había empezado a sospechar que lo estaban vigilando, y le daba la sensación de que resultaba excesiva la frecuencia con la que se había cruzado con un hombre en particular, un tipo que rondaba los cuarenta años, con coleta, barba y los brazos tatuados. Bien era cierto que ese hombre iba vestido como un turista cualquiera, pero aun así le pareció que miraba con demasiada atención como para tratarse de alguien que se encontrara de vacaciones.
En realidad, no pensaba que el hombre tuviera nada que ver con él, y la mayor parte del tiempo se limitaba a evadirse del mundo en los brazos de Catrin y se olvidaba de todo lo demás. Pero de vez en cuando, como ahora, sentía alguna que otra punzada de inquietud, momento en el que casi siempre pensaba en Lisbeth. Y entonces podía imaginarse las cosas más terribles. Levantó la mirada jadeando. El cielo estaba despejado. Según el pronóstico meteorológico, seguiría haciendo calor, pero habría mucho viento —quizá, incluso, vendavales—, y se detuvo en el jardín de su casa, frente a los dos arbustos de grosellas que debería haber podado. Miró hacia el mar y a la gente que se estaba bañando mientras seguía jadeando pesadamente, inclinado hacia delante y con las manos apoyadas en las rodillas.
Esperaba que, al entrar, Catrin le ofreciera una grandiosa bienvenida. Ella lo había mimado tanto que él se había acostumbrado a ser recibido, cada vez que volvía, igual que un soldado que regresaba de la guerra, aunque solo hubiera estado fuera diez minutos. Sin embargo, la encontró sentada sobre la cama, con la espalda erguida y el semblante serio, y entonces Mikael se preocupó y pensó de nuevo en el hombre de la coleta.
—¿Ha sucedido algo? —le preguntó.
—¿Qué? No —dijo Catrin.
—¿Y nadie nos ha hecho una visita?
—¿Esperas a alguien? —le contestó ella.
La respuesta lo tranquilizó un poco y, tras acercarse, le acarició el pelo y le preguntó qué le ocurría.
Catrin le respondió que no le pasaba nada. Mikael no la creyó. Claro que, por otra parte, no era la primera vez que veía esa sombra en ella, aunque solía desaparecer con la misma rapidez con la que aparecía. Y cuando le contó que la forense lo había llamado, decidió no indagar más en lo que le sucedía y llamar a Fredrika Nyman, quien lo informó de los resultados de los análisis del cabello.
—Entiendo —dijo Mikael—. ¿Y qué conclusiones sacas?
—Sinceramente, no lo sé, pero le he dado mil vueltas al tema, y todo me parece muy sospechoso —indicó Fredrika Nyman.
Mikael miró a Catrin, que estaba sentada con los brazos cruzados sobre el estómago. Le sonrió. Ella se esforzó por devolverle la sonrisa, y entonces él miró por la ventana y vio que, con el viento que se había levantado, el mar estaba revuelto. Su fueraborda cabeceaba sobre las olas, tenía que subirla más a tierra.
—¿Qué dice Faste?
—Aún no sabe nada. Pero lo he incluido todo en mi informe.
—Tienes que comentárselo.
—Sí, lo haré. Tu amiga dice que ese pobre hombre habló de Johannes Forsell.
—Forsell es como un virus —contestó Mikael—. Todos los chalados están obsesionados con él.
—No lo sabía.
—Es un poco como lo que pasó en su día con el asesinato de Olof Palme. Ese crimen se quedó grabado en el cerebro de todo psicótico. A mí no hacen más que llegarme todo tipo de teorías conspirativas sobre Forsell.
—¿Y por qué pasa eso?
Miró a Catrin, que se levantó para entrar en el baño.
—Nunca se sabe del todo —contestó—. Se supone que determinadas personas públicas provocan, simplemente, que la imaginación de la gente se desate. Pero seguro que, en este caso, se trataba de una operación programada, de una venganza, porque Forsell no tardó en señalar a Rusia como implicada en la crisis bursátil, y porque además lleva un tiempo manteniendo una línea muy dura con el Kremlin. Existen pruebas bastante claras que demuestran que ha sido objeto de una campaña de desinformación.
—¿No es Forsell también un tipo al que le gusta correr riesgos, todo un aventurero?
—Sí, pero creo que está limpio. Lo he investigado de arriba abajo —dijo—. ¿Sigues sin saber la procedencia del mendigo?
—Solo sé que el análisis de radiocarbono revela que es más que probable que se criara en un ambiente muy pobre, pero de eso ya estaba al corriente. Parece haberse alimentado a base de verduras y cebada. Tal vez sus padres fueran vegetarianos.
Mikael dirigió la mirada hacia el cuarto de baño, donde seguía Catrin.
—¿No te resulta muy raro todo esto? —preguntó a continuación.
—¿A qué te refieres?
—A que ese hombre aparece de buenas a primeras, como surgido de la nada, y de repente lo encuentran muerto con un cóctel mortal en el cuerpo.
—Sí, la verdad es que sí.
A Mikael se le ocurrió una idea.
—¿Sabes? Yo tengo un amigo en la brigada de homicidios, un comisario que ha trabajado con Faste, al que, por cierto, considera un auténtico idiota —continuó.
—Un hombre inteligente, sin lugar a dudas.
—Mucho. Puedo preguntarle si tiene tiempo para echarle un vistazo al caso; igual así agilizamos el proceso.
—Eso sería fantástico.
—Gracias por llamarme. Volveré a contactar contigo.
Colgó, contento de tener un motivo para llamar a Bublanski. Se conocían desde hacía mucho, y era muy posible que la relación no siempre hubiera estado exenta de complicaciones. No obstante, en los últimos años se habían hecho amigos, y siempre era un bálsamo para el alma hablar con él, como si Bublanski, tan solo con su carácter reflexivo, le ofreciera una perspectiva más amplia de la existencia y lo liberara de ese incesante aluvión de noticias acerca del mundo que era su vida, pero que a veces le daba la sensación de que se ahogaba a causa de tantos escándalos y locuras.
Bublanski y él se habían visto por última vez en el entierro de Holger Palmgren, donde, tras hablar de Lisbeth y de las palabras que pronunció sobre los dragones en la iglesia, prometieron verse pronto. Sin embargo, ese encuentro —como suele suceder con ese tipo de promesas— aún no se había producido. Mikael cogió el teléfono para marcar su número. Pero algo le hizo dudar, y entonces decidió llamar a la puerta del baño.
—¿Estás bien? —preguntó.
Catrin no tenía ganas de responder. Pero comprendió que era necesario hacerlo, por lo que dijo, aunque con una voz apenas audible: «Espera un momento». A continuación se levantó de la taza del váter y se echó agua en la cara intentando conseguir, sin demasiado éxito, que sus ojos parecieran menos rojos. Luego abrió la puerta, salió y se sentó en la cama. No se sintió muy cómoda cuando Mikael se le acercó y le acarició el pelo.
—¿Cómo vas con el editorial?
—Fatal.
—Conozco esa sensación. Pero hay algo más, ¿a que sí? —preguntó él.
—Ese mendigo… —empezó ella.
—¿Qué le pasa?
—Me puso histérica.
—Sí, ya lo sé.
—Pero no sabes por qué.
—Supongo que no del todo —respondió él, y por un instante ella dudó, pero luego, mirándose las manos, le empezó a contar:
—Cuando tenía nueve años, mis padres me comunicaron que estaría un año sin ir a la escuela. Mi madre convenció a la dirección del colegio de que tanto ella como mi padre se encargarían de mi educación, así que supongo que les darían toda clase de material y ejercicios para hacer en casa de los que yo, sin embargo, no vi ni una letra. Luego viajamos a la India y a Goa, y, sí, puede que al principio lo viera como una aventura: dormíamos en la playa o en hamacas, y yo jugaba con otros niños, y aprendí a hacer joyas y a tallar figuras de madera, y jugaba al fútbol y al voleibol, y por las noches bailábamos y encendíamos hogueras. Mi padre tocaba la guitarra y mi madre cantaba. Durante un tiempo regentamos un café en Arambol, donde yo preparaba y servía sopa de lentejas con leche de coco a la que bautizamos como Catrin’s soup. Pero poco a poco aquello se fue de madre. La gente empezó a aparecer desnuda en el café, y muchos venían con pinchazos de jeringuillas en los brazos. Otros estaban completamente idos y algunos de ellos me metían mano o intentaban asustarme con sus locos arrebatos.
—¡Qué horror!
—Una noche me desperté y vi los ojos de mi madre ardiendo en la oscuridad. Se estaba inyectando algo. Mi padre se mecía a su lado diciendo «Uy, uy» con voz somnolienta. Los problemas no tardaron en llegar: mi padre comenzó con sus ataques de paranoia y no hacíamos más que hablar de eso. Yo preguntaba: «¿Qué le pasa a papá?». «Son solo paranoias», contestaba mi madre. Las paranoias de mi padre. Nos mudamos no mucho tiempo después, como si así esperáramos poder alejarnos también de las paranoias. Recuerdo que estuvimos andando horas, días, semanas, tirando de un carro que tenía unas viejas ruedas de madera medio podridas y que iba cargado de chales, ropa y bisutería barata que mi madre intentaba vender. Luego, supongo que nos deshicimos de todo porque, de la noche a la mañana, nos vimos sin prácticamente nada, obligados a movernos en tren y a hacer autostop. Acabamos en Benarés y luego en Katmandú, donde vivimos en Freak Street, la vieja calle de los hippies, y fue entonces cuando me di cuenta de que nuestro negocio se había transformado en algo muy diferente. Mis padres no solo eran adictos a la heroína, sino que también la vendían. La gente venía a nuestra casa diciendo «Please, please», y en algunas ocasiones había hombres que nos perseguían por la calle. A muchos les faltaban dedos en las manos, o a veces un brazo o una pierna; iban vestidos con harapos y tenían la piel amarillenta y manchas en la cara. Todavía hoy aparecen en mis pesadillas.
—Y el mendigo te los recordó.
—Es como si todo aquello hubiera vuelto.
—Lo siento —dijo Mikael.
—Es lo que hay. Llevo mucho tiempo viviendo con esos recuerdos.
—No sé si te servirá de algo, pero ese hombre no era toxicómano. Ni siquiera tomaba pastillas.
—Ya, pero se parecía a ellos —contestó Catrin—. Lo vi igual de desesperado.
—La forense piensa que lo mataron —prosiguió Mikael con un tono de voz diferente, como si ya hubiese olvidado la historia de Catrin.
Entonces ella se sintió ofendida, o tal vez solo cansada de sí misma, y dijo que necesitaba salir un poco, y, aunque Mikael hizo un pequeño intento de detenerla, era obvio que ya tenía la cabeza en otra parte.
Cuando, ya en la puerta, Catrin se volvió para mirarlo, vio que estaba marcando un número en el móvil, de modo que pensó que no era necesario que se lo contara todo y que, en cualquier caso, podía comprobar aquello por sí misma.