Capítulo 2

15 de agosto

Lisbeth Salander estaba sentada en la habitación de un hotel de la plaza del Manège de Moscú, viendo en su ordenador portátil cómo Mikael salía del portal de Fiskargatan. No andaba con su habitual porte, más bien parecía como perdido, y Lisbeth sintió una punzada de algo que no supo cómo interpretar con exactitud pero que tampoco le interesaba analizar más a fondo en ese momento. Se limitó a levantar la vista de la pantalla para mirar la enorme cúpula de cristal que brillaba allí fuera con sus múltiples colores.

La ciudad que hacía tan solo un momento la había dejado indiferente ahora la atraía. Sopesó la posibilidad de pasar de todo y salir por ahí a emborracharse. Toda una estupidez, por supuesto. Debía seguir siendo disciplinada. Llevaba un tiempo viviendo prácticamente pegada a la pantalla del ordenador, sin apenas dormir. Aun así, por paradójico que pudiera resultar, ofrecía un aspecto mucho más aseado, como hacía tiempo que no tenía. Ahora llevaba el pelo corto. Los piercings habían desaparecido y vestía una camisa blanca y un traje negro, como en el entierro de Holger. En realidad no lo hacía para honrarlo a él, sino porque se había convertido en una costumbre y porque quería llamar menos la atención.

Había decidido atacar primero y no esperar como una presa perseguida agazapada en un rincón. Por eso se había ido a Moscú, y por eso había hecho instalar cámaras de seguridad en su casa de Fiskargatan, en Estocolmo. No obstante, el precio que tuvo que pagar fue más alto de lo que había imaginado. No solo por haber removido su pasado y no pegar ojo por las noches, sino también porque el enemigo se ocultaba tras cortinas de humo y complejísimos encriptados, de modo que se vio obligada a dedicar horas y horas a limpiar su propio rastro. Vivía como una fugitiva, y nada de lo que buscaba le resultaba fácil de encontrar. Y hasta ahora, tras más de un mes de trabajo, no había sentido que estuviera cerca de lograr su objetivo. Aunque no era fácil saberlo con seguridad, y a veces se preguntaba si tal vez el enemigo, a pesar de todo, no iría un paso por delante.

Ese mismo día, mientras inspeccionaba el terreno y preparaba la operación, se había sentido vigilada, y en más de una ocasión, por las noches, la habían inquietado los ruidos que llegaban desde el pasillo del hotel, especialmente los que se producían cuando pasaba un hombre —estaba segura de que se trataba de un hombre— que tenía una dismetría en el andar, una irregularidad en los pasos que, a menudo, se ralentizaban al llegar a la altura de la puerta de Lisbeth, como si se parara a escuchar.

Echó para atrás la grabación. Mikael Blomkvist volvió a salir del portal de Fiskargatan con cara de perro triste, y Lisbeth se quedó pensando en ello mientras miraba por la ventana. Unas oscuras nubes que amenazaban lluvia pasaron sobre la Duma en dirección a la plaza Roja y al Kremlin. Parecía que se avecinaba una buena tormenta, lo que quizá fuera lo mejor. Lisbeth se levantó y pensó en meterse bajo la ducha o darse un baño. Se contentó con cambiarse de camisa. Escogió una negra. Le pareció una elección acertada. Y de un compartimento secreto de su maleta sacó su Cheetah, una pistola Beretta que había comprado al día siguiente de llegar a Moscú. La introdujo en la funda que llevaba debajo de la chaqueta y miró a su alrededor.

Aquella habitación no le gustaba, ni el hotel tampoco. Le resultaba demasiado lujoso y hortera, y por sus salones no solo deambulaban hombres como su padre, auténticos cabrones con amantes y súbditos a quienes trataban como si fuesen de su propiedad; además, había ojos que también la miraban a ella, y palabras que podían salir de allí y llegar a oídos de los servicios de inteligencia o de los gánsteres. A menudo se quedaba sentada, como ahora, con los puños apretados, como preparada para entrar en combate en cualquier momento.

Se dirigió al baño y se echó agua fría en la cara. No ayudó gran cosa. A causa del insomnio y del dolor de cabeza, sentía tensión en la frente. ¿Debía marcharse ya? Sí, eso sería lo mejor. Aguzó el oído. En el pasillo no se oía nada, así que salió. Se alojaba en la vigésima planta. Delante de los ascensores, que no quedaban muy lejos de su habitación, había un hombre de unos cuarenta y cinco años esperando. Tenía el pelo corto y era atractivo. Llevaba vaqueros, cazadora de cuero y, al igual que ella, una camisa negra. A Lisbeth le sonaba su cara. Había algo raro en sus ojos: brillos y destellos de distinta intensidad y diferentes colores. Pero no le prestó mayor atención.

Con la mirada gacha, bajó en el ascensor junto a aquel hombre. Salió al vestíbulo y luego a la plaza, donde alzó la vista hacia la enorme cúpula de cristal que brillaba en la oscuridad con su mapamundi giratorio. Por debajo de esta había un centro comercial de cuatro plantas y, coronándola, una estatua de bronce de san Jorge y el dragón. San Jorge era el patrón de la ciudad y se lo veía por doquier, siempre blandiendo su espada. A veces Lisbeth, en un gesto protector hacia su propio dragón, se llevaba la mano al omoplato. Y de vez en cuando se tocaba una vieja herida de bala que tenía en el hombro y la cicatriz de una cuchillada que le habían dado en la cadera. Era como si quisiera recordar todo aquello que le dolía.

Pensó en incendios y en catástrofes, y en su madre, al tiempo que intentaba que las cámaras de seguridad no la captaran. Por eso caminaba tensa y con paso irregular mientras, apresurada, se dirigía hacia el bulevar Tverskoi, la gran avenida, con sus parques y jardines, y no se detuvo hasta que llegó a Versailles, uno de los restaurantes más elegantes de la ciudad.

Era un sitio parecido a un palacio barroco, con columnas y ornamentos de oro y cristal, un absoluto pastiche del siglo XVII. No había nada que Lisbeth deseara tanto como largarse de allí; sin embargo, esa noche iba a celebrarse en aquel lugar una fiesta a la que acudirían los más ricos de la ciudad. Ya desde lejos pudo ver los preparativos. De momento no habían llegado más que unas cuantas mujeres jóvenes y guapas, sin duda prostitutas contratadas, pero el personal trabajaba sin descanso dando los últimos retoques. Lisbeth se acercó y, entonces, divisó al anfitrión.

Se llamaba Vladimir Kuznetsov y se hallaba en la entrada vestido con un esmoquin blanco y unos zapatos de charol. Aunque no era muy mayor, apenas cincuenta años, se parecía al mismísimo Papá Noel, con su pelo blanco, su barba y una buena barriga que contrastaba con sus delgadas piernas. Oficialmente, su historia era como las que se ven en las típicas películas con final feliz: un chorizo de medio pelo que cambia de bando y que se convierte en un cocinero de éxito especializado en filete de oso y salsa de setas. En realidad, capitaneaba una serie de fábricas de troles que producían falsas noticias, las más de las veces con un tinte racista. Kuznetsov no solo había sembrado el caos e influido en elecciones políticas, sino que también tenía las manos manchadas de sangre.

Había creado las condiciones propicias para que se cometieran genocidios y había convertido el odio en un negocio importante, así que el simple hecho de verlo en la entrada fortaleció a Lisbeth, quien rozó su Beretta, metida en la funda, mientras miraba a su alrededor. Kuznetsov se mesaba la barba con nerviosismo. Iba a ser su gran noche, y allí dentro se hallaba tocando el cuarteto de cuerda que más tarde —sabía Lisbeth— sería sustituido por la banda de jazz Russian Swing.

Ante la entrada se extendía una alfombra roja bajo un toldo negro. La alfombra estaba delimitada por cuerdas y guardaespaldas. Estos se encontraban muy cerca unos de otros, llevaban trajes grises y pinganillos en los oídos e iban todos armados. Kuznetsov consultó su reloj. Aún no había aparecido ningún invitado. Quizá se tratara de una especie de juego: nadie quería ser el primero.

Sin embargo, en la calle ya se agolpaba mucha gente, cientos de personas que deseaban ver llegar a los invitados. Al parecer, se había difundido la noticia de que unos cuantos peces gordos harían acto de presencia, y eso era bueno, creía Lisbeth. Así pasaría desapercibida. De pronto empezó a llover, chispeando al principio para luego hacerlo a cántaros. Un relámpago iluminó el cielo. Al resonar un fuerte trueno, la gente comenzó a dispersarse. Solo permanecieron en el lugar algunos valientes provistos de paraguas. Poco tiempo después llegaron las primeras limusinas con los invitados. Kuznetsov los saludaba y les hacía reverencias mientras, a su lado, una mujer iba tachando los nombres en un pequeño cuaderno negro. Poco a poco, el restaurante se llenó de hombres de mediana edad y de muchas jóvenes.

Lisbeth oyó cómo el murmullo procedente del interior se mezclaba con la música del cuarteto de cuerda y fue identificando a algunos de los personajes con los que se había topado en su investigación. Reparó en cómo los movimientos y la expresión de Kuznetsov cambiaban en función de la importancia y del estatus de quienes llegaban. Los invitados recibían la sonrisa y la reverencia que él consideraba que merecían, y a los más distinguidos los obsequiaba, además, con una broma, si bien es cierto que por lo general era Kuznetsov el que más se reía.

Sonreía y dejaba escapar algunas risitas zalameras, como un bufón. Lisbeth se quedó mirando aquel espectáculo, aterida y totalmente empapada; es posible, incluso, que aquello la dejara demasiado absorta, porque uno de los guardias reparó en ella y, con la cabeza, le hizo un gesto a un compañero, lo cual no era nada bueno, en absoluto. Ella fingió marcharse de allí, pero lo que en realidad hizo fue refugiarse en un portal cercano, y entonces se dio cuenta de que sus manos estaban temblando, aunque no creía que se debiera a la lluvia ni al frío.

Se encontraba en estado de máxima tensión. Sacó el móvil para comprobar que todo estaba preparado. El ataque debía realizarse a la perfección, cronometradamente. Si no, estaría perdida. Y lo repasó todo en su cabeza una, dos y hasta tres veces. Pero el tiempo se le iba de las manos y poco a poco fue perdiendo la esperanza. La lluvia no paraba de caer y allí no pasaba nada; aquello empezaba a asemejarse a otra oportunidad perdida.

Parecía que ya habían llegado todos los invitados. Incluso Kuznetsov entró, y entonces ella se acercó con mucho cuidado y se asomó. La fiesta ya estaba en marcha. Los hombres habían empezado a beber con desenfreno, un vodka tras otro, y a meterles mano a las chicas. Lisbeth decidió regresar al hotel.

Pero justo en ese instante una limusina más se detuvo frente a la entrada. Una de las mujeres que estaban en la puerta entró corriendo en busca de Kuznetsov, quien salió del restaurante con pasos torpes y lentos, la frente sudorosa y una copa de champán en la mano. Entonces, Lisbeth decidió quedarse un rato más. Al parecer, se trataba de alguien importante; se notaba en los guardias, en la inquietud que se respiraba de pronto en el ambiente y en la cara de tonto que se le había puesto a Kuznetsov. Lisbeth se introdujo en el portal. Pero nadie descendió de la limusina.

Ningún chófer salió bajo la lluvia para abrirle la puerta a nadie. El coche se limitó a permanecer allí. Kuznetsov se atusó el pelo, se colocó bien la pajarita, se secó la frente, metió barriga y apuró su copa. Y, en ese instante, Lisbeth dejó de temblar. Advirtió que había algo en la mirada de Kuznetsov, algo que conocía demasiado bien, y sin demorarlo ni un segundo más puso en marcha su ataque hacker.

Después se metió el móvil en el bolsillo y dejó que los códigos de los programas trabajaran por sí solos mientras barría los alrededores con la mirada y registraba fotográficamente cada detalle: el lenguaje corporal de los guardaespaldas que se habían dispuesto a lo largo de la alfombra roja, lo cerca que estaban sus manos de las armas y los huecos que había entre los hombros de cada uno de ellos, así como las irregularidades y los charcos de la acera que tenía enfrente.

Lisbeth permaneció quieta contemplándolo todo, casi en estado catatónico, hasta que el chófer salió de la limusina, abrió un paraguas y, acto seguido, una de las puertas traseras. Entonces Lisbeth se acercó con pasos felinos y con la mano en la pistola que llevaba por debajo de la chaqueta.