Capítulo 15

26 de agosto

Esa mañana, Mikael estuvo corriendo diez kilómetros junto a la orilla del mar, y al llegar a casa sonó el teléfono. Era Erika Berger. El próximo número de Millennium iría a imprenta al día siguiente, y aunque Erika no se mostró muy contenta, tampoco la notó demasiado disgustada.

—Hemos vuelto a un nivel normal —le comentó, y, acto seguido, le preguntó en qué andaba metido.

Mikael le respondió que estaba de vacaciones y que había empezado a correr de nuevo, pero que también se había interesado un poco por el ministro de Defensa y por la campaña de odio que se había orquestado contra él, a lo que Erika contestó que le parecía curioso.

—¿Por qué te parece curioso? —preguntó Mikael.

—Porque Sofie Melker lo comenta en su reportaje.

—¿Y de qué habla?

—De los ataques que han sufrido los hijos de Forsell y de los policías que han tenido que patrullar delante del colegio judío.

—Sí, ya me he enterado.

—Oye…

Erika sonó inquietantemente pensativa, como siempre que se le ocurría una idea para un reportaje.

—Como te niegas a continuar con tu reportaje sobre la crisis bursátil, ¿por qué no haces un retrato de Forsell y sacas su lado humano? Si mal no recuerdo, os entendíais bien.

Mikael posó la mirada en el mar.

—Sí, supongo que nos entendíamos bien.

—Bueno, ¿qué me dices? Así también podrías ayudar a nuestros lectores a comprobar los hechos de su vida.

Mikael se quedó callado un momento.

—Quizá no sea mala idea —dijo.

Pensó en el sherpa y el Everest.

—Acabo de leer que Forsell se ha cogido, de forma inesperada, una semana de vacaciones. ¿No tenía una casa cerca de la tuya?

—Al otro lado de la isla.

—Pues ya está —sentenció Erika.

—Lo pensaré.

—Antes no pensabas tanto. Actuabas más.

—Yo también estoy de vacaciones —respondió.

—Tú nunca estás de vacaciones.

—¿Ah, no?

—Tú eres un viejo adicto al trabajo demasiado cargado de culpa como para entender lo que significa estar de vacaciones.

—¿Me estás diciendo que ni siquiera merece la pena intentarlo?

—Sí —dijo ella riéndose, y entonces Mikael se sintió obligado a reírse también y pensó que era un alivio que Erika no le preguntara si le apetecía que fuese a verlo.

No quería complicar más la relación con Catrin, de modo que, tras desearle buena suerte, se despidió de ella. Luego se quedó absorto en sus pensamientos mientras dirigía la mirada al mar, azotado por el temporal. ¿Qué iba a hacer? ¿Demostrar que sí comprendía lo que significaba «estar de vacaciones»? ¿O seguir trabajando?

Llegó a la conclusión de que podía contemplar la posibilidad de ver a Forsell, pero en ese caso tendría que estudiar más a fondo toda esa mierda que se había escrito sobre él, y tras un rato de lamentos, quejas y suspiros, y después de una larga ducha, se puso manos a la obra. Al principio le resultó desesperante y sofocante, como si hubiera vuelto a descender a la misma ciénaga a la que bajó cuando investigó las fábricas de troles.

Pero poco a poco se sintió absorbido por el tema y dedicó no pocos esfuerzos a intentar rastrear la procedencia de todas esas afirmaciones y a analizar cómo se habían propagado y distorsionado, y cuando se estaba acercando una vez más a los acontecimientos del Everest, pegó un respingo: su móvil sonó, pero esa vez no era Erika, sino Bob Carson, de Dénver.

Mikael lo notó nervioso.


Charlie Nilsson se hallaba sentado en un banco frente al centro de rehabilitación de adicciones PRIMA Maria —o el «Detox», como él lo denominaba— y frunció el ceño. No le gustaba nada hablar con la policía, en especial cuando sus amigos lo veían. Pero la mujer, que se llamaba Sonja o Ronja, o algo así, le daba miedo, y él no quería meterse en líos.

—Pero bueno, déjame en paz —le soltó—. Yo no vendo botellas con alcohol adulterado.

—Ah, ¿no lo haces? ¿Y cómo lo sabes? ¿Es que las pruebas todas antes?

—No me fastidies.

—¿Fastidiarte? —dijo Sonja o Ronja—. Tú no tienes ni idea de cómo soy cuando fastidio a alguien.

—¡Vale ya! —exclamó deseando terminar la conversación—. Cualquier persona podría haberle pasado una botella envenenada, ¿no? ¿Sabes cómo llaman a este sitio?

—No, Charlie, no lo sé.

—El triángulo de las Bermudas. La gente pasa entre el Detox, el Systembolaget y ese bar cutre de allí, y luego desaparece, sin más.

—¿Qué quieres decir?

—Que por aquí pasa un montón de chusma. De vez en cuando aparecen unos tipos raros de la hostia que trapichean con droga chunga y pastillas que son una puta mierda. Pero los que llevamos un negocio serio, los que estamos aquí llueva o truene, noche tras noche, no podemos permitirnos ese tipo de cosas; tenemos que vender mercancía buena y poder dar la cara por ella al día siguiente. Si no, estaríamos jodidos.

—No te creo ni chispa —dijo Modig—. Estoy convencida de que no sois tan escrupulosos. Y, por cierto, me gustaría decirte que te has metido en un buen lío. ¿Ves a aquellos hombres de uniforme?

Charlie los miró. Había sido consciente en todo momento de su presencia, y había sentido cómo clavaban la mirada en él.

—Tendrás que venirte con nosotros ahora mismo si no nos cuentas lo que sabes. Has dicho que hiciste negocios con ese hombre —continuó Sonja Modig.

—Sí, hice negocios con él, pero me daba miedo, así que me mantuve todo lo alejado que pude.

—¿Por qué te daba miedo?

—Tenía unos ojos que te acojonaban, y muñones por dedos, y una mancha en la puta cara, y luego no dejaba de delirar. «Luna, Luna», decía. Eso es español, ¿no? O italiano.

—Creo que sí.

—Bueno, al menos lo hizo una vez. Apareció por Krukmakargatan cojeando y golpeándose el pecho con la mano, y decía que Luna estaba sola y que lo llamaba, ella y alguien llamado Mam Sabib, o como coño fuese, y me asusté. Estaba completamente ido, así que le di sus cosas a pesar de que no llevaba suficiente pasta. No me sorprendió nada que luego se pusiera violento.

—¿Se puso violento?

«Joder, ya la he cagado», pensó Charlie Nilsson. Había prometido no decir nada, pero ya lo había dicho, así que no le quedó más remedio que seguir, pasara lo que pasase.

—Sí, pero no conmigo.

—¿Con quién?

—Con Heikki Järvinen.

—¿Y ese quién es?

—Un cliente. Uno de mis clientes, aunque con un poco más de clase, la verdad. Heikki se cruzó en plena noche con ese tipo, en Norra Bantorget. Debió de ser él, seguro; Heikki habló de un pequeño chino sin dedos y con un plumas enorme que deliraba y decía que había estado caminando entre las nubes o por donde fuese, y como Heikki no se lo creyó, el tipo le dio un puñetazo tan fuerte que le dejó la cabeza retumbando. El chino era fuerte como un oso, dijo Heikki.

—¿Y dónde podemos contactar con Heikki Järvinen?

—Con Järvinen nunca se sabe, es uno de esos que van y vienen.

La agente de policía llamada Sonja o Ronja tomaba apuntes y asentía con la cabeza mientras seguía presionándolo un poco más. Luego desapareció, y Charlie Nilsson suspiró aliviado. Él ya sabía, pensó, que pasaba algo raro con ese chino. Acto seguido, se apresuró a telefonear a Heikki Järvinen antes de que la policía lo localizara.


Mikael percibió de inmediato que la voz de Bob Carson había cambiado, como si hubiese estado toda la noche sin dormir o hubiera cogido un catarro.

—Ahí es una hora decente, ¿verdad? —preguntó el estadounidense.

—Totalmente.

—Aquí no. Y es como si mi cabeza estuviera a punto de estallar. ¿Te acuerdas de que te dije que tenía un pariente que participó en la expedición de 2008?

—Me acuerdo.

—¿Y recuerdas que además te referí que estaba muerto?

—Perfectamente.

—Y así era. O, al menos, eso fue lo que nos dijeron. Pero quizá sea mejor que te lo cuente todo desde el principio.

—Sí, mejor.

—Llamé a mi tío, el de Khumbu; él funciona como una especie de central de información de la zona. Repasamos la lista de nombres que me enviaste, y al único familiar a quien encontramos fue a esa persona, así que pensé en darme por vencido: si realmente había muerto no podía aparecer en Estocolmo y volver a morir allí. Pero luego me enteré de que nunca encontraron su cuerpo, y entonces miré el informe y me di cuenta de que la edad encajaba, y la altura también.

—¿Cómo se llama?

—Nima Rita.

—Era uno de los líderes, ¿no?

—Era el sardar, el jefe del grupo de los sherpas, y el que más duro trabajó en la montaña aquel día.

—Lo sé, lo sé. Salvó a Mads Larsen y a Charlotte no sé qué.

—Exacto, puso todo su empeño en que la catástrofe no fuera a más. Pero pagó un precio muy alto. Corrió de aquí para allá como un condenado, lo que le produjo graves lesiones por congelación en la cara y el pecho. Y, además, tuvieron que amputarle la mayoría de los dedos de los pies y las manos.

—¿De modo que crees que se trata de él?

—Tiene que ser él, no puede ser otro. Llevaba un tatuaje en la muñeca: una rueda budista.

—¡Dios mío! —dijo Mikael.

—Sí, y encima todas las piezas encajan. Nima Rita es mi primo tercero, como se dice, así que es normal que compartamos esas variantes especiales del cromosoma Y que tu colega señaló.

—¿Tienes alguna explicación lógica para el hecho de que acabara en Suecia?

—No, no la tengo. Pero hay una segunda parte muy interesante.

—Cuéntamela. Todavía no me ha dado tiempo a estudiarlo todo.

—Para empezar, los guías auxiliares, Robert Hamill y Martin Norris, se llevaron todo el mérito por los trabajos de rescate, si es que se puede hablar de méritos tras la muerte de Klara Engelman y Viktor Grankin —continuó Bob Carson—. Pero cuando los reportajes más extensos salieron a la luz quedó claro que, en realidad, fueron Nima Rita y sus sherpas los que desempeñaron un papel decisivo. Aunque no sé si eso alegró mucho a Nima.

—¿Por qué?

—Porque en esa época su vida ya era un infierno. Sus lesiones por congelación eran de cuarto grado y tremendamente dolorosas, y los médicos esperaron hasta el último momento para llevar a cabo las amputaciones. Sabían que, para él, las escaladas resultaban de capital importancia para su sustento. Es cierto que Nima Rita había ganado mucho dinero, muchísimo para un nativo del valle de Khumbu, aunque muy poco en comparación con un europeo, y el dinero se le fue de las manos. Bebía mucho y no tenía ahorros, pero lo peor fueron los comentarios de la gente, además de ser despellejado vivo por sus propios demonios.

—¿A qué te refieres?

—Resulta que, en secreto, había recibido dinero de Stan Engelman para que se ocupara de Klara, cosa en la que fracasó por completo, y después fue acusado de haber puesto trabas a la escalada de la mujer. No creo que eso fuera verdad. Nima Rita era una persona muy leal. Pero, como tantos otros sherpas, también era tremendamente supersticioso, y veía el Everest como a un ser vivo que castiga a los escaladores por sus pecados, y Klara Engelman… Supongo que habrás leído algo sobre ella.

—Leí los reportajes que se publicaron en su momento.

—Ella irritaba a muchos sherpas. Se murmuraba en el campamento base que podía traer mala suerte en la montaña, y lo más seguro es que Nima también estuviera irritado por su culpa. Fuera como fuese, lo cierto es que después él padeció todos los tormentos del infierno. Tenía alucinaciones, decían, lo que tal vez pueda explicarse desde un punto de vista neurológico: al haber pasado tanto tiempo por encima de los ocho mil metros, habría sufrido graves daños cerebrales. Se volvió cada vez más amargado y raro. Perdió a muchos de sus amigos. Nadie lo soportaba. Nadie excepto su mujer, Luna.

—Luna Rita, supongo que sería su nombre completo por aquel entonces. ¿Y dónde está?

—Pues a eso voy. Luna cuidó de Nima tras las operaciones, y lo mantenía. Horneaba pan, cultivaba patatas y a veces cruzaba la frontera e iba al Tíbet para comprar lana y sal que luego vendía en Nepal. Pero todo eso no bastaba, por lo que buscó trabajo en las empresas que organizaban las escaladas. Ella era mucho más joven que Nima, y muy fuerte, y de ser ayudante de cocina pasó rápidamente a ser guía. En 2013 participó en una expedición holandesa que subió al Cho Oyu, la sexta montaña más alta del mundo, y cuando ya se encontraban a una gran altura, se cayó en la hendidura de una roca. Las circunstancias fueron caóticas. Hubo un alud y el viento soplaba con toda su fuerza, por lo que los escaladores se vieron obligados a regresar al campamento y a abandonarla. Dejaron morir a Luna en aquella grieta. Nima se volvió loco, y no tardó en ver aquello como algo racista. Si hubiese sido un sahib, lo habrían rescatado enseguida, les gritó.

—Pero, encima, se trataba de una mujer pobre de la población local.

—Ignoro si eso influyó. Lo dudo mucho. Por lo general, tengo a la gente que se dedica a las escaladas en gran estima. Pero a Nima aquello se le quedó clavado en el corazón, e intentó organizar una expedición para subir y darle a su mujer un entierro digno. No consiguió a una sola persona, por lo que al final se fue solo, estando ya algo mayor y, por lo visto, no estando tampoco muy sobrio.

—Madre mía.

—Si hablas con mis familiares de Khumbu, te dirán que es esa escalada, más que todas sus escaladas a la cumbre del Everest, la que consideran su hazaña más grandiosa. Subió y descubrió a Luna tirada en aquella grieta, conservada en la nieve para toda la eternidad, y entonces decidió bajar hasta ella y acostarse a su lado para que pudieran renacer juntos. Pero entonces…

—¿Qué?

—La diosa de la montaña le susurró que en vez de eso debería recorrer el mundo y contarle a la gente lo que había ocurrido.

—Resulta…

—… completamente demencial, ya lo sé —continuó Bob Carson—. Y aunque empezó a recorrer el mundo, al menos hasta Katmandú, y fue contando lo sucedido, nadie lo entendía. Se expresaba de forma cada vez más inconexa, y en más de una ocasión fue visto llorando bajo las banderas de la estupa de Boudhanath. A veces escribía textos y los colgaba en los tablones de anuncios de las zonas comerciales de Thamel, redactados en un inglés bastante malo y con una letra aún peor. Y seguía hablando de Klara Engelman.

—¿Y qué decía?

—No olvides que por esa época ya estaba muy enfermo psíquicamente, así que quizá lo mezclara todo: Luna, Klara… Se hallaba completamente hundido, y tras haber atacado a un turista inglés y pasar un día detenido, sus familiares consiguieron ingresarlo en el hospital psiquiátrico de Jeetjung Marg, en Katmandú, donde pasó algunas temporadas hasta finales de septiembre de 2017.

—¿Y qué ocurrió entonces?

—Lo que ya había ocurrido tantas otras veces. Se escapó para poder emborracharse con cerveza y vodka. Siempre se mostraba muy suspicaz con la medicación que le mandaban los médicos y decía que lo único que podía acallar los gritos de su cabeza era el alcohol, y yo creo que al final el personal, aunque en contra de su voluntad, claro, dejó que se fuera. Se lo permitieron porque sabían que siempre acababa volviendo. Pero en aquella ocasión estuvo un buen tiempo desaparecido, y en el hospital se inquietaron cada vez más. Sabían que esperaba una visita con mucha ansia y expectación.

—¿Qué visita?

—No lo sé. Pero no resulta imposible que fuera la de un periodista. Ante el décimo aniversario de la muerte de Viktor Grankin se preparaban bastantes artículos y documentales, y Nima, por lo visto, estaba muy contento de que por fin alguien quisiera escucharlo.

—Pero ¿no sabes nada más de lo que quería contar?

—Tan solo que eran historias prácticamente incomprensibles, y muchas cosas de espíritus y fantasmas.

—¿Y nada de Forsell, nuestro ministro de Defensa?

—Que yo sepa, no. Pero que conste que solo tengo información de segunda mano, y no creo que el hospital permita consultar los historiales de sus pacientes así como así.

—¿Y qué pasó cuando vieron que no volvía?

—Lo buscaron, claro, sobre todo por los lugares que solía frecuentar. Pero sin éxito. Ni rastro de él, quitando que un día les llegó la noticia de que su cadáver había sido visto no muy lejos del río Bagmati, donde queman a los muertos. Pero nunca encontraron su cuerpo, así que un año más tarde archivaron el caso. Ya habían perdido la esperanza, y sus familiares celebraron, en Namche Bazaar, un funeral en su memoria, o, bueno, no sé muy bien cómo llamarlo…, una reunión para rezar por su alma. Al parecer, fue un momento muy bonito. Durante los últimos años no había tenido muy buena reputación, así que con ello repararon un poco su honor. Nima Rita había alcanzado la cima del Everest once veces sin la ayuda de oxígeno, once veces, y su subida al Cho Oyu fue…

Bob Carson continuó hablando acelerado. Mikael ya no le prestaba mucha atención. Estaba buscando el nombre de Nima Rita en Internet, y a pesar de que se había escrito bastante sobre su persona y de que había una página de Wikipedia en inglés y alemán, únicamente dio con dos fotografías. En una de ellas, Nima Rita aparecía junto a la estrella del alpinismo austríaco, Hans Mosel, tras la subida que realizaron al Everest en 2001 por la vertiente norte. En la otra, más reciente, se lo veía de perfil delante de una casa de piedra de Pangboche, un pueblo de Khumbu, y, al igual que la primera foto, estaba hecha a demasiada distancia, demasiada, al menos, como para poder introducirla en un programa de identificación facial. Pero a Mikael no le cupo la menor duda. Reconoció sus ojos, y su pelo, y aquella mancha negra en la mejilla.

—¿Sigues ahí? —preguntó Bob Carson.

—Sí, es solo que estoy un poco en shock —dijo Mikael.

—Lo entiendo. Menuda historia te ha caído encima.

—Desde luego. Pero, oye, Bob, sinceramente…

—¿Sí?

—No me extraña que tengas supergenes. Has estado fantástico.

—Los supergenes son para las escaladas, no para el trabajo de detective.

—Pues creo que también debes analizar tus genes detectivescos.

Bob Carson se rio algo cansado.

—¿Puedo pedirte que, de momento, mantengas esta historia en secreto? —continuó Mikael—. No sería bueno que se difundiera antes de que sepamos más cosas.

—Pues ya se la he contado a mi mujer.

—Vale, pero que no salga de la familia.

—Te lo prometo.

Después Mikael escribió a Fredrika Nyman y a Jan Bublanski para comunicarles lo que había conseguido averiguar. Acto seguido, continuó investigando a Johannes Forsell, y luego, esa misma tarde, lo llamó con la esperanza de que le concediera una entrevista.


Johannes encendió la vieja chimenea. Rebecka percibió el olor desde la cocina, que se encontraba en la planta de abajo, y lo oyó deambular de un lado para otro. No le gustaban nada esos pasos y no soportaba el silencio de su marido ni su apagada mirada. Habría dado cualquier cosa por verlo sonreír como antes.

«Algo va mal —pensó de nuevo—, muy mal». Ya estaba a punto de subir para exigirle que hablaran cuando él bajó por la curvada escalera. Al principio ella se alegró. Él se había puesto ropa de deporte, y sus zapatillas Nike, lo que debería interpretarse como que había recuperado un poco el ánimo. Pero en torno a su figura había también un aire de otra cosa, algo que no le había visto jamás y que le dio miedo, y entonces se acercó a él y le acarició la mejilla.

—Te quiero —dijo ella.

Él la miró con tal desesperación que ella se echó hacia atrás. Tampoco su respuesta la reconfortó:

—Y yo a ti. No lo olvides.

Le sonó a despedida, y entonces lo besó. Pero él la apartó enseguida y le preguntó por los guardaespaldas. Ella retrasó un poco la respuesta. En la casa había dos terrazas, y los guardias estaban en la de la parte oeste, la que daba al mar; ahora tendrían que cambiarse y correr con él, como siempre, si es que en realidad tenía previsto salir a correr, y, como siempre, a ellos les costaría seguirle el ritmo. A veces solía correr un poco de adelante hacia atrás para que ellos no acabaran exhaustos.

—En la terraza de la parte oeste —dijo ella, y entonces él dudó.

Pareció querer decirle algo. Su pecho se hinchó. Sus hombros estaban tensos y en una posición poco natural, y tenía manchas rojas en el cuello que ella nunca le había visto.

—¿Qué pasa? —preguntó Rebecka.

—He intentado escribirte una carta. Pero no he podido.

—¿Y por qué diablos has querido escribirme una carta? ¡Si estoy aquí!

—Es que yo…

—Es que tú, ¿qué?

Ella estaba a punto de romperse en mil pedazos, pero decidió no rendirse hasta que él le hubiera contado lo que estaba sucediendo exactamente, y por eso le agarró las manos y lo miró a los ojos. Pero entonces ocurrió lo peor que podría haberse imaginado.

Él se soltó de sus manos, le dijo «Perdón» y se fue, no hacia los guardaespaldas, sino en dirección a la otra terraza, que daba al bosque, y desapareció en un santiamén. Ella empezó a gritar llena de desesperación, y cuando los guardaespaldas irrumpieron corriendo en la estancia, murmuró completamente fuera de sí:

—¡Se ha ido, se ha ido!